ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 3 de agosto de 2017

LA SOSPECHOSA MUERTE DE RICHARD HUNNE

El caso que traigo hoy al blog se refiere a uno de los acontecimientos que tuvieron lugar en Inglaterra, antes de la llegada de la Reforma Protestante, aunque ya reinaba allí el famoso monarca Enrique VIII. Más conocido, porque se dedicaba a ordenar la muerte de sus esposas.
No hará falta que os diga que este artículo está muy relacionado con el de John Wycliff y a continuación veréis por qué digo esto.
El 29/03/1511 tuvo lugar en Londres, el entierro de un bebé llamado Stephen, el cual sólo  había vivido 5 semanas.
Su padre era un rico comerciante de telas, llamado Richard Hunne, del que, lamentablemente, no disponemos de ningún retrato. El funeral se realizó en la antigua iglesia de St. Mary Matfellon, en el famoso barrio de White Chapel. El mismo barrio donde, siglos más tarde, cometió sus crímenes Jack el destripador.
No busquéis esta iglesia en Londres, porque ya no existe. Fue destrozada por los bombardeos alemanes, durante la II Guerra Mundial y, por ello, posteriormente,  fue demolida.
El sacerdote que oficiaba el funeral se llamaba Thomas Dryffeld. Éste, al final de la ceremonia, exigió como pago por sus servicios el vestido de bautizo con el que había sido
envuelto el cadáver del niño.
El padre se negó a ello. Primero, porque era una prenda muy cara. Segundo, porque, a pesar de que, según las leyes canónicas, el cura tenía derecho a la posesión más valiosa del fallecido, Richard no lo vió así. Argumentó que, según las leyes civiles, ni los niños, ni los fallecidos, poseen bienes propios. Así que el propietario de ese vestido era el padre y no se lo iba a regalar al cura.
No vayáis a pensar que Hunne era un tipo avaro o algo por el estilo, pues tenía fama de ayudar a los pobres. Sin embargo, parece que los curas no le gustaban mucho.
Por si no lo sabéis, a partir de la llegada de la peste, a mediados del siglo XIV y el comienzo de un enfriamiento generalizado, conocido como la Pequeña Edad del Hielo, las creencias de la gente experimentaron un fuerte retroceso sobre las religiones tradicionales y muchos de ellos se afiliaron a otras nuevas, que, posteriormente, se calificaron como herejías.
Es algo normal, porque la gente veía que se iban muriendo sus familiares y sus oraciones no servían para aplacar esas epidemias.
Tampoco olvidemos que, en aquella época, había una gran controversia sobre cuál de los dos Derechos tenía preferencia sobre el otro: el del rey o el del Papa.
De hecho, en 1393, Ricardo II de Inglaterra, promulgó el Gran Estatuto de Praemunire, por el que se podría castigar a todo aquel súbdito inglés, que acudiera a un tribunal eclesiástico para arreglar una demanda que podría solucionar un tribunal ordinario inglés. De hecho, lo que intentaba el rey de Inglaterra era alejar a la Iglesia de Roma de los asuntos de su reino.
Lo cierto es que, en aquel momento, según parece, la gente no estaba muy contenta con la Iglesia. Así que también se estaba debatiendo en el Parlamento una ley para que los miembros del clero pudieran ser procesados a través de los tribunales ordinarios.
Parece ser que el sacerdote Dryffeld no quiso que la cosa se quedara así y denunció a Hunne ante el tribunal episcopal de Lambeth. Para asombro del demandante, el juez no atendió la petición de excomunión y sólo obligó a Hunne a entregar el vestido o su valor monetario.
A finales de 1512, durante la fiesta de San Juan Evangelista, el mismo Hunne, volvió a entrar en esa iglesia, acompañado
por varios amigos. Allí lo vio el capellán de la misma y, parando la misa, que se estaba oficiando en esos momentos, dando voces le ordenó que se fuera de allí, como si lo hubieran excomulgado. Esto, en aquella época, era muy grave, porque nadie querría acercarse a Hunne, por el riesgo a padecer también la excomunión. Incluso, podría influir gravemente en sus negocios.
Así que Hunne denunció al capellán, llamado Marshall, por haberle calumniado en público y poner en juego su honor. Hay que recordar que Hunne no había sido excomulgado.
Se citaron muchas personas para comparecer ante ese tribunal. Entre ellos, los implicados en el juicio canónico, el responsable de ese tribunal y hasta el mismo William Warham, arzobispo de Canterbury. Sin embargo, hay que aclarar un dato muy importante. Este último, aparte de tener ese cargo, también, en ese momento,  era el canciller del rey Enrique VIII de Inglaterra. O sea, que, al menos, teóricamente,  los jueces civiles  estaban a sus órdenes.
El argumento del abogado de Hunne era muy fuerte, porque alegaba que ningún súbdito inglés, siguiendo las normas de Praemunire, podría recurrir a un tribunal eclesiástico y sería un traidor si lo hiciera así, para un asunto que se podría solucionar en los tribunales civiles.
Parece ser que la estrategia seguida por los jueces fue aplazar continuamente el juicio a base de pedir más y más pruebas. Es posible que tuvieran la esperanza de que, al final, Hunne se aburriría, porque el juicio le iba a salir muy caro.
También el Papa se hallaba pendiente de esa ley, que se acababa de aprobar en los Comunes para poder procesar al clero en los tribunales civiles de Inglaterra.
En octubre de 1514, Hunne, fue acusado de herejía y, por ello, encarcelado en la Torre Lollards, la cárcel del obispo de Londres, situada cerca de la antigua catedral gótica de San Pablo. Esta ya no existe, fue destruida durante el incendio de 1666 y tuvo que ser demolida.
Por lo visto, esa torre se llamaba así, porque era donde solían encerrar a los lolardos antes de llevarlos a la hoguera. Ya mencioné a este movimiento en mi artículo sobre John Wycliff.
A lo mejor, todo esto os ha parecido un poco rollo, pero os prometo que ahora viene lo más interesante.
El 04/12/1514, un carcelero llamado Peter Turner, acompañado por dos clérigos,  subió las escaleras de la torre, donde estaba preso Hunne. Al abrir la puerta de su celda, encontró a Hunne, que se hallaba ahorcado, colgado de un cinturón negro.
No se libró el infortunado Hunne del juicio, que se iba a celebrar una semana después. El obispo se empeñó en celebrarlo a fin de probar la culpabilidad del fallecido.
Se llamó a un grupo de testigos y, por último, se mostraron una serie de pruebas, entre las que estaba la famosa Biblia de Wycliff, que, según se dijo, se había hallado oculta en su casa. O sea, que también se le acusó de ser un lolardo, es decir, un hereje.
Por ello, el 16 de diciembre, el obispo de Londres lo declaró culpable y entregó el cuerpo a la Justicia civil para que procediera a ejecutar la sentencia. Así que, el día 20, el cuerpo de Hunne fue quemado en un lugar de las afueras de Londres.
Ya sabéis que la Iglesia nunca ejecutaba a nadie. Los condenaba a muerte y luego los pasaba a las autoridades civiles para que ejecutaran la sentencia.

Dado que el difunto era una persona muy querida entre sus vecinos y sus colegas de profesión, la cosa no quedó ahí. La justicia ordinaria tomó cartas en el asunto y, tras largas investigaciones, se demostró que la causa de la muerte no había sido un suicidio, sino un asesinato.
Fueron acusados de este crimen Charles Joseph, funcionario del tribunal eclesiástico; el campanero y carcelero Spalding y Horsey, canciller del obispo. Los tres confesaron más tarde.
Ya sabéis que en aquella época se solía utilizar la tortura para interrogar a los detenidos. Además, se trataba de una cosa legal, si se realizaba de acuerdo con unas determinadas condiciones. Precisamente, una de ellas era que no corriera la sangre y otra que no muriera el reo durante la misma.
En el caso de Hunne, no se sabe de dónde vino la orden. Lo cierto es que ellos pensaban que el reo pertenecía a una trama y querían saber quiénes eran el resto de sus cómplices.
Parece ser que intentaron torturarle metiéndole un alambre por la nariz, seguramente, se les fue la mano y se asustaron al ver que sangraba mucho. Por lo visto, como lo habían cogido entre los tres y aunque el preso tenía las manos atadas, forcejeó y uno de ellos le rompió el cuello.
Así que intentaron recomponer la escena lo mejor posible. Colgaron el cadáver de Hunne por el cuello, por medio de su cinturón negro. Hasta le cerraron los ojos, le peinaron y le colocaron su gorra.
Sin embargo, dejaron muchos detalles a causa de los cuales se vio enseguida que no era un simple suicidio. La banqueta sobre la que, presumiblemente, se había subido el preso, no estaba en el suelo, sino encima de su cama.

Aparte de eso, no limpiaron el charco de sangre que quedó en el suelo, ni la mancha que había en su chaqueta. Incluso, parece ser que, con las prisas,  uno de los asesinos se dejó allí una de sus prendas.
Parece ser que el carcelero Turner sospechaba que Hunne podría haber muerto y, por eso, pidió a dos clérigos que lo acompañaran hasta la celda.
A la vista de estos culpables, la cadena de responsabilidades podría llegar hasta el propio Fitzjames, obispo de Londres.  Este lo vio claro y apeló al mismo Thomas Wolsey, arzobispo de York y canciller de Enrique VIII, para que se cancelara el proceso contra su canciller, Horsey, y pasar el juicio a unos consejeros menos dependientes del rey.
Hasta el mismo monarca, Enrique VIII, quiso dar su opinión en este proceso y organizó un acto en el castillo de Baynard, donde asistieron obispos, consejeros, jueces y diputados. Parece ser que también lo hizo, porque estaba aumentando el descontento de la población hacia los dirigentes de la Iglesia católica en Inglaterra.
Todo ello acabó cuando se llegó a un acuerdo. Horsey confesaría ser el único culpable del crimen y dejarían en paz al resto de los procesados, aduciendo que no había pruebas suficientes contra ellos. Por ello, fue condenado al destierro en una provincia alejada de Londres. Lógicamente, el obispo,  hizo todo lo posible para que no se condenara a Horsey, porque, antes de ser ejecutado, podría hablar de más e inculparle también a él.
La Cámara de los Comunes del Parlamento intentó hacer una serie de proyectos de ley, para que no se volvieran a repetir hechos de este tipo.
Uno de ellos fue el intento de devolver a la familia de Hunne todos los bienes que le habían sido incautados a éste, tras su detención.
Los otros proyectos consistían en reformar los pagos a los sacerdotes por los ritos fúnebres y la anulación de los fueros a los religiosos, que les permitían no tener que presentarse ante la Justicia ordinaria.
Enrique VIII no quiso promulgar ninguna de estas leyes. Supongo que lo haría, porque así podría presionar mejor a la Iglesia de Inglaterra a fin de que se sometiera a su voluntad, que es lo que, verdaderamente, necesitaba.
Realmente, ese monarca, que siempre fue muy católico, nunca pensó en llevar la Reforma protestante a su reino. Lo único que quería era tener bajo su mando a la Iglesia de su país y lo consiguió.

Este caso es uno de los muchos que aparecen en el famoso “Libro de los mártires”, publicado en 1563, cuyo autor es John Foxe. En él se acusa a la Iglesia católica de miles de ejecuciones y asesinatos sufridos en Inglaterra, cuando aún no se había implantado el anglicanismo.

martes, 1 de agosto de 2017

JOHN WYCLIFF, UNO DE LOS PRECURSORES DE LA REFORMA

Nuestro personaje de hoy fue uno de los más importantes teólogos de su tiempo. Incluso, hoy en día, se siguen estudiando sus escritos por no haber perdido aún su validez.
John Wyclif nació en la aldea de Hipswell, Yorkshire, alrededor de 1320. Su familia era numerosa, como era lo habitual en esa época, y siempre fue muy católica.
Realmente, no se sabe cuándo fue a estudiar a la Universidad de Oxford, pero sí hay constancia de que estaba allí hacia 1345.
Durante el siglo XIV hubo un grupo importante de teólogos salidos de esa universidad. Quizás, el más importante de todos fue Guillermo de Ockham. Así que no me extraña que este joven se interesara más por la Teología que por otras materias que también se enseñaban en ese prestigioso centro.
En sus tiempos de estudiante en Oxford, fue alumno en el Merton College, para, posteriormente, doctorarse en el Balliol College, alrededor de 1372. Parece ser que este último centro había sido fundado por una familia originaria de su mismo lugar de nacimiento.
A pesar de haber obtenido, a lo largo de su vida, el rectorado de varias parroquias, nunca perdió el contacto con la Universidad de Oxford. Siendo catedrático de Teología en la misma.
Se sabe que en 1374 formó parte de una delegación inglesa que viajó hasta la ciudad de Brujas para reunirse con los enviados papales a fin de solucionar un conflicto entre los dos países, consistente en la reclamación papal del pago de una deuda, que se remontaba a la época de Juan sin tierra.
Parece ser que los demás delegados consideraron que su postura era demasiado radical, así que no le dejaron abrir mucho la boca en la citada reunión.
Como parece que no regresó muy contento, a su vuelta a Inglaterra publicó tres de sus más importantes obras, donde se mostraba partidario de que la Iglesia no se metiera en cuestiones políticas.
Posteriormente, hacia 1378, pasó a formar parte de la corte real. Siendo uno de los protegidos  de Juan de Gante, duque de Lancaster y tutor de Ricardo II.

En aquella época, se estaba dando un fenómeno peculiar, por el que las diferentes monarquías tradicionalmente católicas, trataban de nacionalizar sus respectivas iglesias para que no estuvieran tan influidas por las órdenes del Papa.
Wycliff, apoyándose en su protector de la corte, publicó una serie de libros desde donde torpedeaba el poder de la Iglesia de Roma.
Incluso, se permitió criticar a las cuatro órdenes religiosas más importantes, calificándolas de sectas que hacían daño a la Iglesia.
Parece ser que estaba en contra de todo lo que no apareciera en la Biblia.
Así que se mostraba en contra de las riquezas de los prelados, también de varios de los Sacramentos y hasta del propio clero.
En febrero de 1377 fue citado a declarar ante un tribunal presidido por el obispo de Londres. Parece ser que el interrogatorio finalizó cuando Juan de Gante se interpuso entre ambos bandos.
Este hombre era, precisamente, lo que estaban buscando en el gobierno de Inglaterra. Una de las cosas que decía era que el clero estaba administrando mal sus bienes y, que si el rey no se los quitaba, estaba incumpliendo su deber. Incluso, afirmaba categóricamente que la Iglesia tenía que estar supeditada al poder de cada rey. Visto así, ¡cómo no iban a apoyarle!.
Según parece, varios obispos ingleses escribieron al Papa a fin de que castigara la conducta de este teólogo, porque iba en contra de los intereses de la Iglesia.
Por eso mismo, en mayo de ese mismo año, el Papa, Gregorio XI, promulgó una serie de bulas, donde acusaba a nuestro personaje de hereje.
Incluso, asesoró al Parlamento sobre la legalidad o ilegalidad de una norma del Papa en la que ordenaba que se le enviaran a Roma una serie de bienes de la Iglesia de Inglaterra. Por supuesto, él afirmó que eso era completamente ilegal.
Así que, cuando en 1378, fue citado de nuevo, esta vez por el arzobispo de Canterbury, que entonces todavía era la máxima autoridad de la Iglesia católica de Inglaterra, sólo fue castigado con una pequeña multa. Lógicamente, John, estaba apoyado por la corte real de Inglaterra, que le debía muchos favores, especialmente, la reina.
No contento con ello, se puso a traducir la Biblia del latín al inglés. Algo que, hoy en día, lo veríamos muy lógico. Sin embargo, eso estaba absolutamente prohibido en aquella época. A pesar de que la gente, en su mayoría, no entendiera el latín.
De todas formas, hoy en día, se piensa que no fue sólo una idea suya, sino de varios miembros de la Universidad de Oxford, entre los que se encontraba él.
Aparte de eso, en aquella época existía una clara rivalidad entre Inglaterra y Francia. De hecho, estaban luchando en la Guerra de los Cien Años.
Hasta el mismo idioma francés se hallaba en declive en la corte. Por eso mismo, se pensó que podría ser positivo celebrar la liturgia en inglés, un idioma que lo entendía casi todo el mundo y que serviría como un nexo para unir más al país.
Un sínodo de obispos ingleses condenó sus escritos como heréticos. Hasta consiguió del rey Ricardo II un decreto por el que se podría encarcelar a todos los que predicaran esas ideas.
Sin embargo, nuestro personaje compareció ante el Parlamento. Allí a través de su gran capacidad de oratoria, logró convencer a los diputados y estos revocaron el decreto del monarca contra él y sus seguidores.
Incluso, se permitió escribir al Papa, diciéndole que ningún cristiano debería de prestar culto a los santos ni al Papa de Roma, porque Jesucristo no dijo nunca que se hiciera eso. Además, que deberían de vivir en la pobreza, tal y como vivió Jesucristo.
Afirmaba que la única autoridad verdadera era la palabra de Dios, tal y como venía en la Biblia y no la voluntad del Papa de turno. Así que no me extraña que a este hombre le persiguieran con denuedo hasta después de muerto.
También se postuló en contra de los dos Papas, que habían surgido a causa del llamado Cisma de Occidente.
Incluso, se permitió poner en duda la transustanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, que, según el dogma cristiano, se produce durante la Eucaristía. Esto fue ya demasiado y sus críticos consiguieron que fuera expulsado de la corte y de su cátedra en 
Oxford.
En 1380 se empezaron a formar grupos de seguidores suyos, llamados lolardos. Una especie de predicadores, que viajaban por todo el territorio de Inglaterra y que difundieron ampliamente las enseñanzas de nuestro personaje.
No obstante, un año después, sus enemigos consiguieron que le culparan por los
desórdenes que estaban ocurriendo en el país. Esto le costó otra nueva condena de Roma, en 1384.
Ese mismo año, se mostró en contra de una Cruzada, predicada por un obispo inglés, partidario del Papa Urbano VI, contra el otro Papa Clemente VII. Wycliff se mostró totalmente en contra de que se le perdonara a la gente los pecados por participar en una guerra. Así que esa Cruzada fracasó estrepitosamente. Sólo justificaba las guerras si tenían un carácter defensivo.
Murió a finales de 1384, en su parroquia de Lutterworth, adonde se había retirado tras su expulsión de Oxford. Fue enterrado en el patio de la misma y allí reposaron sus restos durante casi cuarenta años.
En 1414, el Concilio de Constanza, que se había reunido a fin de terminar con el Cisma de Occidente, que ya había dado lugar a 3 Papas, condenó sus escritos y también ordenó la exhumación de sus restos y su quema en una hoguera hasta reducirlos a cenizas. Incluso, ordenó la persecución de los lolardos y la ejecución de varios de ellos.
Esto último puede deberse no sólo a que eran seguidores de Wycliff, sino porque también se pusieron de parte de los campesinos en sus luchas por sus reivindicaciones contra los señores feudales. Parece ser que el origen de estas luchas campesinas estaba en la subida constante de los impuestos, a causa de la guerra contra Francia,  y los malos usos, por parte de los señores feudales.
Así que en 1428 se cumplió lo ordenado en ese concilio. Exhumaron su cadáver, lo quemaron y lanzaron sus cenizas a un río cercano.

Se le considera un precursor de los posteriores reformistas, como Martín Lutero. Sobre todo, en lo referente a que los fieles no necesitan intermediarios para hablar con Dios, como los miembros del clero. Sin embargo, Wycliff, va más allá, pues también está en contra de la propiedad privada. Incluso, se opuso a la esclavitud y a la guerra.
En 1388 fue publicada su Biblia en inglés, la cual fue muy difundida por los lolardos. De esa misma manera, sus escritos llegaron a otros lugares y se sabe que influyeron en otros conocidos teólogos, como Jan Hus, del que ya hablé en otro artículo anterior.
Sin embargo, en 1401, el rey Enrique IV promulgó un edicto por el que se prohibieron las biblias traducidas por Wycliff y ordenó la persecución de los lolardos y su condena a muerte en la hoguera.
Incluso, uno de estos lolardos, un noble llamado John Oldcastle, que siempre gozó de la amistad de Enrique V, quiso deponerle, cuando se enteró de que el monarca quería entregarlo a la Justicia para ser ejecutado.
Fue hecho prisionero, pero huyó de la cárcel y vagó, durante unos años, por todo el territorio de Inglaterra y Gales, hasta que, tras varios años, fue capturado y ejecutado.
Algunos dicen que Shakespeare se inspiró en este personaje para crear el mundialmente famoso de Falstaff.
Parece ser que los lolardos siguieron existiendo hasta su fusión con los reformadores capitaneados por Martin Lutero.
Hoy en día, Wycliff, es venerado como uno de los precursores de la Reforma por las iglesias anglicanas de todo el mundo.
A la vista de esto, da la impresión de que fue un personaje utilizado por la corte inglesa para afianzar su poder en su reino y que dejaron de protegerle cuando vieron que sus ideas podrían poner en entredicho las relaciones entre la Monarquía y la Iglesia.
De hecho, los reyes de Inglaterra nunca han querido eliminar a la Iglesia, sino tenerla sometida bajo su mando. Tal y como se puede comprobar hoy en día.


jueves, 27 de julio de 2017

LA LEYENDA DEL DOCTOR VELASCO

Como digo siempre, hay muchas veces en que la Historia es más apasionante que la ficción. Sin embargo, también ocurre que, como decía el nazi Dr. Goebbels, “una mentira repetida muchas veces, puede convertirse en una verdad”.
Esto es lo que ocurre con algunos datos sobre la vida de este personaje, que han llegado a un punto en que no se sabe qué fue lo real y qué fue lo inventado.
Nuestro personaje de hoy se llamaba Pedro González Velasco. Nació en 1815 en la pequeña localidad segoviana de Valseca.
Su familia era muy modesta y se dedicaban a la Agricultura. Incluso, su padre falleció siendo él muy niño. Todo ello, condicionó mucho su vida.
Así que tuvo que hacer lo que muchos chicos hicieron en España durante la posguerra, o sea, irse a estudiar a un Seminario. En este caso, le tocó ir al de Segovia. Allí llegó a estudiar Teología e, incluso, recibió las llamadas órdenes menores.
Sin embargo, no siguió la carrera sacerdotal. Así que se fue a Madrid, donde empezó como sirviente en la casa de una familia de la nobleza.
En 1840, empezó a estudiar Cirugía. No sé si sabréis que, por tradición, en muchos países, como España, la Medicina y la Cirugía estaban separadas.
Parece ser que los miembros de estos dos grupos no se llevaban muy bien, pues se consideraba a los cirujanos como a unos auténticos matarifes o barberos de pueblo y hasta mediados del siglo XIX no empezaron a unificarse estas dos profesiones.
En 1781, se fundó en Madrid el Real Colegio de Cirugía de San Carlos, similar a los que ya existían en Cádiz y en Barcelona, cuya sede estaba compartida con el Hospital General. Actualmente, este edificio está ocupado por el Museo Reina Sofía, pues el hospital se cerró en 1965.
Desde 1843, se unificó la enseñanza para Medicina y Cirugía y se les dotó de una única Facultad, que estaba en la calle Atocha de Madrid, derribando, previamente, el Hospital de la Pasión, especializado en las enfermedades femeninas. Dicha facultad se llamó de Ciencias Médicas y en ella también estaba la de Farmacia, aunque, posteriormente, se trasladó a otro edificio.

Dado que, anteriormente, habían instalado el Hospital Clínico, para que los alumnos hicieran prácticas con los enfermos, dentro del Hospital General, y esto no era del agrado de los médicos del citado hospital, en 1875, se separó un ala del mismo para dedicarlo a hospital clínico y así no mezclarse con los enfermos del otro hospital.

Actualmente, el edificio del antiguo Hospital Clínico, está ocupado por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.
La Facultad de Medicina estuvo allí hasta que se construyó su nueva sede en la Ciudad Universitaria. Sin embargo, el hospital clínico, no pudo mudarse a su nuevo centro, situado cerca de la Facultad, porque el traslado coincidió con el inicio de la Guerra Civil, que dejó la nueva sede hospitalaria convertida en un montón de ruinas, pues justo allí se hallaba el frente.
Actualmente, el edificio de la antigua Facultad de Medicina pertenece al Colegio de Médicos de Madrid.
Posteriormente, el Hospital General de Madrid, se trasladó en 1968 a lo que hoy se llama Hospital General Universitario Gregorio Marañón.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, pronto se convirtió en un cirujano muy competente, que trabajó en el antiguo Hospital Militar, por entonces, situado en la calle Princesa, cerca del Palacio de Liria. Antes de que se construyera el Hospital Militar Gómez Ulla, sito en el barrio de Carabanchel. Parece ser que allí fue donde aprendió a conservar los cuerpos a fin de aprovecharlos para la formación de los nuevos médicos y cirujanos.
Por entonces, se enamoró de una mujer llamada Engracia Pérez, que trabajaba como sirvienta, igual que él. Fruto de esa relación nació una niña llamada Concepción. El problema es que él no podía casarse al pertenecer ya al clero. Así que tuvo que esperar unos cuantos años para que el Papa le dispensara de sus votos a fin de poder celebrar su matrimonio.
Entre 1843 y 1849 estudió Medicina, doctorándose, posteriormente, en 1854. Continuó con su interés por la Anatomía,  creando la Sociedad Anatómica. Esta sociedad funcionaba a base de conservar cadáveres con objeto de ofrecerlos a las facultades de Medicina.
También trabajó en el Hospital General, donde estuvo mucho tiempo dedicado a la disección de cadáveres. Se cree que llegó a diseccionar unos 8.000 cadáveres durante toda su carrera
profesional. Durante ese tiempo, viajó a diferentes países para aprender los métodos que se utilizaban allí para la conservación de los cuerpos de los fallecidos.
Tuvo un gran prestigio como cirujano. De hecho, se sabe que mucha gente viajaba hasta Madrid para ver si les podría operar él, pues era de los pocos cirujanos que se atrevían a hacer ciertas intervenciones quirúrgicas muy complejas. Se le consideraba uno de los mejores cirujanos de España.
Junto a esa labor, también trabajó como profesor de Anatomía en la Facultad de Medicina, llegando a ser catedrático de Anatomía Quirúrgica. Todo ello, le hizo ganar mucho dinero.
En 1863, consiguió que, al fin,  el Papa, le dispensara de sus votos religiosos y ya pudo casarse con Engracia e inscribir legalmente a su hija. No obstante,  Concepción, ya tenía 14 años. Por entonces, la familia habitaba una vivienda de la calle Santa Isabel, en Madrid. Muy cerca de su lugar de trabajo. Posteriormente, se compraron una casa en la calle Atocha, también en Madrid.
Allí daba una especie de clases particulares de Anatomía a los alumnos de Medicina, para aumentar sus conocimientos sobre el cuerpo humano. Es lo que ellos llamaban “los repasos”.
En 1864, su hija enfermó de fiebres tifoideas. No hace falta decir que, en aquella época, la Medicina no estaba tan adelantada como ahora y la gente se moría por cualquier enfermedad que, hoy en día, se puede curar perfectamente.
Parece ser que el Dr. Velasco no estaba muy de acuerdo con el tratamiento que le estaba dando a su hija el Dr. Mariano Benavente, padre de Jacinto Benavente y director del Hospital del Niño Jesús. Así que, por su cuenta, le dio un vomitivo. Esto no hizo más que empeorar la salud de su hija, muriendo a los pocos días, entre muchos sufrimientos.
Nuestro personaje nunca se perdonó lo que había hecho y se creyó culpable de la muerte de su hija. Se puede decir que a partir de ese momento perdió la cordura. De hecho, sufrió una gran depresión, que le llevó a estar mucho tiempo encerrado en su casa, sin querer ver a nadie.
Le fue otorgado el permiso para embalsamar a su hija y, posteriormente, fue enterrada en la Sacramental de San Isidro.
En 1874, ordenó la construcción de su nueva casa en la que también construyó un Museo Anatómico, que llevaba adjunta la Escuela Práctica de Medicina y Cirugía.
Este centro fue inaugurado, en 1875,  por el rey Alfonso XII y es lo que hoy se llama el Museo Nacional de Antropología, situado frente a la Estación de Atocha, en Madrid. Desgraciadamente, la Escuela, no funcionó durante muchos años, debido a la falta de alumnos.
También, según parece, tuvo una participación muy activa en la Revolución Gloriosa de 1868 y en el posterior Sexenio Revolucionario. A causa de sus ideales republicanos. Así que eso no se lo perdonaron y, según dicen, ese fue uno de los motivos por los que perdió alumnos y pacientes. De hecho, fue expulsado de su cátedra, sin mayores explicaciones. No me extrañaría que también hubieran utilizado esta leyenda contra él para conseguir que se quedara sin pacientes.
El autor de ese edificio fue el famoso marqués de Cubas. Tiene una fachada claramente neoclásica. Una de las alas se utilizaba para la mencionada Escuela. Mientras que en la otra estaba la vivienda del doctor Velasco y su familia.
Tras la inauguración del Museo, obtuvo el permiso para exhumar el cadáver de su hija y llevarlo a su  Museo Antropológico.
Para asombro de todos, cuando vieron el cadáver de la niña, a pesar de haber pasado casi 11 años desde su muerte, se conservaba tan bien que parece que estaba dormida. Incluso, las articulaciones flexionaban perfectamente.
Su padre llegó a ordenar que la maquillaran, que la vistieran a la moda y que la colocaran en una vitrina, en una especie de capilla, donde ahora está la biblioteca de ese museo. Hay que aclarar que se encontraba dentro de su vivienda, no expuesta en el Museo.

Se dice que el padre solía hablar diariamente con ella, como si hubiera estado una temporada fuera de casa a causa de un viaje. Incluso, en una ocasión, se empeñó en sentarla a comer a la mesa. Por supuesto, su mujer se opuso a ello.
A partir de aquí hay todo tipo de rumores. Unos dicen que la vieron sentada junto a su padre, paseando en coche de caballos o yendo a los toros o a la ópera con éste.
Incluso, algunos dicen que en esta farsa estuvo también mezclado el futuro doctor Muñoz Sedeño,  alumno del Dr. Velasco, que había sido novio de Concepción. Al que también dicen que se le vio paseando en coche de caballos con la momia de la chica.
Al cabo del tiempo, su esposa llegó a convencerlo para que enterrara a su hija en el patio del Museo. Posteriormente, cuando murió el Dr. Velasco, su esposa dio orden de que enterraran a los dos en su panteón en la Sacramental de San Isidro. Años más tarde, también ella fue enterrada en ese mismo panteón.
Parece ser que en el Museo de Anatomía de la Universidad Complutense de Madrid, fundado por el Dr. Velasco, existe, desde hace muchos años,  una momia dentro de una caja, la cual tiene una etiqueta en la que se puede leer “Momia de la hija del doctor Velasco”.
Algunos pensaron que el Dr. Muñoz Sedeño habría podido cambiar el cadáver y llevarse el cuerpo embalsamado de Concepción, su antigua novia, hasta la Facultad de Medicina de Madrid, donde él era uno de los profesores de la misma. De hecho, algunos alumnos decían que este profesor iba a veces al sótano para hablar con ella.
Lo cierto es que, tras una investigación se comprobó que no era así. Ese cadáver correspondía a otra chica de la misma edad, que murió 3 años después a consecuencia de una tisis pulmonar. Lo cierto es que esa momia también formó parte de la colección del doctor Velasco y luego pasó a formar parte de la colección de la Facultad de Medicina.
Desgraciadamente, el doctor Velasco, murió en 1882 a causa de una grave enfermedad pulmonar. Parece ser que su entierro fue uno de los que más gente congregó en Madrid.
Nuestro personaje se había gastado casi todos sus ahorros entre su Museo y sus investigaciones y no le pudo dejar casi nada en herencia a su esposa. Posiblemente, esa sería una de las razones por las que su viuda vendió el edificio y las colecciones del mismo al Estado español. Estas fueron repartidas entre las Facultades de Medicina y  de Ciencias, ambas de Madrid.
El museo estuvo vacío y cerrado hasta 1910, cuando se decidió crear un nuevo museo de Etnología con colecciones procedentes de otros centros.
Uno de los esqueletos que se muestran en ese Museo es el de Agustín Luengo Capilla, llamado el gigante extremeño. Se trataba de un joven nacido en Puebla de Alcocer y que, a causa de una enfermedad, había llegado a medir 2,35 metros.
El doctor Velasco, que siempre fue un  gran coleccionista, se puso en contacto con él y le hizo firmar que, a su muerte, donaría su cuerpo al Museo. Todo ello a cambio de una generosa pensión que le pagaría el doctor hasta que muriera Agustín.

Algunos dicen que eso no es cierto y que Agustín acudió a su consulta, acompañado por su madre, para ver si podría curarlo. Parece ser que padecía una enfermedad llamada acromegalia. Posteriormente, fue su madre la que donó su cuerpo a la Ciencia.
Curiosamente, en una ocasión, Agustín,  fue recibido por el rey Alfonso XII, que tenía muchas ganas de conocerle. En ese encuentro, el monarca, le regaló un par de botas.
Parece ser que este chico no se cuidó mucho y murió con sólo 26 años. Se cuenta que su fallecimiento tuvo lugar en una posada de Madrid, llamada Parador de Cádiz, que estaba situada junto a la Puerta de Toledo.
En cuanto lo supo, el doctor, se fue en busca de su cadáver. Parece ser que con él hizo un vaciado. Luego le extrajo la piel y, por último, el esqueleto. Todo ello, fue expuesto en su Museo.
Por entonces, también tenía expuesto el cadáver de otro gigante. Parece ser que se trataba del cuerpo de un soldado gastador francés, muerto en la batalla de Vitoria, durante la Guerra de la Independencia. De ese cuerpo no se han vuelto a tener noticias.

Espero que os haya gustado este tema. Saludos.

martes, 25 de julio de 2017

FRAY JUAN DE ALMARAZ, EL CAUTIVO IGNORADO

Hoy voy a narrar un hecho del que, realmente, se sabe muy poco y del que tampoco se han podido encontrar muchos datos. No obstante, no me resisto a relatar este suceso histórico.
Para empezar, vamos a presentar a los actores de esto que parece un drama. Como todos sabréis, Carlos IV, fue hijo de Carlos III de España, y nació en 1748 en una localidad cercana a Nápoles, mientras su padre era rey de las dos Sicilias.
Luego, todos sabemos que, en 1759, a la muerte de su hermanastro, Fernando VI, su padre regresó a nuestro país, donde fue proclamado rey de España, con el nombre de Carlos III. De esa manera, el futuro Carlos IV, pasó a ser príncipe de Asturias. Título que se da a los herederos al trono de España.
En 1788, a la muerte de su padre, le sucedió en el trono, con el nombre de Carlos IV. Parece ser que su padre nunca lo vio muy apto para las tareas de gobierno, pero es lo único que había y, desgraciadamente, no se equivocó.
Como el monarca nunca estuvo interesado en las tareas de gobierno, dejó en su puesto al conde de Floridablanca, que ya fue primer Secretario de Estado con su padre. Curiosamente, éste siempre tuvo una mentalidad reformadora y progresista. Sin embargo, tras el comienzo de la Revolución Francesa, su política tomó el camino contrario y se mostró conservador en grado extremo. Hasta el punto de movilizar a la moribunda Inquisición para que persiguiera a todos los que se dedicaban a repartir los folletos revolucionarios llegados desde Francia.
Visto que la gente estaba muy descontenta con Floridablanca, fue cesado por el monarca y, en su lugar, colocó al conde de Aranda, que era un político ilustrado, relacionado con muchos intelectuales franceses.
El conde de Aranda fracasó en la gestión encargada por el rey para intentar salvar la vida de Luis XVI. Así que, en 1792, en cuanto el monarca francés fue derrocado  por los revolucionarios, el rey cesó a Aranda y puso en su lugar a Godoy. Con la llegada de este político, ya tenemos al segundo protagonista de esta historia.
No obstante, Godoy, tampoco pudo hacer nada por salvar la vida de Luis XVI, primo de Carlos IV, y, como todo el mundo sabe, fue guillotinado en 1793.
Este acontecimiento dio lugar a que varios países le declararan la guerra a Francia. En el caso de España, nuestras tropas, dirigidas por el general Ricardos, al principio, obtuvieron algunas victorias. Más tarde, fueron arrolladas por los milicianos franceses, que llegaron a conquistar varias plazas españolas, como Figueras, San Sebastián o Bilbao.
La Paz de Basilea, firmada con Francia en 1795, permitió recuperar todas las plazas españolas perdidas. A cambio, hubo que regalarles lo que hoy es la República Dominicana.
En 1796, a instancias de Godoy, España, firmó el Tratado de San Ildefonso, por el cual nuestro país pasaba a ser un aliado de la primera potencia del momento, Francia.
A causa de este pacto, el Reino Unido nos declaró la guerra y, por ello, varias de nuestras plazas fueron asediadas por mar. Así que, como el rey no estaba muy contento con la política de Godoy, lo cesó en 1798.
Tras él, hubo un ínterin, en el que dos políticos menos relevantes pasaron a ocupar la posición de valido del rey.
En 1799, con la llegada al poder de Napoleón, éste forzó a Carlos IV para que volviera a llamar a Godoy, para el puesto de valido.
En 1801, se firmó el Convenio de Aranjuez, por el que España le cedió la flota a Francia para combatir contra el Reino Unido en el mar. Ya sabemos que los franceses nunca se han destacado por tener  buenos marinos. No hay que olvidar que, en España,   durante el reinado de Carlos III, se había invertido mucho dinero en revitalizar la Armada y crear una plantilla con grandes marinos.
Napoleón había decretado el embargo comercial y naval de todos los países contra el Reino Unido. Sin embargo, Portugal y Rusia, grandes proveedores de los británicos, no quisieron respetarlo. Así que el emperador, en un principio, se decidió por atacar Portugal.

Para ello, en 1801, Francia, conjuntamente con España, le declararon la guerra a Portugal. Por ese motivo, se permitió que las tropas francesas atravesaran la Península Ibérica.
En 1807, el mismo año en que Francia y España, después de haber ocupado Portugal, se reparten su territorio, se produce una conjura palaciega, encabezada por el príncipe de Asturias, futuro rey Fernando VII. Ya tenemos otro personaje en escena.
Esta vez, el príncipe Fernando, fracasó en su intento de destronar a su padre. Éste cometió el error de no querer castigarle y en 1808 se produjo el Motín de Aranjuez. Un nuevo intento, esta vez exitoso, de Fernando contra su padre. Así que Carlos IV se vio solo y abdicó en su hijo Fernando.
A Napoleón no le gustó nada, así que pidió que la familia real española se reuniera con él en la ciudad de Bayona (Francia). No sé cómo no se dieron cuenta de que era una encerrona.
Allí, el emperador exigió que Fernando devolviera la corona a su padre. Cosa que hizo. Lo que no sabía Fernando es que su padre ya había pactado con el emperador para entregarle la corona a éste. Posteriormente, Napoleón, decidió nombrar como nuevo rey de España a su hermano, el futuro José I.
No me voy a parar a narrar la Guerra de la Independencia, que tuvo lugar entre 1808 y 1814, porque me alargaría demasiado.
Hasta ahora hemos hablado del padre de Fernando VII, pero no de la madre. Así que ya es hora de que aparezca en escena.
María Luisa de Borbón-Parma era hija de Felipe I, duque de Parma, y de Luisa Isabel de Francia, hija de Luis XV. Así que era prima de Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X y también, pero en menor grado, de su propio marido, Carlos IV. Se casaron en 1765, cuando ella sólo tenía 14 años.
Siempre gustó de entrometerse en los asuntos de gobierno, con el beneplácito de su esposo. Juntos tuvieron nada menos que 14 hijos, aunque sólo la mitad llegaron a una edad adulta, y 11 abortos. Todo eso le dejó profundas señales en el rostro, que la envejecieron muy pronto.
Fue la que introdujo a Godoy en la Corte el cual, según dicen algunos, fue uno de sus amantes y el padre de, al menos,  dos de sus hijos. Lo cierto es que Godoy era un simple miembro de la Guardia de Corps, lo que ahora se llama Guardia Real. Un día de Semana Santa, en Segovia, cuando escoltaba la carroza de los reyes, tuvo un accidente con su caballo, y estos comenzaron a fijarse en él. Se dice que su hermano mayor Luis, también fue, anteriormente, amante de la reina.

Incluso, se comenta que algunos amantes de la reina lo fueron también de la famosa duquesa de Alba, Cayetana. Existiendo una clara rivalidad entre las dos.
Desde entonces, Manuel Godoy, tuvo lo que se llama un ascenso meteórico en la Corte. Acumulaba cargos y títulos por todas partes. Incluso, fue el primero al que se le dio el título de Generalísimo. Hasta se le dio el título de Príncipe de la Paz. Recordemos que en España sólo hay una persona que  puede llamarse príncipe, el príncipe de Asturias.
Incluso, los reyes quisieron que se casara con una persona perteneciente a la Familia Real. Un privilegio que sólo podían tener los que pertenecían a otras familias reales. Él accedió a ello, sin embargo, los cónyuges nunca fueron muy felices.
Incluso, dicen que uno de los motivos por los que el príncipe organizó las conjuras contra su padre fue porque éste otorgó a Godoy el título de Alteza Serenísima. Por ello, los partidarios del príncipe le indicaron que el rey podría estar tramando desheredar a su hijo y poner como sucesor a Godoy.
Tras la abdicación de su marido, María Luisa, lo acompañó durante el exilio. Al igual que, en un principio, también lo hizo Godoy. Primero residieron en varias ciudades francesas y luego se fueron a varias localidades de Italia. Por último, residieron en el Palacio Barberini, en Roma, donde ella falleció en enero de 1819. Casualmente, Carlos IV, falleció unas dos semanas después, en Nápoles. Parece ser que vivían de la pensión que les enviaba Fernando VII, cuando ya se asentó definitivamente como rey de España. Sin embargo, nunca les dejó regresar a nuestro país.
Curiosamente, la reina no hizo testamento a favor de su marido o de sus hijos, sino a favor del mismo Godoy. Evidentemente, fue anulado por su hijo unos días después.
Como todos sabemos, en aquella época, era costumbre que mucha gente dispusiera de un confesor personal. La reina disponía de uno llamado fray Juan de Almaraz. Este es el último personaje de nuestra historia.
Se sabe que el verdadero nombre de este clérigo era Juan Francisco Thomas León y nació en Badajoz en 1767. Así que es posible que conociera a Godoy, que también era de allí,  y éste lo hubiera encumbrado a ese importante cargo de la Corte. Perteneció a la orden de los Agustinos.
Parece ser que la reina confesó con él, el día antes de su muerte y allí le hizo una declaración, que podría poner en peligro a la monarquía española. Incluso, hoy en día, hay quienes ponen esta confesión en entredicho, porque la reina tenía fama de lianta y le gustaba meterse con todo el mundo. Especialmente, con su hijo Fernando VII.
Lo cierto es que en el testamento de la reina se ordenaba que su hijo le pagara la cantidad de 4.000 duros al mencionado confesor. Como Fernando VII se negó a ello, el fraile tomó una decisión de la que se arrepentiría durante toda su vida.
No se le ocurrió otra cosa que mandarle una carta, desde Roma, donde le informaba sobre la última confesión de su madre y le pedía que le pagara los 32 meses de atrasos que le debía. Como le volvió a escribir y seguía sin hacerle caso, supongo que, llevado por la desesperación de no poder pagar las muchas deudas que tenía, esta vez le advirtió que iba a dar a conocer la confesión de su madre, nada menos que al Cuerpo Diplomático extranjero acreditado en España. Está claro que no conocía muy bien al rey.
El periodista José María Zavala, autor del libro “Bastardos y Borbones”, encontró en el archivo del Ministerio de Justicia, en Madrid, un documento escrito por este fraile y fechado el 20 de junio de 1827, el cual ha publicado en el citado libro. Parece ser que en el sobre lacrado donde estaba se indicaba “Reservadísimo” e iba dirigido al confesor del fraile.
En él, se dice lo siguiente: “Como confesor que he sido de la reina madre de España (q.e.p.d.) Dª María Luisa de Borbón, juro in verbo sacerdotis, como en su última confesión, que hizo el 2 de enero de 1819, dijo que ninguno ninguno de sus hijos e hijas, ninguno era de su legítimo matrimonio; y así que la Dinastía Borbón de España era concluida. Lo que declaraba por cierto para descanso de su alma y que el Señor la perdonase”. También la reina le encargó  que revelara ese secreto tras su muerte.
Parece ser que otro gran escritor español, ya fallecido, Juan Balansó, mencionó el citado documento en varias de sus obras, pero, según parece, nunca pudo hallarlo.
Como comprenderéis, a Fernando VII, seguro que todo esto no le hizo ninguna gracia. En un principio, mandó una carta al propio Papa, en septiembre de 1827, donde le apercibía de la peligrosidad del fraile, sin mencionarle qué había hecho, claro está.
No hará falta decir que, por aquel entonces, España pintaba ya bien poco,  el Papa no le hizo ni caso. Así que, Fernando VII, ni corto ni perezoso, mandó a un grupo de su gente más fiel a Roma. Allí encontraron a este fraile, lo raptaron y se lo trajeron a España.
Llegó a bordo de un barco, el cual atracó en Barcelona y de ahí lo enviaron a la fortaleza de Peñíscola. El monarca no se paró ahí, sino que dio las oportunas instrucciones al alcaide de esa cárcel para que el prisionero fuera encerrado por tiempo indefinido en una celda y aislado de todos los demás.
Es más, se aseguró de que tuviera una provisión suficiente de alimentos, pero de que no hablara ni siquiera con los carceleros. Su estancia en la prisión no figuró en el libro-registro de la misma y ni siquiera fue procesado en ningún momento. Allí estuvo encarcelado durante siete años.
¿Esta historia no os recuerda  la del abate Faria, que se hallaba encarcelado en la celda al lado de la del Conde de Montecristo? A mí también me recuerda la historia del prisionero de la Máscara de hierro.
Parece ser que, en 1830, el arzobispo de México, que había regresado a España, tras la independencia de ese país, recibió un curioso encargo de Fernando VII.
Se trataba de visitar al prisionero en su celda, en Peñíscola, a fin de que se retractara por escrito de lo que había afirmado unos años antes, referente a la presunta bastardía de todos los hijos de María Luisa de Parma.
A pesar del lamentable aspecto del preso y de que ya daba muestras de demencia, entendió perfectamente lo que le decía el arzobispo y, con la promesa
del perdón real,  firmó el documento de retractación. No olvidemos que el arzobispo era un superior jerárquico de este fraile. A lo mejor, con esa intención eligió el rey al arzobispo para que cumpliera esta misión.
Sin embargo, el rey no cumplió su palabra y no le perdonó, a pesar de que el arzobispo se dirigió a él para recordarle que había empeñado su palabra delante del prisionero. No obstante, un ministro le recomendó al clérigo que se olvidara del tema, no fuera a hacer que el rey se cabreara con él. Así que el arzobispo dejó este tema, porque el monarca estaba dando muestras de su crueldad por toda España.
Sin embargo, en 1832, llegó un nuevo alcaide a la fortaleza de Peñíscola y comprobó el lamentable estado en que se encontraba este preso. Parece ser que se encontró con un viejo harapiento con una barba canosa hasta la cintura y que ya apenas podía  hablar.
Así que dirigió un escrito al rey para ver si, en razón de la mala salud del preso, debido a su largo encarcelamiento y a su avanzada edad, se le podría aplicar un Decreto de Amnistía, que había otorgado el rey recientemente.

Supongo que el alcaide, aparte de que tuviera piedad del preso, también tendría en mente que, anteriormente, el monarca había hecho responsables de la salud del preso al alcaide que hubiera en esa fortaleza, en cada momento. Así que me parece que el alcaide no querría que se le muriera con él como responsable de la misma.
Incluso insistió en otro escrito al Gobierno. Esta vez, tuvo más suerte, pues el escrito llegó a comienzos de 1834 y el rey había muerto unos meses antes.
Así que el presidente del Consejo de Ministros, antes de tomar medida alguna, fue a consultar este asunto con la reina viuda María Cristina. Esta nunca había sabido sobre este tema. Así que le otorgó, inmediatamente, su perdón y consiguió ser puesto en libertad.
Ya sólo se sabe que tuvo un modesto cargo en la Catedral de Cuenca y murió en 1837 a los 70 años de edad.
Como suelo decir, muchas veces la Historia es igual o más apasionante que muchas novelas. Espero que os haya gustado y que os apuntéis como seguidores del blog.

Muchas gracias y saludos.

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