ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 25 de febrero de 2018

MARÍA LEJÁRRAGA, UNA ESCRITORA CASI DESCONOCIDA


Nuestro personaje de hoy fue una mujer formada durante el siglo XIX, donde, por lo que se ve, a las mujeres les daban un papel secundario en la sociedad. Sin embargo, el caso que traigo hoy al blog, a primera vista, podría  parecer el de la ocultación de una escritora, llevado hasta un límite poco creíble. No obstante, ya os digo que fue absolutamente real y, por eso mismo, totalmente
injusto.
María de la O Lejárraga García, que así es cómo se llamaba, nació en diciembre de 1874, en el municipio riojano de San Millán de la Cogolla. Un sitio muy adecuado para un escritor, pues en el Monasterio de San Millán de esa localidad, fue donde se descubrieron las famosas Glosas Emilianenses, datadas de finales del siglo X, que, aunque ahora está en discusión ese tema, durante muchos años se han considerado como la muestra más antigua del idioma castellano.
La importancia de esta Glosas radica en que al margen de algunas de esas páginas, alguien escribió, en plena Edad Media, lo que se ha calificado como la primera muestra escrita del castellano, aunque ahora se crea que podría estar escrito en el lenguaje navarro-aragonés, que se hablaba en esa zona en aquel período de la Historia.
Ella nació y creció en el seno de una familia culta, pues su padre era un cirujano. Más tarde, se trasladó con su familia a Madrid, donde su padre siguió ejerciendo su profesión. A su llegada a la capital, vivieron en el barrio de Carabanchel.
María realizó sus estudios en la llamada Asociación para la Enseñanza de la Mujer, un organismo fundado por Fernando de Castro y Pajares. Se trataba de una institución dedicada a formar a las mujeres procedentes de la clase media. Algo parecido a la Institución Libre de la Enseñanza. Las dos tenían una ideología tomada del krausismo, mediante la cual se intentaba formar a la gente para transformar la sociedad desde dentro, sin tener que recurrir a ninguna revolución ni nada por el estilo. La diferencia estaba en que en la Institución parece que ingresaban personas de una clase más alta que en la Asociación.
Fernando de Castro no era ningún desconocido en el ámbito intelectual. Era catedrático de Derecho y llegó a ser rector de la antigua Universidad Central de Madrid. Hoy en día, llamada Universidad Complutense.
Precisamente, durante su mandato, fomentó las llamadas “conferencias dominicales”, que se daban en ese centro, con entrada libre y gratuita. O sea, igualito que ahora.

Esta Asociación, que tuvo su sede en varios lugares de Madrid, acabó radicándose, definitivamente, en la calle de San Mateo, 15. Justo al lado de donde ahora se halla el Museo del Romanticismo.
En aquella época, el problema de las niñas de las clases medias es que, por un lado, sus familias no podían contratar una institutriz, como se solía hacer entre las clases altas. Por otro, tampoco deseaban ir a los colegios públicos, donde la enseñanza sólo era, más o menos, obligatoria entre los 6 y los 9 años y donde sólo recibían una formación muy básica. Así que muchas de ellas solían formarse en un centro religioso, donde sólo las preparaban para ser unas buenas amas de casa a partir de los 15 años, que era cuando sus familias les empezaban a buscar un marido.
Todo esto, es posible que lo desarrolle, posteriormente, en otro de mis artículos, para no alargarme demasiado con éste.
Lo cierto es que María salió de ese centro convertida en maestra y, durante un tiempo, ejerció el Magisterio. Incluso, comenzó a escribir, pero no pudo publicar nada, pues vivía en una sociedad donde aún no se apreciaba el papel de la mujer en ese ámbito.
En 1900, se casó con Gregorio Martínez Sierra, un joven escritor madrileño al que había conocido poco antes y que era 7 años más joven que ella. Algo poco habitual en esa época.
En un principio, éste se dedicó a editar revistas culturales, aparte de escribir poesía. Más tarde, es cuando se decide por escribir obras de teatro. De esa época data la revista “Renacimiento”. Por sus páginas pasaron reseñas de obras de autores modernistas, tanto españoles como extranjeros. Desgraciadamente, no llegó a durar ni un año.
Parece ser que tuvieron más éxito con la editorial Renacimiento, la cual duró 10 años, y en la que se publicaron obras de los autores más importantes de esa época. Tanto nacionales, como extranjeros.
A partir de ese momento, no sabemos si esas obras de teatro fueron escritas sólo por él, por ella o por ambos a la vez. Aunque sólo figuraba Gregorio como autor de las mismas.
Es posible que esta revista les llevara a conocer a los intelectuales más importantes de su tiempo. De hecho, cuando fundaron otra revista, llamada “Helios”, sus otros socios eran nada menos que Juan Ramón Jiménez, Pedro González Blanco y Ramón Pérez de Ayala y fueron asesorados por el mismísimo Rubén Darío.
Lo cierto es que se aventuraron a probar en España el denominado “teatro del arte”, una especie de experiencia de teatro total, que abarcaría más de un género artístico dentro de las representaciones.
Para ello, contaron con la colaboración de gente tan famosa como Falla, Conrado del Campo,
Turina, Rafael de Penagos, Sigfrido Burman, etc. Por supuesto, también se añadieron al grupo una serie de actores que ya descollaban en ese momento, como Catalina Bárcena.
Así, un día tan extraño para un estreno, como fue el de la Nochebuena de 1916, estrenaron “El reino de Dios”, una obra firmada por Martínez Sierra, de la cual no sabemos quién fue el verdadero autor de la misma. El local elegido para ello fue el renovado Teatro Eslava, situado en la calle Arenal, de Madrid.
Parece ser que les fue francamente bien. En ese teatro llegaron a representar obras escritas tanto por esta pareja, como por autores nacionales e internacionales. Incluso, el mismo Falla, presentó allí su célebre “El sombrero de tres picos”, para el que María había escrito el guion. Al igual que había hecho con “El amor brujo”.
Precisamente, ella llegó a tener mucha amistad con Falla. En sus cartas, le suele llamar “Don Manué” e incluso, él llega a firmarlas también con ese apodo o también con el de “Don Manué, er de las músicas”. Algo llamativo para un hombre que tenía fama de ser muy serio.
El éxito de las representaciones de este teatro se vio truncado por un acontecimiento totalmente inesperado. A principios de marzo de 1922, una discusión entre dos autores teatrales noveles enfrentados, sucedida en el saloncillo del teatro, dio lugar al homicidio de uno de ellos, causado por un disparo del otro.
Unos dicen que la discusión vino por un asunto de mujeres y otros porque uno de ellos acusaba al otro de ser el causante del fracaso de una de sus obras, que había sido estrenada en ese mismo teatro.
Tras ese altercado, parece ser que el público ya no quiso acudir a un lugar donde se había cometido un crimen. Así que la compañía de los Martínez Sierra se fue de allí en busca de otros escenarios más propicios.
Mientras tanto, nuestra protagonista no había perdido el tiempo. Se dedicó a escribir guiones y libretos que le fueron encargados por otros autores famosos, como Marquina, Arniches o Turina.
Incluso, tuvo tiempo de escribir una serie de ensayos en la desaparecida revista Blanco y Negro. Curiosamente, aunque los firmaba con el nombre de Gregorio, estos ensayos tenían un claro enfoque feminista, donde expresaba sus ideas para intentar erradicar la desigualdad que sufrían las mujeres.
Por otra parte, parece ser que la compañía salió ganando, pues fueron aclamados en teatros de
grandes capitales, como París, Londres o Nueva York. Incluso, varias de sus obras fueron adaptadas para la realización de películas en Hollywood.
Realmente, a Martínez Sierra siempre se le ha considerado un buen empresario y director de escena, que le dio un aire renovador al teatro. Sin embargo, los actores sabían perfectamente que él no había escrito, muchas de esas obras, que llevaban su autoría.
Curiosamente, en aquel momento, los críticos literarios, ya le calificaban a él como uno de los autores españoles consagrados. Al mismo nivel que Muñoz Seca, los hermanos Álvarez Quintero o Jacinto Benavente.
No obstante, en su época se le tenía por un listillo. Parece ser que, cuando le quedaban pocos años de vida, firmó un documento, donde confesaba que las obras habían sido escritas con su mujer, pero no quería renunciar a sus derechos.

Lo cierto es que esta pareja llevaba una relación muy extraña. Aunque, desde 1922, ya se había producido la separación entre ellos, a causa de las infidelidades del marido, ella seguía escribiendo para él. Parece ser que María conservaba abundantes escritos de su marido donde le pedía que le enviara más capítulos para tal o cual obra.
Esto es muy llamativo para una persona como nuestra protagonista, que se tenía por muy feminista. Mientras tanto, su marido llegó a tener una hija con su primera actriz, Catalina Bárcena.

Curiosamente, al preguntarle en una ocasión, a nuestro personaje, sobre ese tema, ella respondió: “nuestras obras son hijas de un legítimo matrimonio y tienen bastante con el nombre del padre.”
Lo cierto es que, a causa de la popularidad de sus obras, no sólo se hizo famoso su marido, sino también la primera actriz, que era la amante de éste. Mientras que a María no la conocía casi nadie fuera del mundillo del teatro.
Durante la II República, María se afilió al PSOE, siendo elegida diputada por Granada y vicepresidenta de la Comisión de Instrucción Pública de las Cortes.
Parece ser que fue propuesta para presentarse por esa provincia nada menos que por Fernando de los Ríos, futuro ministro de Instrucción Pública.
En 1931, fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica, dirigido a las chicas de la clase media, pues veía a otra institución, llamada el Lyceum Club, fundado anteriormente por María de Maeztu, y donde ya había estado ella, como a una institución demasiado elitista.
En cambio, ella cree que las mujeres pueden llegar a alcanzar su propia libertad a base del trabajo, la educación y la igualdad en la sociedad. A partir de ahí, nuestro personaje, se dedicó exclusivamente a la política, durante el periodo republicano.
En 1936, formó parte de la dirección del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, organismo presidido por Dolores Ibarruri, “la Pasionaria”. Más tarde, en noviembre de ese año,  fue enviada por el Gobierno republicano a Suiza, como agregada comercial de nuestra embajada. Más tarde, fue destinada a Bélgica, con el fin de organizar la llegada de los niños españoles, que habían sido evacuados desde nuestro territorio. Allí le pilló el fin de la Guerra Civil y nunca más regresó a España.
Al comienzo de la II Guerra Mundial, se trasladó a Francia, donde, posteriormente, tuvo que residir de una manera clandestina, para no ser capturada por la Gestapo, y donde pasó mucha hambre.
En 1950, se embarcó hacia Nueva York, para luego dirigirse hacia México y terminar residiendo en Argentina.
En 1947, se produjo el fallecimiento de Gregorio Martínez Sierra y su única hija, fruto de su relación con Catalina Bárcena, quiso reclamar para sí los derechos de autor. Así que María esgrimió ese documento firmado por su padre ante testigos, en el cual confesaba que esas obras se habían escrito a medias entre ambos.
Por alguna razón desconocida, a partir de ese momento, empieza a firmar sus siguientes obras como María Martínez Sierra. Algo inaudito en España, donde las mujeres no pierden sus apellidos al casarse.
Es posible que lo hiciera para aprovechar la fama de los apellidos de su marido y así no tener que empezar desde cero, porque el nombre de ella no era conocido por el gran público. Es probable que, por ello, para algunos autores en USA, su nombre estuviera al mismo nivel que Ibsen, Chejov o Pirandello. Desgraciadamente, me da que, actualmente,  no goza de tanta fama en España.
Curiosamente, en una carta enviada a su hermano, la autora dice que muchas de esas obras son sólo suyas, pero ella quiere que se crea que son de ambos, porque esa es su voluntad.
Incluso, cuando su marido se fue de gira por América, y ella se quedó en España, solía escribirle para pedirle nuevas obras, donde luego sólo aparecía la firma de él. Es preciso decir que ella escribió alrededor de 100 obras de todo tipo, donde sólo aparecía el nombre de su marido.
La verdad es que esta mujer nunca tuvo mucha suerte. Se cuenta que, en cierta ocasión, enviaron un guion a Walt Disney y éste no les contestó. Sin embargo, poco después, se estrenó “La dama y el vagabundo”, en la cual,  según dicen, se puede apreciar que está inspirada en el guion anteriormente aportado.
Algunos autores afirman que esta autora debería de estudiarse dentro de la famosa Generación del 98, sin embargo, es posible que no se haya hecho debido a su clara militancia política.
Durante su exilio en Argentina publicó dos de sus obras fundamentales: “Una mujer por los caminos de España” (1952) y “Gregorio y yo: medio siglo de colaboración” (1953). En ellas, más o menos, explica su papel en las obras firmadas exclusivamente por su marido.
Desgraciadamente, nunca pudo volver a España. Murió en junio de 1974, en Buenos Aires, cuando le faltaban algunos meses para cumplir los 100 años. Está enterrada en el famoso Cementerio de La Chacarita. Una de sus últimas frases fue: “Las mujeres socialistas debemos enseñar la solidaridad humana”.

miércoles, 14 de febrero de 2018

SOFÍA CASANOVA, TESTIGO DE UNA REVOLUCIÓN


Nuestro personaje de hoy fue toda una pionera en el oficio del periodismo, más concretamente, en la rama del mismo que se dedica a una actividad que sigue siendo muy peligrosa aun hoy en día. Me refiero a la corresponsalía de guerra.
Sofía Guadalupe Pérez Casanova, que así era cómo se llamaba, nació en septiembre de 1861, en una aldea de la provincia de La Coruña, actualmente, en la comunidad autónoma de Galicia (España).
Parece ser que su infancia no fue envidiable, pues su padre abandonó a su mujer y a sus tres hijos y tuvieron que irse a vivir con su abuelo materno.
Sofía terminó brillantemente sus estudios, destacando en el área de la poesía y la declamación. Parece ser que eso último es de lo que “cojean” muchos poetas, los cuales escriben muy bien sus versos, pero luego no saben leerlos correctamente.
Lo cierto es que ella ya empezó a componer versos desde muy niña. En cierta ocasión, su madre encontró unos, cuando limpiaba su habitación, y los envió al periódico El Faro de Vigo, donde se los publicaron. Así empezó a darse a conocer entre el gran público.

Más adelante, con sólo 14 años llegó a Madrid con su familia y se puso bajo la protección del famoso poeta asturiano Ramón de Campoamor. Posteriormente, también gozaría de la protección del que, más tarde, sería nombrado conde de Andino y tutor del rey Alfonso XIII. Éste, junto con el marqués de Valmar, cuñado del Duque de Rivas, célebre escritor romántico, la introdujeron en la Corte de Alfonso XII, donde se solían recitar poemas.
Parece ser que el rey le llegó a tener en tanta estima que pagó la edición de su primer libro de poesías. Es posible que eso le abriera el camino para conocer a otros intelectuales de su época, tales como Bernard Shaw o Emilia Pardo Bazán e, incluso, Zorrilla.
También participaba en algunas tertulias literarias, donde llegó a conocer a muchos escritores del momento. De hecho, con sólo 20 años ya gozaba de cierta notoriedad entre el público y la crítica.
Según algunos, fue el propio Campoamor el que le presentó a un diplomático polaco, recién llegado a Madrid, llamado Wincenty Lutoslawski. Se enamoraron y se casaron en marzo de 1887.
Posteriormente, se fueron a vivir a una ciudad del norte de Polonia. Por entonces, territorio del Imperio Ruso. No olvidemos que Polonia no volvió a existir hasta después de la I Guerra Mundial y, en aquel momento, se hallaba en manos de tres imperios: Rusia, Prusia y Austria-Hungría.
La labor diplomática de su marido le obliga a trasladarse, frecuentemente,  de unos países a otros. No obstante, ella, que llegó a tener 4 hijos, aunque sólo tres de ellos llegaron a la edad adulta, lo aprovecha para aprender los idiomas de los sitios por donde va residiendo. En esos viajes llegó a conocer personajes tan importantes como Marie Curie o Tolstoi. También en esa época comienza a escribir en los periódicos españoles, publicándose su primer artículo en el diario La Iberia, de Madrid. En ellos, se dedica a  relatar sus experiencias vividas en los países que va visitando, empezando por Polonia.

Como no todo va a ser color de rosa, la pareja pasó por una crisis, que según dicen algunos, pudo estar motivada por no tener hijos varones o por las continuas depresiones e infidelidades de su marido. Así que se separaron.
En 1904 regresa a España, donde sigue escribiendo para varios periódicos. Gracias a la fama alcanzada, la contratan en muchos sitios para pronunciar conferencias sobre diversos temas. En muchas de ellas, se dedica a dar su visión de España, comparando a nuestro país con otros que ha ido conociendo a lo largo de sus muchos años residiendo en el extranjero. Una de las cosas que más le apenan es la alta tasa de analfabetismo que existía en nuestro país.
En esa época, se dedica a escribir una serie de artículos para intentar mejorar las condiciones de higiene y salud de las familias, así como la educación infantil y la de las futuras madres, antes de dar a luz.
Al año siguiente, fue  elegida  nuevo miembro de la recién fundada Real Academia Gallega, cuya sede está en La Coruña.
En 1913, se estrenó su primera obra de teatro. Esta llevaba por título “La madeja” y criticaba las ideas feministas, que estaban llegando desde América a Europa. Parece ser que no tuvo mucho éxito y la obra duró poco tiempo en cartel.
En 1914, llevaba ya varios años viviendo en España, pues su marido vendió, por su cuenta, la casa que tenían en Polonia. Sin embargo, viajaba de vez en cuando a esa nación, ya que una de  sus hijas se casó con un polaco y residían en ese país.
Precisamente, en una de esas estancias temporales, le pilla el comienzo de la I Guerra Mundial. Ya había cumplido los 53 años. Parece ser que puede ver la guerra desde muy cerca, porque colabora como enfermera en un hospital militar. Incluso, tuvo que ayudar, en muchas ocasiones, al entierro de los cadáveres de los
soldados que iban muriendo.
Según parece, escribió una carta al Gran Duque Nicolás, protestando porque los sanitarios habían recibido una orden para atender exclusivamente a los heridos rusos, dejando que los alemanes se murieran solos.
También, desde allí, envía una carta al director de ABC, en la que protesta por la injustificada adhesión de muchos españoles a la causa del bando alemán.
Luca de Tena, director de ABC, le contesta proponiéndola que sea la corresponsal de su periódico, durante ese conflicto y ella acepta. Así se convirtió en la primera española que fue corresponsal de guerra.
Como los alemanes consiguieron romper ese frente, a ella y a sus hijas y nietos, que vivían no muy lejos de la frontera con Alemania, no les quedó otra que huir hasta Varsovia y desde allí hasta Minsk y San Petersburgo. Parece ser que, en Polonia, su casa estaba muy cerca de donde tuvo lugar la célebre batalla de los Lagos Masurianos. A causa de ello, su vivienda fue totalmente destruida.
En Rusia, donde vivió durante 3 años, fue testigo nada menos que de la caída de los zares de la dinastía Romanov, de la muerte de Rasputin, etc. Incluso, llegó a entrevistar al famoso revolucionario Trotsky. Todo ello fue publicado en ABC.
Por supuesto, pudo narrar en directo la Revolución Rusa. Incluso, durante la represión de las famosas manifestaciones del 3 de julio, fue atropellada por la gente que corría hacia todos lados y sufrió un golpe en la cara, tras el cual jamás pudo volver a ver bien. Hay que decir que, antes de eso, ya había tenido ciertos problemas visuales.
En sus crónicas periodísticas, se puede apreciar claramente que, como buena periodista, tiene muy buenos contactos para enterarse de lo que va a ocurrir. No obstante, también se ve que suele patear las calles, algo que en esos momentos parece muy arriesgado, y habla con todo el mundo para enterarse de lo que ocurre.
Casi se puede decir que narra en directo el ataque del crucero Aurora contra el Palacio de Invierno, en el actual San Petersburgo.
Con el final de la guerra, Polonia, recupera su independencia y ella regresa a España, donde es recibida como una heroína, pues se ha hecho muy popular con la publicación de sus artículos sobre ese conflicto. Incluso, recibe varias condecoraciones en nuestro país.
En los años 20 escribe varios libros y multitud de artículos en la prensa. Parece ser que en 1925 fue propuesta nada menos que para el Nobel de Literatura. Precisamente, ese año se lo llevó su amigo George Bernard Shaw.
Casualmente, en 1931, le pilla en España la proclamación de la II República y ella dice que esto llevará al país al caos, tal y como ocurrió en Rusia.
Afortunadamente, se libra de la Guerra Civil, porque la pilla en Varsovia, residiendo en la casa de una de sus hijas, donde sigue escribiendo para ABC y para varios periódicos de Sudamérica, al igual que para algunos de Polonia. No obstante, dada su mentalidad conservadora, enseguida toma partido por el bando nacional.

Incluso, en 1938, viaja a Burgos, invitada por Franco, donde se entrevista con él y da unas charlas, apoyando al bando nacional. Para ella, el golpe de Estado va a traer bienestar al país.
En 1939, regresó a Polonia para estar con sus hijas y allí le pilla el comienzo de la II Guerra Mundial. Es lo que se suele llamar estar en el sitio adecuado y en el momento adecuado.
A pesar de vivir en medio de ese conflicto, huyendo de un lado a otro, tiene suerte, pues el embajador español se interesa por ella y las trasladan, a ella y a su familia, hasta un lugar seguro. Más tarde, regresaría a España junto con la División Azul.
Ya estaba prácticamente ciega. Como no podía escribir por sus propios medios, dictaba sus pensamientos a sus nietos, los cuales iban escribiendo todo lo que les decía.
Aparte de su labor literaria, también se dedicó a la traducción de textos, gracias a su dominio de varios idiomas. Incluso, sus propias obras también se tradujeron a otros idiomas.
Como corresponsal en el extranjero envió más de un millar de crónicas, que se publicaron en varios periódicos. Principalmente, en ABC.
Siguió viviendo con sus hijas en Polonia, hasta el día de su muerte, la cual se produjo, en enero de 1958, en la ciudad polaca de Poznan. Ya había cumplido los 96 años.
Hoy en día, se puede decir que es una escritora casi desconocida en España, a pesar de que, en su momento, gozó de mucha popularidad. Hay quien dice que esto es debido a que siempre vivió entre Polonia y España, siendo el primero su lugar habitual de residencia. Casi se puede decir de ella que se la considera una escritora extranjera, que venía de vez en cuando a España.

lunes, 12 de febrero de 2018

EL TRATADO DE RAPALLO DE 1922


Los que han venido  siguiendo mis artículos, habrán visto que, desde hace tiempo, en más de una ocasión, me he referido a este tratado.
Lo cierto es que, en su momento, los firmantes no le quisieron dar mucha importancia, porque les interesaba más que no lo conocieran demasiado los aliados, vencedores de la I Guerra Mundial.
Es curioso que, de una forma tan apresurada, se pusieran de acuerdo dos países que acababan de terminar de combatir, uno contra otro, en la Gran Guerra y que todavía estaban contando sus pérdidas en la misma.
No hay que confundirlo con otro tratado del mismo nombre, firmado dos años  antes, entre el reino de Italia y el de Yugoslavia, al objeto de delimitar claramente la frontera entre esos dos países.
Curiosamente, aunque el Imperio Ruso, que luego pasó a llamarse URSS, fue una de las potencias que luchó contra Alemania, al final de la guerra no se la reconoció como uno de los vencedores de ese conflicto.
Todo fue porque, tras el ascenso de los comunistas al poder en Rusia, estos se negaron a continuar la guerra y firmaron, por su cuenta, con Alemania el famoso Tratado de Brest-Litovsk. Por medio del cual, los rusos,  pudieron salir de la guerra, aunque perdieron una parte importante de su territorio.
Así que, de esa forma, dejaron tirados al resto de sus aliados y les hicieron un gran favor a los alemanes, eliminando el frente oriental y permitiéndoles que evacuaran sus tropas hacia el frente occidental. Eso no se lo perdonaron nunca el resto de los aliados a los rusos. 
Curiosamente, los dirigentes alemanes, que acababan de fundar la llamada República de Weimar, no tuvieron ningún escrúpulo por firmar este tratado con la URSS. A pesar de que habían estado luchando, en su territorio, contra los comunistas alemanes.
También es verdad que, tras la I Guerra Mundial, muchos países enviaron tropas a la URSS, para proteger sus intereses en ese país. Sin embargo, en esa ocasión, Alemania no aportó sus tropas a ese conflicto.
Supongo que muchos de esos países intentarían que no cayera el régimen zarista, para proteger sus inversiones en los llamados “Bonos rusos”. Estos eran unos títulos, que habían sido emitidos por el Gobierno zarista, antes de la Revolución Rusa, al objeto de modernizar su país y que, tras la llegada de los revolucionarios, nunca se ha devuelto ese dinero a los inversores. Parece ser que la mayoría de esos inversores procedían de Francia.

Así que era lógico que los soviéticos no quisieran saber nada de sus antiguos aliados occidentales, que tenían tropas combatiendo en suelo ruso y se fijaron en Alemania como en un posible amigo.
A mediados de mayo de 1922, se reunieron en Génova, los representantes de todos los países que intervinieron en la I Guerra Mundial.
Como ni a Alemania, ni a la URSS les permitieron participar en esos debates, los delegados de ambos países se desplazaron hasta el cercano balneario de Rapallo, al objeto de acercar sus posturas.
Inmediatamente, ambos países renunciaron a cualquier reclamación de guerra sobre derechos de sus ciudadanos o sobre las  propiedades de los mismos. Incluso, Alemania, desistió de recuperar el importe de los créditos que había dado en el pasado al régimen zarista.
Sin embargo, Alemania, se aseguró el monopolio de los suministros tecnológicos que iba a necesitar la industria soviética. O sea, los soviéticos, se comprometieron a comprar toda su maquinaria a los alemanes.
Esto echaba por tierra la descabellada estrategia urdida entre Francia y el Reino Unido, para congelar sus relaciones con los alemanes y los rusos.

Aparte de que, por medio de una cláusula secreta, se permitió que el nuevo Ejército alemán pudiera entrenarse y probar su armamento en una gran zona de la URSS. Lejos de las miradas curiosas de los aliados. No olvidemos que éstos habían aprovechado el famoso Tratado de Versalles para reducir al máximo las fuerzas armadas de Alemania.
De esa manera, las relaciones entre los militares de ambos países siempre fueron más cercanas de lo que podría pensarse a primera vista.
Incluso, algunos autores afirman que la famosa “guerra relámpago”, con la que los militares alemanes sorprendieron al mundo, no fue un invento alemán, sino que estos lo aprendieron de los soviéticos.
Es más, las relaciones entre esos dos países fueron tan afectivas, que los rusos hasta les dejaron tener una base aérea en su territorio, donde, los alemanes,  pudieron probar sus nuevos prototipos de aviones y, aparte de ello, avituallar a sus tropas y entrenar a sus pilotos.
Es preciso aclarar que, según el Tratado de Versalles, Alemania, no podía disponer de fuerzas aéreas de ningún tipo.
Por otra parte, los alemanes se comprometieron a formar a los miembros del Ejército Rojo a fin de actualizar sus conocimientos en el uso de los medios modernos para hacer la guerra.
Aparte de que los alemanes tuvieron acceso directo a la explotación de las materias primas existentes en el inmenso territorio de la URSS. Eso le vino muy bien a Alemania, porque tuvo acceso al petróleo ruso, que era mucho más barato que el que comercializaban los británicos y USA. Cosa que no les hizo ninguna gracia a los anglosajones.
De esa manera, dos países que habían quedado apartados por los vencedores de la contienda, buscaron una forma muy original de cooperación entre ambos.

El 16/04/1922, firmaron, por parte de Alemania, el ministro de Relaciones Exteriores, Walther Rathenau, y, por parte de la URSS, su colega, Georgi Tschitscherin.
Evidentemente, este tratado no contentó a todos en Alemania. Sobre todo, a los partidos de extrema derecha, que seguro que no les hizo ninguna gracia eso de que su país hubiera firmado un tratado con un gobierno comunista. 
Curiosamente,  el posteriormente, famoso Goebbels, en aquella época, estuvo a favor de la firma de ese Tratado con la URSS, que llevaba implícito el primer reconocimiento diplomático de la URSS, por parte de un país occidental.
Precisamente, el propio ministro Rathenau, del que ya escribí hace tiempo un artículo, fue asesinado en el mes de junio del mismo año. Concretamente, el día de San Juan.
Parece ser que sus asesinos pertenecían a uno de esos muchos grupos de extrema derecha, que abundaban por entonces en toda Alemania.
Por otro lado, las potencias aliadas y, especialmente, Francia, protestaron por la firma de este convenio, pero no pudieron hacer ya nada. Evidentemente, nunca supieron que el Ejército alemán se entrenaba, en secreto, en el territorio de la URSS.
También sospecharon que los alemanes y los soviéticos podrían estar pensando  repartirse el territorio de Polonia, cosa que, como todo el mundo sabe,  ocurrió nada más empezar la II Guerra Mundial.
Parece ser que, incluso, hoy en día, se sigue utilizando el término del “complejo Rapallo”, entre las cancillerías internacionales, cada vez que el Gobierno alemán quiere firmar algún acuerdo con el de Rusia. Tal y como ocurrió durante los mandatos de Adenauer y de Willy Brandt.
Como anécdota, algunos cuentan que, la noche anterior a la firma del Tratado, las dos partes se reunieron en lo que se denominó como una “conferencia de pijamas” a fin de reconciliarse, antes de firmar el documento.
Posteriormente, en 1925, se firmó el llamado Tratado de Moscú, que no fue otra cosa que un intento de perfeccionar el anterior firmado en Rapallo.
Incluso, en 1926, se firmó un nuevo Tratado en Berlín, en el cual se habían fijado unas cláusulas de tipo comercial y otras de tipo militar. Concretamente, en estas últimas, el Gobierno de la URSS, buscaba su neutralidad ante un posible nuevo conflicto bélico entre la URSS y Polonia. Una especie de segunda fase de lo que fue la guerra ruso-polaca, que se había librado entre 1919 y 1921.
Curiosamente, contra todo pronóstico, el vencedor de esa guerra fue Polonia. Algo que sentó muy mal al Gobierno soviético.
Resumiendo, el Tratado de Rapallo fue un instrumento muy útil, para los dos firmantes, en una época en que ambos habían sido tratados como unos apestados, por parte de los países aliados.
Gracias a este Tratado, Alemania, pudo recuperar en poco tiempo su nivel económico, aunque tuviera que instalar algunas de sus fábricas en territorio soviético. Cosa que no les perdonaron los nazis.
No obstante, pudieron explotar las inmensas riquezas de Rusia a un precio muy inferior al que les habrían cobrado los aliados.
También pudieron probar su nuevo armamento y realizar continuas maniobras, lejos de la vista de los países aliados y contraviniendo el Tratado de Versalles.
Por otra parte,  también fue ventajoso para la URSS, pues así pudo modernizar su país y encontrar a un comprador para sus exportaciones de materias primas. Dado que los países aliados le habían hecho una especie de boicot económico.
La postura de Alemania fue un tanto equívoca, pues, no se sabe si se vio obligada a hacerlo, por parte de los aliados, lo cierto es que en 1925, firmó el Tratado de Locarno, por el que se delimitaban las fronteras entre los países de Europa y se arbitraba un sistema para apaciguar los conflictos entre los países que forman este continente.
Por otra parte, este tratado servía, de facto, para hacer una especie de alianza occidental, que intentara frenar el avance de la revolución comunista fuera de la URSS.
Evidentemente, cuando Hitler llegó al poder, una de las primeras decisiones que tomó fue la de retirar a su país del Tratado de Rapallo y, unos años después, también del de Locarno.
Parece ser que una de las razones por las que la URSS firmó en 1939 el célebre Pacto Ribbentrop-Molotov, fue porque sospechaba que los aliados estaban intentando impedir los deseos de Hitler por anexionarse cualquier país europeo. Sin embargo, no harían nada, en el caso de que se le ocurriera atacar la URSS.

No se equivocaban. Precisamente, eso fue lo que hicieron cuando a mediados de junio de 1941, el Ejército alemán invadió la URSS. Curiosamente, en enero de ese mismo año, Alemania y la URSS acababan de firmar otro acuerdo económico. Quizás, por eso mismo, en las primeras horas de esa invasión, Stalin, se negó a aceptar que su país estuviera siendo invadido por las tropas de su “amiga” Alemania.

Precisamente, en uno de mis artículos, que trataba sobre el papel del general polaco Josef Beck, éste se aventuró a hacer lo mismo, o sea, firmar un acuerdo de no agresión con Alemania y otro con la URSS.
Desde luego, se dio cuenta muy pronto de que, en caso de guerra, los aliados no iban a mover un dedo en la defensa de Polonia. Tal y cómo ocurrió al comienzo de la II Guerra Mundial. Lo que pasa es que los alemanes, en un principio, temieron a los soviéticos, pero no a los polacos y por alguna razón sabían que los aliados no iban a mover un dedo para defender a estos dos países.

martes, 6 de febrero de 2018

EL GENERAL HANS GRAF VON SPONECK


Mi anterior artículo estaba dedicado a la vida del general alemán von Seydlitz, un nombre casi completamente desconocido hoy en día, y cuyo comportamiento, aunque algunos lo vean muy discutible, a mí me pareció muy sensato. Al final de este artículo ya veréis a qué me refiero.
Nuestro nuevo personaje se llamaba Hans Emil Otto von Sponeck. Nació en 1888 en la ciudad de Dusseldorf, hijo de un oficial de Caballería, miembro de una familia noble y también perteneciente a una estirpe militar.
Desgraciadamente, su padre murió cuando sólo tenía 38 años, dejando a su mujer con cuatro hijos. Así que nuestro personaje se crió con su madre.
Siguiendo la tradición familiar, en 1898, con sólo 10 años,  ingresó en la famosa Academia Militar de Karlsruhe. Allí destacó, sobre todo, por sus dotes deportivas.
Participó en la I Guerra Mundial, siendo herido 3 veces en combate. Por su actuación en ese conflicto bélico fue condecorado varias veces y terminó la guerra como teniente coronel.
Durante el período de entreguerras, estuvo destinado, como otros muchos oficiales, en el Estado Mayor. Supongo que los tendrían allí medio escondidos para que los antiguos países aliados, que les impusieron duras cláusulas en el Tratado de Versalles, no notaran
que Alemania tenía más militares de los que declaraba.
De hecho, en aquella época, firmaron el Tratado de Rapallo, entre Alemania y la antigua URSS. Por este acuerdo, las tropas alemanas podían realizar sus maniobras, libremente, en un determinado territorio de la antigua URSS e, incluso, los rusos les permitieron tener una base aérea, para suministrar a esas tropas y entrenar a sus pilotos. Lógicamente, todo esto permaneció lejos de la vista de los vencedores de la I Guerra Mundial.
Rusia o la antigua URSS, al firmar por su cuenta un armisticio con Alemania, a fin de salir anticipadamente de la guerra, nunca le consideraron como perteneciente al bando de los vencedores de ese conflicto.
Durante este período, nuestro personaje fue admitido en la Orden de San Juan, que es una especie de rama protestante y alemana de la Orden de Malta. Por eso, se le ve en algunas fotos con una Cruz de Malta prendida en su uniforme.
No sé si sería debido a sus dotes para el deporte, lo cierto es que, en 1937, fue uno de los elegidos para organizar unidades paracaidistas. Para ello, fue transferido a la Luftwaffe, o sea, el Ejército del Aire alemán.
En relación con el escándalo Blomber-Fritsch, al que ya dediqué hace mucho tiempo otro de mis artículos, parece ser que fue partidario de apoyar al general von Fritsch, jefe del Estado Mayor, en su pugna con el Gobierno alemán. Supongo que, en adelante,  eso sería tenido en cuenta por los nazis para ir “cavando su tumba”.

Parece ser que, al comienzo de la II Guerra Mundial, no se le dio muy bien, pues sus unidades tuvieron más problemas de los previstos para doblegar al Ejército de Holanda. No obstante, fue herido en diversas ocasiones y eso le valió para ser condecorado. En aquel momento ya era teniente general. Hoy en día, se ve muy raro que un teniente general haya sido herido en el frente.
También participó en la invasión de la antigua URSS, mandando todo un cuerpo de Ejército, con el cual se dirigió hacia Ucrania, donde estuvo hasta que tuvo que pedir la baja a causa de estar afectado por los dolores de la ciática.
Cuando se recuperó, su superior, von Manstein, uno de los mejores estrategas del Ejército alemán, le dio el mando de una unidad que luchaba en la península de Crimea.
Parece ser que, unos meses después, vio que iba a ser rodeado por tropas soviéticas, que estaban atacando a su división por tierra y mar.
Tres veces pidió permiso para retirarse con sus tropas y las tres veces se lo denegaron. Al ver que no tenía sentido quedarse allí y correr el peligro de ser capturados, dio, por su cuenta, la orden de retirada.
Tampoco esa operación fue una cosa muy fácil, pues tuvieron que caminar durante dos días, aguantando una fuerte ventisca y unas temperaturas muy bajas, hasta que pudieron llegar a una zona más segura, donde el Alto Mando les proporcionó refuerzos para poder repeler a los soviéticos.
Evidentemente, en Berlín no les hizo ninguna gracia que uno de sus generales tomara decisiones por su cuenta. Así que, en enero de 1942, lo llamaron para prestar declaración ante un consejo de guerra.
Allí se encontró con un viejo conocido, el mariscal Goering, con el que ya había discutido durante el consejo de guerra contra el general von Fristch y que ahora era su superior, pues era el jefe de la Luftwaffe, aparte de ostentar otros altos cargos en el Estado.
Estaba muy claro que Goering no iba a ser muy imparcial. Es más, ni siquiera permitió que compareciera ningún testigo, durante las 7 horas que duró el consejo de guerra. Así que no tuvo ningún problema para declararle culpable de desobediencia a su inmediato superior, por haberse retirado sin su permiso.
Parece ser que a nuestro personaje no le valió de nada alegar en su defensa que tomó esta decisión para intentar preservar la vida de sus soldados, a fin de  no acabar muertos o capturados por el enemigo.
Evidentemente, eso es lo que aprendían los oficiales en la academia militar, sin embargo, esa doctrina no era del agrado de unos fanáticos, como eran los nazis, a los que nunca les importaron las vidas de los soldados, ni siquiera la de los civiles.
Siguiendo el Código de Justicia Militar, vigente en aquel momento, fue condenado a la pena de muerte. Posteriormente, Hitler, se la conmutó por la de 6 años de prisión y expulsión del Ejército.
Incluso, se le confiscaron sus propiedades. También uno de sus hijos, que era oficial en una unidad de paracaidistas, fue trasladado forzoso a otra unidad, que combatía en la zona de Calais.
Parece ser que el general von Manstein, su inmediato superior y uno de los generales favoritos de Hitler, realizó varias gestiones para intentar que fuera puesto en libertad, pero todas resultaron infructuosas.
Estaba muy claro que esta sentencia no era otra cosa que una llamada de atención del Gobierno nazi hacia la casta militar, que no era muy afín a la política del Gobierno.
Por eso mismo, como dije al principio del artículo, el general von Seydlitz, que intentó retirarse con sus tropas, a principios de 1943, ya sabía lo que le podría esperar, si se aventuraba a dar esa orden por su cuenta. Seguramente, por eso mismo, dio libertad a cada uno de sus soldados para hacer lo que quisiera y él, junto con otros mandos, optaron por entregarse  al enemigo a sabiendas de que les podrían tratar mejor que los de su propio bando.
Supongo que en la decisión de Hitler, éste habría sopesado que, al conmutar la sentencia de muerte, se atraería a muchos de los oficiales a su causa. También así torpedearía el férreo bloque de la oficialidad germana.
Aunque, según parece, von Sponeck, no tuvo que soportar unas condiciones muy duras en su prisión, debió de tener muy claro que era una especie de rehén, en manos del Gobierno, para que los militares cumplieran ciegamente las órdenes de Hitler.
Desgraciadamente, tras el fallido atentado de von Stauffenberg contra Hitler, el Gobierno alemán aprovechó esta excusa para quitarse del medio tanto a los presuntamente implicados en el complot, como a todos los que hicieran cualquier tipo de oposición al régimen. Eso ya lo habréis visto en otros de mis artículos.

Parece ser que, desde hace tiempo,  Himmler, tenía ganas de cargarse a von Sponeck. Así que no se cortó un pelo para dar la orden de fusilarlo inmediatamente. Esta vez, sin que ni siquiera interviniera un juez. No obstante, otros autores afirman que Himmler dio esa orden tras habérserla sugerido el gobernador nazi de esa provincia, Josef Bürckel.
Está muy claro que lo utilizaron como una excusa, pues, por lo que se ve, nuestro personaje no estuvo implicado, en ningún momento, en ese abortado complot contra Hitler.
Así que, el 23/07/1944, sólo 3 días después del fallido atentado, fue fusilado en el patio de la prisión de Gemersheim, una localidad cercana a la frontera con Francia, donde estaba encarcelado.
Tras permitirle decir unas últimas palabras, fue fusilado y enterrado en el jardín de la prisión. En la posguerra, sus restos fueron trasladados hasta un cementerio militar, ubicado en ese mismo Estado federal alemán de Renania-Palatinado.
Parece mentira, pero ya hemos visto que un militar alemán, como von Seydlitz, conservó su vida, tras entregarse a los soviéticos, mientras que nuestro personaje fue fusilado por orden de su propio Gobierno.

Curiosamente, uno de sus hijos, Hans Cristof, que llegó a ser uno de los principales diplomáticos de la ONU, también fue uno de los primeros objetores de conciencia en Alemania.
Por otra parte, también es muy llamativo que, en esa ocasión, nuestro personaje se mostrara tan contrario a obedecer las órdenes.
Traigo esto a colación, porque algunos autores le acusan de estar implicado en el asesinato de civiles y prisioneros de guerra soviéticos, durante la invasión del territorio de Ucrania. Siguiendo las instrucciones recibidas del Alto Mando.
Parece ser que el famoso general von Choltitz, que estuvo bajo su mando y luego fue el último gobernador militar de París, confesó todo eso en una conversación, que fue grabada por los británicos, durante su cautiverio.