ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 2 de junio de 2019

EL ESCÁNDALO DE LOS VENENOS


Como ya prometí en mi anterior artículo, voy a ampliar el tema de los venenos con otro acontecimiento que llegó a hacer temblar las bases de la monarquía en Francia.
Os propongo ahora viajar al siglo XVII. Desde 1643, y con sólo 5 años de edad, reina en Francia el archifamoso Luis XIV. Aquel que, según dicen, solía afirmar: “El Estado soy yo”. También conocido como “El rey Sol”. Dicen que ya nació con dientes.
Su padre fue Luis XIII, aquel que aparece en las famosas novelas de “Los tres mosqueteros”, con el cardenal Richelieu. Mientras que su madre fue Ana de Austria, hija de Felipe III, rey de España.
Como nació cuando sus padres ya llevaban muchos años casados, tuvo la desgracia de ver morir a su padre, cuando aún era muy niño. Así que su madre quedó como regente, otorgando casi todo el poder al odiado cardenal Mazarino.
Todo eso provocó un gran descontento, sobre todo, entre los nobles, los cuales aspiraban a recortar los poderes del monarca. Esto dio lugar a las llamadas guerras de las Frondas, que no fueron otra cosa que rebeliones encabezadas por los nobles y los eclesiásticos más importantes de ese país.
Muy a duras penas, la reina, consiguió salvar el trono para su hijo. De hecho, en varias ocasiones tuvieron que salir huyendo para no ser capturados. Dicen que esto dio lugar a que el soberano nunca se fiara de sus nobles.
Algunos dicen que, por eso mismo, estableció su corte en Versalles, lejos de las intrigas y del agobio de vivir en París. Incluso, cuando le otorgaba a un noble el cargo de gobernador de una provincia, le obligaba a residir en Versalles, para tenerlo controlado y que no le montara una nueva rebelión en su provincia. Para ello, se inventó unos cargos, que hoy consideraríamos como absolutamente ridículos, a fin de tenerlos ocupados y pensar que gozaban del favor real.
Otro de sus grandes aciertos fue rodearse de buenos ministros, como Colbert, que dirigió la política financiera. Al contrario que sus predecesores, al soberano, nunca le importó reclutar plebeyos para su gobierno. Por lo visto, eso también repercutió en la disminución de los poderes de la nobleza y coadyuvó a la ausencia de rebeliones de los dos principales estamentos contra el monarca.
Como ya he dicho, su madre, fue hija de Felipe III. Curiosamente, su esposa, fue una de las hijas de Felipe IV, también rey de España.
Casualmente, fue su madre, Ana de Austria, la que introdujo en Francia la costumbre de tomar chocolate a la taza, tal y como se hacía en España. Al igual que la portuguesa Catalina de Braganza, casada con Carlos II de Inglaterra, fue la que dio comienzo a la costumbre de tomar té en Gran Bretaña. Algo que, hoy en día, nos parece una tradición muy británica.
Para acabar con esta pequeña introducción, he de decir que, en un principio, Luis XIV tuvo en su haber que modernizó y saneó la economía de su país, elevando el nivel de vida de sus habitantes. Desgraciadamente, más adelante, se metió en varias guerras que vaciaron las arcas de la Hacienda francesa.
Ahora, vayamos al grano. A partir de 1670, se produjeron una serie de muertes inexplicables en Francia.
La víctima más famosa fue Enriqueta de Inglaterra, que murió con sólo 26 años. Hija de Carlos I y duquesa de Orleans, por haberse casado con Felipe uno de los hermanos de Luis XIV. Hay quien dice que el marido estaba celoso de los amantes de ella, aunque él también mantuvo varias relaciones homosexuales. Lo cierto es que el asunto se tapó oficialmente, achacando el fallecimiento a una gastroenteritis. En cambio, otros autores afirman que fue una peritonitis.
La verdad es que tampoco habría que descartar el componente político, pues Luis XIV había comenzado a enfrentarse con los protestantes franceses y la fallecida era un personaje muy conocido dentro del bando católico.
De hecho, había convencido a su hermano, Carlos II de Inglaterra, para que restaurara el catolicismo en su país.
No obstante, poco después, murieron, en París, el jefe de la Policía y uno de sus ayudantes. Al menos, en el primer caso, se demostró que había sido envenenado por su esposa.
Visto el cariz que estaba tomando este asunto, Luis XIV, que siempre tuvo un fino olfato a la hora de elegir a sus colaboradores, designó a Gabriel Nicolás de la Reynie para el puesto de jefe de la Policía. Se trataba de un miembro de la baja aristocracia que cumplió con gran éxito la labor encomendada y al que se le considera el fundador de la policía judicial francesa.
Hasta ese momento, todo esto de los envenenamientos, no había pasado de ser un simple rumor. Sin embargo, tras la detención de la marquesa de Brinvilliers, se demostró que era algo mucho más serio de lo que se había creído.
Ese caso da para un artículo aparte. No obstante, para resumirlo, podemos decir que Marie Madeleine d’Aubray, marquesa consorte de Brinvilliers, era hija de un secretario de Estado del rey. Como muchas mujeres de entonces, la casaron con un noble, no obstante, ella se buscó varios amantes.
Quizás, el más importante, fue un oficial de Caballería llamado Jean Baptiste Gaudin de Sainte-Croix. Parece ser que a su padre no le gustaron estos amoríos y no paró hasta conseguir que encerraran a Gaudin en la infame prisión de la Bastilla.
Por lo visto, allí conoció a un tal Exili, que era un alquimista italiano, con amplios conocimientos sobre venenos y que había trabajado para la reina de Suecia.
Una vez puesto en libertad, Gaudin, enseñó esas técnicas a la marquesa. Ésta era una señora a la cual todo el mundo veía como caritativa y amiga de los pobres. Nada más lejos de la realidad.
Lo cierto es que les llevaba comida a los enfermos de los hospitales, pero sólo lo hacía para ir probando sus venenos con ellos. Al igual que los probó con algunos de sus criados.
Empezó por matar, poco a poco, a su padre, por haber encerrado a su amante. Tras la muerte de éste, como le dejó una herencia menor que a sus hermanos, fue a por ellos. De hecho, les envió varios esbirros para que los asesinaran.
Parece ser que también intentó, en varias ocasiones, envenenar a su marido. Sin embargo, Gaudin, le proporcionó un antídoto para que no le hiciera efecto.
Incluso, llegó a envenenar a su propia hija, por considerarla deficiente mental y hasta a la señorita de compañía de la misma.
Todo ello se descubrió cuando, a causa de un aparatoso incendio, murió Gaudin, ya que tenía montado un laboratorio de alquimia en su propia casa.
Cuando llegó la Policía, se encontró con un cofre, donde tenía almacenados varios envases con veneno, junto con un montón de cartas comprometedoras, que le había escrito la marquesa. De esa manera, fue detenida. Posteriormente, consiguieron que confesara y, poco después, fue juzgada, condenada y ejecutada públicamente.

Según parece, en aquella época, se había puesto de moda eso de ir envenenando a la gente. De hecho, empezaron llamando al veneno “polvo de sucesión”. Así que,  movido por su conciencia uno de los sacerdotes de Notre Dame, de París, fue a hablar con La Reynie para decirle que cada vez recibía más confesiones de feligreses, que decían haber envenenado a alguien. Lógicamente, no dio ningún nombre, pues eso lo tienen prohibido.
A pesar de ese golpe de suerte, parece ser que el Policía no tuvo mucho éxito en sus investigaciones, hasta que, al parecer, ocurrió un caso fortuito.
Por lo visto, un joven abogado fue invitado a cenar a una conocida casa de París, donde se reunieron varias personas. Madame Bosse, que era una de ellas, debió tomarse unas copas de más y eso le hizo aflojar la lengua.
Por lo visto, llegó a comentar que se estaba forrando con el comercio de los venenos. Está claro que estaría muy bebida, porque ningún empresario reconocería, ni siquiera bajo la más terrible de las torturas, que se está forrando.
Así que el abogado se apresuró a denunciar el tema ante La Reynie y éste no perdió el tiempo. Inmediatamente, arrestó a Madame Bosse y a la dueña de la casa, Madame Vigoureux.
Por lo visto, ni siquiera necesitaron utilizar la tortura para que las detenidas confesaran que, sólo en la capital, había unas 400 personas dedicadas a esta actividad.
El problema es que La Reynie se estaba dando cuenta de que igual estaba picando demasiado alto, pues estaban saliendo nombres pertenecientes a la alta nobleza, que eran el principal apoyo de la monarquía.
Así que fue a contárselo a su superior, el ministro Louvois y, ambos, fueron a ver al rey. Supongo que al monarca se le caería hasta su peluca del susto. Así que ordenó que este asunto no pasara a la Justicia ordinaria para no ser conocido a nivel popular.
Con este fin, creó la llamada Cámara ardiente, formada por magistrados de su absoluta confianza, que juzgarían a puerta cerrada. Algo que disgustó mucho al resto de los jueces.
Por lo visto, durante los careos y los interrogatorios, se obtuvieron confesiones muy jugosas. Como que unas mujeres habían envenenado a los maridos de otras o que una de ellas, enamorada de un hombre casado, se había cargado a la mujer del mismo.
No sé si Luis XIV estaría informado de esas investigaciones. En caso de que hubiera sido así, no me extrañaría que le hubieran salido muchas canas, pues salieron nombres emparentados con la propia familia real y hasta con el cardenal Mazarino.
Incluso, hasta se vio involucrada en estos hechos una de las camareras de la marquesa de Montespan, amante oficial del rey, la cual también había tenido relaciones con el soberano, fruto de las cuales había nacido una niña.
Durante el interrogatorio a otra de las encausadas, Madame Voisin, declaró que había realizado unos 2.000 abortos. Incluso, llegó a decir que se habían secuestrado niños en los barrios pobres de París para ofrecerlos en sacrificio en ritos diabólicos.
Por lo visto, Voisin, era la mujer de un joyero, que había quedado arruinado y, por eso, empezó a dedicarse a esas actividades.
Parece ser que la propia marquesa de Montespan había utilizado los servicios de Voisin para que le vendiera filtros amorosos a fin de que el rey no buscara la compañía de una amante más joven. Sin embargo, esto no quedó nunca claro.
Voisin, Bosse y Vigoureux fueron interrogadas bajo tortura, muriendo la última de ellas en una de las sesiones. Las otras dos fueron condenadas a muerte, por brujería, y quemadas vivas.
Incluso, capturaron a la adivina Magdelaine de la Grange, íntima amiga de Louvois, ministro del Interior. 
Por lo visto, dio muchos nombres, pero ni eso consiguió salvarla de ser ahorcada.
Sin embargo, otras de las encausadas, dado su carácter de nobles e, incluso, en algunos casos, parientes del rey o de los jueces, sólo fueron condenadas a reclusión en diversos conventos.
Poco más tarde, parece ser que se subió el listón y empezaron a conocerse otros casos de envenenamiento entre los miembros de la más alta nobleza.
Esta vez, fue el propio monarca el que avisó a algunos de ellos para que se exiliaran antes de que fueran detenidos. Varios de los cuales no pudieron regresar nunca a Francia.
Muchos de ellos, llegaron a reconocer en un juicio público haber sido clientes de la Voisin, pero no se les pudo, o no se les quiso, probar nada. Así que fueron absueltos. Incluso, en el caso del duque de Luxemburgo, mariscal de Francia, cuyo juicio duró nada menos que 14 meses.
Lo cierto es que hubo muchos implicados en este caso. Hasta el célebre dramaturgo Jean Racine, cuya joven amante había muerto de repente, pero fue absuelto de todos los cargos que se le imputaban.
En la prisión de Valenciennes, situada en las afueras de París, llegaron a encerrar a cientos de personas relacionadas con este caso. Había de todo: adivinas, secuestradores de niños, sacerdotes que oficiaban misas negras, alquimistas, gente que realizaba abortos, vendedores de venenos y filtros de amor…
Como si todos hubieran sido asesorados por un buen abogado, se pusieron a decir que la marquesa de Montespan había sido una de las principales clientes de la Voisin. 
Incluso, que solían verse tanto en el castillo de Clagny, domicilio de la marquesa, como en el Palacio de Versalles, donde solían celebrar misas negras para pedirte el apoyo del Diablo. Parece ser que algunos de esos sacerdotes fueron los abades Étienne Guilbourg y Mariotte.
Por lo visto, Guilbourg, era una buena pieza. Decía ser un bastardo del duque de Montmorency, uno de los nobles que se rebelaron contra Luis XIII. Estuvo destinado en la famosa Basílica de Saint Denis, donde se hallan las tumbas de los reyes de Francia. También tuvo varios hijos con una mujer, con la que solía convivir. Fue condenado a cadena perpetua.
Parece ser que la Policía encontró, durante un registro, los cuerpos de varios niños, que, presuntamente, habían sido sacrificados en esas misas negras, los cuales habían sido comprados vivos por Voisin a varias prostitutas.
Además, dijeron que la Voisin fabricó una serie de filtros de amor, que la marquesa consiguió que se tomara el rey. El caso es que el monarca llevaba una temporada aquejado por unas migrañas, de origen desconocido.
Es más, dijeron que, cuando fue detenida la Voisin, estaba preparando un documento, totalmente impregnado de veneno, que debería de llegar directamente a las manos del rey y unos guantes, también envenenados, para regalárselos a la duquesa de Fontanges, virtual sustituta de Montespan y que murió con sólo 20 años.
Lo cierto es que pusieron en una situación muy complicada al rey. De hecho, llegó a utilizar unos criados para probar antes todas sus comidas y bebidas. No hay que olvidar que Montespan era su amante oficial, vivía con él en Versalles y le había dado nada menos que 7 hijos. Así que reunió a sus ministros y, durante varios días, debatieron sobre lo que se debería de hacer.

Al final, hicieron lo que se suele hacer en estos casos, por aquello de salvar al Estado. O sea, poner fin a las investigaciones y no hablar más de ese asunto. 
El único que se opuso a esa medida fue el policía la Reynie, que sugirió que, si no había otra forma de hacer justicia, el rey, en uso de sus poderes absolutos, ordenara el encierro en diversas cárceles, sin un juicio previo, para las 81 personas que seguían encarceladas por este caso y eso se hizo. Allí fueron todos los imputados. Tanto los que eran inocentes, como los presuntos culpables.
Incluso, les prohibieron hablar. Por tanto, ordenaron a sus carceleros que les azotaran, si los veían hablando.
La mencionada Cámara Ardiente se disolvió en 1682, tras haber condenado a 36 personas a ser quemadas vivas, 4 a galeras y otras 36 exiliadas y multadas.
También fueron cerrados los laboratorios privados y penalizadas la práctica de las artes ocultas y la superchería.
Luis XIV no encerró a madame de Montepan, pero la mandó a otra planta inferior, dentro de Versalles. 
También la sustituyó por madame de Maintenon, precisamente la institutriz de los hijos de Montespan, que había tenido con el monarca.
Tanta fue la influencia de Madame de Maintenon en la corte que, en 1683, tras la muerte de la reina, el rey decidió casarse con ella. 
Lógicamente, no tuvo más remedio que ser un matrimonio secreto, ya que, en aquella época, donde daban tanta importancia a los estamentos sociales, el rey podría haber perdido el trono, si se hubieran enterado de que se había casado con una persona de menor rango social.
Para terminar, os quisiera decir que como Luis XIV eran tan católico, pues se tomó muy en serio eso de “multiplicaos y poblad la Tierra”. Así que tuvo 6 hijos con su esposa, la española María Teresa de Austria, Otros 4 con su primera favorita, Luisa de la Vallière. Otros 7 con la marquesa de Montespan y 3 más con otras tantas mujeres.
En fin, espero que os haya gustado, aunque reconozco que me ha quedado un poco largo.

sábado, 25 de mayo de 2019

EL AGUA TOFANA


Sinceramente, estaba preparando otro artículo, sin embargo, ayer me vino a la memoria este tema, cuando pasé delante de una farmacia y vi un cartel donde anunciaban un cosmético, junto a un retrato de una monja. El cual decía algo así como “una crema divina”. Así que ahora veréis por qué me sonó esa frase.
Empecemos por el principio. Teofania D’Adamo fue una mujer que vivió en Sicilia, en la primera mitad del siglo XVII. Por lo visto, se dedicaba a hacer ungüentos y brebajes de todo tipo.
Parece ser que, como en aquel tiempo, no existía el divorcio y había muchas mujeres hartas de aguantar a sus maridos, alguna iría a verla.
Por lo que se ve, ella le dio un preparado, que, a simple vista, podría ser muy similar al agua, pero que decía ser un cosmético femenino.
Parece que tuvo mucho éxito y su clienta enviudó muy pronto. Así que es de suponer que correría la voz, porque preparó cientos de dosis, amansando una buena fortuna. Se dice que hasta llegó a tener una amplia red de distribución por toda esa isla. No se descarta que, más adelante, también se vendiera en la Península Itálica.
Para más escarnio, lo denominó como “Maná de San Nicolás de Bari”. El mismo santo que ahora se llama San Nicolás, Santa Claus o, más comúnmente, Papá Noel.
Por lo visto, era un veneno tan efectivo que la víctima moría a las pocas horas y además era indetectable para los médicos del momento.
La composición de este veneno sigue siendo desconocida y yo creo que tampoco hace falta saberlo. Por si acaso.
Como no es bueno fiarse de todo el mundo, Teofania fue denunciada por una de sus múltiples clientas.
Por lo visto, esta clienta, quiso hacer lo mismo que las demás, pero, supongo que, llevada por el nerviosismo, se equivocó y se puso a comer del plato donde había echado el veneno.
Otras versiones dicen que el marido le quiso gastar una broma y le cambió su plato de ensalada. No sabemos si es que ya sospecharía de ella.
Así que, al notar que empezaba a surtir efecto en su organismo, antes de morir, se puso a confesarlo todo. Eso hizo que el marido llamara a un médico y éste a las autoridades.
Al enterarse, Teofania, intentó refugiarse en un convento. O sea, acogerse a la protección de la Iglesia. Sin embargo, las monjas, al comprender lo que había hecho, la expulsaron del recinto y fue capturada por las autoridades civiles.
Más tarde, lo confesó todo, tras ser torturada. Posteriormente, fue condenada a muerte por brujería y ejecutada en 1633 por medio de la horca, en la plaza mayor de Palermo. Una vez fallecida, fue descuartizada, como era normal en estos casos.
Parece ser que, durante las sesiones de tortura, denunció a todos sus cómplices. Algunos de ellos fueron detenidos y ejecutados ese mismo año, como los casos de Francesca Rapisardi o Pedro, llamado “Plácido”.
Sin embargo, algunas de sus clientas fueron de tan elevada condición social que, para evitar el escándalo, parece ser que fueron detenidas y estranguladas en sus celdas, para que no llegara el escándalo a perjudicar a sus importantes familias. Otras fueron encerradas de por vida, sin juicio de ningún tipo.
Realmente, ninguna de estas envenenadoras, de la familia Tofana, mataba a nadie y no se les podía condenar por asesinato. Las verdaderas asesinas eran las esposas que querían deshacerse de sus maridos.
Digamos que se tomaron demasiado en serio esa frase que se repite en todas las bodas: “Hasta que la muerte os separe”.
Ahí no acabó todo. Su hija, Giulia Tofana, de ahí viene el nombre, que estaba casada, empezó probando esa sustancia con su marido y se lo cargó, claro está.
Por lo visto, perfeccionó aún más ese compuesto y ahora lo llamó “Agua de Nápoles”. 
Esta vez, las autoridades la tuvieron bajo vigilancia, así que huyó y se refugió en Roma. Allí se hizo famosa por dar “soluciones” a las mujeres con matrimonios problemáticos. Incluso, parece ser que también algunos o algunas lo utilizaron para eliminar amantes chantajistas.
Aunque también dicen que vendió su pócima a futuros herederos hartos de esperar para cobrar su herencia.
Incluso, llegó a embotellar este peligroso compuesto en frascos que decían contener agua bendita. Así que igual fueron los propios clérigos los que los distribuían. Sin saber de qué se trataba, claro está.
Se tiene certeza de que se utilizó en Roma, Nápoles, Perugia y Sicilia, pero no se sabe si se vendió en otras ciudades, ni cuántas víctimas causó.
De hecho, las botellas que transportaban este líquido daban para varias dosis. Así que no sería de extrañar que unas, que ya habían conseguido enviudar, se lo pasaran a otras, que deseaban hacer lo mismo.
Por lo visto, había también quien lo daba a su víctima en dosis muy pequeñas, para no levantar sospechas. De esa manera, sus únicos síntomas eran vómitos, fiebre y malestar generalizado. O sea, que podría ser cualquier cosa. Deberían ser dosis muy pequeñas, porque se sabe que este compuesto mataba con sólo 4 gotas.
Parece ser que también la denunció una clienta. No obstante, era tan popular que la gente la escondió en sus casas, para que no la detuvieran.
Más adelante, también buscó la protección de una iglesia, donde fue bien acogida. Sin embargo, de pronto, se propagó un rumor tan rápidamente como la peste. En él se afirmaba que ella había contaminado el agua potable de las fuentes.
De esa forma, las autoridades, entraron en esa iglesia y la capturaron. Durante su interrogatorio, mediante tortura, reconoció haber colaborado en el asesinato de 600 hombres, hasta 1651, pero sólo en Roma. Así que se desconocen las víctimas habidas en otros lugares de Italia y países limítrofes.
Esta vez, la policía, capturó a toda la red. A ella pertenecía también su propia hija, Girolama Spera, y varios cómplices.
Todos ellos fueron ahorcados en 1659, en el Campo de las flores, de Roma. Posteriormente, también fueron descuartizados, como en el caso de Teofania.
Curiosamente, la historia de estas envenenadoras llega a aparecer, incluso, en la afamada novela “El conde de Montecristo” (1844), escrita por Alejandro Dumas (padre).
Es más, este autor, afirma que la receta de ese compuesto la seguían conservando algunas personas en la zona de Perugia, situada en el centro de Italia.
También, curiosamente, aún opina alguien que se trató nada más que de un elemento de autodefensa de las mujeres hacia sus maridos a fin de recuperar su libertad. Incluso, todavía siguen diciendo algunas que hay muchos “hombres insufribles”. Me parece un alegato demasiado rebuscado. Cualquier tribunal lo echaría abajo a la primera de cambio.
Incluso, me la he encontrado en una página donde dicen querer “visibilizar mujeres que han realizado hazañas destacables en la historia de la humanidad”.
Por lo visto, durante los interrogatorios, Giulia, afirmó que sólo pretendía ayudar a las mujeres oprimidas y deprimidas.
También hay quien dice que, en un principio, no se creyeron eso de que las esposas estaban asesinando a sus maridos, porque, en esa época, las mujeres se hallaban tan infravaloradas que no se les ocurría que fueran capaces de cometer esos crímenes.
Para colmo, existe la teoría de que hasta el propio Mozart podría haber sido envenenado poco a poco con este veneno.
Esta se basa en que, un día de octubre de 1791, cuando el famoso compositor paseaba con su esposa por las calles de Viena, empezó a sentirse mal, con fuertes dolores en el estómago, y le dijo a su mujer que sospechaba que estaba siendo envenenado. Esto ha servido para alimentar la imaginación de muchos entusiastas de las conspiraciones.
No se puede decir que sea cierto o falso, porque no existen pruebas a favor o en contra. Solamente, esa suposición del propio Mozart, que murió a primeros de diciembre del mismo año.
Sería muy prolijo narrar la cantidad de envenenamientos que se han dado en la Historia. Así que, seguramente, le dedicaré otro artículo a este mismo tema.

domingo, 19 de mayo de 2019

ARTHUR ZIMMERMANN, MINISTRO DEL IMPERIO ALEMÁN


Es posible que, a primera vista, a casi nadie le suene el nombre del personaje que traigo hoy al blog. Lo cierto es que sus actuaciones tuvieron una gran trascendencia para la Historia Mundial y ahora lo podréis comprobar.
Nació en 1864 en una pequeña localidad de la, por entonces, llamada Prusia Oriental. Un territorio alemán que, tras la II Guerra Mundial, fue repartido entre Polonia y Rusia.
En 1884 inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Königsberg. No busquéis esa ciudad, porque ahora es rusa y se llama Kaliningrado.
Precisamente, fue la misma localidad donde nació, vivió y murió el archifamoso filósofo Immanuel Kant, aquel del que se decía que era tan puntual que todo el mundo ponía sus relojes en hora, cuando lo veía salir de su casa para ir a dar clases a la Universidad.
Volviendo a nuestro personaje, en 1893, ingresó en la carrera diplomática. Lógicamente, al servicio del Imperio alemán.
Su primer destino fue un consulado en China, donde pudo ver en primera persona la famosa rebelión de los bóxer. Esa que todos pudimos ver en la famosa película “55 días en Pekín”, estrenada en 1963.
En 1902, fue destinado a Alemania, donde trabajó en la sede central del Ministerio de Relaciones Exteriores.
A partir de ahí, fue ascendiendo paulatinamente. En 1911, pasó a ser viceministro y cinco años después llegó a ser ministro. Siempre, como hombre de confianza del anterior ministro Gottlieb von Jagow. Éste dimitió cuando el Gobierno alemán decidió hundir con sus submarinos los buques mercantes de todos los países.
Curiosamente, hasta ese momento, todos los ministros de Relaciones Exteriores de Alemania habían pertenecido a la aristocracia. En cambio, Zimmermann, nunca fue noble.
Parece ser que había sido muy bien formado por von Jagow. Incluso, el 05/07/1914, se le permitió participar en la reunión donde el kaiser y el canciller alemán, von Bethmann-Hollweg, decidieron apoyar al Imperio Austro-Húngaro y entrar con él en la I Guerra Mundial.
Precisamente, nuestro personaje, fue el encargado de enviar un telegrama a Viena, donde informaba sobre la decisión tomada por el Gobierno alemán.
Por lo visto, los alemanes, siempre tuvieron muy claro que nunca podrían ganar esa guerra. Hay que recordar que, en aquella ocasión, ni siquiera tuvieron a Japón de su parte, pues combatía en el bando contrario y se dedicó a atacar las colonias alemanas en Asia y Oceanía.
Incluso, la cosa se les puso muy cuesta arriba, tras la ejecución de la enfermera Edith Cavell, a la que dediqué mi anterior artículo. Zimmermann se limitó a decir ante la prensa: “Es una pena que la señorita Cavell tuviera que ser ejecutada, pero era necesario”. Para terminar con esta otra frase: “Estoy convencido de que ningún tribunal del mundo hubiera pronunciado otro veredicto”.
Así que, los alemanes, se dedicaron a urdir sublevaciones de todo tipo para mantener en tensión a sus adversarios o futuros enemigos.
Un ejemplo de ello fueron los contactos realizados, a finales de 1914, donde el famoso líder irlandés, Roger Casement, se entrevistó con el Gobierno alemán a fin de que les suministrara financiación y armamento con vistas a una sublevación. Es preciso decir que, por entonces, Irlanda, todavía pertenecía al Reino Unido.
Parece ser que ese levantamiento fracasó a causa de la fuerte represión ejercida por los británicos en esa isla. No obstante, los irlandeses consiguieron su independencia, tras una encarnizada guerra, que tuvo lugar entre 1919 y 1922. Quedando, exclusivamente, Irlanda del Norte en manos británicas. Tal y como la conocemos ahora.
Parece ser que tampoco fue ajeno a la decisión del Gobierno alemán de atacar, con sus submarinos, a todos los barcos que surcaran las zonas próximas a las costas de los países enemigos. Aunque fueran barcos mercantes o de pasajeros. Ello provocó la muerte de miles de personas en alta mar.
En los años anteriores a esta guerra, Alemania, había multiplicado sus relaciones diplomáticas y comerciales con México. Algo que no sentó nada bien ni en USA, ni el Reino Unido.
Dado que, por entonces, las relaciones entre México y USA no eran muy buenas, Alemania, intentó evitar que Washington entrara en la guerra. Por ello, Zimmermann, a través de su embajada en USA, envió un famoso telegrama al presidente mexicano, Venustiano Carranza, donde se ofrecía a darle todo su apoyo para una posible guerra entre esos dos países fronterizos.
Incluso, le prometía toda su influencia para que México recuperara sus antiguos territorios de California, Texas, Nuevo México y Arizona, perdidos ante USA, en 1848, tras la firma del Tratado Guadalupe Hidalgo. De esa manera, México, había perdido casi la mitad de su antiguo territorio.
Al mismo tiempo, ya que México tenía buenas relaciones con Japón, le pedía a Carranza que convenciera al gobierno japonés, que ahora se hallaba en guerra contra Alemania, para que ayudara a México en su posible guerra contra USA.
Curiosamente, como Alemania se había quedado sin la posibilidad de comunicarse con América, USA, que entonces era neutral, se había comprometido a transmitir los mensajes alemanes cifrados, pues les habían prometido que eran simples instrucciones a sus embajadas y consultados, sin la mayor importancia.
Así que el telegrama fue recibido por James Gerard, entonces embajador de USA en Alemania y éste fue transmitido, vía Dinamarca.
Parece ser que el telegrama Zimmermann fue interceptado por los servicios británicos de Inteligencia. Concretamente, por la denominada “sala 40”. Una oficina de desciframiento de códigos, perteneciente a la Armada británica.
El encargado de descifrar ese telegrama fue un experto llamado Nigel de Gray, el cual entregó ese documento a su jefe, el capitán William Reginald Hall.
Lo cierto es que este oficial optó por demorar la entrega de ese documento descodificado, para que los alemanes no descubrieran que los británicos estaban descifrando sus mensajes.
Por otra parte, tampoco quería que los USA se enteraran de que los británicos también leían los suyos.
El momento llegó cuando el 1 de febrero de ese año, el Gobierno USA, rompió las relaciones diplomáticas con Alemania, por haber atacado varios de sus barcos con submarinos.
Para que no se notara que los británicos tenían intervenida la línea de comunicación submarina, consiguieron otra copia, correspondiente al envío desde USA hasta la embajada alemana en México. Así parecería que el mensaje hubiera sido interceptado en México.
Por lo visto, habían interceptado el cable submarino que comunicaba Alemania con América. Lo descifraron gracias a que encontraron un libro de claves en un barco de guerra alemán, que había naufragado.
En febrero de 1917, el texto, ya descodificado, fue entregado por el Gobierno británico al embajador de USA en ese país.
Parece ser que fue llevado a la Casa Blanca por el secretario de Estado, Robert Lansing y el presidente Wilson, quedó muy sorprendido, al leerlo. Supongo que, como la opinión pública de ese país no estaba por la labor de entrar en la guerra, al presidente no se le ocurrió otra cosa que entregar ese documento a la prensa, para que lo publicaran libremente. Eso ocurrió a primeros de marzo de ese año.
No hay que olvidar que la opinión pública USA siempre ha visto  los asuntos europeos como ajenos a ellos.
El propio Robert Lansing, refiriéndose a la publicación del telegrama en la prensa, narró en sus memorias que: “En un día, logró un cambio en el sentimiento y en la opinión pública, que, de otro modo, habría requerido varios meses para cumplir” “Así se aseguró el ingreso de USA en la guerra”.
Por otra parte, también hay que decir que la colonia alemana es una de las más numerosas de ese país. Hoy en día, se calcula que viven en USA unos 50.000.000 de personas de origen alemán.
Tanto es así que, en algunas ciudades, como Cincinati (Ohio), lugar de nacimiento de algunos personajes célebres, como la recientemente fallecida Doris Day, Steven Spielberg o Tyrone Power, sólo se habló alemán, hasta la I Guerra Mundial.
Volviendo al telegrama, en un principio, se pensó que todo se debió a una trama organizada por el Gobierno británico para empujar a USA a entrar en la guerra. Incluso, los portavoces de los gobiernos de México y de Alemania, negaron conocer ese documento.
Sin embargo, a finales de marzo, el propio Zimmermann, intervino en el parlamento alemán y reconoció ser el autor del mismo.
A partir de ahí, los acontecimientos se desarrollaron a una mayor velocidad.
El 2 de abril de 1917, el presidente Wilson, presentó ante el Congreso una propuesta para declarar la guerra a Alemania. Ésta se debatió y, a la semana siguiente, fue aprobada por el Congreso y por el Senado. De esa forma. USA, entró de lleno en la I Guerra Mundial. Algo que siempre habían querido evitar los alemanes.
Sin embargo, les vino muy bien a los franceses y británicos, pues se hallaban exhaustos, después de varios años de guerra.
Para colmo de los males, México, se negó a aceptar las propuestas alemanas, pues no vieron viable la posibilidad de recuperar esos territorios, ya que necesitarían mucho más armamento del prometido por Alemania. Así que rechazaron esa proposición a mediados de abril.
Incluso, a finales de junio del mismo año, el nuncio (embajador) del Vaticano, Eugenio Pacelli, que llegaría a ser el Papa Pío XII, mantuvo negociaciones con el Gobierno alemán, a fin de discutir un armisticio.
Parece ser que el Gobierno alemán, que ya debió de ver perdida la guerra, sólo se contentaba con retener las colonias de ultramar y prometía respetar las fronteras anteriores a la guerra. Incluso, devolver Alsacia y Lorena a Francia. Sin embargo, no se pudo ir más allá a causa de la caída de ese gobierno.
Por lo visto, también intentaron sublevar a los habitantes de la India, entonces, la principal colonia británica, a fin de tener entretenidos a los ingleses para que no enviaran más tropas, procedentes de Asia y Oceanía, al frente europeo.
Dado que al estado Mayor alemán siempre le ha aterrorizado mantener dos frentes abiertos a la vez, a nuestro personaje no se le ocurrió otra cosa que ayudar al revolucionario Lenin a volver a Rusia.
Lenin, junto con otros revolucionarios, se hallaban exiliados en Suiza. El Gobierno alemán se puso en contacto con ellos, porque sabía que eran contrarios a la guerra.
Así que los alemanes les introdujeron en un tren, cerrado y precintado, donde viajarían, exclusivamente, ellos, que cruzaría Europa y llegaría hasta Finlandia. Desde allí, entrarían en Rusia.
Aunque Zimmermann dimitió de su cargo en agosto de 1917, esta vez tuvo mucho éxito. Lenin consiguió vencer en la famosa Revolución de octubre y fundar la URSS.
Por ese motivo, a principios de marzo de 1918, se reunieron en la localidad bielorrusa de Brest-Litovsk, los delegados de Rusia, Imperio Austro-Húngaro, Alemania, Bulgaria y Turquía y firmaron un tratado de paz muy favorable para Alemania. Eso fue visto como una traición de Rusia a sus antiguos aliados.
De hecho, las conversaciones entre los bolcheviques y Alemania ya habían comenzado a primeros de diciembre de 1917 y la firma de un primer armisticio tuvo lugar a mediados del mismo mes.
Ese tratado ya no fue firmado por Zimmermann, sino por su sucesor, Richard von Kühlmann. Curiosamente, el encargado de la firma, por parte soviética, fue el conocido revolucionario León Trotsky.
Parece ser que no era muy partidario de la firma, sin embargo, Lenin, convenció a los miembros de su Gobierno, al decirles que, si seguían en la guerra, eso acarrearía la invasión de la URSS y el fin de la Revolución bolchevique.
Por lo visto, la postura de Trotsky era la de resistir lo máximo posible. Rechazar cualquier ultimátum alemán y fomentar una sublevación de obreros alemanes, para poner fin a la guerra.
A pesar de haber conseguido el fin de la guerra, las condiciones draconianas impuestas por Alemania, dieron lugar a que Rusia perdiera la tercera parte de su población y de sus mejores tierras de cultivo. Así como la mayor parte de sus zonas industriales.
Tras el final de la guerra, la URSS, consiguió recuperar la mayor parte de esos territorios cedidos, pues el anterior tratado no fue reconocido por ningún país.
Volviendo a nuestro personaje, dimitió de su cargo el 06/08/1917, tras reconocer su responsabilidad en el famoso Telegrama Zimmermann. Como ya he mencionado, fue sustituido por Richard von Kühlmann.
A partir de ese momento, no se conocen muchos más detalles sobre su vida.
Lo único cierto es que falleció en 1940, en plena II Guerra Mundial, a causa de una neumonía



domingo, 12 de mayo de 2019

LA ENFERMERA EDITH CAVELL


Hoy voy a hablar de la historia de una persona que, seguramente, se debatió entre su deber profesional, que le pedía una estricta neutralidad, y el amor a su patria y a sus compatriotas.
Edith Louisa Cavell, que así se llamaba nuestro personaje de hoy, nació en 1865, en un pueblo cercano a la ciudad de Norwich, capital del condado de Norfolk, al este de Inglaterra.
Creció en el seno de una familia, donde su padre era pastor de la iglesia anglicana, su madre era maestra y ella era la mayor de los cuatro hijos, que hubo en ese matrimonio.
Desde 1890, estuvo trabajando 5 años como institutriz para una familia en Bruselas (Bélgica). Sin embargo, al saber que su padre había enfermado, regresó a la casa paterna para cuidarle.
Tras conseguir su recuperación, vio que esa era su vocación y decidió dedicarse de lleno a la enfermería. Empezó practicando en el Hospital de Londres. Posteriormente, trabajó en otros hospitales e, incluso, se dedicó a atender a algunos pacientes en sus respectivos domicilios.
En 1907, fue fichada como matrona para dar clases en una nueva escuela de enfermería, situada en Bruselas.
Incluso, 3 años después, fundó la revista L’infirmière, donde daba a conocer las nuevas técnicas de la enfermería.
Al año siguiente, estuvo formando a diversas alumnas de enfermería, procedentes de varios hospitales y escuelas de Bélgica.
El inicio de la I Guerra Mundial le pilló en Norfolk, cuando se hallaba visitando a su madre, que había quedado viuda. Enseguida, volvió a Bruselas y empezó a trabajar para la Cruz Roja.
Como es sabido, Bruselas fue muy pronto ocupada por las tropas alemanas. Siguiendo el famoso Plan Schlieffen, los alemanes, tenían proyectado entrar en Francia a través de Bélgica.
Sin embargo, la cosa no fue tan sencilla como habían esperado. Los belgas ofrecieron resistencia en cada una de sus ciudades y el Ejército alemán tomó represalias, fusilando a muchos ciudadanos. Dicen que, incluso, a algunos niños.
Por ejemplo, en Lovaina, incendiaron la biblioteca de su famosa Universidad, repleta de códices medievales.

No obstante, a Edith nadie la molestó y siguió trabajando como enfermera para un organismo neutral, como es la Cruz Roja.

Sin embargo, ella, movida por su ardor patriótico, comenzó a ayudar a los soldados aliados, que habían resultado heridos y se hallaban ingresados en su hospital.
Contactó con una red, que se dedicaba a la evasión de estos soldados y consiguió que muchos pudieran llegar a la neutral Holanda o, incluso, a Francia. Parece ser que el cabecilla de esta red era el príncipe Reginald de Croy.
Las autoridades militares alemanas empezaron a sospechar de ella y, tras haber sido denunciada por Gaston Quien, el 03/08/1915, fue arrestada y encerrada en una prisión militar.
En los siguientes días, fue sometida a varios interrogatorios, donde confesó haber alojado en su casa a varios prisioneros aliados y civiles belgas, para que pudieran llegar a Holanda. Así que, ante la Policía, se reconoció culpable de esos hechos.
Incluso, llegó a reconocer que había recibido cartas de agradecimiento de varios soldados británicos, que habían conseguido volver al Reino Unido, lo cual era aún más grave, porque estaba ayudando a un país que estaba en guerra con Alemania.
Según el Código Penal alemán, ella había cometido el delito de auxiliar con tropas al enemigo. Este delito estaba castigado con la pena de muerte, aunque, normalmente, no solían realizarse ejecuciones por este motivo, sino conmutarlas por la cadena perpetua.
Por otro lado, la Convención de Ginebra, en su redacción de 1906, protegía al personal médico, siempre que no se pusiera de parte de uno de los contendientes.
El Gobierno británico sólo podía protestar. Sin embargo, el Gobierno USA, que aún no había entrado en la guerra, presionó al alemán, diciéndole que esa ejecución le haría muy impopular al Imperio alemán.
No obstante, el gobernador militar alemán, teniente general Traugott Martin von Sauberzweig, era de la opinión de que ella y sus cómplices, que también permanecían detenidos, merecían la pena de muerte.
Parece ser que era una mujer que lo tenía muy claro. Conservó la serenidad durante todo el consejo de guerra y siempre reconoció esos hechos, que había realizado durante 9 meses.
Desgraciadamente, fue condenada a muerte a pesar de la defensa realizada por el abogado belga Sadi Kirschen.
De los 27 procesados, sólo 5 fueron condenados a muerte. Cavell, el arquitecto Baucq, Louise Thuliez, Severin y la condesa de Belleville. Sin embargo, a los 3 últimos se les conmutó por la de cadena perpetua.
Enseguida, varios de los representantes de las cancillerías presentes en Bélgica, como el de USA o el de España, pidieron, reiteradamente, clemencia.
Concretamente, el embajador español, era el marqués de Villalobar, al que hace tiempo dediqué otro de mis artículos.
Sin embargo, las autoridades alemanas, no hicieron caso a estas peticiones. Cavell fue visitada por un capellán anglicano, llamado Stirling Graham, y le dijo a éste: “El patriotismo no es suficiente. No debo tener odio o rencor hacia nadie”.
El 12 de octubre fue llevada a un campo de tiro, junto a su cómplice Baucq y tres civiles belgas. Las últimas palabras que le dijo a un capellán alemán fueron: “Estoy alegre de morir por mi país”.
A las 7 en punto de la mañana, un pelotón de 8 soldados fusiló a Edith, mientras que otro de igual número de tiradores, fusiló a Baucq. El embajador español se hizo cargo del entierro de esta heroica enfermera británica.
Aunque los alemanes se ciñeron a aplicar sus normas legales, parece ser que este episodio de la guerra no gustó nada ni a los países amigos, ni a los enemigos de Alemania y provocó movimientos de protesta en todo el mundo.
No está muy claro, pero hay algunos autores que afirman que Cavell había perteneciendo a la organización británica MI6, dedicada al espionaje en el extranjero.
Parece ser que, aunque había sido interrogada, por la Policía, en francés, su consejo de guerra se desarrolló en alemán, por lo que no pudo enterarse de las acusaciones del fiscal hacia ella, ya que nadie se las tradujo.

Curiosamente, ya en la posguerra, un comité británico encargado de investigar las violaciones de las leyes de guerra, dictaminó que la sentencia fue correcta, según el Derecho alemán.
En mayo de 1919, su féretro fue llevado al Reino Unido. Primeramente, fue recibido en la famosa Abadía de Westminster, donde se celebró una misa de funeral de Estado, presidida por el rey Jorge V.
Posteriormente, fue trasladada a la catedral de Norwich, ciudad cercana a su lugar de nacimiento, donde fue enterrada en el interior del templo. Necesitó una dispensa del propio rey, ya que, un siglo antes, se habían prohibido los entierros dentro de ese edificio.
Es necesario decir que su figura fue aprovechada por la propaganda aliada de guerra a fin de incitar al reclutamiento. Sobre todo, en USA, donde todavía se hacía mediante voluntarios.
Los que la conocieron la vieron como una persona seria, valiente y responsable. El capellán que la atendió antes de ser ejecutada declaró: “No creo que la señorita Cavell quisiera ser una mártir, pero ella estaba lista para morir por su país”.
El capellán Graham dijo que ella le había dicho: “No tengo miedo. He visto la muerte tan a menudo que no es extraño, ni temeroso para mí”.
Entretanto, el portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, declaró lo siguiente: “Es una pena que la señorita Cavell tuviera que ser ejecutada, pero era necesario”. Sin embargo, esta ejecución debió de desequilibrar al Gobierno alemán, ya que, poco después, el kaiser ordenó que ninguna mujer fuera ejecutada, sin su visto bueno. Aún así, no fue la única enfermera ejecutada por los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial.
Incluso, poco después de ello, varios detenidos por delitos de este tipo, fueron liberados por los tribunales alemanes, alegando que es posible que desconocieran que estuvieran realizando un delito.
Hoy en día, cada 12 de octubre, se conmemora la fecha de su muerte. Parece ser que es muy posible que en un futuro sea canonizada por la Iglesia anglicana.
Existen numerosos monumentos a su memoria, en diversas partes del mundo. Precisamente, en 1940, Hitler, ordenó destruir una estatua que había en París, dedicada a esta heroína.
Incluso, en 2015, con motivo del centenario de su ejecución, se celebraron diversos actos en Norwich. Incluso, se restauró el vagón que llevó sus restos hasta esa ciudad. Además, ese mismo año, se acuñó una moneda de 5 libras esterlinas con su efigie.
También, a lo largo del tiempo, se han escrito numerosos libros, estrenado películas y hasta composiciones musicales en honor a esta heroica enfermera.
Sirva este artículo como mi tributo de admiración para una persona que lo dio todo por sus enfermos y que no le importó arriesgarse por ayudar a sus compatriotas, hasta perder la vida por ello.