ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 20 de marzo de 2017

PABLO DE SANTA MARÍA, EL RABINO QUE SE CONVIRTIÓ EN OBISPO



Siguiendo con mi razonamiento de que, en muchas ocasiones, el buen conocimiento de la Historia puede ser mucho más entretenido que las novelas de ficción, esta vez os traigo la biografía de un personaje que, a primera vista, pudiera parecer increíble, pero que existió en realidad.
Nuestro personaje de hoy nació en Burgos. Los autores no se ponen de acuerdo sobre su año de nacimiento. Unos afirman que fue en 1345, mientras que otros sostienen que fue en 1350.
Francamente, yo creo que ese dato es el que menos nos debe preocupar. Lo realmente importante fue la imprevista evolución de este personaje.
Al nacer, le pusieron el nombre de Schlomo ben Jitzchaq ha-Levi y, por supuesto, pertenecía a una familia bien conocida de judíos burgaleses. También fue conocido como el Burgense.
Este hombre fue todo un personaje dentro de la comunidad judía, recibiendo una excelente formación, tanto hebrea como árabe, para, posteriormente, convertirse nada menos que, en 1379, en el rabino mayor de Castilla,. Eso le convirtió en un hombre mucho más rico de lo que ya era.
Me parece que, en un momento dado, se dio cuenta de que la Iglesia católica, con el apoyo de la monarquía,  iba a iniciar una dura campaña contra su pueblo. Así que, en 1390, se bautizó y, con él, casi toda su familia. Parece ser que su esposa y su padre se negaron a hacerlo. Así que se separó civilmente de ella con el propósito de hacerse sacerdote.

La verdad es que no se equivocó, los ataques contra las juderías de Castilla comenzaron al año siguiente.
En julio de 1390, fue bautizado en Burgos, con el nombre de Pablo García de Santa María, junto con sus cuatro hijos varones y su hija. Hay quien dice que los bautizó San Vicente Ferrer.
Parece ser que se puso ese apellido, porque afirmaba que la tribu Levi era de donde procedía la Virgen María y él presumía de estar emparentado con ella.
Posteriormente, sus tres hermanos también abrazaron la fe católica, pudiendo mezclarse, desde entonces, con la nobleza de Castilla y Aragón.
Evidentemente, tras ese acto, se crearon un escudo nobiliario. Lo normal es que alguien pusiera en su escudo una concha de peregrino, por haber ido a Santiago. Éstos, en su blasón, colocaron nada menos que cinco. Por si alguien ponía en duda su fe católica.
Incluso, algunos de ellos fundaron monasterios y varios de sus descendientes profesaron en ellos.
Se ve muy claro que a este hombre lo estaban formando para intentar que sus antiguos feligreses se pasaran en masa a la fe católica. Así que lo enviaron nada menos que a la Universidad de la Sorbona, en París, para doctorarse en Teología católica. Parece ser que también visitó Inglaterra para conocer a los filósofos y teólogos más importantes de su tiempo.
En 1395, a su regreso a Castilla, le promovieron a arcediano en la catedral de Burgos.
En 1402, Enrique III de Castilla, le propuso al Papa para la sede vacante en el obispado de Cartagena. Así se convirtió en obispo.
Su ascenso fue meteórico. Poco más tarde, el rey le confió al príncipe, en calidad de tutor del mismo. Normalmente, los monarcas, dejaban la educación de sus herederos en manos de otros nobles, pero no de eclesiásticos.
En 1407, tras la muerte del canciller López de Ayala, fue nombrado por el rey para ocupar ese cargo. El más importante del reino.
Posteriormente, a la muerte de Enrique III, fue miembro del Consejo de Regencia, durante la minoría de edad del futuro Juan II.
Incluso, el no va más, llegó a ser consejero del rey de Aragón, siendo un alto cargo del reino de Castilla. No debemos olvidar que, aunque estos dos reinos estaban dentro de la Península Ibérica, solían enfrentarse bélicamente de vez en cuando.
Aunque se dice que nadie es profeta en su tierra, a este hombre tampoco le afectó ese dicho. En 1415 fue nombrado obispo de Burgos, precisamente, la misma ciudad donde había sido gran rabino.
La cosa no termina aquí. Unos años más tarde, el Papa le nombró Patriarca de Aquileia. El mayor patriarcado cristiano, después del de Roma. Así que, supongo,  también sería una de las sedes más ricas de la Iglesia. Aunque, en ella época, ese territorio era el escenario de una guerra entre Venecia y el Sacro Imperio.
Contra todo pronóstico, el Papa, nombró a uno de los hijos de Pablo como nuevo obispo de la sede de Burgos. Salvo error, eso no había ocurrido nunca en la Iglesia.
Aunque algunos autores lo mencionan como arzobispo, recordemos que el arzobispado de Burgos no se creó hasta 1574.
No es de extrañar que estos cristianos nuevos acapararan puestos importantes en la Castilla de la época. La razón es muy sencilla, mientras los nobles de la época sólo se dedicaban a guerrear y organizar grandes fiestas, siendo la mayoría de ellos casi analfabetos. En cambio, los judíos, siempre han tenido muy cuenta la formación de sus hijos. De esa manera, muchos de ellos ocuparon puestos muy importantes en la Administración del Reino.
Precisamente, los hermanos de Pablo representaron a Burgos en las Cortes de la época y fueron regidores perpetuos de su ciudad.
Por lo que se refiere a los hijos de Pablo, Gonzalo, fue obispo de Astorga. Alfonso, le sucedió en la sede de Burgos. Pedro fue un excelente militar, que ejerció como tal durante los reinados de Juan II y Enrique IV. Aparte de ser regidor de Burgos y procurador de esta ciudad ante las Cortes. Alvar, fue diplomático y miembro del Consejo Real, durante el reinado de Juan II. María casó con un noble perteneciente a la estirpe de los Covarrubias.
Curiosamente, tanto Pablo, como Alfonso, su hijo y sucesor en el obispado de Burgos, fomentaron la terminación de la catedral de esa ciudad, cuya construcción llevaba muchos años parada, por falta de financiación.
Como, por lo que se ve, los recién llegados, tienen que hacer más méritos para ser admitidos en su nueva comunidad, pues nuestro personaje se puso a hacer campañas contra sus antiguos feligreses a fin de que se convirtieran al Cristianismo, como había hecho él. De hecho, se dice que su mejor obra fue “Dialogus Pauli et Santi contra Judaeos”. Según dicen, en ella se basaron muchos teólogos para ejercer una mayor presión contra las comunidades judías.
Es más, redactó una “Ordenanza sobre la prisión de los judíos y los moros”. En ella, pretendía poner al pueblo judío fuera de la Ley. Asimismo, pretendía que dejaran de ejercer ciertas profesiones en las que siempre habían gozado de mucha fama, como eran las de médico, cirujano, comerciante, etc.
Tampoco les permitía tratar a los enfermos cristianos. Ni siquiera viajar de una ciudad a otra, sin un permiso previo.
También les exigía cortarse el pelo y la barba y no exhibir públicamente  ciertos vestidos que denotaran su riqueza.
Evidentemente, tanto su rápida conversión, como las medidas que propuso, posteriormente, causaron estupor en las aljamas o juderías de Castilla y Aragón, donde siempre había sido un personaje conocido y respetado.
Parece ser que, a partir del siglo XVI, sus descendientes no lo tuvieron ya tan fácil, pues se pusieron de moda los estatutos de limpieza de sangre y tuvieron que comprar muchas voluntades para no figurar como procedentes de una estirpe de conversos.
Tal ocurrió en el caso de Pedro Osorio de Velasco, cuando quiso ingresar en la Orden de Santiago. Esto le supuso tener que convencer a varios teólogos y catedráticos, incluso al rey Felipe III.
Por fin, en 1603, el Papa Clemente VIII, emitió un breve en el que lo declaraba apto para tomar ese hábito.
Al año siguiente, Felipe III, emitió una cédula en la que se le concedía el hábito de la Orden de Santiago. Sin embargo, ya era tarde. Osorio había muerto el año anterior.
Volviendo a nuestro personaje, le llegó la muerte en Burgos, en 1435. Fue enterrado en el antiguo convento de San Pablo, en Burgos, donde, posteriormente, serían enterrados otros miembros de su familia.
No hará falta decir que él fue uno de los que aportó más fondos para que se terminara ese monasterio. Por ello, los frailes aceptaron que se enterraran también en el mismo recinto los cuerpos de su madre y su esposa, fallecidas en fecha anterior a la suya. Por eso mismo, los frailes, aceptaron que se colocaran en varias naves los escudos de armas de esta familia.
Curiosamente, este convento era de la Orden de los Dominicos, precisamente, los que siempre persiguieron con más denuedo a los judíos.
Este edificio está lleno de cosas curiosas. Una de ellas es que fue donde empezó su formación el reputado experto en Derecho Internacional e iniciador de los Derechos Humanos, Francisco de Vitoria, nacido en Burgos.
Otra curiosidad es que en 1512 se reunieron en este recinto, por orden del
rey Fernando V, el Católico, un grupo de teólogos y juristas para estudiar las denuncias de los dominicos, sobre los daños inferidos por los colonos a los indios. De allí salieron las famosas Leyes de Burgos, promulgadas por este monarca a finales de ese mismo año, por las que se empezó a dar un trato más humano a los indígenas y a las que se considera como el primer tratado sobre Derechos Humanos en todo el mundo.
Hoy en día, ya no existe este convento. Fue casi destruido durante la Guerra de la Independencia. Posteriormente, fue desamortizado. Luego convertido en cuartel militar y, después, demolido en su totalidad.
En la actualidad, su solar se halla ocupado por el nuevo Museo de la Evolución Humana, situado en Burgos.
Espero que os haya gustado este artículo y quisiera pediros disculpas por el anterior, porque me quedó demasiado largo.

domingo, 19 de marzo de 2017

DIEGO DE VALERA, DIPLOMÁTICO E HISTORIADOR AL SERVICIO DE LOS REYES DE CASTILLA.



Esta vez traigo al blog a un personaje tan desconocido que ni siquiera he encontrado alguna imagen suya. Así que no os la puedo ofrecer.
Nació en la ciudad castellana de Cuenca, en 1412. Era hijo de Alonso García Armíndez Chirino, de Guadalajara, que fue médico de varios reyes, como Enrique III y Juan II. Su madre fue María de Valera.
Parece ser que su padre tendría buena fama, pues fue nombrado por Juan II “alcalde y examinador de los físicos y cirujanos de sus reinos”.
Debía de ser un médico muy curioso, pues en su obra “Espejo de la Medicina”, llegó a escribir que al ser insegura la ciencia médica, no se debe acudir a ella,  salvo en casos muy apurados, siendo mejor dejar hacer a la Naturaleza.
También a mí me parece que sigue siendo muy poco segura a pesar de los grandes avances médicos, habidos en el siglo XX.
Evidentemente, esta afirmación le atrajo cientos de críticas hacia su obra, por parte de sus colegas y él les contestó con su “Replicación”.
Otras obras suyas son “Menor daño de la Medicina” y “De la sanidad y la Medicina”. Las cuales produjeron menos escándalo que la primera.
No está muy claro si Diego de Valera fue hijo legítimo o ilegítimo del médico, pues no lo cita en su testamento. También podría ser que no se llevara muy bien con él.
Sin embargo, algunos autores afirman que no lo hizo, porque, en esa época, no se incluían en un testamento a los hijos menores de edad. Por entonces, nuestro personaje, tenía unos 17 años.
Incluso, algunos piensan que su padre pudo haberse casado en dos ocasiones, pues, en su testamento, no cita como su esposa a María de Valera, sino a Violante López, probablemente, su segunda esposa.
Por ello, en otros documentos se dice que Juan Hernández de Valera, personaje importante de la corte y regidor de Cuenca, es el suegro del converso Alonso Chirino.
Incluso, el famoso Enrique de Villena, menciona  la amistad que existía entre ambos en su obra “Tratado de la lepra”.
Sin embargo, en la ejecutoria encargada por uno de sus descendientes, para ingresar en la Orden de Alcántara, se citan como hijos del matrimonio de Alonso y María de Valera:
Alonso García Chirino, que perteneció al Consejo del rey Juan II de Castilla.
Juan Alonso Chirino, capellán mayor del rey Enrique IV, aparte de ser también obispo de Segovia.
Fernán Alonso García Chirino, regidor de Cuenca y montero mayor de Enrique IV. Estuvo al mando de la defensa de esa ciudad y consiguió repeler un ataque de los infantes de Navarra.
Por último, se cita a nuestro personaje de hoy, Diego de Valera.
Volviendo al padre de nuestro personaje, se dice que la fama y la riqueza de esta familia datan del siglo XII, cuando unos de sus ancestros, Alonso Pérez Chirino, se distinguió en la conquista de Cuenca y fue recompensado por Alfonso VIII con muchos honores y tierras.
Dada la cercanía de su padre a los reyes, a Diego le colocaron enseguida en la corte. En 1427, con sólo quince años ya fue paje de Juan II y luego de su hijo, Enrique IV de Castilla.
Más tarde, fue investido caballero, luchando en las batallas de Toro y de la Higueruela (1431), a la vez que se convirtió en un conocido humanista.
De todas formas, en la época de Juan II no hubo importantes hechos de armas, pues el monarca tampoco estaba muy interesado en la lucha contra los moros. Así que, de vez en cuando, los caballeros de la corte, se entretenían en hacer torneos entre ellos.
Incluso, se dieron varios casos, supongo que a causa de aburrimiento de la Corte, en que algunos caballeros se desplazaron a otros reinos en busca de aventuras.
Precisamente, el mismo don Quijote, cita a alguno de estos caballeros como ascendientes suyos y, según dice, esa es una de las razones por las que él creía que debía de repetir sus hazañas.
Volviendo a nuestro personaje, a partir de 1437 comenzó su carrera bélica y diplomática. Fue una buena opción, pues a causa de su falta de nobleza, nunca podría competir con los aristócratas de la Corte. No obstante, el rey de Castilla le proporcionó una carta de presentación, para poder ser recibido por otros monarcas europeos.
Evidentemente, tampoco podría rivalizar con algunos de los personajes más importantes de su época, como el marqués de Santillana; el tío de éste, Fernán Pérez de Guzmán, a su vez, sobrino del célebre canciller López de Ayala; por último, Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos y antiguo judeoconverso.
Diego también se aburría en la Corte. Así que se dedicó a aplacar sus impulsos juveniles  representando a Castilla en la corte de Carlos VIII de Francia, donde mostró su destreza militar luchando contra los ingleses, durante la famosa Guerra de los Cien Años.
También fue enviado a Bohemia, donde ayudó a su rey, Alberto, a luchar contra los rebeldes husitas, de los que ya he hablado en otros artículos. Por ello se ganó varias condecoraciones. Precisamente, cuando se hallaba viajando por las tierras del Sacro Imperio, murió su emperador, Segismundo, siendo Alberto el elegido para ocupar el trono. Por ello, nuestro personaje, tuvo ocasión de asistir a la coronación del nuevo emperador.
Parece ser que en esas tierras tuvo una discusión con un caballero alemán, que había visitado la Península Ibérica. Éste, durante una comida,  comentó jocosamente, que el rey de Castilla no podía lucir su bandera, porque la había perdido luchando contra los portugueses y éstos la lucían en la basílica de Batalha.
Nuestro personaje argumentó que el rey de Castilla perdió ese combate, pero no la dignidad. A lo que el emperador le dio la razón y el otro caballero hubo de disculparse por lo dicho.
No hay que olvidar que estamos en la época en donde era normal que un caballero se pusiera en la mitad de un camino o de un puente para pelearse contra todos los que pasaran por allí. Se ve que los caballeros se tendrían que aburrir como una ostra y tendrían que demostrar que servían para algo.
Por supuesto, nuestro personaje tampoco fue ajeno a esta violenta costumbre y combatió contra otro caballero que estaba apostado cerca de la entrada de la ciudad de Dijon.
Vistió su caballo con sus mejores galas, utilizando para ello un manto de seda teñido de rojo, donde destacaban las cinco flores de lis, puestas en forma de cruz, que formaban el escudo de armas de la casa de los Chirino.
Como es costumbre entre los franceses, al ver que el caballero castellano era más bien bajito, le pusieron a combatir contra el más alto de los galos. No obstante, nuestro personaje venció y fue aclamado por ello.
Parece ser que, tras este combate,  el duque de Borgoña, le premió con un aspa de madera dorada, para que lo luciera en su escudo de armas, sobre fondo rojo.
A su vuelta a Castilla, en 1444, fue condecorado por el rey, que se hallaba en Tordesillas,  pues a éste ya le habían informado de lo bien que le había defendido ante el caballero alemán.
Parece ser que al final de ese mismo año, el rey le encargó volver a Francia para hablar con ese monarca, Carlos VII,  a fin de conseguir la liberación del conde de Armagnac.
Para ello, tuvo que esperar, durante 40 días, a que el monarca francés se dignara a recibirle y, aunque, en un principio, se negó a poner en  libertad al conde, después lo hizo, aceptando las razones esgrimidas por Valera. De esa manera, el conde fue liberado de su prisión en Carcasona.

Incluso, el mismo monarca, Juan II, que se hallaba viudo, le encargó que, secretamente, hiciera gestiones ante el rey de Francia para ver si le permitiría casarse con su hija mayor, llamada Radegunda. Es posible que fracasara en este intento, porque la joven murió poco después, sin haber realizado ningún pacto matrimonial entre los dos reyes.
Tal vez, es probable que el rey francés tampoco hubiera aceptado nunca la propuesta del castellano, porque ya había prometido a su hija con Segismundo, futuro emperador del Sacro Imperio.
Parece ser que Juan II le encargó que hiciera esa gestión de manera secreta, porque D. Álvaro de Luna estaba empeñado en que el monarca se casara con Isabel de Portugal, cosa que, por fin consiguió.
No obstante, tras ese matrimonio, la enemistad entre la reina y el valido fue cada vez a más. Esto llegó hasta un punto en que se formó un complot palaciego contra él, lo que obligó al rey a encerrarle, siendo, posteriormente, condenado a muerte y ejecutado. Algo que nunca le perdonó el rey a su esposa, pues siempre habían sido íntimos amigos. Esto lo recordó hasta el mismo momento de su muerte.
Posteriormente, en 1447, Diego de Valera, representó, en calidad de procurador,  a la ciudad de Cuenca ante las Cortes de Tordesillas.
Nuestro personaje tenía fama de ser muy sincero y allí también lo fue. Tras las intervenciones de los diversos pelotas, lameculos y “estómagos agradecidos”, que siempre los ha habido en este país, le tocó a él el turno.
Parece ser que le dijo que no estaría de más que, antes de condenar a alguien, sería bueno ser escuchado por un juez o por el rey. Cosa que no estaba ocurriendo en esa época en el reino.
Para “ilustrar” su intervención, citó como ejemplo aquella frase de Séneca que dice “Muchas veces la Justicia es justa, sin embargo, el juez es injusto”. De todas formas, Diego, no se estaba metiendo directamente con el rey, sino advirtiéndole de lo que estaba ocurriendo en el reino con el gobierno de su valido, D. Álvaro de Luna.
Evidentemente, esto no le hizo mucha gracia al soberano, el cual no quiso escuchar al resto de los procuradores y se fue de la ciudad. Tampoco agradó a otros más, los cuales amenazaron a Diego.
Unos años más tarde, fue enviado por el rey, de manera provisional, como embajador ante varias cortes, como las de Dinamarca, Inglaterra, Borgoña y Francia. Todo ello, gracias a su dominio de los idiomas.

Siempre fue enemigo de don Álvaro de Luna, publicando algunos poemas contra él, lo que le costó el alejamiento del rey.
Gozó de varios cargos importantes durante los reinados de Enrique IV y Fernando el Católico, siendo consejero de este último.
Desde 1467 estuvo al servicio del riquísimo duque de Medinaceli, el cual le nombró alcaide de su castillo en Puerto de Santa María.
Estuvo casado con María de Valencia y ordenó construir la capilla de Santa Ana en la iglesia mayor del Puerto de Santa María. En ella se pueden ver los escudos de los  Chirino y los Valera.
Escribió varias obras históricas, donde defiende el derecho del historiador a poder relatar la verdad, sin censura de ningún tipo. Lo cual no le hizo ninguna gracia a Juan II de Castilla, sobre todo tras enviarle una de sus famosas “epístolas”, donde le narraba de una forma  muy sincera su opinión sobre la situación en que se hallaba su reino.
Otras de sus obras fueron el Tratado de las armas, dedicado a la heráldica; la Providencia contra la Fortuna; el Ceremonial de príncipes; El Espejo de verdadera nobleza, El Doctrinal de Príncipes, etc.
Hoy en día, se le considera uno de los mejores escritores en prosa de su época. Por ello, Marcelino Menéndez  Pelayo lo menciona en su obra “Antología de poetas líricos españoles”.

Siempre estuvo muy unido a la casa de los Zúñiga, condes de Plasencia y enemigos acérrimos de D. Álvaro de Luna. Quizás,  por eso, algunas de sus poesías aparecen en el llamado “Cancionero de Stúñiga”, forma antigua del apellido Zúñiga, aunque este cancionero se escribiera en Aragón.
Parece ser que los Zúñiga utilizaron a Diego como su correo, para organizar un complot contra D. Álvaro de Luna, que, curiosamente, también era de Cuenca, como él. Éste fue informado a tiempo y pudo huir.
Se veía muy claro que el rey no quería procesar a su valido, no obstante, un grupo de cortesanos, empezando por la propia reina, le estaban obligando a ello. Así que tan pronto decía que lo prendieran como que no y eso enfadó mucho a los Zúñiga.
Así que, por fin, consiguieron que el rey firmara su famosa orden, dirigida a su alguacil mayor, D. Álvaro de Zúñiga,  en la que se decía: “yo vos mando que prendades el cuerpo a D. Álvaro de Luna, Maestre de Santiago, é si se defendiere, que lo matéis”.
Para ello, los Zúñiga, rodearon el castillo de Burgos, donde se hallaba el valido con sus seguidores y desde el cual se ejerció una fuerte resistencia.
Al final, el valido, se decidió a salir, tras haber recibido ciertas promesas, por parte del rey. Lamentablemente, luego no se cumplieron. Así que luego fue sometido a un juicio amañado, que terminó con una condena a muerte y su decapitación en público. De poco le sirvió que su tío abuelo hubiera sido el pontífice conocido como el Papa Luna.
Sin embargo, los seguidores del valido, que estuvieron defendiéndose en el castillo de Burgos, tras rendirse, fueron puestos bajo la custodia de nuestro personaje y no sufrieron daño alguno.
Tras la muerte de Juan II, subió al poder su hijo, Enrique IV, el cual, a pesar de ser el cronista de su reino, nunca fue muy del agrado de nuestro personaje.
Curiosamente, en cierta ocasión, el rey, mandó una serie de corregidores a varias ciudades. Nuestro personaje se enfadó, concretamente, con el que fue destinado a Cuenca, porque, un día no se le ocurrió otra cosa que prender a los cargos principales de la ciudad y no liberarlos si no pagaban una fuerte cantidad que él había estipulado.
Lógicamente, Valera, denunció este comportamiento ante el rey y éste ordenó que se presentaran ambos ante él. Allí reunidos ante el monarca y su Consejo, Diego, relató los hechos acaecidos en la ciudad.
Sorprendentemente, el acusado, en lugar de negarlos dijo que todo lo había hecho en nombre del rey y que también le había enviado su parte al monarca y había repartido el resto entre sus compinches de Cuenca.
Lógicamente, ante esta declaración, los miembros del Consejo, se quedaron mudos y el caso se archivó, porque en aquella época rodaban con mucha facilidad las cabezas. De hecho, la de ese corregidor cayó algo más tarde en Sigüenza.
En 1462, nuestro personaje fue nombrado corregidor de la ciudad de Palencia. Desde allí, en su más puro estilo, escribió una carta al rey, donde le recordaba que no era muy bien visto por sus súbditos y acaba la misma recordándole que Pedro I: “el cual, por su mala gobernación, perdió la vida y el reino con ella”.
Tras la muerte de Enrique IV, Valera, fue partidario del bando de los Reyes Católicos, los cuales le enviaron como corregidor a Segovia. Allí dejó buen recuerdo, por su honradez y su buen gobierno.
Poco tiempo después, pasó al servicio del duque de Medinaceli, el cual le nombró alcaide del Puerto de Santa María con un sustancioso sueldo.
No obstante, los reyes le volvieron a llamar y, por entonces, fue cuando escribió la obra “Doctrinal de príncipes”.
Como dicen algunos autores, su carácter severo y su honradez siempre le hicieron incompatible con la inmoralidad que profesaban la mayoría de los cortesanos y los reyes de su época.
Realmente, parece ser que, por fin, encontró en los Reyes Católicos unos monarcas a los que mereciera la pena servir.
Su hijo, Charles, fue capitán de la flota castellana y luchó contra los piratas y los portugueses en el Atlántico y la zona del Estrecho.
Afortunadamente, al mencionar las hazañas de su hijo en varios de sus escritos, conocemos los enfrentamientos navales que hubo entre castellanos y portugueses, a partir de 1475, por lo que ellos llamaban la Guinea, en África.
Parece ser que, padre e hijo, llegaron a conocer a Cristóbal Colón cuando éste vivió, casi dos años, junto al duque de Medinaceli, a quien ellos servían.
Escribió obras de varios tipos. Entre ellas, podemos destacar la “Crónica abreviada de España” (1481), también conocida como la “Valeriana”, por el apellido de su autor, que fue muy popular hasta el siglo XVI. Fue la primera Historia de España publicada por medio de la imprenta.
Parece ser que los Reyes Católicos apoyaron su publicación. Es posible que lo hicieran para utilizarla como base de su política de construcción de una España unida.
De hecho, se puede  leer en la portada del libro: “La chronica de España, abreviada por mandado de la muy poderosa señora doña Ysabel reyna de Castilla”.
Esta obra se suele dividir en cuatro partes. La primera trata sobre una descripción de los países, que fueron visitados o no por este autor. En la segunda realiza un estudio sobre la dominación romana sobre la Península Ibérica. La tercera se dedica a la invasión de los pueblos bárbaros y llega hasta la conquista de la Península, por parte de los árabes. La cuarta abarca desde la victoria de Don Pelayo en Covadonga hasta el reinado de Juan II de Castilla.
Seguramente, esta obra fue utilizada de una manera propagan
dística por los Reyes Católicos, pues no olvidemos que los monarcas de la España medieval basaban su legitimidad en ser los sucesores o descendientes de los antiguos reyes visigodos.
En la “Crónica de los Reyes Católicos” se puede comprobar claramente que era partidario de estos monarcas y los ensalzó en los capítulos dedicados a la guerra con Portugal, por la sucesión a la corona de Castilla, y la guerra de Granada, para la unificación de España.
Sin embargo, en el “Memorial de diversas hazañas” se analiza el reinado de Enrique IV, llamado el Impotente, que nunca fue muy del agrado de nuestro personaje.
En cuanto a sus poesías, se puede decir que tratan sobre los mismos temas que otros autores de su época, como los amatorios o los salmos. Por supuesto, le dedica algunos a la caída de su mayor enemigo, D. Álvaro de Luna.
Parece ser que los Reyes Católicos siempre le tuvieron en gran estima, según se desprende de los abundantes escritos que se conservan, remitidos por los monarcas, donde se le agradecen sus servicios e, incluso, le dan su enhorabuena por la victoria naval de su hijo, frente a los portugueses. Incluso, en ellos, se cita al mismísimo Colón.
Desgraciadamente, Diego de Valera, murió en Puerto de Santa María en 1488.

martes, 28 de febrero de 2017

EL MUY OBEDIENTE MARISCAL GROUCHY



Seguramente, todos habréis tenido cierta experiencia laboral. Supongo que os habréis dado cuenta que, en muchos sitios, lo que más agrada a los jefes no es que sus subordinados trabajen mucho y bien.
Realmente, no es así. Lo que de verdad les gusta es tener una especie de “siervos”, que les hagan constantemente la pelota y, sobre todo, que no hagan nada, si no se lo han ordenado antes.
Aunque parezca mentira, el Ejército francés, es, por tradición, uno de los que  exigen una mayor disciplina a sus miembros. De hecho, se comenta que en las dos guerras mundiales y, sobre todo, en la primera de ellas, era algo en lo que incidían mucho sus mandos.
Parece ser que había una especie de ley no escrita, que decía que un soldado francés tenía que temer más a sus mandos que al propio enemigo. A lo mejor, por eso mismo, los oficiales franceses fusilaron a muchos de sus propios soldados.
En esta ocasión, voy a hablar de un personaje, que, por lo que se ve, tenía que pedir permiso a su jefe hasta para ir al baño.
Emmanuel de Grouchy nació en París en 1766, en el seno de una familia noble de origen normando. Su padre fue el primer marqués de Grouchy.
Curiosamente, las malas lenguas decían que, como su abuela fue amante de Luis XV, es muy posible que su padre fuera hijo ilegítimo de ese monarca.
Parece ser que su madre, Gilberte Freteau de Peny le daba un aporte intelectual a la familia. Tenía en su casa uno de esos salones, donde se reunía la gente que tuviera alguna inquietud cultural.
Posiblemente, por eso, su hermana Sophie, que llegó a ser una gran pensadora feminista, se casó con el famoso matemático, filósofo y político, Nicolás de Condorcet. Mientras que su otra hermana, Charlotte, lo hizo con el médico y político Pierre Cabanis.
Sin embargo, en el caso de nuestro personaje, no creo que todo eso le valiera para nada. Así que ingresó muy jovencito en el Ejército.
Con sólo 13 años ingresó en un regimiento de Artillería, sito en Estrasburgo. Dos años después, fue trasladado a la Caballería, donde ya militaría toda su vida.
Cuando cumplió 20 años, ya era capitán e ingresó en una unidad de caballería escocesa, perteneciente a la Guardia Real de Francia. Al entrar en ese cuerpo, fue ascendido a teniente coronel.
Evidentemente, para estar en esa unidad había que ser un noble. Sin embargo, como, en 1789, confesó sus preferencias por el régimen republicano, fue trasladado a otra unidad, lejos de los monarcas.
Supongo que ese amor a la República, cuando llegó ésta,  le valió otro ascenso a coronel y el mando de unidades de caballería en la zona sur del país, durante las Guerras de la Convención, estando a las órdenes del famoso general La Fayette.
También hizo un buen papel en la defensa de Nantes, durante la guerra de la Vendée, de la cual ya escribí hace tiempo en otro artículo. Ahí estuvo bajo el mando del general Hoche.
No obstante, como Robespierre y sus seguidores, veían traidores por todas partes, Grouchy, al formar parte de la nobleza, fue expulsado del Ejército. Así que tuvo que esperar a la caída del “Insobornable”, en 1794, para volver a la vida militar.
Posteriormente, también luchó durante el episodio del desembarco de los monárquicos exiliados en la playa de Quiberon. Hace tiempo,  escribí otro artículo sobre este hecho.

Como general, intervino en las guerras de Italia y fue herido en varias ocasiones, siendo condecorado por ello.
Incluso, en 1799, luchó en la batalla de Novi, en el Piamonte, contra austriacos y rusos. Allí, los franceses, resultaron derrotados y Grouchy,  fue capturado por los rusos. Llegando a estar casi un año en poder de éstos.
No estuvo conforme con el golpe de Estado que dio Napoleón, en Brumario, para quedarse como cónsul único. Sin embargo, más tarde, Napoleón le exigió que le jurara lealtad y lo hizo. Desde entonces, siempre le fue fiel. Este es un dato que retrata a este personaje.
Posteriormente, combatió heroicamente en la actual Alemania. Siendo herido de gravedad en la batalla de Eylau.
También estuvo en otros frentes, como Austria, Prusia, Polonia, Italia, España. Siempre al mando de unidades de caballería.
Precisamente, le pilló el Dos de Mayo de 1808 en Madrid.
Estaba alojado en la casa de un noble, en la plaza del Ángel, muy cerca de la Puerta del Sol, cuando se produjo la mayor refriega entre los franceses y los españoles.
Posteriormente, fue nombrado gobernador de Madrid y tuvo que reprimir esas revueltas populares.
En la campaña de Rusia fue nombrado jefe del III Cuerpo de Caballería y, ya en Moscú, le fue encomendada la jefatura de la escolta de Napoleón, llamada, popularmente, “El escuadrón sagrado”  compuesta, exclusivamente, por oficiales de alta graduación. Está muy claro que el emperador conocía quiénes eran sus militares más leales.
Lógicamente, también participó en la dramática retirada de las fuerzas napoleónicas del territorio ruso.
Con el regreso de la monarquía, en la persona de Luis XVIII, no se le perdonó que hubiera apoyado a Napoleón, a pesar de su origen noble. Así que tuvo que abandonar el Ejército.
Tras el regreso del emperador de la isla de Elba, volvió al servicio activo, dentro de las fuerzas imperiales. Se le encomendó el mando de las fuerzas de reserva de Caballería y derrotó en el sur de Francia a las tropas del duque de Angulema.
Posteriormente, se unió a las tropas de Napoleón, para enfrentarse a las fuerzas de la Séptima Coalición, que se había formado urgentemente, a petición del Congreso de Viena. 
Fue todo tan rápido que el mismo general Wellington tuvo que abandonar un baile en Bruselas, para ponerse al frente de sus tropas.
El emperador hizo avanzar sus fuerzas en forma de Y griega, hacia Bélgica. 
Uno de los brazos de la misma estaba al mando del mariscal Ney y el otro, al mando de Grouchy.
Antes de que comenzara la batalla de Waterloo, Napoleón, vio muy claro que la clave de la victoria estaba en que no se unieran las fuerzas aliadas de los británicos con las de los prusianos. 
Así que le dio una orden muy clara a Grouchy, tenía que perseguir a las fuerzas del general prusiano von Blücher para desviarlos del lugar del enfrentamiento a fin de que no intervinieran en la batalla.
Entre el 18 y el 19 de junio de 1815, los franceses y los prusianos jugaron a perseguirse, como un gato y un ratón.
Antes del comienzo de la batalla de Waterloo, las fuerzas de Grouchy se enfrentaron a tropas prusianas en Ligny, venciendo los galos.
Sin embargo, Wellington, vio claro que iba a necesitar muy pronto esas fuerzas prusianas. Así que pidió que volvieran con refuerzos. Hasta entonces, se dedicó a defenderse de los ataques franceses. Este general británico se hizo famoso por lo bien que sabía defenderse, porque casi nunca tomaba la iniciativa a la hora de atacar.
Además, tuvo la habilidad de elegir las mejores posiciones para la batalla. Parece ser que ya había explorado ese terreno, anteriormente.
Lo que hizo von Blücher fue encargar al general von Thielmann que distrajera a las fuerzas francesas, mientras él llevaba el grueso del ejército para socorrer a Wellington.
Pronto, los franceses, comenzaron a escuchar el ruido de los cañonazos en la lejanía. Estaba muy claro que la gran batalla había comenzado.
Varios de sus oficiales fueron a hablar con Grouchy y allí se dieron cuenta de que su jefe era un hombre tremendamente disciplinado, pero que carecía de iniciativa.
Ciertamente, era un tipo valiente, pero nunca fue un temerario, como Murat, ni un inconsciente, como Ney. No obstante, había recibido 19 heridas a lo largo de su vida militar.
Napoleón le había estado enviando correos en los que le pedía que no perdiera de vista a los prusianos y los mantuviera alejados de la batalla. No obstante, cuando perdió el contacto con el emperador, no se le ocurrió obrar por su cuenta, sino que siguió haciendo lo mismo.
Habría que decir, en su descargo, que el emperador, le había enviado algunas órdenes claramente contradictorias.
Sus oficiales, entre ellos, el famoso mariscal Gerard, fueron a pedirle que les dejara ir a la batalla. Sin embargo, Grouchy, se negó a ello, argumentando que no había recibido ninguna contraorden del emperador y seguiría persiguiendo a los prusianos.
Curiosamente, Napoleón, era un militar que siempre había fomentado que sus mandos utilizaran la iniciativa propia para solventar estos problemas, durante el combate. Lo cierto es que esta vez no disponía de sus mejores generales. Muchos de ellos estaban ya jubilados o no quisieron unirse a sus tropas.
Sin embargo, los prusianos, consiguieron darle esquinazo a
Grouchy. Dieron la vuelta y, cuando Napoleón, ya veía la batalla como ganada, se presentaron en la misma.
Al mismo tiempo, el bueno de Grouchy, que se hallaba a pocos kilómetros del lugar de la batalla, ni siquiera se le ocurrió acercarse a la misma, porque nadie se lo había ordenado. Continuó buscando por todas partes a los prusianos, sin sospechar que ya habían acudido a la batalla.
Napoleón siempre tuvo muy claro que, si Grouchy hubiera acudido con sus tropas, la victoria hubiera estado del lado francés, pero, según dijo no se presentó allí “no porque él haya tenido la intención de traicionarme, sino porque le faltaba energía”.
Parece ser que Napoleón era un tipo que sabía mover muy bien a sus tropas.
A pesar de que la mayoría de sus fuerzas siempre habían estado compuestas por franceses, para quedar bien con ellos, en muchas batallas, no dudó en desplegar en la vanguardia a los voluntarios extranjeros que se había unido a sus tropas.

En la campaña de Rusia, de las 300.000 bajas que tuvo su ejército,
sólo un 10% de ellos eran franceses. Supongo que era una forma de quedar bien con sus conciudadanos y de ganarse su apoyo. Además, parece ser que nunca se fio demasiado de los voluntarios extranjeros.
Precisamente, alguno de los generales extranjeros, que habían estado bajo su mando, ahora estaban en   el bando de Wellington.

Volviendo a nuestro personaje de hoy, hay que decir que los prusianos se enfrentaron con una fuerza de unos 17.000 hombres contra las tropas de Grouchy, que les doblaban en número. 
El enfrentamiento, llamado, posteriormente, batalla de Wavre, quedó en tablas, pero duró el tiempo suficiente para que el grueso de las fuerzas prusianas se pudiera incorporar a Waterloo.
Cuando Grouchy, a la mañana siguiente,  se enteró de su tremendo error, sólo hizo una cosa correcta, retirarse ordenadamente y conducir sus tropas hacia París. Fue toda una hazaña, pues consiguió zafarse de todas las tropas enemigas y no perdió ni un solo hombre.
De todas formas, según parece, en esa batalla se batieron todos los records de la improvisación.
Napoleón se presentó al mando de sus tropas en un estado físico deplorable. Padecía cistitis y hemorroides, que se habían agravado al cabalgar durante varias horas y no le habían dejado dormir.
No era muy mayor, pues sólo tenía 46 años. Unos meses más que su oponente, Wellington. Sin embargo, en el caso de von Blücher, ya había cumplido los 72, aunque poseía un envidiable buen estado físico y no le importaba combatir junto a sus tropas.
El mariscal Ney, viendo que Napoleón no estaba en plena forma, quiso pensar por su cuenta. Así que, como le pareció que Wellington había ordenado retroceder a sus tropas, no se le ocurrió otra cosa que ordenar una carga con todas las unidades de caballería. Al llegar a la cima de la colina, estos miles de jinetes, se encontraron con los británicos, que habían formado en cuadros, matando a muchos franceses y dejando a Bonaparte sin caballería.
Incluso, un militar británico, el teniente general Thomas Picton, que había perdido su equipaje, fue al combate, encabezando sus tropas de infantería, vestido de civil y “armado” con un ridículo paraguas, en lugar del correspondiente sable. No hará falta decir que se lo cargaron a la primera. No obstante, algunas malas lenguas dicen que podría haber recibido un disparo de sus propias tropas, pues era muy odiado por sus soldados.
De todas formas, eso debería de ser normal entre los oficiales británicos,
porque Wellington siempre hablaba muy mal de las tropas que tenía bajo su mando.
Por el contrario, Napoleón y sus oficiales mimaban a sus tropas y
siempre ascendían a sus soldados sólo por sus méritos en combate y no por su cuna. Solía decir que “todo soldado francés lleva en su mochila el bastón de mariscal”. Era cuestión de ganárselo a pulso.
Curiosamente,  el mismo general Cambronne, jefe de la famosa Guardia Imperial francesa, que no quiso rendirse a los aliados,  casó con una dama británica, unos años más tarde.
Tras el destierro de Napoleón a Santa Elena, Grouchy, fue mal visto por todos sus antiguos compañeros. Incluso, se le acusó de traición, para intentar enfrentarle a un consejo de guerra y condenarle a muerte, pero no se llevó a cabo.
Por si acaso, como otros muchos bonapartistas, tomó el camino del exilio hacia América, donde vivió varios años. De hecho, figuraba en la lista de los traidores que elaboró el ministro Fouché y se la presentó a Luis XVIII.
Con él,  viajaron sus dos hijos, Alphonse y Víctor, que también eran militares. Los tres llegaron a Baltimore a comienzos  de 1816. Para no ser reconocido, nuestro personaje utilizó documentación falsa a nombre de Charles Gauthier.
En 1818, el general Gourgaud, que había acompañado a Napoleón al exilio en Santa Elena, publicó una obra llamada “La campaña de 1815”. En ella, su autor, criticaba duramente la actuación de Grouchy en Waterloo. 
Poco más tarde, nuestro personaje le contestó con otra obra “Observaciones sobre la campaña de 1815”, donde rebatía todo lo dicho por el anterior. Posteriormente, publicó varios escritos más, donde intentaba explicar su comportamiento en Waterloo.
En 1821, fue amnistiado y volvió a Francia, aunque tuvo que seguir aguantando que le consideraran como el culpable de la derrota en Waterloo.
En 1830, el rey Luis Felipe, le restauró sus rangos de mariscal y de par de Francia. Algo que no gustó a muchos de sus antiguos compañeros.
Hasta el propio escritor austriaco, Stephan Zweig, en su obra “Momentos estelares de la Humanidad”, le echa toda la culpa a Grouchy de la derrota de Napoleón en Waterloo.
Sin embargo, yo pienso que Ney también tuvo una gran parte de culpa, al cargar con toda la caballería francesa contra los cuadros británicos. Fracasó en el intento y, de paso, Napoleón, le echó una gran bronca, porque, prácticamente, se quedó sin jinetes para oponer a los  de los aliados.
Lo cierto es que las fuerzas de los aliados eran mucho más numerosas que las de Napoleón. 
La única posibilidad que tenían, para poder alcanzar la victoria, era enfrentarse primero a uno y luego a otro. 
Eso lo sabía perfectamente Bonaparte y, por ello, le encargó a su fiel mariscal Grouchy que alejara a los prusianos de la batalla.
Lo que no llegó a saber nuestro personaje es que los prusianos dividieron sus fuerzas en dos.
Así, dejaron una pequeña parte de las mismas para entretener a Grouchy, mientras que el grueso del Ejército dio la vuelta y se presentó a tiempo en la batalla.
Si Grouchy hubiera dejado de perseguir a los prusianos, éstos se hubieran presentado, al completo, en la batalla, y, al ser más que las tropas francesas, también les hubieran vencido.
Aunque parezca mentira, el único que nunca le culpó de nada fue el propio Napoleón. 
Él sabía perfectamente que Grouchy se había portado de la manera en que él le había enseñado y nunca había dejado de serle fiel. Es lo que tiene hacer prevalecer la disciplina por encima de la razón, algo que en España nunca podremos entender. 
No se puede exigir a una persona que deje de pensar por su cuenta y luego echarle en cara que no lo haya hecho.
Muy a pesar de la gente que pedía su cabeza, el mariscal Grouchy, murió plácidamente en 1847, a la edad de 80 años, en una ciudad cercana a los Alpes. 
Además, su cadáver fue enterrado en el famoso cementerio parisino de Père Lachaise.


.