ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

sábado, 2 de mayo de 2026

EL 2 DE MAYO DE 1808, HISTORIA DE UNA TRAICIÓN

 


Como hoy se conmemora el famoso 2 de mayo de 1808, he querido hacer un homenaje a aquellos españoles que, sin apenas medios, combatieron contra el Ejército más potente del momento.

Parece ser que el actual Gobierno de España ha dado la orden de que no desfilen militares en este acto. Me parece correcto, porque el Ejército no tiene nada que festejar en este


día, salvo honrosas excepciones, como los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, más las tropas y los civiles que estuvieron bajo su mando en el cuartel de Monteleón.

Sin embargo, los altos mandos, encabezados por el ministro, general O’Farrill, y el capitán general de Castilla la Nueva, general Francisco Javier Negrete y Adorno, conde de campo Alange y grande de España, mostraron una postura conciliadora hacia los invasores franceses.

En aquel momento, Madrid era una ciudad de 176.000 habitantes con una guarnición de unos 8.000 militares españoles a los que se habían añadido los 10.000 soldados, que había traído el mariscal Murat.

Estos soldados franceses siempre mostraron cierta agresividad hacia los españoles, considerándolos como seres inferiores y habitantes de un país ocupado y no aliado de Francia.

Así que esto hizo que se fuera generando odio hacia los franceses. También, los clérigos, predicaban contra ellos, pues no hay que olvidar que en Francia habían asesinado a miles de clérigos y muchos, que habían huido a España contaron lo que estaba ocurriendo en ese país.

Ese día había mucha afluencia de forasteros, porque se celebraba una importante feria de ganado y acudían gentes de muchas provincias.

No se sabe por qué motivo se concentró mucha gente delante del Palacio Real. Hay algún autor, que afirma que se trataba de una sublevación que había sido ya organizada con antelación.

Lo único cierto es que la multitud vio que la reina de Etruria, hija de Carlos IV, subía a un carruaje, acompañada de sus hijos, con destino a Francia.

Más tarde, cuando quisieron también introducir en un carruaje al infante Francisco de Paula, que era un niño de corta edad, éste empezó a llorar y eso encrespó a la multitud.

En ese momento, un cerrajero llamado José Blas de Molina y Soriano, de 37 años, que debía mucho a Fernando VII y ya había participado en otros motines anteriores, gritó: “¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y quieren llevarse a toda la familia real!”.

Eso hizo que la multitud se aproximase al Palacio Real y Molina gritase: “¡Matadlos, matadlos…que no entre en palacio ningún francés!”. Así que cortaron las bridas de los caballos.

Esto fue lo que dio lugar a lo que podemos ver en el famoso cuadro La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya. Posteriormente, Murat, que había establecido su cuartel general en el edificio del Almirantazgo, situado junto al Senado, ordenó que emplazasen cañones y disparasen a los congregados junto al Palacio Real.

A todo esto, el general Negrete, insistió en ordenar que todas las tropas permanecieran desarmadas en sus respectivos cuarteles.

Así que Molina y un grupo de gente se dirigieron hacia el antiguo cuartel de Monteleón, en el barrio de Maravillas, donde supongo que les habrían dicho que les iban a entregar armas. No sé si llegarían a ese acuartelamiento, porque Murat ya se había enterado de que se estaban resistiendo y dio la orden de atacarlo.

Los combates se fueron sucediendo por todo el centro de Madrid, mientras la mayoría de los militares siguieron sin hacer nada por defender a quienes habían jurado hacerlo.

Ahora entra en escena el general Grouchy, un tipo tan leal como un perro y que me perdonen los perros. Mis lectores habituales habrán reconocido este apellido. Ciertamente, fue aquel general que, cuando tuvo lugar la batalla de Waterloo, Napoleón le ordenó que persiguiera a las tropas del general prusiano von Blücher. Como no encontró a esas tropas, siguió dando vueltas, pero sin intervenir en la batalla. Eso hizo que Napoleón fuera derrotado en Waterloo.

Grouchy ordenó a las tropas acuarteladas en el antiguo Palacio del Buen Retiro, que fueran hacia la Puerta del Sol. Allí se produjeron escenas de pánico en las que las tropas francesas masacraron a la población civil.


También ordenó que tropas de Caballería acantonadas en Carabanchel, acudieran a Madrid. Eso dio lugar a un duro enfrentamiento contra los civiles, que se habían atrincherado en la Puerta de Toledo. Incluso, a los voluntarios se añadieron una gran cantidad de presos de la cárcel de Corte.

Los militares españoles ni están, ni se les espera. Aunque supongo que muchos confiarían en que aparecieran en algún momento.

El general Negrete argumentó que dio esa orden debido a que sólo tenía 8.000 soldados, mientras que los franceses eran 10.000. Si le hubiera dado armas al pueblo, seguro que los franceses hubieran huido con el rabo entre las patas, pero eso no ocurrió.

Los defensores del cuartel de Monteleón aguantaron la embestida de numerosas fuerzas francesas durante todo el día. Sin embargo, llegó un momento en el que apenas les quedaban municiones y fue aprovechado por las tropas francesas.

Daoiz murió fue asesinado junto a un cañón, como se puede ver en algún cuadro de la época. Velarde fue evacuado y murió después. Mientras que Jacinto Ruiz, que también fue evacuado hacia Extremadura, murió cuando estaba llegando a Trujillo.

Otro de los personajes, que estuvieron en Monteleón fue Clara del Rey. Ella, que tenía unos 45 años, cuando se enteró de que su marido y sus hijos estaban en Monteleón, fue para allá y estuvo combatiendo hasta que le alcanzó un proyectil.

Manuela Malasaña era una aprendiz de costurera de 17 años, hija de un panadero de origen francés. Se sabe que estuvo luchando en Monteleón, pero no sabemos si la mataron allí o fue fusilada posteriormente. Parece ser que todos los que no pudieron escapar de Monteleón fueron fusilados. El más joven tenía 11 años.


Como siguen las escaramuzas por toda la ciudad, las autoridades deciden publicar un bando para que cesen los combates.

No sólo eso, sino que se organiza una especie de cortejo en el que van Azanza, presidente del Consejo de Castilla, los generales O’Farrill y Negrete y el gobernador civil de Madrid, fuertemente escoltados por efectivos de la Guardia de Corps y la Guardia imperial francesa.

Sobre las 15.30 consideran dar por acabada esa sublevación en Madrid, aunque Monteleón se rendiría más tarde. A la gente se les promete que no habrá represalias para que dejen las armas.

Parece ser que el capitán Daoiz, que era el jefe del parque de Artillería de Monteleón, no estaba muy convencido para no acatar las órdenes del general Negrete. Sin embargo, al ver la cantidad de gente, que llegó a las puertas del cuartel pidiendo armas, el capitán Velarde, le dijo que no participar en los combates sería deshonrar su uniforme y una traición a la Patria.

Sin embargo, Murat no está contento y ordena que esto no quede sin un duro castigo. Así que le ordena al general Grouchy, que ya sabemos que es muy obediente, que instale un tribunal en la Casa de Correos (actual presidencia de la Comunidad de Madrid), donde hagan simulacros de juicios a los prisioneros y luego los fusilen.

Parece ser que una comisión se dirigió al general Negrete, aunque otros dicen que hablaron con un general italiano del Ejército español, llamado Alessandro Sesti, con la petición de que liberase a los presos. Sin embargo, les dijeron que ya se los habían entregado a los franceses, sabiendo que los iban a fusilar.

A partir de entonces, empezaron los fusilamientos en diversos lugares de la ciudad. Los primeros fueron en el patio de la antigua iglesia del Buen Suceso, junto a la Puerta del Sol. También en plena Puerta de Alcalá y en el Paseo del Prado.

Otros fueron fusilados en las caballerizas del antiguo Palacio del Buen Retiro, en la actual Plaza de la Lealtad.

Los que estaban presos en el antiguo cuartel de San Gil, situado junto a la Plaza de España, fueron fusilados en la montaña del Príncipe Pío. Más o menos, donde está el Templo de Debod.

Como los franceses no permitieron enterrar a los muertos hasta pasados 3 días de haber sido fusilados, Goya aprovechó para ir a la montaña de Príncipe Pío para tomar apuntes de las posiciones de los cadáveres. Parece ser que hizo muchos bocetos, pero no pintó el famoso cuadro de los fusilamientos, que está expuesto en el Museo del Prado, hasta 1814.

En el cementerio de la Florida se encuentran sepultados los cuerpos de 43 civiles fusilados por los franceses. Desgraciadamente, 14 de ellos no han sido identificados.

Gracias a que uno de ellos, el asturiano Juan Suárez, consiguió escapar, nos enteramos de lo sucedido. Según contó, aquel grupo había sido encerrado en el antiguo cuartel de San Gil y en el Palacio Grimaldi, sede del Almirantazgo, situado junto al Senado.

Por lo visto, los llevaron a un lugar donde había un horno de tejas y allí los fusilaron. Posteriormente, se descubrió ese horno de tejas, cuando construyeron la estación del teleférico.

Se calcula que, durante los combates murieron 300 franceses y 409 españoles. Sin embargo, según algunos autores, la posterior represión hizo que la cifra de muertos españoles llegase casi a los 2.000.

Juan Pérez Villamil, letrado de los Consejos, fue el encargado de llevar el bando a los alcaldes de Móstoles. Ellos lo firmaron y ahí empezó la guerra de la Independencia. En pocos días, ese bando llegó a todos los rincones de España y entonces fue cuando los militares se unieron a los civiles para incorporarse a la guerra.

Las noticias de la sublevación de Madrid corrieron como la pólvora por todas las cortes europeas. Muchos militares extranjeros quedaron convencidos de que la única forma de vencer al poderoso ejército napoleónico era a base de la guerra de guerrillas y así les derrotaron en Rusia.

De hecho, el propio Napoleón, en sus últimos años, confesó que la guerra de España había sido como si tuviera una úlcera. Napoleón creyó que eran lo mismo el Gobierno de España y los españoles y pudo comprobar que se había equivocado. Esa equivocación dio lugar a unos 240.000 franceses muertos en batalla y unos 180.000 muertos en las escaramuzas con los guerrilleros.


En el bando español hubo casi 500.000 muertos, incluidos los civiles. También luego murió más gente a causa del hambre.

Lógicamente, al terminar la guerra, muchos de aquellos que habían apoyado a los franceses, tuvieron que exiliarse, como le ocurrió al general Negrete, que murió en Francia. Murat fue fusilado en 1815 en Calabria.

Otro de aquellos exiliados fue Cipriano Portocarrero, padre de Eugenia de Montijo. Éste fue un oficial de Artillería, que no se contentó con ser afrancesado, sino que combatió en el bando francés, durante la guerra de la Independencia. Todos ellos pudieron regresar gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, en 1833, poco antes de su muerte.

 

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