ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

viernes, 23 de octubre de 2015

EL EXTRAÑO CASO DEL CURA MORTARA



Hoy voy a contaros un caso que, a primera vista, podría tener una cierta explicación, si se hubiera dado durante la Edad Media o, todo lo más, el siglo XVI. Pues no, lo cierto es que tuvo lugar a mitad del siglo XIX, repito, en pleno siglo XIX y en el corazón de Europa.

Edgardo Levi Mortara, nuestro personaje de hoy, nació en la ciudad de Bolonia (Italia), en 1851, en el seno de una familia judía tradicional. Por aquel entonces, y este es un dato muy importante, Bolonia se hallaba dentro de los llamados Estados Pontificios. Aún no había tenido lugar la unificación de Italia.
Sus padres fueron Salomón y Marianna Padovani Mortara. Edgardo, fue uno de sus ocho hijos y es posible que, por ello, contrataran por un tiempo a una joven católica, llamada Anna Morisi,  para cuidarle, cuando aún era muy pequeño.
Parece ser que, en una ocasión, cinco años antes, el niño se puso muy enfermo y, como esta chica, que sólo tenía 14 años, se hallaba sola con él y lo vio muy próximo a morir, no se le ocurrió otra cosa que bautizarle ella misma, en la misma casa.
Algunos autores dicen que esta forma de proceder era muy común entre los católicos, pues, debido a las altas tasas de mortalidad infantil, que había en ese momento, era muy normal que muchos bebés murieran nada más nacer.
El niño no murió y, por alguna razón, la chica dejó de trabajar allí. Más adelante, parece ser que la chica confesó que había bautizado al niño. Esta afirmación no cayó en saco roto y algún cura denunciaría el hecho ante el Santo Oficio.
Así que, ni cortos ni perezosos, siguiendo  la teoría medieval de que un católico no puede educarse entre judíos, porque se condenaría, se presentaron en su casa.
Pues bien, la Policía de los Estados Pontificios, siguiendo las instrucciones directas del Papa Pío IX, se presentó en la casa del chico, un día de 1858, con la orden de llevárselo, aunque fuera por la fuerza.  
Evidentemente, los policías se salieron con la suya y se llevaron al niño, en medio de los lloros y gritos de sus padres y del resto de sus hermanos.
Lo trasladaron a una de las llamadas Casas de Catecúmenos, donde estuvo interno, y donde,  durante varias semanas, ni siquiera pudo recibir las visitas de sus padres.

Incluso, después de ese plazo, no pudieron acceder a él sin estar presente un clérigo, durante cada reunión familiar.
El mismo Papa mostró un interés personal en este asunto y denegó cualquier petición de la familia para que les devolvieran a su hijo.
Parece ser que el padre del niño fue a hablar varias veces con el Papa, sin embargo, éste le dijo que sólo accedería a su petición a cambio de que la familia se convirtiera al catolicismo.
Supongo que el padre del chico se negó, porque, en ese momento, una familia judía que se convirtiera al catolicismo, estaría mal vista tanto por los católicos, como por sus parientes judíos. Quedarían marcados para siempre.
El caso es que ese Papa, que había sido nombrado en 1846, llegó con muchas ideas liberales. Incluso, llegó a abolir la prohibición de que los judíos no pudieran salir de su judería.
El caso es que en 1848 se organizaron revoluciones en diversos países europeos. Incluso, el mismo Papa tuvo que huir de Roma disfrazado y encontró acomodo en el Reino de Nápoles.
Un ejército francés lo volvió a colocar en el trono y, desde entonces, olvidó sus antiguas ideas liberales, pasando a ser un Papa tradicional. O sea, un monarca absoluto.
Obviamente, mucha gente aprovechó el incidente para llevarlo a su terreno. Así, en el reino de Piamonte y Cerdeña, principal foco de donde surgió la unificación italiana, se decía que los Estados Pontificios estaban dominados por gente con mentalidad medieval y sus ciudadanos debían de ser liberados de ellos.
Como los judíos siempre han sido gente muy organizada, enseguida movieron este asunto a nivel internacional.
Al Papa le llegaron quejas y peticiones de todos los países, incluidas las enviadas por su aliado, Napoleón III, el emperador Francisco José de Austria-Hungría y diversos políticos de USA.
Algunos autores afirman que este asunto fue tenido en cuenta por Napoleón III, cuando decidió retirar sus tropas de Roma y dejar “tirado” al Papa frente a los unionistas italianos.
Incluso, viajó hasta Roma una delegación de líderes de organizaciones judías. No lograron convencer al Papa y, además, se permitió decirles que el niño era feliz con ellos y que volvería a hacerlo, si hiciera falta.
Hasta llegaron a hacer gestiones ante el Papa los dirigentes de la Banca Rothschild, que siempre fueron sus tradicionales banqueros.
Los mismos judíos crearon en 1860, en Francia, la Alianza Israelita Universal, para poder luchar contra estos casos.
En muchos países, como en España, la prensa dividió al país en dos. Los conservadores estuvieron a favor del Papa y los liberales en contra.
En 1859, cuando los ejércitos que unificaban Italia habían conquistado Bolonia, su padre hizo un nuevo intento, pues ya no eran súbditos del Papa, pero no consiguió nada, al estar el niño en Roma.
En 1870, cuando los unionistas conquistaron Roma hicieron un nuevo intento, pero Edgardo ya tenía 19 años y podía decidir por sí mismo. Así que decidió seguir siendo católico.
Parece ser que entre las tropas unionistas iba su hermano Ricardo, el cual le rogó que se fuera con él, sin embargo, Edgardo,  le respondió con un “vade retro”, como si fuera un demonio, al verlo vestido con el  uniforme militar.
Este Papa fue el que dictó la norma de la infalibilidad papal y, además, excomulgó para siempre a la dinastía Saboya. Mientras tanto, Edgardo, seguía considerando al Papa como su verdadero padre.
Al año siguiente, durante el cual falleció su padre, lo enviaron a un colegio en Francia, donde decidió ser monje agustino. Así que lo enviaron como novicio en el convento de esa Orden de San Pietro in Vincoli.
Lo curioso es que fue ordenado con 23 años y adoptó el nombre religioso de Pío. Supongo que como homenaje al Papa que se lo llevó para educarlo como católico.
Bueno, para ser ordenado sacerdote, previamente, escapó de Italia hacia Austria, para no ser atrapado y que, encima, tuviera que hacer el servicio militar.
Los Superiores de su Orden lo enviaron a predicar a diversas ciudades de Alemania. Concretamente, a las zonas donde había más judíos, para intentar convertirles, pero no tuvo mucho éxito.
Poco después, empezó a visitar, con cierta frecuencia, a su familia. Algunos dicen que intentó convertirlos al catolicismo, pero tampoco lo logró.
También otro dato interesante es que siempre tuvo una gran facilidad para el estudio de otras lenguas, así le pudieron enviar a varios países. Dicen que llegó a dominar 6 idiomas.
En 1895, fue al funeral de su madre, presidido por el rabino judío de Bolonia y donde coincidió con otros familiares y miembros de la congregación judía. La verdad es que habría sido muy curioso ver a un cura católico entre tantos judíos. Especialmente, en una época en que no había muy buenas relaciones entre ambas religiones.
En 1897, lo enviaron a Nueva York para predicar entre los judíos, nada menos que desde la catedral de San Patricio. Seguramente, eso no le hizo mucha gracia al arzobispo, el cual argumentó que estropearía las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno USA. Supongo que no querría que se le alborotara el “gallinero”.
A pesar de que Mortara estaba muy contento de ser católico e, incluso, estuvo a favor de la canonización del Papa Pío IX, su caso hizo cambiar muchas cosas en la Iglesia, porque al Papa se le echaron encima desde todos los países.
Incluso, el conocido periódico USA, New York Times, le dedicó en diferentes días nada menos que 20 editoriales a este tema.
También estuvo un tiempo en España, concretamente, en Oñate (Guipúzcoa), donde estuvo estudiando el idioma vasco. Dicen que lo hablaba tan bien, que hasta dio sermones en ese idioma. Hasta el mismo Unamuno dejó escrito que lo había visto predicar en Guernica.
Este caso dio lugar a varias obras literarias y hasta una obra teatral y unaópera, estrenada en 2010.
Este monje agustino falleció en 1940, en la ciudad belga de Lieja, cuando ya iba a cumplir 90 años.
En fechas más cercanas, se conocen más casos de este tipo. Nada menos que, en 1946, el Papa Pío XII, le envió unas instrucciones a su nuncio en Francia, ordenándole que todos los niños que habían dejado sus padres judíos, durante la guerra, al cuidado de familias católicas, se les bautizara inmediatamente, para no devolvérselos a sus padres.
Afortunadamente, el Nuncio vaticano en Francia, que era nada menos que el futuro Juan XXIII, era un hombre juicioso y no le hizo caso a esa orden.
Es evidente que algunas de esas familias católicas, viendo que los nazis les pisaban los talones, habían bautizado a esos niños judíos, para que no fueran perseguidos por esos fanáticos. De todas formas, su idea siempre fue devolvérselos a sus padres.
Hoy en día, al menos, en teoría, no podría darse un secuestro, como el que sufrió Mortara, pues, desde el Concilio Vaticano II, organizado, en principio, por Juan XXIII, ese tipo de secuestro sería condenable por las normas de la Iglesia católica.
A finales del siglo XX, cuando se estaba haciendo una campaña para canonizar al Papa Pío IX, varios familiares de Mortara se manifestaron en contra de ese hecho.


jueves, 22 de octubre de 2015

FERNANDO I, UN CASTELLANO QUE FUE REY DE ARAGÓN



Normalmente, la gente suele soñar con le toque un día una fortuna y no hacer nada en su vida, salvo disfrutar con ella.
Sin embargo, a la gente que se encuentra muy cercana al poder, eso no les basta y lo que de verdad quieren es mandar. Seguramente, eso fue lo que le ocurrió a nuestro personaje de hoy, un hombre al que nunca le faltó nada y, sin embargo, se metió a gobernar un país que no conocía, porque debía tener una clara vocación de ser rey.
Posiblemente, todos esos problemas que tuvo fueron los que le llevaron a la muerte a una edad, que hoy día consideraríamos demasiado temprana.
Como siempre, vayamos al principio de esta historia. El infante Fernando fue el segundo hijo del rey Juan I de Castilla y de su primera esposa,  Leonor de Aragón, hija del famoso Pedro IV el Ceremonioso y hermana de Martín I, ambos reyes de Aragón. 
Nació en 1380, en el palacio que tenían sus padres en la vallisoletana ciudad de Medina del Campo.
Como su hermano Enrique, futuro Enrique III el Doliente, padeció siempre muchas enfermedades, es posible que Fernando concibiera la esperanza de llegar alguna vez a ser rey de Castilla.
No obstante, en 1390, ya le dotó su padre con los títulos de duque de Peñafiel y conde de Mayorga. Precisamente, en ese mismo año falleció su padre y subió al trono su hermano Enrique.
Con sólo 14 años fue casado con su tía, Leonor de Alburquerque, que tenía 6 años más que él. De esa manera reforzó sus derechos a la Corona y su patrimonio, pues al que iba a heredar él, que era bastante importante, se unió el de ella, a la cual llamaban popularmente “la rica hembra”. En nuestra época, sería lo más parecido a una fusión de dos grandes empresas.
Algunos personajes de la época, como el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, consejero del rey Juan I de Castilla, en principio, se opusieron a esta boda, al ver que este matrimonio iba a tener más poder en Castilla que el propio rey. Lo único que consiguió es que la boda se retrasara unos meses, pero nada más.
Ella era su tía al ser hija del conde Sancho, hermano del rey Enrique II de Castilla, el primer rey Trastámara de Castilla y el que mató a su hermanastro, Pedro I el cruel.
También, de esa manera, este enlace no sólo era ventajoso para Fernando, en materia económica, sino que aglutinaría en su persona las dos ramas familiares, por lo que, en caso de morir su hermano sin descendencia, él tenía todas las papeletas para ser el nuevo rey.
Para desdicha de Fernando, en 1405,  su hermano, sólo un año antes de su muerte, consiguió  tener un heredero varón. Sería el futuro Juan II.

Al año siguiente, murió su hermano, el cual dejó indicado en su testamento que, hasta la mayoría de edad del príncipe, fueran regentes, conjuntamente, Fernando y la esposa del fallecido, Catalina de Lancaster. A ellos se unirían un consejo con 4 miembros asesores.
Los nuevos regentes nunca se entendieron muy bien. Así que hicieron un pacto para dividirse el reino. Fernando se quedaría con la mitad sur y la reina con la zona norte. La frontera estaría en la Sierra de Guadarrama.
Parece ser que uno de las causas por las que discutían a menudo es porque Catalina de Lancaster, que era nieta de Pedro I,  fue llenando la Corte de partidarios de aquel rey, y solían entrometerse en las relaciones entre los dos regentes. Sobre todo, Leonor López de Córdoba, dama de confianza de la reina, la cual ingresó en el consejo asesor por orden directa de Catalina. Concretamente, el infante Fernando, en una carta enviada a la reina, acusó a esta asesora de cohecho.
Sin duda, Fernando, había salido ganando, porque se quedó con las tierras más ricas, a pesar de haberse opuesto la consejera de la reina, y, además, se hizo con el control de los fondos para seguir la guerra contra el reino de Granada. Aparte del control sobre las órdenes religiosas de Santiago, Calatrava y Alcántara y el marquesado de Villena.
Así, Fernando, continuó con uno de los pasatiempos de los nobles castellanos de la época, que era la guerra contra los moros. Aparte de las riquezas que adquirían con esta actividad.
Los moros cada día estaban más atrincherados en las montañas del reino de Granada y era más difícil vencerles. Así que, tras varias guerras contra ellos, consiguió, en 1410, después de 5 meses de asedio, una plaza muy importante. Se trataba nada menos que de la ansiada Antequera, que tenía una fortaleza considerada casi inexpugnable.
A partir de entonces, se le conoció ya para siempre con el sobrenombre de Fernando el de Antequera.
Ese mismo año, en Aragón, moría su tío Martín I el Humano. Su falta de descendencia trajo consigo un enorme problema a su reino.
Fernando encargó que se presentara su candidatura al trono, aunque ya había otros 5 más y no era el que tenía más derechos.
Él siempre tuvo a su favor su enorme patrimonio, pues era el dueño de media Castilla. También tenía un gran prestigio militar, algo que se tenía muy en cuenta en la Edad Media. Esto, añadido a que podía disponer del Ejército castellano, pues casi no le faltaba nada más.
De todas formas, reunió a un consejo en Castilla para asesorarse si podía presentarse como candidato a un trono extranjero y le dieron el visto bueno.
No obstante, en las Cortes de Valladolid de 1411, en un principio, no quisieron aprobar las cantidades solicitadas para hacer frente a un posible ataque de los granadinos, tras vencer el período de tregua, como así sucedió. Los procuradores de las Cortes estaban pensando que el
infante iba a usar esos fondos para utilizar al Ejército castellano en sus ambiciones para alcanzar el trono aragonés.
Este dinero sólo lo obtuvo cuando le dio su apoyo el Papa Benedicto XIII, convenciendo a los procuradores castellanos.
Cuando se organizó la asamblea de los 3 reinos, compuesta por 3 enviados de cada uno, que dio lugar al célebre Compromiso de Caspe, él ya contaba con muchos partidarios muy importantes en esos reinos. Más el apoyo del Papa Benedicto XIII y el de San Vicente Ferrer.
Así, aunque a algunos de los compromisarios no les gustaba este candidato, pero vieron que era el que más interesaba al reino, fue proclamado nuevo rey de Aragón y de los demás reinos y condados que componían la Corona del mismo nombre. Este candidato obtuvo en total 6 de los 9 votos.
El 03/09/1412,  jura el cargo ante las Cortes de Aragón, reunidas en Zaragoza. Nombrando como sucesor a su hijo mayor, Alfonso. Un punto importante es que a ese acto acudieron dos de los pretendientes, Fadrique de Luna y el duque de Gandía, indicando
que renunciaban a sus derechos. No hará falta decir que con este nuevo rey se estrenó la Casa de Trastámara en Aragón.
Luego, para quedar bien con todo el mundo, fue a Lérida, donde le esperaban los antiguos partidarios de Jaime de Urgel, que le rindieron vasallaje. A lo mejor, fue porque se presentó allí fuertemente escoltado por sus tropas castellanas.
Como los préstamos se han de devolver, se fue hacia Tortosa, donde le esperaba el Papa Benedicto XIII, que le coronó como rey de Córcega, Cerdeña y Sicilia, entonces pertenecientes a Aragón y a cambio le rey le dio su apoyo en el conflicto que mantenía este pontífice contra otros Papas del momento, durante el llamado Cisma de Occidente.
La revuelta de Jaime de Urgel hace que se retrasen las Cortes catalanas, lo cual produjo que también se retrasase su reconocimiento por los demás reinos y no concluirá este proceso hasta 1414. Jaime estuvo respaldado por una parte de la nobleza federal catalana, los cuales contrataron unos mercenarios de origen inglés y francés, que lograron tomar algunas plazas.
Para poder vencer a su oponente, Fernando, contó desde el principio
con la mayoría del Ejército de Aragón y buena parte del de Castilla. Así la sublevación pudo ser vencida con mucha rapidez.
En ese año, fue coronado en Zaragoza en una magna ceremonia que se inició con una procesión desde el Palacio de la Aljafería hasta la Seo. Dicen que les quiso dar una lección y para ello no reparó en gastos.
Los puntos destacados de su pequeño reinado fueron sanear la economía y la administración de la Corona. Reformas municipales para una mayor participación ciudadana. Aumento del poder de los monarcas, lo cual fue siempre algo muy contestado en esos reinos.
Heredó una serie de reinos que estaban en un estado caótico, debido a la alta inflación, el bandolerismo, la mala administración, la anarquía, etc. Consiguió vencer casi todos esos problemas y dejó un reino en un estado infinitamente mejor que en el que lo halló.
Sin embargo, no tuvo más remedio que permitirles a algunos nobles que maltrataran a sus vasallos, para no perder el apoyo de los aristócratas. Es lo que se llamó el régimen pactista.
Por otra parte, dejó que ascendiera un peldaño el grupo formado por el patriciado urbano y la pequeña nobleza, dispuestos a participar en ciertas tareas del Estado.
No obstante, siempre tuvo problemas a la hora de solicitar nuevos fondos a las correspondientes Cortes. Especialmente, con los catalanes.
Lo más importante es que el establecimiento de una  sucesión clara en esta nueva dinastía le dio gran estabilidad a la Corona. Dado que, en períodos anteriores, la falta de sucesión había provocado varias guerras civiles.
No obstante, aunque Catalina de Lancaster, estaba deseando perderle de vista, nunca renunció a su regencia sobre Castilla.
Tampoco dejó nunca sus grandes patrimonios en su reino de origen, lo que le dio, en la práctica, un gran poder en Castilla.
Con una buena visión política, se dedicó a buscar acomodo a su numerosa prole. Así, a Juan lo colocó como virrey de Sicilia, terminando con la guerra civil producida desde la muerte de Martín el Joven, hijo de Martín I el humano, y que murió antes que su padre. Luego, se casó con Blanca, la viuda del joven Martín. También tomó posesión del reino de Nápoles.
Al resto de sus hijos, llamados en Castilla los “Infantes de Aragón”, o sea, Enrique, Pedro y Sancho, los colocó como grandes maestres de las órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara. Todo un auténtico chollo en esa época. En el caso de Enrique, también le colocó en el Consejo Real de Castilla, para no perder de vista el trono castellano.
A sus hijas María y Leonor las casó con los futuros reyes de Castilla y de Portugal, que tampoco está tan mal.
En lo tocante a la política exterior, pese a haber sido apoyado por el Papa Benedicto XIII, muy pronto dejó de serle fiel y tomó el camino que, a su modo de ver, le podría interesar más al Cristianismo.
Se reunió con este Papa en 1414 y también al año siguiente, para intentar convencerle para que abdicara, pero no lo consiguió.
Tras el Concilio de Constanza, en 1414, que destituyó a los 3 Papas del momento y nombró uno nuevo, el rey Fernando I, se entrevistó con el emperador Segismundo, el cual le encargó que se volviera a entrevistar con Benedicto XIII, pero no consiguió nada del Pontífice. También se reunió con el rey Carlos VI de Francia, para hablar sobre este asunto.
Así que Fernando dio orden de retirar su apoyo a Benedicto XIII, también llamado el Papa Luna, con lo que Aragón, que hasta entonces había navegado a contracorriente del resto de los reinos europeos, volvió a ser tenido en cuenta para tomar cualquier decisión. Sobre todo, en el área mediterránea. A partir de entonces, Benedicto XIII se retiró a su castillo de Peñíscola hasta su muerte.
Otros aspectos interesantes de su política exterior fueron la firma de treguas con la habitual enemiga, Génova, y con Narbona. También firmó tratados de paz con los reyes de Egipto y de Túnez. Así se puso desarrollar mejor el comercio marítimo de su reino.
En 1416, cuando fue a dirigirse a las Cortes catalanas, tuvo un fuerte altercado con alguno de sus diputados, encabezados por Joan Fivaller. Éstos le exigieron que pagara los impuestos generales
por entrar en Cataluña y él se negó rotundamente, al considerarse exento. Tras muchas y fuertes discusiones, hubo de pagarlos y abandonó Barcelona con muy mal humor.
Algunos dicen que estas discusiones alteraron su ya precaria salud y enfermó cuanto se hallaba en Igualada, muriendo unos días después, con sólo 36 años. Ya no hubo problemas sucesorios, pues  el rey tenía 7 hijos, así que ésta recayó en su primogénito, Alfonso, el futuro Alfonso V, al que le dediqué hace tiempo otro de mis artículos.
En cuanto a su descendencia, como ya he dicho antes el primogénito fue el rey Alfonso V, llamado el Magnánimo. Como Fernando nunca quiso que sus hijos perdieran sus derechos sucesorios en Castilla casó a Alfonso  con María, hija de Enrique III y heredera directa del trono, en el caso de que Juan II muriera sin descendencia. Como estáis viendo, aquí nadie daba una puntada sin hilo.

A este le sucedió en el trono su hermano Juan II de Aragón y de Navarra, por su matrimonio con Blanca. Este fue el padre de Fernando el Católico.
Enrique fue conde de Alburquerque, duque de Villena y gran maestre de la Orden de Santiago.
Sancho, solamente fue gran maestre de la Orden de Alcántara.
Leonor casó con Duarte I de Portugal y María con Juan II de Castilla. Este último rey, en su segundo matrimonio con Isabel de Portugal, serían los padres de Isabel la Católica.

domingo, 18 de octubre de 2015

NEVILLE CHAMBERLAIN, EL OTRO FIRMANTE DE LOS ACUERDOS DE MUNICH




Esta vez, no me queda más remedio que decir lo mismo que en el caso de Daladier. No obstante, cuando alguien pone a una persona inadecuada en un cargo en el Gobierno, en un régimen democrático, como el británico, la misma responsabilidad han tenido los de su partido y los que le han votado, que son los que le han llevado hasta allí.
No me vale para este caso uno de los principios de las famosas Leyes de Murphy, que dice que cuando una empresa tiene un directivo que es un inútil, hay que ponerlo en un sitio donde haga menos daño a la misma. O sea, hacerle director general o algo por el estilo.
Yo no voy a decir que fuera un inútil, sino una persona a la que le perdía su ansia por el pacifismo y era capaz de ceder lo que fuera, ante la amenaza de una guerra. Claramente, Hitler, se dio cuenta de ese defecto y se aprovechó varias veces de él.
Evidentemente, no fue la persona más adecuada para manejar, en ese momento, las riendas del Reino Unido.
En el caso que nos ocupa, Arthur Neville Chamberlain, nació en 1869, en la ciudad de Birmingham.
Su padre fue Joseph Chamberlain, que llegó a ser Secretario de Estado para las Colonias y miembro del ala liberal del partido Conservador británico.
Igualmente, su hermanastro, Joseph Austen Chamberlain, fue presidente de la Cámara de los Comunes, ministro y jefe del Partido Conservador.
Precisamente, cuando su hermanastro fue ministro de Asuntos Exteriores, consiguió que varias potencias firmaran el Pacto de Locarno, en 1925. Ese mismo año obtuvo el Premio Nobel de la Paz.
Neville, no empezó muy joven en la política, como solía ocurrir en aquella época, sino que estuvo durante 6 años dirigiendo una plantación familiar en las Bahamas.
Luego, también se dedicó a un negocio de construcción de literas para barcos y parece que le fue algo mejor.
En 1915, ya de vuelta en Gran Bretaña, consiguió primero ser elegido concejal de Urbanismo y luego  alcalde su ciudad natal, Birminghan.
Como eran tiempos de guerra, tuvo que trabajar mucho más, exigiendo a todos que hicieran lo mismo y recortó su sueldo, como alcalde, por la mitad.
Sus relaciones con el primer ministro Lloyd George, nunca fueron buenas, ello fue debido a que le nombró para un cargo que tenía la responsabilidad de coordinar el alistamiento militar y, a la vez, que las industrias de guerra funcionasen perfectamente. Lo que pasa es que el premier no le aportó la ayuda prometida y Neville tuvo que dimitir. 
En 1918, consigue ser diputado por el Partido Conservador. Fue nombrado
presidente del Comité para zonas poco saludables y allí conoció la miseria que se vivía en los barrios bajos de las grandes ciudades
En 1923 fue nombrado Ministro de Hacienda, en el gabinete de Stanley Baldwin, el cual había ascendido a premier por enfermedad grave de Bonar Law.
En 1924 pasó a ser Ministro de Sanidad, tras las elecciones del año anterior, donde derrotó en su distrito sir Oswald Mosley, que fue, posteriormente, el líder de la Unión británica de fascistas. En esta labor estuvo hasta 1929. Consiguió que se aprobaran 21 de los 25 proyectos de ley, que había presentado al Parlamento.
Curiosamente, nunca se llevó bien con los miembros del Partido Laborista y, en algunas ocasiones les acusó de administrar mal los fondos del Gobierno para la gente que sufría alguna discapacidad física. Así, el futuro premier laborista, Clement Attlee, dijo de él que “siempre les había tratado como basura”.
El Crack de la Bolsa de Nueva York coincidió con su vuelta al Ministerio de Hacienda, donde intentó parar los daños de la crisis a base de medidas proteccionistas, extrañas para el modo de pensar de los británicos, pero válidas para contener el creciente paro.
No obstante, se debe a él la Ley de Pobres, donde se basa el sistema del Estado del bienestar británico.
En 1937 ascendió a la jefatura del Partido Conservador y al cargo de Primer Ministro, sucediendo a Stanley Baldwin.
Tuvo un papel importante en el caso del intento de matrimonio del rey Eduardo VIII con la americana Wallis Simpson. Nunca le tuvo mucha simpatía a ella y consideró que estaba explotando al rey. Por ello, le aconsejó al monarca que, si quería casarse con ella, previamente, debería abdicar del trono. Eso fue lo que hizo el 10/12, tras una reunión entre el monarca y sus ministros.
Fue el gran adalid del apaciguamiento. Siempre intentando no soliviantar a Hitler y Mussolini, para huir de otra nueva guerra en Europa. Por aquella época, el pueblo británico todavía se acordaba del sufrimiento de la I Guerra Mundial y no deseaba meterse en otro conflicto por el estilo.
Incluso, se negó a criticar la invasión de Abisinia, por parte de las fuerzas italianas o la anexión de Austria, por parte de las fuerzas alemanas.
Tampoco quiso tomar partido en el caso de la Guerra Civil española y promovió la No Intervención, aunque todo el mundo sabía quiénes estaban interviniendo directa o indirectamente en nuestro conflicto bélico.
Para ello, tuvo que enfrentarse tanto al Partido Laborista como a buena parte de la opinión pública británica, que era partidaria  de los republicanos españoles.
En el caso de los Sudetes, empezó intentando que Hitler renunciara a sus pretensiones, pero, cuando vio claro que no lo iba a conseguir, se apresuró a dejar hacer a Hitler y convenció a Daladier, para que hiciera lo mismo. Es preciso recordar que Checoslovaquia tenía firmados, desde hacía varios años,  tratados de mutua defensa con Francia y con el Reino Unido.

En un discurso más propio de un obrero británico dijo: “sería terrible para nosotros prepararnos para una guerra motivada por un pueblo lejano y por gentes de las que nada sabemos”.
El 1 de octubre volvió al Reino Unido, aterrizando en el aeropuerto de Heston y agitando un papel, como los que hacen de tontos en el timo de la estampita. Aseguraba que en ese papel se garantizaba “la paz para nuestro tiempo”.
Concretamente, dijo estas palabras: “Por segunda vez en nuestra Historia, un primer ministro británico regresa de Alemania trayendo la paz con honor. Es la paz de nuestro tiempo”.
Esto fue seguido por una serie de continuas críticas  realizadas por Churchil. Entre otras cosas, dijo: “A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya
aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra”. Es curioso que le criticara de esa forma, porque los dos eran  muy amigos.
Se ve que Mussolini no era de la misma opinión que nuestro personaje, pues, durante una visita del premier británico a Italia había dicho que “Estos hombres no son ya de la misma pasta que Francis Drake o de los otros aventureros que conquistaron el Imperio. Son los hijos cansados de una larga serie de generaciones ricas. Y perderán el Imperio”.
Tras esa visita, el mismo conde Ciano, ministros de Asuntos Exteriores de Italia, a la vez que yerno de Mussolini, dice que, a pesar de que Chamberlain se agarraba como fuera a la idea de la paz, las dos partes veían la guerra como inevitable.
Tras la invasión nazi de Checoslovaquia, Chamberlain, dio la orden de preparar a la industria británica para una posible guerra. Concretamente, a intentar reforzar su poderío aéreo, pues el Canal de la Mancha ya no era un obstáculo para los aviones enemigos.
En marzo de 1939, llegó a un acuerdo con Francia para ayudar a Polonia en el caso de una invasión alemana.
Efectivamente, la guerra comenzó el 01/09/1939, pero ni el Reino Unido ni Francia movieron un dedo para salvar a Polonia.
El 03/09, en una alocución radiada al pueblo británico, el premier Chamberlain no tuvo más remedio que decirles: “Esta mañana, el embajador británico en Berlín ha entregado en mano al Gobierno alemán una nota certificando que, si antes de las 11 de la mañana no se han comprometido a retirar sus tropas de Polonia, entre nosotros habrá un estado de guerra. Os tengo que decir ahora que no ha habido respuesta, y que, consecuentemente, este país está en guerra con Alemania”.
Precisamente, el Reino Unido no atacó hasta que se produjo la invasión alemana de Dinamarca y Noruega, en abril de 1940. Fue un completo fracaso para las armas al
iadas.
Su mal estado de salud, le hace dimitir el 09/04/1940, justo un día antes de la invasión de Francia, por parte de las tropas alemanas.
Chamberlain, no obstante, volvió a ser ministro en el gabinete de Churchil, pero tuvo que dejarlo en agosto, a causa del empeoramiento de su salud.
Los constantes ataques aéreos de las fuerzas aéreas alemanas sobre territorio británico, hizo que disminuyera mucho su popularidad.
El mismo Churchill, en sus Memorias, habla de él como de una persona con muy buenas intenciones, pero que se portó de manera imprudente ante el expansionismo nazi.
El 09/11/1940, Chamberlain murió a causa de un cáncer intestinal, sólo 6 meses después de su renuncia como primer ministro.
Actualmente, muchos autores están revisando las acciones políticas realizadas por nuestro personaje. Es cierto que tomó unas medidas muy positivas para su país, en materia de Sanidad y Hacienda, pero fracasó en lo concerniente a las relaciones exteriores.
Otros autores han estado investigando sobre el poderío militar del Reino Unido y llegan a la conclusión de que ese país, en 1938, no estaba ni remotamente preparado para una guerra de esa envergadura, porque había realizado muchos recortes en su presupuesto de Defensa, mientras que Alemania sí se había estado rearmando en secreto.
No obstante, en 1939, aunque los británicos todavía estaban en franca desventaja en lo concerniente al poder aéreo, la diferencia ya no era tan brutal entre ambos países.
Tampoco se fio mucho de los franceses, pues ese país se hallaba
en una profunda crisis política. Los gobiernos solían durar menos de un año y su capacidad de resistencia no la veía muy fuerte. Como así sucedió posteriormente.
Yo creo que no se daba cuenta de que tanto Alemania como Italia estaban gobernadas por personajes bravucones, parecidos a los matones de barrio, a los que es muy difícil convencerles para que dejaran de serlo. También se les podría calificar como unos jugadores de farol a los que no hay otra forma de ganarles que replicar con otro farol o con unas cartas mucho mejores que las suyas.
Me da la impresión que, si  hubieran unido sus fuerzas, desde el principio, los británicos y los franceses, y hubieran enviado un par de sus divisiones a Polonia, a lo mejor Hitler se lo hubiera pensado un poco antes de invadir ese país.  
De hecho, dicen algunos autores que Hitler no pensaba siquiera que le fueran a declarar la guerra y que él tenía previsto comenzarla unos años después, porque tampoco tenía un gran ejército, ni los medios suficientes para enfrentarse a una guerra de ese calibre.