ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 22 de noviembre de 2020

CASIODORO DE REINA, UN EXTREMEÑO CASI OLVIDADO

 

Normalmente, mucha gente suele suponer que todos los españoles han sido siempre muy católicos y que España no se contagió de la ola de protestantismo que “invadió” casi toda Europa a partir de las ideas de Lutero. Ahora veréis que eso no es cierto.

Nuestro personaje nació en 1520 en Montemolín, una pequeña localidad al sur de Extremadura.

En su juventud ingresó en el convento jerónimo de San Isidoro del Campo, situado en Santiponce (Sevilla). La misma ciudad que en la época romana se llamó Itálica.

Quizás, como estuvo tantos años viviendo en ese lugar, él mismo dice, en algunas de sus obras, que era de Sevilla, pero no es cierto, según veremos más adelante.

Parece ser que hasta allí llegó un tipo al que llamaban Julianillo Hernández. No se trataba de un niño, sino de un pobre hombre jorobado y de baja estatura, que introducía esas Biblias en el doble fondo de los toneles que transportaba.

Por lo visto, había vivido, durante muchos años, en Alemania y allí había conocido a los grandes reformadores protestantes. Así que se dedicó al contrabando de Biblias y otros textos protestantes e introducirlos de esa manera en España. Como el Nuevo Testamento, del teólogo cordobés Juan Pérez de Pineda.

No es de extrañar que llegara hasta Sevilla, pues, en aquella época, era la ciudad más importante y más cosmopolita de España.

Por si alguien no lo recuerda, allí se hallaba la Casa de la Contratación y por el puerto de Sevilla tenían que pasar, obligatoriamente, todos los barcos que fueran o vinieran de América, repletos de riquezas de todo tipo.

Así que esos libros llegaron hasta los monjes de ese convento, los cuales los leyeron con fruición y, de esa forma, muchos de ellos se convirtieron en partidarios del luteranismo.

Precisamente, Casiodoro, parece ser que se convirtió en el guía espiritual, tanto de los frailes, como de los feligreses, que solían acudir a ese convento.

Evidentemente, esto no tardó mucho en saberlo el Tribunal de la Inquisición de Sevilla. Así que, en 1557, empezó a investigarlos y dos años después a ejercer la represión contra esa especie de foco de luteranos. Por lo visto, 22 de los 40 miembros de ese convento fueron acusados de herejía.

Afortunadamente, en 1557, Casiodoro y 12 de sus compañeros, entre ellos, el prior Francisco Farías, el vicario Juan de Molina, el procurador Pedro Pablo, Antonio del Corro, Hernando de León, el prior del monasterio de Écija y Cipriano de Valera, tuvieron tiempo de poder escapar. Supongo que les avisaría a tiempo algún colega suyo que militase en la Inquisición.

Sin embargo, otros muchos no pudieron hacerlo y fueron detenidos y llevados al castillo de Triana, que era donde los encarcelaban.  Ese fue el caso de Julianillo Hernández, el cual fue detenido, torturado salvajemente y, ya en 1560, quemado vivo en la hoguera, junto con otros condenados por el mismo asunto. Como los doctores Egidio (Juan Gil) y Constantino Ponce de la Fuente, aunque el primero hubiera muerto 5 años antes, mientras que el segundo falleció ese mismo año, al poco de haber sido encarcelado.

Así que en ambos casos sólo pudieron quemar sus huesos, que habían sido, previamente, exhumados de sus respectivas tumbas.

Parece ser que unos 40 condenados, entre frailes y feligreses de aquel convento, fueron quemados entre 1559 y 1562.

No puedo precisar dónde tuvieron lugar esos autos de fe, pero sí puedo decir que uno de los quemaderos preferidos por la Inquisición de Sevilla fue el famoso Prado de San Sebastián, donde, hasta mediados de los 70, se estuvo celebrando la famosa Feria de Sevilla.

Casiodoro y algunos de sus compañeros se dirigieron a Ginebra (Suiza), donde gobernaba, de una forma dictatorial, el famoso Calvino. Así que, como no les gustó mucho lo que vieron se alejaron de allí. Casiodoro calificó Ginebra como “una nueva Roma”.

Con esa frase quería dar a entender que no estaba de acuerdo con que los calvinistas mataran a todo aquel que no estuviera de acuerdo con su doctrina. Como fue el caso del español Miguel Servet.

No me extraña que Reina calificara así a la ciudad de Ginebra, pues, en aquella época, Calvino la gobernaba con mano de hierro y, para ello, creó una especie de policía religiosa, parecida a la que ahora existe en algunos países islámicos.

Hoy en día, nos puede parecer increíble en un país, como Suiza, que presume de ser de los más democráticos del mundo, pero eso es lo que pasaba entonces y hay que decirlo.

Precisamente, Casiodoro, tradujo al español la obra “Sobre los herejes”, del francés Sebastián Castellion, que estaba en contra de esas prácticas, indicando que eran contrarias a la doctrina cristiana.

La siguiente etapa de su exilio fue la ciudad alemana de Francfort, donde se integró perfectamente con los protestantes de habla francesa.

En 1559, cuando fue coronada Isabel I de Inglaterra, nuestro personaje se dirigió a Londres, donde se encontró con un grupo de protestantes españoles, que llevaban tiempo residiendo en Inglaterra. Así que fue elegido pastor de esa comunidad y también se casó allí.

Incluso, la misma reina accedió a cederles un templo, en Inglaterra, donde esa comunidad de habla española pudiera celebrar sus ritos litúrgicos. Parece ser que Reina consiguió atraer a Londres a muchos españoles que habían residido en Ginebra y no estaban a gusto con la férrea disciplina impuesta por Calvino. Es más, hasta consiguió atraer a refugiados protestantes, procedentes de Italia y de los Países Bajos.

Por el contrario, Felipe II, puso precio a su cabeza, dado que no consiguió su extradición y mandó espías para intentar asesinarle.

No lograron matarle, pero sí fue objeto de graves calumnias, que le obligaron a dejar esa ciudad y regresar a Francfort.

De hecho, había dos bandos que le perseguían. Uno de ellos, como ya he mencionado, era el de Felipe II, que consiguió captar a Gaspar Zapata, un colaborador habitual de Reina, para que le acusara de algunos pecados muy graves, como la sodomía.

El otro bando era el de Calvino y sus partidarios, que se dedicaban a hacerse con porciones de sus obras, aún sin publicar, para denunciar supuestas herejías que decían haber visto en ellas.

Así que, como ya he dicho anteriormente, estas duras acusaciones le obligaron, en 1564, a huir precipitadamente hacia Amberes (Bélgica). Afortunadamente, tuvo tiempo de esconder sus manuscritos, que luego le fueron enviados por un miembro de su comunidad en Londres.

Durante más de 3 años, estuvo huyendo de sus perseguidores, lo que le obligó a residir en varias ciudades de Europa, como Francfort, Heidelberg, Basilea o Estrasburgo.

En 1562, había comenzado su famosa traducción de la Biblia al español. Actualmente, conocida como la Biblia del oso, porque en su portada se ve a un oso intentando comer la miel de una colmena de abejas. Era la primera vez que se traducía la Biblia al español, desde sus fuentes originales, así que eso no les gustó nada a muchos teólogos.

No sé si sería por ese motivo o por considerarle un “hereje protestante”, la Inquisición de Sevilla, inició un proceso contra él. A raíz de esas investigaciones, sabemos que nació en Montemolín (Badajoz), y, al final, su efigie fue quemada en la hoguera. Fue condenado por heresiarca, o sea, maestro de herejes. Al mismo tiempo, todos sus libros pasaron, inmediatamente, al Índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica.

Parece ser que el motivo de imprimir un oso en la portada se debió a que el editor quiso evitar poner un motivo religioso, ya que, en aquella época, no se podían realizar traducciones de la Biblia a lenguas habladas por la gente.

Por lo visto, para escribir esa obra, se basó en antiguos textos hebreos y en la Biblia de Ferrara, para resolver dudas, ya que era una traducción de los textos hebreos al español hablado por los judíos sefardíes.

No obstante, algunos creen que no fue el único autor de esa Biblia, sino que podría haber sido ayudado por otros miembros de su congregación, dado que aprecian diferentes estilos, a lo largo de esa obra.

En 1567, respondió a su condena publicando un libro titulado “Algunas artes de la Santa Inquisición española”, que, como era de esperar, fue traducido, inmediatamente,
a otras lenguas europeas.

Parece ser que los gobernantes de algunas ciudades, como Basilea o Estrasburgo, le denegaron el permiso para publicar esa obra en estas ciudades, dado que había tropas españolas en sus cercanías. Hasta que, por fin, le otorgaron el permiso en la famosa ciudad universitaria de Heidelberg (Alemania).

Parece ser que Casiodoro se reunió con un editor, llamado Oporino, el cual estaba muy interesado en publicar su Biblia. Desgraciadamente, murió antes de hacerlo y tampoco había fondos para proseguir con el empeño.

Como sabía que sus enemigos le seguían espiando, escribió una carta al famoso teólogo calvinista francés Teodoro de Beza, comunicándole que la Biblia sería publicada en Ginebra. Es muy posible que los espías de Felipe II conocieran el contenido de esta carta, porque se sabe que el monarca advirtió a los tribunales de la Inquisición de toda España para que controlasen la llegada de mercancías procedentes de esa ciudad.

No sé si se trataría de una estratagema para despistar a la Inquisición, porque a él nunca se le hubiera ocurrido llevar su Biblia a Ginebra.

Tras muchas vicisitudes, logró que su Biblia se publicara en 1569 en la ciudad de Basilea (Suiza).

Aunque parezca mentira, el personaje que terminó de financiar la publicación de su Biblia fue el banquero calvinista Marcos Pérez, el cual le donó una respetable suma de dinero que le permitió contratar al impresor Thomas Guarin, el cual realizó una primera edición compuesta por 2.600 ejemplares.

Curiosamente, la ilustración del oso y la colmena no era la marca utilizada por Guarin, sino por otro impresor, llamado Apiario. Parece ser que a Casiodoro le gustaba mucho y, como ya no la usaba, no sabemos si se la cedió gratuitamente o tuvo que pagarle por ello.

No obstante, los espías de Felipe II siguieron la pista de esas Biblias y muy pronto descubrieron que habían sido publicadas en Basilea y que habían sido enviadas a Amberes, donde a muchas de ellas les cambiaron su portada por la de un célebre diccionario de esa época.

En 1602, se publicó, en Amsterdam (Países Bajos) la Biblia de Cipriano de Valera, nacido en Fregenal de la Sierra (Badajoz), conocida como Biblia del cántaro, pues en su portada aparecen dos personajes y uno arroja agua desde un cántaro. Según algunos autores, ésta no fue otra cosa que una adaptación de esa Biblia a las utilizadas en Ginebra.

Siempre se ha considerado como una revisión de la primera y, por ello, las Biblias utilizadas, hoy en día, por los protestantes españoles las llaman Reina-Valera. No sólo es utilizada por los luteranos, sino también por miembros de otras confesiones protestantes. Incluso, actualmente, también es utilizada por los protestantes de habla española que viven en USA.

Por lo visto, tras la huida del convento de Santiponce, las vidas de Cipriano y Casiodoro fueron por caminos diferentes. El primero fue un convencido calvinista, mientras que el segundo siempre luchó por la libertad de las creencias de los fieles y no admitió que los censores de Calvino examinaran su obra, antes de su publicación. Así que siempre hubo una clara enemistad entre ambos.

Parece ser que no fue la primera Biblia traducida al español. En 1280, durante el reinado de Alfonso X el sabio, ya se publicó una en español. Sin embargo, se trataba de una traducción desde el latín y no, directamente, desde fuentes primarias, como la Biblia del oso.

También hubo otros intentos de traducción de la Biblia al español, como los del burgalés Francisco de Enzinas, que estaba basada en la obra del francés Sebastián Castellion, un íntimo amigo de Enzinas también la de Juan de Valdés.

Parece ser que, en aquella época, hubo muchos partidarios de traducir la Biblia a las lenguas vernáculas y varios de ellos financiaron esas obras. Uno de esos partidarios fue el valenciano Fadrique Furió Ceriol, humanista, teólogo y alto funcionario de la corte de Felipe II.

Volviendo a nuestro personaje de hoy, en 1585, cuando residía en Amberes (Bélgica) tuvo que salir huyendo de esa ciudad, pues iba a ser conquistada por las tropas de Felipe II.

De ahí, se marchó, de nuevo a Francfort, donde siempre había sido muy bien acogido. De hecho, su esposa era de esa ciudad. Fundó un establecimiento comercial para la venta de paños de seda.

Incluso, en 1580, publicó en esa misma ciudad un catecismo redactado en latín, francés y holandés.

En 1593, fue también elegido pastor de la congregación de esa localidad, pero ya tenía 73 años y no le quedaban muchas fuerzas para ejercer esa labor.

Al año siguiente, murió en esa misma ciudad. Uno de sus hijos le sustituyó en su labor pastoral.

Aparte de la Biblia del oso y el Catecismo, también publicó unos comentarios a los Evangelios de San Juan y San Mateo (1573), la Confesión de fe (1577) e incluso unos estatutos para una sociedad, radicada en Francfort, que ayudaba a los pobres y perseguidos por su fe.

 

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jueves, 19 de noviembre de 2020

EL INGENIERO ALEMÁN FRITZ TODT

 

Hoy voy a hablar de la vida de un curioso personaje. Se trataba de un ingeniero que cometió la torpeza de decirle la verdad a un político. Ya sabemos que eso no les gusta nada a esa gente y mucho menos a los dictadores.

No obstante, cuando un político es inteligente, lo que suele hacer es rodearse de personas más inteligentes que él. Buenos especialistas en cada materia que le puedan resolver los problemas que se le presenten. Aunque luego sea él el que se cuelgue las medallas.

Por ejemplo, en España, durante los reinados de Carlos II y Fernando VI, que fueron unos monarcas con claros problemas físicos y mentales, sus familiares, supieron buscarles unos ministros honrados y eficaces, que supieron conducir al país por la vía del progreso.

De hecho, una de las características del reinado de Fernando VI es que España no se metió en ninguna guerra. Algo de lo que no podría presumir casi ningún monarca de la Historia de España.

Sin embargo, la tendencia actual es que los políticos sean bastante mediocres y, para que no se note mucho, se rodean de otros aún más torpes que ellos y que les rían las gracias.

Así que me da la impresión de que, por eso mismo, muchos países están llevando tan mal el tema de esta pandemia de COVID 19, porque en sus respectivos gobiernos nadie ha tomado las medidas adecuadas, ya que no tienen expertos y tampoco se han molestado en consultar a los que saben de esta materia.

Después de esta pequeña introducción, voy a pasar a presentar a nuestro personaje de hoy. Se llamaba Fritz Todt. Un apellido curioso, porque recuerda a las palabras alemanas tot (muerto) y tod (muerte).

Nació en 1891 en la localidad alemana de Pforzheim, en el Estado de Baden-Württemberg, donde su padre tenía una de las muchas fábricas de orfebrería que había en esa ciudad.

Curiosamente, también fue el lugar de nacimiento del padre de la famosa pintora Frida Kahlo. Esposa del también pintor Diego Rivera. Ambos mexicanos.

Volviendo a nuestro personaje, estudió en su ciudad de origen y luego se matriculó en la Universidad Técnica de Munich para estudiar Ingeniería Civil.

La I Guerra Mundial provocó un parón en sus estudios. Luchó primero en Infantería y luego como observador en Aviación. En uno de esos combates aéreos fue herido de gravedad. No obstante, tardó poco en recuperarse y fue condecorado con la Cruz de Hierro.

Tras la guerra, se mudó a Karlsruhe, en cuya Universidad obtuvo, en 1920, la licenciatura como ingeniero civil.

Empezó a trabajar diseñando centrales eléctricas para luego construir carreteras en diversas zonas de Alemania.

En 1922, se afilió al Partido Nazi, pasando luego a las temibles SA. Supongo que lo haría, como tantos miles de alemanes, para intentar salir de la miseria que les aquejaba en esos años. De lo contrario, no se entiende que los alemanes votaran mayoritariamente a nazis y comunistas, en el país más culto de Europa

Por aquel entonces, publicó un estudio sobre cómo dar trabajo a 1.000.000 de personas a base de construir obras públicas de todo tipo.

En 1933, cuando Hitler llegó al poder, lógicamente, fue nombrado inspector general de carreteras y diseñó las primeras autopistas de Alemania.

Parece ser que nunca tuvo ambiciones políticas y eso fue lo que le salvó de las sucesivas purgas que se hacían entre los líderes de su partido.

Por lo visto, recibió diversos premios, como reconocimiento por sus numerosos y avanzados diseños. Uno de ellos fue una especie de Premio Nobel alemán, ya que, desde 1936, Hitler prohibió que los alemanes aceptaran esos famosos premios que se otorgan, anualmente, en Suecia y Noruega.

En 1938 creó la Organización Todt, llamada así en su nombre, y que se dedicó a realizar construcciones civiles y militares por toda Alemania y, posteriormente, por las zonas que iban conquistando los alemanes, como el Muro del Atlántico.

Se trataba de una organización donde trabajaban tanto obreros libres como presos forzados, procedentes tanto de las cárceles como de los campos de concentración. Se cree que esa organización llegó a utilizar a unos 800.000 presos forzados.

Por otro lado, creó un fondo de becas para muchachos pobres con buenas notas escolares, a fin de que pudieran llegar a ser los ingenieros que necesitase su país en el futuro.

En marzo de 1940 fue nombrado ministro de Armamento y Municiones. Está muy claro que, por entonces, era un hombre que tenía la plena confianza de Hitler. Incluso, le nombró general de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana.

Tras la invasión de la URSS, le encargaron la reconstrucción del sistema ferroviario de ese territorio, destrozado por la guerra. Lo cual no fue nada fácil, pues las vías no tenían el ancho homologado en casi toda Europa y pretendían que tuviera el mismo que en Alemania.

Supongo que les interesaría que tuvieran el mismo ancho de vía para así facilitar el transporte de tropas alemanas dentro de la URSS.

A la vez, le encargaron la construcción de fábricas subterráneas, donde poder construir aviones y cohetes, sin que fueran destruidas por los intensos y continuos bombardeos de los Aliados.

Sin embargo, en diciembre de 1941, hubo una reunión entre Hitler y los miembros del Estado Mayor alemán, a la cual asistió Todt. En ella, se dijo que los informes sobre las duras condiciones que estaban sufriendo las tropas alemanas en la URSS, debidas al intenso frío, habían parado el avance hacia Moscú.

No sé si alguien le echaría la culpa de esto a Todt, pues se dijo que no les habían llegado a tiempo los suministros necesarios para que esas tropas pudieran luchar en esas duras condiciones climáticas.

También es verdad que el propio Göring había prometido que la Luftwaffe, de la cual era el máximo responsable, iba a abastecer sin problemas a las tropas alemanas en la URSS y no lo consiguió.

Parece ser que Todt realizó una gira para comprobar el estado de las tropas y la recepción de los suministros por las mismas.

En febrero de 1942, Todt, se reunió con Hitler en su famoso cuartel general cercano a Rastenburg, una localidad que ha pasado a ser de Polonia.

Por lo visto, mantuvieron una fuerte discusión en la que Todt llegó a decirle que, si no se mejoraba la recepción de los suministros a esas tropas, lo mejor sería retirarse del territorio de la URSS, porque, seguramente, perderían la guerra.

Como ya dije al principio, a los gobernantes no les suele gustar que les digan las verdades a la cara y mucho menos a un tipo tan megalómano como Hitler.

Supongo que su gran efectividad pondría en entredicho la labor de Göring o Martin Borman, un par de los tradicionales pelotas, por no decir algo peor, muy próximos a Hitler.

Me recuerdan a los que en el flamenco llaman los “agradaores”. Esos que suelen sentarse a tocar las palmas, a los lados del cantaor de turno y le jalean diciendo que tiene mucha “grasia”.

Parece ser que, es mismo día, Todt había coincidido con Albert Speer en el cuartel general de Hitler y el primero se había prestado para llevar, en su avión, al segundo, durante el viaje de regreso a Berlín.

Sospechosamente, el propio Hitler se negó a ello y le dijo a Todt que tenía que hablar largo y tendido con Speer. Así que sería mejor que se fuera solo, antes de que se le hiciera tarde.

Poco después, Todt se montó en el avión que le habían asignado, concretamente, un Heinkel 111. Curiosamente, él solía desplazarse en otra aeronave, sin embargo, ese día se le había asignado una misión en el frente.

Según los testigos presenciales, el aparato despegó con normalidad, pero, muy pronto, vieron que se daba la vuelta. Incluso, notaron que algo no iba bien, porque el piloto intentaba aterrizar con viento de cola.

Lo normal es hacerlo con viento de frente a fin de que vaya frenando la velocidad de aterrizaje de la aeronave y no haya peligro de salirse de la pista.

Parece ser que se apreciaba una especie de llamarada azul en la cabina. Por lo visto, el piloto intentó un aterrizaje de emergencia, pero el avión explotó antes de tomar tierra. Muriendo en el acto todos sus ocupantes.

Los equipos de socorro apenas pudieron hacer nada, pues la aeronave se incendió, ya que llevaba el depósito lleno y tardaron bastante en poder apagar las llamas.

Ciertamente, yo no sé si se trató de un sabotaje. No obstante, ya mostré, en mi anterior artículo, que hubo muchas muertes de este tipo durante el III Reich. Al igual que ocurrió durante la guerra civil española.


Lo único que puedo decir es que Hitler, como si lo tuviera decidido desde hacía mucho tiempo, nombró, inmediatamente, como sucesor de Todt al famoso Albert Speer.

Esta vez, se trataba de un arquitecto de una familia muy acomodada y con unos modales aristocráticos, que darían un mayor lustre al Partido Nazi. A muchos les pareció la cara amable de ese partido.

De hecho, por razones que se desconocen, se salvó de la horca, durante los famosos Juicios de Nuremberg. Aunque luego se demostró que era tan culpable como los que fueron ejecutados. Eso sí, fue condenado a 20 años de prisión. Condena que cumplió por completo.

 

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martes, 17 de noviembre de 2020

EL DESCONOCIDO GENERAL WALTHER WEVER

Seguro que los aficionados a los temas bélicos se habrán preguntado alguna vez por qué, durante la II Guerra Mundial, los Aliados bombardeaban casi todos los días el territorio alemán, mientras que los alemanes no les respondían de la misma manera.

La respuesta es muy simple, porque carecían de aviones para bombardeo estratégico a larga distancia. Así que voy a intentar explicar la razón por la que no los tuvieron.

Nuestro personaje de hoy se llamaba Walther Wever y nació en 1887 en una pequeña localidad del antiguo distrito de Poznan, que hoy es una parte de Polonia.

Parece ser que nació en el seno de una familia alemana muy acomodada, pues su abuelo tuvo el cargo de fiscal general de Prusia y su padre fue presidente de un Banco.

Tras realizar sus estudios de Secundaria, ingresó en la Academia Militar, de la cual salió, ya como oficial, en 1905.

Posteriormente, participó, como teniente de Infantería, en la I Guerra Mundial, aunque estuvo poco tiempo en el frente, pues muy pronto fue destinado al Estado Mayor, dentro del
Departamento de Operaciones del famoso mariscal von Hindenburg.

Fue partidario de la famosa defensa de plataforma flexible, por medio de la cual, los alemanes, pudieron defenderse de los continuos ataques de los Aliados.

Al terminar la guerra, cuando ya era capitán, parece ser que fue uno de los oficiales que le recomendaron al Kaiser que se exiliara en Holanda a fin de que no estallase una guerra civil en Alemania.

Ciertamente, la violencia estalló, pero no pasaron de ser unas cuantas escaramuzas en las ciudades más importantes. Un fenómeno que fue controlado eficazmente por el Ejército.

Durante el período de entreguerras, fue uno de los oficiales que permaneció en el reducido Ejército alemán, que siguió funcionando según las normas emanadas del Tratado de Versalles.

En 1933, ya ostentaba el grado de coronel y decidió ingresar en el nuevo Ministerio
de la Aviación del III Reich. Precisamente, ese fue el mismo año en que Hitler llegó al poder.

Evidentemente, como era un nuevo organismo, enseguida necesitaron muchos mandos para rellenar su organigrama. Así que, en 1936, ya ostentaba el grado de teniente general y jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe, o sea, la Fuerza Aérea.

Tampoco debemos olvidar que, desde 1935, Alemania dejó de respetar el Tratado de Versalles y ordenó el servicio militar obligatorio. Con lo cual, se multiplicaron los efectivos del Ejército.

Parece ser que siempre fue un firme seguidor de las teorías del general italiano Giulio Douhet, al que ya dediqué otro de mis artículos.

Ese militar italiano concebía a la Aviación como un arma muy poderosa para llegar a cualquier parte del territorio enemigo, pudiendo bombardear sus lugares más estratégicos, como carreteras, fábricas, puentes, estaciones de ferrocarril, etc.

Así que la primera tarea que se le encomendó a Wever fue el estudio y desarrollo de aviones modernos para realizar las misiones que se le encomendaran.

No sólo aprobó el uso de aviones de pequeño tamaño, como los conocidos Stukas o los Messerschmitt BF 109, sino también los bombarderos medianos Junker 52 y Heinkel 111. Todos ellos fueron probados en la guerra civil española.

Aparte de eso, para poder realizar su teoría de bombardeo estratégico, necesitaba contar con otras aeronaves de gran tamaño, capaces de llevar una gran cantidad de bombas a fin de lanzarlas en lugares muy alejados de sus bases.

Eso dio lugar a la construcción de los prototipos de los modelos denominados Junker 89 y Dornier 19 a los que Wever llamó Uralbombers. Así que ya nos podemos hacer una idea de dónde pensaba utilizarlos.

Incluso, junto con el general von Blomberg, al que también dediqué otro de mis artículos, impulsó un centro de estudios para formar a los funcionarios del Ministerio de Defensa en estrategia y economía de guerra. Sin embargo, poco tiempo después, esta iniciativa fue cancelada por el mariscal Göring, jefe de la Luftwaffe.

En 1920, se casó con Hertha Suadicani, hija de un conocido arquitecto alemán, que diseñó y construyó muchas estaciones ferroviarias y de Metro de Alemania. Fruto de ese matrimonio, nacieron dos hijos: Günther y Walther. Ambos sirvieron como pilotos, durante la II Guerra mundial. Desgraciadamente, el segundo de ellos fue derribado y murió en ese conflicto.

Por lo que se refiere a nuestro personaje, el 03/06/1936, Wever, se hallaba dando una conferencia en una academia de cadetes de la Luftwaffe, en Dresde.

Estando allí, se enteró de la muerte del general Karl Litzmann, que acababa de fallecer en Berlín y con el que le unía una buena amistad.

Parece ser que el acto duró algo más de lo previsto. Así que se dirigió a toda prisa a una base, donde tenía la aeronave con la que había previsto volar a Berlín.

Se trataba de una especie de avioneta, modelo Heinkel 70. Parece ser que iba con mucho retraso así que se empeñó en pilotarla él mismo, llevando como acompañante a un mecánico.

Por lo visto, dado que tenía mucha prisa, no se hicieron todas las comprobaciones oportunas. Wever despegó de la pista y, poco después, el avión giró sobre sí mismo, provocando que los tripulantes estuvieran boca abajo. Poco después, el aparato se estrelló sobre una zona agrícola, incendiándose y resultando muertos ambos tripulantes, ya que no consiguieron darle la vuelta al aparato y la cabina impactó contra el suelo.

Según el peritaje posterior, la causa del accidente fue que no se habían retirado una serie de bloqueos de los alerones, por lo que al piloto le fallaron los controles y no pudo enderezar su aeronave.

Parece ser que no hubo sanciones para los mecánicos, pues habían obedecido las órdenes del general, al pie de la letra. Lo cual me parece bastante sospechoso.

No lo digo por capricho, sino porque, casualmente, durante ese período, murieron varios jerarcas nazis a causa de accidentes de este tipo.

Posteriormente, numerosas personalidades asistieron a su entierro, que
tuvo lugar 3 días después, siendo presidido por el mariscal Göring y la viuda de Wever.

Después de su muerte, Göring, decidió que no se construyeran bombarderos estratégicos, sino tácticos y ya no se llegaron a fabricar los prototipos que he citado anteriormente.

No obstante, siguieron en vigor los principios de la guerra aérea, enunciados por el propio Wever un año antes de su muerte. Entre los que podemos citar que la fuerza aérea debe servir tanto para destruir a las aeronaves enemigas como para aniquilar sus fuentes de energía.

El sustituto de Wever fue el célebre general Kesselring, el cual ya estuvo más supeditado a los caprichos de Göring y eso hizo que empezara el declive de la Luftwaffe.

Wever afirmaba que la Aviación podía tener un papel muy importante, si se la usaba de manera independiente contra objetivos estratégicos importantes. Curiosamente, era la misma idea que tenían el británico Hugh Trenchard y el USA William Mitchell. Con la diferencia de que, según
parece, a estos, les hicieron caso sus gobiernos, mientras que a Wever no.

Yo creo que la razón para no escucharle podría estar en que Alemania era un país con pocos recursos y que estaba intentando salir de una grave crisis económica. Así que la única guerra que podía afrontar era una que hiciera capitular muy rápidamente al enemigo.

De hecho, lo consiguió al invadir muchos países, como Polonia o Francia. Sin embargo, la cosa se complicó mucho, cuando empezó a bombardear Gran Bretaña.

Aunque los británicos tenían muchos menos aviones que los alemanes, estos fracasaron al no disponer de unos cazas con una mayor autonomía de vuelo, que pudieran escoltar a sus bombarderos, defendiéndolos de los cazas enemigos.

Aparte de ello, hay que destacar que la II Guerra Mundial fue, esencialmente, una guerra industrial. El país que pudiera reponer más pronto el material perdido sería el que ganase y ese fue USA.

Alemania no podía ir a ese ritmo por la sencilla razón de que, diariamente, sufría terribles bombardeos, que interrumpían constantemente el trabajo en sus fábricas. Por no hablar de las bajas producidas entre sus obreros.

Aparte de que, algo más tarde, sufrieron una gran escasez de suministros de todo tipo. Incluido, el petróleo.

Por eso mismo, durante la invasión de la URSS, Hitler dio la orden a sus ejércitos para que no atacaran Moscú, sino que se desviaran hacia Stalingrado, que es donde había muchos yacimientos de petróleo.

También hay quien dice que, si Hitler hubiera tenido una flota de bombarderos pesados, como las que tenían los Aliados, es posible que hubiera vencido en la famosa Batalla de Inglaterra.

No obstante, lo normal es que los Aliados hubieran fabricado muchos más aviones que ellos, porque tenían más recursos y las fábricas USA estaban fuera del alcance tanto de los alemanes como de los japoneses.

El único avión de ese tipo, fabricado por los alemanes, fue el Heinkel 177, del que se construyeron pocas unidades.

Al final de la guerra, a pesar de que los alemanes habían cancelado la fabricación del Junker 89, sin embargo, se basaron en su diseño para construir el Junker 90.

Se trataba de una aeronave con 4 motores, que empezó prestando servicio en la compañía aérea alemana Lufthansa y que, durante la guerra, se utilizó para el transporte de tropas.

Posteriormente, los alemanes, construyeron en Junker 290, que era bastante más grande que los anteriores.

Parece que éste último lo usaron mucho para el abastecimiento de las tropas alemanas, que sitiaban Stalingrado. Esta aeronave ya disponía de un portón trasero para el lanzamiento de suministros.

Por lo visto, entre los proyectos de Hitler, estaba utilizar estas enormes aeronaves para bombardear la ciudad de Nueva York.

Parece ser que, al final de la guerra, hicieron un vuelo de ensayo, desde Francia, con un modelo Junker 390, llegando hasta muy pocos kilómetros de las costas de USA y regresando a la base desde la que habían partido.

Hay muchos rumores de que, al final de la guerra, varias de esas grandes aeronaves fueron utilizadas para la huida de algunos jerarcas nazis. Así como para la evacuación de archivos comprometedores.

Por lo visto, esto se descubrió cuando, a principios de abril de 1945, un Junker 290 tuvo un accidente, cuando intentaba aterrizar en el aeropuerto de Barcelona.

Posteriormente, como este avión se quedó en España, fue utilizado por el Ejército del Aire español en la base de Matacán (Salamanca).

Debió de ser una buena aeronave, pues, ya en la posguerra, tres de esos aparatos fueron utilizados por las fuerzas aéreas británicas y de USA.

 

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