ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 6 de diciembre de 2016

HEINRICH HOFFMANN, EL FOTÓGRAFO DE HITLER



Hoy voy a hablar de un tipo muy curioso, que se ganó muy bien la vida. Su forma de conseguirlo fue, simplemente, haciendo fotos. Eso sí, hay que reconocer que hacía muy buenas fotos.
Empiezo por decir que nuestro personaje de hoy se llamaba Heinrich Hoffmann y que nació en 1885 en una ciudad situada casi en el centro del actual Estado de Baviera, en Alemania.
Es posible que este nombre ya os suene de algo. Sin embargo, he de deciros que no hay que confundir con otros personajes que se llamaban exactamente igual que él. Entre ellos, podemos destacar a un poeta, que, en 1841, compuso la llamada “Canción de los alemanes”, que, actualmente, es el himno de Alemania.
Otro de esos homónimos fue, en su momento, un famoso escritor de cuentos infantiles. Una de sus obras, publicada en 1845, se tradujo en España por “Pedro Melenas” y, en su momento,  tuvo bastante éxito.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, parece ser que optó por la misma profesión de su padre, que
ya se dedicaba a fotografiar a los personajes importantes de la Corte.
Sin embargo, su padre le envió, en su juventud, al Reino Unido, para que aprendiera con Emil Otto Hoppé. Se trataba de un alemán, radicado en Londres, al que, por aquel entonces,  se le consideraba la primera autoridad mundial en el mundo de la fotografía. Otro tipo también muy curioso.
Heinrich, volvió a su país, poco antes del inicio de la I Guerra Mundial y fue adscrito, como fotógrafo, al Ejército del Reino de Baviera, que luchaba dentro del ejército alemán.
Previamente, se había casado en 1911  y de ese matrimonio nacieron dos hijos: Henriette y Heinrich.
Como muchos otros alemanes, en la posguerra, se afilió al NSDAP, o sea, el Partido Nazi. En su caso,  no sé si por ideología propia o por simple necesidad, como le ocurría, por aquella época, a la mayoría de los que se afiliaron a esa organización política.
Allí llegó a conocer a muchos personajes, que, desgraciadamente, luego se hicieron muy famosos.
Uno de ellos fue Adolf Hitler, al que conoció en 1923, justamente, cuando el líder nazi acababa de salir de la cárcel, tras su condena por el fallido intento de golpe de Estado en Munich.
Precisamente, algunos autores dicen que nuestro personaje fue el autor de la foto, donde se ve,  a Hitler, en Munich, entre la muchedumbre, celebrando la entrada de Alemania en la I Guerra
Mundial.
Dicen que, durante una visita del líder nazi a su estudio fotográfico, le reveló que él había estado allí en ese momento. Así que el mismo Hoffmann lo estuvo buscando en el negativo con una lupa hasta que lo encontró.
También es cierto que otros expertos dicen que la foto está trucada y que es posible que Hoffmann insertara la imagen de Hitler en la foto.
De todas formas, el negativo se perdió con la guerra y ya no es posible hacer esa comprobación.
Aunque parezca mentira, algo más tarde, estos dos personajes, se puede decir que llegaron a ser uña y carne.
Esto es muy fácil de entender. Hay personajes públicos, como los actores, que siempre tienen que tener a mano un peluquero o un maquillador.
En el caso de los deportistas, también su rendimiento depende mucho de las sesiones con sus fisioterapeutas.
Pues bien, en el caso de Hitler, que era un personaje que dependía muchísimo de su imagen pública, era preciso que tuviera siempre a mano a un fotógrafo de cabecera, que fuera de plena confianza, para que le sacara a su gusto. Algo fundamental para alguien que aspiraba a realizar una política de tipo dictatorial. Seguramente, por eso mismo, Hitler, controlaba todos estos detalles personalmente.
De esa manera, ambos personajes se dedicaron a recorrer juntos toda Alemania, tanto por vía aérea, como por carretera  y, posteriormente, también los territorios conquistados durante la II Guerra Mundial.

Hay que reconocer que le fue muy bien. Comenzó instalándose en un modesto estudio en Munich, para, poco más tarde, trasladarse a otro más local, mucho más lujoso,  en el centro de esa misma ciudad de Baviera.
Precisamente, en 1929, contrató a dos jovencitas para que atendieran a los clientes en su nuevo establecimiento. Se trataba de las hermanas Braun, Eva y Gretel. Por entonces, la primera tenía 17 años y la segunda, sólo 14.
Ese mismo año, Hoffmann, llevó a Eva, una de sus nuevas ayudantes, a una sesión de fotos. En la misma, tuvo la oportunidad de conocer al mismo Hitler. La relación entre ellos no comenzó en ese momento, sino unos años más tarde. Es preciso decir que, por entonces, Hitler, vivía con una sobrina, que, más tarde, se suicidó, por algún motivo aún no esclarecido.
Esa cercanía entre Hoffmann y Hitler dio lugar a que se multiplicara su clientela y a que se atreviera a abrir nuevas sucursales en París, Berlín, Viena y Frankfurt.
Esto me recuerda a aquellos establecimientos en Madrid que lucían un letrero en el que se podía leer: “Proveedor de la Real Casa”, lo cual era una forma de atraer a la clientela. Lógicamente, todos esos carteles desaparecieron el 14/04/1931.
Se puede decir que era un visitante asiduo de la residencia privada de Hitler. También era muy normal ver a Hitler cenando en la casa de la familia Hoffmann o, también juntos, en el restaurante favorito del Führer en Munich, la Osteria Baviera.
Parece ser que realizó más de 2.000 fotos de este personaje y se ganaba muy bien la vida con los derechos de reproducción de las mismas. De hecho, las fotos que le hizo salieron hasta en los sellos de Correos. Así que, con ello,  llegó a embolsarse una buena cantidad de dinero y una parte de ella la invirtió en obras de arte.
Parece ser que comenzó su colección con cuatro cuadros que le regaló el propio Hitler y que habían sido pintados por él mismo, cuando soñaba con llegar a ser un famoso pintor.
Incluso, llegó a enviarle, en 1939, a Moscú, junto al ministro Ribbentrop, para que fotografiara el momento de la firma del famoso pacto entre Alemania y la URSS. Supongo que esas imágenes producirían más de una cana en el cabello de muchos políticos occidentales.
Además, Hoffmann, aprovechó su cercanía con el político para publicar una serie de libros, donde, por supuesto, elogiaba su figura. Algunos  han llegado a calificar al fotógrafo como el “bufón de Hitler”.
Precisamente, en 1932, su hija, Henriette, se casó con Baldur von Schirach, jefe de las famosas Juventudes Hitlerianas. Sus padrinos de boda fueron nada menos que Hitler y Ernst Röhm.

El marido fue otro tipo bien curioso, que, posteriormente, uno de los puntos que adujo para su defensa, ante el Tribunal de Nüremberg,  fue que era descendiente de dos firmantes de la Declaración de Independencia de USA. Tal vez, por eso mismo, se libró de la horca y sólo le cayeron 20 años, aunque reconoció públicamente que conocía, con anterioridad,  la existencia de los campos de exterminio.
Curiosamente, su esposa, Henriette, que fue también secretaria de Hitler, provocó la caída en desgracia de su marido.
Parece ser que, en 1943, durante una visita a Holanda, Henriette, se enteró por un oficial alemán de que se estaba deportando a los judíos para enviarles a campos de concentración.
Así que, ni corta ni perezosa,  se fue a visitar a Hitler a su refugio del Berghof y allí, delante de todos los presentes, le culpó de todo lo que estaba ocurriendo.

Parece ser que el otro se limitó a decirle que ella era muy sentimental y la otra le contestó que no debería de estar haciendo eso. A lo que el otro le respondió que, cada día, morían en la guerra 10.000 soldados alemanes, mientras que los judíos vivían en los campos.

A lo mejor, ella aún no sabía que esos campos se convirtieron, posteriormente, en campos de exterminio. Es probable que así fuera, aunque, como ya he dicho antes, su marido, confesó ante el tribunal que sí conocía la existencia de los mismos.

Evidentemente, a partir de entonces, fueron consideradas personas non gratas y nunca más fueron recibidas por Hitler. Aunque, posteriormente, a su marido le dieron el cargo de gobernador de Austria, desde donde envió a miles de judíos a los campos y, por eso, le cayeron esos años de cárcel.
Supongo que le darían ese cargo como premio a la amistad que unía a Hitler con el padre de esta chica.


De todas formas, me da la impresión de que Henriette nunca quiso enemistarse con Hitler y se dirigió a él de una manera más o menos cariñosa. Como para advertirle de que se estaban haciendo deportaciones, por si él no tuviera ya conocimiento de ello.
Volviendo a nuestro personaje, al final de la guerra, fue apresado y enjuiciado. La verdad es que no había hecho nada malo, salvo darle un gran publicidad al régimen y a los jerarcas nazis. Así que, en un principio, le condenaron a 10 años de prisión, que se redujeron a sólo 4 años.
Fue liberado en 1950, recuperando su estudio fotográfico y volviendo a trabajar con Gretel Braun, como ayudante. Ésta se había casado con Hermann Fegelein, un general de las SS, que fue acusado de traición y fusilado por orden de Himmler.
Heinrich Hoffmann, murió en 1957, a la edad de 75 años, en Munich, la localidad donde residió durante tantos años y donde está enterrado.

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA CONJURA DEL CONDE FIESCHI



Muchas veces ocurre que nos proponemos hacer alguna cosa  e intentamos planear concienzudamente nuestros actos. Lo malo es que, desgraciadamente, suelen surgir imponderables que nos estropean nuestros planes. Eso es, más o menos, lo que le ocurrió a nuestro personaje de hoy.
Para comprender mejor esta historia, voy a empezar por hablar del gran almirante Andrea Doria. Un tipo realmente curioso.
Todos habremos leído las hazañas que este personaje realizó al servicio de España. Lo que pasa es que, normalmente, no se dice que, anteriormente, había estado al servicio de Francia y, lógicamente, combatió contra España.
Comenzó su carrera militar ingresando en la Guardia Pontifica, que estaba a las órdenes de un tío suyo. Posteriormente, estuvo al servicio del duque de Urbino.
Más adelante, combatió al servicio de Francia, en las famosas guerras de Italia, donde el Gran Capitán hizo un buen papel, como jefe del Ejército español.
En 1512, con sólo 46 años, fue nombrado almirante de la flota de Génova y ahí empezó a tener tiranteces con sus antiguos jefes, los franceses.
Llegó a vencer a una flota turca. En cambio, fracasó en su lucha contra los españoles, los cuales obtuvieron una gran victoria en Pavía y, además, capturaron al
rey Francisco I de Francia y a varios de sus hijos y los encarcelaron en Madrid.
Parece ser que, cuando el rey francés fue liberado, debería de estar mal de dinero. Posiblemente, por eso mismo, le debía una importante cantidad a Doria. Por otra parte, éste andaba ya bastante mosqueado, así que, cuando se enteró de que el rey francés lo iba a sustituir por otro, no tardó en ofrecer sus servicios al emperador Carlos V.
Dicen que para explicar ese cambio de postura, les contó a los soldados que tenía a su servicio, que se le había aparecido varias veces un venerable anciano y le había indicado que debería de luchar a favor de España.
Por otra parte, había llegado a un pacto con el emperador, mediante el cual, Génova, sólo sería un aliado del Imperio, mientras que el monarca francés había ocupado la ciudad, como si fuera uno más de sus territorios. Evidentemente, eso ni se molestó en decírselo a sus soldados.
Parece ser que el emperador esperaba que Génova aportara a esa alianza sus numerosos barcos de guerra y los fondos depositados en sus Bancos.
Supongo que, para probar su lealtad, su primera misión fue levantar el sitio de Nápoles, que estaba siendo asediada por los franceses. Cosa que consiguió sin muchos problemas. También apartó a los galos de su tierra, Génova.
Parece ser que, antes de intentar expulsar a los franceses, se había dedicado a ponerse en contacto con muchos nobles genoveses, que se hallaban exiliados. A fin de conseguir su apoyo.
Por otra parte, había aterrorizado a las clases populares, diciéndoles que los franceses estaban pensando arruinar el poderío marítimo de Génova y convertirla en una ciudad llena de agricultores y ganaderos. Supongo que a muchos les temblarían las piernas al oír estas cosas, pues llevaban generaciones enteras dedicándose al mar.
Así que, con unas cuantas galeras, y sólo con unos 500 hombres, desembarcó en la ciudad una noche de septiembre de 1528. Nada más llegar, se montó una enorme revuelta, la cual hizo que la guarnición francesa retrocediera al castillo. Poco más tarde, tanto el gobernador milanés, nombrado por los franceses, como éstos, se rindieron a las tropas de Andrea Doria.
No se contentó con esto. Encaminó sus fuerzas hacia la ciudad rival, Savona, la cual presumía de tener una fortaleza inexpugnable y de atacar a Génova cada vez que le daba la gana. Aparte de que rivalizaba comercialmente con ella.
Sin embargo,  gracias a los conocimientos de un ingeniero militar español, que se dedicó a construir minas de sitio, no tardaron demasiado en echar abajo sus murallas y conquistar esa ciudad.
Supongo que, a esas alturas, al emperador Carlos V, que llevaba muchos años combatiendo en Italia, sin obtener buenos resultados, al ver esto, se le caería la baba. Así que, para que no se le escapara este buen fichaje, nombró, inmediatamente, a Doria príncipe de Melfi.
Parece ser que algunos le aconsejaban al emperador que no se fiara demasiado de este desertor del bando francés.
De todas maneras, no hay que olvidar que al muy católico emperador no le había temblado la mano al ordenar que, muy poco antes, sus tropas saquearan Roma.
Andrea, no tuvo hijos. Así que adoptó a Giannetino, hijo de su primo Tomás, al cual lo estuvo preparando para sucederle en sus nuevos dominios.
Parece ser que Andrea era muy popular, en su tierra, por haber liberado Génova de los franceses, pero no así su sucesor, que se comportaba como un joven caprichoso y soberbio y no era tan querido.
No obstante, la carrera de los Doria, ya al servicio de los españoles, fue, casi siempre, de victoria en victoria. Incluso, el mismo Giannetino había conseguido capturar en el mar al célebre corsario turco Dragut, que luego fue el sucesor del famoso Barbarroja.
Supongo que todo esto puso en guardia a las familias nobles de Génova. Igual no les gustó la idea de que los Doria tuvieran tanto poder en la ciudad y menospreciaran a los miembros de los demás clanes importantes.
Además, según dicen algunos autores, la forma de gobierno de los Doria había dado preferencia a la burguesía financiera, frente al antiguo poder nobiliario. De hecho, Giannetino se había casado con la hija de un importante banquero.
Por aquel entonces, las principales familias de Génova eran los Spinola, los Grimaldi, los Doria y los Fieschi. Seguro que alguno de estos apellidos os suena de algo.
Concretamente, los Fieschi, era un linaje aristócrata, que procedía de la época medieval y tenía varios siglos de existencia. Hubo entre sus miembros nada menos que dos Papas, varios cardenales, arzobispos, mariscales, etc.
En aquel momento, al frente de esa familia se hallaba un joven llamado Giovanni Luigi Fieschi, que había nacido en 1525 y había quedado huérfano muy pronto. Concretamente, su padre murió cuando él sólo tenía 9 años.
Parece ser que era un tipo muy ambicioso y no podía consentir que Giannetino sucediera a Andrea, aunque tuviera que luchar contra el poderío del almirante.
Lo curioso del asunto es que Sinibaldo, el padre de Giannetino, siempre fue íntimo amigo de Andrea y juntos consiguieron importantes victorias.
Así que, Fieschi,  estudió la forma en que Andrea se había hecho con el poder en Génova y le pareció tan sencilla, que pensó que él podría hacer lo mismo.
Se puede decir que esta sublevación se realizó como un intento de parar el ascenso de la burguesía y el declive de la nobleza tradicional.
Además, según parece, Andrea, que pretendía crear una república de carácter aristocrático, había contado con una serie de clanes nobiliarios, para las tareas de gobierno. Sin embargo, no había contado con todos. Por supuesto, entre estos últimos estaban los Fieschi. Es posible que lo hiciera, porque ese linaje era el único de los cuatro más antiguos de la ciudad, que no se dedicaba al mar, sino que explotaba grandes fincas agrarias de su propiedad.
Así que, durante un tiempo, el jefe de la conspiración, se dedicó a buscar aliados y consiguió muchas adhesiones a su causa. Al menos, verbalmente.
Entre los adheridos estaban Alejandro Farnesio, que luego sería Papa, con el nombre de Pablo III; Pedro Luis Farnesio, duque de Piacenza; César Fregosi, Cagnino Gonzaga y otras muchas personalidades de la época. Casi todos pertenecían al bando que había apoyado a los franceses.
Hasta el mismo Francisco I se adhirió a la causa, confiando en reconquistar Génova. Así que le prometió barcos, dinero y tropas.
Como Andrea había hecho anteriormente, también buscó sus partidarios entre la burguesía y el pueblo. Así, financió a los comerciantes del gremio de la seda, uno de los más importantes de la ciudad.
También prometió que, si gobernaba, haría prevalecer el mérito de los ciudadanos sobre el linaje de los mismos. Seguro que ese rollo os suena de algo.
Parece ser que al almirante le llegó alguna carta de las que se enviaban los conjurados entre sí. Sin embargo, no le dio demasiada importancia, porque no parecía que se estuviera preparando ninguna conspiración.
Incluso, el mismo Fieschi, seguía visitando a los Doria y se comportaba amablemente con ellos, al igual que lo hacía con los militares españoles residentes en Génova.
Según parece, una de las cosas que aceleraron los preparativos es que, tras una petición de Fieschi, Giannetino, no sólo la había denegado, sino que se había burlado públicamente de él. Lo que se veía entonces como una grave ofensa.
Algunos autores también dicen que Giannetino había querido seducir a la bella esposa de Fieschi y, además, lo había hecho delante de todos.
Además, se enteró de que Andrea estaba enfermo. Así que pensó que, si Giannetino llegaba pronto al poder, una de sus primeras decisiones podría ser encarcelar a los Fieschi, acusándoles de conspiración.
Así que Fieschi se dio cuenta de que era el momento oportuno. Sólo quedaba en Génova una pequeña guarnición de unos 250 soldados. Incluso, la mayoría de la flota estaba desarmada, por haber terminado ya las campañas navales.
Su estrategia no fue asaltar la ciudad desde fuera, sino montar una revuelta desde dentro, apoyada por unos 500 soldados. De esa forma, llegó a reunir unos 10.000 sublevados.
La madrugada del 3 de enero de 1547, uno de sus hombres disparó un cañonazo desde una de sus galeras. Esa era la señal para iniciar la sublevación.
Los partidarios de Doria vieron con asombro que los conjurados no sólo eran muchos, sino que habían conseguido meter infiltrados entre ellos mismos. Esto hizo que se desarrollara todo muy rápido y que las fortificaciones de la ciudad cayeran muy pronto en manos de los sublevados.
Así, todas las fuerzas de los conjurados confluyeron sobre la dársena, donde se hallaba el puerto militar. Allí, los fieles que les quedaban todavía a los Doria, intentaron resistir todo lo que pudieron, pero fueron aniquilados.
Giannetino, que había oído el escándalo nocturno, salió armado apresuradamente de su palacio  de Fassolo, acompañado por los miembros de su guardia. No obstante, cuando los sublevados lo vieron, se echaron sobre él y lo cosieron a puñaladas, matando allí mismo a él y sus guardias.
Andrea, que siempre fue mucho más hábil que Giannetino, vio todo lo ocurrido desde una ventana y, sin que lo vieran, montó en un caballo, que le llevó hasta una montaña, fuera de las murallas de la ciudad.
Mientras tanto, Fieschi, al que se le había visto durante la sublevación, vistiendo una pesada coraza de acero con adornos de oro y con su espada en la mano, no aparecía por ninguna parte.
La gente lo esperaba para vitorearle por su triunfo, pero nadie sabía dónde estaba. Incluso, Niccola Franco, ayudante de Andrea Doria, deseaba parlamentar con él para llegar a un cierto arreglo, sin necesidad de derramar más sangre.
La gente buscaba por todos partes al conde Fieschi, porque era el único que tenía muy claro lo que habría que hacer, tras la victoria.
Parece ser que aprovechando la confusión, unos 300 galeotes turcos, que estaban condenados a remar en las galeras genovesas, se hicieron con una de esas naves y huyeron hacia mar abierto, en dirección al norte de África.
En el Senado de Génova también se vivía una gran confusión. Unos senadores querían otorgar el cargo de dux al vencedor, mientras que otros ofrecían una amnistía a los sublevados.
Lo cierto es que el conde Fieschi no aparecía por ninguna parte, ni vivo, ni muerto. Sus partidarios, sin saber qué hacer, comenzaron a abandonar sus posiciones. Unos huyeron, mientras que otros regresaron a sus casas.
El entusiasmo de las masas se tornó en decepción y luego en miedo, pues los Doria seguían siendo una familia con mucho poder y todavía tenían muchos aliados. Así que, poco a poco, las calles se fueron quedando vacías y todo el mundo se puso a esperar a ver qué pasaba.
Al día siguiente se supo lo que había ocurrido. Giovanni Luigi Fieschi, conde de Lavagna, llevaba una armadura muy pesada. En cierto momento, fue a penetrar en uno de los barcos. Para ello, tendría que atravesar una pasarela de madera.
Parece ser que la madera estaba muy resbaladiza. Así que el conde cayó al mar y, como no pudo salir a flote, por el peso de la armadura, se ahogó en el fondo del puerto.
A partir de ahí, se desató la represión de los Doria y sus amigos. El cadáver del conde se extrajo del mar y se dejó que se pudriera en el puerto, durante dos meses.
Los conspiradores que no pudieron huir fueron asesinados. Todos los bienes de la familia Fieschi fueron confiscados.
Las desgracias no habían acabado aún, para los Fieschi. La viuda del conde, Eleonora Cybo, fue obligada a casarse con un militar, del que pronto quedó de nuevo viuda y fue obligada a ingresar en un convento de clausura.
Giulio Cybo, hermano de Eleonora y casado con Peretta, una hermana de Giannetino, estaba muy enfadado con los Doria. Entre otras cosas, por no haber recibido la dote de su esposa, al cual se negaron a pagar los de ese clan familiar.
También porque Andrea se había puesto de acuerdo con la madre de Giulio, con la que él se llevaba muy mal, para que no pudiera disponer de la herencia de su padre, ya difunto.
Así que se alió con varios genoveses exiliados en Venecia y otros miembros de la familia Fieschi. La idea era acabar con el poder de los Doria, eliminar al embajador español y a los partidarios de los españoles.
Esta vez, la conspiración se pilló a tiempo. Giulio fue detenido y enviado a Milán. Estuvo un tiempo encarcelado en un castillo, mientras llovían peticiones de clemencia para él, por parte de las familias más importantes de Italia, como Los Médicis, los Austria d’Este, etc.
Sin embargo, su propia madre, Ricciarda Malaspina, no hizo ningún esfuerzo para salvarle la vida. Así que el joven fue decapitado, en mayo de 1548,  con sólo 23 años.

domingo, 20 de noviembre de 2016

LA EMPERATRIZ JOSEFINA



Posiblemente, a todos os sonará su nombre, pero es muy seguro que muchos no conozcáis casi nada acerca de su vida. Así que os invito a leer este artículo.
El nombre real de nuestro personaje de hoy era Marie Josephine Rose Tascher de la Pagerie y nació en la isla francesa de la Martinica el 12/06/1763.
Curiosamente, en su casa, todo el mundo la llamaba Rose  o Yeyette y no empezaron a llamarla Josephine hasta que se casó con su primer marido.
Su padre tenía una plantación de caña de azúcar de unas 500 Ha en la isla, con muchos esclavos a su servicio,  y allí fue donde ella se crio.
Su familia siempre había sido una de las más ricas de la isla. Desgraciadamente, en 1766, llegó a Martinica uno de esos tradicionales huracanes, que suelen formarse en el Atlántico. Por ese motivo, muchas plantaciones quedaron arrasadas y, entre ellas, la de su familia.
Así que, a causa de este desastre natural, y de que a su padre le gustaba demasiado el juego, poco a poco se fueron arruinando.
Una tía paterna suya, llamada Desirée, que se había casado con un antiguo gobernador de la isla, François de Beauharnais, habló con su padre y acordó que su hijastro, Alexandre, fruto del primer matrimonio de su marido, se casara con una de sus hijas.
Creo que no he dicho que Josefina era la mayor de  cuatro hermanas, aunque sólo llegaron tres de ellas a la edad adulta.
Parece ser que su tía había acordado que Alexandre se casara con una de sus hermanas, pero no sabía que aquella había muerto hacía poco a causa de la tuberculosis. Por eso, decidieron que se casara con Josefina. Así que se fue con su padre a París, para conocer al novio.
Dicen que Josefina había tenido una buena formación. Sin embargo, como en su isla no se estilaba la educación cortesana, pues ella la desconocía.
No obstante, aunque no fuera especialmente bella, todo el mundo decía que era una persona con buena figura y con una voz muy agradable.
Uno de sus mayores defectos era que no podía abrir mucho la boca. La razón de esto es que tenía una dentadura en pésimas condiciones y no quería mostrarla.
Se dice que eso fue debido a que desde niña tenía la costumbre  de mascar caña de azúcar, que era lo que tenían en su plantación caribeña.
Cuando se reía abiertamente, siempre se ponía un abanico delante de la cara, para disimular la negrura de los pocos dientes que conservaba.
El desconocimiento de la formación cortesana, le trajo muchos problemas con su marido. Parece ser que ella estuvo siempre muy enamorada, mientras que él la despreciaba, porque nunca la consideró como una mujer que estuviera a su altura, ya que pretendía codearse con la alta nobleza.
A pesar de todo, el matrimonio tuvo dos hijos. Un varón llamado Eugene y una hija, llamada Hortense.
Ésta última, nació antes de los nueve meses de gestación. A esto se agarró el marido para acusarla de infidelidad y pedir la separación judicial.
Parece ser que esto fue urdido por la amante que tenía en ese momento su marido, que, además,  era prima de Josephine y con la que había tenido un hijo.
Ella siempre fue muy luchadora y no se dejó amilanar. Así que,  le demandó judicialmente y consiguió el reconocimiento de la legitimidad para su hija y una generosa pensión para poder vivir con dignidad.
Posteriormente, vivió, durante una temporada, en un convento, con sus hijos, donde aprendió a refinar sus modales y de allí salió como una mujer nueva. Parece ser que en ese convento vivían también otras mujeres que estaban en su misma situación y fueron ellas las que le enseñaron esos modales cortesanos.
En 1783 volvió a su isla y estuvo allí hasta 1791. Su visita coincidió con una rebelión de los esclavos de todas las plantaciones de Martinica.
Al volver a París, se dedicó a frecuentar los salones y tuvo multitud de admiradores, donde pudo gozar ampliamente de la vida.
En 1791, tras la reunión de la Asamblea Nacional, se decide crear una Asamble
a Constituyente. Precisamente, durante un corto espacio de tiempo, la preside su antiguo marido. Dado que ahora gozaba de un mayor poder, la denunció para que le devolviera una serie de joyas y muebles, que ella nunca había tenido.
Sin embargo, como ella había llegado a hacer muchas amistades, consiguió salvar a bastantes presos de la guillotina.
Más tarde, Alexandre, que era militar, fue nombrado jefe del Ejército del Rhin. Tras su derrota ante los ejércitos de Prusia y Austria, pasó a ser visto como un posible sospechoso por la Convención. Así que fue encarcelado, como le ocurrió, en esa época, a miles de franceses.

Además, según se comprobó, un hermano suyo estuvo involucrado en un intento de sacar al rey de la prisión del Temple.
Parece ser que Josephine intentó ayudar a Alexandre, pero sólo logró que, poco después, concretamente, en 1793, la encarcelaran también a ella. Precisamente, por intentar ayudar a una prima suya.
Él tuvo peor suerte y fue guillotinado. En cambio, ella se libró de milagro, porque Robespierre cayó unos días antes de que la llevaran al cadalso.
Estuvieron encerrados en la misma prisión, que había sido un antiguo convento de carmelitas. Uno de los lugares más sangrientos de París.
Parece ser que una española, llamada Teresa Cabarrús,  tuvo mucho que ver en la caída de Robespierre. Por entonces, su pareja era el temido Tallien y a él apeló para que la sacara de la prisión. Éste, no viendo otra manera de derrotar a Robespierre, le acusó de tirano ante el Comité de Salud Pública. Esto provocó su inmediato arresto y su posterior ejecución. De ello, ya hablé en otro de mis artículos.
Cuando  Josephine salió de la cárcel, se dio cuenta de que estaba completamente arruinada, porque  le habían incautado todos sus bienes. Gracias a ayudas y préstamos de algunos amigos, consiguió poder empezar otra vez. De momento, vivió una temporada en casa de su cuñada.
Más adelante, conoció al revolucionario Paul Barras, presidente de la Convención, y se hicieron amantes. Es posible que su antigua compañera en la cárcel, Teresa Cabarrús, fuera quien le presentara a Barras, que, por entonces, era un político en alza.
Dicen que Barras fue quien firmó la orden para que ella saliera de la cárcel. Así que ella le
devolvió el favor presentándole a algunos de sus amigos, que eran masones, cosa que le sirvió para ascender dentro de la política.
Precisamente, en esa época, hubo un trio de mujeres al que llamaban “las maravillosas”, por ser las más admiradas y elegantes. Lo formaban Madame Recamier, Teresa Cabarrús y ella.
En 1795, Napoleón,  empezó a frecuentar el círculo de Barras y allí conoció a Josephine. Por entonces, ella ya había cumplido los 32, mientras que él sólo tenía 26 años.
Parece ser que la seducción fue mutua. Además, ella fue la que le infundió la confianza necesaria para que el militar llegase muy arriba. Así que enseguida le propuso matrimonio.
Por el contrario, a la muy conservadora familia de los Bonaparte, no le hizo mucha gracia que su hijo se fuera a casar con ella. No obstante, tuvieron que tragar saliva y asistir a su boda.
Curiosamente, aunque el padre de Napoleón fuera notario en Córcega, él no tenía un certificado de nacimiento. Así que dispuso del de su hermano José y se puso un año más de los que tenía.
Como Napoleón siempre impuso sus deberes militares sobre todo lo demás, su viaje de bodas sólo duró dos días, ya que le llamaron para que acudiera rápidamente al frente. No hay que olvidar que, por entonces, Francia, estaba siendo atacada en todos los frentes.
Él partió a combatir en el frente de Italia, donde, gracias a sus victorias, ganó una gran popularidad entre el pueblo francés. No obstante, a él se le veía muy enamorado y le escribía todos los días desde su cuartel general en Niza.
Parece ser que ella no estaba por la labor de visitarle y mataba el tiempo con sus amoríos con otros jóvenes oficiales, como un tal Hyppolyte Charles. Incluso, para evitar el viaje, quiso simular que se había quedado embarazada.
Ante las amenazas de Napoleón de dejar el frente y volver con su esposa, porque sospechaba que estaba con otros, el mismo Barras tuvo que convencerla a fin de que le visitara en su cuartel general en Italia.
Cuando ella regresó a Francia, él se enteró de lo que estaba ocurriendo. También de que ella era muy derrochadora y estaba gastando mucho dinero en decorar su casa de la Malmaison.
Parece ser que, durante la campaña de Egipto, tras las amenazas de divorcio, ella cambió radicalmente y se empezó a comportar como una esposa normal. Sin dar mayores escándalos.
En 1799, Napoleón, dio el famoso golpe del 18 de Brumario, por el que se quedó como único cónsul de la República. Parece ser que ella calificó esa etapa, que duró 5 años, como la más dichosa de su vida.
No obstante, la familia Bonaparte, estuvo continuamente intrigando a fin de convencer a Napoleón para que se divorciara de ella.
También hay que decir que Napoleón también le fue infiel en diversas ocasiones. La más importante fue con la joven condesa polaca María  Walewska, que le dio un hijo. Nacido en 1807.
En 1804, tras la llegada del Imperio, la incapacidad de Josefina para darle un hijo fue esgrimido como el motivo fundamental a fin de intentar convencerle para que pidiera el divorcio.
Los miembros de la familia del emperador seguían teniéndole la misma manía. Precisamente, la madre de Napoleón se negó a ir a su coronación, aunque aparezca pintada en el cuadro encargado a David.
Incluso, dos de las hermanas Bonaparte, que fueron encargadas de llevar la larga cola del vestido de Josephine, lo soltaron de repente y estuvieron a punto de hacerla caer en el suelo de la catedral.
Parece ser que la mayor afición de Josefina era la jardinería. Incluso, llegó a plantar, por primera vez en Francia, unas doscientas plantas, traídas de todas las zonas del globo. Eso ya lo comenté en otro artículo dedicado a su palacio de la Malmaison.
Por supuesto, siguió comprando muchos vestidos y joyas. No obstante, también hay que decir que el mismo Napoleón le exigía que estuviera siempre muy elegante y adornada con muchas joyas.
En 1809, por fin venció la familia Bonaparte. Consiguieron que Napoleón y Josefina se divorciaran. Como he dicho, el motivo alegado fue la imposibilidad de poder darle un heredero. Todo ello, a pesar de que eran una pareja muy compenetrada y parece ser que se querían mucho. Lo aceptaron como un servicio para el Estado y ella se retiró a vivir a su palacio de la Malmaison.
Posteriormente, la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, sobrina-nieta de María Antonieta,  y el nacimiento de un heredero, fueron apartando a Josefina de la mente del emperador.
En 1813, cuando se veía claro que la caída de Napoleón era inminente, recibió una carta de Josefina, compadeciéndose de él y recordándole su amor. Realmente, nunca dejaron de escribirse, aunque ya estuvieran divorciados y vivieran muy alejados el uno del otro.
Al año siguiente, la derrota del emperador, provocó su primer exilio en la isla de Elba. Allí recibió la triste noticia de que Josefina había muerto el 29 de mayo a causa de una neumonía.
Sin embargo, se dice que ella murió de pena, en su palacio de la Malmaison, al ver dónde habían acabado Napoleón y su imperio.
Aunque no logró tener descendencia con Napoleón, en cambio, los dos hijos habidos de su anterior matrimonio sí que tuvieron descendencia.
Así, entre los descendientes de su hija Hortense están Napoleón III. Entre los descendientes de su hijo, Eugene, están las dinastías reales de Suecia y Dinamarca. También se pueden considerar descendientes de esta emperatriz a las dinastías reinantes en Bélgica, Noruega, Grecia, Mónaco y Luxemburgo.
Curiosamente, una nieta de Josephine casó con el rey de Suecia. Hijo de una antigua prometida de Napoleón, la famosa Desirée, esposa del mariscal Bernadotte. A la que dejó Napoleón para casarse con Josephine.
Aparte de ello, también me gustaría deciros que, a pesar de no haber tenido, en un principio, una formación muy parisina, más tarde, nuestro personaje, revolucionó el mundo de la moda. De hecho, al mismo tiempo que su marido ganaba batallas, ella creaba tendencias. Por ejemplo, seguro que muchas mujeres le agradecieron que pusiera de moda los vestidos sueltos, para olvidarse de los apretados corsés.
Para terminar este artículo, os contaré una cosa curiosa. Todos sabemos que Napoleón volvió de su exilio en la isla de Elba e intentó recobrar su imperio. Esta etapa acabó trágicamente, tras la batalla de Waterloo y su nuevo exilio en Santa Elena.
En aquella época, en el Reino Unido, estaba muy de moda, entre las gentes pudientes, que les quitaran sus piezas dentales en mal estado y les pusieran otras, de cuya procedencia ni se atrevían a preguntar. Parece ser que, normalmente, procedían de los reos ejecutados en suelo británico.
Pues bien, como siempre se ha dicho que, en el fondo, la guerra, muchos la han visto como un negocio, pues los 40.000 muertos, que se produjeron en esa batalla, fue toda una bendición para las gentes que se dedicaban al gremio relacionado con los antiguos dentistas.
Desgraciadamente, como la mayoría de las víctimas de esta batalla eran chicos jóvenes, se supone que sus piezas dentales estaban todavía en perfecto estado y fueron convenientemente aprovechadas por muchos ciudadanos británicos que demandaban estos productos.
Evidentemente, esto dio lugar a que mucha gente se contagiara de las enfermedades que padecían algunos de los fallecidos, como la temida sífilis.