No hará falta que os diga que
este artículo está muy relacionado con el de John Wycliff y a continuación
veréis por qué digo esto.
El 29/03/1511 tuvo lugar en
Londres, el entierro de un bebé llamado Stephen, el cual sólo había vivido 5 semanas.
Su padre era un rico comerciante
de telas, llamado Richard Hunne, del que, lamentablemente, no disponemos de ningún retrato. El funeral se realizó en la antigua iglesia de
St. Mary Matfellon, en el famoso barrio de White Chapel. El mismo barrio donde,
siglos más tarde, cometió sus crímenes Jack el destripador.
No busquéis esta iglesia en
Londres, porque ya no existe. Fue destrozada por los bombardeos alemanes, durante
la II Guerra Mundial y, por ello, posteriormente, fue demolida.
El padre se negó a ello. Primero,
porque era una prenda muy cara. Segundo, porque, a pesar de que, según las
leyes canónicas, el cura tenía derecho a la posesión más valiosa del fallecido,
Richard no lo vió así. Argumentó que, según las leyes civiles, ni los niños, ni
los fallecidos, poseen bienes propios. Así que el propietario de ese vestido
era el padre y no se lo iba a regalar al cura.
No vayáis a pensar que Hunne era
un tipo avaro o algo por el estilo, pues tenía fama de ayudar a los pobres. Sin
embargo, parece que los curas no le gustaban mucho.
Por si no lo sabéis, a partir de
la llegada de la peste, a mediados del siglo XIV y el comienzo de un enfriamiento
generalizado, conocido como la Pequeña Edad del Hielo, las creencias de la
gente experimentaron un fuerte retroceso sobre las religiones tradicionales y
muchos de ellos se afiliaron a otras nuevas, que, posteriormente, se
calificaron como herejías.
Es algo normal, porque la gente
veía que se iban muriendo sus familiares y sus oraciones no servían para
aplacar esas epidemias.
Tampoco olvidemos que, en aquella
época, había una gran controversia sobre cuál de los dos Derechos tenía
preferencia sobre el otro: el del rey o el del Papa.
Lo cierto es que, en aquel
momento, según parece, la gente no estaba muy contenta con la Iglesia. Así que
también se estaba debatiendo en el Parlamento una ley para que los miembros del
clero pudieran ser procesados a través de los tribunales ordinarios.
Parece ser que el sacerdote
Dryffeld no quiso que la cosa se quedara así y denunció a Hunne ante el
tribunal episcopal de Lambeth. Para asombro del demandante, el juez no atendió
la petición de excomunión y sólo obligó a Hunne a entregar el vestido o su
valor monetario.
Así que Hunne denunció al
capellán, llamado Marshall, por haberle calumniado en público y poner en juego
su honor. Hay que recordar que Hunne no había sido excomulgado.
Se citaron muchas personas para comparecer
ante ese tribunal. Entre ellos, los implicados en el juicio canónico, el responsable
de ese tribunal y hasta el mismo William Warham, arzobispo de Canterbury. Sin embargo,
hay que aclarar un dato muy importante. Este último, aparte de tener ese cargo,
también, en ese momento, era el
canciller del rey Enrique VIII de Inglaterra. O sea, que, al menos, teóricamente, los jueces civiles estaban a sus órdenes.
El argumento del abogado de Hunne
era muy fuerte, porque alegaba que ningún súbdito inglés, siguiendo las normas
de Praemunire, podría recurrir a un tribunal eclesiástico y sería un traidor si
lo hiciera así, para un asunto que se podría solucionar en los tribunales
civiles.
Parece ser que la estrategia
seguida por los jueces fue aplazar continuamente el juicio a base de pedir más
y más pruebas. Es posible que tuvieran la esperanza de que, al final, Hunne se
aburriría, porque el juicio le iba a salir muy caro.
También el Papa se hallaba pendiente
de esa ley, que se acababa de aprobar en los Comunes para poder procesar al
clero en los tribunales civiles de Inglaterra.
En octubre de 1514, Hunne, fue
acusado de herejía y, por ello, encarcelado en la Torre Lollards, la cárcel del
obispo de Londres, situada cerca de la antigua catedral gótica de San Pablo.
Esta ya no existe, fue destruida durante el incendio de 1666 y tuvo que ser
demolida.
Por lo visto, esa torre se
llamaba así, porque era donde solían encerrar a los lolardos antes de llevarlos
a la hoguera. Ya mencioné a este movimiento en mi artículo sobre John Wycliff.
A lo mejor, todo esto os ha
parecido un poco rollo, pero os prometo que ahora viene lo más interesante.
El 04/12/1514, un carcelero
llamado Peter Turner, acompañado por dos clérigos, subió las escaleras de la torre, donde estaba
preso Hunne. Al abrir la puerta de su celda, encontró a Hunne, que se hallaba
ahorcado, colgado de un cinturón negro.
No se libró el infortunado Hunne
del juicio, que se iba a celebrar una semana después. El obispo se empeñó en celebrarlo
a fin de probar la culpabilidad del fallecido.
Se llamó a un grupo de testigos
y, por último, se mostraron una serie de pruebas, entre las que estaba la
famosa Biblia de Wycliff, que, según se dijo, se había hallado oculta en su
casa. O sea, que también se le acusó de ser un lolardo, es decir, un hereje.
Por ello, el 16 de diciembre, el
obispo de Londres lo declaró culpable y entregó el cuerpo a la Justicia civil
para que procediera a ejecutar la sentencia. Así que, el día 20, el cuerpo de
Hunne fue quemado en un lugar de las afueras de Londres.
Ya sabéis que la Iglesia nunca
ejecutaba a nadie. Los condenaba a muerte y luego los pasaba a las autoridades
civiles para que ejecutaran la sentencia.
Dado que el difunto era una
persona muy querida entre sus vecinos y sus colegas de profesión, la cosa no
quedó ahí. La justicia ordinaria tomó cartas en el asunto y, tras largas
investigaciones, se demostró que la causa de la muerte no había sido un suicidio,
sino un asesinato.
Fueron acusados de este crimen
Charles Joseph, funcionario del tribunal eclesiástico; el campanero y carcelero Spalding y
Horsey, canciller del obispo. Los tres confesaron más tarde.
En el caso de Hunne, no se sabe
de dónde vino la orden. Lo cierto es que ellos pensaban que el reo pertenecía a
una trama y querían saber quiénes eran el resto de sus cómplices.
Parece ser que intentaron
torturarle metiéndole un alambre por la nariz, seguramente, se les fue la mano
y se asustaron al ver que sangraba mucho. Por lo visto, como lo habían cogido
entre los tres y aunque el preso tenía las manos atadas, forcejeó y uno de
ellos le rompió el cuello.
Así que intentaron recomponer la
escena lo mejor posible. Colgaron el cadáver de Hunne por el cuello, por medio
de su cinturón negro. Hasta le cerraron los ojos, le peinaron y le colocaron su
gorra.
Sin embargo, dejaron muchos detalles
a causa de los cuales se vio enseguida que no era un simple suicidio. La
banqueta sobre la que, presumiblemente, se había subido el preso, no estaba en
el suelo, sino encima de su cama.
Aparte de eso, no limpiaron el charco de sangre que quedó en el suelo, ni la mancha que había en su chaqueta.
Incluso, parece ser que, con las prisas,
uno de los asesinos se dejó allí una de sus prendas.
Parece ser que el carcelero
Turner sospechaba que Hunne podría haber muerto y, por eso, pidió a dos
clérigos que lo acompañaran hasta la celda.
Hasta el mismo monarca, Enrique
VIII, quiso dar su opinión en este proceso y organizó un acto en el castillo de
Baynard, donde asistieron obispos, consejeros, jueces y diputados. Parece ser
que también lo hizo, porque estaba aumentando el descontento de la población
hacia los dirigentes de la Iglesia católica en Inglaterra.
La Cámara de los Comunes del
Parlamento intentó hacer una serie de proyectos de ley, para que no se
volvieran a repetir hechos de este tipo.
Uno de ellos fue el intento de
devolver a la familia de Hunne todos los bienes que le habían sido incautados a
éste, tras su detención.
Los otros proyectos consistían en
reformar los pagos a los sacerdotes por los ritos fúnebres y la anulación de
los fueros a los religiosos, que les permitían no tener que presentarse ante la
Justicia ordinaria.
Enrique VIII no quiso promulgar
ninguna de estas leyes. Supongo que lo haría, porque así podría presionar mejor
a la Iglesia de Inglaterra a fin de que se sometiera a su voluntad, que es lo
que, verdaderamente, necesitaba.
Realmente, ese monarca, que
siempre fue muy católico, nunca pensó en llevar la Reforma protestante a su
reino. Lo único que quería era tener bajo su mando a la Iglesia de su país y lo
consiguió.
Este caso es uno de los muchos
que aparecen en el famoso “Libro de los mártires”, publicado en 1563, cuyo
autor es John Foxe. En él se acusa a la Iglesia católica de miles de
ejecuciones y asesinatos sufridos en Inglaterra, cuando aún no se había
implantado el anglicanismo.







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