ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 6 de abril de 2014

UN EXTRAÑO PERSONAJE, NAPOLEÓN IV

Más de uno se habrá quedado asombrado por el numeral que figura al lado del nombre de Napoleón. Esta vez traigo al blog un personaje casi desconocido, pero, que, si hubiera vivido más tiempo, hubiera cambiado radicalmente la Historia de Europa.
Su verdadero nombre fue Napoleón Eugenio Luis Juan José Bonaparte. Sólo le faltó que le pusieran al final “de todos los Santos”, como hacen aquí con los infantes.
Era un Bonaparte de pura cepa, pues se trataba de un sobrino nieto del gran militar y conquistador francés.
Nació en París, en 1856 y sus padres fueron el emperador Napoleón III y su esposa, la emperatriz de origen español, Eugenia de Montijo. Su madrina fue la reina de Suecia.
Al nacer recibió los títulos de príncipe imperial, con el tratamiento de Alteza imperial. Además, el de conde de Teba, por su madre, y el de conde de Pierrefonds, por su padre.

En 1870, al caer el Segundo imperio francés, tras la derrota en la guerra franco-prusiana, tuvo que exiliarse junto con el resto de la familia imperial. Su primer destino fue Bélgica y, posteriormente, se marcharon al Reino Unido, donde su padre falleció en 1873.
A partir de ese momento, los legitimistas imperiales quisieron proclamarlo como Napoleón IV, pero eso sólo se podría realizar si volvía a París.
Mientras su padre permaneció como prisionero de los alemanes,  madre e hijo vivieron en un hotel de Hastings, durante un par de semanas, para trasladarse luego a Camden Place, en Chislehurst. Allí pudieron reunirse todos en 1871 y vivieron con otras 36 personas que formaron su comitiva en el exilio.
Es posible que se decidieran por alquilar esta mansión, porque su dueño en ese momento, Nathaniel William Strode, era un gran admirador de la cultura francesa y había amueblado el palacio de acuerdo con los gustos de ese país.
Incluso, se dice que las puertas de hierro con sus lámparas rematadas con coronas de oro, que se situaban a la entrada de esa propiedad, procedían de la Exposición Internacional de París de 1867.
No es posible verlas hoy en día, porque, tras sufrir fuertes bombardeos, durante la II Guerra Mundial, fueron donadas como chatarra al Gobierno británico, para que las utilizara en el esfuerzo bélico.
Todavía, algunos nombres, recuerdan el paso de la familia imperial francesa por esa zona del Reino Unido.
Casualmente, a la muerte de Strode, en 1890, compró esa propiedad un constructor llamado William Willet, el cual vivió allí hasta 1915.
Seguro que a nadie le sonará este nombre, pero a lo mejor más de uno de mis lectores se acordará de toda su familia cuando le diga que fue el que ideó el cambio de hora en verano, al objeto de que se aprovecharan más las horas de luz. Aunque lo propuso muchas veces a su Gobierno, no lo consiguió en vida, pero sí en 1916, el año siguiente a su muerte.
También hubo muchos comentarios sobre la posibilidad de que contrajera matrimonio con la princesa Beatriz, hija de los reyes Victoria y Alberto del Reino Unido.
Lógicamente, si se hubiera llevado a cabo esa unión, es muy posible que la Historia de esas dos naciones hubiera sido completamente diferente a lo que había sido hasta ese momento.
También es muy sorprendente que un Bonaparte se hubiera casado con una inglesa. Seguro que eso le hubiera hecho revolverse en su tumba a su tío abuelo.  
Parecía un joven inteligente y con mucha ambición, con lo que es posible que hubiera recuperado el trono imperial. No obstante, se decidió a hacer carrera en el Ejército británico, ingresando en 1872, como cadete,  en la academia militar de Woolwich.
Su ingreso en el arma de Artillería le fue notificado nada menos que por el duque de Cambridge, general en jefe del Ejército y primo de la reina Victoria.
Embarcó junto con el resto de las tropas británicas hacia Sudáfrica, para luchar en la II Guerra contra los zulúes, llevándose consigo una espada que había pertenecido a Napoleón I. Su unidad era una de las muchas que se enviaron tras el desastre británico en la batalla de Isandlwana.
Fue voluntariamente a esa campaña, pero sus superiores recibieron unas  instrucciones muy concretas para que no estuviera nunca en primera línea de batalla.
En uno de sus escritos, el joven Napoleón nos informa: “las razones que me llevaron a ir son todas políticas y, fuera de éstas, nada más influyó en mi decisión”. Es posible que se refiriera al resultado de las elecciones celebradas en Francia el año anterior, donde los republicanos obtuvieron una clara victoria.
A finales de marzo de 1879, el barco del príncipe llegó a Durban, en Sudáfrica, adonde desembarcó él con unas cartas de presentación para el teniente general Chelmsford, el cual no pudo recibirlo por falta de tiempo.
El 2 de abril escribió a su madre diciéndola: “lo que más lamento es no poder estar junto a aquellos que luchan. Me conoces lo suficientemente bien para saber que para mí es un trago amargo. Pero espero que acabe mi mala suerte”. Es posible que el príncipe estuviera ideando alguna treta para poder combatir en la primera ocasión que se le presentara.
Una mañana de junio de 1879, el grupo donde cabalgaba, fue sorprendido en medio de una emboscada enemiga, junto al río Umbanzi. A pesar de que llevaba una escolta personal, todos los miembros del grupo pudieron escapar, salvo él, que fue derribado por su caballo y cosido a lanzazos por los guerreros africanos.
Murió muy joven. Sólo tenía 23 años. Se dice que los que lo mataron abrieron su cuerpo en canal, pues era lo que solían hacer con sus propios muertos.
Sus compañeros recuperaron su cuerpo al día siguiente y lo enviaron de vuelta a su familia. Para la emperatriz fue una pérdida irreparable, pues se trataba de su único hijo. Así que su cortejo fúnebre, según las fuentes de la época, fue impresionante. Inicialmente, fue enterrado, junto a su padre, en una capilla de la cercana iglesia de Saint Mary. Posteriormente, la emperatriz mandó construir un panteón mayor para sus restos en la abadía de Saint Michael, en Farnborough, Hampshire, donde siguen reposando sus restos.
También fue una pena, porque, de haber sobrevivido y recuperado el trono, no hubiera tenido que esperar para reinar  tanto como el heredero de la reina Victoria, pues su padre ya era un poco mayor cuando él nació y murió siendo él aún joven.
Es posible que, con su decisión de ir a la guerra,  intentara mejorar la opinión de los franceses acerca de su dinastía, pues su padre había fracasado estrepitosamente tanto en México como en la guerra franco-prusiana. En Indochina (Cochinchina se llamaba en aquel momento) no fracasó, porque logró que España le ayudara a conquistar esos territorios a cambio de nada.
Parece su decisión de ir a la guerra fue siempre un quebradero de cabeza para sus superiores. En una carta del teniente general Chelmsford, comandante en jefe de las tropas desplazadas a Sudáfrica, se puede leer que le informa a su ministro de la Guerra, que el príncipe había salido con una patrulla al mando del teniente Carey, sin haberlo aprobado él previamente. Por tanto, como el teniente Carey ha regresado por la noche y ha contado que todos pudieron huir, pero no esperaron al príncipe, es muy posible que haya caído en manos de los zulúes.  
Parece ser que el príncipe buscaba la notoriedad y participó en varias patrullas entre los días 13 y 20 de mayo de ese año, enfrentándose con los zulúes, poniendo en peligro su vida.
Como se enteró el comandante en jefe, a cuyo cuidado estaba,  le echó la bronca y lo destinó a su cuartel general, para alejarlo del peligro. Allí estuvo hasta el 1 de junio, fecha en que los efectivos británicos comenzaron su ofensiva.
Como dejaron de vigilarlo de cerca, el príncipe se fue con una patrulla que se dirigía al territorio enemigo, al mando del teniente Jaheel Carey, con un grupo compuesto por un sargento, un cabo, 4 soldados y un guía africano. El propósito de esta unidad era buscar un buen lugar para que pudiera acampar la noche siguiente la II División y, además, realizar unos trabajos de cartografía.
Parece ser que el príncipe, antes de salir, escribió una carta a su madre, donde al final le comentaba que estaba encantado de que hubiera salido como diputado en las últimas elecciones, el candidato bonapartista Godelle.
Según los testimonios de los supervivientes, el príncipe ordenó que se hiciera una parada, para que la tropa y los caballos descansaran.
A las 15.50 le dijeron que si continuaban la marcha y él les dijo que esperaran 10 minutos más. No obstante, el guía les informó que había visto a un zulú cuando llevó a los caballos a beber al río.
Así que, cuando fueron a montar de nuevo, el enemigo les disparó por sorpresa y algunos perdieron sus caballos, teniendo que refugiarse tras una cabaña abandonada.
También dijeron que uno de los soldados fue alcanzado por la espalda y que el príncipe cayó de su caballo y quedó con el pie pillado en el estribo hasta que se soltó y fue rodeado por una docena de zulúes, los cuales le dieron muerte.
Parece ser que se enfrentó valientemente a ellos, pues todas sus heridas fueron de frente, pero no pudo hacer nada contra tantos enemigos.
Se utilizó como chivo expiatorio al teniente Carey, acusándolo de cobardía ante el enemigo, por haber salido al galope, dejando solo al príncipe. A causa de las presiones de la prensa, al cual movilizó a la opinión pública, se le llevó ante un consejo de guerra el 12 de junio del mismo año. El teniente argumentó que el príncipe estuvo al mando del grupo en todo momento.
En su contra se dijo que el grupo había avanzado más allá de la zona donde se le había ordenado.
También se discutió si se había elegido una buena zona, pues uno de los hombres, que tenía mucha experiencia en la zona, dijo que no le había gustado la idea de acampar allí, por estar muy a la vista del enemigo.
Las fuerzas británicas cifraban su superioridad en dos razones: su mayor potencia de fuego desde cierta distancia y el tener caballos para huir al galope.
En cuanto a la primera, perdieron esa condición cuando se les aproximaron demasiado los zulúes sin haber notado su presencia.
Tampoco pudieron salir huyendo con sus caballos, porque el príncipe ordenó que los desensillaran para que descansaran, como si estuvieran yendo de excursión.
Nos podemos preguntar por qué el teniente Carey cedió el mando de sus tropas al príncipe. Es posible que la justificación estuviera en la diferencia de clases de ambos, algo que era muy respetado en la Inglaterra de la época.
Carey venía de la clase media, pues su padre era un clérigo y había estado antes en un regimiento que no era muy prestigioso.
Es posible que el príncipe escogiera ir con este grupo, porque Carey era un tipo que hablaba bien francés y decía haber admirado al padre del príncipe.  
Además, también es posible que le dejara mandar a la tropa, porque, en aquellos momentos, se rumoreaba que el príncipe podría casarse con la hija de la reina Victoria y podría llegar a ser un personaje muy importante de la Corte o, incluso, llegar al trono imperial de Francia.
Lo cierto es que, por dejar el mando al príncipe, el grupo fue sorprendido en plena comida campestre, sin haber colocado centinelas, lo cual puso en peligro las vidas de todos.
Como no quisieron que trascendieran los escandalosos detalles del consejo de guerra, aunque el teniente Carey fue considerado culpable por el tribunal, al enviar la sentencia al duque de Cambridge, para su confirmación, éste ordenó que, no obstante, el teniente fuera perdonado y enviado de vuelta a su unidad, como si no hubiera pasado nada.




domingo, 30 de marzo de 2014

PERSONAJES DE LA I GM: ARISTIDE BRIAND

Esta vez traigo al blog un personaje francés, que, aunque vivió durante la I GM, no estuvo muy relacionado con ella. Se le tiene por un hombre de paz y se le premió por serlo.
Nació en Nantes en 1862, o sea, que era más o menos de la misma zona que Clemenceau, al cual he dedicado la entrada anterior, aunque, como veremos, tenían los dos unos caracteres  muy diferentes.
Vino al mundo en el seno de una familia muy modesta. Su padre tenía un bar y su madre había sido sirvienta.
En principio, su padre había pensado que heredara el negocio familiar, pero su madre insistió en que debía tener una carrera universitaria y esta vez, como casi siempre, la mujer se salió con la suya.  Lo cual le vino muy bien a nuestro amigo Aristide. Nunca está de más que en las familias haya alguno con visión de futuro y se le haga caso, claro.
En 1885, después de haber estudiado Derecho en París, se dedica al ejercicio de la abogacía en Saint Nazaire. No obstante, un hecho no aclarado, por el cual se le acusa de atentado contra el pudor, trunca su carrera y tiene que abandonarla, a pesar de haber ganado ya varios pleitos y tener buena fama en la profesión.
Dado que era un buen escritor y aún mejor orador, se acercó al mundo de la política y trabó amistad con gente del mundo de la izquierda.
Se decidió por el partido socialista, posiblemente, por su amistad con Jean Jaurès. Ambos fundaron unos años más tarde el conocido periódico L’Humanité.
En 1902 consiguió por primera vez un escaño en la cámara de diputados y ya no lo perderá hasta su muerte.
 Siempre se consideró un independiente dentro del partido. Lo que se llama ahora “un verso suelto”. De hecho, cuando el entonces primer ministro, Pierre Waldeck Rousseau, invitó a los miembros de otras fuerzas a participar en el Gobierno, él se mostró conforme, aunque el Congreso socialista de Ámsterdam votara lo contrario. No hará falta decir que su amigo Jaurès se plegó a esa decisión y de ahí surgió un cierto distanciamiento entre los dos.
Él siempre dijo que algo que le había ayudado siempre en su carrera política fue algo que llamaba su “blanda obstinación”.

Briand consiguió hacerse respetar, porque se definió como una persona dispuesta a aunar voluntades para conseguir unos fines aceptables para todos.
Aunque parezca mentira, en aquella época, la izquierda francesa veía con peores ojos al Vaticano que al káiser de Berlín.
Al aceptar Briand el cargo de ministro de Instrucción Pública y Culto en el Gobierno de Ferdinand Sarrien, le acarreó su cese en el partido socialista.
También en este gabinete dio muestras de su “savoir faire” (saber hacer, que dicen los franceses), pues fue el ponente de un nuevo proyecto de relaciones entre la Iglesia y el estado francés, que calmara las heridas que había abierto el anterior gabinete presidido por el furibundo anticlerical Combes.
Siempre tuvo un fino olfato político para darse cuenta de los verdaderos problemas. Así vio claramente que las desavenencias entre Alemania y Francia representaban un gran peligro para la paz en Europa e intentó poner algo de su parte para mejorar las relaciones entre ambos países.
En una cámara de diputados, donde se daban cita  grandes oradores, y se veía que todos llevaban sus discursos muy bien preparados, llamaba la atención que nuestro personaje los improvisara  sobre la marcha y levantara los mismos aplausos que los otros.
En el lado contrario estaba otro político llamado Raymond Poincaré. De éste se decía que, los fines de semana, cuando todo el mundo descansaba, él se dedicaba a escribir a mano sus discursos y aprendérselos de memoria para la semana siguiente.
Este político coincidió en el Gabinete Sarrien, como ministro de Hacienda, con Clemenceau, ministro del Interior, y con nuestro personaje, ministro de Instrucción Pública y Culto.
Así, Clemenceau, los definió como “Poincaré lo sabe todo y no entiende nada, mientras que Briand no sabe nada y lo entiende todo”.
Se decía de él que daba más importancia al sentido común que a lo escrito en los papeles. Siempre prefería escuchar a sus colaboradores, antes que leer cualquier informe. Era alguien con una mente muy intuitiva, algo casi desconocido hoy en día.
También le guió siempre la idea de que no se podía tomar ninguna medida sin el consenso previo de los interesados en el tema. Algo que le hubiera resultado tremendamente difícil, por no decir imposible, si hubiera ejercido la política en España.
En su faceta como ministro de Instrucción Pública y Culto pudo dar sobradas muestras de saber eliminar las obcecaciones de las partes en conflicto y saber aunar voluntades para llegar a un buen acuerdo. Se puede decir que Sarrien hizo una buena elección, cuando nombró a Briand como responsable de ese ministerio.
Lo único que pudieron reprocharle siempre sus adversarios es que concedía demasiado a la otra parte. Eso no estaba bien visto, pues la política francesa de aquel momento se caracterizaba por su dureza y por su negativa constante a dar un paso atrás.
Como hombre muy valioso para Francia, su presencia fue constante en diferentes gobiernos, entre 1906 y 1929. Incluso, llegó a ser presidente del Gobierno en varias ocasiones.
Evidentemente, no tuvo mucho éxito durante su estancia en el Gobierno durante la I Guerra Mundial, por ser, primordialmente, un hombre que amaba la paz. Obviamente, el hombre que Francia necesitaba, en ese momento, era Clemenceau.
Tras la guerra, fue un eficaz negociador. Lamentablemente, su postura estuvo en minoría, al defender que había que proteger al Imperio Austro-Húngaro, por ser un freno para las ambiciones territoriales alemanas.
Algunos autores afirman que, si Briand hubiera participado en las conversaciones previas al Tratado de Versalles, éste no hubiera sido un prólogo a la II Guerra Mundial.
En 1921 llegó de nuevo a la presidencia del Gobierno y allí retoma sus ideas de caminar juntas Francia con Alemania y el Reino Unido para intentar que se consiguiera por fin una paz estable en Europa.
En 1922 se reunió en la ciudad de Cannes con el premier británico Lloyd George para intentar llegar a un acuerdo a fin de dejar “respirar” un poco a la derrotada y arruinada Alemania.
En esa ocasión no tuvo ningún éxito, pues el propio presidente de la República, Millerand, le llamó a París y tuvo que dejarlo todo pendiente. Parece ser que los políticos más belicistas habían presionado directamente a Millerand para que le “cortara las alas” a Briand. A nuestro personaje no le quedó más remedio que ir al día siguiente a la Cámara de Diputados a explicar cómo habían ido las negociaciones y a presentar su dimisión. Fue sucedido en su puesto por Poincaré.
Tras su salida del Gobierno, su idea de que la única opción para que Europa no volviera a sufrir otra confrontación bélica, fue confirmada al conocer, en 1926,  a otro curioso personaje con un nombre muy largo y, sin embargo, con unas ideas muy claras, Richard Nikolaus Graf von Coudenhove-Kalergi. Seguro que a nadie le suena, pero ya iré dando más datos sobre él.
El contraste entre los dos era muy claro. Briand era un hombre salido de una familia modesta, lo cual se podía apreciar por su aspecto algo tosco, pero que, enseguida, te hacía cambiar de opinión por su amabilidad innata y su don de gentes.

En cambio, el otro personaje, pertenecía desde su nacimiento a la nobleza y, además, tenía un espíritu muy cosmopolita, pues su padre había sido diplomático austriaco, lo cual le permitió conocer de primera mano varios países y, además, su madre era de origen japonés. Toda una rareza para la época.
Aunque parezca mentira, estos dos espíritus tan diferentes, a primera vista, se llevaron muy bien y aunaron sus esfuerzos para intentar conseguir una paz duradera en Europa.
Kalergi ya era conocido a nivel europeo, pues en 1923 redactó un manifiesto llamado Pan-Europa, que supuso la fundación de la Unión Internacional Paneuropea. Si consultamos los datos relativos a esta asociación, nos encontraremos con figuras muy conocidas de la política internacional.
A raíz de esta colaboración surgió el germen de la famosa y, desgraciadamente,  muy poco aprovechada Sociedad de Naciones. La cual acabó sus días al mismo tiempo que la vida de Briand, en 1932.
Aunque Briand no tuvo mucho éxito, algunos autores dicen que su semilla germinó en algunos políticos mucho menos veteranos, como Jean Monnet, con el que coincidió en la sede de este organismo en Ginebra.
Gracias a sus gestiones, pues en esos años fue el ministro de Negocios Extranjeros de Francia, Alemania fue recibida en la Sociedad de Naciones, con los honores de una gran potencia mundial, aunque entonces ya no lo fuera.
Lástima que su idea de que Europa sólo podría sobrevivir en paz si se federaba y permanecía unida, no fuera compartida por todos. Por eso se llegó al desastre de la II Guerra Mundial.
Menos mal que, como tras ese conflicto se retomaron sus ideas paneuropeas, la Europa de hoy aparece más unida y no se ve ningún conflicto en el horizonte que amenace esa unión.
Olvidaba mencionar que Kalergi fue la primera persona galardonada con el famoso Premio Carlomagno, en 1950, por su contribución a la paz en Europa.
Finalmente, la labor de nuestro personaje fue reconocida internacionalmente con el Premio Nobel de la Paz, en 1926, compartido con su colega alemán, Gustav Stresemann, del cual hablaré en otra futura entrada.




sábado, 29 de marzo de 2014

PERSONAJES DE LA I GM: GEORGES CLEMENCEAU

A veces ocurre que un solo personaje tiene mucha influencia en la Historia Mundial.  Esta vez traigo al blog uno de ellos que, a mi parecer, influyó con sus ideas y acciones tanto en la I Guerra Mundial como en el estallido de la Segunda.
El caso es que fue muy curioso, porque cuando desarrolló mayor energía en su faceta política fue cuando ya había cumplido los 76 años. Seguro que más de un responsable de RRHH, de esos que se quitan del medio a la gente que ha pasado de los cincuenta,  se estará riendo de mí, pero lo cierto es que fue así.
Bueno, pues, vayamos al grano. Georges Clemenceau, que así se llamaba nuestro personaje, nació en 1841 en un  pequeño pueblo de una región francesa llamada la Vendée.
Si hacemos un poco de memoria podremos recordar que en esa región hubo una gran resistencia a la Revolución Francesa y, por ello, al ser derrotados, la represión del Estado francés contra ellos fue muy sangrienta. El mismo Napoleón, cuando llegó al poder, diseñó una política para que esta región se fuera acercando más al resto de Francia.

No obstante, la familia de nuestro personaje siempre fue muy republicana. Como su padre era médico, él optó por seguir la misma carrera, estudiando en Nantes y luego en París.
Más tarde, tuvo que exiliarse en USA por mostrar públicamente en una revista su oposición a la política emperador Napoleón III.
En América tuvo que dedicarse a la enseñanza, siendo profesor en un instituto. Como era un admirador de la política anglosajona,  tuvo que leer libros británicos y eso le había obligado a estudiar inglés, algo muy extraño para un francés de esa época, así que le vino muy bien en el exilio.
Parece ser que se llevó para el camino un libro de John Stuart Mill, publicado en inglés, y titulado “Auguste Comte y el Positivismo”. Estaba muy claro que su vocación no iba ir por el camino de la Medicina, sino por el de la política.
No obstante, no perdió el contacto con su país, pues se dedicó a escribir artículos sobre sus experiencias en USA, los cuales fueron publicados por el diario Le Temps.
Incluso, llegó a casarse con una de sus alumnos, pero el matrimonio no duró muchos años. Posiblemente, a causa del carácter irascible del francés.
En 1870, tras caer el Imperio y llegar la III República, pudo volver a Francia. Fue elegido alcalde del distrito XVIII de París. Como anécdota, para que podamos comprobar el carácter del personaje, puedo comentar que alguien de la oposición en su distrito le acusó de no haber cumplido lo prometido y, ni corto ni perezoso, le retó a un duelo. Esto tuvo como efectos para nuestro amigo Georges el pago de una multa y 15 días en la cárcel.
Al año siguiente, fue elegido diputado en la Asamblea Nacional por el departamento del Sena, o sea, su mismo distrito de Montmartre.
Por si alguno todavía no lo ha adivinado, él se veía a sí mismo como de la extrema izquierda, pero no de la marxista, tan de moda en ese momento, sino de la jacobina, más propia de la Revolución Francesa. Era profundamente antimonárquico y anticlerical.
También estuvo a favor de amnistiar a los prisioneros a causa de la insurrección de la Comuna y en contra de la política colonial de Francia, que había iniciado Napoleón III.
Aunque siempre fue un gran orador, todavía fue mejor escritor. En 1880 fundó el periódico “La Justicia”, desde el que se lanzó a airear todo tipo de escándalos.

El primero que pilló consistía en que había descubierto que el yerno del presidente de la República se dedicaba a la venta de la condecoración de mayor prestigio de Francia: la Legión de Honor. Como el escándalo fue mayúsculo, provocó la inmediata  dimisión del presidente Grevy.
Luego le va a tocar lidiar con un asunto mucho más complicado. Se trata del famoso caso del general Boulanger.
Para el que no lo conozca, se puede resumir en lo siguiente: Se trataba de un general que llegó a ser ministro de Defensa con el apoyo del propio Clemenceau. Allí hizo una labor muy importante y los militares estaban muy contentos con él, pero, conforme se veía con mayor poder, se dedicó a movilizar a la opinión pública para iniciar una campaña de insultos contra Alemania, por haberles quitado Alsacia y Lorena, y contra los demás políticos, por no hacer nada por recobrarlas.
Se creó hasta un movimiento popular llamado Boulangisme, el cual no hizo ninguna gracia a los demás políticos. Incluso, sus partidarios, le exigieron que diera un golpe de Estado, para instaurarse en el poder y llevar a cabo sus ideas políticas. Llegado a este punto, no se decidió y tuvo que exiliarse con su amante en Bélgica y ahí se acabó todo.
Evidentemente, la labor de nuestro personaje fue descubrir las intenciones golpistas de su antiguo amigo, pues con su conducta hacia Alemania, había llegado a poner a los dos países casi al borde una guerra. Ya sabemos que antes se montaba una guerra por cualquier cosa, menos mal que ahora se lo piensan más antes de iniciar estos conflictos.
Tampoco deberíamos de olvidar que, más o menos, así llegó Napoleón III al Gobierno, para luego coronarse a sí mismo como emperador. Eso todavía estaba bien grabado en la memoria de los franceses.
Parece ser que le pilló de refilón el famoso Escándalo de Panamá, que salpicó a muchos políticos, los cuales fueron sobornados para que dieran a la compañía francesa que estaba construyendo el Canal, préstamos de gran importe,  con la garantía del Estado. Eso hizo que muchos particulares, al decidirse a invertir en la obra, les llevara a la ruina. Se cree que fue el mayor escándalo financiero del siglo XIX.
Ya hemos visto que el espíritu de nuestro personaje era claramente jacobino y, además, totalmente intransigente. De hecho, fundó un periódico con ese nombre.
Cuando se enteró que, en la época anterior a la I GM, Francia estaba buscando la alianza con la Rusia zarista, para frenar la política agresiva del káiser Guillermo II de Alemania, pues, lógicamente, se opuso radicalmente a esa idea. Eso le costó perder su escaño de diputado y estar durante 9 años condenado al ostracismo político.
Como sus colegas políticas le hicieron un inmenso favor dejándole tiempo libre en abundancia, éste, por supuesto, lo aprovechó.
En ese momento tuvo lugar nada menos que el famosísimo Asunto Dreyfuss, el cual no voy a explicar, porque es de sobra conocido y porque se haría muy larga esta entrada. Lo cierto es que en este asunto confluyeron 3 personajes: el mismo capitán Dreyfuss, el novelista Emile Zola y nuestro personaje.
Como director del periódico L’Aurore publicó en 1898 la conocida carta firmada por Emile Zola, sobre este asunto, titulada J’Accuse, donde acusaba a todos los implicados en este caso de haber encarcelado a un inocente, en la persona del capitán Dreyfuss. Este caso hizo dimitir gobiernos, llevó las discusiones entre los franceses, incluso, hasta el nivel familiar. En una palabra, causó un gran impacto en Francia.
En 1902 volvió a la política activa, siendo elegido senador. Desde su puesto, siguió defendiendo una clara separación Iglesia-Estado y apoyando la política anticlerical de Combes.
En 1906, tras la caída del Gobierno, Sarrien lo “fichó” como ministro del Interior. Posiblemente, para contrarrestar el peso de Aristide Briand, que estaba apoyado por los católicos.
No tardó en imponer su imagen. “El tigre”, como se le llamaba popularmente, no se cortó un pelo a la hora de reprimir unas fuertes protestas obreras a base de utilizar para ello unidades militares.
Posiblemente, por esa imagen de extrema dureza, fue nombrado presidente, al caer el Gobierno donde él estaba como ministro. Allí estuvo durante 3 años y se cuenta que su gestión fue buena, no exenta de problemas de todo tipo.
Una de las anécdotas que se cuentan de ese período es que, en una ocasión, se presentó un prefecto de una provincia para ser recibido por él.
Como no tenía cita, el ujier le respondió que el presidente estaba muy ocupado. El visitante insistió en verlo y le dijo que sólo le diría una palabra. Nuestro personaje, en su más puro estilo, le contestó que sólo le iba a admitir una palabra y que si decía dos le echaría. Así que el prefecto se presentó ante él y el presidente le dijo “una palabra”. A lo que el otro le contestó “pasta”. Le entendió perfectamente y no tuvo más remedio que atenderle.
Fue un firme partidario de estrechar los lazos con el Reino Unido para construir la Entente Cordiale. Algo que interesaba a ambos países. No obstante, tuvo que dimitir de la presidencia a causa de las acusaciones de la oposición por el mal estado de la Marina de Guerra. Fue sucedido por Aristide Briand, que era un hombre más pacífico, pero no el más indicado para, en caso de guerra, llevar al país a la victoria.
Clemenceau se dedica ahora más a la prensa y funda el diario L’Homme libre. Desde esa tribuna se dedica a pedir vivamente el rearme de Francia para prepararse para un conflicto que se ve venir y que puede empezar en cualquier momento.
Nada más comenzar la I GM, su periódico es cerrado por la censura. Sin preocuparse lo más mínimo, fundó L’Homme enchainé, con mayor éxito aún que el anterior. La gente confiaba más en él que en el mismo presidente de la República, Poincaré.
Así que el presidente cesó a Briand y nombró a Clemenceau en su lugar. Lo primero que hizo fue tomar el cargo de ministro de Defensa, aparte de la presidencia. Se dice que, cuando se conoció la noticia en el frente, los militares lo celebraron por todo lo alto.
Supo hacer renacer en la retaguardia el espíritu nacionalista propio de los franceses y en el Ejército la esperanza por conseguir la victoria. Su enorme vitalidad se la contagió a todos los franceses. Su lema siempre fue “la guerra hasta el fin”.
Se puede decir que un anciano, pues ya tenía 77 años, consiguió la victoria para Francia. No se metió en la marcha de la guerra, pero sí consiguió que la población apoyara unánimemente  a sus soldados.
El problema fue que las negociaciones posteriores las llevaron a cabo dos hombres muy belicistas: el premier británico Lloyd George y nuestro amigo Georges. Éste, siempre vestido con trajes grises, presidió la mesa donde se negó a aceptar cualquiera de las peticiones de Alemania. Es posible que estas negativas le costaran el puesto que se había ganado con toda justicia. El de presidente de la República.
En las conversaciones de Versalles exigió a Alemania unas excesivas reparaciones de guerra, la ocupación de la Renania alemana por Francia, la eliminación de su imperio colonial y otras medidas tendentes a asfixiar económicamente a Alemania durante varios lustros. La intervención del presidente USA, Wilson,  le hizo desistir de algunas de sus ideas. No obstante, consiguió que figuraran la mayoría de ellas en la redacción final del tratado, aunque no quedó muy contento.

Por ello, como comentaba al inicio de esta entrada, muchos autores le consideran el responsable del mal cierre que se hizo con el Tratado de Versalles y del rearme posterior de Alemania, tras la llegada de Hitler.

Como no había dejado que el resto de los políticos interviniera en las negociaciones para el famoso Tratado de Versalles, eligieron para la presidencia a un tal Deschanel, del que decían que tenía mucho futuro.  
La verdad es que no supieron acertar, porque el nuevo presidente se volvió loco y cometió algunos actos que le restaron popularidad. Por ejemplo, en una ocasión, saltó en pijama del tren presidencial y fue encontrado por un campesino que lo llevó hasta la estación más cercana.
En otra ocasión, abandonó un consejo de ministros para introducirse vestido en un lago. Al final, tuvo que renunciar para ser ingresado en un manicomio.
Para terminar, nuestro amigo Georges falleció en 1929 y pidió ser enterrado en su región natal de la Vendée, al oeste de Francia.








martes, 25 de marzo de 2014

EL INESPERADO FINAL DEL VUELO DEL “CUATRO VIENTOS”

Hoy en día que las comunicaciones y, sobre todo el transporte por vía aérea, han avanzado tanto, es posible que no demos importancia a las gestas de los primeros aviadores que surcaron los cielos. Gentes que realizaron sus hazañas a base de echarle mucho valor y con una fe ciega en las posibilidades del aparato que pilotaban.
Entre las grandes travesías que realizó la Aviación Española en esos años, me gustaría mencionar el Plus Ultra, que voló entre Palos de la Frontera (Huelva) y Buenos Aires (Argentina), unos 10.200 km. en unas 60 horas. La de la Escuadrilla Elcano, que voló del 5 al 13 de mayo de 1926, entre Madrid y Manila (Filipinas), unos 17.000 km. en 106 horas y 15 minutos. La Patrulla Atlántida, con un vuelo entre Melilla y Santa Isabel (Guinea Ecuatorial), unos 6.830 km. en menos de 54 horas, entre los días 10 y 25 de diciembre del mismo año. El Jesús del Gran Poder, que voló d
esde Sevilla a La Habana (Cuba), unos 22.000 km. (viajando a través de Brasil, Chile, México y Cuba), en menos de 126 horas, entre el 24 de marzo y el 17 de mayo de 1929.
Esta vez, dos pilotos se habían propuesto llegar en un aparato llamado “Cuatro Vientos” desde Madrid hasta México D.F., con escala en  La Habana (Cuba). Los nombres de estos pilotos eran el capitán Mariano Barberán Tros de Ilarduya y el teniente Joaquín Collar Sierra.
El primero de ellos había nacido en Guadalajara (España) en 1895 e ingresó en la Academia de Ingenieros, que entonces existía en su ciudad, de la que salió como teniente en 1917, siguiendo la tradición familiar, pues su padre era profesor en la citada academia.

Fue destinado a Melilla, donde estuvo construyendo algunas carreteras. Como siempre fue un apasionado de la aviación, su mayor ambición era ser piloto. El problema es que, al tener bastantes problemas en la vista, pues lo tenía complicado.
Aún así, consiguió ser aceptado como observador en aeroplanos y estuvo en una operación donde se intentó rescatar con otro avión a dos pilotos españoles en manos de los rifeños. No tuvieron mucha suerte, pero tampoco fueron capturados por los moros.
En 1923, por fin, consiguió obtener su anhelado título de piloto. Aparte de ello, estudió Topografía e hizo diversos experimentos con aparatos eléctricos, para intentar mejorar la navegación aérea.  Soñaba con hacer una de esas travesías que ya habían realizado sus compañeros: “se arriesga la vida volando, pero al menos se hace por algo grande”.
En 1924 resultó gravemente herido al intentar abastecer por vía aérea una posición sitiada por el enemigo. No obstante, se ofreció, más adelante, como observador para participar en otras misiones, ya en su estado no podía pilotar un avión.
Más adelante, fue nombrado jefe de la primera escuadrilla de aviones Breguet XIX, el más moderno en ese momento.
Incluso, llegó a hacerle el proyecto de vuelo a Ramón Franco para su viaje con el Plus Ultra y mejoró los mandos del avión, para que se pilotara de una forma más cómoda.
Parece ser que hubo un enfrentamiento entre él y el capitán Arias Salgado, que era el jefe de la otra escuadrilla de Breguet XIX. Hubo algo más que palabras y de ahí se llegó a las bofetadas y a un posible duelo, que fue parado por sus superiores. No obstante, como Barberán, a pesar de ser muy apreciado por sus compañeros, tenía fama de ser muy testarudo, pues no le gustó la forma en que el Mando arregló esa disputa y pidió la baja en el servicio, en 1925.
 Incluso, renunció a ir con Ramón Franco en su vuelo con el Plus Ultra, a pesar de que habían contado con él desde el principio.
En 1927 fue readmitido, pasando a ser profesor de la escuela de observadores aéreos y director de la misma entre 1928 y 1931. Ese mismo año es destinado al servicio de Instrucción en Cuatro Vientos (Madrid).
Allí consiguió que una de sus grandes ambiciones se hiciera realidad; una travesía aérea hacia América.
Ahora toca presentar al otro protagonista de este famoso vuelo. Se trata del teniente Joaquín Collar Sierra. Nació en Figueras (Gerona), en 1906, en el seno de una familia de militares y también se decidió por la Caballería, como su padre. Saliendo de la academia como alférez en 1924 y ascendiendo a teniente en 1926. Estuvo destinado en Larache, donde ya fue condecorado por unas operaciones bélicas.
En 1927 consiguió ser admitido para el curso de aviación, obteniendo el título de observador aéreo en ese mismo año y el de piloto en 1929.
Como participó, en 1930, en la Sublevación de Cuatro Vientos a  favor de la República, fue procesado y expulsado del ejército en 1931.
Estuvo exiliado en Francia y Portugal, pero volvió a España tras proclamarse la II República, siendo readmitido en su anterior destino.
Como era uno de los mejores pilotos del momento, además de haber sido profesor de la Escuela de Caza de Alcalá de Henares, se le dio la oportunidad de volar en esta empresa.
Parece ser que los militares siempre apoyaron estos vuelos transoceánicos para intentar levantar la moral del Ejército, pues los ánimos estaban muy decaídos a causa de cómo iban las cosas en la guerra de África. Evidentemente, en los años 30 ya no había guerra en África, pero el país quería demostrar que ya no estaba tan atrasado tecnológicamente.
En octubre de 1932, había terminado sus cálculos para realizar su viaje y, junto al teniente Collar, fueron a ver al general Soriano para presentarle el proyecto. A éste le gustó la idea y la envió al Alto Mando, que la envió al Gobierno, el cual aprobó el plan y se hizo cargo de todos los gastos.
Los fines declarados del vuelo, aparte de estrechar relaciones con los países de Hispanoamérica, eran buscar una nueva ruta aérea para volar hacia allí (la cual se usa todavía hoy en día) y mostrar la capacidad de la industria aeronáutica española.
Se estudiaron varias rutas y, según los meteorólogos, la más favorable era Sevilla-Madeira-Puerto Rico-Santo Domingo y Cuba. En total, algo más de 8.000 km.
Para el vuelo se construyó una aeronave al efecto. La fabricó CASA y se trata de un avión Breguet Supe4r Gran Raid, con los depósitos modificados para que pudiera tener autonomía suficiente. El motor era un Hispano-Suiza 12Nb construido en Barcelona.  Al final, lo pintaron de blanco con unas franjas rojas, para que llamara más la atención.
El 09/06/1933 el aparato despegó de Madrid, rumbo a la base de Tablada, en Sevilla, adonde llegó ese mismo día por la tarde.
Al día siguiente, los dos pilotos se despidieron de sus compañeros y despegaron de esa base a las 04.40 horas.
Como en aquella época no existían tantos instrumentos como ahora, tuvieron que comparar continuamente su posición y rumbo ayudándose del Sol y de las estrellas.
A las 14.05 ya sobrevolaron Guantánamo, en Cuba, y a las 15.39 aterrizaron en una base en Camagüey, donde les recibieron unos miembros de las fuerzas aéreas de Cuba. No pudieron aterrizar en La Habana a causa del mal tiempo. No obstante, tanto en Cuba como en España celebraron la llegada de los pilotos a la isla.
El día 12 los pilotos se pusieron sus uniformes y despegaron de esa base rumbo a La Habana. En el aeródromo de Columbia, de esa capital, les esperaban más de 10.000 personas para celebrar su éxito y agasajarles.
Recibieron multitud de homenajes en La Habana entre los días 12 y 18 de ese mes y se
tomaron el 19 para descansar antes de continuar su vuelo hacia México. Además, les habían invitado a seguir su vuelo hasta Chicago para unirse a la Feria Internacional que se iba a celebrar allí.
El día 20 de madrugada, comprobaron que todo estaba en orden y, a pesar de que estaba lloviendo, despegaron a las 05.52 rumbo a México.
Tomaron rumbo hacia Villa Hermosa y luego decidirían si iban a seguir la vía ferroviaria hasta México D.F.
En el aeropuerto de la capital se presentaron miles de personas para recibirles, pero nunca aparecieron.
Los aviones que les estaban esperando para darle escolta despegaron y los estuvieron buscando, pero tuvieron que volver al cabo de unas horas a causa de una tormenta y sin haberles visto.
A partir de entonces no se escatimaron medios para buscarles, pero nadie encontró nada. Hasta el mismo Ramón Franco fue enviado por el Gobierno de la II República y tampoco encontró nada. Incluso, el mecánico Madariaga, que les estaba esperando a la llegada, también investigó sin resultado alguno.
Al final, el Gobierno condecoró a ambos con la Medalla Aérea y dispuso que sus nombres figuraran permanentemente en el Escalafón de la Aviación Militar, a la cabeza de sus respectivos empleos en ese momento.
Según los últimos estudios sobre este asunto, parece ser que Barberán tenía planeado al llegar a Yucatán, seguir la vía férrea hasta la capital. El problema es que nadie les había informado que allí había dos vías y tomaron la incorrecta. Se metieron con su aparato en una zona de intensas nieblas y, al no tener buena visibilidad, rozaron con algunos árboles y tuvieron que realizar un aterrizaje de emergencia.
Luego, según los interrogatorios a  los vecinos de la zona, se cree que uno de los pilotos resultó herido en la maniobra. Parece ser que algunos vecinos se acercaron a ellos y en lugar de auxiliarles, les mataron para robarles todo lo que tenían, pues se dieron cuenta que llevaban mucho dinero encima.
Algunos de sus efectos personales han ido apareciendo con el tiempo en poder de gente de esta zona. Incluso, a alguna vecina del lugar se le vio durante una temporada alardeando de que tenía muchos dólares en su poder, sin querer explicar cómo los había conseguido. No hará falta decir que los pilotos llevaban una abundante cantidad de divisa para el viaje.
Por lo que respecta al avión, lo hicieron desparecer y no se ha vuelto a saber nada más de él.





sábado, 8 de marzo de 2014

MATILDE DE CANOSSA, UNA PERFECTA DESCONOCIDA

Como hoy es el día de la Mujer, les voy a dedicar esta entrada, en la que voy a intentar dar a conocer a una gran mujer que, en su momento, tuvo un enorme poder e influencia social y hoy en día está casi olvidada.
No estoy exagerando lo más mínimo, pues, aunque murió en el siglo XII, nada menos que la Iglesia católica le premió trasladando sus restos, en un primer momento, en 1633, hasta el famoso
castillo de Sant’Angelo, en Roma. Posteriormente, ya en 1645, tuvo el honor de ser enterrada nada menos que en San Pedro del Vaticano, en una sepultura construida  por el gran Bernini.
Este honor no lo han tenido muchas mujeres laicas, pues sólo hay dos de ellas enterradas allí. Una es la reina Cristina de Suecia y la otra es nuestro personaje de hoy.
El gran poeta Petrarca llegó a escribir de ella: “…conducía con ánimo viril las guerras, imperiosa hacia los suyos, ferocísima hacia los enemigos, muy liberal para con los amigos…”.
Nació en Mantua en 1046, en el seno de una familia noble. También fue llamada Matilde de Toscana. Sus parientes tenían profundas creencias religiosas. Su abuelo, Tedaldo, fundó un monasterio cerca de Mantua, donde ella pasó muchos ratos durante su infancia.
Sus padres fueron el marqués Bonifacio III de Toscana y Beatriz de Lotaringia, o sea, ambos pertenecían a la alta nobleza.
Llegó a poseer una gran zona que incluía todos los territorios italianos situados al norte de los Estados pontificios. Sus posesiones controlaban todos los puertos de montaña que podían dar acceso a Roma. Se encontró en medio de una lucha de poder entre el Papado y el Imperio y tuvo que optar por el primero, porque no podía ser neutral, pues podría ser engullido su territorio por alguno de los dos contendientes.
En el siglo XII un monje llamado Donizone publicó una biografía sobre ella. Allí la elogiaba en múltiples ocasiones y, sobre todo, su afán por preservar la paz en un mundo tan violento como el que se vivía en la Edad Media.
Se dice que llegó al poder de una manera fortuita, pues no era la hija mayor del matrimonio. Además, como su padre fue muerto en una cacería, cuando ella sólo contaba apenas 6 años, tuvo que asumir su cargo bajo la tutela de su madre. Hubo muchos rumores de que su padre podría haber sido asesinado.
Como tuvieron múltiples problemas, madre e hija se fueron un tiempo a Lorena, la tierra de su madre, que, además, era prima del emperador. Luego, se apoyaron en la Iglesia y de ahí nació la relación entre Matilde y el Papado. De hecho, en su sello se decía en latín, “Matilde, si es algo lo es por la gracia de Dios”.
Se dice que, en un principio, ansiaba entrar a profesar como monja en un convento, pero el propio Papa la convenció diciéndole: “La caridad no va en busca de la satisfacción personal”, para disuadirla a ella y a otros nobles para que no dejaran sus obligaciones terrenales
Llegó a tener tal influencia que fue la principal mediadora en el conflicto de las investiduras entre el Imperio y la Iglesia.
Casó dos veces. Su primera boda fue con Godofredo el jorobado, duque de la Baja Lotaringia. Este matrimonio duró entre 1069 y 1076. Más tarde, lo hizo con Güelfo de Baviera.
En ambos casos fue muy infeliz. Además, también fueron bodas de conveniencia política. En el primer caso, se trató de un matrimonio con un hombre ya mayor y deforme. En el segundo, se casó con un joven de 16 años, cuando ella ya tenía unos 40.

Como el emperador Enrique IV se enfrentó al Papa, fue excomulgado. Esto era muy peligroso, porque cualquiera de sus súbditos podría deponerlo en cualquier momento, por mandato de la Iglesia.
De hecho, ya habían preparado su expulsión, pues convocaron en Tibur una Dieta imperial, que es como llamaban ellos al parlamento formado por los nobles.
En 1077, el emperador decidió reunirse con el Papa para pedir su perdón. Éste, al conocer la noticia, como no se fiaba mucho de él, se refugió en el castillo de nuestro personaje, en Canossa.
Al llegar allí el emperador, solo, sin ningún tipo de escolta, pidió ser recibido por Gregorio VII. El Papa se lo estuvo pensando y, mientras, el emperador estuvo esperando a las puertas del castillo, descalzo y sólo arropado con una capa, a finales de enero,  y nevando.
El Pontífice realmente no sabía qué hacer, pues nunca hubiera esperado esta decisión de su oponente político. Matilde y el abad de Cluny, Hugo, le convencieron de que le perdonara y así le recibió para reintegrarle a la Iglesia,
con pleno derecho para seguir siendo el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico.
En algunos sitios todavía se cita el “Paseo a Canossa” como una expresión de petición humillante.
Realmente, el problema radicó en que tanto el emperador como el Papa querían nombrar a los dignatarios de la Iglesia.
Cuando San Gregorio VII llegó al Papado lo primero que hizo fue intentar renovar la Iglesia. Así, entre 1074 y 1075 reformó los antiguos edictos que castigaban la inmoralidad de los clérigos y la simonía, castigando tanto a los clérigos como a los príncipes que los nombraban.
Al quedar vacante la sede del obispado de Milán, el emperador nombró un arzobispo, sin consultar previamente con el Papa, y a éste no le gustó nada. Así que el Papa excomulgó al emperador y éste intentó que el Pontífice fuera depuesto.
Como ya he dicho anteriormente, al notar el emperador que estaba perdiendo su poder, peregrinó hasta el castillo de Canossa, donde se hallaba el Papa, para implorar su perdón. Cosa que logró.
Aunque parezca mentira, la lucha siguió más tarde, pero esta vez el ganador fue el emperador. Consiguió eliminar a los nobles que quisieron deponerle y esta vez nadie movió un dedo contra él.  Su nueva excomunión no tuvo ningún efecto.
Convocó una asamblea eclesiástica en Alemania y logró que se depusiera a Gregorio VII, nombrando un antipapa, Clemente III, el cual fue llevado a Roma. Coronando allí al emperador.
El Papa Gregorio VII logró huir a tiempo y esconderse en el castillo de Sant’Angelo. Desde allí pudo comprobar que muy poca gente se aventuraba a apoyarle. Sin embargo, Matilde sí lo haría y siempre intentó el diálogo entre las partes.
En 1092, la guerra estaba en su último año. Las cosas no le habían ido bien a Matilde. Sin embargo, cuando el emperador ya la daba por ganada, la ciudad de Florencia se rebeló y el emperador tuvo que abandonar las tierras de Matilde.
Al terminar la guerra se encontró sin apoyos y además insultada y menospreciada por los partidarios del emperador, que le acusaban de meterse en cosas propias de hombres.
También le echaron en cara que no estaba casada y que podría tener alguna relación sexual con el Papa Gregorio VII y hasta con el obispo de Lucca.
Cuando se sintió ya cansada, se retiró a vivir a un pequeño pueblo, cerca del monasterio que fundó su familia, donde había estado tantas veces de pequeña. En ese monasterio benedictino, sus 50 monjes hicieron solemne promesa de rezar por su alma hasta el fin de los tiempos.
Padeció la enfermedad de la gota, la cual le dejó inválida y mandó construir frente a su habitación una pequeña capilla dedicada a Santiago, para poder seguir desde allí la misa.
En 1115  murió ante el obispo de Regio, no habiendo podido conseguir la paz total entre el Imperio y el Papado, la cual llegó en 1122, con el Concordato de Worms.
Como dije al principio, tras haber sido enterrada en las abadía de San Benedetto de Polirone, que había sido fundada por su familia, en 1632 el Papa Urbano VIII, en agradecimiento a su labor a favor de la Iglesia, pidió que sus restos fueran trasladados a Roma y, más adelante, a la propia Basílica de San Pedro.

Su figura ha sido elogiada por diversos autores como Dante, Petrarca, Ariosto, Taso y Pirandello. También fue representada por Correggio y Parmigianino. Por último la podemos ver en la estatua de bronce que realizó el famoso Bernini para su tumba en San Pedro.