ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

viernes, 22 de julio de 2022

EL JUICIO DE RESIDENCIA

 

Ahora que vemos todos los días que nuestros políticos hacen y gastan lo que les da la gana, sin que haya nadie que pueda impedirlo, me gustaría informaros de que eso no fue siempre así y que ya en la Castilla medieval había instrumentos legales para impedirlo. Por eso, voy a hablar del juicio de residencia.

Ciertamente, el juicio de residencia fue un procedimiento legal que existía en el Derecho castellano, sin embargo, donde más se puso en práctica fue en el Derecho de Indias, porque los reyes querían tener muy controlados a los funcionarios que enviaban a ultramar, ya que no podían vigilarlos de cerca.

Parece ser que sus antecedentes proceden de las Siete Partidas, promulgadas por Alfonso X el Sabio. Aunque otros afirman que ya existía en el Derecho Romano.

Precisamente, ya en 1500, los Reyes Católicos promulgaron la Instrucción de Corregidores y Jueces de residencia, donde daban unas instrucciones muy precisas para combatir la corrupción de los cargos públicos.

Lo definían como “la cuenta que se tomaba de los actos cumplidos por un funcionario público al final del desempeño de su cargo”.

Realmente, con el juicio de residencia no se intentaba proteger, exclusivamente, los intereses de la Corona, sino también los de los particulares, que se sintieran agravados por las actuaciones de ese cargo público.

Antes de iniciar un juicio de residencia se proclamaba éste por medio de pregoneros a fin de que cualquier persona, que tuviera una queja contra el procesado, pudiera comparecer ante el tribunal. A la vez, el procesado tenía que presentar una fianza para pagar una posible condena.

El juicio tenía dos partes. Una secreta, donde se debatían los temas de interés de la Corona. Otra pública, donde se escuchaban todas las quejas de los particulares contra ese cargo público. Después el procesado podía presentar pruebas para su descargo.

También se escuchaban las declaraciones de otros funcionarios, para el caso de que el procesado pudiera ser premiado por su labor. Algo que me resulta un poco difícil, pues los jueces de ese proceso solían ser lo que les iban a sustituir en el cargo.

Parece ser que los jueces solían prestar más atención en estos cuatro puntos: si no ha pagado ropa o posada, si ha cobrado por otro lado, si ha ejecutado las sentencias y si ha cumplido todas las órdenes recibidas y las leyes en vigor.

Por ello, ya en 1501, ordenaron a Nicolás de Ovando que procediera con el juicio de residencia contra su antecesor en el cargo de gobernador de las Indias, Francisco de Bobadilla.

En 1524 se creó el famoso Consejo Supremo de Indias, compuesto por 20 miembros y que tenía el mismo rango que los otros que ya tenía la Corona española.

En 1571, Felipe II dictó las ordenanzas definitivas para los juicios de residencia. En un principio, el Consejo de Indias, solía enviar a sus representantes a América a fin de inspeccionar el trabajo de los cargos públicos, mientras tenían ese cargo. Sin embargo, desde 1575, se optó por realizar ese procedimiento cuando dejasen ese puesto.

Poco a poco, el Consejo de Indias fue acaparando competencias de todo tipo, teniendo una legislación propia, algo diferente a la de Castilla.

La verdad es que esta gente no se paró en barras. El procedimiento se denominaba “residenciar” y, por medio de él, llegaron a residenciar hasta a los cargos públicos ya fallecidos. No perdonándoles, si tenían alguna deuda con Hacienda y cobrándosela a sus herederos.

El rey sólo elegía a los jueces de residencia para los virreyes. Sin embargo, el Consejo de Indias elegía a los jueces del resto de los residenciados, porque todos los cargos públicos eran investigados al final de su mandato.

Se llamaba residenciar, porque, durante el tiempo que durasen esos trámites, obligaban al residenciado a no poder cambiar de residencia.

Durante el reinado de Carlos IV se suprimieron esos juicios para alcaldes y corregidores. Sin embargo, perduraron para el resto de los cargos públicos.

Uno de los primeros residenciados fue Diego Colón, hijo y heredero del cargo de Cristóbal Colón. Aunque salió airoso, parece ser que siguió sometido a la vigilancia de los representantes del rey.

El propio Hernán Cortés fue residenciado en dos períodos, que fueron desde 1529 a 1535 y donde se escucharon las declaraciones de numerosos testigos de cargo.

Lo mismo le ocurrió al conquistador Pedro de Alvarado, que fue residenciado desde 1536 hasta su fallecimiento, en 1541.

Curiosamente, Pedro Arias Dávila (Pedrarias), gobernador de Nicaragua, consiguió ser absuelto en dos juicios de residencia, aunque no quedó demasiado claro que fuera inocente.

Sin embargo, como se llevaba muy mal con Vasco Núñez de Balboa, le ordenó a Francisco Pizarro, que lo llevase ante él para un juicio de residencia. Cuando llegó, se encontró con que Pedrarias le acusó, junto a sus oficiales, de querer fundar una especie de Estado e independizarse de la Corona española, lo cual era falso. No le dieron muchas oportunidades de defenderse y fue condenado a muerte. Siendo los 5 decapitados en una localidad de la actual Panamá.

Ciertamente, las penas por el juicio de residencia, aunque eran muy duras, nunca llegaron a ese extremo. Normalmente, los condenados eran castigados a fuertes multas o a penas de cárcel e, incluso, podían ser inhabilitados, de forma temporal o permanente, para otros cargos públicos.

Un caso muy curioso fue el del virrey de Nueva Granada, José Solís Folch de Cardona, el cual accedió a ese cargo con sólo 37 años. Parece ser que el Consejo de Indias le tenía echado el ojo, sin embargo, este personaje gozaba de la amistad de Fernando VI.

Así que, en cuanto murió ese monarca, supongo que Solís se vería perdido y, antes de que lo residenciaran, se metió a fraile franciscano.

Eso me recuerda a lo que decían del duque de Lerma: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se vistió de colorado”. Se referían a que compró un cargo de cardenal, para no poder ser procesado por las autoridades civiles.

De esa forma, el poder de la Real Audiencia, o sea, el judicial, llegó a ser el más importante de todos en América. Parece ser que tenía atemorizados a todos los cargos públicos por estar sujetos al juicio de residencia o, incluso, la visita, si se les investigaba mientras estaban en el cargo.

Parece ser que no se libraba nadie. Incluso, hay un caso en que el rey Carlos III está muy contento por la forma de administrar de uno de sus virreyes. Sin embargo, no accedió a dispensarlo del juicio de residencia, para no crear un peligroso precedente.

Curiosamente, en España, en 1812, se suprimieron los juicios de 

residencia, tras la promulgación de la Constitución de Cádiz. No obstante, se siguieron haciendo otros en los últimos territorios españoles (Cuba, Puerto Rico, Filipinas), pero con un tratamiento mucho más suave hacia los procesados.

Sin embargo, en algunos de los nuevos Estados, que se independizaron de España, continuaron hasta mediados del siglo XIX.

Hay muchos que opinan que estos juicios de residencia sirvieron, aparte de para condenar a los corruptos, también para mejorar la administración en los territorios de ultramar.

También se podría decir que fueron un instrumento democrático, pues hasta el más modesto de los indios podía personarse en uno de estos juicios, incluso, contra el todopoderoso virrey de cualquiera de aquellos territorios. Por el contrario, también se podían personar para elogiar su labor de gobierno. O sea, igualito que ahora.

En caso de ser condenado, el enjuiciado podía apelar al Consejo de Indias, el cual podía ratificar o anular su condena.

Durante el tiempo que durase el juicio de residencia, el enjuiciado, aparte de no poder abandonar su lugar de residencia, tampoco podía obtener otro cargo público.

En fin, un eficaz instrumento de control de los cargos públicos nombrados por el Gobierno español, que, según mi opinión, debería volver a tener vigencia para controlar a los políticos que gobiernan ahora España. No me refiero sólo al Gobierno central, sino a todos los niveles de la Administración Pública.

 

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jueves, 14 de julio de 2022

LA CURIOSA TRAYECTORIA DE ÁNGEL OSSORIO Y GALLARDO

 

Hoy voy a dedicar este artículo a narrar la curiosa vida de un político, que fue muy famoso en su época y del que hoy no se acuerda casi nadie.

Ángel Ossorio y Gallardo nació en 1873, en el madrileño barrio de Lavapiés. Su familia era modesta, aunque tenían una buena formación. Su padre fue el periodista Manuel Ossorio y Bernard. Igual su nombre no os dirá mucho. Sin embargo, seguro que este poema le llevará a más de uno a recordar lo aprendido en la escuela durante su infancia:

“Con esta ametralladora,

dice el sabio Sisebuto,

mil disparos por minuto

y sesenta mil por hora

¡Qué gloria será la mía

si esta máquina potente

llega a matar buenamente

un millón de hombres al día!

Proclamarán la bondad

en las más remotas tierras

y así se acabarán las guerras

y también la Humanidad.

(Manuel Ossorio y Bernard)

Ángel Ossorio estudió Derecho en Madrid, licenciándose en 1893. Así que, como no había alcanzado la mayoría de edad y no podía ejercer, empezó como pasante de abogados. También colaboró en muchos periódicos, algo que siguió haciendo durante toda su vida.

Posteriormente, cuando ya pudo dedicarse a la abogacía, empezó defendiendo a los clientes con pocos recursos. Su buena labor en los tribunales hizo que fuera alcanzando la fama y llegara a ser considerado uno de los mejores abogados de España.

Evidentemente, los partidos políticos del momento se apresuraron a fichar a un personaje que tenía esa capacidad de convencer a los miembros de los tribunales de Justicia.

Así que, entre 1899 y 1903 fue concejal del Ayuntamiento de Madrid. En 1903 fue fichado por el Partido Conservador, quedando bajo la protección de Antonio Maura. De esa manera, en 1903, obtuvo su primer escaño en las Cortes y lo conservó nada menos que durante 20 años seguidos.

En 1907 fue nombrado gobernador civil de Barcelona. Dos años después, tuvo lugar en esa ciudad la infame Semana Trágica.

Como siempre tuvo un espíritu muy independiente, se negó a utilizar al Ejército para reprimir a las masas obreras, tal y como le había ordenado el Gobierno. Así que dimitió de su cargo.

En 1913, cuando se ponía en duda el liderazgo de Maura en su partido, él fomentó una escisión en el mismo, apoyando a su mentor. Su ideal político seguía siendo el de un católico, monárquico y nacionalista o, más bien, patriota. También fue muy crítico con las juntas militares.

En 1919, llegó a ser, por muy breve tiempo, ministro de Fomento, en otro de los varios gobiernos, que presidió Maura.

Posteriormente, fundó un partido de tipo democristiano. Sin embargo, también lo dejó, cuando la directiva del mismo optó por colaborar con la dictadura del general Primo de Rivera. Aunque parezca mentira, otro de los partidos que colaboró con el dictador fue el PSOE.

Ossorio no se metió demasiado con la dictadura, hasta que, en 1928, el general quiso redactar una especie de Constitución, inspirada en la de Italia, para quedarse en el Gobierno.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Así que fundó una editorial en la que publicaba libros, donde ya criticaba abiertamente al régimen.

Aunque seguía considerándose monárquico, pidió la abdicación del monarca, por su complicidad con la dictadura y la proclamación de su heredero como nuevo soberano.

En 1930, tras el fallido intento de golpe de Estado de la guarnición militar de Jaca, asumió la defensa de Alcalá Zamora y de Miguel Maura. Consiguió que les condenaran a unas penas muy leves, por lo que, inmediatamente,  fueron puestos en libertad.

En aquel momento, Ossorio se hallaba enfrentado a la derecha y a los monárquicos, por no haber sabido gobernar España. También se enemistó con la Iglesia.

En 1931, fue elegido diputado, como independiente, a las Cortes Constituyentes republicanas. Fue uno de los encargados de elaborar un anteproyecto de la Constitución y luego asesoró a los diputados en los debates parlamentarios.

No obstante, su anteproyecto fue rechazado, porque el mismo Gobierno lo consideró demasiado moderado. Así que le encargaron la redacción de un nuevo anteproyecto al catedrático de Derecho Penal y diputado socialista, Luis Jiménez de Asúa. Tras el correspondiente  debate parlamentario, ese texto fue el elegido para su promulgación como Constitución de 1931.

Dado su carácter independiente, criticó algunas de las leyes, emanadas del Gobierno republicano, como la de la defensa de la República o la religiosa. Aunque luego las acató por haber sido aprobadas por las Cortes.

Curiosamente, no le gustó nada que la derecha ganase las elecciones de 1933 y la posterior llegada al poder de la CEDA. A propósito de esto, dijo que los cedistas eran unos monárquicos, que sólo pretendían llegar al poder para cargarse la II República. Algo parecido pensaba Azaña.

Tampoco le gustaban mucho los socialistas, porque decía que ansiaban tener todo el poder para cambiar completamente el país. Algo que, en su opinión, no era nada bueno. Parece ser que él veía que se iban eliminando a las fuerzas de centro de uno y otro lado, dejando el paso libre a los radicales de derecha e izquierda.

Contra todo pronóstico, dijo comprender las razones de los mineros para rebelarse en Asturias y las de la sublevación de la Generalitat de Cataluña, aunque también criticó la labor del primer gobierno republicano, porque decía que había promulgado algunas leyes más propias de una dictadura.

Precisamente, asumió la defensa de Lluís Companys y consiguió que la petición de pena de muerte realizada por el fiscal encargado del caso, se quedara en 30 años de prisión. Luego todo el Gobierno de la Generalitat fue amnistiado en 1936. Por el mismo caso, también llevó la defensa de Manuel Azaña y consiguió su libre absolución.

Incluso, consiguió que el Tribunal de Garantías Constitucionales declarase ilegal la suspensión del Estatuto de Cataluña. Parece ser que siempre fue favorable a las autonomías, pero no a los separatismos.

Parecía tener unas opiniones un tanto extrañas. Donde la mayoría de sus contemporáneos veía a un Gobierno desbordado por el desorden público, en cambio, él veía que la calle estaba perfectamente controlada por las fuerzas policiales. Igual no se enteró que todos los días se producían enfrentamientos a tiros y quemas de iglesias y conventos. Incluso, le pareció de lo más normal el asesinato de Calvo Sotelo.

Con la llegada de la guerra civil, apoyó al gobierno del Frente Popular. Éste lo envió como embajador a varios países, como Bélgica, Francia y Argentina. Aunque, previamente, fue el representante español ante la Sociedad de Naciones.

Ciertamente, nunca fue un buen diplomático, porque sostenía unas opiniones algo radicales. Sin embargo, me da la impresión de que, como varios miembros del Gobierno le debían haberlos librado de la cárcel, es posible que le devolvieran el favor enviándole al extranjero. No olvidemos que Ossorio siempre fue una persona que presumía de católico y eso era algo muy peligroso en la zona republicana.

No sé si, en ese momento, sus opiniones se deberían a su condición de diplomático. Lo cierto es que dijo que no existía el llamado terror rojo en Madrid y encontraba justificada la represión contra el clero en la zona republicana. Incluso, respaldó la labor de los sanguinarios tribunales populares.

Además, se llegó a meter con la prensa, porque, según él, muchos periodistas estaban dando una versión falsa de la guerra civil.

Evidentemente, también se metió con los que, en su opinión, habían propiciado la guerra civil. O sea, los señoritos, los militares y los clérigos.

Una de sus muchas frustraciones fue cuando dijo que los catalanes pararían a las tropas de Franco. Sin embargo, en cuanto las tropas nacionales pisaron el suelo de esa región, miles de combatientes republicanos salieron huyendo, para no tener que enfrentarse a ellos.

Incluso, la Generalitat llegó a decretar que todas las armas fabricadas en Cataluña se quedasen allí y no fueran entregadas al Gobierno republicano. Algunos dicen que ese fue uno de los motivos por los que el Gobierno republicano se trasladó a Barcelona.

En lo que no se equivocó Ossorio fue cuando dijo que, si los nazis y fascistas eran derrotados en España, no intentarían invadir otros países. De lo contrario, correría la sangre por toda Europa.

En Argentina fue donde le pilló el final de la guerra civil y ya nunca regresó a España. En 1945 llegó a ser nombrado ministro sin cartera, en un gobierno republicano en el exilio, presidido por Giral.

Falleció al año siguiente. Su cadáver fue enterrado en un cementerio de Buenos Aires.

Me llama la atención que este personaje, que siempre se definió como un monárquico conservador, tras la llegada de la II República, apoyó a los partidos y sindicatos de izquierda. Incluso, siendo monárquico, llegó a aceptar un puesto de ministro en un gobierno republicano en el exilio.

Lógicamente, tras su muerte, ninguno de los dos bandos enfrentados quiso reivindicar su memoria, porque nunca lo consideraron uno de los suyos.

Parece ser que solía decir: “Soy un hombre, que se ha pasado la vida en un descansillo de escalera, llamando en la puerta de la derecha y a quien han abierto siempre la de la izquierda”.

 

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miércoles, 22 de junio de 2022

MARGARITA MANSO, UNA MUJER ENTRE LAS DOS ESPAÑAS

 

Hoy traigo al blog una de esas figuras, que son casi desconocidas, en la actualidad. Sin embargo, es un personaje muy interesante, porque a lo largo de su biografía podremos contemplar lo ocurrido en España en la primera mitad del siglo XX.

Antes de nada, he de reconocer que, hasta el mes pasado, tampoco había oído hablar de este personaje. Sin embargo, mi interés comenzó cuando, al asistir a una conferencia, el conferenciante afirmó que ella había sido uno de los grandes amores de Federico García Lorca.

Evidentemente, al principio, pensé que se había equivocado, pues, más o menos, se conocen los amantes de García Lorca y todos eran hombres.

Así que, como se suele decir, me picó la curiosidad y me puse a indagar sobre la biografía de este personaje. He de decir que no he encontrado muchos datos y, en la mayoría de los sitios donde hablan de ella, casi todos suelen decir lo mismo.

Nuestro personaje de hoy se llamaba Margarita Manso Robledo. Nació en Valladolid, en 1908. Pertenecía a una familia de la clase media. Su padre, Luis Manso, era jefe de administración de la empresa Fundición Gabilondo. Mientras que su madre, Carmen Robledo, era modista.

La familia tenía dos hijas más: Carmen, la mayor, y María Luisa, la menor de las tres hermanas.

Desgraciadamente, el padre murió repentinamente en 1912, con sólo 30 años. Sin embargo, la madre, lejos de acobardarse o de casarse de nuevo, como le aconsejaban algunos de sus familiares, se trasladó, con sus hijas, a Madrid.

Algunos autores afirman que, previamente, la madre había estado aprendiendo en los talleres de Coco Chanel, en el sur de Francia. De hecho, su familia materna, procedía de esa zona.

Así que, tras mudarse a Madrid, alquiló una vivienda bastante espaciosa y parte de ella la dedicó al taller y a la tienda. Ésta se hallaba en un piso bajo de la calle Columela, esquina a Lagasca.

Llama la atención que residieran en ese barrio, porque, ya, por entonces, no debía de ser una zona muy barata. Por poner un ejemplo, Eduardo Dato, presidente del Consejo de Ministros, asesinado en 1921, vivía también en la calle Lagasca. Justamente, en la acera de enfrente. A este personaje ya le dediqué otro de mis artículos.

Parece ser que la madre tuvo mucho éxito, confeccionando en Madrid ropa al estilo de la gran modista francesa Coco Chanel.

Por ello, las hijas pudieron estudiar, en Madrid, sin problemas. Parece ser que Carmen acabó el bachiller y luego estudió Farmacia.

Sin embargo, a Margarita le atraía más la pintura y, en 1923, con sólo 15 años, ingresó en la escuela que había dentro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que, por

entonces, dirigía el pintor malagueño José Blanco Coris.

Por lo visto, uno de sus profesores fue el pintor Julio Romero de Torres, aquel que conocimos todos los españoles, porque aparecía en los antiguos billetes de 100 Ptas.

Allí conoció a varios personajes que influyeron mucho en su vida. Concretamente, me refiero a los famosos pintores Maruja Mallo y Salvador Dalí, los cuales habían ingresado un año antes. Parece ser que Maruja fue la primera mujer, que logró ser admitida para estudiar en ese centro.

Precisamente, fue Dalí el que le presentó a su gran amigo, Federico García Lorca, el cual era compañero suyo en la Residencia de Estudiantes, en Madrid.

Por lo visto, Margarita se divirtió mucho con las ocurrencias de estos tres personajes. Sobre todo, con Dalí, porque ya sabemos que lo que más le gustaba era llamar la atención.

Hay una anécdota que se ha hecho algo famosa, contada por Maruja Mallo. Parece ser que un día, al salir de las clases, estos cuatro personajes fueron hacia la Puerta del Sol.

En algún momento, se quitaron los sombreros, alegando que esa prenda les estaba bloqueando la salida de sus ideas. Según lo contaba Mallo, eso dio lugar a que los insultaran y hasta les apedrearan.

Me parece una explicación bastante ridícula, porque, en aquella época, no todo el mundo llevaba sombrero y, menos aún, las mujeres. Por ejemplo, los obreros no solían llevar sombrero. Si acaso, gorras. Eso se puede comprobar en las fotos de la época.

Aparte de que hay unas versiones donde se dice que, en ese grupo, iba Dalí y otras donde se dice lo contrario.

Así que, en caso de que fuera cierta, supongo que habría ocurrido algo más que quitarse el sombrero. De hecho, en aquella época, Dalí solía llamar la atención, vistiéndose con una capa y llevando el pelo y las patillas muy largas. Incluso, la propia Maruja Mallo decía que el pasatiempo de Dalí era “hacer un escándalo”.

De todas formas, eso de quitarse el sombrero, parece ser que se popularizó entre las jóvenes del momento y muchas pasaron a denominarse “las sin sombrero”. De hecho, creo que fue en 2016, cuando RTVE estrenó un documental dedicado a ese grupo de mujeres feministas, que llegaron a ser muy influyentes en nuestra cultura.

Parece ser que muchos fines de semana los dedicaban a hacer excursiones por los alrededores de Madrid. Preferiblemente, solían ir a Toledo, donde se juntaban con otros estudiantes.

También comentaba Maruja Mallo que, en cierta ocasión, fueron a visitar el Monasterio de Silos. Por lo visto, no dejaban entrar a las mujeres. Así que no se les ocurrió otra cosa

que disfrazar a Maruja y a Margarita de hombres y así entraron en aquel recinto.

En el caso de Margarita, no creo que fuera muy difícil, pues era una mujer que siempre solía llevar el pelo corto. A la moda francesa.

También, como es lógico en la gente joven, hubo varios romances entre ellos. Uno fue el de Margarita y Federico. Incluso, éste le dedicó un poema en el Romancero gitano.

Sin embargo, Maruja Mallo, fue, durante bastante tiempo, la pareja de Rafael Alberti. Hasta que lo dejó y, tras caer éste en una depresión, conoció a María Teresa León.

No tengo muy claro si Maruja acabó sus estudios en 1926. Sin embargo, Dalí no pudo terminarlos. Parece ser que se enfadó con algunos profesores y les dijo que ninguno era digno de examinarle. Así que lo echaron del centro.

En 1927, poco antes de acabar sus estudios, Margarita empezó a salir con otro compañero de estudios. Se trataba del pintor Alfonso Ponce de León.

Otra de las cosas que llama mucho la atención es que no se conoce o, al menos, yo no he visto ninguna obra de Margarita.

Parece ser que lo que más atraía a sus coetáneos de Margarita era, aparte de su belleza, su aspecto de mujer moderna, sin estar sujeta a las represiones de las españolas de entonces y su conversación siempre interesante. También se vestía de una forma muy vanguardista, supongo que serían modelos confeccionados por su madre.

Por lo visto, Margarita y Alfonso, decidieron hacer vida en común, sin estar casados. Algo casi escandaloso para la época y que tampoco hizo ninguna gracia a una familia

tan conservadora como la de Alfonso, cuyo padre era registrador de la propiedad.

Sin embargo, Alfonso empezó a ser conocido, exponiendo dentro del grupo denominado “Artistas ibéricos”, en el que también figuraba Maruja Mallo. Incluso, llegó a exponer en varias capitales europeas, a donde acudía siempre acompañado por Margarita.

Posteriormente, Alfonso, llegó a pintar algunos decorados, utilizados por el grupo La Barraca. Así que es muy extraño que Margarita no hubiera colaborado también en ese proyecto.

Hasta entonces, la pareja había tenido amistades de todas las ideologías. Tal y como ocurría en la Barraca. Sin embargo, desde 1933, año en que Alfonso se afilió, como sus otros hermanos, a la Falange, se empezaron a relacionar, exclusivamente, con gente de derechas. Algo muy llamativo, porque la familia de Margarita se consideraba de izquierdas.

Entre sus amistades podemos destacar al mismísimo José Antonio, Dionisio Ridruejo, Edgar Neville, etc.

Lejos de ocultar su ideología, Alfonso hacía alarde de ella. Incluso, pintó varios carteles de su partido y hasta el escudo del SEU. Así que, muy pronto, estaría en el punto de mira de los otros.

Curiosamente, esas discrepancias ideológicas no solían enturbiar las relaciones familiares. Su hermana mayor, Carmen, estaba casada con Carlos Castillo García-Negrete. Un abogado de una conocida familia jienense y que llegó a tener puestos importantes en el Gobierno republicano. Incluso, era primo hermano del famoso teniente Castillo.

En cambio, la hermana menor, María Luisa, estaba casada con el pintor mallorquín Francisco Maura, el cual estaba emparentado con el político conservador Antonio Maura.

Tras las muchas presiones, que ejerció la madre de Alfonso para que se casaran, acabaron celebrando su boda en 1933.

En 1936, Alfonso pintó una obra, que resultó premonitoria. La tituló “El accidente” y en ella se puede observar su autorretrato, donde se le ve moribundo en una cuneta, tras haber sido atropellado por un vehículo. Actualmente, esta obra pertenece a la colección del Museo Reina Sofía.

El comienzo de la guerra civil les pilla muy de cerca. Parece ser que vivían en un piso en la calle Ferraz, 10, en Madrid. O sea, justamente frente al Cuartel de la Montaña. Así que, debido a ello y a la proximidad del frente, se trasladaron a otra vivienda.

Lo cierto es que no me ha quedado claro si estaba en la calle Colón o en la Castellana, junto a la Plaza de Colón. Más bien, creo que sería lo segundo.

En agosto de 1936, los nacionales asesinaron a Federico, lo cual la dejó asolada, debido a la gran amistad que siempre había existido entre ambos, aunque él tuviera 10 años más que ella.

Madrid se va volviendo cada vez más peligrosa para la gente de derechas y tienen que andarse con mucho cuidado.

Sin embargo, la noche del 20/09/1936, cuando la pareja paseaba por la Castellana de camino a su casa, vieron que se paraba una furgoneta llena de milicianos junto a su domicilio. Así que se sentaron en un banco, para esperar hasta que se fueran.

Desgraciadamente, cuando ya se marchaban los milicianos, sin haberlo hallado en su casa, la portera les indicó que estaban sentados en ese banco. De esa manera consiguieron detenerle.

Margarita hizo lo imposible por liberar a su marido. Recorrió varias checas en su busca. Incluso, contactó con el marido de su hermana mayor para que intentaran liberarle, pero todo fue en vano.

Por lo visto, fue llevado a la checa del Círculo de Bellas Artes, que luego fue trasladada a la calle Fomento, y, unos pocos días después, asesinado.

Su cadáver fue encontrado 9 días más tarde en la cuneta de la carretera que unía Madrid con el antiguo pueblo de Vicálvaro. También, su padre y dos de los 3 hermanos de Alfonso, fueron asesinados de igual forma.

Parece ser que todos estos acontecimientos afectaron mentalmente a Margarita. Así que se fue con su madre a reunirse con su hermana, que residía en Barcelona. Posteriormente, se fueron a Valencia.

Es posible que Margarita contactara con algunos falangistas y estos le recomendaran que se fuera a Italia. Así que dejó a su familia en Valencia y, desde Barcelona, embarcó hacia Marsella, para dirigirse a un balneario italiano cercano a Parma. Parece ser que ese centro lo había habilitado el Gobierno italiano para acoger a las familias de los falangistas.

Posiblemente, como ya dije en el artículo que le dediqué a Clara Campoamor, fue por ello, por lo que esta política se encontró en un barco, con varios falangistas, que la denunciaron, cuando también viajaba hacia Italia.

Desde allí, Margarita, viajó a través de Francia y regresó a España, entrando por la frontera con Guipúzcoa. Evidentemente, iba provista de un salvoconducto para moverse por la zona nacional, que le habrían facilitado en Italia.

Posteriormente, se trasladó a Burgos, donde quedó bajo la protección de Dionisio Ridruejo, íntimo amigo de su marido. Parece ser que allí trabajó pintando decorados para un grupo teatral.

Por lo visto, fue en esa ciudad donde conoció al que luego sería su segundo marido. Se trataba del médico Enrique Conde Gargollo, también afiliado a la Falange. La pareja se casó en Madrid en 1940. Fruto de ese matrimonio fueron sus hijos Enrique, Luis y Margarita.

Desafortunadamente, la familia de Margarita quedó rota. Su hermana, María Luisa, había muerto dos años antes a causa de unas fiebres. Por el contrario, su madre, su hermana Carmen y el marido de ésta consiguieron exiliarse en México.

Parece ser que las antiguas costumbres, que habían regresado con la dictadura le afectaron mucho y, según sus familiares, siempre se la veía triste. Tuvo que esconder su pasado y no hablar jamás de que fue muy amiga de famosos artistas republicanos. Había sido considerada algo así como la musa de la famosa Generación del 27. Tal y como la definió Lorca en el poema que le dedicó en su momento.

No sé si sería por eso. Lo cierto es que le diagnosticaron un cáncer de pecho. Una enfermedad totalmente incurable en aquella época. Eso le afectó también a los huesos y, desgraciadamente, murió en 1960, con sólo 51 años.

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lunes, 13 de junio de 2022

IGNACIO CARRAL, EL PRIMER PERIODISTA INFILTRADO EN EL HAMPA

 

Hoy voy a narrar la curiosa biografía de un periodista español, que, actualmente, es un personaje casi desconocido.

Su nombre era Ignacio Carral de la Torre y nació en 1897 en la ciudad castellana de Segovia. Parece ser que nació en el seno de una familia acomodada de ese capital. De hecho, uno de sus abuelos llegó a ser alcalde de esa ciudad. Su padre era funcionario de la Diputación Provincial.

En 1913, tras acabar el Bachillerato en su localidad, se trasladó a Madrid para preparar en una academia el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Montes. En aquella época, se decía que lo más difícil de las ingenierías era aprobar el examen de acceso para alguna de esas escuelas.

Lo cierto es que lo intentó un par de veces, pero no lo consiguió. Por ello, regresó a su ciudad con la intención de matricularse libre en la carrera de Derecho.

Entre tanto, fue conociendo a la intelectualidad segoviana del momento, la cual solía reunirse en el taller del ceramista Fernando Arranz, situado en una zona aledaña al Parque Sarmiento.

Los tertulianos solían ser artistas o profesores residentes en aquella ciudad, como el maestro Blas Zambrano, padre de la famosa filósofa María Zambrano; el escultor Emiliano Barral, el filósofo Mariano Quintanilla, el músico Agapito Marazuela, el médico Agustín Moreno o hasta el mismísimo Antonio Machado, que ejercía como profesor en el Instituto de esa ciudad.

En 1917, nuestro personaje, se decidió por volver a Madrid para estudiar la carrera de Filosofía y Letras, la cual consiguió acabar tres años después.

Desde entonces, se dedicó a la enseñanza, siendo ayudante de Eloy Luis André, catedrático en el Instituto Cisneros, de Madrid. Posteriormente, también fue ayudante del famoso Américo Castro, en su cátedra de la Universidad Central, también en Madrid.

Desgraciadamente, no consiguió su ansiado propósito, que era llegar a ser catedrático de Universidad.

Posteriormente, empezó a interesarse por el periodismo, colaborando en varios medios segovianos y fundando su propio periódico, que tuvo una vida muy efímera. Su primer número fue publicado en julio de 1923 y el último en septiembre del mismo año. Mes que coincidió con el golpe de Estado del general Primo de Rivera.

Era un hombre de tendencias progresistas, aunque también fue seguidor de las ideas regionalistas y folkloristas castellanas de Luis Carretero Nieva.

En 1925, consiguió un trabajo como lector de español en Sicilia y eso le sirvió para conocer a fondo ese país y el fascismo que acababa de implantar Mussolini en Italia.

Por lo visto, supo aprovechar esa estancia para escribir montones de artículos sobre todo lo que estaba viendo.

A su regreso, el 15/12/1926, se casó con su novia, Adela Rodao. Curiosamente, el padrino no fue el padre de novia, el famoso escritor segoviano José Rodao, sino un gran amigo de éste, el archiconocido pintor Ignacio Zuloaga.

Desconozco si Rodao ya estaría gravemente enfermo, porque lo cierto es que murió en enero del año siguiente.

El matrimonio se trasladó a vivir en Madrid y allí nació su única hija, Carmen. Mientras tanto, él siguió trabajando para varios medios periodísticos, tanto en prensa como en la radio.

Fundamentalmente, trabajó en el semanario Estampa, pero también en los diarios El Sol y la Voz. Por otro lado, tuvo un programa, llamado la Palabra, en Unión Radio Madrid. La emisora pionera de la cadena SER.

A finales de 1929 decide, junto con su amigo, el dibujante cántabro Francisco Rivero Gil, infiltrarse en los bajos fondos madrileños para observar de cerca cómo vive la gente muy modesta y cómo funciona el hampa.

Parece ser que ambos fueron al Rastro y allí compraron ropa muy gastada, que utilizaron para disfrazarse de mendigos y así poder acceder a esos bajos fondos sin levantar sospechas.

Por lo visto, fueron tan bien acogidos por las bandas criminales, que hasta les invitaron a intervenir en un atraco a un Banco. Cosa que rechazaron.

Literalmente, tuvieron que buscarse la vida, malviviendo de cualquier modo.

Buscando basura en los vertederos para poder venderla. Pasando hambre y frío. Durmiendo bajo los puentes, descargando cajas de verduras en los mercados, comiendo en comedores de caridad y hasta descansando con la espalda apoyada sobre el muro exterior de una tahona, para quitarse el frío con el calor que salía del horno.

Conocen a todo tipo de gente. Ancianos que han quedado en la miseria. Madres con hijos, que han sido abandonadas por sus maridos.

Evidentemente, no pueden hacer fotos y, sólo cuando están seguros de poder hacer una, llaman a la redacción para que acuda un fotógrafo. Todavía no se habían inventado las llamadas cámaras instantáneas. También Rivero ilustra esas aventuras con unos dibujos que parecen corresponder a unas historietas.

Parece ser que llegaron miles de cartas a la redacción del semanario. La mayoría elogiando el trabajo realizado, mientras que otras ponían en entredicho que el redactor y el dibujante se hubieran pasado un mes viviendo en esas malas condiciones. Ya se sabe que los españoles somos especialistas en criticar una cosa y la contraria.

Todo ello, fue publicado, hasta marzo de 1930, en 8 artículos en el semanario Estampa. En cuya portada se veía una foto de Carral con su disfraz de mendigo. El dibujante Rivero aportó una serie de dibujos para ilustrar lo ocurrido durante todo el mes que estuvieron llevando a cabo esa aventura. Posteriormente, esos reportajes se publicaron en un libro titulado “Los otros”.

Estos artículos fueron presentados en el semanario Estampa con las siguientes frases: “Está Vd. seguro de conocer la vida de Madrid? ¿No cree Vd. que Madrid es algo más que la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la Gran Vía, los cafés, los teatros, las oficinas, los bancos? En ninguno de estos lugares encontrará Vd. a los otros. Pero los otros existen, viven, forman parte de las capas ciudadanas”.

En enero de 1931, se aventuró a adentrarse en los peligrosos barrios “apaches” de Marsella y escribió sus crónicas para el diario Ahora.

Con la proclamación de la II República, Carral se afilió a Izquierda Republicana, el partido fundado por Manuel Azaña.

Como periodista asistió a la mayoría de las sesiones de las Cortes Constituyentes y escribió crónicas parlamentarias para los medios en los que trabajaba.

No obstante, parece ser que le gustó la anterior experiencia como vagabundo. Así que la repitió en 1934, pero esta vez viajando por lo que llamamos la España vaciada. Concretamente, por las Hurdes y las Batuecas. Esos artículos también fueron publicados en el semanario Estampa.

Es preciso decir que, tanto el semanario Estampa como el diario Ahora, habían sido fundados por Luis Montiel. Ciertamente, este empresario consiguió fichar a importantes escritores de la época, como Chaves Nogales, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Madariaga, etc.

Posteriormente, en la posguerra, adquirió la revista Semana y fundó el diario deportivo As.

Supongo que esos reportajes, donde se exponía a toda la ciudadanía la miseria que sufrían muchas personas, no debería de gustarle nada al gobierno de turno. Así que me llama la atención que no fueran censurados. En España siempre hubo censura: con la monarquía, la dictadura del general Primo de Rivera, la II República y el franquismo.

Otros periodistas españoles, que siguieron su misma línea de infiltrarse en ciertas capas de la sociedad fueron Magda Donato (seudónimo de Carmen Eva Nelken, hermana de Margarita Nelken), Josefina Carabias y Carles Sentís. A eso le llamaron reportajes vividos.

Todo eso se hizo mucho antes de que los anglosajones pusieran de moda lo que se llamó el periodismo Gonzo, cuyas figuras más conocidas fueron Bill Cardoso y Hunter S. Thompson. Mucho antes del famoso inventor del nuevo periodismo, Tom Wolfe.

Desde luego, en esa época, cuando había decenas de periódicos en Madrid, era un hecho muy notable que un periodista destacase sobre otros, sin embargo, él lo consiguió.

A lo largo de su carrera, aparte de sus artículos periodísticos, escribió también cuentos, novelas y hasta folletos. Entre estos últimos, hay que mencionar “Juan Bravo en la plaza de las sirenas”, un alegato, firmado por varios intelectuales segovianos contra la decisión de la alcaldía de esa ciudad de erigir una estatua al comunero Juan Bravo, que realizaría el famoso escultor, también segoviano, Aniceto Marinas.

Contra esa decisión, alegaban que en la ciudad había necesidades mucho más urgentes, que había que paliar, antes de emplear el presupuesto municipal en ornamentos para la ciudad. Por ejemplo, llevar las tuberías de agua potable a toda la ciudad, modernizar el cableado para que no se produjeran tantos cortes de luz o lograr que funcionase el alumbrado público. Todo ello, en una ciudad que tenía alrededor de unos 16.000 habitantes.

Otra de sus obras fundamentales fue “¿Por qué mataron a Luis de Sirval?”. En esa obra se narra el caso real de la muerte de un periodista, que había ido a informar sobre la Revolución de Asturias, a manos de tres oficiales del Ejército.

En “Las memorias de Pedro Herráez” retrata la vida de uno de sus amigos y contertulios, el escultor segoviano Emiliano Barral, que moriría en la guerra civil.

Su muerte dejó sin terminar varias novelas y hasta un ensayo sobre varios políticos, como Azaña, al que siempre admiró mucho.

Desgraciadamente, el 01/10/1935, cuando Ignacio Carral se hallaba trabajando en la redacción de Unión Radio para su programa La Palabra, sufrió una angina de pecho, que le provocó la muerte de manera instantánea. Sólo tenía 37 años.

Podría haber tenido una gran carrera dentro del periodismo. Sin embargo, tampoco sabemos si hubiera sido rota por la guerra civil, como les ocurrió a tantos otros. Como a su amigo Francisco Rivero, que tuvo que exiliarse y murió en el extranjero.

 

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