Como hoy se conmemora el famoso 2 de mayo de 1808, he querido hacer un homenaje a aquellos españoles que, sin apenas medios, combatieron contra el Ejército más potente del momento.
Parece ser que el actual Gobierno de España ha dado la orden de que no desfilen militares en este acto. Me parece correcto, porque el Ejército no tiene nada que festejar en este
día, salvo honrosas excepciones, como los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, más las tropas y los civiles que estuvieron bajo su mando en el cuartel de Monteleón.
Sin embargo, los altos mandos, encabezados
por el ministro, general O’Farrill, y el capitán general de Castilla la Nueva,
general Francisco Javier Negrete y Adorno, conde de campo Alange y grande de
España, mostraron una postura conciliadora hacia los invasores franceses.
En aquel momento, Madrid era una
ciudad de 176.000 habitantes con una guarnición de unos 8.000 militares
españoles a los que se habían añadido los 10.000 soldados, que había traído el
mariscal Murat.
Estos soldados franceses siempre
mostraron cierta agresividad hacia los españoles, considerándolos como seres
inferiores y habitantes de un país ocupado y no aliado de Francia.
Ese día había mucha afluencia de
forasteros, porque se celebraba una importante feria de ganado y acudían gentes
de muchas provincias.
No se sabe por qué motivo se concentró
mucha gente delante del Palacio Real. Hay algún autor, que afirma que se
trataba de una sublevación que había sido ya organizada con antelación.
Lo único cierto es que la multitud
vio que la reina de Etruria, hija de Carlos IV, subía a un carruaje, acompañada
de sus hijos, con destino a Francia.
Más tarde, cuando quisieron también introducir en un carruaje al infante Francisco de Paula, que era un niño de corta edad, éste empezó a llorar y eso encrespó a la multitud.
En ese momento, un cerrajero
llamado José Blas de Molina y Soriano, de 37 años, que debía mucho a Fernando
VII y ya había participado en otros motines anteriores, gritó: “¡Traición! ¡Nos
han llevado al rey y quieren llevarse a toda la familia real!”.
Eso hizo que la multitud se
aproximase al Palacio Real y Molina gritase: “¡Matadlos, matadlos…que no entre en
palacio ningún francés!”. Así que cortaron las bridas de los caballos.
Esto fue lo que dio lugar a lo
que podemos ver en el famoso cuadro La carga de los mamelucos, de Francisco de
Goya. Posteriormente, Murat, que había establecido su cuartel general en el
edificio del Almirantazgo, situado junto al Senado, ordenó que emplazasen
cañones y disparasen a los congregados junto al Palacio Real.
A todo esto, el general Negrete,
insistió en ordenar que todas las tropas permanecieran desarmadas en sus respectivos
cuarteles.
Los combates se fueron sucediendo
por todo el centro de Madrid, mientras la mayoría de los militares siguieron
sin hacer nada por defender a quienes habían jurado hacerlo.
Ahora entra en escena el general
Grouchy, un tipo tan leal como un perro y que me perdonen los perros. Mis lectores
habituales habrán reconocido este apellido. Ciertamente, fue aquel general que,
cuando tuvo lugar la batalla de Waterloo, Napoleón le ordenó que persiguiera a las
tropas del general prusiano von Blücher. Como no encontró a esas tropas, siguió
dando vueltas, pero sin intervenir en la batalla. Eso hizo que Napoleón fuera
derrotado en Waterloo.
Grouchy ordenó a las tropas acuarteladas en el antiguo Palacio del Buen Retiro, que fueran hacia la Puerta del Sol. Allí se produjeron escenas de pánico en las que las tropas francesas masacraron a la población civil.
También ordenó que tropas de Caballería acantonadas en Carabanchel, acudieran a Madrid. Eso dio lugar a un duro enfrentamiento contra los civiles, que se habían atrincherado en la Puerta de Toledo. Incluso, a los voluntarios se añadieron una gran cantidad de presos de la cárcel de Corte.
Los militares españoles ni están,
ni se les espera. Aunque supongo que muchos confiarían en que aparecieran en algún
momento.
El general Negrete argumentó que
dio esa orden debido a que sólo tenía 8.000 soldados, mientras que los
franceses eran 10.000. Si le hubiera dado armas al pueblo, seguro que los
franceses hubieran huido con el rabo entre las patas, pero eso no ocurrió.
Los defensores del cuartel de Monteleón aguantaron la embestida de numerosas fuerzas francesas durante todo el día. Sin embargo, llegó un momento en el que apenas les quedaban municiones y fue aprovechado por las tropas francesas.
Daoiz murió fue asesinado junto a
un cañón, como se puede ver en algún cuadro de la época. Velarde fue evacuado y
murió después. Mientras que Jacinto Ruiz, que también fue evacuado hacia Extremadura,
murió cuando estaba llegando a Trujillo.
Otro de los personajes, que
estuvieron en Monteleón fue Clara del Rey. Ella, que tenía unos 45 años, cuando
se enteró de que su marido y sus hijos estaban en Monteleón, fue para allá y
estuvo combatiendo hasta que le alcanzó un proyectil.
Manuela Malasaña era una aprendiz de costurera de 17 años, hija de un panadero de origen francés. Se sabe que estuvo luchando en Monteleón, pero no sabemos si la mataron allí o fue fusilada posteriormente. Parece ser que todos los que no pudieron escapar de Monteleón fueron fusilados. El más joven tenía 11 años.
Como siguen las escaramuzas por toda la ciudad, las autoridades deciden publicar un bando para que cesen los combates.
No sólo eso, sino que se organiza
una especie de cortejo en el que van Azanza, presidente del Consejo de
Castilla, los generales O’Farrill y Negrete y el gobernador civil de Madrid,
fuertemente escoltados por efectivos de la Guardia de Corps y la Guardia imperial
francesa.
Sobre las 15.30 consideran dar
por acabada esa sublevación en Madrid, aunque Monteleón se rendiría más tarde. A
la gente se les promete que no habrá represalias para que dejen las armas.
Parece ser que el capitán Daoiz,
que era el jefe del parque de Artillería de Monteleón, no estaba muy convencido
para no acatar las órdenes del general Negrete. Sin embargo, al ver la cantidad
de gente, que llegó a las puertas del cuartel pidiendo armas, el capitán
Velarde, le dijo que no participar en los combates sería deshonrar su uniforme
y una traición a la Patria.
Parece ser que una comisión se
dirigió al general Negrete, aunque otros dicen que hablaron con un general
italiano del Ejército español, llamado Alessandro Sesti, con la petición de que
liberase a los presos. Sin embargo, les dijeron que ya se los habían entregado
a los franceses, sabiendo que los iban a fusilar.
A partir de entonces, empezaron
los fusilamientos en diversos lugares de la ciudad. Los primeros fueron en el
patio de la antigua iglesia del Buen Suceso, junto a la Puerta del Sol. También
en plena Puerta de Alcalá y en el Paseo del Prado.
Los que estaban presos en el antiguo
cuartel de San Gil, situado junto a la Plaza de España, fueron fusilados en la
montaña del Príncipe Pío. Más o menos, donde está el Templo de Debod.
Como los franceses no permitieron
enterrar a los muertos hasta pasados 3 días de haber sido fusilados, Goya
aprovechó para ir a la montaña de Príncipe Pío para tomar apuntes de las
posiciones de los cadáveres. Parece ser que hizo muchos bocetos, pero no pintó
el famoso cuadro de los fusilamientos, que está expuesto en el Museo del Prado,
hasta 1814.
Gracias a que uno de ellos, el
asturiano Juan Suárez, consiguió escapar, nos enteramos de lo sucedido. Según contó,
aquel grupo había sido encerrado en el antiguo cuartel de San Gil y en el
Palacio Grimaldi, sede del Almirantazgo, situado junto al Senado.
Por lo visto, los llevaron a un
lugar donde había un horno de tejas y allí los fusilaron. Posteriormente, se
descubrió ese horno de tejas, cuando construyeron la estación del teleférico.
Juan Pérez Villamil, letrado de
los Consejos, fue el encargado de llevar el bando a los alcaldes de Móstoles. Ellos
lo firmaron y ahí empezó la guerra de la Independencia. En pocos días, ese
bando llegó a todos los rincones de España y entonces fue cuando los militares
se unieron a los civiles para incorporarse a la guerra.
Las noticias de la sublevación de
Madrid corrieron como la pólvora por todas las cortes europeas. Muchos militares
extranjeros quedaron convencidos de que la única forma de vencer al poderoso
ejército napoleónico era a base de la guerra de guerrillas y así les derrotaron
en Rusia.
De hecho, el propio Napoleón, en sus últimos años, confesó que la guerra de España había sido como si tuviera una úlcera. Napoleón creyó que eran lo mismo el Gobierno de España y los españoles y pudo comprobar que se había equivocado. Esa equivocación dio lugar a unos 240.000 franceses muertos en batalla y unos 180.000 muertos en las escaramuzas con los guerrilleros.
En el bando español hubo casi 500.000 muertos, incluidos los civiles. También luego murió más gente a causa del hambre.
Lógicamente, al terminar la
guerra, muchos de aquellos que habían apoyado a los franceses, tuvieron que
exiliarse, como le ocurrió al general Negrete, que murió en Francia. Murat fue fusilado en 1815 en Calabria.
Otro de aquellos exiliados fue Cipriano
Portocarrero, padre de Eugenia de Montijo. Éste fue un oficial de Artillería,
que no se contentó con ser afrancesado, sino que combatió en el bando francés, durante
la guerra de la Independencia. Todos ellos pudieron regresar gracias a la
amnistía decretada por Fernando VII, en 1833, poco antes de su muerte.
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