ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 5 de noviembre de 2017

ANGÉLIQUE DU COUDRAY, UNA MATRONA EJEMPLAR

Seguro que más de uno se habrá preguntado por qué, en la actualidad, se producen muy pocos fallecimientos en los partos. Me refiero, lógicamente,  a los países más o menos avanzados.
Desde luego, los avances de la Medicina y la Farmacia han tenido mucho que ver en ello. Sin embargo, no deberíamos olvidar otros aspectos muy importantes, como son la extrema higiene practicada por el personal sanitario y el aumento de la formación del mismo.

Hoy vamos a referirnos a una mujer que, a través de su ejemplo, consiguió salvar muchas vidas en su país, Francia. Posteriormente, esos conocimientos llegaron a otros países y también beneficiaron a millones de personas.
Angélique Marguerite Le Boursier du Coudray nació en 1712 en la ciudad de Clermont-Ferrand, situada en la región de la Auvernia. Ciudad donde también nació  el gran filósofo y matemático Pascal.
Es posible que a alguno de vosotros le suene más esta ciudad por haberla visto en las imágenes del Tour de Francia, ya que cerca de ella se encuentra el famoso Puy de Domme. Una subida ya clásica en la historia de esa competición.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, es preciso decir que vino al mundo en el seno de una familia donde había varios médicos. Así que ella se dedicó también a la misma rama, pero no a la Medicina, porque en aquel momento no permitían que las mujeres estudiaran esa carrera.
Como ya mencioné en otro de mis anteriores artículos, tradicionalmente, se veía a los médicos y a los cirujanos como dos profesiones diferentes. Así que cada uno de ellos tenía sus centros propios para que los alumnos pudieran estudiar esas dos carreras.
Parece ser que Du Coudray elevó una petición a la Facultad de Medicina de París para que la pudieran formar para ser matrona y lo consiguió.
Sin embargo, poco después, hizo la misma petición a la Escuela de Cirugía y fracasó en el intento. No obstante, consiguió que los médicos dieran esa adecuada formación a las parteras, argumentando que, al no tenerla, podrían poner en peligro las vidas de sus pacientes. Esto le dio una gran popularidad.
En 1759, cuando ya llevaba bastantes años de práctica, publicó un libro sobre los conocimientos de esa especialidad. Increíblemente, el último libro que se había escrito, sobre este tema, antes que el suyo, había sido publicado casi un siglo antes.
Por aquel entonces, el rey Luis XV de Francia, andaba muy preocupado a causa de la gran mortalidad infantil.
En cambio, algunos dicen que lo que más  le preocupaba era la escasez de jóvenes para su Ejército, que, por aquella época,  andaba envuelto en varias guerras.
Lo cierto es que el rey tomó buena nota de los consejos que daba nuestra protagonista en su libro y la encargó que viajara por toda Francia a fin de enseñar esos conocimientos a las parteras y reducir el nivel de mortalidad infantil. Para ello, le proporcionó un diploma real que la autorizaba a dar clases por toda Francia.
Así que Angélique estuvo nada menos que 23 años, entre 1760 y 1783, viajando por todos los rincones de su país y mostrando sus conocimientos a miles de comadronas. Incluso, se permitió enseñar a médicos y cirujanos. Los que no se opusieron a ello, claro está.
Hay muchas discusiones acerca de su muerte, pues se produjo en 1794, justamente, durante el famoso período del Terror, que encabezó Robespierre. No hay que olvidar que ella siempre fue una persona muy cercana a la monarquía y que, indirectamente,  le había dado mucha popularidad a la Corona.
Fue la primera que utilizó una especie de muñecos de tamaño natural, para explicar, en la práctica, el nacimiento de los bebés. Estos solían estar realizados con tela, cuero y un relleno a base de algodón y  esponja.
Solían tener un aspecto muy realista. Se podían apreciar en ellos, claramente, los ojos, la nariz y hasta una boca abierta, donde se podían introducir los dedos, para poder hacer la llamada “Maniobra de Mauriceau”. Popularmente, se conoció a este muñeco como “la Máquina”.
También se hallaban representados los órganos de la madre, como la vagina, la pelvis, el útero, etc. El cuerpo de la madre iba colocado sobre un marco de madera, con las piernas reposando sobre unas piezas de hierro, que las obligaban a estar separadas. Tal y como se coloca a las parturientas, cuando van a dar a luz.
También está dotado de una serie de cuerdas para mostrar la ampliación de la vagina y la dilatación del perineo, cuando el bebé está a punto de nacer.
Para facilitar su estudio, al modelo le cosieron 21 pequeñas etiquetas a fin de que los estudiantes pudieran memorizar el nombre y el lugar donde se encontraban los diferentes órganos femeninos.
En el muñeco que hace de feto se pueden distinguir unas partes más blandas y otras más duras, como la fontanela, la columna, los codos o hasta las extremidades. Estando los dedos de éstas bien diferenciados para que las pudiera distinguir fácilmente la partera al tacto.
También se construyeron unos muñecos para explicar el nacimiento de los gemelos. En aquella época, era algo muy complicado, pues no olvidemos que no se solía utilizar la cesárea, ya que morían casi todas las madres a causa de las infecciones. Estos muñecos ya no están tan detallados, pues sólo fueron diseñados para mostrar la posición de ambos fetos y no para la práctica manual de las parteras.
Parece ser que, en la actualidad,  algunos de estos muñecos fueron vistos a través de rayos X y se dieron cuenta de que, en el interior de la zona donde se representaba el cuerpo de la madre, habían insertado la pelvis real de una mujer joven.
Aparte de este muñeco, también se construyeron otros como uno que representaba al desarrollo de un feto de 7 meses. En cuanto a la matriz, se ve redondeada y en su interior está la placenta. Ésta se representa bordada con hilos rojos y azules, como si fueran las venas que se hallan situadas alrededor del cordón umbilical. Éste está conectado mediante un cable de medio metro de largo, con el ombligo del feto.
Parece ser que Angélique se tomaba muy en serio sus cursos. Estos duraban dos meses, siendo las clases de lunes a sábado en horario de mañana y tarde. De esa forma, todos sus alumnos pudieron practicar una y otra vez con “la máquina”, hasta que ella viera que todos tuvieran la formación adecuada.
Incluso, las formaba para casos más complicados, como tener delante un parto de un sietemesino, unos gemelos, etc.
Por medio de ese método miles de parteras e, incluso, cirujanos de toda Francia aprendieron las técnicas más modernas de la época para aplicarlas en su trabajo y poder salvar así las vidas de muchos bebés.

No solamente formaba a estos profesionales para el parto, sino que también les daba clases sobre los órganos femeninos y el proceso de la reproducción, paso a paso.
Parece ser que también les daba consejos sobre la forma de tratar a la madre durante el parto. Según ella, había que darles a entender que no corrían ningún peligro, evitando hablar a otros al oído por medio de susurros.
Evidentemente, no viajaba sola, sino que la acompañaban un grupo de personas, que se ocupaban de ayudarla en las clases y de vender los maniquíes o los manuales a quien estuviera interesado en ellos.
Publicó un manual sobre este tema, titulado “Compendio del arte del parto”, que fue para
muchas parteras su libro de cabecera, durante todo el siglo XVIII.
Evidentemente, tuvo que luchar contra la mentalidad de algunas parteras, que ejercían su trabajo por medio de supersticiones y de malas prácticas utilizadas durante siglos. No obstante, triunfó al lograr que se redujeran las cifras de muertes entre los bebés y entre sus madres.
Curiosamente, en aquella época, una partera cobraba menos si el bebé que había ayudado a nacer era una niña, que si hubiera sido un niño.
A pesar de que muchos médicos de la época valoraron mucho los nuevos conocimientos de las parteras, hubo otros que siempre las criticaron.
Hubo un caso en que una famosa partera atendió a uno de los partos de la duquesa de Orleans. El bebé nació perfectamente. Sin embargo, la madre, murió a los pocos días víctima de una infección que le causó mucha fiebre.
Los médicos que le realizaron la autopsia realizaron un informe en el que acusaban a la partera de haber dejado parte de la placenta dentro del útero de la difunta. Ella les contestó acusándoles de desconocer cómo era una placenta antes y después del parto.

Volviendo a nuestro personaje, parece ser que se llegaron a realizar cientos de “máquinas” imitando la de ella. Desgraciadamente, en la actualidad sólo se conserva una, que se halla depositada en el Museo Flaubert, en Rouen (Francia).

sábado, 28 de octubre de 2017

EDDIE CHAPMAN, EL PRESO QUE SE CONVIRTIÓ EN ESPÍA

Siempre se ha dicho que las guerras le han cambiado la vida a mucha gente. En muchos casos es así. A continuación,  vamos a ver cómo le cambió la vida a nuestro personaje de hoy.
Edward Arnold Champman, nació en 1914 en un pueblo del condado de Durham, al noreste de Inglaterra.
Parece ser que nunca fue muy amante de la disciplina. En su niñez, solía escapar de la escuela para ir al cine o a la playa.
Como no encontró otra cosa mejor, se metió en el Ejército. Estuvo destinado en la capital, en un regimiento de la Guardia Real, cuya sede estaba ubicada junto a la Torre de Londres.
Parece ser que, durante un permiso, conoció a una chica muy joven y se fugaron juntos. Así que el Ejército le buscó y le arrestó, siendo condenado a pasar una buena temporada en una prisión militar. Lógicamente, al finalizar su condena fue expulsado del Ejército.
Posteriormente, se fue a vivir al barrio del Soho, donde sólo encontró algunos empleos temporales. Lo cierto es que llevaba una vida muy desordenada, aparte de que jugaba y bebía mucho.
Más adelante, formó con otros tipos una banda que se dedicaba a volar y desvalijar cajas fuertes. Durante un tiempo, esa fue su única actividad, hasta que fue arrestado por la Policía en Escocia.
Los agentes le llevaron ante el juez y éste le puso en libertad bajo fianza. Lo cierto es que nuestro personaje huyó al sitio que le pareció más recóndito. Se trataba de la isla de Jersey, una de las Islas del Canal. Hace tiempo escribí un artículo sobre ellas.
Aún así, la Policía detectó su llegada y una noche fueron a atraparlo. Sin embargo, en este caso, Eddie, llegó a realizar una auténtica huida más propia de una película, al lanzarse por una ventana, que se hallaba cerrada, y lograr escapar de los agentes.
Ese mismo día, intentó realizar otro de sus robos. En este caso, la Policía consiguió arrestarlo y el juez le impuso una pena de dos años de cárcel en la isla de Jersey.
Aunque parezca increíble, las Islas del Canal, fueron el único territorio de las Islas Británicas, que fue ocupado por las fuerzas alemanas, durante la II Guerra Mundial. Lo cierto es que los británicos no hicieron ningún intento por defender esas islas.
Cuando llegaron los nazis a la isla de Jersey, en junio de 1940, se encontraron a los presos todavía en sus celdas. Así que los soltaron a todos.
Chapman se había hecho amigo de otro antiguo preso, llamado Faramus, originario de esa isla. A la salida de la cárcel, fundaron una peluquería, donde atendieron tanto a los isleños como a los invasores alemanes.
Parece ser que a los dos se les ocurrió que la mejor manera de salir de esa isla era escribir una carta a las autoridades alemanas de ocupación, exponiendo que ellos deseaban espiar a favor de Alemania.
Así fue cómo les llamaron y les hicieron ir a Francia. Parece ser que solamente les interesó Chapman, al que pusieron como apodo Fritz. Así que durante un tiempo le entrenaron en las técnicas que suelen utilizar los espías (comunicaciones, manejo de explosivos, paracaidismo, etc).
Su primera misión tuvo lugar a mediados de diciembre de 1942. Consistía en volar en un bombardero alemán y lanzarse sobre territorio británico. Allí tendría que volar la fábrica de aviones  Havilland, situada al este de Inglaterra.
Parece ser que tuvo algunas dificultades para lanzarse en paracaídas, pero al final lo consiguió, aunque cayó en un lugar un poco alejado de su objetivo.
En aquella época, el Ejército británico, ya había descifrado las claves alemanas. Así que ya tenían noticias de la venida de este espía y sólo tuvieron que enviar un avión de la RAF, para seguir al de Chapman, y ver dónde se lanzaba en paracaídas. A partir de ahí, sólo tuvieron que alertar a la Policía del lugar y muy pronto fue capturado.
Desde el mismo momento en que comenzó su interrogatorio, declaró que quería ser agente británico. Así que fue trasladado a las oficinas del MI5 (el servicio de contraespionaje) para tomar una decisión sobre Chapman.
Consiguió que lo contrataran, a cambio de un buen sueldo, claro,  y le apodaron “ZigZag”. Parece ser que les convenció cuando les dijo que los alemanes le habían prometido ir a una de las típicas concentraciones nazis, donde ocuparía una de las primeras filas y así podría asesinar al propio Hitler.
Lo cierto es que les gustó la presumible valentía de este hombre, pero le convencieron para que no realizara esa misión suicida. No obstante, algunos autores creen que la idea de matar a Hitler no fue suya, sino de su tutor alemán, von Gröning, que fue el que le buscó ese sitio en el mitin de Hitler.
Es muy llamativo que el MI5 admitiera a este personaje entre los suyos, siendo un conocido delincuente, porque la mayoría de los agentes de ese servicio procedían de la clase alta británica. En el bando británico, su tutor sería el coronel Tommy Robertson.
Al poco tiempo el MI5 concibió un falso ataque sobre esa factoría. La explosión fue vista desde el aire y fotografiada por los aviones de reconocimiento alemanes, que solían sobrevolar el territorio británico.
Parece ser que los británicos encargaron este truco, como otros muchos,  al famoso ilusionista Jasper Maskelyne, al que ya dediqué  otro de mis artículos.
Algo más tarde, el MI5, organizó la vuelta de Chapman a Alemania. Mandó un mensaje para ser evacuado por medio de un barco o un submarino. Sin embargo, los alemanes, le contestaron que volviera a través de Lisboa.
Este comportamiento hizo dudar a los formadores británicos de Chapman, así que lo prepararon para afrontar el interrogatorio a que iba a ser sometido a su llegada a Alemania.
Posteriormente, se enroló en un barco mercante, cuyo destino era el puerto de Lisboa. Allí fue recibido por agentes alemanes. Para demostrar su lealtad, les pidió que le dieran dos bombas para hundir el barco en el que había venido, durante su regreso al Reino Unido. Los alemanes le dieron dos explosivos camuflados en trozos de carbón. Sin embargo, él los entregó al capitán del barco.
Lógicamente, no explotaron, pero al llegar a Inglaterra, se publicó en la prensa que la Policía había encontrado dos bombas camufladas entre el cargamento de carbón, que no habían llegado a explotar. Era una ingeniosa forma para que los alemanes no desconfiaran de Chapman.
Parece ser que los alemanes habían picado el anzuelo y, como premio a su “hazaña” por haber volado la fábrica de aviones, fue condecorado con la Cruz de Hierro, siendo el primer británico que obtuvo ese galardón. Aparte de darle una gran cantidad de dinero y hasta un yate.
Tras el famoso Desembarco de Normandía, que fue una auténtica chapuza y del que hablaré en un próximo artículo, Chapman, fue enviado de nuevo al Reino Unido.
Esta vez, su misión consistía en comprobar dónde iban cayendo las bombas volantes V-1 y transmitirlo a los alemanes, para que fueran corrigiendo el tiro.
Tal y como le habían ordenado en el MI5, les iba diciendo a los alemanes que las bombas estaban cayendo en el centro de Londres, cuando lo cierto era que estaban bombardeando los barrios y la campiña situada al sur de la capital. Sin embargo, los alemanes, nunca se dieron cuenta de que les estaba engañando.
Desgraciadamente, a su vuelta a Londres, Chapman, se dedicó, nuevamente, a la buena vida y a tener relaciones con bandas de delincuentes. Aparte de que no supo ser discreto.
Así que, en noviembre de 1944, el MI5 lo despidió, le dio una buena indemnización. Incluso, le consiguió el indulto de la pena de cárcel, que estaba cumpliendo en la isla de Jersey.
Durante su trabajo como espía, Chapman, había tenido dos amantes. Una en el Reino Unido y otra en Noruega, donde estuvo en una academia alemana de espías.
En una ocasión, le llegó a decir a su amante noruega que él era un espía británico. Afortunadamente, ella pertenecía a la resistencia de ese país y no lo denunció. Sin embargo, tras la guerra, ella fue condenada a una pena de 6 meses de cárcel, por haberse relacionado con un oficial alemán, o sea, Chapman. De hecho, no pudo demostrar que era un error, porque ella creía que él había muerto. Parece ser que volvieron a verse en 1994. Es la que aparece en el centro de la foto.
En la posguerra, se casó con una antigua novia suya, Betty Farmer, que vivía en el Reino Unido y tuvieron una hija. Parece ser que fue la misma chica por la que desertó del Ejército.
Según parece,  Chapman volvió a sus orígenes y se volvió a relacionar con bandas de delincuentes de todo tipo. Fue detenido varias veces, pero siempre se le soltó, porque el MI5 declaró que había realizado grandes servicios a su país durante la guerra.
En los años 50, escribió sus memorias para ganar algo de dinero. Sin embargo, el Gobierno prohibió su publicación y le pusieron una pequeña multa por intentar desvelar secretos oficiales. Algo más tarde, publicó otra biografía suya, pero aligerada de todos los detalles que figuraban en la primera.
Unos años más tarde, escribió otra biografía sobre un soldado británico que desertó para combatir en el bando alemán. Su nombre fue Eric Pleasants. Chapman afirmaba haberlo conocido cuando ambos estuvieron presos en Jersey.
Parece ser que la magnífica película “Triple Cross” (1966) está basada en la vida de nuestro personaje y eso le dio celebridad durante un tiempo. Así que lo contrataron en un diario londinense para escribir relatos sobre crímenes.

En esa película, el personaje de Chapman fue interpretado por el actor Christopher Plummer, que alcanzó gran fama al protagonizar la película “Sonrisas y lágrimas”, en el papel del capitán von Trapp.
Posteriormente, el matrimonio Chapman, compró una granja y un castillo en Irlanda, donde recibieron a algunos de los amigos que habían hecho durante la guerra. Uno de ellos  fue Stephan von Gröning, su tutor, mientras estuvo al servicio de la Inteligencia alemana. Parece ser que este oficial alemán hablaba muy bien inglés, porque su madre era de USA.

Curiosamente, algunos autores dicen que von Gröning era contrario al régimen nazi y pronto se dio cuenta de que Chapman era un espía doble. Incluso, algunos se atreven a decir que lo fomentó, sin que lo supieran sus superiores, claro está.
Otros dicen que von Gröning estaba muy interesado en que Chapman siguiera con ellos, incluso, aumentando la importancia de ese agente, porque se estaba quedando con una buena parte de su sueldo. Cantidad con la que estaba adquiriendo cuadros para su colección.
Lo cierto es que eso nunca se sabrá, porque el propio almirante Canaris, jefe máximo de la Abwehr, también fue siempre anti-nazi y se cree que, durante la guerra, facilitó ciertos secretos a los aliados. Este militar fue ejecutado tras el complot contra Hitler.
Nunca se perdió la amistad entre Chapman y su tutor alemán, aunque tardaron unos años en reunirse, tras la guerra. Parece ser que el alemán utilizó siempre el seudónimo Dr. Graumann y nuestro personaje desconocía cuál era su verdadero nombre. Es más, Gröning y su esposa estuvieron entre los invitados a la boda de la hija de Chapman.
Parece ser que los alemanes le trataron mucho mejor que los británicos. Estos últimos, nunca se fiaron mucho de él a causa de sus antecedentes penales.
Parece ser que la figura de von Gröning no se parecía en nada al personaje que aparecía en la mencionada película, interpretado por el célebre Yul Brynner. Gröning no era un tipo que tuviera una personalidad con un marcado carácter militar prusiano y, salvo error, tampoco estuvo implicado en el complot contra Hitler.
También se dice que los británicos exageraron demasiado la importancia de lo que le había confesado Chapman sobre los secretos alemanes para así poder decir que no sabían nada de ello, hasta que se los contó éste.
Cuando la verdad es que, desde hacía tiempo, sabían mucho más que eso gracias al descifrado del código de las máquinas Enigma. Algo que llegaron a ocultar hasta a sus propios aliados. Así que a Chapman también lo utilizaron para sus intereses.
Al final, el barón Stephan von Gröning, que había nacido en 1898, en Bremen, murió en la misma ciudad en 1982. En la posguerra lo pasó muy mal, pero, gracias a unos amigos, consiguió un modesto empleo en un museo de su ciudad.

Mientras que Eddie Chapman, el cual, a causa de sus actividades delictivas, le fue prohibida la entrada en varios países, como Francia e Italia, murió en 1997, a los 83 años, a causa de un fallo cardiaco.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL ASESINATO DE THOMAS BECKET

Supongo que, como yo, muchos de vosotros habréis  llegado a conocer a este personaje de la Historia a través de la famosa película Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville.
Con respecto a esa película, también habría que decir que, seguramente, buena parte de su fama se deba a la impresionante actuación, que realizaron en la misma,   dos “gigantes” de la pantalla, como fueron Peter O’Toole y Richard Burton.

No sé si en algún momento de la película os ha parecido más una obra de teatro. Realmente, así es. Estaba basada en la obra del famoso escritor francés Jean Anouilh, “Becket o el honor de Dios”. Estrenada en 1959.
Nuestro personaje de hoy se llamaba Thomas Becket y nació en 1118 en Normandía, aunque en otros sitios figura Londres, como su lugar de nacimiento.
Su padre era un comerciante inglés, lo cual le dio a la familia una situación un tanto acomodada. Esto le permitió estudiar en París.
Obtuvo su primera formación con los monjes de la abadía de Merton en Surrey, situada al sur de Inglaterra.
Tras la temprana muerte de su padre, su familia pasó a tener apuros financieros. Así que, más tarde pasó a ser uno de los secretarios de Theobald, arzobispo de Canterbury, el cual le envió a estudiar Derecho en la Universidad de París y a su vuelta, en 1154, le nombró archidiácono de esa misma sede primada de Inglaterra.
Parece ser que se ganó la amistad del anciano arzobispo y juntos realizaron viajes a Francia y a Roma. Incluso, le envió a perfeccionar sus estudios de Derecho a la aún, hoy en día, prestigiosa Universidad de Bolonia.
Al comenzar su vida, Inglaterra, se hallaba en una profunda anarquía. El rey Enrique I, que había perdido a su hijo varón y sucesor en un accidente, nombraba a su hija Matilde como sucesora en el trono. Es preciso decir que todavía no había reinado ninguna reina en Inglaterra, así que los nobles no estuvieron muy de acuerdo con la decisión del monarca.
No obstante, dado que el rey ya tenía prevista la mala acogida de este nombramiento entre sus nobles, casó a su hija Matilde, que acababa de enviudar del emperador Enrique V, con Godofredo V, conde de Anjou y de varios lugares más.
Matilde no tuvo hijos de su primer matrimonio. Sin embargo, en el segundo tuvo tres hijos, aunque su marido también murió joven.
Al morir, Enrique I de Inglaterra, intentó que su sucesora fuera su hija Matilde. Sin embargo, tal y como se temía, los nobles coronaron a Esteban de Blois, como nuevo rey de Inglaterra.
A partir de ahí, hubo guerra civil, que duró unos 20 años, entre los partidarios de uno y otro. Sin embargo, en 1153, poco después de la muerte de Eustaquio, el heredero de Enrique de Blois, éste firmó el Tratado de Wallingford.
Por medio de este documento, se reconocía a Esteban de Blois como rey de Inglaterra hasta su muerte y como su sucesor a Enrique, hijo mayor de Matilde y Godofredo.
Precisamente, uno de los negociadores de este tratado, por parte de la Iglesia de Inglaterra, ante el Papa Eugenio III, fue nuestro personaje de hoy.
Así que, como el rey, Enrique II de Inglaterra, vio que era un gran negociador, y por consejo del arzobispo Theobald, lo nombró canciller del reino. Lo que ahora sería un presidente del Gobierno.
Estuvo en ese puesto  durante 7 años, durante los cuales sirvió muy fielmente a su rey, siendo muchas veces recompensado por ello.

Ese período acabó tras la muerte del arzobispo Theobald. Según parece,  el rey no se había llevado demasiado bien con el clérigo fallecido y necesitaba que ese puesto vacante fuera ocupado por una persona de su confianza. Así que eligió nada menos que a Thomas Becket.
Parece ser que Thomas no estuvo muy de acuerdo y le dijo al rey: “Si me haces obispo te arrepentirás”, pero no le hizo caso.
Efectivamente, Thomas Becket, siempre fue fiel a su señor. Cuando estuvo bajo las órdenes del rey, le fue fiel a éste, en cambio, cuando pasó al estado eclesiástico, le fue fiel a Dios.
Le ordenaron sacerdote un día antes de nombrarlo nuevo arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia de Inglaterra.
Cambió radicalmente su forma de vida. Así que pasó de comportarse como un cortesano, con continuas fiestas, a ser una persona muy religiosa, que cumplía muy bien con los mandatos de la Iglesia. En resumen, se tomó muy en serio su nuevo trabajo.
En aquella época, solía haber en todos los países conflictos originados por las luchas de poder entre los reyes y los miembros de la Iglesia.
Parece ser que en 1163 acusaron a un fraile inglés de asesinato y éste fue llevado ante un tribunal eclesiástico, el cual le absolvió por falta de pruebas. Eso no gustó nada a mucha gente y el rey aprovechó para intentar aumentar su poder a costa de la Iglesia.
Por ello, en 1164, en medio de una asamblea, llegaron a enfrentarse verbalmente el rey y el arzobispo. Así que a Thomas no le quedó otro remedio que el exilio en una abadía en Francia.
Parece ser que Luis VII,  rey de Francia,  medió entre ellos para que se encontraran en territorio francés e hicieran las paces.
Curiosamente, este monarca francés estaba casado con Leonor de Aquitania, la cual casó después con Enrique II de Inglaterra. Entre sus hijos, podemos destacar a Juan sin tierra y a Ricardo Corazón de león.
Así fue y en noviembre 1170, Thomas, regresó a Gran Bretaña. Sin embargo, cuando el rey se enteró de que el arzobispo había excomulgado a todos los obispos ingleses que habían cedido su poder ante el del rey, se lo tomó muy mal.
Parece ser que dijo: “¿No hay nadie que me pueda librar de este sacerdote turbulento?”. Cuando pronunció encolerizado estas palabras se hallaba rodeado de varios de sus nobles, los cuales las tomaron al pie de la letra. Esos hechos tuvieron lugar en Normandía, en la Navidad de 1170.
Cuatro de esos nobles, junto con sus mesnadas,  atravesaron el Canal de la Mancha y el día 29 del mismo mes se presentaron ante la catedral de Canterbury, exigiendo ver a Thomas.
Los sacerdotes le pidieron que se refugiara en el templo, ya que  se hallaba, en ese momento, celebrando el oficio de vísperas, pero él se negó a que la catedral se convirtiera en una fortaleza, y ordenó que no se cerraran las puertas, así que los otros entraron sin dificultad.
Los nobles gritaron “¿Dónde está el traidor? ¿Dónde está el arzobispo?”. Él les respondió, “Aquí estoy”. “No soy un traidor, sino un sacerdote de Dios. Me extraña que con ese atuendo entren en la iglesia de Dios. ¿Qué quieren?”
Uno de los nobles fue a levantar su espada, sin embargo, uno de los sacerdotes presentes le agarró el brazo y no pudo darle una estocada.
Al ver eso, los cuatro nobles le atacaron a la vez, dándole muerte en los peldaños situados delante del altar.
Uno de los sacerdotes dijo que sus últimas palabras fueron: “Muero voluntariamente por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”. Murió a causa de varias estocadas recibidas en la cabeza, que atravesaron su mitra. Por eso se le representa con una espada atravesando su mitra.
En su momento, este crimen provocó todo un escándalo en todo el orbe cristiano y el asesinado fue considerado como un mártir. No hará falta decir que el rey intentó declinar toda responsabilidad, la cual hizo recaer en esos cuatro nobles, que, inmediatamente, cayeron en desgracia.
Sin embargo, este asunto fue tan gordo, que la mentira no coló. Así que, como se ve al comienzo de la citada película, en 1174, el rey tuvo que someterse a una penitencia pública, delante del sepulcro de Becket,  y ordenar la construcción de un monasterio en Somerset.
Concretamente, tuvo que vestirse con un saco y andar descalzo por la calle, mientras nada menos que 80 monjes le azotaban con ramas. Incluso, tuvo que pasar una noche en la cripta, junto a la tumba de su antiguo amigo.
Parece ser que, tras su muerte, se produjeron muchos milagros, adjudicados a nuestro personaje. Así que sólo 2 años después de haber sido asesinado fue canonizado como un nuevo santo por el Papa Alejandro III.
En 1220, sus restos mortales fueron depositados en un relicario y éste colocado en la nueva Capilla Trinity.
Sin embargo, en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, sus restos se perdieron al ordenar éste la destrucción de los monasterios del reino.
No obstante, hay quien afirma que los monjes los salvaron y los enterraron en otra parte, pero no se sabe dónde.
Por otra parte,  el año pasado se celebró una exposición donde se mostraron algunos restos que decían ser de este santo, los cuales están en posesión de los jesuitas ingleses, y otros que se hallan en Hungría.
Ciertamente, el lugar donde descansaban sus restos, fue centro de peregrinación, durante más de tres siglos. Así que ese rey, con el que se inició la Reforma en Inglaterra, ordenó que se destruyera el templo y se quemaran las reliquias que hubiera en él.
Curiosamente, como Leonor, una de las hijas de Enrique II y Leonor de Aquitania, había casado con Alfonso VIII, rey de Castilla, pidió que en una iglesia de Soria, que era feudo suyo, figurara un fresco representando el instante de la muerte del arzobispo, que había sido amigo suyo.
Posteriormente, se construyeron varias iglesias en los reinos de la Península Ibérica bajo la advocación de Santo Tomás de Canterbury, el cual también pasó a ser santo patrón de algunos pueblos de España. Su festividad se celebra cada 29 de diciembre, coincidiendo con la fecha de su asesinato.

Por último, en Hungría, donde como ya he dicho anteriormente,  también se conservan algunos de sus restos, este santo siempre ha sido muy venerado. Sobre todo, en la época comunista, donde se le veía como un ejemplo de una persona que tuvo la valentía de enfrentarse contra un poder despótico, que no respetaba las libertades. Eso es lo mismo que hacía entonces el régimen comunista, que había en ese país.

lunes, 4 de septiembre de 2017

RAMIRO II, EL MONJE QUE LLEGÓ A SER REY

Nuestro personaje de hoy fue un hombre que nunca quiso ser rey, pero que las circunstancias por las que pasaba su reino no le dejaron otra alternativa. Así que cumplió con el encargo lo mejor que pudo, aunque nunca se le había preparado para ello.
Al igual que Alfonso I, era hijo del rey Sancho Ramírez y de Felicia de Roucy, natural de la región francesa de Champaña.

El futuro rey Ramiro II nació en Huesca en 1084, aunque otros autores indican que fue en 1086. Fue el menor de los hijos de ese matrimonio.
Parece ser que sus padres estaban muy influidos por un abad francés, llamado Frotardo. Éste fue imponiendo gente de su confianza al frente de los principales obispados de Aragón.
También consiguió que el rey permitiera el paso a través de su reino de un ejército de caballeros de distintos territorios de la actual Francia, para ayudar en la Reconquista al rey Alfonso VI de Castilla y León.
En 1088, consiguió que el rey Sancho Ramírez pusiera nada menos que todos sus reinos bajo el vasallaje del Papa, el cual sería el único que elegiría a los abades y a los obispos.
Más tarde,  este rey consintió que su hijo Ramiro se educara en el monasterio de Thomieres, del cual era abad el propio Frotardo. Como si fuera una ofrenda que hacía su padre a Dios.
Parece ser que a partir de 1105, su hermano, que ya era el rey Alfonso I, contactó con él para que formara parte de su consejo.
Parece ser que en 1110, el rey lo nombró abad del monasterio de Sahagún, lo cual no gustó nada a los monjes que allí residían, pues lo veían como a un extraño.
Más tarde, llegó a ser nombrado obispo de Burgos y, posteriormente, de Pamplona. Según parece, el Papa no confirmó estos nombramientos.

En 1134, como ya mencioné en mi anterior artículo, se produjo la derrota de Alfonso I en el asedio de Fraga. Entre otros, allí murió el obispo de Roda, así que Ramiro, que era el abad del monasterio de San Pedro el viejo, en Huesca, fue nombrado nuevo obispo de esa sede vacante. Poco después, murió su hermano Alfonso I.
Por ello, varias ciudades de Aragón, empezando por su capital,  Jaca, donde se había reunido  la alta nobleza del reino, reconocieron a Ramiro como su nuevo rey. Fue proclamado rey en Zaragoza el 29/09/1134.
Para algunos autores, Ramiro II, era el legítimo heredero de los reinos de su hermano. Sin embargo, las leyes de Navarra y Aragón, basadas en las de los visigodos, sólo permitían que los clérigos y las mujeres transmitieran la sucesión, pero no que fueran reyes. En el caso de Cataluña, ni siquiera eso.
En un principio, se pretendió recurrir a una especie de argucia legal, por la que Ramiro sería considerado como el padre de García Ramírez, el pretendiente al trono de Navarra. De este modo, García, ejercería los derechos reales en nombre de ambos y así no se produciría la ruptura entre Aragón  y Navarra.
Parece ser que no se pusieron de acuerdo. Así que García Ramírez sería el nuevo rey de Navarra y Ramiro II el de Aragón.
Es posible que en estas negociaciones interviniera Alfonso VII de Castilla y León, pues al poco de haber roto estas conversaciones, el rey de Navarra se hizo vasallo del de Castilla. Supongo que firmaría esta alianza para defenderse de una posible invasión de Aragón.
Otro de los problemas fue la sucesión en el trono, había que intentar que Ramiro II se casara y que tuviera un heredero.
Para ello, se eligió a Inés de Poitou, también llamada Agnes de Poitiers. Era hija del duque Guillermo IX de Aquitania, también conocido como Guillermo el trovador.
No sé si tendrían en cuenta, para esta elección, que esta mujer ya era viuda de un matrimonio anterior, en el que tuvo nada menos que cuatro hijos. Así que estaba muy claro que no era estéril.
Curiosamente, una hermana de Guillermo casó con Pedro I de Aragón. Además, fue aliado de Alfonso I y le acompañó durante varias de sus campañas por la península.
Precisamente, Guillermo IX de Aquitania fue abuelo de la famosa reina Leonor de Aquitania. Casada, en primeras nupcias, con Luis VII de Francia y, posteriormente, con Enrique II de Inglaterra.
No está muy claro si Ramiro tuvo que pedir una dispensa papal para poder casarse, dada su condición de clérigo. Lo cierto es que la boda tuvo lugar en la catedral de Jaca a finales de septiembre de 1135.
Según el propio monarca, había contraído matrimonio “para la restauración de la sangre y la estirpe”. Así que el objetivo se cumplió cuando nació su hija Petronila, en agosto de 1136, quedando como heredera del reino de Aragón. Por otra parte, esto planteaba un nuevo problema, pues según el Derecho aragonés, las mujeres podían transmitir los derechos sucesorios, pero no reinar. Así que habría que buscarle un marido para que fuera el nuevo rey.
Es muy posible que Inés volviera a su tierra en torno a 1137. No parece que participara en las negociaciones para buscarle un futuro esposo a su hija. Sólo se sabe que se fue a vivir a la abadía de Fontevrault y murió en ese lugar hacia 1159.
En esa misma abadía también están enterrados otros personajes célebres, como Leonor de Aquitania, Enrique II de Inglaterra o Ricardo corazón de león.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, al comienzo de su reinado, le llovían los problemas por todos lados. Por una parte, Alfonso VII, ocupó una serie de territorios de Soria, llegando a entrar en Zaragoza. Así que Ramiro no tuvo más remedio que pactar con él y también pactó una tregua con los moros. De hecho, castigó con la muerte a unos caballeros aragoneses que se saltaron esa tregua.
Dado que nunca tuvo una formación militar, siempre fue el objetivo de las burlas de los nobles, ya que no sabía montar a caballo y, a la vez utilizar,  las armas de guerra. Se decía que cogía con la boca las bridas del caballo.
En aquella época, donde se sucedían las guerras, era sumamente importante que el monarca fuera también un buen militar, que protegiera adecuadamente su reino.
Se cree que, por esa época, su reino atravesaba una gran crisis económica, que le hizo devaluar su moneda. Para agravar este asunto, le escribió en varias ocasiones el Papa exigiendo que cumpliera el testamento de Alfonso I.
Por otro lado, seguían teniendo frecuentes roces con los condados catalanes y los de más allá de los Pirineos, que hoy pertenecen a Francia.
Parece ser que tuvo frecuentes enfrentamientos con la nobleza de su reino y tuvo que vencer varias revueltas que casi le cuestan el trono. Es posible que la famosa leyenda de la Campana de Huesca se sitúe en ese momento de la Historia.
Parece ser que un día citó a varios de esos nobles levantiscos en su palacio y, uno a uno, les invitó a entrar en un patio, para que admiraran la gran campana que había encargado. Cuando
entraban en ese recinto, les esperaba un verdugo que les cortaba la cabeza.
Más tarde, llevó al resto de los nobles al patio, para que contemplaran el “espectáculo” de las cabezas cortadas y de esa manera acabó con las revueltas periódicas de los nobles.
En un principio, se pensó en una boda entre Petronila y un hijo de Alfonso VII de Castilla y León. Sin embargo, los nobles aragoneses se opusieron a ello, porque sospechaban que, en el futuro, Castilla les podría quitar sus tierras.
A mediados de 1137, tras unos meses de negociaciones, se llegó a un compromiso en Barbastro. Por medio del cual, se concertaba una futura boda entre Petronila, hija de Ramiro II, y el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Todo esto, aunque el novio tuviera unos 24 años y la novia sólo 2. Parece ser que Alfonso VII no se opuso a ese compromiso. No hay que
olvidar que Berenguela, la esposa del rey castellano, era hermana de Ramón Berenguer IV.
De ese modo, Ramiro, consiguió que Ramón Berenguer IV fuera una especie de apoderado suyo. Lo cierto es que el conde catalán consiguió por vía diplomática,  que Castilla estuviera dispuesta a devolverle Zaragoza.
Por el contrario, intentó reintegrar Navarra en su reino y no lo consiguió. Incluso, cuando lo intentó por la fuerza de las armas, fue derrotado por los navarros.
En el tema de la herencia a favor de Alfonso I tuvo que hilar muy fino. En el caso de la Orden del Santo Sepulcro, el prior de la misma, que se hallaba en Tierra Santa,  le cedió los derechos a Ramón Berenguer IV, pero, si éste muriera sin descendientes, el legado regresaría a la Orden.
Los Hospitalarios fueron compensados con terrenos en Jaca, capital del reino, para construir una casa y una iglesia de la Orden.
Por lo que se refiere al Temple fue indemnizado con la entrega de algunas tierras, el diezmo de todo lo recaudado en el reino y la quinta parte de las futuras tierras conquistadas.
No sé si los negociadores del temple serían mejores que los de las otras órdenes, pues, a simple vista, consiguieron más que los de las demás. No obstante, convendría no olvidar que Ramón Berenguer IV pertenecía a la Orden del Temple.
Parece ser que el Papa quedó contento con este pacto, pues en 1158 aceptó este acuerdo firmado por ambas partes.
Lo cierto es que la boda tuvo lugar en 1150 en Lérida y con ello se resolvieron muchos de los problemas que había tenido Aragón, desde la muerte de Alfonso I el batallador.
Desde entonces, Aragón, miraría menos hacia el Cantábrico, pues había perdido para siempre el reino de Navarra, pero ahora tenía sus miras puestas en el Mediterráneo. Desde este momento, el reino de Aragón y los condados catalanes formarían la Corona de Aragón.
Parece ser que, por si acaso, Ramiro II, nunca abdicó de su título de rey y siempre estuvo al tanto de lo que hacía su yerno.

No obstante, regresó para continuar siendo abad del monasterio de San Pedro el viejo, en Huesca y allí murió en 1157. Siendo enterrado en la capilla de San Bartolomé de esa misma abadía.

sábado, 2 de septiembre de 2017

ALFONSO I EL BATALLADOR O EL REY ARTURO

Esta vez voy a narrar la historia de un rey que siempre se creyó más un guerrero profesional que, simplemente, un monarca.
Nació hacia 1073, aunque se conoce con certeza su lugar de nacimiento. Fue hijo de
Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona, porque entonces todavía no se llamaba Navarra. Su madre fue Felicia de Roucy, hija de un noble de la región de Champaña y segunda esposa de Sancho Ramírez.
Como no era el mayor, sino el segundo hijo del segundo matrimonio de su padre, desde el principio, su formación fue encaminada para que, en el futuro, se convirtiera en uno más de los señores feudales del reino. De hecho, en los documentos de su época como infante, figura con el nombre de Alfonso Sánchez.
Durante el reinado de su hermanastro, Pedro I, participó en algunas campañas, como la toma de Huesca y en otra que se realizó para apoyar al famoso Cid Campeador. Ahí se pudo apreciar su gran valía como guerrero. Algo muy cotizado en esa época donde se vivía en un constante estado de guerra.
No olvidemos que Pedro I de Aragón y el Cid siempre fueron grandes amigos y siempre se apoyaron mutuamente. Parece ser que María Rodríguez, una de las hijas del Cid se casó con Pedro el único hijo varón de Pedro I, el cual murió muy joven y antes que su padre.
Por cierto, por si alguno no lo sabe, aunque en el Cantar del Mío Cid se dice que las hijas de este famoso héroe medieval se llamaban Elvira y Sol, sus nombres reales eran María y Cristina. En otro artículo trataré sobre la relación entre estas dos mujeres y la Casa Real española.
Lo cierto es que parece que nuestro personaje tuvo mucha suerte, porque murieron muy pronto todos los que le precedían en el trono.
Primero murió su hermano Fernando, primogénito del segundo matrimonio de su padre. Luego murió su padre a causa de un flechazo, cuando se hallaba sitiando Huesca. Después, murió su hermanastro Pedro I, con sólo 36 años y tras un reinado de sólo 10 años. Éste llegó a tener descendencia, pero sus dos hijos murieron antes que él. De hecho, se dice que por ese motivo murió de pena.
En 1104, cuando nuestro personaje se sentó en el trono de Aragón, su reino era mucho menor que la comunidad española que hoy conocemos con el mismo nombre.
Lo primero que hizo fue terminar la conquista de la comarca conocida como las Cinco Villas, para asegurarse la frontera del Ebro.
Una de las cosas que más urgían ahora no eran las conquistas militares, sino darle un heredero al reino. Lo cierto es que el rey ya tenía 31 años y seguía estando soltero.
Sus diplomáticos estuvieron sondeando al resto de las cortes peninsulares y vieron que Alfonso VI, rey de Castilla y León, estaba muy interesado en casar a su hija y heredera Urraca, que se hallaba viuda y con un hijo, Alfonso Raimúndez, que había tenido de su matrimonio con Raimundo de Borgoña. El objetivo del monarca castellano era unir los reinos cristianos peninsulares y Alfonso I le pareció un monarca con el suficiente carisma para lograrlo.
Parece ser que en las capitulaciones matrimoniales se acordó que, si de este nuevo matrimonio nacía un varón, sus derechos estarían por delante de los del hijo que ya tenía Urraca. Eso no gustó absolutamente nada a los nobles castellanos, leoneses y gallegos
Así que Alfonso I tuvo que enfrentarse a esa rebelión de nobles gallegos, encabezada por el famoso obispo Diego Gelmirez. No le costó mucho vencerla, pues tuvo el apoyo de Enrique de Borgoña, conde de Portugal y tío de Alfonso, el hijo de Urraca.
Parece ser que Alfonso I nunca fue del agrado de la nobleza castellana, pues se dedicó a fomentar el ascenso de la incipiente burguesía y no dejó que la nobleza les moliera a impuestos, tal y como solía hacer, habitualmente.
Tampoco les cayó muy bien al clero venido de Borgoña, invitado por Alfonso VI y que se había asentado a lo largo del Camino de Santiago, pues no les dejaba expansionarse.
Evidentemente, como él procedía de Aragón y Pamplona, pues les fue cediendo los castillos reconquistados a sus nobles de confianza, que venían de estos reinos. Así que los nobles castellanos se confabularon contra él, encabezados por un antiguo pretendiente de la reina, Pedro González de Lara.
Lógicamente, Alfonso I, no tuvo ningún problema en vencer a estos rebeldes y dejarles muy claro que el que mandaba era él.
En 1110, durante el transcurso de esta rebelión, el rey de la taifa de Zaragoza, intentó un ataque por la espalda contra Alfonso I. La respuesta de éste fue muy clara, le venció y le dio muerte en la batalla de Valtierra. Precisamente, ese mismo año fue tomada Zaragoza por los almorávides, los cuales ahora ambicionaban tomar Barcelona.
Parece ser que entre los dos cónyuges había un lejano parentesco. Los dos eran nada menos que bisnietos del rey Sancho III el Mayor de Navarra, al que también dediqué hace tiempo otro de mis artículos.
Lógicamente, este detalle no se les pasó por alto a los miembros del clero, que estaban descontentos con la política de este monarca. Precisamente, el propio arzobispo de Toledo, que era uno de esos monjes venidos de Borgoña, le pidió al Papa la anulación de ese matrimonio.
Al mismo tiempo, parece ser que los dos cónyuges nunca se llevaron bien. Ella era una mujer joven y deseaba vivir con su marido. Mientras que éste disfrutaba guerreando y viviendo entre sus soldados, como uno más de ellos. Incluso, se dice que en alguna ocasión, el rey le pegó a la reina.
De esa forma, se llegó a la guerra civil entre los partidarios de ambos. Como había ocurrido anteriormente, Alfonso I, se trajo a sus huestes de Aragón y Navarra y derrotó sin muchos problemas a las de Castilla y León.
A todo esto, había declarado a Urraca incapaz para gobernar y la había encerrado en una fortaleza, de la que la liberaron sus partidarios. Esta guerra civil duró nada menos que 5 años.
Lo cierto es que el matrimonio nunca se llevó nada bien. Además, nunca llegaron a tener ese hijo tan esperado. Así que las relaciones entre ellos se caracterizaron por varias separaciones y reconciliaciones. Incluso, los partidarios de Urraca, le pedían a la reina que nombrara a su hijo como nuevo rey de Castilla y León, en lugar de su marido. No olvidemos que los clérigos franceses procedían de Borgoña, el mismo lugar de donde procedía su primer marido y padre de su hijo.
Siempre fue así, hasta que, en 1114, Alfonso I se hartó de esa situación y aceptó la resolución del Papa, que anulaba este matrimonio, por motivos de parentesco. Desde ese momento, Alfonso I, sólo fue rey de Aragón y Navarra. Mientras que Urraca I lo fue de Castilla y León.
Así que nuestro personaje se dedicó de lleno a continuar la Reconquista en su reino, aunque se quedó con algunas pequeñas zonas de Castilla.
Esta vez puso su vista en la conquista de la estratégica ciudad de Zaragoza, capital del reino taifa del mismo nombre. Para ello, consiguió que un concilio celebrado en Tolosa animara a los caballeros de otros reinos a intervenir en esta aventura, calificándola como cruzada. De esa manera, pudo disponer de tropas venidas de Francia, de los condados catalanes, de Castilla, etc.
Así consiguió que esa importante ciudad capitulara en diciembre de 1118 y poco más tarde otras villas cercanas. Entre ellas, Tarazona. Precisamente, puso como señor de Zaragoza a su amigo Gastón de Bearn, que había participado en la Primera Cruzada, la cual logró la conquista de Jerusalén.
Parece ser que los objetivos finales de este soberano siempre fueron conquistar Tortosa y Valencia para, desde allí, encabezar una Cruzada a Tierra Santa. Algo que nunca pudo realizar.
Lo cierto es que, aparte de ser un gran guerrero, también tuvo fama de tratar muy bien a los musulmanes que habitaban las ciudades reconquistadas. Les ofrecía unas condiciones muy ventajosas, lo que hacía que la mayoría de ellos permanecieran viviendo en las mismas.
Una prueba de la importancia de Zaragoza es que en 1120, los almorávides, intentaron recuperarla, pero fueron vencidos por las huestes de nuestro personaje en la batalla de Cutanda. Más adelante, reconquistó Calatayud y Daroca.
La fama de este guerrero fue más allá de sus fronteras. Así, en 1125, acudió a una llamada de los mozárabes del reino de Granada. Invadió el territorio musulmán a través de Valencia, Murcia y Andalucía, venciendo en varias batallas. Lo cierto es que no consiguió cumplir sus objetivos. Sin embargo, se atrajo a varios miles de mozárabes con los que colonizó los territorios que había reconquistado en Aragón.
En 1126, murió Urraca I de Castilla y llegó al trono su hijo, Alfonso VII, que se autotituló como “el Emperador”.
Lo primero que se le ocurrió a este nuevo rey fue intentar recuperar las tierras de Castilla que estaban en poder del monarca aragonés. Cuando los dos ejércitos se hallaban frente a frente,
unos mandatarios aragoneses consiguieron que no hubiera lucha y que se firmara el tratado de Támara. Mediante este documento, Alfonso I devolvería las tierras castellanas a Alfonso VII y éste no se volvería a titular como “Emperador".
Nuestro personaje, siguió dedicándose a guerrear en su zona de influencia. En 1130, apoyó a su aliado Gastón de Bearn, en sus luchas al otro lado de los Pirineos. Incluso, llegó a sitiar y conquistar la plaza fuerte de Bayona.
Más tarde, atacó Lérida y Fraga. Incluso, atacó la villa de Mequinenza mediante galeras. Parece ser que el ataque a Lérida, que era la capital de otro reino de taifa, se produjo, porque había hecho un pacto con algunos condes catalanes a espaldas suyas y eso no le gustó nada.
En 1133, comenzó el asedio de Fraga. Esta vez no tuvo en cuenta que los almorávides mandaron refuerzos por vía fluvial, a través de Tortosa, y, en septiembre de 1134,  se encontró rodeado por tropas venidas desde Córdoba, Valencia y Murcia. Así que tuvo que emplearse a fondo, siendo gravemente herido en el combate. Lo cierto es que tuvo que retirarse, ya que el ejército cristiano fue atacado por sorpresa y masacrado por los musulmanes.
A este monarca no le quedó otra que huir con los pocos supervivientes de su ejército y refugiarse tras los muros de Zaragoza.  Las graves heridas recibidas en esa batalla hicieron que su estado de salud empeorase y murió sólo 20 días después de su llegada a esa ciudad. Tenía 61 años.
Esta vez perdió, pero su marcador tiene un saldo muy positivo, pues se cree que venció en nada menos que 29 batallas. Fue uno de los guerreros más apreciados de su tiempo. De hecho, a su muerte, había duplicado la superficie de los reinos que había recibido de su antecesor.
Su tumba se halla, actualmente, en el antiguo Monasterio benedictino de San Pedro el Viejo, situado en la ciudad de Huesca.
Se sabe que este monarca hizo dos testamentos. El primero fue en 1130, durante el asedio de Bayona. Ciudad que pertenece actualmente a Francia.
El segundo lo dictó en la villa de Sariñena, unos días antes de morir.
Este fue el más conflictivo. No se le ocurrió otra cosa que hacer testamento en favor de Dios y legar sus reinos a las órdenes militares del Temple y a los Hospitalarios.
A su muerte, este documento trajo muchos problemas a sus reinos. Por una parte, sus súbditos no quisieron darle validez legal. Sin embargo, los miembros de estas órdenes les exigieron que se cumpliera o, en caso contrario, a ser indemnizados por no haber recibido el legado del monarca.
Lo cierto es que este testamento era completamente ilegal en aquel reino, porque, según las leyes aragonesas, él sólo podría disponer libremente de los territorios que hubiera conquistado. Los que hubiera recibido al llegar al trono pertenecían al patrimonio de la Corona y como tal deberían ser cedidos a su sucesor.
Realmente, esto de dejar en herencia las posesiones a las órdenes militares era más o menos normal en la época, pero no en el caso de los reyes. De hecho, se sabe que Talesa, prima de Alfonso I y viuda de Gastón de Bearn, cumpliendo la voluntad de su marido, cedió todos los territorios que éste había obtenido en Zaragoza y alrededores a la Orden del Temple.
También otro amigo del monarca, llamado Lope Garcés, el peregrino, a su muerte, legó parte de sus bienes a la Orden del Santo Sepulcro.
Precisamente, este rey había creado un par de órdenes militares a imitación de estas que ya eran famosas. Posteriormente, cuando se permitió la entrada de los templarios en el reino de Aragón, esta orden absorbió a las pequeñas que habían sido creadas por este monarca.
Curiosamente, se dice que el primer caballero de la península que se hizo templario fue Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, el cual se casó con María Rodríguez, hija del Cid, cuando ésta enviudó de su matrimonio con el hijo de Pedro I de Aragón.
Las consecuencias más graves de este documento es que hicieron que se separaran para siempre los reinos de Aragón y Navarra. En el primero reinaría, Ramiro II, un hermano del monarca fallecido. Mientras que en el segundo lo haría García Ramírez, hijo de Cristina Rodríguez y, por tanto, nieto del Cid Campeador y bisnieto de Sancho III el mayor, rey de Navarra.
Hoy en día, algunos piensan que la famosa leyenda del rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda estuvo basada en Alfonso I el batallador. De hecho, el primer relato que recogió las leyendas sobre este rey mitológico se escribió en vida de nuestro monarca.
Incluso, en algunas crónicas musulmanas se habla de él como “el rey pescador”, pues, junto con sus tropas,  tuvo que pescar para alimentarse, durante la campaña de Granada. O sea, aquel que custodiaba el famoso Santo Grial.
No olvidemos que el famoso cáliz que se custodia, actualmente, en la catedral de Valencia y que se tiene, por algunos, como el verdadero Santo Grial, en la época de este soberano, se hallaba oculto en el monasterio de San Juan de la Peña, en Huesca. Tras haber pasado por varios escondites a causa de la invasión musulmana de la Península Ibérica.
Curiosamente, en 1213, dentro de la comitiva de la duquesa Beatriz de Suabia, que venía a casarse con el rey de Castilla y León, Fernando III el santo, venía un noble de la orden del Temple, llamado Wolfram von Eschenbach.
Por cierto, no olvidemos que la novia era hija de Felipe de Suabia, rey de Alemania, y de Irene Ángelo, hija del emperador de Bizancio Isaac II.
En 1215, Eschenbach, escribió una obra llamada “Parzival”. Lo curioso es que siempre dijo que había conocido esta historia durante este viaje, acompañando a la novia hasta la ciudad de Toledo.
En algunos pasajes de dicha obra, menciona el apodo de “Anfortas”. Parece ser que algunos conocían a Alfonso I con ese apodo, pues era la forma reducida del título que se veía en las monedas de plata acuñadas en Castilla durante su reinado, en las cuales aparecía la leyenda “Alfonso Totus Rex”. Seguramente, este caballero alemán pudo ver alguna de estas monedas en Toledo, pues en la Edad Media las monedas solían circular durante mucho tiempo.
Algunos autores identifican a algunos amigos de Alfonso I con personajes que aparecen en el mito de Arturo. Para ellos, Perceval podría ser Rotrou III du Vall de Perche. Por lo que se refiere a Galvern podría tratarse de Gastón IV de Bearn.
En el caso de Lancelot, podría ser Pedro González de Lara, que estaba enamorado de la reina Urraca I y la liberó de su cautiverio. Parece ser que en su escudo se podía observar una gran lanza de la que colgaba el pendón real.
En fin, espero que os haya gustado, aunque me ha quedado un poco largo. También habréis visto que he separado lo que es Historia de lo que es un mito más. Con respecto a lo segundo, cada cual es muy libre de creer o no en esas cosas.