ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 18 de febrero de 2019

LA BATALLA DE DUNKERQUE


A estas alturas, todos deberíamos saber que la II Guerra Mundial empezó el 01/09/1939 con la invasión de Polonia, por parte de los alemanes y, posteriormente, también de los soviéticos.
Por alguna inexplicable razón, los aliados no movieron un dedo para defender a Polonia, a pesar de que habían firmado varios tratados donde se comprometían a defender a ese país de cualquier ataque enemigo.
Por otra parte, también es cierto que, en 1934, Polonia había firmado un tratado de no agresión con Alemania. Incluso, se puso de parte de los alemanes, durante la llamada Crisis de los Sudetes y posterior invasión alemana de Checoslovaquia.
Está claro que los polacos muy pronto se dieron cuenta de que ni los franceses ni los británicos les iban a ayudar, en caso de que les invadieran los alemanes. Hitler también se dio cuenta de las intenciones de los aliados y empezó a dejar de importarle su pacto con Polonia. Sobre ese tema, ya escribí un artículo, dedicado a la vida del general polaco Josef Beck.
Evidentemente, los aliados, se encontraban muy molestos con la postura de Polonia, aunque la seguían considerando como una nación aliada. Es posible que ahí estuviera la razón por la que los aliados no movieron un solo dedo, cuando los alemanes decidieron invadir Polonia. Tal y como ya habían hecho antes con Checoslovaquia y con Austria.
Como consecuencia del pacto de mutua defensa entre Francia y el Reino Unido, éste último envió la llamada Fuerza Expedicionaria Británica a territorio francés. Esta fuerza estaba compuesta por 10 divisiones al mando del general Vereker, vizconde de Gort.
En su zona de despliegue, coincidieron con la totalidad del Ejército belga y los cuerpos 1, 9 y 10 del Ejército francés. Consideradas como las mejores unidades de Francia
No es un secreto que, en Francia, la opinión pública no estaba por meterse en un conflicto de tanta envergadura, como lo fue la I Guerra Mundial. Así que el Estado Mayor francés ideó la llamada Línea Maginot. Se trataba de una línea fortificada a conciencia, que ocupaba toda la frontera entre Francia y Alemania. Sin embargo, no se había construido ni en la frontera con Suiza, ni en la de Bélgica.
Dicen que no lo hicieron para no molestar a esos países, sin embargo, eso fue un fallo garrafal por su parte.
Otro fallo enorme, por parte de los aliados, fue no abrir un segundo frente con Alemania, mientras estos atacaban Polonia. Algo que hubiera contrariado mucho al Estado Mayor alemán, pues siempre han sido reacios a luchar en dos frentes a la vez. Por no disponer ni de tropas, ni de una logística suficiente para ello.
Francia movilizó a todo su Ejército, pero se limitaron a vigilar la frontera. Es lo que en ese país se llamó “la guerre drôle” o guerra tonta, porque nadie sabía qué hacían allí sin pegar un solo tiro.
Sin embargo, el 10/05/1940, Alemania se decidió por atacar a Bélgica con el fin de entrar en Francia a través de ese país, flanqueando la Línea Maginot.
En una decisión muy lamentable, el Gobierno belga, se había opuesto a que las tropas extranjeras de cualquier nación se asentaran en su país.
No se sabe si por un estúpido orgullo nacional o para no molestar a los alemanes. Lo cierto es que, cuando les atacaron, estos hallaron el camino expedito, porque el Ejército belga no podía compararse, ni de lejos con el alemán.
El general von Manstein, uno de los mejores estrategas del Ejército alemán, había ideado un plan para colarse en Francia a través del bosque de las Ardenas, del cual, los generales franceses, habían creído como muy poco apropiado para una invasión militar y mucho menos con vehículos blindados.
Así, cuando los alemanes invadieron Bélgica y Holanda, las tropas británicas y francesas penetraron en Bélgica, bordeando la costa y eludiendo el paso por las Ardenas.
Así que en poco más de una semana, las divisiones acorazadas alemanas, habían recorrido más de 300 km, consiguiendo atravesar el Mosa y llegar hasta la costa atlántica francesa, a la altura de Calais. De esa forma, rodearon a las tropas aliadas, que combatían en ese sector. Nada menos que medio millón de soldados, aparte de miles de vehículos de todo tipo.
Supongo que todo el mundo conocerá que los alemanes pudieron recorrer esa distancia en tan poco tiempo, porque habían sido drogados por sus mandos a fin de que aguantaran más tiempo despiertos y en buena forma, conduciendo sus blindados.
Lo cierto es que el mando aliado no sabía qué hacer. Por una parte, Holanda y Bélgica, se rindieron el 20 de mayo. No había ninguna posibilidad de romper ese cerco, donde seguían siendo hostigados por la Artillería y la Aviación alemanas.
Ciertamente, el almirantazgo británico, había previsto un plan de evacuación de tropas, pero reconocían que, con los medios disponibles, no podrían sacar de allí a más de 50.000 soldados.
Algo ocurre el 23 de mayo, pues, por una parte, el general Gort anuncia que ha dado la orden para evacuar a sus tropas. Esto desconcierta a los generales franceses.
Por otra, el Alto Mando alemán, ordena a sus blindados que no se ceben con esas tropas aliadas y se dirijan hacia el sur de Francia, para tomar toda la costa atlántica. Algo que los generales alemanes hacen a regañadientes.
La verdad es que esta decisión ha dado lugar a muchas conjeturas. Como la de que Hitler sólo querían enfrentarse con Francia y firmar una paz, por separado, con el Reino Unido. No olvidemos que la misma Casa Real británica tenía mucha relación familiar con Alemania. También es preciso decir que Hitler siempre admiró al Imperio Británico.
Lo cierto es que las tropas alemanas consiguieron vencer a los aliados asediados en Boulogne y en Calais, tomando unos 5.000 prisioneros en cada una. Sin embargo, la mayoría de las tropas aliadas fueron conducidas, por sus mandos, hasta Dunkerque, donde existía un buen puerto y la mayor playa de la zona, donde se podía realizar una evacuación más eficiente en el menor tiempo posible.
A partir de aquí, el día 26, comenzó la llamada Operación Dinamo, por la que se pretendía evacuar al mayor número posible de soldados aliados. Ese nombre corresponde al de la sala de operaciones de la Armada, desde dónde se coordinó esta operación, en el castillo de Dover, al mando del vicealmirante Ramsay.
Como esta operación había sido diseñada por el Almirantazgo británico, en un principio, sólo habían pensado evacuar a sus soldados y no a los pertenecientes a los otros aliados.
Evidentemente, esto no les hizo ninguna gracia a los franceses que, además, eran los únicos que se estaban enfrentando con los alemanes.
Ante la imposibilidad de lograrlo con los medios de la Armada, el Gobierno británico, incautó todas las naves cuya eslora superara los 9 metros y se les dio la orden de atravesar el Canal de la Mancha, ir hasta Dunkerque, recoger al mayor número posible de soldados y regresar a los puertos británicos.
Como medida de seguridad, se habilitaron tres rutas diferentes para realizar ese trayecto marítimo. Aparte de que se movilizaron varios destructores y cruceros para proteger con su artillería el reembarque de las tropas.
Esa misma noche, volvieron las primeras naves con soldados a Gran Bretaña. Los siguientes días, consiguieron reembarcar a miles de soldados, sin embargo, ya empezaron a ser atacados por la aviación alemana.
La Armada británica sufre en sus propias carnes la acción de esos bombardeos, pues los alemanes logran hundir varios de sus barcos. Por ello, se da la orden de que los destructores más modernos vuelvan a sus puertos y sólo queden allí los más antiguos, en previsión de que puedan ser hundidos.
El día 29, cuando se ha conseguido salvar a muchos miles de soldados, aparece un barco de guerra francés, que evacúa también a los suyos.
Los vehículos de esas divisiones quedan abandonados en la playa y con los mismos se hacen pasarelas y espigones para facilitar el reembarque de las tropas.
También colaboró la RAF en la defensa de las unidades navales, combatiendo contra los cazas y bombarderos alemanes.
Por fin, el día 30, las autoridades británicas se deciden a permitir el embarque de las tropas francesas. Todos los días se embarcan unos 50.000 soldados.
El día 31 se bate el record con unos 68.000 embarcados. Es también cuando se decide a reembarcar el general Gort.
La operación acaba la madrugada del 4 de junio, cuando se reembarca a los últimos soldados. Lógicamente, han dado prioridad a los británicos, con lo que casi todos ellos han conseguido salvarse. No así los franceses, que muchos, al ver que no los iban a rescatar, se han rendido o han huido del frente.
Así y todo, esa misma mañana, las tropas alemanas, consiguieron conquistar la playa y el puerto de Dunkerque, capturando allí a unos 40.000 soldados franceses.
Como suele ocurrir con los políticos, tras unas elecciones, todos se apuntaron la victoria. Por una parte, Hitler ordenó que sonaran todas las campanas de las iglesias de Alemania.
Por otra, Churchill, llamó a esto “El milagro de Dunkerque”, pues gracias a las miles de naves incautadas, consiguieron evacuar a unos 338.000 soldados. De ellos, 224.000 británicos, el resto se componía de tropas francesas, belgas y holandesas. Unos 98.000 en la playa y otros 240.000 en el puerto. Así y todo, los británicos tuvieron 70.000 bajas en Francia.
También es verdad que el premier británico dijo: "una guerra no se gana con una evacuación".
No obstante, a la Armada británica no le fue tan bien. Sólo en esta operación, perdió 9 destructores, más 89 mercantes y otros 200 barcos civiles.
Sin embargo, entre esta operación y la de Noruega, habían perdido más de la mitad de sus 175 destructores que poseían al inicio de la guerra.
Aparte de ello, las tropas evacuadas, abandonaron todo su material en la playa. El botín fue considerable: unos 1.200 cañones y otros tantos antiaéreos, 100 tanques y hasta unos 63.000 vehículos de todo tipo, más 77 Tm de municiones que quedaron en poder del enemigo.
A esto, que le podríamos calificar de una derrota para el bando aliado, Churchill, llegó a calificarla de “milagro” y le sirvió para reforzar la moral de combate entre sus propios ciudadanos.
Como ya dije, anteriormente, nunca sabremos exactamente por qué Hitler dio la orden de no aniquilar a las tropas embolsadas en Dunkerque. Eso hubiera sido muy fácil para sus tropas, actuando conjuntamente con la Aviación. Sin embargo, no se hizo y esa fue una de las decisiones que le costó perder la guerra a Alemania.

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domingo, 3 de febrero de 2019

LA PIEDRA DEL DESTINO


Todos sabemos que los ingleses son muy dados a conservar sus tradiciones. Así que la monarquía británica no podía ser menos y también tiene la misma costumbre.
Así que, durante la ceremonia de la coronación de un nuevo rey, se pueden ver una serie de elementos, que se utilizan para este rito a fin de hacer ver que es algo sagrado. Otra cosa será que la gente se lo crea o no. Parece que en el Reino Unido todavía hay mucha gente que cree en esas cosas.
Lo cierto es que siempre ha habido dos cosas de este rito que me han llamado la atención. Una de ellas, es el llamado rubí del Príncipe Negro, que está engarzado en el centro de la llamada Corona Imperial del Estado.
Se trata de un enorme rubí que, según parece, fue regalado por Pedro I el cruel, rey de Castilla,
al Príncipe Negro, también Príncipe de Gales, por su ayuda en la guerra contra su hermanastro, el futuro Enrique II de Castilla.
Sin embargo, hoy voy a hablar de otro elemento usado en la coronación real. Me refiero a la llamada Piedra del destino.
Ya sé que a muchos les va a parecer un tanto raro lo que voy a contar, pero es completamente cierto.
El objeto en cuestión es una simple piedra, pero ahora veremos por qué le dan tanta importancia a la misma.
Se trata de un bloque de forma rectangular, cuyas dimensiones son 66 cm x 42,5 cm x 26,5 cm. Pesando casi 152 kgs. Está realizada con una roca del tipo arenisca rojiza.
En la carta anterior, tiene grabada una cruz latina y también tiene dos argollas. Una insertada en la parte de arriba y otra en la parte de abajo de la cruz, cuyo posible fin era facilitar el transporte de la misma.
Lo cierto es que no se conoce el origen de la misma. Hay hasta quien se aventura a decir que fue donde Jacob apoyó su cabeza, según aparece en el Génesis, después de haberse peleado con su hermano Esaú. Parece ser que Jacob se quedó dormido y tuvo la visión de unos ángeles subiendo y bajando del Cielo por medio de una enorme escalera.
También hay quien afirma que se trata de una piedra utilizada para la ceremonia de coronación de los reyes de Escocia y que fue traída desde Irlanda. Sin embargo, los geólogos la han estado estudiando y han llegado a la conclusión de
que se trata de una roca extraída de una cantera cercana a la abadía de Scone, que es donde, tradicionalmente, se custodiaba.
Esta abadía estaba situada a poca distancia de la ciudad escocesa de Perth. Fue construida a principios del siglo XII y, por ello, también es conocido este objeto como “Piedra de Scone”.
Tras una de sus varias campañas contra los escoceses, Eduardo I de Inglaterra, se llevó esta piedra a Londres. Supongo que lo haría para que no pudieran coronar más reyes en Escocia, pero fracasó, porque siguieron haciéndolo.
Hay que decir que éste fue un rey muy curioso. Se empeñó en unificar Gran Bretaña y, durante todo su reinado, mantuvo guerras contra los galeses y luego contra los escoceses.
En el primer caso, tuvo mucho éxito, pues consiguió anexionar Gales a Inglaterra. De hecho, fue el creador del título de Príncipe de Gales.
Por lo visto, los galeses, le dijeron que no podrían obedecer a ningún rey que no hubiera nacido en Gales. Así que llevó a la reina, que estaba embarazada, a que diera a luz en Gales. De ese modo, su hijo, Eduardo II, fue el primer príncipe de Gales, siendo proclamado como tal por su padre en 1301.
No tuvo tanto éxito en sus guerras contra los escoceses. Los derrotó en diversas ocasiones, pero eso no hizo que se sintieran vencidos, sino que sólo consiguió que se reorganizaran continuamente nuevos focos de resistencia contra sus tropas.
También, a causa de sus constantes guerras, exprimió a los financieros judíos. Por lo visto, a cambio, les había dejado practicar la usura contra la población. Sin embargo, llegó un momento en que la presión popular llegó a ser máxima y en
1290, ordenó la expulsión de todos los judíos de su reino. Norma que no fue derogada hasta el siglo XVII. Por lo visto, Eduardo I, aprovechó para quedarse con todos los bienes que les fueron incautados.
Volviendo al tema de hoy, Eduardo I, dejó esta piedra en la famosa Abadía de Westminster y, en 1296, ordenó que se construyera un trono, al que llamaron “Silla de San Eduardo”, donde colocaron la citada piedra en un lugar ubicado bajo el asiento del mismo.
Por otra parte, siempre han existido teorías acerca de que los frailes escoceses no les dieron la piedra auténtica a los soldados ingleses, sino que la escondieron en un río o que la enterraron al borde de una colina. Se basan en que las descripciones de la misma, que figuran en obras medievales, no coinciden con las características actuales de esa piedra.
A pesar de que Inglaterra firmó varios tratados con Escocia, donde se comprometían a devolverles su piedra, lo cierto es que nunca lo hicieron.
Así que, desde entonces, todos los reyes de Inglaterra han sido coronados en ese trono y con la piedra debajo de ellos. También los de Escocia, pero sólo a partir del siglo XVII, cuando se unieron los dos reinos.
Sin embargo, algo ocurrió en 1950. El día de Navidad, cuatro estudiantes escoceses, procedentes de la Universidad de Glasgow, consiguieron entrar en la Abadía de Westminster y llevarse esta piedra. Por lo visto, se trataba de unos chicos que pertenecían a una organización, que proponía restaurar el Parlamento escocés, como germen para ir hacia la independencia de Escocia.
Realmente, trataban de crear un nuevo estado de opinión entre la población de Escocia. A fin de que se empezara a discutir sobre sus posibilidades para lograr la independencia. Para ellos, esa piedra no podía estar ahí, pues era algo que daba a entender que el rey de Inglaterra 
también era el soberano de Escocia.
Desgraciadamente, al intentar sacar la piedra de debajo del trono, ésta se partió en dos trozos, debido a su peso. No obstante, se llevaron los dos y los metieron en un coche que les estaba esperando en la puerta.
Parece ser que ésta era tan pesada, que optaron por enterrarla en un jardín en la zona de Kent, mientras pensaban como llevarla hasta Escocia.
Por lo visto, dos de los ladrones, optaron por llevarse el trozo más pequeño. Para ello, tomaron un tren en dirección a Escocia.
Increíblemente, llegaron a su destino sin ningún problema. A pesar de que, cuando se descubrió el robo, las autoridades cortaron todas las comunicaciones entre Inglaterra y Escocia. Cosa que no se había hecho en varios siglos.
Según parece, los ladrones regresaron unos quince días después. Recuperaron el trozo mayor de la piedra, que había sido enterrado en Kent, y regresaron con él a Glasgow.
Posteriormente, contrataron a un cantero para que uniera los dos trozos de la piedra y la volvieron a esconder.
La policía británica se dedicó a buscar la piedra, pero no tuvo éxito en sus pesquisas. No obstante, en aquella época, se había hecho muy famoso un vidente holandés, conocido como Peter Hurkos, así que, en abril de 1951, lo contrataron para ayudarles.
Por lo visto, los agentes sólo le mostraron la palanca con la que los jóvenes habían removido la piedra. Aunque parezca increíble, con este único dato, fue capaz de describir perfectamente a los autores del delito. Así que, al día siguiente, sus retratos robot fueron publicados en todos los diarios británicos.
Parece ser que eso fue lo que llevó a los jóvenes a que, sólo unos días después, dejaran la piedra en el altar mayor de la Abadía de Arbroath, dedicada a Santo Tomás Becket y, actualmente, en ruinas.
No fue un sitio escogido al azar. Precisamente, allí fue donde se firmó la declaración de independencia de Escocia, en 1320.
Posteriormente, llamaron a la Policía para que fuera a recogerla. Eso fue justo a tiempo, porque el rey Jorge VI, que ya se hallaba muy enfermo, murió en febrero de 1952 y, unos meses más tarde, fue coronada su hija, Isabel II.
Aunque parezca una tontería, si no la hubieran devuelto, hubieran puesto en peligro su coronación.
Otra cosa muy curiosa es que, aunque llegaron a detener e interrogar a todos los implicados en el robo, sin embargo, no quisieron procesarles. Supongo que no lo harían para no enturbiar aún más las relaciones entre Inglaterra y Escocia.
Parece ser que este suceso hizo que, en Escocia, se tratara a estos jóvenes como a unos héroes. Incluso, el Partido Nacionalista Escocés, que se encontraba en sus horas bajas, recibió muchos votos en las siguientes elecciones. Es posible que este fuera el motivo por el que les devolvieron la piedra en 1996.
Dado que ya no existe la Abadía de Scone y, en su lugar, se construyó un palacio en el siglo XIX, la piedra ha sido depositada en el Castillo de Edimburgo, con la condición de que tiene que ser devuelta a Westminster cada vez que se vaya a realizar una nueva coronación real.
El día 30/11/1996, día de San Andrés, la piedra fue llevada en solemne procesión, escoltada por las tropas del Ejército, desde el palacio de Holyrood hasta el castillo de Edimburgo. Este palacio era la residencia habitual de los reyes de Escocia.
Previamente, se hizo una parada en la catedral de Saint Giles, donde el sacerdote oficiante expresó que el regreso de la piedra “fortalecería el orgullo distintivo de la gente de Escocia”.
Posteriormente, el cortejo llegó hasta el castillo de Edimburgo, donde, el príncipe Andrew, en representación de la reina, hizo entrega oficial de la piedra al secretario de Estado de Escocia y ésta fue colocada en el gran salón, sobre una pequeña mesa de roble, situada frente a la chimenea.
Igualmente, se le rindieron los honores reservados a los jefes de Estado, disparando 21 salvas de artillería, tanto desde una batería situada en el castillo, como desde un barco anclado en el puerto.
Por supuesto, se respetaron escrupulosamente todas las formalidades. En aquella ocasión, en lugar de izar la bandera escocesa en la torre más alta, en su lugar, se colocó la bandera del Reino Unido, por hallarse dentro del castillo el hijo de la reina, en representación de su madre.
En la actualidad, para prevenir posibles robos o daños a la piedra, ésta se encuentra dentro de una urna, realizada con un cristal blindado y rodeada por una gran cantidad de dispositivos de alarma.


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domingo, 27 de enero de 2019

EL MARISCAL PETAIN, DE HÉROE A TRAIDOR


Nuestro personaje sigue siendo muy controvertido al día de hoy. Por eso mismo, unos lo siguen viendo como héroe, mientras que otros lo ven como un traidor.
Phillippe Pétain nació en 1856, en la pequeña localidad de Cauchy-à-la-Tour, cercana al famoso puerto de Calais.
Ingresó en la prestigiosa academia militar de Saint Cyr y, en 1870, mientras estudiaba en ese centro, tuvo lugar la humillante derrota militar de Francia ante Alemania.
Pasó toda su vida de cuartel en cuartel. En aburridos destinos por toda Francia. Por ello, sólo pudo ascender a coronel cuando ya había cumplido los 57 años.
Sin embargo, en 1914, con la llegada de la I Guerra Mundial, cambió radicalmente su vida. Pasó de ser un militar casi desconocido a ser “el salvador de Francia”.
Dicen que: “No hay feria mala. Donde unos pierden, otros ganan”. Eso ocurrió con este personaje, la llegada de la Gran Guerra fue toda una bendición para él, aunque para la mayoría de la gente fuera lo más parecido al Infierno.
Tras una serie de pequeñas victorias, que le valieron el ascenso al generalato, de repente, le tocó lidiar con el problema de Verdún.
Esta plaza era un sitio muy estratégico, y eso lo sabían tanto los franceses como los alemanes. Era el centro neurálgico de la defensa francesa y la llave para llegar a París. Por eso mismo, estaba bien dotado de fortificaciones, armamento y personal suficiente para aguantar una típica embestida de las fuerzas alemanas, pero no para hacer frente a una
buena parte del total del Ejército alemán.
La batalla se dio entre febrero y diciembre de 1916. Las dos partes echaron el resto y llegaron a combatir 1.000.000 de soldados en cada bando. Se calcula que, en total, se produjeron unas 700.000 bajas. Entre muertos y heridos.
Se podría decir que esta batalla quedó “en tablas”, pues los alemanes no consiguieron avanzar más dentro del territorio francés. Sin embargo, los franceses, tampoco progresaron dentro del territorio alemán.
La gran virtud de Pétain fue contagiar su optimismo a unos soldados franceses, que se hallaban completamente desmoralizados, después de una serie de derrotas consecutivas.
Unos dicen que se ganó el aprecio de sus soldados, con su famosa frase: “On les aurà!” (Les tendremos). Por el contrario, otros dicen que fue demasiado cruel con los que pretendieron retirarse, huir o rendirse.
Parece ser que, en toda la I Guerra Mundial, se tiene constancia de que el Ejército francés fusiló a 825 de sus miembros. La mayoría de los casos fue por amotinamiento. Argumentaban que, con ello, pretendían influir en la moral de la tropa. Parece ser que, al día de hoy, los sucesivos gobiernos de Francia, se han negado a rehabilitar la memoria de estas víctimas. Por lo visto, algunos de ellos eran menores de edad.
Como siempre ocurre en estos casos, las medallas se las suele llevar el que no combate en las batallas. En este caso, todos los parabienes fueron para Pétain, el cual fue nombrado, sucesivamente, jefe de un Cuerpo de Ejército, jefe del Estado Mayor de Francia y, por fin, jefe de todo el Ejército francés, con el rango de mariscal de campo.
Así que, en la posguerra, en lugar de pensar en retirarse, siguió recibiendo todo tipo de honores. Tales como los de vicepresidente del Consejo Supremo de la Guerra, Inspector general del Ejército o comisionado francés para colaborar con el Ejército español en la Guerra de África.
Con 78 años, llegó a ser ministro de la Guerra y, 5 años más tarde, fue nombrado embajador de Francia en España, tras la victoria franquista.
La verdad es que a nosotros nos vino muy bien que este hombre hiciera amistad con Franco, porque, como ya conté en otro de mis artículos, esa amistad sirvió para que recuperáramos algunos objetos artísticos muy valiosos, como la Dama de Elche, que estaban depositados en Francia, debido a un intercambio cultural entre ambos países.
Tras la ignominiosa derrota de Dunkerque, fue llamado por el presidente francés, Paul Reynaud, para formar parte de su Gobierno. Con el fin de que elevara la moral de sus tropas.
Sin embargo, como siempre, los alemanes les tomaron la delantera y, en sólo una semana, derrotaron al Ejército francés, abriéndose paso hacia París.
Por aquella época, el famoso general De Gaulle, era un miembro secundario del Gobierno. Fue uno de los más firmes partidarios de un plan con el que se pretendía evacuar a la mayoría de las tropas francesas hasta sus colonias del norte de África. Todo ello, acompañados de abundantes recursos financieros, como todas las reservas de oro depositadas en el Banco de Francia.
Sin embargo, Pétain y el inútil del general Weygand se opusieron a ello, alegando que esa retirada comprometería a las tropas y a los civiles que se quedaran en Francia.
Parece ser que, a mediados de junio, Churchill, se reunió con el Gobierno francés. Los galos le pidieron que trasladara el grueso del Ejército británico a Francia, pero Winston se negó a ello. En cambio, les propuso que dispersaran los restos del Ejército francés y lo utilizaran en una guerra de guerrillas. Algo que tampoco gustó mucho a los galos.
Tampoco les gustó nada otra propuesta de los británicos. Les pidieron evacuar la flota francesa hacia los puertos de Gran Bretaña.
Por último, en un alarde de imaginación o de ingenuidad, Churchill, les propuso hacer de Francia y el Reino Unido un solo país, cuya capital estaría en Londres. Como es lógico, esto no les hizo ninguna gracia a los gobernantes franceses. Así que ambas partes se retiraron sin llegar a ningún acuerdo.
Después de esto, dimitieron la mayoría de los miembros del Gobierno francés y se impuso la idea de Pétain, que era la de quedarse en Francia, argumentando que así podrían hacer más llevadera la ocupación alemana.
Sin embargo, el primer ministro, Reynaud, no estuvo conforme y dimitió. De esa forma, Pétain, fue nombrado nuevo presidente del Gobierno por Albert Lebrun, presidente de la III República Francesa.
Lo primero que hizo Pétain fue pedir, el 17 de junio, el armisticio a los alemanes. No olvidemos que estos habían ocupado París 3 días antes y el Gobierno francés había sido evacuado a Burdeos.
Ese fue el comienzo del desencuentro entre nuestro personaje y el general De Gaulle, que se exilió en Londres para encabezar lo que él denominó la “Francia libre”.
Antes de seguir, he de decir que, aunque el Ejército francés estaba considerado como el más numeroso de Europa, después del soviético, y el mejor preparado, sucumbió de una forma humillante ante los invasores alemanes.
Debo confesar que Marc Bloch es uno de mis autores favoritos. Fue un gran historiador francés, que se dedicó, principalmente, a la época medieval.
Sin embargo, como combatió en la I Guerra Mundial y era oficial en la reserva, su gran patriotismo le llevó a presentarse como voluntario para luchar de nuevo contra los alemanes. A pesar de haber superado los 50 años.
Parece ser que esta abrumadora derrota le llenó de interrogantes, cuya meditación dio lugar a muchas conclusiones, que plasmó en su famoso libro “La extraña derrota”.
Seguro que su lectura levantó ampollas en la piel de más de uno. Él achacó esta derrota a la incapacidad de los mandos, encabezados por unos generales ya ancianos, y por una burocracia militar, que se mostró de una forma absolutamente incompetente.
También es verdad que el pueblo francés nunca quiso meterse en una guerra de tal calibre, pues todavía se estaba curando las heridas de la pasada guerra mundial, que se había
llevado por delante a varias generaciones de franceses.
Desde luego, la derecha, no estaba por luchar, sino por pactar. Además, parecían no ver en los alemanes a unos enemigos, sino a unos colaboradores en la lucha contra los movimientos obreros. No olvidemos que en Francia también existían, como en España, un Frente Nacional y otro Popular.
Por otra parte, los comunistas, siempre dispuestos a acatar las órdenes venidas desde Moscú, en un principio, tampoco se quisieron enfrentar a los alemanes, pues, en ese momento, todavía eran aliados de los soviéticos. De eso no quieren acordarse, pero lo cierto es que no movieron un dedo contra ellos hasta que estos se decidieron a invadir la URSS.
Sin embargo, en el caso de Bloch, siguió luchando en la Resistencia, pero tuvo la mala fortuna de ser detenido y torturado cruelmente por la Gestapo.  Fue fusilado por los alemanes a mediados de junio de 1944. A pesar de que los judíos fueron perseguidos en Francia y él era uno de ellos, su testamento, finaliza con estas palabras: “…me he sentido toda la vida, ante todo, simplemente francés”. Toda una lección para muchos que, hoy en día, aun siendo españoles, dicen que no quieren serlo.
Lo cierto es que el Ejército francés sufrió una de sus mayores derrotas. En sólo 5 semanas de combates habían sufrido 92.000 muertos, 250.000 heridos y nada menos que 2.000.000 de prisioneros. La mitad de ellos, continuaron, durante toda la guerra, custodiados, en calidad de rehenes, por los alemanes.
El armisticio se firmó en el famoso vagón de tren, situado en Compiègne, donde también se había firmado, en 1918, la capitulación alemana.
Tras ese acto, Francia, se dividió en dos. La zona norte y toda la costa del Atlántico hasta los Pirineos, quedó en poder de los alemanes. El resto, la llamada Francia no ocupada, quedó bajo el Gobierno colaboracionista de Pétain, el cual eligió la ciudad balnearia de Vichy, como sede central del nuevo Estado.
Curiosamente, el nuevo régimen adoptó una serie de medidas, que daba plenos poderes a Pétain. Sin embargo, jamás disolvió las dos cámaras del parlamento, cuyos representantes siguieron cobrando, aunque nunca se reunieron. No obstante, ninguno protestó por ello.
Nuestro personaje siempre gobernó a base de decretos. Prohibió los partidos y los sindicatos y organizó una Policía política, que le permitió tener atenazada a la oposición.
También es verdad que Pétain se reunió con Hitler en octubre de 1940. El canciller alemán le pidió que uniera sus tropas a las del III Reich en la futura lucha contra el Reino Unido. Sin embargo, Pétain, le contestó que Francia no quería meterse en otra guerra y Hitler no consiguió convencerle de lo contrario.
Según parece, esta postura de Pétain vino dada, porque ya había pactado con Churchill a fin de que no volviera a atacar las colonias francesas en África. Tal y como ya publiqué hace unos años en este mismo blog.
A decir verdad, la mayoría de los franceses, aprobó de una manera expresa o tácita su política, porque, durante los primeros años, no les molestaron demasiado los alemanes.
Lo cierto es que hubo muchos miles de colaboracionistas en Francia. No voy a decir que lo fuera, pero, aunque parezca mentira, el famoso escritor y filósofo francés, Jean Paul Sartre, escribió en 1945: “Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana” (La República del silencio). Supongo que él sabría por qué lo dijo.
Lógicamente, en 1941, tras la invasión de la antigua URSS, los comunistas franceses, volvieron a obedecer las consignas de Moscú e ingresaron en la Resistencia. Así que, a partir de entonces, empeoraron las relaciones entre invadidos e invasores.
Posteriormente, en el otoño de 1942, tras producirse el desembarco de los aliados en las posesiones francesas del norte de África, Hitler ordenó la ocupación de todo el territorio de la Francia metropolitana.
Aparte de ello, los alemanes, presionaron y consiguieron que aumentara exponencialmente el número de trabajadores franceses forzados, cuyo destino eran las fábricas alemanas.
Incluso, se creó la Milicia Francesa, integrada por fascistas de ese país, cuya misión era reprimir duramente a los miembros de la Resistencia, causándoles miles de bajas.
No sé si sería para congraciarse con los alemanes. Lo cierto es que, en aquel momento, había unos 70.000 presos en las cárceles francesas y los jueces ordenaron la ejecución de 10.000 de ellos. Incluso, los mismos ocupantes, exigieron el fusilamiento de 10 presos por cada soldado alemán que muriera a manos de la Resistencia.
Al mismo tiempo, el Gobierno francés, ordenó la deportación de unos 150.000 judíos a los campos de Alemania, de los que sólo regresaron alrededor del 10% de los mismos. En cambio, cedieron a miles de familias cercanas al régimen, los bienes que habían sido confiscados a los judíos. Parece ser que hasta la misma compañía ferroviaria francesa (SNCF) cobró una fuerte suma, pagada por Alemania, por realizar esos traslados.
Tras el célebre Desembarco de Normandía, en junio de 1944, el Gobierno francés, pretendió ir desembarazándose de los alemanes. Sin embargo, no lo consiguieron y fueron trasladados a Alemania. No obstante, Pétain, consiguió llegar a Suiza.
Sin embargo, en una decisión muy poco acertada, volvió a Francia, para someterse al proceso contra el anterior Gobierno de Francia, iniciado en el Tribunal Supremo.
Parece ser que no fue un juicio muy imparcial, pues, como en Nürenberg, en el tribunal sólo se sentaron miembros del bando vencedor, mientras en el banquillo sólo figuraban los vencidos.
La vista duró desde finales de julio hasta mediados de agosto. Sólo al final de la misma, Pétain, accedió a defenderse, argumentando que se había quedado en su país para atenuar los sufrimientos de los franceses ante la ocupación alemana. Terminó su alocución diciendo: “…durante toda una vida, ya larga, y llegado por mi edad, al umbral de la muerte, puedo afirmar que jamás he tenido otra ambición que servir a Francia”.
Su sentencia se conoció a las 4 de la madrugada del 15/08/1945. El peso de la condena radicaba en que había accedido al poder con el único objetivo de firmar el armisticio. Eso lo calificaron como traición.
A la vista de ello, los jueces, que le habían condenado a muerte, también solicitaban que se conmutara su pena por la de cadena perpetua. Aparte de ello, le fueron confiscados todos sus bienes, recompensas y también fue expulsado del Ejército.
En un principio, y a pesar de haberse convertido en un civil, y ya con 89 años, fue encerrado en la prisión militar del Portalet, en la zona pirenaica. Posteriormente, fue trasladado a la prisión militar de la isla de Yeu, en pleno Atlántico, a pocos kilómetros de la ciudad de Nantes.
Allí estuvo hasta que falleció en julio de 1951, a los 95 años de edad. Parece ser que acudieron a su entierro varios millares de personas venidas de toda Francia.
Aunque su deseo hubiera sido ser enterrado en uno de los cementerios para las víctimas de la batalla de Verdún, todos los gobiernos franceses se han negado a ello y su cuerpo permanece sepultado en el pequeño cementerio de esta isla. Sin embargo, no le negaron poder ser enterrado con su uniforme militar.

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