ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

sábado, 17 de junio de 2017

EL REY JUAN II DE CASTILLA

Continuando con el ciclo dedicado a los reyes de Castilla y León, hoy le toca el turno a Juan II. No confundirlo con Juan II de Aragón, aunque luego veremos que tuvieron cierta  relación.
Este monarca nació en 1405 en la localidad de Toro, Zamora. Sus padres fueron
Enrique III y Catalina de Lancaster.
Curiosamente, en este chico se daba la coincidencia de ser, a la vez, bisnieto de Pedro I el cruel y de su hermanastro y asesino, Enrique II el de las mercedes. Tal y como había sido previsto, para acabar de una vez con las reivindicaciones de los herederos del rey Pedro.
Lamentablemente, su padre falleció  cuando ni siquiera había cumplido los dos años de edad. Esta vez, la regencia, la formaron su madre y su tío, Fernando el de Antequera, que, como ya vimos en otro artículo, posteriormente,  fue el primer rey de la dinastía Trastámara en Aragón.
Curiosamente algunos nobles castellanos se mostraron partidarios de que Fernando fuera el nuevo rey de Castilla, en lugar de su sobrino, a lo que él siempre se negó, aceptando la voluntad de su difunto hermano.
Siguiendo las instrucciones del fallecido Enrique III, también formaron parte de ese consejo otros miembros, que gozaron siempre de la confianza del soberano. Se trataba de Diego López de Estúñiga o Zúñiga, Juan Fernández de Velasco y Ruy López Dávalos. Algunos autores también citan como consejero a Sancho de Rojas, arzobispo de Toledo.
Según parece, desde un principio, surgieron diferencias entre los dos regentes.
Así que, en 1407, durante las Cortes de Segovia se dividieron el reino.
Catalina gobernaría sobre Castilla y León. Mientras tanto, Fernando, que era partidario de continuar la Reconquista, lo haría sobre las zonas más fronterizas, como Toledo, Extremadura, Murcia y la parte de Andalucía que ya se hallaba en manos cristianas.
Así que, una vez hecho el reparto,  enseguida se puso manos a la obra. Esta vez, comenzó la ofensiva castellana con un ataque de su flota contra la tunecina, al objeto de cortar la vía marítima de suministros, que tenían los granadinos.
Ese mismo año, las tropas de Fernando, atacaron y tomaron Zahara y Setenil, firmando una tregua hasta el año siguiente.
En 1409, las tropas castellanas  concentraron su ataque en la estratégica plaza de Antequera, la cual consiguieron tomar al año siguiente. Esto fue posible, porque los granadinos no consiguieron socorrerla. De ahí vino el apodo por el que siempre se ha conocido al 
futuro rey Fernando I de Aragón, el de Antequera.
En 1410, murió sin descendencia el rey de Aragón, Martin I el Humano. Varios fueron los candidatos que se presentaron para ocupar ese trono. Uno de ellos fue Fernando.
En 1412, tras muchas deliberaciones, los representantes de los diversos territorios de Aragón, firmaron el llamado Compromiso de Caspe, por el que nombraron a Fernando como nuevo monarca de ese reino. No olvidemos que su madre fue Leonor de Aragón y de Sicilia, hija del rey de Aragón Pedro IV el Ceremonioso. Así que estaba bastante legitimado para suceder en el trono al anterior monarca.
Curiosamente, el nuevo rey de Aragón y su esposa, eran  los mayores terratenientes del reino de Castilla y gozaban de una fortuna inmensa. A lo mejor, por eso mismo, votaron a su favor los representantes de Cataluña, aunque, en un principio, les gustó más otro de los candidatos.
No hará falta decir que Catalina de Lancaster, estaba encantada de perderlo de vista, porque nunca se habían llevado demasiado bien.
Sin embargo, no le hizo tanta gracia cuando se enteró que Fernando no quiso renunciar a ser regente de Castilla y, en su lugar, colocó a varios consejeros afines a él.
Desgraciadamente, en 1416, murió Fernando y en 1418, le siguió a la tumba Catalina. Parece ser que de esta última siempre se ha dicho que era demasiado aficionada a la bebida, como muchos de los actuales ciudadanos del Reino Unido.
En 1419, el consejo de regencia, ya dominado por los delegados enviados por Fernando, venidos desde Aragón, decidió que había que declarar la mayoría de edad del rey, aunque éste sólo tuviera 14 años. Se reunieron unas cortes en Madrid para celebrar ese acto.
Incluso, le buscaron una novia. Se trataría de su prima, María de Aragón, hija de su tío Fernando I el de Antequera. La boda tuvo lugar en octubre de 1418 en Medina del Campo, Valladolid.
El matrimonio llegó a tener tres hijas: Catalina, Leonor y María. Desgraciadamente, las tres fallecieron en la infancia. Sin embargo, también tuvieron un hijo, llamado Enrique, el cual reinaría, posteriormente, con el nombre de Enrique IV.
Sin embargo, de este rey no puedo decir lo mismo que dije de su padre. Juan II fue siempre un ser abúlico. Nunca estuvo interesado en la Reconquista, ni siquiera en las tareas de gobierno, que son propias de un monarca. Por el contrario, dedicó su tiempo a estar entretenido en la corte por medio de poetas, bufones y músicos.
Sin embargo, sus parientes, los hijos de Fernando I el de Antequera, aunque eran aragoneses, estaban más interesados en los asuntos castellanos que en los de su propio reino y se dedicaron a influir en las decisiones de Juan II. De hecho, su padre les había ordenado que vigilaran muy de cerca al gobierno de Castilla y a sus inmensas posesiones en dicho reino.

Estos eran Enrique, que se casó con Catalina,  una hermana de Juan II, y, por ello,  fue nombrado duque de Villena. Aparte de ser también Gran Maestre de la Orden de Santiago. Fue nombrado para este último cargo cuando sólo tenía 9 años. Juan, duque de Peñafiel, que luego sería, primeramente, rey de Navarra, por estar casado con la heredera, Blanca de Navarra. Posteriormente, reinaría también en Aragón con el nombre de Juan II. Por último, Pedro, que fue conde de Alburquerque.
Lo cierto es que estos primos del rey, desde un principio, formaron parte de su consejo privado y, debido a la gran ambición de éstos, pronto quisieron rivalizar en dinero y poder con el soberano. Así que, durante su reinado le dieron algún que otro disgusto. Incluso, la propia reina María, se puso a veces de parte de sus hermanos los infantes de Aragón.
Por otro lado, el joven Juan II, desde su infancia, había hecho amistad con otro chico de la misma edad, de origen aragonés, cuyo nombre fue Álvaro de Luna. Siempre estuvieron muy unidos y llegó a ser el hombre de máxima confianza del rey.
Hay que precisar que éste no era un cualquiera, sino que se trataba de un segundón perteneciente a  una gran familia. Era sobrino de Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, el cual, a su vez, era sobrino del famoso Papa Luna, Benedicto XIII.
En 1418, falleció la reina Catalina de Lancaster. Así que el rey, que era un simple adolescente, se quedó solo y en manos de sus más cercanos preceptores, el arzobispo de Toledo y el obispo de Sigüenza.
Volviendo a los infantes de Aragón, hay que decir que la ambición y la rivalidad entre ellos llegaron a tal extremo que, en cierto momento, quisieron suplantar el poder del propio rey de Castilla.
El 14/06/1420 se dio un acontecimiento que se ha conocido popularmente como “El golpe o atraco de Tordesillas”.
Aprovechando el infante Enrique que su hermano Juan había viajado para casarse con Blanca de Navarra y sabiendo que el rey no estaría bien protegido, no se le ocurrió otra cosa que raptarlo. Su excusa para realizar esta acción fue que la política del canciller Juan Hurtado de Mendoza no era la adecuada para Castilla y que él lo podría hacer mejor.
Así que, para esta acción, se reunieron muy temprano el infante Enrique, Ruy López Dávalos, Pedro Manrique, Pedro de Velasco y Pedro Niño. Todos ellos iban acompañados de una fuerte escolta, que consiguió romper las puertas de palacio, apresar a Hurtado de Mendoza y llegar hasta el rey, que todavía se hallaba en la cama.
De esa forma, el infante Enrique, llegó a manejar durante unos meses el “timón” del Estado, teniendo secuestrado al propio rey.
Sin embargo, Álvaro de Luna, junto con otros nobles segundones, como él, consiguieron, a finales de noviembre del mismo año, liberar al rey de su secuestro.
Parece ser que, durante una visita real a Talavera de la Reina, Álvaro de Luna, consiguió salir huyendo con el rey hasta el castillo de la Puebla de Montalbán. Hasta allí les siguieron las tropas del infante Enrique, pero tuvieron que levantar el asedio, porque llegaron refuerzos, capitaneados por el infante Juan,  para auxiliar a los sitiados. Así que los sitiadores tuvieron que salir huyendo de allí.
Esta acción fue premiada por el monarca con el título de conde de Santiesteban de Gormaz a favor de don Álvaro de Luna. Primero de una larga serie de títulos y honores que fue acaparando durante toda su vida.
Tras este incidente, varios de los miembros del partido aragonesista dieron con sus huesos en prisión. Incluso, al propio infante Enrique le retiraron algunos títulos, como el
de marqués de Villena.
Parece ser que Álvaro de Luna se cebó, especialmente, con Ruy López Dávalos, condestable de Castilla. Consiguió que le quitaran todos los títulos y honores, muriendo en el exilio en Aragón. Precisamente, su título de condestable de Castilla fue a parar a don Álvaro de Luna.
Lógicamente, esto puso sobre aviso tanto a los infantes de Aragón, que intentaron declararle la guerra a Castilla, como al resto de los nobles castellanos, pues Luna logró acaparar muchos de los títulos y honores a los que ellos siempre habían aspirado. De hecho, el rey nunca supo qué hacer sin él.
En 1422, el rey, por indicación del valido,  mandó que encerraran a su primo, el infante Enrique de Aragón, acusado de estar en tratos con el rey de Granada.
Esto hizo que muchos nobles movieran sus hilos. Así el propio Alfonso V de Aragón, hermano del prisionero, amenazó con atacar Castilla, si no era liberado, inmediatamente,  el infante. Incluso, llegaron a convencer al rey de que reinaría mejor solo, porque la influencia de Luna era negativa para él. Así que, en 1427, consiguieron que el rey desterrara al condestable a sus tierras en el pueblo de Ayllón, en Segovia.
En 1428, el rey, al ver la deriva que estaba tomando su reino, mandó que el condestable regresara de su exilio. Obviamente, volvió con sus poderes reforzados.
Alfonso V volvió a amenazar con invadir Castilla. Sin embargo, esta vez, el condestable se le adelantó. Invadió las tierras de Navarra, para que no pudieran utilizar los aragoneses ese terreno, más favorable para una invasión. Así que el rey de Aragón, cuando intentó invadir Castilla, cruzando el río Jalón,  fracasó.

Todo esto dio lugar, en 1430, a la firma de una tregua entre los reyes de Castilla, Navarra y Aragón y la expulsión de los 3 infantes del territorio castellano.
En 1431, después de esto, librados ya de los problemas con los reinos vecinos,  Castilla se decidió por continuar la Reconquista, obteniendo una importante victoria en la batalla de Higueruela. Sin embargo, no supieron aprovechar este éxito y no fueron más allá. Precisamente, existe una pintura al fresco dedicada a  este hecho en la Sala de las batallas del Monasterio de El Escorial.
En 1438, los infantes de Aragón volvieron a Castilla. Sólo dos de ellos, porque Pedro había muerto en una batalla en Nápoles.
Las intrigas palaciegas dieron lugar a que el valido fuera enviado de nuevo al exilio de Ayllon, mientras los infantes siguieron medrando en la corte castellana.
Sin embargo, en 1444, Álvaro de Luna consiguió volver para recuperar la confianza del rey, que por cierto, nunca había perdido.
Ante esta situación, en 1445, no se les ocurrió otra cosa, a los infantes y sus secuaces, que guerrear contra el rey. Los dos bandos se encontraron en Olmedo. Los infantes perdieron esa batalla y tuvieron que huir a toda prisa hacia Aragón y  Navarra.
Ese mismo año, murió la reina María, así que el valido pensó en buscarle al rey una nueva esposa a la que pudiera manejar más fácilmente. Su elegida sería Isabel de Portugal. El monarca no se opuso a ese matrimonio, el cual se celebró en Madrigal de las altas torres, en 1447.
La verdad es que esta vez, el valido, no acertó con su jugada. La razón está en que la reina se hizo dueña de la débil voluntad del rey y la utilizó contra el condestable.
Los habituales intrigantes de palacio convencieron a la reina de que la voluntad de su marido estaba bloqueada por el poder del condestable. Así que ésta consiguió convencer al rey para que llevara al valido ante los tribunales de Justicia. Fue acusado de robar las rentas de la Corona y reinar en lugar del monarca, suministrándole hechizos para que perdiera su voluntad.
Como los jueces habían sido muy bien seleccionados  y todos eran enemigos del valido, fue muy fácil para ellos condenarle a muerte. Siendo ejecutado en Valladolid, en junio de 1453.
Lógicamente, todo esto provocó una gran depresión en el monarca, cuando, verdaderamente, se dio cuenta de lo que había hecho. Así que se abandonó totalmente. Ni siquiera quería comer a pesar de que siempre se había destacado por su glotonería.
Incluso, dejó los asuntos de gobierno en manos de su hijo, el futuro Enrique IV, y en los del valido de éste, Juan Pacheco, marqués de Villena.
Juan II ya no quiso saber nada de nadie. Se encerró en sus habitaciones y hasta prohibió la entrada de la reina.
Todo ello, le llevó a la muerte. La cual se produjo en 1454, cuando se hallaba en Valladolid. Hasta sus últimos momentos, estuvo maldiciendo el haber sido rey de Castilla.
No sé si esto tendría algo que ver en el estado mental de la reina, pues, tras quedarse viuda, se fue a vivir a Arévalo y allí dio amplias muestras de locura.
Por eso mismo, más tarde, encerraron a la reina Juana la loca, pensando que habría heredado la locura que padeció su abuela.
 El matrimonio entre Juan II e Isabel de Portugal tuvo dos hijos. Isabel, la futura Isabel la Católica y Alfonso, que, en principio, fue el heredero, pero que murió prematuramente y de una forma muy sospechosa.
Curiosamente, los padres de los famosos Reyes Católicos fueron Juan II de Castilla y Juan II de Aragón.

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