ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 12 de julio de 2015

SOBRE LAS MATANZAS DE INDIOS EN ARGENTINA



Me ha llamado mucho la atención que el Papa Francisco, que parece un hombre muy cultivado, aparte de ser un jesuita, que, sólo por eso, ya debería de serlo, haya dicho ayer en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), lo siguiente: “Pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante
la llamada conquista de América”.
En parte, puede tener razón, pero me da que un escaso número de conquistadores españoles no podrían haber cometido tantos crímenes como dice. Por lo menos, en la zona del Caribe, aunque nunca se ha sabido  cuánta gente vivía allí antes de que llegara Colón con sus naves.
No hay que olvidar que a los españoles solían acompañarles bastantes miles de guerreros indios, por supuesto, enemigos de incas, aztecas, mayas, etc.
Evidentemente, les acompañaban porque estaban hasta el gorro de los individuos de esas tribus, los cuales solían asesinarlos y hasta comérselos ritualmente. En ese aspecto no parecían estar tan avanzados como presumían.
Como veo que, por lo que se ve, en el Vaticano deben desconocer estas cosas, pues me he atrevido hoy a escribir un artículo para describir algunas matanzas que se hicieron desde el otro bando.
Para empezar, sólo voy a enumerar un conflicto que es hoy bastante desconocido, la Guerra de Castas. Se dio en la península del Yucatán entre los mayas y los criollos y mestizos.
 Comenzó en 1847 y acabó casi en pleno siglo XX. La consigna entre los mayas, era, no sólo vencerlos, sino exterminar a todos los enemigos. Algo que nunca hicieron los españoles, pues ya desde las Leyes de Burgos, se tomaron medidas para proteger a los indios, ya que se les necesitaba como mano de obra y para pagar impuestos. En fin, como es un conflicto bastante largo de explicar,  dedicaré en el futuro un artículo monográfico sobre este tema.
Por otra parte, está más que demostrado que se persiguió a los indios con más encono tras la independencia de las nuevas repúblicas que durante el período colonial. A lo mejor, porque muchas tribus indias apoyaron a los españoles en las guerras de independencia.
Hubo muchas matanzas, pero, ya que el Papa es argentino, pues le voy a mostrar las que se hicieron concretamente en su país, para no alargarme demasiado en el tema. De todas formas, me extraña mucho que una persona que fue arzobispo de Buenos Aires, no conociera este tema.
Entre 1878 y 1885, al Gobierno argentino, presidido por Nicolás Avellaneda, no se le ocurrió otra cosa que ocupar una serie de zonas, que pertenecieron en el período colonial al Virreinato del Río de la Plata y que entendían que ahora tenían que ser de su nuevo país.
 Como en las famosas películas de vaqueros, evidentemente, estas zonas ya estaban pobladas por numerosos indios de diferentes tribus y, lógicamente, les estorbaban para sus planes de colonización del territorio. No obstante, ya lo habían intentado anteriormente en la primera mitad del siglo XIX.

Aquí ya vemos una gran diferencia entre el sistema de colonización
español y el argentino, pues los españoles le dieron un valor al indio, mientras que a los argentinos les molestaron y no les importó eliminarlos.
De hecho, en el Informe Oficial de la Comisión Científica que acompañaba al Ejército, se dice que “la supresión de los indios ladrones que ocupaban el Sur de nuestro territorio”. Es curioso, porque, durante el período colonial, apenas hubo problemas, en esa zona, entre los indios y las autoridades virreinales.
También se dice en ese informe:  "Se trataba de conquistar un área de 15.000 leguas cuadradas ocupadas cuando menos por unas 15.000 almas, pues pasa de 14.000 el número de muertos y prisioneros que ha reportado la campaña”.
Aún más: “Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la más asustadiza de las asustadizas cosa del mundo, el capital destinado a vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuviera él mismo que tributar homenaje a la evidencia, que no experimentase recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército expedicionario y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas.”
Para acabar con el informe: “Pero se debe considerar, por una parte, que los esfuerzos que habría que hacer para transformar estos campos en valiosos elementos de riqueza y progreso, no están fuera de proporción con las aspiraciones de una raza joven y emprendedora; por otra parte, que la superioridad intelectual, la actividad y la ilustración, que ensanchan los horizontes del porvenir y hacen brotar nuevas fuentes de producción para la humanidad, son los mejores títulos para el dominio de las tierras nuevas. Precisamente al amparo de estos principios, se les han quitado éstas a la raza estéril que las ocupaba”. 
No sé por qué, estos párrafos que he tomado del referido informe, me recuerdan mucho a la mentalidad de los nazis, pero no, aunque parezca mentira, se escribió en pleno siglo XIX.
También se crearon campos de concentración con una valla de alambre, que llegaba a alcanzar gran altura y que estuvieron en activo hasta 1889. Hubo varios de estos campos en la Patagonia y hay hasta informes de los salesianos donde se mencionan los mismos. Se cree que fueron unos lugares de paso para unos 15.000 indios, aunque muchos dejaron allí sus vidas. Parece ser que los más rebeldes eran encadenados por la noche.
Cuentan que  a los prisioneros los separaron por sexos. Por una parte, enviaron a las mujeres a la ciudad de Buenos Aires para que trabajaran como sirvientes. En forma de esclavas, supongo. También les quitaron a muchas sus hijos, sin que pudieran impedirlo.
En cambio, a la mayoría de los hombres prisioneros los enviaron a la inhóspita isla de Martín García, donde murieron a los pocos años. Siempre consideraron a los indígenas como propiedad del ejército, el cual podía hacer con ellos lo que quisiera.
El Estado argentino argumentó que había ocupado esas tierras para que no lo hicieran otras potencias vecinas o europeas.
Por si alguno se le  había pasado por la cabeza que el Estado  argentino hubiera pensado en repartir esas inmensas tierras, unos 10.000.000 Ha, sólo en un principio, en pequeñas parcelas para los colonos, como se hizo en USA, pues estaba muy equivocado, porque,  prácticamente, se las regalaron a los amigos terratenientes de los políticos de turno. Más o menos, como pasó aquí durante la Reconquista.

También quedaron algunos excedentes de tierras, que vendieron a algunos terratenientes ingleses y franceses, en lotes de nada menos que 40.000 Ha, cada uno.
Además, como aún quedaron algunas zonas sin repartir y muchos militares llevaban nada menos que 7 años sin cobrar, pues se las cedieron, pero como éstos lo que querían era dinero en efectivo, pues las vendieron a la desesperada a los mismos terratenientes amigos de los políticos de Buenos Aires.
No creo que fuera casual que las 41.787.000 Ha se repartieran a 1.843 terratenientes, los cuales, muchos de ellos, estaban relacionados mediante lazos familiares o económicos con la familia de Julio Argentino Roca, el militar que conquistó ese territorio y que luego fue presidente de la República.
Concretamente, se dice en algunos estudios, que 67 propietarios se quedaron con 6.000.000 Ha. De ellos, algunos se llevaron 200.000 Ha y hasta la familia del futuro ministro de Economía Martínez de la Hoz, se llevó 2.500.000 Ha.
Como Chile también estuvo siempre interesado en algunos de estos territorios, hay quien argumenta que Argentina aprovechó que, en ese momento,  el ejército chileno se hallaba luchando contra Perú y Bolivia, para acometer esta campaña contra los indios y agenciarse todo el territorio al completo.
El Estado argentino siempre tuvo muy claro que había que exterminar a esos indios. Es lo que hoy se podría entender como un delito de genocidio.
Al votar los fondos para esa campaña en el Congreso argentino se habló de “exterminar a los indios salvajes y bárbaros de pampa y Patagonia”.
Hasta el mismo gobernador de Buenos Aires decía: “primero exterminaremos a los nómadas y luego a los sedentarios”. Más claro no se puede hablar.
Fueron muy comunes los ataques del ejército a los poblados indígenas, cuando sabían que habían salido de allí los guerreros, para luchar contra otra unidad militar. Así que arrasaban estos poblados cuando sólo se encontraban en ellos mujeres, niños y viejos.
A los varones que trasladaron a la isla de Martín García, se les obligó a ir caminando hasta el puerto de  embarque, el cual estaba situado a más de 1.000 km. Por supuesto, al que se cayera por el camino, se le mataba allí mismo. Muchos murieron de esa forma, aunque no hay datos sobre ello.
A los supervivientes que se quedaron poblando el sur de la Patagonia, ni siquiera les contabilizaron en los censos del país hasta 1914.
Ya en esta campaña se utilizaron algunos medios militares bastante modernos para la época, como el telégrafo. Parece ser que, durante la campaña, se enviaron más de
52.000 telegramas, a fin de coordinar los movimientos de las diferentes unidades del ejército y mejorar su logística.
Bueno,  a estas alturas de la película, creo que más de uno habrá quedado bastante asombrado con lo que he narrado hasta el momento. No obstante, argumentará, que son cosas más propias de la gente del siglo XIX y no de personas con ideas más modernas. Pues, se equivocan los que hayan pensado así y ahora lo verán.
Casualmente, durante el segundo mandato presidencial de Julio
Argentino Roca, que había sido el militar que conquistara esos territorios y ahora era el presidente de la República, se dio un suceso muy curioso.
En una zona de la Tierra de Fuego, donde vivían unos indios llamados onas, alguien dejó una ballena muerta y abandonada.
Estos indios no tuvieron muchos problemas para quedársela, pues se la dejaron en una zona muy próxima a la costa.
Conclusión, 500 de estos indios murieron, porque la ballena había sido previa y criminalmente envenenada. Este suceso tuvo lugar en 1903, en una localidad llamada Springhill. O sea, ya en pleno siglo XX.
En 1905, un grupo de  terratenientes criadores de ovejas, también en la Tierra del Fuego, invitaron a un grupo de indios a un banquete, con el ardid de que iban a firmar ambos bandos un tratado de paz.
Una vez personados los indios en ese lugar, los terratenientes y sus esbirros dispararon contra ellos, matando a unos 300, incluyendo hombres, mujeres y niños.
Dando un salto en el siglo XX, llegamos a 1924. En una localidad del Chaco, llamada Napalpí, unos indios tobas se rebelaron contra los terratenientes, protestando por los pobres salarios que les pagaban.
El Estado argentino no se cortó un pelo y mandó varias unidades de policías, que los asesinó impunemente. Se cree que asesinaron entre 200 y 400 indígenas.
De esta narración no se salva ni el mismísimo Perón. Siendo él presidente, en 1947, unos indios pilagá, en la provincia norteña de Formosa,  quisieron realizar una marcha de protesta a causa de sus malas condiciones laborales. Esta vez, el ejército no se lo pensó mucho y los ametralló, causando unos 1.500 muertos.
Incluso, hoy mismo, se sigue persiguiendo de manera sigilosa a los indios. Viven en condiciones realmente miserables y nadie les hace caso.
Por ello, entiendo, Su Santidad, que debería de dejar de mirar las injusticias que cometieron otros hace mucho y ver las que siguen cometiendo actualmente sus paisanos. O sea, como decimos aquí, dejar de mirar la paja en el ojo ajeno y mirar la viga que tienen en el propio.

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miércoles, 1 de julio de 2015

ALFONSO V EL MAGNÁNIMO, UN REY MUY PECULIAR



Hoy voy a dedicar este artículo a un monarca  aragonés un tanto olvidado hoy en día, pero con una vida muy curiosa y creo que más de uno disfrutará al leerla.
Es posible que más de uno haya notado que me he referido, en el párrafo anterior, a nuestro personaje como un rey aragonés. Es más que evidente que así lo fue y, desde luego, no lo llamaré “catalano-aragonés”, como está hoy muy en boga, porque en los manuscritos de la época, nunca me he encontrado a ningún rey de Aragón con esa denominación.
Supongo que, en todo caso,  sería mucho más lógico haberle llamado valenciano-aragonés o mallorquín-aragonés, pues estoy enumerando unos territorios que fueron reinos. Si le llamara “catalano-aragonés”, suponiendo que en esa época hubiera una entidad clara llamada Cataluña, pues lo estaría degradando, ya que en Cataluña sólo existieron siempre una serie de condados, con mayor o menor relación unos con otros.
Una vez aclarado este asunto, paso a comentar la vida de este personaje llamado Alfonso V, el Magnánimo o también el Sabio.
Nació en 1396 y, aunque los autores no se han puesto de acuerdo sobre su lugar de nacimiento, la mayoría de ellos piensa que fue en Medina del Campo (Valladolid).
A algunos les podrá parecer un poco raro que un rey de Aragón naciera en tierras castellanas, esto tiene muy fácil explicación. Su padre fue Fernando de Antequera, hermano del rey de Castilla, el cual todavía no había sido elegido rey de Aragón.
Como ya he dicho antes, su padre fue el famoso Fernando I de Antequera, llamado así porque conquistó esa ciudad a los moros.
Su madre fue Leonor de Alburquerque, llamada por entonces “la rica hembra”, pues había heredado una gran fortuna de su familia. Así que, tras sumar ésta a la de su marido, se consideraba a esta pareja los más ricos de Castilla y entre los más ricos de la Europa de su tiempo.
He querido precisar este punto, pues, debido a ello, Alfonso, se crio en un ambiente donde no faltó nunca el lujo y, además, se aficionó pronto a las Artes y las Letras, ya que su familia se dedicaba, en parte, al mecenazgo.
Además, se supone que también tuvo cierta relación con su tío, el famoso alquimista Enrique de Villena, el cual le daría a conocer alguno de sus secretos.
Todo el mundo hablaba de él como de una persona que siempre vestía muy bien y que, además, gozaba de una gran simpatía.
En 1406, su familia concertó su boda, concretamente, con su prima María de Castilla, hija del rey Enrique III y de Catalina de Lancaster, hermana de Enrique IV de Inglaterra. Al ser muy jóvenes aún, la boda no se celebró hasta 1415. Concretamente, se casaron en Valencia.
En 1412, tras el Compromiso de Caspe, se eligió rey de Aragón a su padre, Fernando, por tanto, como Alfonso era su hijo mayor, pues se le reconoció como heredero de la Corona de Aragón, que, por si alguno no lo sabe, no es lo mismo que el reino. La Corona de Aragón engloba los reinos de Aragón, Valencia, Mallorca, Sicilia, etc, más los condados catalanes.
Los demás hermanos, que fueron conocidos desde entonces como los infantes de Aragón, permanecieron en Castilla para defender los intereses de su familia, los Trastámara,  en ese reino.
En 1416 murió su padre y Alfonso fue proclamado nuevo rey. Desde el principio, tuvo muchos problemas. Por una parte, se reducían sus partidarios en Castilla y eso era peligroso para poder defender sus intereses.
Por otro lado, el tradicional enemigo de Aragón, Génova, amenazaba sus dominios en el Mediterráneo.
También se cebaron con él, desde el principio, los representantes de los condados catalanes. Ya que su padre no les aprobó una serie de reivindicaciones en las Cortes de Montblanc, de 1414, pues ahora probaron con su hijo a ver si había más suerte.
Además, el joven rey, siguió con la política de su padre, favoreciendo a los maltratados campesinos de la remensa, algo que no gustó nada a la oligarquía catalana. Incluso, en las Cortes de Barcelona de 1416, algunos representantes catalanes osaron desafiarlo.
Alfonso les dio donde más les dolió. Así que leyó su discurso en castellano y eso no les gustó absolutamente nada, a pesar de que anunciaba una política favorable a Cataluña.
A pesar de ello, los representantes de los brazos eclesiásticos y reales de las Cortes, estuvieron de acuerdo en negociar con el rey las ayudas solicitadas por éste para luchar contra Génova. No así los nobles, que no quisieron dar su brazo a torcer.
Así que el rey se encaminó a la próspera ciudad de Valencia para organizar la flota que debería de luchar contra Génova. Hasta allí llegaron también los representantes catalanes, los cuales le exigieron una reforma del Gobierno y la expulsión de todos los extranjeros de la corte real. Se referían, por supuesto, a los castellanos amigos del rey.
La cosa se le puso muy fea, porque el tema de los extranjeros, como era muy impopular, pues lo apoyaron las ciudades de Zaragoza y Valencia. Así que tuvo que volver a Barcelona para celebrar, en 1419, unas nuevas Cortes, donde se expresó en catalán y, además, tuvieron que discutir, previamente, las reclamaciones de cada condado, antes de soltarle la pasta.
Al fin, a mediados de 1420, consiguió embarcar para Italia. Harían escala en Mallorca, para luego ir a Cerdeña a fin de frenar las apetencias de los genoveses en esa isla y en Córcega.
Esta política no era nueva, pues no hay que olvidar que Pedro III ya conquistó Sicilia, en el siglo XIII, para la Corona de Aragón.
No se le dio muy bien esta aventura, pues los corsos resistieron muy bien con la ayuda de sus aliados los genoveses. Así que puso sus ojos en el vecino reino de Nápoles, que le pareció más sencillo de anexionar.
En Nápoles gobernaba la reina Juana II de Anjou, con la ayuda de dos viejos condotieros. Como la reina no había tenido descendencia al reino no se le veía mucho futur
o. Incluso, algunos nobles napolitanos apoyaron su candidatura como nuevo rey, mientras que otros apoyaron la de Luis III de Anjou.
En 1421, cuando Luis de Anjou se cansó de esperar y puso sitio a los dominios de la reina Juana II de Nápoles, a ésta no se le ocurrió otra cosa que llamar a Alfonso para que le ayudara.
Como pago de su ayuda, le propuso que le adoptara como hijo y heredero, aparte de nombrarle duque de Calabria. Así que Alfonso aceptó esa generosa propuesta.
Así que en junio de 1421, ya entró Alfonso, por primera vez en Nápoles,
donde fue recibido como un héroe libertador.
No obstante, parece que la reina Juana no se fiaba mucho de él. Así que no se le ocurrió otra cosa que anular esa adopción y pasarse al bando contrario, nombrando ahora como heredero a Luis de Anjou.
Así que a Alfonso no le quedó otra que volverse a la Península Ibérica, donde residiría los próximos 9 años. No obstante, aprovechó su pasó por la ciudad de Marsella, aliada de los Anjou, para saquearla y llevarse el cuerpo de San Luis, que fue obispo de Toulouse.
Cuando llegó a Barcelona, en 1423, no le quedó otra que aceptar las reivindicaciones que le pusieron sobre la mesa los nobles catalanes y que anteriormente había rechazado.
En esta época se dieron varias luchas entre la rama aragonesa y la castellana de los Trastámara. Uno de los artífices principales de esta rivalidad fue el valido Álvaro de Luna.
En 1429, las tropas de Alfonso, unidas a las navarras de su hermano Juan, el padre de Fernando el Católico, invadieron Castilla y llegaron hasta Jadraque, en Guadalajara. No llegaron a combatir contra los castellanos, porque la reina María se interpuso y llegaron a un acuerdo.
En otra ocasión, Alfonso, pidió recursos a las Cortes catalanas para luchar contra los castellanos. No sólo no se los dieron, sino que una representación de estas Cortes se entrevistó con el valido castellano para informarle que no temiera al rey aragonés, pues no le iban a aportar nada para hacerle la guerra.
Parece ser que el rey se enteró de esta traición,  y, seguramente, fue una de las cosas que más le convenció para dejar la península. Así que, en 1432, dejó sola a su esposa, la reina María, para que se entendiera con ellos.
En 1433, tras el nuevo ataque de los genoveses al reino de Nápoles, la voluble reina Juana II, le volvió a nombrar heredero de su reino.
No obstante, esta alianza dio lugar a otra, en el bando opuesto, compuesta por el Papado, el emperador Segismundo, Florencia, Venecia y Milán.
Alfonso, esta vez, se lo pensó mucho, pues esa coalición era demasiado potente. No obstante, esta vez la suerte se decantó a su favor, cuando, en 1434, murió Luis de Anjou y al año siguiente, la reina Juana II.
Así que en 1435 puso sitio con sus naves a la ciudad de Gaeta, pero fue vencido y capturado en Ponza, junto con sus hermanos Juan y Enrique.
La reina María tuvo que emplearse a fondo en sus reinos, tras la captura de su marido, sin embargo, consiguió estabilizarlos.
Un poco más tarde, el duque de Milán, puso en libertad a Juan, hermano de Alfonso, y fue nombrado por éste como su lugarteniente para los reinos de Aragón, Mallorca y Valencia. Así, María, gobernaría en exclusiva en Cataluña.
Mientras tanto, Alfonso, gracias a su simpatía se ganó la amistad del duque de Milán, que era quien le mantenía prisionero. Así le puso en libertad y ambos firmaron un acuerdo para quedarse con el reino de Nápoles.
Tras varios años guerreando en ese reino, en 1441, pusieron cerco a Nápoles, que se rindió a mediados de 1442, entrando Alfonso oficialmente en la ciudad en febrero de 1443.
Unos días después, su hijo natural, Ferrán, fue nombrado duque de Calabria y heredero de ese trono.
No le fue muy mal a Alfonso, aunque tuvo que reprimir algunas revueltas al comienzo de su reinado.
Se desvinculó por completo de los problemas de la península y a partir de entonces instaló su corte en Nápoles, viviendo como un auténtico mecenas de artistas. También influyó para la circulación de nuevas ideas artísticas entre sus reinos.
También apoyó el nacimiento de 3 de los llamados Estudios Generales, embriones de las Universidades. Concretamente, los de Catania, Gerona y Barcelona.
Evidentemente, en Nápoles tuvo varias amantes que, quizás, sería una de las principales razones para que no volviera a su tierra. Una de ellas fue Lucrezia Alagno.
También intentó afianzar los territorios aragoneses en Grecia. Eso provocó que los turcos tuvieran algunos problemas para conquistar esa zona.
No obstante, no fue capaz de lograr una verdadera alianza de reyes de la Europa occidental para frenar el avance de los otomanos.
Alfonso murió en 1458 en el castillo del Ovo, en Nápoles. No tuvo hijos con su esposa, la reina María. Por ello, su hermano Juan, que ya era rey de Navarra, también llegó a ser rey de Aragón. Precisamente, fue el padre de Fernando el Católico.
Curiosamente, los padres de los Reyes Católicos se llamaron de igual forma, Juan II.
En el siglo XVII, el virrey español en Nápoles tuvo la idea de traerse los restos de este monarca para que descansaran con los demás de su familia en el monasterio de Poblet. Supongo que pensaría que así estarían mejor guardados.
Desgraciadamente, como ya es sabido, con las Desamortizaciones habidas en España, durante el siglo XIX,  se abandonaron muchos de estos lugares de culto, por lo que las tumbas  de todos estos reyes aragoneses fueron violadas y sus cuerpos abandonados entre las ruinas del monasterio de Poblet.
Al cabo del tiempo, los restos de todos estos monarcas, fueron más o menos recuperados y reconstruidas sus tumbas a fin de tener a estos monarcas como procede en un panteón real.

viernes, 26 de junio de 2015

EL ROBO DE LA GIOCONDA



Esta es una historia donde confluyen no un personaje, como siempre, sino varios, pero todos con el mismo afán de hacer negocio con una obra de arte.
Empecemos por el principio. Vicenzo Peruggia era un carpintero italiano. Había nacido en 1881, o sea, tras la unificación italiana, en un pueblo cercano a Varese, en el norte de Italia, cerca de la frontera con Suiza.
Como, supongo, que no tendría trabajo en su país, cosa que les suele ocurrir más bien a los del  sur de Italia, sin embargo,  no olvidemos que este individuo era del norte, pues se fue a Francia y, más concretamente, a París. Por entonces, ya había cumplido los 30 años.
A la empresa para la que trabajaba le salió un contrato con el Museo del Louvre para trabajar una temporada en su sede, precisamente, para mejorar la seguridad de las obras allí expuestas, metiéndolas en urnas de madera y vidrio, pues en 1907 una anarquista había acuchillado un cuadro de Ingres.
No sabemos si Vincenzo era un nacionalista radical italiano, pero, según parece, esa fue una de las razones que le movió para cometer el robo.
Parece ser que alguien le convenció de que era una obra de un autor italiano y que se la había llevado Napoleón a Francia.
La verdad es que Leonardo se hizo muy amigo del rey francés Francisco I y éste, ya en la ancianidad del artista, le acogió en su reino. Puso un palacio a su disposición. Concretamente, el de Clos-Lucé y allí murió.
Leonardo, por alguna razón que desconocemos, nunca se separó de esa pintura y siempre la estuvo retocando hasta el final de sus días.
Cuando murió, su amigo Francisco I, se la quedó como un recuerdo de Leonardo y luego fue a parar al Museo del Louvre.
Volviendo a nuestro personaje principal, el domingo 20/08/1911 se escondió dentro de las instalaciones del museo, sabiendo que el lunes no lo abrirían al público.
Ya el lunes, salió de su escondite y se puso una de las amplias batas blancas que solían usar los empleados de la pinacoteca. Fue hasta la sala donde estaba expuesta la Mona Lisa, la descolgó y se la llevó.
Se fue hasta una escalera interior y, debajo de ella, donde podía estar lejos de las miradas curiosas de los demás empleados, le quitó el marco y el cristal a la pintura y los dejó tirados en el suelo. Luego, colocó la célebre pintura, realizada al óleo sobre una tabla de álamo, bajo su bata blanca y salió del edificio, saludando amablemente a los guardias que había en la puerta y que ya le conocían.
Esa misma mañana llevó la obra a la habitación de la  modesta pensión donde vivía. Es posible que tuviera todo bien calculado, pues unos días antes se había hecho con un baúl con doble fondo y allí escondió esta obra, que no es muy grande. Luego, metió el baúl debajo de la cama, como se hacía antes.
En todo este tiempo, nadie echó en falta esa obra de arte. Sin embargo, el martes, pasó por allí un pintor llamado Louis Beroud, que estaba realizando una copia de la misma y preguntó a los guardias si se la habían llevado. No era de extrañar, porque en aquel momento, se estaban realizando fotos de todas las obras expuestas.
Los vigilantes fueron a preguntar y entonces se dio la alarma en todo el museo. Alguien había robado la famosísima pintura de Leonardo delante de sus narices. Esto no era muy raro, pues llevaban sufriendo una serie de robos desde hacía unos cuantos años.
La policía cerró inmediatamente todas las fronteras del país y vigiló estrechamente los puertos. Entonces no había todavía aeropuertos. No se consiguió nada.
Luego interrogaron a todos los empleados del Museo, incluido Vicenzo, como se hace habitualmente en estos casos, pero tampoco lograron nada.
Pasaron las semanas y la cosa estaba como al principio. Hubo un duro cruce de acusaciones entre la Policía y el Museo. Los periódicos también le sacaron mucho partido a la noticia.
Comenzaron las detenciones de sospechosos. Curiosamente, uno de los detenidos fue el luego célebre pintor español Picasso. También arrestaron al poeta Apollinaire.
Parece ser que un secretario del poeta Apollinaire, que odiaba este museo, había robado unas estatuillas y luego se las había vendido a nuestro pintor. Luego, él alegó en su
 defensa que no sabía que fueran robadas, pero la Policía, aunque le dejó en libertad, no le quitó el ojo de encima.
En este momento le voy a dar entrada al segundo personaje de esta trama. Su nombre era Eduardo Valfierno, un argentino nacido en 1850.
Se trataba de un simple estafador que se las daba de célebre marchante de arte y que tenía una clientela selecta en su agenda.
Era un tipo que siempre había llevado una vida, donde había disfrutado
de todo tipo de lujos, gracias a la fortuna de su padre. Con ese tren de vida, muy pronto se gastó esa fortuna y ahora vivía a base de ir dando tumbos por ahí.
El tercer personaje de esta trama se llamaba Yves Chaudron, el cual era un artista francés, que se dedicaba, sobre todo, a realizar copias de obras de arte renacentistas.
Valfierno, que era un  liante, logró contactar con Chaudron y con Perugia y utilizó a ambos. Al primero, le encargó realizar 6 copias de la célebre Mona Lisa.
Al segundo lo utilizó como tonto útil. Le llenó la cabeza de pájaros sobre el nacionalismo italiano y le convenció para que robara la obra y la mantuviera en su poder hasta que se le avisara. Por supuesto, le prometió que le pagaría muy bien el robo de la misma.
Durante 14 meses, Chaudron, se encargó de realizar las 6 copias, utilizando hasta madera y pinturas propias de ese siglo. Durante ese mismo tiempo, Valfierno, se dedicó a buscar potenciales compradores de esas obras. Por supuesto, diciéndoles a cada uno que era la auténtica.
Valfierno parece que sacó 300.000$USA, como beneficio por cada venta en esta operación y pasó abiertamente de Vicenzo.
Cuando pasaron 2 años y ya no se acordaba casi nadie del caso, Vincenzo, quiso quitarse el cuadro de encima. Así que contactó con un anticuario llamado Alfredo Geri. Le propuso vendérselo por medio millón de liras, cuando las liras valían algo, y, además, le hizo prometer que el cuadro se quedaría en Italia.
La entrega de la obra se realizó en Florencia y, mientras el especialista en Leonardo, Giovanne Poggi, director de la famosa Galeria degli Uffizi, certificó que era el auténtico, la policía, llamada por Geri, detuvo a Vincenzo.
Precisamente, fue juzgado en su propio país y no en Francia. A lo mejor, por eso, el juez de Florencia fue muy benévolo y, atendiendo a las razones nacionalistas para el robo, sólo le condenó a 1 año y 15 días de prisión, que se quedaron en 7 meses y nunca delató a los demás cómplices del robo.
La obra, tras una gira triunfal, que duró dos meses,  por varias ciudades italianas, regresó al Museo del Louvre, de donde había salido.
Por supuesto, Valfierno y Chaudron, no volvieron nunca a Francia, por si acaso, y se establecieron en USA, donde se dedicaron a vender copias de obras famosas a las estrellas que estaban surgiendo entonces en el mundo del cine. Evidentemente, se hicieron muy ricos con esta actividad delictiva.
En 1931, cuando ya veía Valfierno, o a lo mejor algún médico le había avisado que le quedaba poco tiempo de vida, se citó con el periodista Karl Decker, al que le contó con pelos y señales todos los entresijos del robo de la Mona Lisa. A lo mejor, lo hizo para pasar a la historia, cosa que consiguió. La prueba es que todavía estamos hablando de él.
Además, le dio a conocer la identidad de los 5 ciudadanos USA y el brasileño que el pagaron 300.000 $USA por cada copia de la Mona Lisa, algo que va en contra del espíritu de las relaciones comerciales, incluso, las realizadas de modo legal.
La única condición que puso es que se publicara esta historia tras su muerte. No es de extrañar, en vida habría podido tener problemas de todo tipo.
Así fue, el periodista Decker, publicó esa entrevista  en 1932 en el periódico Saturday Evening Post, para escarnio de los compradores de esas obras y del Estado francés.
Se cree que, al morir, tenía una fortuna calculada entre 40 y 60 millones de dólares USA. Esos cuadros fueron revendidos por sus clientes, pero nunca pudieron recuperar la cantidad pagada a Valfierno. Evidentemente, nunca le pudieron denunciar, porque les
habrían acusado de adquirir una obra que todo el mundo sabía que había sido robada en París.
Sobre Vicenzo sólo sabemos que se casó y tuvo una hija. Incluso, volvió a trabajar en París, pero utilizando el nombre de Pietro Peruggia, trabajando como pintor decorador.
Con la llegada de la I Guerra Mundial, los periódicos no volvieron  a publicar más sobre él, que había sido aclamado por las masas con un buen patriota italiano, y se sabe que murió, en territorio francés,  en 1925.
Las falsificaciones fueron de tal calidad que algunos hoy en día se siguen preguntando si la obra que se exhibe en el Museo del Louvre será la auténtica o, quizás, una de las copias realizadas por Chaudron. 
 La historia posterior de la Gioconda está repleta de anécdotas. Durante la II Guerra Mundial fue escondida en diferentes lugares de Francia, hasta que salió a la luz en 1947.

En 1956, un pintor boliviano llamado Ugo Ungaza le lanzó una piedra que le dañó la pintura del codo derecho. Menos mal que pudo arreglarse sin problemas.
En 1963 viajó dentro de un trasatlántico, en un camarote de primera, con destino a USA. Allí fue expuesta en la National Gallery de Washington y el Museo Metropolitan de Nueva York.
En 1974 se trasladó, por vía aérea, nada menos que a Japón, donde se exhibió en el Museo Nacional de Tokyo. A pesar de que se le colocó un cristal protector, una mujer intentó estropear la obra con un spray de pintura roja, pero no pudo conseguirlo. Parece ser que protestaba porque no habían dejado acceder a  los minusválidos a la sala.
Tras su vuelta al Louvre se exhibió tras un cristal antibalas, para protegerla contra todo tipo de locos que intentaran estropearla. Actualmente, está situada en el centro de  una sala dedicada a esta obra.