ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 7 de febrero de 2017

EL TRIBUTO DE LAS TRES VACAS, EL TRATADO DE PAZ MÁS ANTIGUO DE EUROPA



Hoy me apetecía cambiar de tercio y escribir sobre otro asunto. Así que me he encontrado éste por ahí y no me he resistido a contároslo.
Seguro que todos hemos visto esas películas del Oeste de USA, donde se suelen ver a los ganaderos peleando por un terreno con pasto o por un pozo, donde pueda alimentarse o beber su ganado. Algo de eso ocurrió aquí, hace varios siglos.
Lo cierto es que no está muy claro cómo surgieron esas desavenencias entre los ganaderos de lo que hoy son los territorios de Francia y de España.
Las fuentes más utilizadas informan que en 1373 hubo una pelea entre dos ganaderos. Uno de ellos se llamaba Pedro Karrika y pertenecía al valle del Roncal, en el antiguo Reino de Navarra. El otro se llamaba Pierre Sansoler y habitaba uno de los dominios del vizconde de Bearn.
Parece ser que los dos pastores llegaron al mismo lugar con sus ganados y se entabló una discusión entre ellos, por el agua, que cada vez fue a más.
Aquello se convirtió en una pelea en la que el navarro mató a Sansoler. Lógicamente, esta violencia no paró y se fue multiplicando, a medida que pasaba el tiempo.
Se dice que un primo de Pierre, llamado Anginar, acompañado por un grupo de amigos, atravesó la frontera, al objeto de buscar a Karrika. No le encontró, pero sí a su mujer, Antonia Guardia, que estaba embarazada, y fue asesinada por este grupo en Belagua.
Posteriormente, Karrika, le devolvió la “visita”, dirigiéndose, acompañado por unos amigos, a la casa de Anginar, donde éste se hallaba celebrando su anterior “hazaña” con unos cuantos más.
Los navarros no dejaron “títere con cabeza”. Allí mismo los mataron a todos y sólo dejaron con vida a la mujer de Anginar, que tenía un niño en sus brazos.
La violencia seguía “in crescendo”. Así que lo siguiente fue que los seguidores de Sansoler organizaron una emboscada en un desfiladero y allí asesinaron a unos 25 navarros.
Estaba muy claro que a los gobernantes, esta situación se les estaba yendo de las manos y, enseguida, se reunieron para intentar pacificar la zona.
En la localidad de Ansó se citaron las “fuerzas vivas” del momento. Es decir,  el rey de Navarra Carlos II el malo, el vizconde de Bearn, llamado Gastón III o Febus (cuñado del anterior) y los obispos de Jaca, Pamplona, Oloron y Bayona. Sin embargo, no consiguieron apaciguar a los habitantes de ambos lados de la frontera.
En adelante, me referiré a ellos como franceses, aunque, en aquella época, ese territorio no dependía todavía del rey de Francia.
A pesar de esos esfuerzos, la cosa fue a más. Hasta tal punto que, en 1375, llegó a darse una batalla entre ellos que ocasionó nada menos que 53 muertos, por el lado navarro, y unos 200, por el lado francés.
Entiendo que ambos bandos se asustaran y los franceses fueron los primeros que quisieron someterse a un arbitraje.
Las dos partes aceptaron como árbitro al alcalde de la localidad de Ansó, llamado Sancho García, el cual estaría asistido por 5 “buenos hombres” elegidos por él de entre los de su pueblo.
Lo primero que hicieron fue subir al puerto de Arlas, acompañados por 5 hombres de cada bando, para delimitar la frontera exacta entre los dos territorios. De esa manera, decidieron que estaría en la llamada “Piedra de San Martín”, que delimitaría el Valle del Roncal y el de Aramitz, en Baretoun. A partir de ahí, trazaron una línea para delimitar ambos territorios.
También decidieron una serie de días en los que los franceses y los roncaleses podrían llevar su ganado a abrevar en esa fuente. Concretamente, los primeros, desde el 10 de julio y sólo durante 28 días. Mientras que el ganado de los segundos podría abrevar desde el día que acabaran los franceses hasta el  de Navidad.

Para que no se produjeran más represalias, los franceses, se comprometieron a pagar cada año tres vacas a los navarros, las cuales tenían que haber  cumplido  dos años y fueran aceptadas por éstos.
En cuanto a los responsables de las muertes, se les imponía una fuerte multa. En el caso de que no la pudieran pagar, lo tendrían que hacer los vecinos del pueblo donde vivieran.
La verdad es que, para haber sido hecho en la época medieval, me parece un arreglo bastante civilizado.
De todas formas, creo que es muy posible que esta gente estuviera harta de tener que ver morir a la gente de su familia. No olvidemos que la primera epidemia fuerte de peste tuvo lugar en 1348 y mató a una tercera parte del país.
Aparte de ello, estamos en la época de la famosa Guerra de los Cien años, que duró nada menos que 115 y que se llevó por delante a mucha gente, aunque no tuvieran un armamento tan mortífero como el que tenemos ahora.
Tampoco deberíamos olvidar que, durante esta misma época, tuvo lugar la guerra entre Pedro I de Castilla y su hermano, el futuro Enrique II, que también hizo derramar mucha sangre por ambos bandos. Así que no debería de extrañarnos que esta gente estuviera muy interesada en conseguir la paz a cualquier precio.
Como ejemplo de lo contrario, os puedo contar por qué le apodaron el malo a Carlos II de Navarra. Como todo el mundo sabe, los españoles, somos la gente más individualista del mundo. De hecho, lo más normal, cuando alguien compra una casa es aumentar la altura del muro que te separa de la parcela del vecino.
Esto era mucho más radical, en el caso de la Pamplona medieval. Los habitantes de los tres barrios o núcleos de población, que la formaban, se odiaban a muerte. Tanto es así que estos barrios estaban amurallados y con fosos, como si se tratase de ciudades enemigas, y al  más mínimo conflicto, utilizaban nada menos que las catapultas, para arrojarse grandes pedruscos. Aparte de dispararse entre ellos flechas, lanzas  y otros artilugios bélicos.
Por lo visto, era una tradición que, cuando se coronaba a un nuevo rey o en las fiestas de la coronación, se indultaran a todos los que estuvieran presos por este motivo.
En el caso de Carlos II, que llegó al trono con sólo 17 años,  se le informó de esa tradición y se le pidió que cumpliera con ella, ordenando la liberación de todos los que habían sido encarcelados por esa causa.
Sin embargo, este rey adolescente, en lugar de ordenar su liberación, sin cortarse un pelo, mandó que todos esos que debían ser puestos en libertad, fueran ejecutados inmediatamente. Lógicamente, sus soldados cumplieron sus órdenes a rajatabla.
Como habéis comprobado, hubo razones más que suficientes para que le apodaran de esa manera y pasara a la posteridad con ese triste apodo. También hay quien dice que ese apodo se lo pusieron los franceses.
Volviendo a nuestro tema, tras la sentencia arbitral del alcalde de Ansó, que fue firmada, por ambas partes,  el 16 de octubre de 1375, en la iglesia parroquial de esa localidad, se creó un protocolo, que se ha repetido, desde entonces, año tras año. Este tratado de paz es el más antiguo de los que continúan vigentes en Europa.
Así que, desde ese momento, el 13 de julio de cada año, se reúnen los alcaldes de Baretous y los de 4 municipios del Valle del Roncal.
Lo hacen en el mismo sitio en que tuvo lugar la primera de esas reuniones. Se trata del collado de Ernaz en el puerto de Arlás, junto a la mesa de los Tres Reyes, donde, anteriormente, estaba la llamada Piedra de San Martin.
Desde 1858, año en que se efectuó la delimitación exacta de fronteras entre Francia y España, su lugar lo ocupa el mojón 262, de un total de 1.300 que se colocaron para señalizar el límite fronterizo entre los dos países.
El alcalde de Isaba siempre preside el acto. Todas las autoridades, allí reunidas, visten sus mejores galas.
El presidente les pregunta tres veces a los representantes de Baretous si quieren continuar con la paz. Los franceses también le responden afirmativamente tres veces.
Dicho esto, uno de los representantes franceses pone su mano sobre la piedra y lo mismo hacen los demás de los dos países, poniendo unas manos sobre otras.
El presidente es el último que pone su mano derecha sobre las de los demás y pronuncia la frase ritual: “Pax avant, pax avant, pax avant”. Los franceses le responden con las mismas palabras.
Anteriormente, no se ponían las manos sobre una piedra, sino sobre dos lanzas atravesadas en forma de cruz.
Posteriormente, son entregadas las vacas y, una vez reconocidas por el veterinario de Isaba, se procede al reparto de las mismas.
Tras ello, se nombran cuatro guardas para vigilar que se cumpla lo pactado por ambas partes. Se redacta un acta, que es firmada por todos los representantes. Como colofón, se celebra una comida de hermandad para conmemorar el acto.
Como es de suponer, este tratado no fue una especie de fórmula magistral, que acabara con toda la violencia, pero sí le dio una gran estabilidad a la zona.
Deberían de tomar nota muchos gobernantes de lo que hicieron estas gentes para que nunca hubiera más guerras entre ellos.
A lo largo de la Historia, se sabe que ha habido algunos conflictos, como durante la Guerra de los Treinta años, en la que se produjeron varios robos de ganado y captura de pastores de uno y otro lado de la frontera.
Sin embargo, en 1793, durante la llamada Guerra de la Convención,  que fue declarada por España contra Francia, tras la ejecución de Luis XVI, el protocolo se repitió con toda normalidad.
Igual ocurrió durante la Guerra de la Independencia, aunque España fuera invadida y estuviera en guerra contra Francia.
No obstante, en 1895, tras la publicación de un artículo en el diario francés Le Figaro, donde
calificaba a este acto como un humillante y “extravagante ceremonial anti francés”, varios cientos de franceses subieron a ese lugar para boicotearlo.
No me extraña que los franceses estén molestos, pues, si se suma la cantidad de vacas que han entregado a lo largo de la Historia, la cifra se acerca a las 2.000.
En 1944, durante la II Guerra Mundial, Francia, fue ocupada por los alemanes y éstos prohibieron realizar ese intercambio. Así que en la posguerra, los franceses, añadieron una vaca más para compensar las que les debían a los navarros.
También, según lo pactado, de las tres vacas, dos de ellas siempre son para el pueblo de Isaba, que es el municipio más grande del valle,  y la otra le toca cada año, por riguroso turno, a Uztarroz, Urzainki y Garde.
En el mismo documento se dice que las tres vacas han de tener dos años y estar en buen estado de salud. Concretamente, en 1755, una de las vacas fue devuelta, pues los del Roncal vieron que no estaba en muy buenascondiciones. Consecuentemente, los franceses se la cambiaron por otra.
Algunos autores dicen que este tratado les recuerda un tributo impuesto por Carlomagno, tras vencer en la guerra a los sajones. Por ello, estos debían entregarle cada año 12 vacas, en señal de sumisión. En este caso no es así, pues se trata de un pacto entre iguales.
Hasta en el mismo tratado de delimitación de fronteras entre Francia y España, que entró en vigor el 1 de abril de 1859, dedica, por entero, el Anexo III del mismo a este pacto firmado en el siglo XIV.
Desgraciadamente, como ha ocurrido en muchos casos, los documentos originales, donde figuraba este acuerdo, con las firmas de todas las partes, que se custodiaba en la iglesia de Isaba, se destruyeron en el incendio de la misma, que tuvo lugar en 1427. Afortunadamente, seis años más tarde, se hicieron varias copias de los mismos de una que ya existía en otro de los pueblos.
En 2011, el Gobierno Foral de Navarra, declaró a este acto como Bien de Interés Cultural Inmaterial y ahora se realiza una fiesta, donde se procura que se conozcan mejor las gentes que viven a ambos lados de los Pirineos.
Espero que os haya gustado esta curiosa historia y me gustaría veros a todos como seguidores de mi blog. Como sé que lo vais a hacer, ya os doy las gracias por anticipado.

       





domingo, 29 de enero de 2017

LA VIDENTE LUCRECIA DE LEÓN



Esta vez, voy a cambiar de tercio. En principio, tras mirar el título del artículo, se podría pensar que me he pasado del campo de la Historia al de las creencias irracionales. Sin embargo, ya veréis cómo no es así.
Los que han venido leyendo mis artículos, habrán notado que la época de Felipe II fue bastante convulsa. No me refiero solamente a las guerras, las conspiraciones de palacio, el intento de sublevación de su hijo y algunas cosas más.
Sin embargo, hubo otras conspiraciones, que intentaron quitarle en poder en alguno de sus reinos, como, por ejemplo, la del famoso pastelero de Madrigal y alguna otra más.
En esta ocasión, voy a contar otra de esas conspiraciones, cuyos autores la habían disfrazado como si se tratara de otra cosa.
Nuestra protagonista de hoy, Lucrecia de León, nació en Madrid, posiblemente, en 1567 o al año siguiente. Sobre eso, no se ponen de acuerdo los especialistas.
Su familia era muy modesta, siendo su padre un  humilde mercader. Así que su educación fue muy escasa, aunque parece ser que se trataba de una persona muy inteligente.
Muy pronto, la colocaron como sirviente de una familia importante y próxima a la Corte de Felipe II. 
Algunos de sus contemporáneos afirmaban que se parecía a la imagen de Eva en la famosa pintura de Van der Eyck.

Parece ser que muy pronto se hizo famosa a través de sus sueños de los que despertaba dando muchos gritos y despertando a toda su familia.
Más tarde, mientras su padre le decía que no se los contara a nadie, ella lo hacía a cambio de dinero.
Con sólo 12 años tuvo un sueño, donde vio  una procesión mortuoria con los emblemas reales, por las calles de Badajoz. Su padre le preguntó si había visto al rey  muerto y ella le dijo que no. Unos meses más tarde, murió allí la reina y, en principio, fue enterrada en esa misma ciudad.
Tras acertar de lleno, cuando profetizó que, en uno de sus sueños, había visto la derrota de la famosa Armada Invencible, todas las miradas giraron hacia ella.
Es preciso hacer un inciso para decir que, en aquella época, en pleno Renacimiento, todavía existían muchas supersticiones propias de la Edad Media.
De hecho, en muchos lugares de España se utilizaban los curanderos y saludadores. Estos últimos realizaban una actividad muy curiosa. Consistía en recorrer los pueblos al objeto de repartir su salud entre los moradores y animales domésticos, que habitaran en el lugar. No sólo eran hombres, sino que también había mujeres que se dedicaban a ese curioso oficio.
Se cree que no daban abasto cuando circulaba por los pueblos alguna plaga, como la peste o la rabia y los campesinos no sabían cómo salvar su ganado.
Parece ser que decían hablar con el ganado y luego les “convencían” para que se portaran bien con sus dueños. Al final, les santiguaban.
Algunos pensarán que esto es muy antiguo, sin embargo, se sabe que estos personajes, han actuado hasta el siglo XIX en algunos lugares de España.
Otro ejemplo de que el mundo no se había desprendido, por completo, de la cultura medieval es que, en pleno siglo XVI,  se seguían dando clases de Astrología en la propia Universidad de Salamanca.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, lo cierto es que su fama se extendió por todas partes y no pasó desapercibida para un tipo llamado Alonso de Mendoza, procedente de una importante familia noble, canónigo de la catedral de Toledo y abad de un convento de la misma ciudad. Parece ser que se la presentó un amigo suyo, llamado Juan de Tebes, también pariente de la chica.
Casualmente, Alonso,  era también el confesor de la dama para la que trabajaba, como sirvienta,  Lucrecia.
Curiosamente, si  observamos la lista de los clérigos, que, por aquella época, estaban destinados en la catedral de Toledo, podremos ver que hay muchos que se apellidaban Mendoza. Me da que eso no es una mera casualidad, sino que, posiblemente, se hallaban ahí, porque era el mayor centro de poder de la Iglesia católica española y, más o menos, todos ellos representaban a un mismo linaje.
Otro aspecto importante de esta historia es que se acababa de conocer el desgraciado incidente del secretario Antonio Pérez y buena parte de la sociedad estaba dividida entre dar su apoyo al monarca o a su antiguo secretario.
No debemos olvidar que en las monedas emitidas a lo largo de nuestra Historia, solía aparecer en el anverso la efigie del monarca de turno y a su alrededor una leyenda, donde figuraba el nombre del rey y al final se podía leer “por la gracia de Dios”.
Supongo que todo esto viene desde que Constantino el Grande hizo esa especie de pacto con la Iglesia cristiana, que se formalizó con el Edicto de Milán, en el 313 d. de C.
Más o menos, el trato era que el monarca de turno le pagaría absolutamente todo a la Iglesia, incluso, les eximiría de todos los impuestos. La contrapartida era que los eclesiásticos tendrían que convencer al pueblo para que obedeciera ciegamente al rey que estuviera sentado en el trono.
Sin embargo, si alguien demostraba que Dios no estaba de parte del rey, eso podría ser muy peligroso. De hecho, en la antigua Roma, si el pueblo llegaba a creer que un emperador no gozaba del favor de los dioses, era, inmediatamente, depuesto o asesinado por el pueblo.
Así que, si los que tenían que convencer al pueblo de todo esto, no estaban a favor del rey, el monarca, podría tener un serio problema, porque la gente se fiaba de lo que le decían los clérigos, a los que veían todos los días, mientras que al rey no solían verlo nunca. La mayoría de ellos sólo se enteraba de que habían cambiado de rey, cuando se cambiaba la efigie que aparecía en las monedas de la época.
No vayáis a pensar que esto de que Dios está detrás de las decisiones de un gobernante es algo tan antiguo. Por ejemplo, en las hebillas de los soldados alemanes, tanto de la Primera, como de la Segunda Guerra Mundial, se podía leer “Gott ist mit uns” (Dios está con nosotros).
Todo este rollo viene porque el canónigo Alonso de Mendoza, que era partidario de Antonio Pérez, cogió bajo su protección a Lucrecia. Él junto a otro clérigo llamado fray Lucas de Allende, que era el confesor de Lucrecia, se dedicaron a tomar nota de todo lo que decía esta chica y, más tarde, por supuesto, lo interpretaban de la manera que más convenía a sus intereses.
En su afán por fastidiar los últimos años del reinado de Felipe II, se aventuraron a interpretar de una manera cada vez radical sus nuevos sueños.
Dicen que el libro de cabecera de Alonso de Mendoza era “La interpretación de los sueños”, de Artemidoro de Éfeso.
Esta vez dijeron que Lucrecia había soñado que, a causa de la mala política de Felipe II, se llegaría al final de España y de la Iglesia Católica. Esto ya eran palabras mayores, así que el rey pidió la intervención, en este caso,  de su fiel Inquisición.
Llegaron a decir que Felipe II acabaría derrotado como el rey visigodo don Rodrigo. Parece ser que decía haber visto en sus sueños que los protestantes atacarían la península por el norte, mientras que los turcos otomanos lo harían por el sur y los ingleses a través de Portugal.
Al mismo tiempo, habría una rebelión general de los moriscos, que aún residían en la península, para facilitar estas invasiones.
Felipe II, al igual que don Rodrigo, huiría y llegaría hasta la ciudad de Toledo, donde moriría. Sólo se salvarían una serie de elegidos, que vivirían escondidos, durante un tiempo en una especie de refugio llamado la Cueva de Sopeña, que todavía nadie sabe dónde está. Se sospecha que podría estar en el término municipal de Villarrubia de Santiago.
Casualmente, el propietario de la zona donde se hallaba esa cueva era Cristóbal de Allende,
hermano del clérigo citado anteriormente. También era el tesorero de lo recaudado entre los miembros de esa nueva congregación. Era una forma de que todo quedara en casa.
Así que la gente crédula, entre los que se hallaban algunos personajes muy importantes, como el afamado arquitecto Juan de Herrera, fundaron la llamada Sociedad de la Nueva Restauración, que, se supone,  la formarían los elegidos para salvarse en esa cueva. Según se dice, este arquitecto, se encargó de acondicionar esa cueva para que pudiera ser utilizada por los que fueran a refugiarse en ella.

Para buscarse aún más enemigos, los intérpretes de sus sueños, se atrevieron a  decir que un nuevo rey reconquistaría el país. Expulsaría a todos los invasores. Incluso, echaría a los moros de Jerusalén y hasta trasladaría la sede papal de Roma a Toledo. Evidentemente, el nuevo Papa, también sería español.
No obstante, Alonso Franco de León,  padre de Lucrecia y natural de Valdepeñas, parecía cada vez más preocupado por el futuro de su hija, pues, según argumentaba, ya había visto a muchos, que se dedicaron a estos mismos menesteres, y acabaron siendo quemados públicamente por la Inquisición.
Sin embargo, su madre, Ana Ordóñez, estaba muy contenta, porque, gracias a los múltiples regalos que recibía su hija, la situación económica de la familia había mejorado mucho.
Lucrecia también se mostraba muy alarmada por los temores de su padre. Seguramente, por ello, visitó a su antiguo confesor, el cual no la trató nada bien, por haber dejado de serlo.
A pesar de ello,  los intérpretes de los sueños de nuestro personaje, se atrevieron a decir que en los mismos aparecía Felipe II como un monarca codicioso y carente de fe. Supongo que eso ya era demasiado para alguien que siempre se había mostrado como el paladín de la defensa de la fe católica.
Incluso, se atrevieron a calificar a Felipe II como un ser inhumano, al que despreciaban tanto en sus vastos reinos, como en su propia familia.
Así que la cólera de Dios hizo que fuera derrotada la Armada Invencible y esa misma haría que fuera derrotado el monarca y reemplazada su dinastía por otra nueva.
Por supuesto, previamente, había profetizado que don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que había sido designado por el rey como almirante de esa Armada, moriría antes de que se terminara de organizar esa expedición y eso fue lo que pasó.
Supongo que el rey no querría enfrentarse a la Iglesia Católica, así que le encargaría su defensa a su confesor, fray Diego de  Chaves, una persona con mucho poder dentro de la Corte. Hasta el propio rey tenía que consultarle, antes de autorizar el nombramiento de un nuevo obispo.
No obstante, el tema de las videntes no es contrario a la Iglesia Católica. Algunas de ellas, que vivieron durante la Edad Media, fueron, posteriormente, canonizadas. La diferencia está en que aquellas no se dedicaron a criticar la política de su rey y, en cambio, nuestro personaje o sus intérpretes sí lo que hicieron.
También es necesario aclarar que el canónigo Alonso de Mendoza, que, posiblemente, pertenecía a la familia de los duques del Infantado,  estaba apoyado por el Inquisidor general y arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga. Precisamente, este último, fue el que puso en libertad al famoso Fray Luis de León. También es el que aparece en el célebre cuadro del Greco "El entierro del conde de Orgaz".
En este momento, entra un nuevo personaje en nuestra narración. Se trata de un antiguo soldado de origen navarro, llamado Miguel de Piedrola Beamonte.
Según lo que narró a los interrogadores de la Inquisición, fue educado por un clérigo, hasta que se enroló en los Tercios y estuvo luchando en Sicilia.
Dijo haber tenido la mala suerte de haber sido capturado por los turcos y llevado hasta la actual Estambul. En varias ocasiones, intentó huir de allí, hasta que lo consiguió.
También dijo haber escrito algunas profecías, que le envió a Felipe II y éste le premió con una renta y el privilegio de poder investigar en los archivos sobre los antiguos reyes de Navarra, pues afirmaba pertenecer a ese linaje.
Entre sus profecías, podemos citar la muerte del príncipe Carlos, la de don Juan de Austria, el fallecimiento del Papa Gregorio XIII y adivinar quién le sustituiría, Sixto V.
Su fama aumentó de tal modo, que a su casa llegaban todos los días un montón de personas, pidiéndole que les adivinase su futuro. Hasta algunos clérigos hablaban de él como de un nuevo profeta.
Sin embargo, un día se atrevió a pronosticar el hundimiento de la Casa de Austria, interpretando que un cuervo volando con el pico manchado de sangre es la imagen de Felipe II, reprimiendo a los portugueses.
Este nuevo personaje ya tenía relación con Lucrecia, porque, en los sueños de ésta, aparecía como el hombre que iba a salir de esa cueva, con los supervivientes de la invasión, para realizar una nueva reconquista y ser proclamado nuevo rey de España, ya que, según decía, pertenecía a la antigua casa real de Navarra.
Lo curioso es que Piedrola y Lucrecia, antes de conocerse personalmente, ya se habían conocido en sueños. Eso me recuerda a la gente que, hoy en día, tiene muchos amigos por Internet, pero que nunca se han visto personalmente.
En 1587, Piedrola, quiso entrevistarse con el rey, para contarle más sobre sus sueños. No sólo no lo consiguió, sino que fue detenido por la Inquisición. Ese mismo año fue procesado y condenado a cadena perpetua para luego ser encarcelado en una de sus cárceles secretas, situada en el interior del castillo toledano de Guadamur. Por entonces, propiedad del conde de Fuensalida. Nunca más se supo de él.
A primeros de mayo  de 1590, el inquisidor de Toledo, don Lope  de Mendoza, recibió la orden de  confiscar todos los documentos que hallase en el domicilio de Alonso de Mendoza. Parece ser que, al principio, quizás por amistad o parentesco con el acusado, se resistió a hacerlo. Sin embargo, unos días después cumplió esas órdenes a rajatabla.
Posteriormente, Alonso, fue condenado a 6 años de cárcel y luego recluido en el monasterio jerónimo de la Sisla, cercano a Toledo donde murió unos años más tarde.
A finales de mayo de ese mismo año ya habían sido encarcelados todas las personas relacionadas con este caso.
Algunos autores afirman que el hecho que desató la persecución de este grupo fue la repentina huida de Antonio Pérez hacia el Reino de Aragón.
La misma Lucrecia, que acababa de comprometerse con Diego de Vitores Texeda y se hallaba embarazada, también fue detenida y sometida a varios interrogatorios. De hecho, dio a luz en prisión.
En 1595 participó en un auto de fe, que se celebró en el patio del convento de Santo Domingo, en Toledo. Allí la vistieron con un sambenito, una vela y una cuerda alrededor del cuello. De hecho, en ese momento se enteró de que no había sido condenada a muerte. Es posible que eso se debiera a que, hasta 1594, año de la muerte de Gaspar de Quiroga, inquisidor general y arzobispo de Toledo, éste los habría protegido a ella y a Alonso de Mendoza.
Seguramente, por ello, aunque fue acusada nada menos que de blasfemia, sedición, falsedad, sacrilegio y algunas cosas más, sólo fue condenada a cien azotes, destierro de Madrid y reclusión durante dos años en un convento. Ni siquiera la azotaron ese día, porque el verdugo no acudió al auto.
Lo curioso es que no la querían en ningún convento, salvo que pagara el alojamiento para ella y su hija. No fue así, porque su padre tampoco quiso ayudarla.
Al final, fue a parar al hospital de San Lázaro, de Toledo, de donde tuvo que ser evacuada, para no ser contagiada por las graves dolencias de los enfermos allí ingresados. Parece ser que este centro estaba especializado en los afectados por la tiña, la lepra o la sarna.
Posteriormente, la ingresaron en el Hospital de San Juan Bautista. Conocido, actualmente, como Hospital de Tavera.
Poco más se puede decir sobre esta extraña mujer. Tras su ingreso en ese centro no se supo más de ella.
Algunos autores piensan que esta rebelión dentro de la Iglesia contra ese monarca pudo venir porque, una de las consecuencias de las varias bancarrotas que hubo durante su reinado, fue que el Estado se quedara con algunos de los impuestos, que tradicionalmente, cobraban los clérigos a sus feligreses.
Lo que está muy claro es que esto no fue un simple grupo de gente, movida por unos motivos exclusivamente religiosos. Fue toda una conspiración a nivel político, que utilizó la interpretación de los sueños de Lucrecia y de Piedrola para atraerse a la gente hacia su bando e intentar deponer del trono a Felipe II.
Eso lo entendió muy bien este rey, porque se sabe que se interesó, personalmente, para que Piedrola no pudiera salir jamás de su encierro, ni tener contacto con nadie, que no fueran sus guardianes en el castillo de Guadamur. Incluso, dio unas claras instrucciones para que se destruyera toda la correspondencia entre el monarca y Piedrola.
Espero que os haya gustado el artículo, aunque esta vez reconozco que me he extendido mucho.

martes, 24 de enero de 2017

LA REINA MARÍA DE MOLINA



Para terminar el ciclo sobre este grupo de reyes, yo creo que es de justicia dedicarle un artículo a esa gran mujer que fue María de Molina.
Realmente, nunca se llamó así. Su verdadero nombre fue María Alfonso de Meneses, pero todo el mundo la conoció por el de María de Molina.
Hay discusión sobre su fecha de nacimiento. Unos autores afirman que fue en 1264, mientras que otros opinan que fue al año siguiente.
Todavía hay más dudas, en cuanto al lugar de nacimiento. No obstante, he leído en algunos sitios que fue en Molina de Aragón. Un pueblo famoso por las bajas temperaturas que tienen que sufrir sus habitantes.
Sus padres fueron el infante Alfonso, hijo de Alfonso IX de León y, por tanto, hermano menor de Fernando III el Santo. Mientras que su madre fue Mayor Alfonso de Meneses, procedente de una importante familia de la zona de Valladolid.
Para el padre era su tercer matrimonio, mientras que para su madre, era el segundo. El infante Alfonso casó, por vez primera, con Mafalda González de Lara, heredera del señorío de Molina.
Es posible que esa boda hubiera sido organizada por su hermano, Fernando III, ya que la familia de Mafalda se había rebelado contra ese monarca, apoyando una nueva separación entre León y Castilla. De hecho, el monarca, ordenó que ella fuera la nueva heredera de ese señorío y no su hermano, aunque esa decisión fuera en contra de la Ley.
A la muerte de Mafalda, su esposo, fue el nuevo señor de Molina, según las capitulaciones matrimoniales firmadas por ambos cónyuges.
Más tarde, heredaría ese señorío Blanca, hermana mayor de María. Sin embargo, al morir sin descendencia, Sancho IV, le otorgó ese título a su esposa.
Lo cierto es que María nunca había pensado ser reina. Casó con Sancho, que era el segundo hijo de Alfonso X.
Antes de eso, hay que aclarar que el padre de Sancho, ya había acordado su boda, contra la voluntad de éste,   con Guillerma de Montcada, una de las hijas de Gastón VII, vizconde de Bearne, entre otros títulos.
Así que los casaron por poderes, pero nunca se consumó el matrimonio, por ser demasiado jóvenes los contrayentes.  Sin embargo, esa boda, que tuvo lugar en abril de 1270, aún no se había anulado, cuando Sancho se casó con María.

Lógicamente, esta nueva boda, celebrada en 1281, no gustó nada ni al Papa, ni a Alfonso X y mucho menos a su antiguo suegro, Gastón VII.
Aparte de los motivos políticos, que también los hubo, la boda entre Sancho IV y María era ilegítima, porque, como ya he dicho antes, no se habían molestado en anular el anterior matrimonio, ni tampoco habían pedido, previamente, una dispensa papal, a causa de su parentesco tan cercano.
La verdad es que, tras la boda, lo intentaron por todos los modos posibles. Incluso, se sabe que, en 1293, procesaron en Roma a un fraile, por haber falsificado una bula pontificia, donde se legalizaba el citado matrimonio.
Aunque parezca mentira, este matrimonio ilícito fue un arma muy apreciada por los habituales enemigos de la monarquía castellana para intentar llevar  a ese reino al caos.
De hecho, influyó para un mayor acercamiento entre Castilla y Francia, ya que los Papas de esa época se puede decir que estaban a las órdenes del rey de ese país. Aparte de que, de esa manera, contrarrestaban la presión ejercida desde Aragón, tradicionales enemigos de Francia.
Tampoco hay que olvidar que el rey de Francia era abuelo de los infantes de la Cerda, pretendientes al trono de Castilla.
Por otra parte, tras la huida de la esposa de Alfonso X y sus nietos, los infantes de la Cerda, al reino de Aragón, de donde era originaria, el monarca de ese reino no los dejó volver a Castilla y los retuvo para presionar a  Sancho IV a fin de que no se hiciera aliado de Francia.

También hay que mencionar que ese matrimonio provocó  la caída de los dos hombres de confianza de Sancho, don Gómez García y, sobre todo, don Lope de Haro, que era tío de Guillerma.
Quizás, nos podríamos preguntar el por qué Alfonso X se decidió por celebrar un matrimonio entre su hijo Sancho y alguien de un lugar tan lejano como Gascuña. No olvidemos que, en esa época, cualquier viaje se hacía mucho más largo que ahora.
Parece ser que formaba parte de su estrategia para tomar posesión del territorio de Gascuña, que había sido aportado como dote a la boda entre Alfonso VIII y Leonor, una de las hijas de Enrique II de Inglaterra y la famosa Leonor de Aquitania. Concretamente, Gastón VII pactó con Alfonso X que podría tomar posesión de la Gascuña, si le ayudaba en su lucha contra los ingleses.
Posteriormente, Alfonso X, cambió de opinión, cuando Enrique III de Inglaterra le pidió la paz y en prueba de ello, se realizó, en Burgos,  el matrimonio entre su heredero, Eduardo, y Leonor, hija del monarca castellano.
Aunque parezca mentira, Gastón VII, era uno de los hombres más ricos de la Corona de Aragón. Tenía amplios territorios a ambos lados de los Pirineos, los cuales eran codiciados por Aragón, Francia e Inglaterra. Incluso, había conseguido territorios en Mallorca, pues había ayudado a Jaime I en la conquista de esta isla. Su único problema es que tenía 4 hijas y quería casarlas con novios emparentados con las dinastías más importantes de Europa.
Precisamente, don Lope de Haro, estuvo muy interesado en que Alfonso X reconociera a Sancho como heredero al trono, porque era cuñado de Gastón VII. También era una forma de aumentar la influencia de la Casa de Haro sobre el nuevo rey y disminuir la tradicional de los Lara, que apoyaban a los Infantes de la Cerda.
La decisión de Sancho, en lo que se refiere a no aceptar su matrimonio con Guillerma, tuvo tanta trascendencia que, a pesar de que Alfonso X, en un principio, lo había presentado ante las Cortes como su heredero, tuvo que dar marcha atrás, agobiado por la presión ejercida conjuntamente por el rey de Francia, Gastón VII y la Casa de Haro.
Ahí es cuando Alfonso X intentó dejar el reino de Jaén a los infantes de la Cerda. Mientras que eso pareció ser del agrado el rey francés, a Sancho no le gustó absolutamente nada.
Ciertamente, Sancho IV, tampoco había perdido el tiempo. Antes de casarse con María de Molina, había tenido como amante a una prima de ella, llamada María Alfonso Téllez de Meneses y de esa relación nacieron dos hijas.
Hoy en día, nos podría parecer una tontería, sin embargo, este enlace trajo muchos problemas. Otro de ellos fue que, cuando Sancho IV fue proclamado rey en Toledo, nombró a su hija primogénita, Isabel, como heredera al trono. Eso provocó que
fuera excomulgado de nuevo. Es preciso decir que aún no había nacido el futuro rey Fernando IV.
La verdad es que este enlace trajo muchos problemas a Alfonso X y fue lo que más distanció al padre del hijo.
La mayoría de los nobles del reino se decantaron por el hijo. No obstante, el padre, tenía en sus manos una “carta” muy poderosa. El Papa estaba a su favor y fue amenazando a los nobles para que se pasaran al bando del monarca. Cosa que hicieron varios de ellos.
Sin embargo, Alfonso X, que estaba muy enfermo,  murió en Sevilla en 1284. Poniendo punto y final a la guerra civil en el reino.
Sancho IV supo poner a la mayoría de los nobles en su sitio, ya que tenía un carácter iracundo y se dedicó a atemorizarlos a todos.
Desgraciadamente, Sancho, sólo pudo reinar unos cuantos años. Su dedicación a la guerra hizo que su salud se resintiera. Enfermó de tuberculosis y murió joven, dejando sola a María y a sus hijos.
Curiosamente, aunque parece ser que esta mujer tenía una apariencia frágil y enfermiza, tuvo 7 hijos con Sancho IV y supo defender muy bien los derechos de su hijo y su nieto al trono de Castilla. Parece ser que su mejor virtud fue hallar siempre un punto de acuerdo entre las partes en disputa. Algo muy necesario en una Edad Media, donde lo normal era matarse unos a otros, por cosas que hoy calificaríamos como tonterías.
Esa forma de ser, tan pacífica, contrastaba con la de su marido, que, como ya he mencionado, siempre fue muy iracundo y belicoso. De hecho, en un par de ocasiones, el infante don Juan, salvó la vida, porque apareció ella, justo cuando Sancho y, en la segunda ocasión, Fernando, se disponían a matarlo.
Así que ella se pasó la vida pacificando el país, para así poder asegurar la llegada al trono de su hijo y, más tarde, también su nieto.
Tampoco quiso contraer un nuevo matrimonio, pese a las presiones del infante don Juan, para que lo hiciera con un candidato al que pudiera manejar éste.
Sin embargo, su hijo, Fernando, fue un monarca al que los nobles supieron manejar muy bien. Incluso, hasta llegó a pedir cuentas a su madre, a causa de unos rumores extendidos por la nobleza. En 1302, estos nobles la acusaron en público en las Cortes de Medina del Campo, por eso su hijo encargó una investigación sobre el tema y se demostró que la acusación era completamente falsa.
Ella tuvo que luchar contra una serie de  habituales conspiradores, como fueron el infante don Enrique, el infante don Juan, don Juan Núñez de Lara y don Juan Manuel.
Su mayor apoyo lo obtuvo siempre de las hermandades generales de los distintos concejos del reino. Ese apoyo siempre fue muy decisivo en las Cortes, que, además, en
esa época, se reunieron muy a menudo.
También a base de promesas y de pagar buenas cantidades de dinero, consiguió que esos nobles sublevados volvieran al bando de Fernando IV.
Los cronistas destacan entre sus mejores virtudes las de la prudencia, la inteligencia y la capacidad de dar buenos consejos.
Incluso, el famoso dramaturgo español, Tirso de Molina, escribió su obra “La prudencia en la mujer”, para ensalzar el papel de esta reina en la Historia de España.
Sus contemporáneos decían  que siempre fue muy trabajadora y que le dedicaba muchas horas a la labor de despacho, tomando decisiones que solían ser del agrado de todos.
Aparte de eso, se dice que, cuando tomaba una decisión, se mantenía muy firme en sus convicciones. Para ser que su norma de conducta fue “guardar al Rey de peligro e la tierra de guerra e de daño”, según la Crónica de Fernando IV.
Fue una infatigable negociadora. Sus objetivos siempre fueron buscar la paz, los intereses generales y el servicio a la Corona.
Aunque, en algunas ocasiones, tuvo que ordenar el asedio de alguna fortaleza, donde se había refugiado uno de esos nobles sublevados.
En su época, fue una reina muy popular. Además, siempre elegía personalmente a los representantes de cada concejo en las Cortes, a fin de que acudieran los que eran más favorables al rey.
Fuera de Castilla consiguió parar las ansias expansionistas tanto de Dionis I de Portugal, como de Jaime II de Aragón.
Al primero lo paró fácilmente, al recordarle que podría romper el compromiso matrimonial entre los hijos de ambos. Así que firmaron la paz de Alcañices, en 1296.
Con el de Aragón llegó a un rápido entendimiento en cuanto se repartieron el territorio del reino de Murcia.
En 1300, María, consiguió que las Cortes le pagaran el importe necesario para persuadir al Papa Bonifacio VIII. Así que, al año siguiente, este mismo Pontífice, firmó una bula para que fuera válido su matrimonio y el de su hijo, Fernando IV. Como siempre, todo se reduce al dinero.
Parece que los siguientes años fueron transcurriendo sin mayores sobresaltos. Sin embargo, en 1312, murió prematuramente, su hijo, Fernando IV. Así que se formó un consejo de regencia, pues el heredero sólo tenía 1 año.
Desafortunadamente, en 1313, también murió la madre del futuro Alfonso XI. Así que a María, que ya era una anciana, no le quedó otra que asumir, durante unos años, la tutela de su nieto.
Lamentablemente, en 1320, los dos miembros más señalados del consejo de regencia, los infantes don Juan y don Pedro, murieron guerreando contra el Reino de Granada. Así que tuvieron que ser sustituidos por otros. Ese acontecimiento dio paso a otra guerra civil entre los bandos de los señores feudales de ese momento. Sobre todo, el de don Juan Manuel contra el del infante don Felipe.
Desgraciadamente, en 1321, cuando María se disponía a acudir a unas Cortes en Palencia, que había convocado ella misma, enfermó gravemente y  no pudo acudir a la reunión.
Así que se retiró al convento de los franciscanos en Valladolid. Allí redactó su testamento y encargó a “los hombres buenos” de esa ciudad, que velaran por sus nietos Alfonso y Leonor.
Posteriormente, fue enterrada en el convento de las Huelgas Reales, en Valladolid, donde todavía se halla su sepulcro.
Posiblemente,  en España nos hubiera ido mejor, si hubiéramos tenido muchas más personalidades políticas, que hubieran administrado el país de una manera tan eficaz como lo hizo ella.