ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 5 de octubre de 2014

SANCHO I EL GORDO, UN REY CON UNA VIDA DE CUENTO

Hoy traigo al blog un personaje casi desconocido por todos. Confieso que yo tampoco sabía nada de él hasta el año pasado, que lo encontré por pura casualidad.
La verdad es que la historia de este rey parece sacada de uno de esos cuentos infantiles tradicionales, pero no, fue totalmente cierta.
Para empezar, hay  que decir que Sancho fue hijo de Ramiro II de León y de su segunda esposa, Urraca. La cual era hija de Sancho Garcés I de Navarra y de Toda Aznárez. Sobre esta última hablaré más adelante.
Quizás el gran problema de Sancho, aparte de su gordura, era su gran ambición y el verse postergado por su hermano, Ordoño, hijo del primer matrimonio de Ramiro II de León con Adosinda Gutiérrez, que reinaría con el nombre de Ordoño III de León.
Sancho siempre quiso ser rey y, aunque su hermano lo apartó de la corte, nombrándolo gobernador de Burgos, siempre estuvo organizando revueltas internas que llegaron a provocar dos guerras civiles, que duraron poco tiempo.
Nuestro personaje parece ser que era muy persuasivo y llegó a convencer tanto al conde Fernán González de Castilla, que era el suegro de Ordoño, como a su tío el rey de Navarra, para que atacaran León y, así, cuando él estuviera en el trono, les devolvería los territorios que habían perdido anteriormente en guerras contra su reino.
Ordoño III consiguió vencer a los ejércitos de los aliados, haciendo que cada uno huyera hacia su respectivo territorio.
Bueno, las peleas entre hermanos herederos de un trono eran habituales en la Edad Media. Algo parecido ocurrió entre Alfonso IV el monje y Ramiro II, ambos reyes de León. En este caso, el primero dejó el trono a Ramiro, para hacerse monje.
Luego, tras unos años de vida conventual, quiso volver a reinar, pero su hermano no se lo permitió, lo encerró y ordenó que le sacaran los ojos. Está claro que era un perfeccionista. Esto de los ojos era muy típico entre los visigodos.
Como consecuencia de la rebelión del conde Fernán González, expulsó de León a su esposa, que era hija del conde, y se amancebó con Elvira Peláez, hija de otro conde,  Pelayo González. De esta última unión nacería Bermudo, heredero al trono de León, aunque fuera bastardo.
Ordoño III intentó llevarse bien con los musulmanes, porque estaban en pleno apogeo, liderados por Abderramán III y, en toda la península,  no había quién les parara 
El rey de león no tuvo mucha suerte y falleció cuando sólo llevaba 5 años de reinado. Como su hijo, Bermudo, era aún muy pequeño, su hermano Sancho aprovechó la oportunidad de su vida y, apoyado por muchos nobles, fue proclamado rey en 955.
Una vez en el trono, intentó por todos los medios rebajar el poder de la nobleza. Eso causó el efecto contrario y dio lugar a muchas burlas y menosprecios a causa de su excesiva gordura.
Este defecto era tan importante que le impedía,  montar a caballo y manejar las armas. Incluso, para andar necesitaba apoyarse en otra persona.
Esta minusvalía, provocada por la obesidad, no era admisible en plena Edad Media, donde todos los reyes solían cabalgar, en medio de las batallas, al frente de sus tropas. El rey tenía que ser el mejor caballero.
Empezó su reinado con mal pie, no sólo por su defecto, sino porque al negarse a firmar un tratado que ya había preparado su hermano antes de morir, con el califa Abderramán III, fue atacado por los musulmanes, provocando serios destrozos.
La nobleza, que antes le había apoyado, empezó a intrigar contra este rey, pues, su actitud hacia los musulmanes, les estaba provocando muchos perjuicios.
El citado, Fernán González, primer conde independiente de Castilla, que tenía fama de liante, esta vez se las arregló para casar a su hija, ya viuda de Ordoño III, con otro Ordoño, que era hijo del destronado Alfonso IV el monje.
Para liar más la cosa, Fernán, reunió a varios nobles, los cuales proclamaron en 958 al mencionado Ordoño, rey de León, con el nombre de Ordoño IV. Por cierto, este tampoco sería muy agraciado físicamente, porque era jorobado.
Sancho I tuvo que salir zumbando hacia Navarra y allí le recibió calurosamente su abuela, la reina Toda Aznárez, que, por entonces, tras haberse quedado viuda, ejercía la regencia del reino, dada la corta edad de su hijo, el futuro García Sánchez  I de Navarra.
Toda, inmediatamente, se dio cuenta de que la única forma de que su nieto volviera a reinar en León pasaba por encontrar un potente aliado para su causa y por perder un montón de kilos, para convencer a sus súbditos.
 El único aliado que podría ayudarles a recuperar el trono de León era el califa Abderramán III. Así, aunque Toda había estado guerreando muchos años contra los moros, venció sus prejuicios a fin de ayudar a su nieto.
El califa les mandó un médico judío, al cual también le dio instrucciones para negociar la paz con Córdoba. Luego les exigió que fueran a esa ciudad para firmar el tratado.
Sancho I, gracias a los remedios del médico, consiguió rebajar mucho su peso y, además, el califa, le mandó un ejército para recuperar el trono.
A partir del 959, consiguió rendir muchas plazas del reino, con la ayuda de los moros. Sin embargo, León seguía en poder de Ordoño IV.
En 960, el liante del conde Fernán González, fue vencido y capturado en una batalla. Así que Ordoño IV perdió a su principal apoyo. Por ello, huyó primero a Asturias y luego a Burgos.
En 961 murió el gran califa Abderramán III. Los reyes cristianos interpretaron que ya no tendrían que cumplir lo pactado. Además, el nuevo califa no parecía muy belicoso. Pues, se equivocaron.
El nuevo califa pidió que se cumplieran los pactos de forma inmediata. León debería de entregarle unas cuantas fortalezas y Navarra a su prisionero, el conde Fernán González.
Esto no fue posible, porque el conde ya había sido liberado por el rey navarro y aquél no perdió el tiempo, pues enseguida fue a prestar juramento ante Sancho I. Además, nada más volver a Castilla, expulsó de allí a Ordoño IV.
Como a éste último no se le ocurrió otra cosa que ir a Córdoba para intentar buscar el apoyo del califa, como ya hicieron Sancho I y su abuela, Toda, pues el rey leonés envió inmediatamente una embajada a Córdoba para notificarle de que iba a cumplir lo pactado. No fuera que ahora apoyaran al otro.
Lo curioso es que  Ordoño IV murió de repente y Sancho I se negó a cumplir lo prometido. Así que el califa ordenó la invasión de León.
Aunque firmaron una alianza, Navarra, Castilla y los condados catalanes, el califa les fue venciendo uno a uno, provocando muchos destrozos. Además, les obligó a firmar una paz con unas condiciones leoninas. Todo esto provocó una situación de anarquía en estos territorios y un desprestigio de León, por parte de los demás reinos.
En Galicia estalló una sublevación, capitaneada por el conde Gonzalo Sánchez. Hacía allí partió Sancho I con su ejército.
El jefe rebelde invitó a Sancho a una entrevista en el campamento de los sublevados. Allí le ofreció unos frutos, que el rey comió, sin sospechar que habían sido previamente envenenados.
No murió enseguida, sino que fue perdiendo sus fuerzas poco a poco. Así que ordenó que lo trasladaran a León. No pudo llegar con vida, pues murió en un monasterio de Galicia, 3 días después de su entrevista con el jefe rebelde.
Murió en 965, dejando una viuda y un hijo de sólo 5 años, llamado Ramiro, que le sucedería en el trono.
Como ya habréis podido leer, este rey tuvo una vida con todos los ingredientes de un cuento. Muchas veces no hace falta inventarse ningún cuento, simplemente, hay que rebuscar en nuestra Historia.

A lo mejor, si hicieran eso los guionistas y directores de cine español, recaudarían más por sus películas y no habría que subvencionarles.

lunes, 29 de septiembre de 2014

EL ABAD OLIBA, UNO DE LOS HOMBRES MÁS INFLUYENTES DE LA EDAD MEDIA

Esta vez traigo al blog nada menos que a un hombre de la Iglesia. Lo cierto es que no fue un clérigo cualquiera, sino un personaje con unas ideas muy claras que influyeron mucho en la España, que aún no existía, y hasta en la Europa de su tiempo.
Bueno, pues, comencemos. Oliva u Oliba, que da igual, fue todo un miembro de la nobleza catalana de la Edad Media.
Su padre fue Oliba Cabreta, conde de Cerdaña, Ripoll y Besalú. Luego también de Berga, que fue un condado creado a partir del de la Cerdaña. Su madre se llamaba Ermengarda. Así, su linaje procedía directamente del conocido Wifredo el Velloso, el primer conde que obró con cierta independencia del Imperio Carolingio.
Es preciso aclarar que, hasta la figura de Wifredo, el título de conde no se consideraba en el Imperio un título nobiliario personal, sino que era una especie de cargo. Como ser gobernador de una zona. Cuando el emperador los cesaba en el cargo, perdían el título de conde.
Como he dicho antes, a partir de Wifredo, cada conde empezó a actuar por su cuenta, ya que el Imperio no podía defender esos territorios de las constantes invasiones musulmanas y así los condes pudieron legar a sus sucesores sus títulos y sus propiedades, con el beneplácito del emperador.
Bien, volvamos a nuestro personaje de hoy. Se cree que nació en torno al 971, pero no se sabe dónde. Tuvo cuatro hermanos más: Bernardo Tallaferro (conde de Besalú), Wifredo II de Cerdaña, Adelaida y Berenguer, que llegó a ser obispo de Elna.
Esta familia siempre tuvo relación con la Iglesia, pues su padre, cuando se hizo mayor, dejó a los suyos y se recluyó en el monasterio de Montecassino. Un hijo de Bernardo fue el obispo de Besalú. Wifredo II de Cerdaña también se retiró en su ancianidad, para profesar como monje en el monasterio de San Martín de Canigó, que había fundado él mismo en 1007. También uno de sus hijos fue, posteriormente, obispo de Gerona.
También hay que decir que Oliba tuvo una hermanastra, fruto de una relación extraconyugal de su padre, la cual llegó a ser abadesa del monasterio de San Juan de Ripoll, también llamado San Juan de las abadesas.
Siguiendo a nuestro personaje, podemos mencionar que su padre le legó los condados de Berga y Ripoll. En 1003, cuando se hizo monje renunció a ellos y cedió el de Berga a su hermano Wifredo y el de Ripoll a su otro hermano, Bernardo.

Profesa como monje benedictino en el monasterio de Ripoll. Llegaría a ser abad del monasterio de san Miguel de Cuixá, que había fundado su padre, y también del mencionado de Ripoll.
Es necesario mencionar que, en aquella época,  cada conde intentaba tener su obispo propio, con objeto de independizarse de las consignas que le venían de Narbona y de otras diócesis de otros condes. Necesitaban tener a la Iglesia de su parte.
Fue amante de la cultura, consiguiendo agrupar en los monasterios bajo su mando las mejores obras
literarias de todos los tiempos y, además, ordenó que se tradujeran muchas de ellas.
 Al mismo tiempo, embelleció sus monasterios, como el de Cuixá, donde mandó ampliar la abadía con varias nuevas construcciones.
Realmente, fueron focos culturales que atrajeron a mucha gente. Incluso, en el siglo X, un dux de Venecia ya jubilado, fue a vivir allí durante sus últimos años.
No olvidemos que, ya en el siglo XI, se produjo una especie de mini renacimiento cultural a todos los niveles. Esto se dio, principalmente, porque, dando el gran crecimiento económico, algunos pudieron dedicarse al mundo de la cultura e, incluso, buscar por Europa a los mejores maestros.
Se dice que, durante la Edad Media, en la Universidad de la Sorbona de París, si los alumnos consideraban que su maestro no estaba al nivel exigido por ellos, podrían tirarlo por la ventana.
En 1017, Oliba, fue nombrado obispo de Vich. Es preciso recordar que ese fue, durante muchos años, el obispado más importante de Cataluña, hasta que el conde de Barcelona consiguió restaurar el antiguo arzobispado romano situado en Tarragona.
Se relacionó con muchos personajes del
momento, como Sancho III el mayor de Navarra, al que ya dediqué anteriormente otra entrada. Se conserva algún escrito que él le dirigió desde su monasterio.
Bueno, una vez situado el personaje en su época, tengo que decir que le tocó vivir una época muy violenta, pues en los condados catalanes, como en casi todas partes, se produjo, entre 1020 y 1060,  la llamada “revolución feudal”.
Esta consistió en que cada noble hizo la guerra por su cuenta contra el resto de los nobles, a fin de quitarles sus territorios y obligar a que los campesinos de esos territorios trabajaran para él, sin poder moverse de los mismos. Es normal, porque estos nobles militares vivían del botín, pero, en ese momento, no podían hacer la guerra contra los musulmanes, porque eran muy inferiores y, además, los moros estaban mejor organizados.
En esa zona, donde los campesinos se regían aún por el Liber Iudiciorum, promulgado en la época visigótica, solían ser propietarios de las tierras que trabajaban y estos repetidos conflictos les impedían trabajar en paz, aparte de que, en muchos casos, les destrozaban sus plantaciones su ganado.
Oliba se hizo eco del malestar de todos estos agricultores y ganaderos y propuso en 1027, durante el sínodo de Tolugues, a donde fue en representación del obispo de Elna. Allí se aprueba la llamada Paz y Tregua de Dios.
Consiste en que no se deberá producir violencia desde los sábados hasta los lunes a fin de que los fieles puedan asistir a misa. Se impone como castigo la excomunión y la prohibición de sepultarles en cementerios católicos.
Como la medida va teniendo éxito, se amplía, por parte de las autoridades, a otros muchos períodos, como los miércoles por la noche hasta los lunes por la mañana y además durante el Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
También se amplió esta medida a los mercados y a los comerciantes que acudían a ellos, para que no fueran asaltados por los caminos.

Igualmente, se instalan las llamadas sagreras, que son unos espacios de unos 30 pasos, alrededor de los edificios religiosos, de limitados por dos cruces penitenciales. Teóricamente, en esas zonas, las personas que se sitúen allí, quedarán protegidas de los ataques de los nobles. Esta medida no se cumplió en muchos casos.
Estas treguas fueron muy bien acogidas. Por ejemplo, los reyes instituyeron la llamada “tregua del príncipe”, al objeto de conservar su territorio en paz, mientras ellos hacían la guerra fuera de él. Como el caso de la conquista de Mallorca por Jaime I el conquistador.
Estas medidas pacificadoras fueron confirmadas por varios concilios posteriores, incluso, ampliando aún más los días en que tenía que guardarse la tregua. Desde luego, hay que reconocer que fue una medida muy moderna y muy atrevida para esos tiempos, donde no se respetaba en absoluto la vida humana.
Algunos autores dicen que, en un principio, el interés de Oliba se circunscribió a los intereses de la Iglesia. Por ello, se empezó castigando a los que produjeran daños en los bienes o personas del clero.
También es verdad que todas esas medidas no cuestionaron en ningún momento las relaciones de vasallaje entre el señor y sus súbditos, quizás, por ello, tuvo más éxito entre los gobernantes. No hay que olvidar que nuestro personaje, aparte de ser un monje, también era un noble al igual que todos los miembros de su familia.
Es posible que Oliba aprovechara la ausencia de su superior, el obispo Berenguer de Elna, el cual se hallaba en ese momento peregrinando a Tierra Santa, para exponer sus ideas en el sínodo citado.
 Algunos autores afirman que esas asambleas de Paz y Tregua de Dios, en donde se discutían las infracciones contra la prohibición de guerrear en ciertos días señalados, fueron el germen de las Cortes catalanas. Los edictos aprobados en esas asambleas solían ir dirigidos hacia los señores feudales y sus huestes, para que dejaran de ejercer la violencia en sus territorios y los de los demás. La verdad es que ahora nos podría parecer una medida muy moderna para aquellos tiempos, sin embargo, la época medieval nos va mostrando cada día cosas más sorprendentes.
De hecho, las resoluciones de estas asambleas fueron cada vez más importantes y, más adelante, fueron incorporadas a los llamados “Usatges” de Barcelona, que fue el nuevo código que sustituyó al Liber Iudiciorum visigótico. Bajo la influencia de los condes de Barcelona, sus ”Usatges” se fueron imponiendo en toda Cataluña.
En varios sitios fueron aún más radicales, condenando al que utilizare la violencia en esos días al exilio durante 30 años, pagando antes de marcharse una indemnización a sus víctimas por el daño realizado más la excomunión.
Incluso, si alguien hablaba con él y no fuera para aconsejarle que se arrepintiera, sería igualmente excomulgado.
Además, si enfermase o muriese antes de cumplir su pena, ningún cristiano le visitará, ni le curará y además tampoco podrá legar sus posesiones, en caso de muerte.
Esto de la excomunión podría parecer una tontería, sin embargo, podría ser un arma muy potente en manos del Papa de turno. Por ejemplo, el rey Pedro III de Aragón, llamado el Grande, fue excomulgado por conquistar Sicilia, a pesar de habérselo prohibido el Pontífice. La respuesta de éste, aparte de la excomunión, fue otorgarle el reino de Aragón a un hermano del rey de Francia y permitir que lo invadiera.
No hará falta indicar que los nobles se cuidaron muy mucho de meterse con la Iglesia y con sus bienes, pues al contrario de lo que hicieron con los reyes. A éstos les fueron restando su poder cada vez más, en cambio, nunca se metieron muy en serio con el clero por el poder de sus excomuniones, que les podrían dejar sin bienes y sin cargos.
Aparte de ello, la excomunión les obligaba a salir de la sociedad y a ser despreciado por todos. No obstante, algún Papa, como Julio II, ya en el siglo XVI, excomulgó a todos los súbditos de la República de Venecia, por no reconocer ésta la soberanía de los Estados Pontificios.
Los reyes nunca fueron del todo capaces de parar las guerras entre los señores feudales, pues éstos tenían la idea de que eran más o menos iguales que el rey y, cuando se juntaban, eran más que él. Por eso, esta medida propiciada por algunos miembros de la Iglesia fue tan positiva y tuvo un crecimiento tan amplio en tan poco tiempo.
Ya en el siglo X se veía que la idea más anhelada en Europa por todos era vivir en un mundo en paz. En el siglo anterior se consiguió parar una serie de invasiones escandinavas y eslavas y ahora sólo se pretendía reorganizar un mundo que llevaba mucho tiempo soportando la anarquía y la violencia sin límites.
Una prueba clara de la reactivación de la sociedad es el aumento de los nacimientos. Todo ello debido a la mejora de las condiciones de vida. Singularmente, por un mayor aprovechamiento de los campos, ahora cultivados con técnicas más adecuadas y mejores abonos. Al mismo tiempo, se roturaron una gran cantidad de terrenos para aumentar la producción y los intercambios comerciales para vender los excedentes.
Volviendo a nuestro personaje, se pueden mencionar entre sus obras muchas cartas dirigidas a los personajes importantes de su época. También una colección de poemas. Donde más destacó fue por su apoyo a la cultura en sus monasterios, formando una gran biblioteca en el monasterio de Ripoll.
Murió en 1046 en el monasterio de San Miguel de Cuixá. Hoy en día, numerosas instituciones catalanas llevan su nombre en homenaje a nuestro personaje de hoy.


lunes, 22 de septiembre de 2014

SANCHO III EL MAYOR, EL REY MÁS IMPORTANTE DE SU ÉPOCA

En España, cuando se enseña a los jóvenes nuestra Historia de la Edad Media, yo creo que se tiende a remarcar el papel preponderante que tuvo Castilla en esa época. En términos generales, se puede llegar a afirmar que fue más o menos así, pero, quizás, por ello, se olvida a menudo el papel de otros reyes, como los de Navarra, que tuvieron también, en ciertos momentos,  un papel muy importante.
Esta vez traigo al blog a un rey que, posiblemente, a mucha gente no le suene. Se trata de Sancho Garcés III el Mayor.
Sus padres fueron García Sánchez II, llamado el temblón, según dicen algunos porque temblaba todo su cuerpo antes de entrar en combate. No sabemos si sería a causa de los nervios o del miedo. La cosa se podría explicar si menciono que su contrincante habitual en su época fue nada menos que el gran Almanzor.
Su madre fue Jimena Fernández. Hija del conde de Asturias, o sea, pariente de la esposa del futuro Cid.
Se cree que nuestro personaje nació en 988 y, como su padre murió aún joven, pues él heredó el trono con sólo 12 años. La tutela les fue asignada a su madre, Jimena, y a su abuela, Urraca, ambas nacidas y educadas en Castilla. Algo que no debemos de pasar por alto.
Cuando Sancho llegó al trono, en 1005, se pudo comprobar que estaba mucho más preparado para la guerra que su padre. De hecho, le llamaron “cuatro manos”, aunque, siempre que pudo utilizó preferentemente la diplomacia.
Aparte de heredar el reino de Navarra, también heredó el entonces condado de Aragón. Así que, tras la muerte de Almanzor, aprovechó  para avanzar en tierras aragonesas y asegurar esa frontera. Incluso, obligó al rey moro de Zaragoza a devolverle algunas zonas que les habían conquistado a Navarra.
En 1010, al morir el conde de Ribagorza, pariente suyo, invadió el condado y lo mismo hizo con el condado de Ribagorza, alegando en ambos casos ciertos derechos sucesorios un tanto discutibles.
Incluso, llegó a someter a vasallaje a Gascuña, que está al otro lado de los Pirineos y al conde Barcelona, Berenguer Ramón I.
Su matrimonio con Munia, hija del conde Castilla, Sancho García, le añadió la Rioja a sus dominios.
Como no daba puntada sin hilo, aprovechó el matrimonio de su hermana, Urraca, con el rey Alfonso V de León, para extender su influencia en esa corte.
 Incluso, a la temprana muerte de este rey, mandó a gente navarra de su confianza para asesorar a su hermana, que actuaba como regente de su hijo, el futuro Bermudo III de León. Así crearon en León una especie de partido a favor de Navarra, que sería decisivo más adelante.
Sus hilos diplomáticos volvieron a moverse cuando concertaron el matrimonio del joven conde de Castilla, García Sánchez, y Sancha, hija de Alfonso V y hermana de Bermudo III.

Cuando este joven viajó de Burgos a León para casarse con su prometida, fue sorprendido, durante el viaje, por un grupo de hombres de la familia Vela, que eran castellanos exiliados en León. En la lucha murió este joven, junto con muchos de sus acompañantes. Los Vela eran enemigos políticos de su padre.

Parece ser que la cosa venía desde que Fernán González, el primer conde independiente de Castilla, quiso unificar su territorio y arrebató a la importante familia de los Vela sus posesiones en Álava.
 
Sin embargo, la cosa no quedó así. Como en las buenas películas de aventuras, Sancho III persiguió con sus huestes a los Vela y, cuando supo que se habían refugiado en el castillo de Monzón, lo asedió y asaltó, pasando a cuchillo a todos sus defensores. A los miembros de la familia Vela los reservó para quemarles en la hoguera, cosa que hizo más tarde.

A la vista de este asesinato, como no había más herederos, Sancho III reclamó el condado de Castilla para su esposa, que era la hermana del asesinado. No obstante, quien gobernó en Castilla, a partir de entonces, fue Sancho III y no su esposa.

Sin embargo, supongo que para no estropear un buen pacto, no se le ocurrió otra cosa que casar a su segundo hijo, Fernando, con Sancha, la prometida del asesinado. Ese enlace fue muy importante para la Historia de España, como ya veremos más adelante.

Más adelante, en 1032, como siempre había tenido discusiones con León acerca de unos territorios en disputa entre el Cea y el Pisuerga, aprovechó las rebeliones nobiliarias en León para atacar ese reino y ocupar su capital. Bermudo III tuvo que salir huyendo hasta Galicia, que fue la única zona que le dejó el navarro.

Se discute si, a partir de ese momento, se le llamó emperador, pues sus territorios iban ya desde Zamora hasta Barcelona, aunque su autoridad sobre ellos fue muy desigual.

No se sabe realmente por qué fue tan importante Navarra en su tiempo. Se cree que su importancia se debe a que fue una zona que servía para el intercambio de los productos de los reinos musulmanes con los del resto de Europa. De hecho, estaba atravesada por el llamado “Camino francés”, el cual atrajo, posteriormente a muchos francos a ese reino.

Por otra parte, fue un gran amante de la cultura y llegó a tener relaciones diplomáticas con varios reinos de Europa, algo inusitado hasta entonces.

Fue protector de los cluniacenses y de toda su labor de progreso. Incluso, fue amigo del famoso abad Oliba, al cual dedicaré otra entrada en este blog.

También fomentó algunas construcciones, como la catedral de Palencia y otros muchos monasterios.

Según una leyenda, tras una fuerte discusión entre su esposa, Munia, y su hijo mayor García, ésta le exigió a Sancho que no le legara Castilla a su hijo mayor, sino al segundo.

En 1035 murió Sancho III y, como estos reyes no  veían sus reinos como estados, sino como algo parecido a sus fincas, pues repartió las mismas entre sus hijos.

Por ello, se puede afirmar que, a partir de él,  los reyes de todos los reinos cristianos hispánicos fueron descendientes de este monarca y en algunos de ellos se les denominó dinastía de Navarra.

García recibió el reino de Navarra, la Rioja y las tierras ganadas a Castilla. Fernando recibió el condado de Castilla, que él convertirá en reino y algunas tierras que les quitaron a León. Gonzalo recibió los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Por último, Ramiro, que era hijo bastardo, fruto de una relación extramatrimonial del rey con Sancha de Aibar, y fue adoptado por los reyes, recibió el condado de Aragón, que él convertiría en reino.

Al cabo de unos años, cuando cada uno de los hijos ya había ocupado su trono, se suscitó un pleito entre Bermudo III de León y Fernando I de Castilla. Este último pidió ayuda a su hermano García III de Navarra.

Así, los dos hermanos combatieron juntos contra el rey de León, el cual, en la batalla de Tamarón (1037), en medio de una carga de caballería, se adelantó demasiado hacia las líneas enemigas y fue acribillado por las lanzas de los aliados.

De esa forma, como Bermudo III había muerto sin hijos, la nueva heredera sería Sancha, casada con Fernando I de Castilla. De esa forma, en 1037, se llegó a la primera y efímera unión de Castilla y León.

Por supuesto, los hijos de Fernando I de Castilla y León son los que aparecen en el famoso y conocido por todos, “Cantar del Mío Cid”.


La amistad entre los dos hermanos, Fernando I de Castilla y García III de Navarra no duró mucho. En 1054, tras muchas discusiones sobre unos territorios que unos decían que eran de Castilla y otros de Navarra, se dio una batalla entre ambos. El sitio donde tuvo lugar es hoy en día muy conocido por todos, pero por otros motivos. Su nombre es Atapuerca. Allí, el rey de Navarra pereció en el combate y se nombró a su hijo como nuevo rey de Navarra.

sábado, 16 de agosto de 2014

MARIANA PINEDA, UNA HEROÍNA CASI OLVIDADA

Hoy traigo al blog a una mujer que derrochó mucho valor durante toda su vida y que al final de la misma provocó, con su actitud, la envidia de muchos hombres.
Como siempre, empezaremos esta historia por el principio. Nació en Granada en una casa de la carrera del Darro, el año 1804, en una época muy conflictiva para la Historia de España.
Su padre fue Mariano de Pineda y Ramírez, marino militar, perteneciente a la nobleza, nacido en Guatemala y caballero de una orden militar. Por el contrario, su madre, María de los Dolores Muñoz y Bueno, que era mucho más joven que él, pertenecía a la clase modesta y la pareja nunca pudo casarse por culpa de los convencionalismos sociales de la época.
A causa de una grave enfermedad del padre, éste le dio una buena cantidad de dinero a la madre, para que cuidara a la niña, pero luego se arrepintió y la denunció, acusándola de haberle robado. Así, la niña se quedó con el padre y la madre desapareció de la escena.
Al poco tiempo, falleció su padre y la niña quedó bajo la custodia de un hermano de su padre, José de Pineda, que era ciego. Allí estuvo muy bien cuidada, pero, cuando a éste se le ocurrió casarse, su esposa, Tomasa Guiral,  no aceptó tener la custodia de la niña, por lo cual, su tío, la entregó a un matrimonio amigo suyo, que vivía muy cerca de su casa y tenían una confitería, o sea, un paraíso para un niño.
Parece ser que la esposa de su tío era una prima suya, cuyo matrimonio fue organizado por la madre de ella, Tomasa Salazar,  para paliar la mala situación económica de su familia.
A pesar de ser una hija ilegítima, Mariana, poseía una buena fortuna, lo cual no impidió que su futuro marido pusiera alguna pega por casarse con una mujer de esa condición social. Ya vemos que en la España de esa época, la gente tenía mucho miedo a las habladurías y todavía se lleva
ba eso de la “limpieza de sangre”. No obstante, algunos autores dicen que ella estuvo toda su vida pleiteando contra la familia de su tío, pues les denunció porque afirmaba que se habían quedado con buena parte de la herencia que le había dejado su padre.
La boda se celebró en 1819, cuando ella sólo tenía 15 años y su marido, Manuel de Peralta y Valte,  ya había cumplido los 26. Además, se realizó sin mucha publicidad a causa de los prejuicios del marido, aunque, según parece, estaba arruinado. También esa rapidez por realizar la boda pudo ser debida a que ella se hallaba embarazada, pues a los 5 meses nació su primer hijo.
Varios de sus contemporáneos hablan de ella alabando su hermosura, dotada de una piel muy blanca, con cabellos rubios y ojos azules. Tuvo muchos admiradores a los que ella casi nunca hizo caso, como el futuro marqués de Salamanca.
Una vez casada, en su domicilio tuvieron lugar muchas reuniones entre conspiradores liberales, ya que su marido era uno de ellos, aunque también había sido militar, y además pertenecía a una Logia masónica. Con esto, ya vemos que los liberales eran liberales para unas cosas, sin embargo, para otras eran muy conservadores. De ese matrimonio, nacieron sus dos primeros hijos.
Aunque su marido falleció sólo 3 años después, ella siguió frecuentando los ambientes liberales del conde de Teba. En ese momento, ella tenía sólo 18 años y dos hijos. No obstante, en aquella época, a las viudas se las consideraba como si fueran cabezas de familia y tenían una consideración social más respetuosa, parecida a la del marido.
Por si a alguno no le suena este título, el conde de Teba que ostentaba el título en esta época fue el padre de la emperatriz de Francia Eugenia de Montijo, que, posteriormente, heredó también ese condado, y de otra hija, María Francisca, que se casó con el duque de Alba.
En 1823, tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, conjunto de tropas enviadas a España para que Fernando VII volviera a reinar como un monarca absoluto, comenzó un decenio en el cual el rey se dedicó a eliminar todo lo que oliera a liberal. Así que la represión fue feroz por todas partes.
A Mariana se le encomendaron, al principio, tareas menores, como las de mantener correspondencia con los liberales exiliados en Gibraltar. También visitaba a diario a los presos en la cárcel de Granada.
Otro de sus amores fue Casimiro Brodett, otro militar relacionado con la causa liberal. Se sabe que dirigió una instancia para pedir permiso para contraer matrimonio con ella (algo muy normal entre los militares), pero no se le concedió, no se sabe bien por qué. Pudiera ser a causa de sus ideas liberales.
En 1825, el rey nombró alcalde del crimen de la Real Chancillería de Granada a un personaje muy importante en esta historia. Su nombre era Ramón Pedrosa Andrade y era natural de un pueblo de Lugo. Es curioso, porque este mismo cargo lo había ostentado anteriormente un abuelo de Mariana.
Lo cierto es que a Pedrosa le otorgan plenos poderes y, nada más llegar, asume los cargos de subdelegado de la policía, presidente de la comisión depuradora para los delitos de carácter político y alcalde de casa y corte.
Enseguida, su nombre infundió el terror entre los granadinos, pues, como era lo que se llama ahora un trepa, se tomó su puesto demasiado en serio y, como se suele decir, se pasó diez pueblos.
No obstante, antes de la llegada de Pedrosa, ya habían sido procesados Mariana y un criado suyo a causa de una denuncia de un preso liberal, que se hallaba encarcelado en Málaga. La acusó de prestar grandes servicios a la causa liberal. Además, ese criado suyo había luchado a las órdenes del general Riego.
Seguramente, como su familia era de las más conocidas de Granada, el proceso no siguió su curso y fue archivado por falta de pruebas.
No obstante, cuando llega Pedrosa, intenta reactivar ese proceso y somete a vigilancia la casa de Mariana.
Por otra parte, no es la única de su familia que lucha por la llegada de los liberales al poder, también están en la cárcel un tío suyo, que además es sacerdote, y un primo lejano, que es militar.
Algunos autores dicen que también estuvo enamorada de ese primo, Fernando Álvarez de Sotomayor, el cual fue condenado a muerte por el mencionado Pedrosa.
El caso es que Mariana, que iba todos los días a la cárcel a visitar a los presos liberales, se dio cuenta de que, cuando se aproximaba una ejecución, aquello se llenaba de frailes de todo tipo, para dar consuelo a los presos y nadie les controlaba. Así que no se le ocurrió otra cosa que encargar un disfraz de fraile capuchino y una barba para su primo.
Lo llevó disimuladamente a la cárcel y así éste pudo escapar tranquilamente por la puerta principal. Evidentemente, esto no gustó nada a Pedrosa, el cual, tras destituir al alcaide de la cárcel, mandó vigilar todos los caminos y sometió a registros continuos los domicilios de todos los sospechosos de ser adeptos a la causa liberal.
Parece ser que Pedrosa pensó en primer lugar en Mariana, así que mandó registrar inmediatamente su domicilio. No se confundió, porque allí estaba él, pero le dio tiempo a escapar por una puerta trasera.
Por otra parte, como estaba en camino un levantamiento de los liberales, Mariana, encargó la confección de una bandera a unas bordadoras. El problema es que el levantamiento no llegó a producirse y ella dio orden de que se parara la confección de esa bandera.
Parece ser que los canales habituales de soplones de los que se “alimentaba” Pedrosa solían ser los confesionarios o las queridas de los liberales. Esta vez no fue así.
El padre de un cura liberal, al que no le gustaba que su hijo tuviera relaciones con una de las bordadoras, denunció el tema de la bandera. Por ello, Pedrosa, detuvo al cura y, tras intimidarlo, denunció a Mariana, como la cliente que había encargado la bandera. Algunos autores también insinúan que este cura estaba enamorado de Mariana, pero que ella no le había hecho caso.
Parece ser que Pedrosa se inventa una jugarreta para poder detenerla. Les paga a las bordadoras y les dice que lleven la bandera a la casa de Mariana. Cosa que ellas hacen. Al poco rato, se presenta éste, acompañado de una patrulla policial y los miembros del tribunal, para efectuar un registro en la casa de nuestro personaje. Supongo que tendría que andarse con pies de plomo, porque Mariana es una persona muy influyente y pertenece de hecho a la alta sociedad granadina.
Evidentemente, encontraron enseguida lo que iban buscando, o sea, una bandera de tafetán de color morado y con un triángulo verde en el centro, en el que se decía “libertad, igualdad y ley”. Todo ello, a medio bordar.
Además, esta bandera parecía más un símbolo masónico que liberal, aunque en aquellos momentos, esos dos conceptos eran casi equivalentes.
Parece ser que no está muy clara la forma en que llegó la bandera a casa de Mariana, pues los criados afirman que no la llevó ninguna bordadora. Así que pudo llevarla, incluso, la propia policía. También varios autores dicen que pudo ser una venganza de Pedrosa, pues estaba enamorado de ella y no le hizo caso.
La versión que circula por ahí de que Mariana estaba bordando esa bandera parece ser falsa, porque ella nunca supo bordar y varios testigos, incluido, años después,  su propio hijo, así lo afirmaron.
En un principio, dado que parece que está enferma y, supongo, que debido a su condición social, tuvieron el detalle de dejarla en su casa bajo arresto domiciliario.
No obstante, a los pocos días, ella intentó la fuga disfrazándose con uno de los vestidos de luto de su madrastra. No está claro cómo la pillaron, pero lo cierto es que, a partir de ese hecho, la llevaron a un nuevo lugar.
El nuevo sitio se llamaba el Beaterio de Santa María Egipciaca, famoso por el título de una obra de teatro de José Martín Recuerda, primero censurada y luego estrenada en España ya en 1977. Allí estaban las llamadas “arrecogías”, las cuales solían ser prostitutas, alcohólicas y presas que no interesaba que se vieran, como el caso de Mariana.
Allí estuvo encerrada algún tiempo, hasta pocos días antes de su ejecución, cuando fue trasladada a la cárcel. Fue sometida a constantes interrogatorios, pero nunca quiso delatar a  sus amigos liberales.
Es posible que Pedrosa no tuviera, en principio,  la intención de condenarla a muerte y ejecutar la sentencia, sin embargo,  los dos se obstinaron. La una en no hablar y el otro en intentar sacar de ahí un filón. Todo eso les llevó a una situación de alta tensión, donde el Gobierno de Calomarde y el rey  exigieron su ejecución.
Seguramente, el objetivo último de esta sentencia era demostrar a la nobleza que no le iban a valer de nada sus privilegios, si se enfrentaban a la figura del rey. A Mariana nunca se la vio, desde el Gobierno, como una representante del pueblo llano, sino de la nobleza, que siempre había sostenido a la monarquía.
Incluso, se dice que el propio Pedrosa amenazó al fiscal de la Chancillería, que, si quería conservar su puesto, tenía que pedir la pena de muerte para Mariana.
Parece ser que se hizo un juicio a puerta cerrada, donde no se tuvieron en cuenta para nada las alegaciones del abogado defensor, José María Escalera, al cual, apenas le dejaron tiempo para preparar la defensa, y se dictó inmediatamente la pena de muerte. Tampoco le dejaron a ella asistir a su propio juicio.
Algunos autores afirman que, al conocer su sentencia exclamó: “el recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo.”
Tras su ejecución, no sé quién de los dos bandos respiraría más aliviado. Si los conservadores, por haber eliminado a uno de los dirigentes liberales o los mismos liberales, porque se aseguraban de que ya no podría delatarlos.
De todas formas, está claro que, si los hubiera delatado, es posible que hubiera peligrado su vida y la de su familia, porque sus amigos pertenecían a las familias más influyentes de la zona y Granada era una ciudad de sólo unos 65.000 habitantes, donde todo el mundo se conocería. Seguro que eso ya lo tuvo ella en cuenta, pero no se sabe que sus amigos hicieran nada por sacarla de allí.
La verdad es que tenía que ser una mujer de armas tomar, porque en una de las reuniones se la oyó decir lo siguiente: “Yo, aunque débil por mi sexo, también empuñaré la espada. Seamos libres. Los déspotas nos afligen con demasía. Una sola vida tengo, si más tuviera a la libertad del mundo consagrara”.
De todas formas, hay quién dice que no quiso hablar, porque uno de los conjurados era otro militar llamado José de la Peña, padre de su tercer hijo, al que ella misma ingresó en un orfanato. Por lo visto, para no perder su condición social. Parece ser que esta era la opinión que tenía García Lorca sobre este caso.

También se dice que, al comunicarle Pedrosa que estaba facultado para indultarla, si delataba a sus amigos, ella dijo: “Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios para comprometer a nadie. Me sobra firmeza de ánimo para arrostrar el trance final. Prefiero sin vacilar una muerte gloriosa a cubrirme de oprobio delatando a persona viviente”. Bueno, esta frase parece muy teatral, a mi modo de ver, pero da a entender el carácter de la condenada.

Lo cierto es que estuvo presa desde el 18 de marzo de 1831 hasta el 26 de mayo del mismo año. Ese día la llevaron desde la cárcel baja hasta el cadalso, situado en el Campo del triunfo de la Inmaculada, en Granada. Por lo menos, debido a su origen noble, tuvieron el detalle de trasladarla en mula hasta ese lugar.

Durante el recorrido, muchas mujeres lloraron admirando su entereza y las autoridades pidieron refuerzos militares para prevenir algún posible disturbio. No hubo nada de eso. Nadie movió un dedo para salvarla.

Fue ejecutada esa mañana mediante el procedimiento del garrote. Aún no había cumplido los 27 años. Parece ser que llevaba un vestido de percal azul con flores de azucena, medias grises y zapatos negros de tafilete. Otros dicen que iba vestida con un sayal negro y un birrete, más propio de los reos que iban a ejecutar.
El cortejo formado para la ejecución lo formaba el verdugo que iba tirando de la mula, donde iba ella montada, precedidos por un pregonero que, de vez en cuando, ordenaba parar para anunciar la sentencia. Tras ellos iba un piquete de caballería y una unidad de infantería.

Cuando subió al cadalso, allí la esperaba un viejo sacerdote, el cual estaba muy apenado, porque había sido el mismo que la había bautizado en al iglesia de Santa Ana.

Las autoridades ordenaron que fuera enterrada, si ningún tipo de ceremonia, en una tumba sin nombre, en el cementerio de Almengor. Esa misma noche, dos sujetos vestidos de negro saltaron la tapia del cementerio para clavar una cruz en su tumba.

Unos cinco años después de su muerte, tras haber fallecido también Fernando VII, su  cuerpo fue trasladado desde ese cementerio a una tumba dentro de una iglesia granadina.

Su figura ha sido objeto de muchos homenajes y de varias obras literarias y teatrales.




domingo, 3 de agosto de 2014

LA PAZ DE LAS DAMAS O DE CAMBRAI

Cuando nos ponemos a pensar en el papel de la mujer en los siglos anteriores al XX, nos da por pensar que era poco menos que un cero a la izquierda. Es posible que ocurriera eso en muchos casos, pero no en todos.
Hoy traigo al blog un  episodio en el que fueron protagonistas dos mujeres, muy conocidas en su época, pero hoy totalmente olvidadas.
Para empezar, es preciso situarnos en el contexto de la época. Lo que hoy llamamos Italia, al final de la Edad Media,  estaba compuesta por múltiples Estados. Unos más grandes que otros.

De norte a sur, los principales eran los ducados de Milán y de Saboya, la república de Venecia, la república de Florencia, los Estados Pontificios, el reino de Nápoles y el de Sicilia.
Al renunciar, la Corona de Aragón, a su expansión por la Península Ibérica, vio su futuro en el dominio del Mediterráneo, ya que sus intereses eran más comerciales que militares y tenían que proteger a sus mercaderes, sobre todo, los radicados en Cataluña.
Por eso, convencieron a Jaime I de la conveniencia de invadir las Baleares a fin de eliminar las bases piratas en esas islas, que ponían en peligro el tráfico de las mercancías por ese mar.
Así empezó la Corona de Aragón, su ampliación territorial. Se anexionó Sicilia en 1282, Cerdeña en 1323 y Nápoles en 1442. Hoy en día igual nos parece poco, sin embargo, Nápoles era una de las ciudades más florecientes de aquella época.
También llegaron sus dominios hasta los ducados de Atenas y Neopatria, pero les duraron más bien poco, porque nunca estuvieron muy interesados en ellos, a causa de su lejanía.
Como los reyes de Aragón quisieron dejar de ser feudatarios del Papa, éste les sancionó otorgando sus reinos a otros señores de la época, como eran los segundones de la Casa de Anjou.
Alfonso V el Magnánimo invadió y se quedó con Nápoles, llamado por sus habitantes, para echar a los déspotas de los Anjou. Le debió de gustar mucho la ciudad, porque no volvió a poner más sus pies en Aragón. Dejó la Corona de Aragón  en manos de su esposa. A la muerte de Alfonso V reinó en Nápoles su hijo bastardo Fernando, separando, así,  este reino de la Corona de Aragón. De ahí surgió una nueva dinastía con su hijo Alfonso II, su nieto Fernando II y, para terminar, con Federico I.
Carlos VIII de Francia, que tenía parentesco con la dinastía Anjou de ese reino, intentó recuperar el trono de Nápoles, pero, a pesar de que firmó el Tratado de Barcelona con Fernando el Católico (1493) éste se opuso a sus deseos y le envió nada menos que al Gran Capitán, del que todos habremos oído hablar. Incluso, realizó una pequeña invasión de Francia, para que los franceses tuvieran que retirar parte de sus tropas de Italia. Esta primera guerra acabó en 1498, con un tratado firmado entre Luis XII y Fernando el Católico.
Aunque parezca mentira, la llegada de Fernando el Católico a Castilla cambió las relaciones internacionales de este reino. Hasta la fecha, Castilla había tenido buenas relaciones con Francia y no tan buenas con Inglaterra. En el caso de Aragón, era al contrario, así que Fernando, impuso los puntos de vista de Aragón y modificó las alianzas de Castilla en provecho propio, claro.
Otra cosa que siempre le gustó mucho a Fernando fue que en Castilla todo el mundo acataba las órdenes del rey, mientras que en Aragón había que pactar primero con las Cortes de cada uno de los reinos que formaban esa Corona, cosa que dilataba mucho cualquier decisión.
Al año siguiente al mismo Luis XII, le remordería la conciencia de haber abandonado Italia y se buscó alianzas con varias potencias de la zona, incluido el Papa Alejandro VI. Así que ese mismo año, invadió de nuevo el norte de Italia, tomando Milán sin problemas. Luego pactó de nuevo, en Granada,  con el rey Fernando el Católico para echar del trono a Federico I y repartirse el reino de Nápoles. Por ello, España ocupó la zona sur del reino y Francia el norte.   
Con estos territorios, se creó un virreinato que perteneció a España hasta el final de la de la Guerra de Sucesión, a principios del XVIII. El primer virrey fue el Gran Capitán.
En 1502, Felipe I el hermoso, nuevo rey de Castilla, acordó con Luis XII que el título de rey de Nápoles sería para Claudia,  la hija del soberano francés, y que ésta se casaría con el futuro Carlos V.
Evidentemente, al ver el soberano francés el auge de los Habsburgo y el peligro de que su reino fuera engullido por ellos, canceló en 1506 el compromiso de boda y casó a su hija con su sobrino, el futuro Francisco I.
La llegada de Francisco I al trono de Francia hizo que se reactivaran las apetencias francesas por Italia. Posiblemente, la rivalidad entre este soberano y Carlos V venía de que el francés también fue candidato, junto con Enrique VIII, al trono del Sacro Imperio.
Para empezar, como los españoles se dieron cuenta de que la soberana de Navarra pretendía entregar su reino a Francia, la invadieron y la anexionaron. No olvidemos que Navarra siempre fue un territorio en disputa entre Francia y España y los reyes franceses llevaron también el título de reyes de Navarra hasta 1830.
Mientras tanto, Francisco I, aprovechó para atacar de nuevo Italia. No tuvo mucha suerte e, incluso, fue capturado en la batalla de Pavía, en 1525, y enviado preso a Madrid, donde firmó un nuevo tratado con Carlos V.
En cuanto fue devuelto a su país, el soberano francés firmó en 1526 una gran alianza con Venecia y Florencia, además de Génova y que fue bendecida por el Papa con el nombre de Liga Santa, también llamada Liga de Cognac.
La guerra no empezó muy bien  para los franceses, pero acabó fatal cuando sus aliados genoveses se pasaron al bando español, quizás porque habían “olido” el oro que nos estaba llegando ya desde América,  y el Papa tuvo que soportar el Sacco de Roma, en 1528.
Llegados a este punto, retomo el tema que inicié al comienzo de este artículo. Como el emperador Carlos V era muy aficionado a la caballería andante, algo más propio de la época medieval, se permitió retar a Francisco I a un duelo, donde combatirían sólo ambos soberanos. Por supuesto, esto fue rechazado por el monarca francés, más aficionado a la cultura renacentista.
Por algún  motivo no aclarado, esta vez eligieron los dos monarcas a dos mujeres para representarles en las conversaciones de paz entre ambos reinos.
No obstante, hay que mencionar que ambas mujeres eran ya muy famosas en su época. Una de ellas fue Margarita de Austria, hija de Maximiliano de Austria y hermana de Felipe I el hermoso, rey de Castilla por su matrimonio con Juana I la loca.
Margarita casó con Juan,  heredero de Castilla y Aragón por ser  hijo de los Reyes Católicos, el cual murió muy pronto a causa de la tuberculosis. Ella estaba embarazada cuando se quedó viuda y su hija también murió enseguida.
Más tarde, casó con Filiberto II, duque de Saboya, pero su matrimonio sólo duró 3 años, a causa de la muerte del duque.
A partir de ahí, su padre le ofreció la regencia de los países Bajos y la tutela de los 4 hijos de Felipe el hermoso y Juana la loca. Por supuesto, uno de ellos sería el futuro emperador Carlos V. En ese puesto pudo demostrar sus habilidades diplomáticas, negociando un  tratado con Inglaterra. También participó en las discusiones para organizar la Liga de Cambrai contra Venecia. Posiblemente, por esos antecedentes, fue nombrada por su sobrino para que le representara en las conversaciones de paz, que dieron  lugar a la Paz de Cambrai.
Por otra parte, Luisa de Saboya fue  la hija mayor de Felipe II de Saboya y heredó de su padre el título ducal de Saboya. Casó muy joven con Carlos de Valois con el que tuvo 2 hijos: Margarita, que fue madre de Juana III de Navarra y abuela de
Enrique IV de Francia, del que, posiblemente, hablaré en otra próxima entrada. Su otro hijo fue Francisco I, ya mencionado en este artículo.
Luisa, que tenía una gran inteligencia, enviudó cuando tenía solamente 19 años y se trasladó a vivir al palacio real, junto a Luis XII, que era primo de su marido.
Como Luis XII no tuvo hijos varones, consiguió que el rey considerara a su hijo Francisco como su favorito
para el trono y le casó con su hija Claudia. Con ello, consiguió ser el heredero del trono de Francia.
Luisa ganó varios pleitos sucesorios y pudo, así, disfrutar de varios títulos nobiliarios muy importantes en Francia.
Tuvo que asumir el papel de regente durante las ausencias de su hijo. Incluso, tras su captura en Pavía y su encierro en Madrid, tuvo que asumir plenos poderes en Francia.
Por ello, no es de extrañar que fuera nombrada por su hijo para que le representara en las conversaciones que llevaron a cabo la Paz de las Damas, firmada el 5/08/1529.
Este tratado venía precedido por una tregua firmada en Barcelona el 29/06 del mismo año y por la reconciliación entre el Papa, Clemente VII, y el emperador, tras el trágico episodio del Sacco de Roma.
Este cambio de actitud del Papa dio lugar a la coronación de Carlos V, realizada por este mismo Pontífice el 22/02/1530 en Bolonia. Precisamente, uno de los que acompañaron al nuevo emperador en el cortejo y llevó uno de sus símbolos imperiales fue el duque de Saboya.
Por lo que se refiere al Tratado de Cambrai, ambas partes tuvieron que aportar algo. Carlos V tuvo que ceder a Francia el ducado de Borgoña, algo muy duro para él, pues lo consideraba el origen de su familia. De hecho, le encargó a su hijo Felipe II, en su lecho de muerte, que intentara recuperarlo.

Por su parte, Francisco I, cedió los derechos sobre Nápoles, Milán y Génova, con lo que el emperador ya era dueño de casi toda Italia. Flandes y el Artois ya no serían vasallos de Francia y no tendrían que pagarle tributos. Las deudas del emperador con Enrique VIII tuvo que pagarlas Francia, así como todos los gastos derivados de la coronación imperial. Una pasta, vaya.
En 1530, acabó otro trágico episodio, con la entrega en el Bidasoa de los hijos de Francisco I, que habían continuado presos en Madrid, aunque se había liberado ya a su padre, y que no fueron devueltos hasta que Francia pagó su rescate.
Otra de las cláusulas que se firmaron para acercar más las coronas de ambos reinos, fue el matrimonio de Francisco I, ya viudo de Claudia, con la hermana de Carlos V, Leonor de Austria, que por entonces era la viuda del rey de Portugal.
Este matrimonio no tuvo mucho éxito. No sé si sería porque fue forzado por ese tratado o porque, según parece, a pesar de que Leonor había sido muy bella en su juventud, ahora padecía muchas enfermedades, entre ellas, elefantiasis, las cuales le desfiguraron mucho.

Sin embargo, al morir Francisco I en 1547, Leonor aprovechó para volver a España y vivir el resto de sus días junto a su hermano Carlos V.
Realmente, la Paz de Cambrai fue un tratado más de los firmados durante las llamadas Guerras de Italia. También Venecia firmó la paz con España y Florencia fue gobernada a partir de entonces por la familia Médici.
En 1536, Francisco I volvió a las andadas, tras la muerte del duque de Milán, pues, según parece, no estaba de acuerdo en que Felipe II de España heredara ese ducado, ya que el duque había muerto sin descendencia.
Conquistó Turín, pero no pudo hacer lo mismo con Milán. Mientras tanto, Carlos V invadió la Provenza francesa. La guerra acabó con la tregua de Niza, que dejó Turín en manos de Francia.
En 1542, la desesperación de Francisco I le hizo aliarse nada menos que con los turcos, consiguiendo algunas victorias. Mientras tanto, Carlos V se alió con Enrique VIII de Inglaterra para atacar el norte de Francia. Los dos bandos decidieron para las hostilidades y se retiró cada uno a sus posiciones anteriores.
Como no habían tenido bastante, en 1547, Enrique II, el sucesor de Francisco I, atacó los dominios del emperador, con la “sana” intención de siempre de tomar Italia. En esta ocasión, el emperador, ya andaba un poco viejo y achacoso, pero su sucesor, Felipe II, era joven y con ganas de demostrar sus poderes a los galos, así que decretó la invasión total de Francia y derrotó a éstos en San Quintín, en 1557. Los franceses llegaron a tomar Calais, pero se vieron forzados a firmar la trascendental paz de Cateau Cambresis, por la que Francia renunció definitivamente a sus derechos sobre Italia.
Supongo que todo el mundo sabrá que Felipe II, que no era muy dado a estar junto a sus tropas, sí lo estuvo, por primera y
única vez, en la batalla de San Quintín y conmemoró esta victoria con la construcción del Monasterio de El Escorial.
Por otra parte, una de las cláusulas del Tratado de Cateau Cambresis indicaba que Felipe se casaría con Isabel de Valois, hija del rey de Francia. Cosa que hizo y fruto de ese matrimonio nacieron las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, que fue duquesa de Saboya.
También, durante los festejos por esta boda, Enrique II, quiso demostrar su habilidad en un torneo y tuvo la fatalidad que la lanza de su adversario entrara por un agujero de su casco, atravesando su ojo y haciendo que muriera casi instantáneamente. Esa circunstancia dio lugar a una gran inestabilidad en ese país y a las famosas guerras de religión, de las que hablaré en otro momento.
Espero no haberme enrollado demasiado y que os haya gustado el artículo.