Su nombre fue Gaspar de Guzmán y
Pimentel Ribera y Velasco de Tovar. Nació en Roma en 1587, cuando su padre
ejercía como embajador español ante el Papado.
Enrique de Guzmán y Ribera fue el
segundo conde de Olivares. Pertenecía a una rama menor de la importante dinastía
de los Guzmán, duques de Medina Sidonia y dueños de media Andalucía.
Se crió en la corte junto al que
luego sería el rey Felipe II. Por ello, participó en la famosa batalla de San
Quintín y también en las negociaciones con la corte francesa para el matrimonio
del rey con Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia.
Como se suele decir, “al que a un
buen árbol se arrima…”. Por eso mismo, Felipe II siempre contó con él para otorgarle
puestos muy importantes, como la embajada en Francia y, desde 1582, la de Roma,
donde representó a España ante tres Papas sucesivos. Esa fue la razón por la
que nuestro personaje nació en Roma.
Curiosamente, Enrique, nunca se llevó muy bien con el Papa Sixto V, porque le pidió que condenara a los católicos, que apoyaban al rey de Francia en su guerra contra la Liga liderada por Felipe II.
Así que el Papa le exigió a nuestro monarca que cesara al embajador, pero Felipe II se negó y esa mala relación terminó cuando murió el Papa y su sucesor mantuvo unas mejores relaciones con España.
Un historiador, contemporáneo
suyo, contó una curiosa anécdota. Parece ser que el embajador Olivares estaba
acostumbrado a llamar a sus muchos sirvientes con una campanilla. El Papa quiso
prohibírselo, alegando que, en Roma, eso sólo era privilegio de los cardenales.
Después de mucho tiempo
discutiendo, Olivares tuvo que ceder. Sin embargo, a partir de entonces, instaló
un pequeño cañón en su salón y los llamaba a cañonazos. Evidentemente, el Papa
tuvo que dar marcha atrás y permitirle que siguiera usando la campanilla.
Más tarde, fue nombrado virrey de
Sicilia y, en 1595, virrey de Nápoles, donde hizo una gran labor en su lucha
contra los piratas berberiscos. Regresó a Madrid en 1600 y murió en 1607.
Volviendo a nuestro personaje de
hoy, hay que decir que tuvo dos hermanos mayores y 3 hermanas. Así que era un
segundón de esos que eran destinados a la carrera eclesiástica.
Como estaba dedicado a ser un clérigo,
le enviaron a la Universidad de Salamanca para estudiar Derecho. Algo muy
importante para poder ascender en esa carrera.
No vayáis a pensar que tuvo una
vida con problemas económicos, como la de cualquier estudiante. Al contrario,
tenía 19 sirvientes en Salamanca. Incluso, llegó a ser nombrado rector de los
estudiantes.
En 1604, su vida cambió radicalmente.
Ese año y el anterior, fallecieron, sucesivamente, sus dos hermanos mayores en
sendos accidentes. Así que su padre cambió de idea y lo empezó a preparar para que
le sucediera como heredero.
Incluso, preparó su matrimonio
con su prima, para lo cual se dice que gastó una fortuna.
Tras su boda, pasa a residir en
sus dominios en Sevilla, donde ejerce de mecenas de artistas de todo tipo. También
fue muy aficionado a los libros y disfrutó de una gran biblioteca.
También influyó que su tío, Baltasar
de Zúñiga, fue ministro de Felipe III y le enseñó cómo se gobernaba el país. Por
eso mismo, le sucedió a su muerte, en 1622.
Desde entonces, el conde-duque,
luchó contra la corrupción del antiguo valido, el duque de Lerma y su hijo.
Al mismo tiempo, como buen
reformador, envió al rey el llamado Memorial secreto del conde-duque de Olivares.
En pocas palabras, lo que pretendía era levantar la economía de los territorios
de la llamada Monarquía Hispánica a base de que todos apechugaran, aportando soldados
e impuestos.
Hasta entonces, casi todo el peso
de la economía de la Península lo aportaban Castilla y Andalucía. Algo que era,
profundamente, injusto. Sin embargo, Aragón siempre ponía excusas y los
catalanes, como siempre, dijeron que lo de pagar no iba con ellos.
onde-duque se desplazaron a Barcelona para convencer a las Cortes catalanas, pero fracasaron en el intento.
Otra de las cosas que pretendió
Olivares fue colocar buenos técnicos en cada materia, donde antes siempre había
nobles, que heredaban esos cargos y se iban sucediendo. Evidentemente, esta
idea de Olivares no hizo ninguna gracia a la nobleza.
Otra de sus medidas contra la
corrupción fue la obligación, que tenían todos los cargos públicos de publicar su
patrimonio, antes y después de haber ocupado el cargo.
En 1625, el rey le concedió el
título de duque de Sanlúcar la mayor, con grandeza de España. Desde entonces,
se le conoció como el conde-duque de Olivares.
Así que le fue muy difícil gobernar
España, que era la primera potencia de aquella época y, como tal, estaba
obligada a intervenir en los conflictos en varios continentes. Tal y como luego
les ha ocurrido a las siguientes grandes potencias.
En aquella época, las guerras
eran interminables, como la de los Treinta años. Ocurrida entre 1618 y 1648.
Eso dio lugar a que el rey
decretase varias suspensiones de pagos a base de refinanciar toda la deuda y
acudir a otros prestamistas, que cobraran menos intereses y comisiones.
Ciertamente, a Olivares se le
podrá acusar de muchas cosas. Sin embargo, todos dicen que era un gran
trabajador. Dedicaba unas 16 horas diarias al trabajo.
Una de sus iniciativas fue la
construcción del Palacio del Buen Retiro, donde ahora se encuentra el madrileño
Parque del Retiro. Hoy en día, de ese edificio sólo quedan en pie el Casón y el
antiguo Museo del Ejército.
Otros autores dicen que, como Francia no disponía de buenas tropas, lo que hicieron fue intentar crearle problemas a Olivares, a base de sublevaciones en el Imperio. Por eso, en 1640, coincidieron las sublevaciones de Cataluña, Portugal y Andalucía, a las que ya dediqué otro de mis artículos.
Durante varios años, Cataluña resistió mientras tuvo el apoyo de Francia. Portugal consiguió el apoyo de Inglaterra. Sin embargo, Andalucía no consiguió el apoyo de ninguna potencia y pronto fue derrotada.
Al frente de la sublevación de
Andalucía se hallaban el duque de Medina Sidonia y el marqués de Ayamonte. El primero
sólo fue condenado a una fuerte multa, gracias a los ruegos de Olivares ante el
rey, ya que era familiar suyo. Sin embargo, el marqués de Ayamonte fue llevado
al Alcázar de Segovia, donde fue juzgado, condenado a muerte y decapitado.
Parece ser que al duque de Medina
Sidonia lo había convencido su hermana, que estaba casada con el futuro rey de
Portugal, el duque de Braganza, que también era pariente de Olivares.
Eso dio carnaza a los que siempre
habían criticado la política de Olivares. Éste, que ya estaba enfermo y además
parecía sufrir depresión, pidió al rey que le cesara. El monarca se resistió a
hacerlo, porque siempre fueron buenos amigos y le tenía en mucha estima, pero
en 1643, aceptó y le dejó marchar a su palacio madrileño en Loeches.
Ya sabemos que en España te
pueden criticar por una cosa y la contraria. Así que, a partir de entonces, le
llovieron las críticas y hasta hubo quien se atrevió a denunciarlo a la infame
Inquisición, que le estuvo investigando.
Su estado de postración fue empeorando
hasta que falleció en 1645 en Toro. Posteriormente, fue enterrado en el
monasterio que construyó en Loeches, donde se construyó el panteón de los duques
de Alba, que son sus herederos.
No sé si fue mal visto, porque nunca
fue un corrupto, como otros muchos políticos que hemos tenido en este país. Creo
que no estaría mal que se le hiciera un homenaje.
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Buen resumen de la vida de tan insigne y decente personaje. Hoy día haría falta alguien así.
ResponderEliminarComo ya he dicho muchas veces, no estaría mal que volvieran a poner en vigor el juicio de residencia y, al menos, los que están gobernando mal lo pagarían, cuando dejaran el cargo.
EliminarMuchas gracias por su comentario y saludos.