ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 8 de junio de 2017

EL REINO SUEVO EN HISPANIA

Normalmente, cuando se habla de las invasiones bárbaras en Hispania, se citan, principalmente, a los visigodos, cuando la verdad es que llegaron otros pueblos. Así que hoy vamos a ver lo poco que se sabe de uno de ellos. El de los suevos.
Para empezar, se cree que los suevos procedían de la costa báltica de la actual Alemania. La zona donde, actualmente, se asientan ciudades tan importantes como Hamburgo, Kiel, Rostock o Lübeck.
Parece ser que algunos autores clásicos indicaron que los suevos no eran un grupo sólido y étnicamente homogéneo, sino un conjunto de tribus a las que, para generalizar, se les llamaba de esa forma.
Probablemente, por ese mismo motivo, vemos que de ellos se desgajaron algunos grupos, como los alamanes, que dieron su nombre a Alemania.
Sin embargo, muchos de estos grupos sólo avanzaron hasta la actual Alsacia o a la antigua región de Suabia, que está dividida entre los estados de Baviera y Baden-Würtemberg.
El ducado de Suabia, también llamado de Alamania,  tuvo su capital en Augsburgo, pero fue suprimido y cedido a Baviera. Sin embargo, en los años 30, la Alemania nazi, creó una base propia en el Polo Sur o Antártida y le llamó Nueva Suabia.
Seguro que la historia de este ducado no se les pasó por alto a los historiadores nacionalistas alemanes del siglo XIX, cuando tuvieron que buscar datos que sirvieran para implantar la idea de un sólo país en la mente de los habitantes de los diferentes territorios que constituyeron la Alemania unificada.
Este ducado fue uno de los más importantes del territorio germano, pues no olvidemos que de allí surgieron varios emperadores del Sacro Imperio, como Federico I Barbarroja.
De hecho, todavía se habla el suabo en la zona suroeste de Alemania y es reconocido como uno de los dialectos del alemán.
Volviendo a la tribu de los suevos, hay que decir que solían desplazarse o a causa del hambre o bien, porque otros pueblos más belicosos que ellos los echaban de ese lugar.
En un principio, en el siglo I,  los suevos se asentaron en el Alto Danubio y los vándalos en las orillas del Mar Negro.
Sin embargo, en el siglo IV, tuvieron que salir huyendo de allí a causa
del ataque de los hunos, venidos de Asia y encabezados por el famoso Atila. Así que estos dos pueblos tuvieron que mudarse a la zona del alto Rhin.
A estos dos pueblos se sumó el de los alanos. Estos no eran germánicos, sino que procedían de la zona de Irán. Tampoco pudieron aguantar la embestida de los hunos, que los expulsaron de la actual Ucrania y se unieron a los otros dos en la zona del Alto Rhin.
Según los expertos, el año 406 d. de C. fue uno de los más fríos que se recuerdan. Incluso, se llegaron a helar las aguas del Rhin. Así que se formó un puente natural que invitaba a estas gentes a cruzarlo.
Todo ello unido al hambre, provocado por las malas cosechas, y a que Roma había retirado a la mayoría de sus guarniciones en esa zona, para hacer frente a la invasión de otra tribu bárbara en los Balcanes. Así que todo eso les facilitó el paso.
Es cierto que Roma dejó la defensa de esa frontera
natural a los francos, pero se ve que no pusieron mucho interés en su trabajo.
Así que el 31 de diciembre de 406, una multitud de vándalos, alanos y suevos se atrevieron a cruzar el río congelado. No hablo solamente de tropas, sino de familias enteras. Algunos cronistas se aventuran a afirmar que pudieron llegar a ser 500.000 personas. Lógicamente, los francos, fueron incapaces de parar a esa muchedumbre hambrienta.
Según parece, también les fue imposible, porque estas tribus y otras más, atravesaron el río por múltiples sitios, entre las ciudades distantes de Maguncia y Estrasburgo.
Seguramente, se encontraron unas Galias, donde hacía el mismo frío que en Alemania y, posiblemente, alguien les hablaría de la cálida Hispania. Así que, posteriormente,  se encaminaron hacia nuestra península, donde entraron en el 409. Al igual que lo hacen, en la actualidad, pero de forma pacífica, millones de turistas.
Parece ser que penetraron a través de la parte occidental de los Pirineos. Durante unos años, dirigidos por su rey Hermerico,  se dedicaron al pillaje y ya en el 411, firmaron un pacto como federados con Roma, por el que les permitieron asentarse, junto con los vándalos asdingos, en la provincia de la Gallaecia.
Así que ocuparon la zona de la península comprendida entre las actuales provincias gallegas, Asturias, León, algo de Palencia y el norte de Portugal hasta el río Tajo. Su capital estuvo en la ciudad portuguesa de Braga.
Como la mayoría de las tribus bárbaras, los suevos, fueron un pueblo eminentemente rural y se establecieron fuera de las tradicionales ciudades romanas. Así que,  como, de vez en cuando, se dedicaban a asaltarlas, pues las relaciones con los hispano-romanos nunca fueron muy buenas y hubo frecuentes enfrentamientos entre ambos colectivos. Parece ser que los obispos fueron los encargados de apaciguar a los dos bandos.
También se enfrentaron en varias ocasiones los suevos contra los vándalos. Afortunadamente, en el 429, estos últimos, junto con los alanos,   tomaron la decisión de abandonar la península y marchar hacia el norte de África. De ellos ya hablaré en un próximo artículo.
En el 438 el monarca suevo, Hermerico, llama a su hijo mayor, Requila, para que comparta el trono con él.
Tres años más tarde, muere el padre y se queda Requila como único soberano. Este es un hombre mucho más ambicioso que su padre. Así que como se entera de que las demás tribus bárbaras han abandonado la península, se dedica a expandir su reino por la misma.
Para no tener que enfrentarse solo a las legiones romanas de guarnición en la península, se alía con unos grupos de bandoleros, llamados bagaudas, para realizar ataques en varios sitios a la vez.
De esa forma, llegó a tomar Mérida y Sevilla. Sólo quedaron fuera de sus dominios las zonas de Aragón, Cataluña y la costa levantina, que estaban mejor protegidas por las legiones romanas.
En el 448, murió el ambicioso Requila y le sucedió su hijo Requiario. A pesar de que este nuevo monarca ya era católico, no obstante,  heredó las ambiciones de su padre.
Fue el primero de estos reyes que acuñó moneda con su nombre. Se supone que para fortalecer su poder, casó con una hija del rey visigodo Teodorico I y también fue el primer monarca de estas tribus, en toda Europa,  que se convirtió en católico.
En el 456, Requiario, rompió todos sus pactos con los romanos y aprovechándose de la debilidad de estos, intentó invadir la Cartaginense y la Tarraconense. Esto ya era demasiado para la paciencia de Roma. Así que les enviaron a los godos, que eran aliados de los romanos.

A estas alturas, es preciso decir que los godos tenían mucho poder en Roma. Incluso, se permitieron imponer a un emperador, Marco Mecilio Avito.
El 05/10/456 se encontraron en las orillas del río Órbigo, los suevos de Requiario con las fuerzas de Teodorico II, formadas por godos y burgundios. Estas últimas eran mucho más numerosas, aparte de estar mejor preparadas para el combate, así que lograron una victoria aplastante.
Las tropas de los suevos huyeron por toda la península, siendo alcanzadas por Teodorico II en diciembre de ese año. Requiario intentó escapar por el mar y dirigirse hacia Italia, pero fue capturado y ejecutado.
Siguiendo su costumbre, Teodorico II impuso a un rey para los suevos, llamado Agiulfo, de probable origen godo. Lógicamente, esta decisión no gustó nada a los suevos, los cuales eligieron a Frantán, como rey del norte y a Maldras, como rey del sur. Así que estalló una guerra civil, entre los años 457 y 469.
Parece ser que Agiulfo fue asesinado por Maldras en el 457 y éste mismo fue asesinado en el 459.
Tras un período, donde varios candidatos ocuparon el trono de los suevos, a la muerte de Maldras, llega su hijo Remismundo, el cual todavía tuvo que enfrentarse contra otros posibles reyes. No obstante, consigue ser el rey de todos los suevos. Posiblemente, con el apoyo de Teodorico II.
Sin embargo, este rey también fue tan ambicioso como algunos antecesores suyos y no se le ocurrió otra cosas que tomar ciudades al sur de su reino, como la actual Lisboa. Así que los visigodos hicieron de Mérida su plaza fuerte para contener las ansias de expansión de ese pueblo.
A partir de este momento y durante casi un siglo, las fuentes no nos informan sobre la historia de este pueblo, ni de sus gobernantes.
A partir del 550 reinó Carriarico y, según cuentan las fuentes, el reino se había convertido al arrianismo, como la mayoría de estos pueblos bárbaros.
Sin embargo, un hijo de este soberano había contraído la lepra. Alguien le habló de lo milagrosas que eran las reliquias de San Martin de Tours, posiblemente, el arzobispo San Martín de Braga, así que el rey hizo traer una de ellas y su hijo se curó. De esa manera, la corte y todo el pueblo suevo se convirtieron al catolicismo.
En el 559 le sucedió Ariamiro, el cual convocó el primer concilio de Braga, en el 561. Parece ser que fue la misma política que, posteriormente, utilizaron los visigodos, para unificar los dos colectivos, el suevo y el hispano-romano.
Entre los años 561 y 570 reinó Teodomiro. Se discute si la conversión de los suevos al catolicismo se hizo durante el reinado de Carriarico o en el de Teodomiro.
Entre el 570 y el 583 reinó su hijo Miro. Éste invadió zonas de las actuales Asturias y Cantabria, argumentando que antes habían pertenecido a la provincia de la Gallaecia, que era donde habían pactado asentarse con los romanos.
Las cosas habían cambiado mucho. Ahora el reino visigodo estaba muy unido, bajo el mando de su rey, Leovigildo. Como éste también reivindicó ese territorio como suyo, estalló la guerra entre ambos reinos. La cual duró entre 572 y 574, estableciendo el Duero como frontera entre ambos reinos.
En el 575, Leovigildo, volvió a invadir el territorio de los suevos. Tras diversas derrotas, el rey Miro, pactó su sometimiento al rey visigodo.
No obstante, tras la rebelión de Hermenegildo contra su padre, Leovigildo, apoyó al hijo, por ser católico, como él. Sin embargo, tras la derrota del hijo, hubo de pactar de nuevo con Leovigildo.
En el 583 le sucedió en el trono su hijo, Eborico. A éste no le quedó más remedio que estar a las órdenes de los visigodos. Esto le granjeó la enemistad de su pueblo y ser depuesto a manos de unos nobles, encabezados por su cuñado,  Audeca o Andeca. Fue obligado a entrar en un convento de clausura.
Esta inestabilidad en el reino suevo le sirvió como excusa a Leovigildo para invadirlo de nuevo. Depuso al nuevo rey, Andeca, y también lo obligó a ingresar en un monasterio de clausura. Incluso, venció a un usurpador, llamado Malarico, que decía ser descendiente del rey Miro.

Esto fue el fin del reino de los suevos y el ingreso de este territorio, como una provincia más,  dentro del reino de los visigodos de Toledo. 









martes, 6 de junio de 2017

EL REY GODO DON RODRIGO

Por fin hemos llegado al último de los reyes godos. Ya sé que a algunos de mis lectores este tema les traerá malos recuerdos. Para el que no lo sepa, la razón está en que, hace muchos años, en las escuelas de España, se obligaba a los niños a aprenderse la lista de los reyes godos. Según decían, lo hacían para que los niños ejercitaran la memoria.
El problema es que algunos no tenían tanta memoria y les costaba mucho retener esos nombres tan extraños, que no se parecen en nada a los tradicionales nombres españoles, dado que todos ellos tenían una raíz germánica.
A la muerte de Witiza, su esposa, intentó por todos los medios que le sucediera en el trono su hijo mayor, Olmundo, pero fracasó en el intento.
Los nobles más importantes, que, posiblemente, habían sido los que habían depuesto a Witiza, eligieron a Rodrigo, por entonces, duque de la Bética y al que todos consideraban un gran militar. Precisamente, lo que necesitaba el país, que se hallaba en medio de una guerra civil.
En las monedas acuñadas en ese momento histórico, se puede apreciar que también existió otro rey en Hispania. Se trataba de Agila II, perteneciente al clan de  Witiza, el cual logró reinar en las provincias de la Tarraconense y en la Septimania o Narbonense. Este monarca, ayudado por Oppas, hermano de Witiza y obispo de Sevilla, declaró que Rodrigo era un usurpador y provocó la guerra entre los partidarios de ambos soberanos.
Por el sur, los musulmanes estaban cada vez más cerca de la Península Ibérica. Como ya dije en mi anterior artículo, la plaza de Ceuta se les resistiómucho. Estaba muy bien amurallada y, como estaba situada en una península, las naves visigodas podían fácilmente llevarles refuerzos y suministros.
Sin embargo, un buen día, el alcaide de la fortaleza, llamado el conde don Julián, que era un bereber de religión cristiana y que luchaba para los visigodos, pues se le ocurrió rendir Ceuta a Muza, el jefe de las tropas árabes.
Esta forma de actuar sorprendió mucho a todo el mundo. Parece ser que actuó así debido al deseo de venganza hacia don Rodrigo.
Cierta leyenda dice que don Rodrigo envió a su hija Florinda a la corte de Toledo, para que se formara allí. Sin embargo, un día se enteró que el rey la había violado. Así que un día se presentó en la corte y se llevó a su hija, argumentando que su esposa se había puesto muy enferma y su hija debía de despedirse de su madre, antes de que muriera.
En julio del 710, Julián le cedió varios barcos a los moros. Con ellos llevaron hasta la Península un centenar de tropas de caballería y varios centenares de infantes. Con ellos saquearon varios pueblos situados en lugares cercanos a su punto de desembarco. Luego volvieron a África, donde mostraron el abundante botín y los esclavos obtenidos.
Mientras tanto, Rodrigo, se dedicaba a preparar una de las habituales expediciones de castigo contra los vascones.
Es posible que, una vez que hubiera vencido a los vascones, su siguiente objetivo fuera el territorio de su competidor, Agila II.
También, por esa época, los seguidores de Witiza, celebraron conversaciones con Muza, donde le pidieron que interviniera en Hispania, para echar a don Rodrigo y poner a
otro monarca, que podría ser Agila II.
En abril del 711, el jefe de las tropas musulmanas, Tarik, había reunido ya unos 7.000 soldados para intentar invadir la Península.
A finales de ese mes, esas tropas cruzaron el Estrecho de Gibraltar y se fortificaron en su lugar de desembarco, al que llamaron Yebel Tarik o monte de Tarik, actualmente, la colonia británica de Gibraltar.
En mayo le informaron a Rodrigo sobre el desembarco de estos musulmanes. Así que dejó el asedio a Pamplona y se encaminó hacia Córdoba.
Parece ser que uno de sus sobrinos, llamado Evantio, no esperó a su tío y se enfrentó con sus tropas a los invasores. Fracasó y murió en el combate.
Rodrigo esperó en Córdoba a las fuerzas prometidas por otros nobles del reino. Eso le sirvió a Tarik para aprovechar el tiempo y pedirle a Muza que le enviara refuerzos. De esa forma le llegaron otros 5.000 hombres.
Rodrigo se confió demasiado y encargó el mando de las alas de su ejército a los hermanos de Witiza, Sisberto y Oppas. Incluso, los tres hijos de Witiza se incorporaron a su ejército y en él se dedicaron a  convencer a los soldados para dejarse vencer por los musulmanes. Parece ser que les decían que había que dejar que derrotaran a Rodrigo, porque era un usurpador, mientras que los musulmanes sólo venían en busca de riquezas y luego se volverían a África.
Evidentemente, ya habían informado a Tarik de que iban a dejar solo a Rodrigo en mitad de la batalla. Parece ser que la táctica de los conjurados era la misma que utilizó Sisenando, un siglo antes,  para quitarle el trono a Suintila con el apoyo de los francos, mandados por Dagoberto.
El encuentro entre los dos contingentes militares tuvo lugar entre el 19/07 y el  26/07/711 y produjo la batalla del Guadalete, la cual se celebró en un paraje aún desconocido. Parece ser que fue cerca de la antigua laguna de la Janda, en el término municipal de Medina-Sidonia, en Cádiz.
Lo cierto es que, previsiblemente, don Rodrigo, se confió demasiado al reunir unos 30.000 hombres, mientras que los musulmanes no pasaban de 13.000. Sin embargo, parece ser que, a pesar de estar en inferioridad numérica,  las tropas musulmanas estaban mucho más motivadas, porque les habían prometido que, si vencían, obtendrían un botín impresionante y, en caso de morir en la batalla, irían directos al paraíso musulmán. Seguro que eso os suena como muy actual.
Los primeros días de la batalla, la superioridad de los godos fue aplastante, pero, cuando pensaban que la iban a ganar, los del bando de Witiza, se pasaron a los musulmanes y don Rodrigo y sus hombres, se vieron acorralados por todas partes.
Así que los partidarios de Witiza cumplieron su parte del trato, sin embargo, los musulmanes, no lo hicieron de la misma forma. Ya que no les devolvieron su derecho al trono, ni sus propiedades, ni abandonaron la Península Ibérica.
La verdad es que no se sabe qué le ocurrió a don Rodrigo. Parece ser que, tras la batalla, se hallaron su caballo y sus ropas, pero no su cuerpo.
Sin embargo, unos siglos más tarde, tras la reconquista de la ciudad portuguesa de Viseu, se encontró una lápida en una iglesia en ruinas, donde se indicaba que bajo ella se había enterrado el cuerpo de ese monarca (“Hic requiescit Rudericus ultimus Rex gothorum”, “Aquí yace Roderico, rey de los godos”).
Incluso, más adelante, se formó una leyenda en la que se decía que el monarca había huido hacia Mérida. Allí conoció a un monje que  le recomendó que tomara el camino hacia Viseu, donde vivió como un ermitaño hasta su muerte.
Volviendo a Tarik, hay que decir que tomó el camino hacia Écija, donde le estaban esperando algunos supervivientes del ejército visigodo, en un lugar conocido como “la fuente de los cristianos”. No pudieron hacer nada por cortarle el paso, pues fueron derrotados de nuevo.
A partir de aquí, Tarik, dividió su ejército. Envió una parte hacia Córdoba, mientras que él siguió al mando del resto de sus tropas hacia la capital, Toledo. Supongo que lo haría para llevarse cuanto antes el fabuloso botín que esperaría encontrar allí.
En junio del 712 desembarcó Muza, en la misma zona de Gibraltar,  al mando de unos 18.000 hombres. Se dirigió primero a Sevilla, que fue tomada tras un corto asedio. Luego se dirigió a Mérida, que le costó mucho más tiempo tomarla, pues se hallaba muy bien guarnecida, con un fuerte contingente militar. La ciudad fue tomada en junio del 713.
No olvidemos que Mérida, junto con Zaragoza y Toledo era donde se asentaban las principales guarniciones militares de los visigodos.
Desde allí fue hacia Zaragoza, donde se encontró con las tropas de Tarik. Este último se dirigió, posteriormente, hacia Tarragona y Barcelona. Está claro que iba buscando las ciudades importantes, donde esperaba encontrar un botín más suculento.
En el 714, ambos fueron llamados para informar de sus conquistas al califa en Damasco. Por entonces, salvo una pequeña franja costera en el norte, sin especial interés para ellos, se podía decir que toda la Península Ibérica estaba ya en poder de los musulmanes.
Todavía es un misterio la forma en que los musulmanes conquistaron tan rápidamente el territorio peninsular. Parece ser que los seguidores de la familia de Witiza no fueron ajenos a ello, pues se cree que les facilitaron su apoyo en todo momento. Incluso, los judíos, según dicen, los tomaron como a unos libertadores del yugo al que les tenían sometidos los godos. Algunas leyendas llegan a afirmar que les dieron información a los musulmanes para facilitarles la invasión.
Al partir hacia Damasco, Musa, delegó el mando de las tropas en su hijo Abd-al-Aziz ibn Musa. Parece ser que, entre los prisioneros tomados en Mérida, se hallaba Egilona, la joven viuda del rey don Rodrigo. El caudillo árabe se enamoró de ella y se casaron. Cambió su nombre por el de Unm-al-Isam.
Como dije anteriormente, los moros, no cumplieron su parte del trato. Así que sólo les dieron a los partidarios de Witiza una parte del botín, como pago de su traición, pero no les dejaron recuperar el trono del reino.
No sé hasta qué punto los hispano-romanos quisieron hacer frente a los invasores musulmanes. Lo cierto es que, conociendo la forma de actuar de los invasores godos y su sentimiento segregacionista, como si fueran una casta superior, es muy posible que no hicieran nada o muy poco por defenderse.
Incluso, muchos nobles godos, como el citado Teodomiro, pactaron enseguida con los invasores moros, para no perder su poder ni sus propiedades en su zona.
También es posible que los nobles godos vieran a los musulmanes como unos simples saqueadores, que se volverían pronto a su tierra, como solían hacer frecuentemente los vascos. Así que, seguramente, no se tomaron muy en serio esta nueva amenaza, porque es lo que habían hecho anteriormente.
Normalmente, se suele afirmar que había buenas relaciones entre los godos y los hispano-romanos. Lo cierto es que se ve que la inmensa mayoría de los nobles fueron siempre godos. Por supuesto, los altos cargos palatinos estuvieron siempre ocupados por los godos, aunque, en un principio, los administradores, fueran, en su mayoría, romanos a causa de la falta de preparación de estos invasores.
Tras la conversión de Recaredo al catolicismo, se podría pensar que serían mayoría los eclesiásticos de origen hispano-romano, que participaran en los concilios. Sin embargo, la tendencia fue inversa, siendo cada vez mayor el número de eclesiásticos de origen godo que asistieron a estas asambleas de carácter político-religioso.
Es más, como nunca habían dejado a la aristocracia no palatina intervenir en la elección del nuevo monarca, es posible que las instituciones visigodas se hubieran quedado paralizadas, pues, posiblemente, en aquella batalla murieran el rey y buena parte de la nobleza palatina. Los llamados gardingos, que ocupaban los cargos más importantes de la corte y acompañaban al rey en la guerra.
Siguiendo con la conquista de la Península, por parte de los moros, al tomar las plazas de Zaragoza, Tarragona y Barcelona, es muy posible que acabaran con el reinado de Agila II, que, según parece, duró 3 años.

Incluso, se comenta que hubo un último rey godo, llamado Ardón, que reinó en la zona de la Narbonense o Septimania, actualmente, territorio francés. Estuvo en el trono hasta el 721, cuando los moros invadieron esa zona, aunque no pudieron retenerla, tras ser derrotados por los francos.

Espero no haber resultado demasiado pesado con este ciclo sobre varios reyes godos. A ver si esta vez me hacéis muchos comentarios y además se incrementa el número de los seguidores del blog. Incluso, podríais sugerir nuevos temas para mis artículos.

jueves, 1 de junio de 2017

EL REY GODO WITIZA

Esta vez voy a  dedicar este artículo a un monarca del que apenas se sabe nada. Parece mentira, pero así es.
Por eso, como yo no soy un novelista, sino un historiador, pues, como 
comprenderéis, tampoco me lo voy a inventar.
Como ya dije en mi anterior artículo, el rey Egica, se saltó a la torera las leyes y costumbres de los visigodos, asociando al trono a su hijo Witiza. De hecho, así puede verse en las monedas que se acuñaron durante ese período histórico. Lo cierto es que los especialistas tampoco se ponen de acuerdo, pues unos dicen que esa monarquía dual comenzó en el 694, mientras que otros la posponen hasta el 697.
Como ya he dicho, sobre Witiza hay muchas incógnitas. Tampoco se conoce el año de su nacimiento, ni si fue hijo del matrimonio de Egica con la hija de Ervigio o fruto de un matrimonio anterior de su padre con otra mujer cuyo nombre se ignora.
Así, si fuera nieto de Ervigio, se calcula que, a su muerte, podría tener entre 25 y 30 años. Mientras que, si fue fruto de una relación anterior de Egica, podríamos pensar que murió cuando tenía una edad madura.
Como ya comenté en mi anterior artículo, su padre lo envió a reinar en Galicia, con el título de rey de los suevos, situando su corte en la ciudad de Tuy.
Allí no empezó con muy buen pie. Parece ser que se encaprichó de la esposa del duque Favila y éste se opuso a ello. Tras un enfrentamiento entre éste y el rey, el monarca lo mató a bastonazos.
Sin embargo, conocemos que el célebre don Pelayo fue hijo del asesinado Favila. Así que, unos años más tarde, pasó a formar parte del grupo de opositores a Witiza. El cual, estaba capitaneado por el futuro rey, don Rodrigo.
No obstante, a partir del 702, año de la muerte de Egica, su política cambió radicalmente.  Ese fue el año en el que asumió el trono de Hispania.
No sabemos si la nobleza se habría distanciado mucho de él. Lo cierto es que promovió una política contraria a la de su padre.
Indultó a casi todos los nobles sancionados durante el reinado de Egica, los cuales volvieron del exilio,  y les devolvió los bienes y los esclavos que les habían sido confiscados. También les devolvió sus cargos en el palacio.
Incluso, se permitió ordenar la quema de los archivos, donde figuraban las deudas de éstos 
a la Hacienda Pública. En su mayoría,  correspondientes a unas garantías que el rey les había forzado a firmar a esos nobles.
Es más, devolvió al patrimonio de la Corona una serie de bienes, que se había apropiado Egica y los había hecho figurar como bienes propios. De hecho, Witiza, siempre puso énfasis en la distinción entre los bienes propiamente suyos y los pertenecientes a la Corona.
Posiblemente, intentó comprar la voluntad de Rodrigo, nombrándolo duque de la Bética. No olvidemos que Egica ordenó dejar ciego al padre de éste, Teodofredo, que también era uno de los  hijos de Chindasvinto.
Parece ser que todo esto no le valió para nada, pues la antipatía del clan de Chindasvinto era demasiado fuerte como para olvidar pasadas ofensas.
Por otra parte, no olvidemos que, desde el 705, el norte de África estaba siendo invadido por los musulmanes. Siendo Ceuta la ciudad que opuso una mayor resistencia.
De otros reinados anteriores se conservan las actas de los concilios o unas copias de las mismas. Esa suele ser la fuente fundamental para el estudio del reino visigodo de Hispania. Sabemos que durante su reinado se celebraron los concilios XVII y XVIII, pero se han perdido las actas de los mismos.
Parece ser que, desgraciadamente, durante su reinado hubo malas cosechas, con las correspondientes hambrunas, aumento del bandidaje y la llegada de las epidemias.
Incluso, en una de esas crónicas, se cita que un noble godo, llamado Teudimero o Teodomiro, rechazó un intento de invasión de los bizantinos en las costas levantinas de la Península Ibérica. No olvidemos que los bizantinos ya habían tenido posesiones en esa zona, hasta que los expulsó el rey Suintila, el cual reinó entre el 621 y el 631.
A pesar de la generosa política de Witiza, parece ser que no fue del agrado ni de los nobles ni de la poderosa Iglesia de su tiempo.
Por ello, algunas crónicas citan el final de su reinado y su muerte en el 710, cuando se supone que tendría unos 25 ó 30 años. No obstante, se sabe que ya tenía 3 hijos, aunque no le pudieron suceder, pues eran aún muy pequeños, cuando se produjo la muerte de su padre.
Existe una crónica del año 754, donde se dice que su sucesor, don Rodrigo o Roderico, “invadió tumultuosamente el reino, con el beneplácito del Senado”. Se puede interpretar por “Senado” a los nobles y obispos del reino. Como hemos visto, los poderes fácticos de aquella época.
Tampoco sabemos cómo murió Witiza, aunque muchos especialistas suponen que sería de forma violenta, pues, aunque, en aquella época, la esperanza de vida no era muy alta, tampoco era tan baja como para morir a esa edad. Lo cierto es que no tenemos ningún dato al respecto.
En resumen, se podría definir el reino de los visigodos en Hispania como una oligarquía, más que como una monarquía.
Digo esto, porque casi ningún rey pudo formar una dinastía propia. Los reyes se elegían dentro de un grupo de nobles. De hecho, no todos ellos asistían a los concilios, sino que solían ir solamente unos 12 ó 15. Por lo cual, se puede deducir que había un grupo de familias, que eran las que mandaban en el país y entre ellos se elegía al rey.
Por supuesto, el reinado de éste duraba lo que el citado grupo quisiera. Así que, cuando dejaba de interesar, solían asesinarlo y poner a otro en su lugar. Lo cual ocurrió multitud de veces.

Como ya veremos en el siguiente artículo,  la llegada de don Rodrigo, surgió en medio de una guerra civil, que debilitó a este grupo de poder, y de eso se aprovecharon los musulmanes para que les fuera más fácil la conquista de nuestra península.

domingo, 28 de mayo de 2017

EL REY GODO EGICA


Bueno, para los que no les haya gustado este ciclo, dedicado a los reyes visigodos de Hispania, he de decirles que ya sólo quedan éste y otros dos más. Así que el ciclo ya se va a terminar muy pronto.
Tal y como ya comenté en mi anterior artículo, la mayor obsesión de su antecesor, Ervigio, había sido poner a salvo a su familia de una posible venganza por parte del clan de Wamba, el cual todavía vivía recluido en la clausura de un monasterio. Curiosamente, murió después que Ervigio.
Al principio, una de las cosas que se le ocurrieron fue negociar con los obispos a fin de que en el XIII Concilio de Toledo emitieran anatemas y sanciones de todo tipo para los que se metieran con su familia.
Posteriormente, le pareció mejor llevarse bien con los seguidores de Wamba. Para ello, no se le ocurrió otra cosa que casar a su hija Cixilona con el conde Egica. Incluso, le nombró  su sucesor en el trono. Sin embargo, previamente, le hizo jurar que protegería a su familia y eso hizo.
Egica era sobrino de Wamba y, en el 688, cuando llevaba un año en el trono, convocó el XV Concilio de Toledo.
Nada más empezar esta asamblea, pidió a los presentes que le liberasen del juramento que le había hecho a su suegro. Argumentó que él había sido nombrado rey para hacer justicia y que ese juramento se lo impedía, porque se deberían devolver los bienes incautados por el anterior rey y, lógicamente, habría que quitárselos a los familiares de Ervigio, que habían salido favorecidos con esas confiscaciones.
De esta manera, Egica, pudo vengarse de los que habían realizado el complot para deponer a su tío, Wamba, del trono. Así castigó a varios parientes de su esposa, incluso la repudió a ésta.
Además, castigó a otros nobles, que habían participado en la conjura.  Estas luchas dieron lugar al declive del Estado visigodo.

No obstante, no pudo hacer mucho daño a los familiares de su esposa, porque San Julián seguía siendo el arzobispo primado de Toledo y, como ya sabemos, era íntimo amigo de Ervigio. De hecho, procuró no convocar concilios, los cuales estarían presididos por San Julián, sino sínodos provinciales, adonde no acudiría éste y tendría las manos más libres.
También, Egica, intentó desbancar del poder a los nobles, pero no lo consiguió y en el 693 tuvo que hacer frente a una rebelión.
Parece ser que el cabecilla de la misma era nada menos que Sisberto, arzobispo de Toledo y sucesor de San Julián. Otras fuentes dicen que los rebeldes proclamaron rey a Sunifredo, uno de los condes de la corte real, el cual fue ungido por Sisberto. Lo cual, nos indica que los rebeldes llegaron a ocupar la capital visigoda, Toledo.
Afortunadamente, consiguió derrotar a los rebeldes. Sisberto, por su estado eclesiástico,  fue excomulgado, confiscados sus bienes y enviado al exilio.
Los demás implicados, que, por lo visto, no pertenecerían al clero, fueron condenados a penas de prisión y también les fueron confiscados todos sus bienes. Parece ser que 
entre ellos se hallaba la viuda de Ervigio, así que no se sabe si este complot fue real o una invención del monarca para quitarse del medio a los familiares y seguidores de su antecesor.
A partir de este momento, Egica, se dedicó a hacer lo que habían hecho antes varios de sus antecesores en el cargo. Es decir, utilizar la represión contra todos los focos de oposición a su mandato. Aparte de ello, confiscar los bienes de todos los represaliados y repartirlos entre sus familiares y otras personas que les hubieran sido fieles.
Incluso, se sirvió de los concilios para “blindar” esas confiscaciones a fin de que nunca se les devolvieran esos bienes a los que se les hubiera desposeído de ellos. No hará falta decir que compró a los eclesiásticos, donándoles también algunos de esos bienes.
Algo más tarde, penetró en Hispania, desde la zona de Septimania, en la actualidad, territorio francés, una epidemia de peste bubónica.
Como siempre, la peste, hacía más estragos entre la población cuando  se estaba pasando hambre a causa de las malas cosechas.
Desde la corte, como ya era habitual, se les echó la culpa de todo a los judíos. Incluso, se les acusó de estar preparando un complot para deponer al rey.
De hecho, en el 694, durante la inauguración del XVII Concilio, el primer asunto tratado por el rey fue informar a los presentes de que en otros reinos se habían producido rebeliones de los judíos contra los monarcas de esos reinos y que los que vivían en España no eran ajenos a esos movimientos rebeldes. Por supuesto, esta noticia era falsa, pero los asistentes no lo sabían y se alarmaron.
Así que Egica, que ya se había convertido en un tipo muy avaricioso, con la ayuda de la Iglesia, aprobó en ese concilio que se confiscaran los bienes de todos los judíos que no se hubieran
convertido al Cristianismo.
Lógicamente, lo que más le importaba a él fue que también se aprobó que se les confiscarían sus bienes a fin de engrosar las arcas del rey. 
Aparte de ello, también se dispuso que los judíos fueran esclavizados y repartidos por todo el reino para que no pudieran seguir practicando su religión. Es más, los hijos de los judíos, cuando cumplieran 7 años, serían separados de sus padres y enviados a casas de familias cristianas para que practicaran este culto y no el suyo. Posteriormente, incluso, se vigilaría que esos jóvenes se casaran con cristianos
Posteriormente, el monarca, quiso ampliar sus poderes a base de afirmar que la monarquía tenía un origen divino y estaba por encima de la Iglesia.
Cuando los clérigos se dieron cuenta de lo que tramaba el monarca, quisieron pasarse al bando de los nobles opuestos al rey y eso les hizo perder buena parte de su influencia moral en la sociedad.
A partir del 694, Egica, quiso asegurar la situación de su familia, formando una dinastía, lo cual era contrario a las leyes de los visigodos.
Así que asoció al trono a su hijo Witiza y le envió a Galicia, para que fuera aprendiendo a gobernar. Éste estableció su sede en la ciudad de Tuy, en el antiguo reino de los suevos. Seguramente, por ello, cuando un rey asociaba a otro al trono, al segundo, se le daba la categoría de rey de los suevos.
Precisamente, en Galicia, se desató una rebelión contra Egica y acusaron de ser el cabecilla de la misma a Teodofredo, uno de los hijos de Chindasvinto y padre de Rodrigo.
Egica desató toda su crueldad contra Teodofredo al que ordenó
que le dejaran ciego para que nunca pudiera reinar. Por ello, Teodofredo y su hijo, el cual, posteriormente, sería el rey  don Rodrigo, se fueron a vivir a la ciudad de Córdoba.
Witiza también empezó a buscarse enemigos en su pequeño reino. En la corte del mismo figura el conde Favila, padre del posteriormente famoso don Pelayo. Parece ser que Witiza quiso a la mujer de Favila y éste se opuso. Así que el primero mató al segundo a base de bastonazos.
Egica tuvo mucha suerte y consiguió llegar a viejo, no como les solía ocurrir a muchos de sus antecesores en el cargo. Falleció en el 702 a causa de muerte natural.
Curiosamente, en prueba de gratitud, los obispos, acordaron declarar inviolables las personas de la esposa y los hijos del rey.

Además, también decidieron hacer todos los días una misa dedicada a este monarca en todas las sedes obispales del reino.

viernes, 26 de mayo de 2017

EL REY GODO ERVIGIO

Siguiendo con este ciclo dedicado a los reyes visigodos de Hispania, hoy voy a dedicar este artículo a un monarca con un reinado muy corto.
La verdad es que ese detalle tampoco le diferencia de los demás, porque la escasa duración de los reinados fue la  norma general durante la monarquía visigoda. Con la diferencia de que la mayoría de ellos murieron asesinados, mientras que, según parece, éste murió de muerte natural.
De hecho, un autor definió como “morbus gothorum”, como si de una enfermedad se tratase, a la manía que tenían los visigodos de matar a su rey para poner a otro en su lugar.
Nuestro personaje de hoy, Ervigio, parece ser que no era un godo de pura cepa, sino el hijo de un griego, llamado Ardabasto, el cual había tenido que huir de Constantinopla y ahora se hallaba exiliado en Hispania.
Realmente, no sabemos quién fue Ardabasto. Seguramente, se trataba de un personaje importante, ya que se le permitió casarse con una prima del rey Chindasvinto y ese privilegio no se le concedía a cualquiera.
Así que Ervigio fue educado en la propia corte y, más tarde, se le dio el
título de conde, como correspondía a alguien de un linaje real.
También es preciso decir que el futuro arzobispo San Julián de Toledo y él eran amigos desde la infancia.
Así que a Ervigio se le consideró el nuevo jefe de la dinastía de Chindasvinto, al no tener herederos Recesvinto.
Precisamente, en el 680, a la muerte del arzobispo Quirico, se nombró a San Julián como nuevo arzobispo de Toledo.
Poco tiempo después de su nombramiento, fue cuando el rey Wamba se sintió enfermo, cayendo en un estado de coma. Por lo que todos pensaron que estaba en el umbral de la muerte.
Así que San Julián le dio la extremaunción, aparte de ordenar que se realizara el protocolo habitual en estos casos. O sea, hacerle la tonsura y vestirlo con un hábito de fraile.

Como ya dije en mi anterior artículo, cuando, contra todo pronóstico,  Wamba despertó de su letargo, quiso recuperar el trono, pero ya no le dejaron, porque eso iba en contra de la Ley. Así que se tuvo que retirar a vivir el resto de sus días en un monasterio.
Parece ser que todo el mundo murmuraba que Ervigio y San Julián podrían ser culpables del complot contra Wamba, así que el nuevo rey, Ervigio, convocó el XII Concilio de Toledo.
Curiosamente, en esa asamblea, el monarca, se puso a dar muchas explicaciones a pesar de que nadie se las había pedido.
Esto me hace pensar en el viejo proverbio latino: “excusatio non petita, accusatio manifiesta”. O sea, que él mismo se estaba defendiendo de unas acusaciones que nadie le había hecho.
Así que mostró a los allí presentes unos documentos, firmados por los nobles palatinos, donde se describía el estado de salud del rey Wamba y por qué se decidieron a prepararle para la muerte.
Por otra parte, también mostró otro documento, firmado por Wamba, donde se expresaba el deseo del monarca para que Ervigio fuera su sucesor en el trono. Incluso, el mismo soberano daba instrucciones a San Julián para que ungiera a Ervigio como nuevo rey.
Así que los obispos dieron validez al nombramiento de Ervigio, como nuevo soberano de Hispania y se anuló el juramento de lealtad de todos los súbditos hacia el antiguo rey Wamba.
Un detalle muy importante es que, también en ese concilio, se aprobó que el arzobispo de Toledo, pudiera nombrar nuevos obispos, previa consulta con el rey.
También aprovecharon para eliminar la norma legal que puso en vigor Wamba, relativa a la movilización general, en caso de que el rey necesitara tropas para hacer frente a cualquier peligro.
Parece ser que el monarca se amparó en el poder de la Iglesia y, por ello, siempre dio su visto bueno a todas las ocurrencias de los eclesiásticos. Como ejemplo, en el XII Concilio de Toledo ya se aprobaron nada menos que 28 medidas contra los judíos.
En el 683 se convocó el XIII Concilio de Toledo. En esta ocasión se aprobó otorgar un indulto general a todos los que habían participado en la rebelión del duque Paulo, devolviéndoles todos sus bienes.
Como prueba de su nuevo poder, se atrevieron a aprobar que ningún noble o eclesiástico podría ser juzgado por un delito, salvo que estuviera totalmente demostrada su culpabilidad y, en ese caso, sólo podría ser juzgado por sus colegas y no por los jueces ordinarios.
Por supuesto, los nobles, también se atrevieron a sacar tajada. Así que consiguieron que se aprobara que se les perdonaran todos los impuestos atrasados. Además de eso, prohibieron que se le diera cualquier cargo en la corte a todo aquel que no fuera noble.

Como muestra de que este rey era un pelele manejado por la Iglesia, también aprobó el bautismo obligatorio para los súbditos judíos y, en caso de que se negaran a ello, sufrirían una pena de azotes y confiscación de todos sus bienes.
Ervigio siempre tuvo muy en cuenta la seguridad de su familia. Así que casó a una de sus hijas con un sobrino de Wamba, llamado Egica. A éste le prometió ser el sucesor en el trono, no sin antes haberle exigido, bajo juramento, que protegería a la familia de su esposa. Lo cual aceptó, aunque ya veremos en el próximo artículo lo que hizo, cuando ya ocupó el trono del reino.
Algunos dicen que el rey se sentía culpable del complot contra Wamba y de una posible venganza a cargo de los partidarios del anterior rey, que aún vivía enclaustrado en un convento. Por eso temía que su familia pagara por ello.
Parece ser que durante su reinado se produjeron varios episodios de malas cosechas. Lo que provocó descontento e inestabilidad social.
En el 687 el monarca enfermó de gravedad. Así que reunió a los obispos y a los nobles, abdicando, tal y como estaba previsto, en su yerno Egica.

Poco después, pidió que le preparasen para la muerte. Recibió la tonsura y fue vestido con el hábito de una orden monacal. Poco después murió. Reinó tan sólo durante 7 años.