ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 17 de enero de 2017

ALFONSO XI EL JUSTICIERO



Como ya comenté anteriormente, tenía pensado hacer varios artículos sobre la decadencia de la monarquía castellana y el ascenso de los nobles de ese reino al poder. Así que, supongo, más de uno estaría esperando que ahora le tocara el turno a este monarca.
Nuestro personaje de hoy fue llamado Alfonso XI. Nació en 1311 y también tuvo un reinado muy poco tranquilo. Al igual que  les ocurrió a sus inmediatos antecesores en el trono.
Como ya mencioné en mi anterior artículo, su padre, Fernando IV, murió muy joven y él sólo tenía 1 año, cuando se produjo ese fallecimiento.
Su tío, el infante Pedro, no perdió el tiempo y, en Jaén, en el mismo sitio donde había donde había muerto su padre, le proclamó rey.
Algún tiempo después, se empezaron a ver las luchas por el poder. Todos querían ser regentes del rey. Supongo que para poder robar impunemente, que es lo que mejor sabían hacer.
Otra vez, comenzaba esa disputa. Se repetían los mismos nombres de los nobles. Tenemos a los infantes Pedro y Juan, el infante Felipe, don Juan Manuel y Juan Núñez de Lara.
La cosa llegó hasta el punto de entrar en Ávila, donde se hallaba el pequeño rey, pues se hallaba custodiado en la iglesia de San Salvador, y querer llevárselo secuestrado. Algo que impidió el obispo de esa ciudad, encerrándose con el chico en su catedral.
Así que, como siempre, doña María de Molina, que empieza a ser para muchos de nosotros como de la familia, tuvo que poner orden y alejar a esta gente de la ciudad.
En 1313, en Palencia, se llegó a un acuerdo para crear un grupo, que lo formarían los tutores del pequeño. En el mismo estaban su madre, la reina Constanza; su abuela, María de Molina; el infante Juan, hermano de Sancho IV y, por fin, el infante Pedro, hermano de Fernando IV.
Realmente, las luchas por el poder se concentraban en dos bandos. En uno estaba el infante Pedro y en el otro, el infante Juan. Por supuesto, cada uno estaba compuesto por miles de seguidores.
Como ya veremos, este acuerdo no tuvo mucho futuro. Para empezar, Constanza, su propia madre, también murió muy joven, pocos meses después y con sólo 23 años.
Entre los tutores, se formaron dos bandos. En uno de ellos estaban María de Molina y su hijo Pedro, que serían los tutores del rey, pero sólo en los territorios que les obedecían. Mientras que el infante Juan sería el tutor del niño en sus territorios. Esto fue lo acordado en las cortes celebradas, ese mismo año,  en Palencia.
En 1314, tras el fallecimiento de la reina Constanza, se celebró una reunión en Palazuelos, en la que se acordó la entrega del niño en custodia a su abuela, María de Molina. Posteriormente, ambos fueron a residir a Toro (Zamora).
Más o menos, la situación había quedado controlada y así estuvo hasta que en 1319 sucedió un hecho inesperado.
El infante Pedro estaba guerreando, como todos los años, en territorio del reino de Granada. En aquella época, las guerras solían hacerse sólo en primavera y verano, porque el resto del año hacía demasiado frío y los caminos estaban llenos de barro. Imposibles para hacer avanzar a los carros.
Otra de las cosas que solían hacer, tanto los cristianos como los musulmanes, era algo que estos últimos  llamaban aceifas. Consistía en esperar a que los campos dieran sus frutos para desplazarse hasta el territorio enemigo y robárselos, aparte de quemarles las cosechas que no pudieran llevarse consigo. Eso lo solían hacer casi todos los años.
Así que, esta vez, al infante Pedro, se le unió su tío el infante Juan, llamado el de Tarifa. Es curioso que este último se apuntara a luchar contra los moros, porque siempre se había llevado muy bien con ellos.
No obstante, parece ser que se rumoreaba que el infante Pedro pretendía conquistar él solo Granada y, evidentemente, su tío, no podía permitir que esa gloria se la llevara solamente su sobrino.
Lo cierto es que el infante Juan, con sus tropas, se unió a las fuerzas de Pedro, aunque atacaron por dos sitios diferentes.
Como era de esperar, saquearon y mataron a todo el que les dio la gana y, cuando ya iban con un botín más que suficiente, el infante Juan, recomendó retirarse.
Sin embargo, el ejército granadino, que les estaba buscando, al enterarse de que se retiraban, atacó la retaguardia de las tropas cristianas y les causó muchas bajas.
El infante Pedro, que iba a la vanguardia de las tropas, intentó que sus hombres se dieran la vuelta para ayudar a las tropas de su tío, pero no lo consiguió. En la confusión del momento, el infante cayó herido y murió, posteriormente.
Su tío, al conocer la noticia, parece ser que le dio una especie de ataque, que le dejó paralizado. Siendo evacuado a lomos de un burro.
No obstante, el desastre fue tan grande que, en la oscuridad de la noche, perdieron el cuerpo del infante Juan, que también murió y, unos días más tarde,  tuvieron que pedir la colaboración de los moros, para que lo buscaran y se lo entregaran.
Evidentemente, tras este desgraciado suceso, volvieron las luchas de poder, para cubrir las plazas vacantes como tutores del rey.
Esta vez, los principales candidatos fueron el infante Felipe, tío del niño; Juan el tuerto, hijo del infante Juan el de Tarifa, y el famoso escritor don Juan Manuel.
En 1321, se convocaron unas nuevas cortes en Palencia, donde, entre otras cosas,  se iban a decidir los nombres de los nuevos tutores.
Lamentablemente, María de Molina, que era la que había convocado estas cortes, y ya era muy anciana, murió durante el camino y esa reunión no pudo celebrarse.
La situación, cada vez, se tornaba más violenta. Se vivía en una anarquía constante. Cada señor feudal hacía la guerra por su cuenta. El pueblo, absolutamente empobrecido, se dedicaba a mendigar o a robar.
Incluso, muchos de ellos, hartos ya de esa situación, emigraron a Portugal y a Aragón. Esto empobreció aún más al reino.
Para intentar acabar con esta situación, en 1325, cuando el niño cumplió 14 años, se convocaron Cortes en Valladolid, las cuales le declararon mayor de edad.
Alfonso XI nombró como consejeros a Garcilaso de la Vega (no se trata del célebre escritor) y a Alvar Núñez de Osorio, que se convirtieron en sus validos.
En el nuevo reparto no les había tocado nada a don Juan el tuerto y don Juan Manuel, así que, como de costumbre, se reunieron para confabular contra el nuevo monarca. Seguramente, para sellar mejor esta alianza, don Juan Manuel, le otorgó a don Juan la mano de su hija Constanza.
Esta vez, los consejeros del rey, adivinaron la jugada y le pidieron a don Juan Manuel la mano de Constanza para el soberano.
Como estos tipos no tenían moral de ningún tipo, aunque el padre ya había otorgado la mano de su hija a don Juan el tuerto, inmediatamente, cambió de opinión y se la dio al rey. Lógicamente, el rey premió a don Juan Manuel con unos cuantos terrenos.
Juan el tuerto tampoco había perdido el tiempo. Se entrevistó con Alfonso IV de Aragón y éste le cedió la mano de su nieta, Blanca, hija del futuro Pedro IV el ceremonioso. Así que su poder fue en aumento.
No obstante, don Juan el tuerto, viendo que el nuevo rey había ordenado ejecutar a todos los salteadores de caminos y demás gente que ejerciera la violencia en su reino, intentó pasarse a su bando. Sin embargo, don Juan Manuel, le advirtió a su yerno de que estaba tramando algo contra él.
Así que, en 1326, se reunieron el monarca y don Juan el tuerto en la ciudad de Toro. Tras esa entrevista, el rey, ordenó que dieran muerte a don Juan y a los caballeros que le acompañaban. También ordenó que la mayoría de las propiedades del asesinado pasaran a su consejero Núñez Osorio.
También, Alfonso XI, para dar una muestra de su talante, dio orden de atacar el castillo de la localidad vallisoletana de Valdenebro, el cual se sabía que estaba habitado por bandidos. Una vez tomado, ordenó que asesinaran a todos sus moradores. Supongo que el resto de los salteadores de caminos, que abundaban en Castilla, tomaron buena nota de este suceso.
Lo cierto es que el mencionado matrimonio entre el rey y Constanza, aunque se produjo a finales de 1325, nunca se consumó, pues la novia era muy pequeña.
Así que, en 1327, el rey consiguió que se anulase ese enlace para casarse con la infanta María, hija de Alfonso IV de Portugal.
Lógicamente, esta decisión no gustó nada a don Juan Manuel. Así que se apartó del rey e intentó aliarse con los reyes de Aragón y de Granada, para hacer una guerra contra Alfonso XI.
Desgraciadamente, este rey tampoco dispuso de unos consejeros de su entera confianza. Se les acusaba de abusar del pueblo.
En una ocasión en que Garcilaso de la Vega fue enviado a Soria, estando oyendo misa, fue asesinado allí mismo.
Mientras que el comportamiento de Núñez Osorio también dio lugar a que una serie de ciudades se rebelaran contra el rey. Para deponer su actitud, le exigieron al monarca que cesara a su valido y le quitara todos los honores que le había dado.
Al rey no le quedó más remedio que hacerlo. No obstante, como luego vio que su antiguo valido se quería pasar al bando de don Juan Manuel, ordenó que lo asesinaran.
Por otra parte, el rey, pactó la boda entre su hermana y Alfonso IV de Aragón. De esa manera, consiguió que don Juan Manuel se quedara aislado y tuvo que volver con el monarca.
Una vez que consiguió pacificar el reino, puso sus miras en la Reconquista. También, el rey de Granada, al ver que Alfonso XI iba esta vez en serio, pidió ayuda a los benimerines. Gracias a ellos, en 1333, consiguió tomar Gibraltar.
En 1337, Alfonso XI, formó una gran alianza para intentar culminar esa gran  empresa de la Reconquista. Supo atraer a su bando a los reyes de Aragón, Portugal y Navarra. También dispuso de una escuadra de Génova y de contingentes terrestres venidos de Inglaterra y de Alemania.
En 1340, gracias a esa gran cantidad de efectivos terrestres, alcanzaron una importante victoria en la famosa batalla del Salado.
Tras varios años de lucha, en 1344, consiguieron tomar Algeciras, que era el puerto que solían utilizar los musulmanes para traer refuerzos de África.
En 1349, los cristianos, se dispusieron a intentar reconquistar Gibraltar. Desgraciadamente, un año antes, había llegado una terrible plaga a la Península Ibérica. Se trataba, nada menos, que de la famosa Peste Negra.
Así que esta enfermedad llegó hasta el campamento cristiano y produjo una gran cantidad de muertos. Entre ellos, el propio Alfonso XI, que murió, con sólo 39 años, en marzo de 1350.
Lo más positivo de su reinado es que fue capaz de pacificar el país a base de castigar duramente a los salteadores de caminos. De esa forma, tampoco, los nobles,  se atrevieron a seguir utilizando la violencia contra el pueblo.
También es preciso decir que el reinado de este monarca no le dio estabilidad a la corona, sino todo lo contrario.
Como ya mencioné anteriormente, había casado con una hija de Alfonso IV de Portugal. Esta le dio dos hijos.
 El primero murió muy pronto, mientras que el segundo fue el futuro Pedro I, llamado el cruel. Lo cierto es que la reina tardó varios años en quedarse embarazada.
En sus correrías por Andalucía, Alfonso XI, conoció a una dama noble y que tenía fama de ser muy hermosa. Se llamaba Leonor de Guzmán. Aunque la conoció cuando ella sólo tenía 19 años, ya era viuda y también era un año mayor que el soberano.
Así que, de estos amores, el rey llegó a tener un hijo, un año antes de que quedara embarazada su mujer.
Esto hizo que Leonor fuera siempre la favorita del rey y que la reina viviera sola con su hijo en un palacio de Sevilla, sin que el rey les hiciera ningún caso.
Tampoco los demás les hacían caso, porque, como todos sabían que el rey le daba todos los caprichos a Leonor, pues todos se acercaban a la favorita para pedirle algo.
Esa relación duró muchos años y Leonor le dio nada menos que 10 hijos al rey. Sólo acabó con la muerte de éste.
Uno de esos hijos  llegaría a ser rey con el nombre de Enrique II, aunque, para ello, tuvo que matar a su hermanastro, Pedro I.
Tras la muerte de Alfonso XI y la llegada de Pedro I al trono, a Leonor, las cosas le fueron de mal en peor.
Fue apresada, cuando acompañaba a la comitiva fúnebre de Alfonso XI, camino de Sevilla. La encerraron en distintas prisiones, hasta que, en 1351, María la madre de Pedro I, dio la orden para que la mataran en Talavera de la Reina.

domingo, 8 de enero de 2017

FERNANDO IV EL EMPLAZADO



Nuestro personaje de hoy, el rey Fernando IV, nació en Sevilla en 1285. Sus padres fueron el rey Sancho IV y María de Molina, nieta de Alfonso IX de León.
Como ya dije, en el artículo dedicado a su padre, Fernando, sólo tenía 9 años, cuando falleció prematuramente Sancho.
En esa época, era habitual que el rey enviara a los herederos a la Corona  a educarse en casa de unos nobles de confianza. Así que a Fernando, desde muy joven, le mandaron a residir con sus tutores a Zamora.
Su padre, apenas tuvo tiempo para negociar una buena boda para él y para su reino. Así que, cuando murió, aún no estaba decidido ese tema.
A partir de la muerte del monarca, todo fueron dificultades para su familia. La primera fue darles legitimidad a sus hijos, porque, como ya comenté en el mencionado artículo, los Papas, no querían reconocerlo, porque los reyes tenían un parentesco muy cercano.
Dicho de una forma menos sutil. No lo querían reconocer, porque esta pareja no pasó, previamente, por caja. Años más tarde, María de Molina, pagó lo estipulado y todo se arregló al instante, de una forma casi “milagrosa”.
Al no poder ser  considerado Fernando como hijo legítimo, legalmente, tampoco se le podía considerar  heredero al trono de Castilla y León.
Así que, por todas partes, surgieron rebeliones de todo tipo. Uno de los rebeldes fue un conocido nuestro, el infante Juan de Castilla, ese que trajo a los benimerines a la Península.
Por cierto, creo que en ese artículo no quedó aclarado que, según parece,  el infante Juan fue el que capturó a Pedro, el hijo de Guzmán el Bueno.
Posteriormente, lo asesinaron. Le cortaron la cabeza y la lanzaron dentro del castillo, donde estaban sus padres, por medio de una catapulta.
El asedio fracasó y el infante Juan tuvo que huir y refugiarse con sus aliados, en el reino moro de Granada
Por otra parte, conviene no olvidarnos de los famosos infantes de la Cerda, que resurgieron como el ave fénix “de sus cenizas”. Siguieron teniendo el apoyo de Francia. Incluso, Portugal y Aragón se sumaron a la tarea de desestabilizar el reino de Castilla y León.
Estas sublevaciones fueron tan importantes que el infante Juan llegó a proclamarse en León rey de León, de Sevilla y de Galicia. Mientras que Alfonso, el mayor de los infantes de la Cerda, fue proclamado en Sahagún, rey de Castilla y de varios lugares más de la Península.
Realmente, todos los reinos fronterizos se decidieron por atacar a Castilla y León, pensando que, en ese momento en que no había un rey adulto en el trono, el reino sería más vulnerable y podrían arrebatarle algunos territorios. Evidentemente, se equivocaron.
No obstante, eso de ver posibles rebeliones por todas partes, como luego veremos, fue algo que le persiguió durante toda su vida al rey Fernando IV.
La situación cada vez se tornaba peor para María de Molina, que se hallaba con su hijo Fernando en Valladolid. Los sublevados se enteraron de que estaba allí y se dirigieron a esa ciudad para asediarla.
La reina tomó la decisión de enviar un escrito al rey portugués, informándole que, si atacaba esa ciudad y otras de su reino, suspendería las conversaciones para la negociación del matrimonio de Fernando con una de sus hijas.
Parece ser que esto produjo el efecto deseado, porque,  el rey portugués, al leer este mensaje, se dio la vuelta y regresó a su país. También, Juan se fue a León y Alfonso de la Cerda volvió a refugiarse en Aragón.
Al año siguiente, en 1297, la reina firmó el Tratado de Alcañices con el rey de Portugal. Por medio de este documento se trazaron las fronteras entre España y Portugal y lo hicieron de una forma casi definitiva, porque apenas se han modificado desde entonces. Aparte de ello, se acordó la cooperación entre ambos monarcas para el caso de que alguien de sus reinos quisiera  disputarles su derecho al trono. Ya podemos suponer por qué pusieron esta cláusula.
Precisamente, María, para poder llevar a cabo la boda entre Fernando IV y la hija del rey de Portugal, más la de otra de sus hijas con el heredero portugués, convocó, en 1301, unas Cortes en Burgos, donde consiguió que aprobaran la cantidad necesaria para que el Papa legitimara su boda y sus hijos.
No fue tan fácil como podría parecer, en un principio, pues, el reino, tras varios años de guerras, se hallaba en un estado calamitoso y el hambre y las enfermedades se daban por todas  partes.
Lo cierto es que lo consiguió y ese fue un momento de una importancia trascendental. Se le pagó al Papa y éste reconoció el matrimonio, los hijos del mismo y hasta dio su consentimiento para el matrimonio de Fernando con la Constanza, la hija del rey de Portugal.
Casualmente, el rey Dionis de Portugal, era nieto, por parte materna de Alfonso X el Sabio. Así que Fernando IV y Constanza eran también parientes cercanos. En este caso, por lo que se ve, las monedas de oro deslumbraron al Papa y le hicieron mirar hacia otro lado.
Así que, a partir de ese momento,  muchas de las reivindicaciones de los sublevados se borraron de un plumazo y Fernando encontró el camino libre para poder ser proclamado rey.
Otra de las habilidades de María de Molina fue apoyarse en las Hermandades de los municipios, para poder hacer frente al poderío de los nobles.
A partir de entonces, viendo que la regente no tenía pensado ejercer una represión sobre los sublevados, la mayoría
de ellos se pasó a su bando.
Concretamente, el infante Juan, fue a Valladolid a rendir pleitesía, como vasallo del rey Fernando y, por ello, se le dieron nuevas tierras y las rentas de las mismas.
Las reivindicaciones de Alfonso de la Cerda fueron acalladas a base de pagarle unas rentas a cambio de la renuncia de sus derechos.
En 1301, al llegar el rey a su mayoría de edad, éste se encontró con un reino totalmente pacificado. Sin embargo, los infantes Enrique y Juan, junto con los de la importante familia de los Lara, a partir de ahora, se dedicaron a enemistar al rey con su madre.
La cosa llegó al punto que el rey ordenó que se le rindieran cuentas sobre las finanzas administradas por ésta.
Una vez revisadas las cuentas, se demostró que, no sólo lo había hecho con mucho acierto, sino que había tenido que vender sus propias joyas para hacer frente a los gastos de esas guerras.
En aquella época, donde los nobles solían comer en platos fabricados en plata, ella lo hacía en platos de barro, como la gente del pueblo.
La verdad es que el rey siempre fue un chico enfermizo y consentido. Aparte de tener muchas manías.
Estas fueron utilizadas con mucha maestría por los nobles, que se dedicaron siempre a influir sobre el rey a fin de predisponerlo, con falsas acusaciones, hacia el bando contrario. Parece ser que nunca más pudieron predisponerlo contra su madre que fue el verdadero “cerebro gris” de su reinado.
En una ocasión, los nobles,  se atrevieron a proponerle a María que participara en un plan para deponer del trono a Fernando.
Este plan consistía en casar a una hija de María con Alfonso de la Cerda y proclamarle rey de León. Mientras que Pedro, hermano de Fernando, se casaría con una hija de Jaime II de Aragón. Evidentemente, María, se negó a aceptarlo.
En 1302, se pudo celebrar ya la boda entre Fernando IV y Constanza, hija del rey Dionis I de Portugal.
En 1304, se consiguió firmar una paz duradera con Jaime II de Aragón, al perfilar definitivamente la frontera entre ambos reinos.
Durante su reinado hubo multitud de problemas internos. Uno de los más sonados fue la reivindicación del infante Juan para que el rey intercediera a fin de que su mujer tomara posesión del Señorío de Vizcaya, en lugar de Diego López V de Haro. Este pleito duró varios años.
En 1307, cuando el rey se hallaba asediando una pequeña ciudad, que había sido ocupada por un noble rebelde, recibió un mensaje del Papa Clemente V, donde le ordenaba que confiscara todo el patrimonio de la Orden del Temple en su reino y lo mantuviera bajo su custodia, hasta que se le indicara qué hacer con ello. Eso fue lo que hizo.
En 1308, Rodrigo Yáñez, maestre del Temple en Castilla y León, entregó algunas de sus fortalezas al infante Felipe, hermano del rey. Algo que no gustó nada al infante Juan. Así que, en el futuro,  los templarios entregarían sus castillos directamente al rey.
En 1309, los  monarcas de Castilla y Aragón se reunieron en Alcalá de Henares a fin de coordinar sus esfuerzos para luchar contra el rey de Granada. De hecho, Fernando IV, siempre estuvo muy interesado en continuar la labor de la Reconquista.
La campaña estuvo muy bien organizada y obtuvo todas las bendiciones y hasta apoyo financiero por parte del Papa.
Intervinieron en ella caballeros de varios países. También Aragón, que aportó su Armada, además de tropas terrestres. Incluso, Portugal, que desplazó unos cientos de caballeros.
Los objetivos de los reyes eran la conquista de Almería, por parte de Aragón. Mientras que de Algeciras y Gibraltar, se ocuparía Castilla.
Ciertamente, muchos caballeros no estaban muy contentos con el desarrollo de esta expedición, pues, más que la conquista, buscaban el saqueo del territorio enemigo.
Así que, cuando ya llevaban un tiempo asediando Algeciras, desertaron del campo cristiano el infante Juan, don Juan Manuel y algunos caballeros más, argumentando que el rey no les había pagado unas deudas.
A raíz de esto, un año más tarde. El rey dio orden de matarlo, pero el infante Juan fue advertido a tiempo y pudo huir a refugiarse en una fortaleza. Posteriormente, la madre del rey, le convenció para que no lo matara.
Lo cierto es que el único triunfo importante que obtuvieron en esa contienda fue la conquista de la estratégica plaza de Gibraltar. Así que en  1310, firmaron un tratado de paz con Granada.
En abril de 1311, el rey, empezó a dar muestras de que también padecía la tuberculosis. La misma  enfermedad de la que murió su padre.
Los nobles comenzaron a reunirse, pues los reyes no habían tenido ningún heredero varón y eso era muy preocupante.
Afortunadamente, por fin, en agosto de ese mismo año,  la reina dio a luz y esta vez se trataba de un varón, que sería el futuro Alfonso XI.
Hubo unas pequeñas discusiones entre los padres, pues Fernando IV era partidario de que el niño fuera criado por su madre, María de Molina. Mientras que la reina Constanza, prefirió que la custodia del niño la tuviera el infante Pedro, hermano del rey. Esta vez, la reina, se salió con la suya.
No obstante, en el otoño de 1311, se descubrió una conjura protagonizada por los actores habituales. O sea, el infante Juan, Juan Núñez de Lara y Lope Díaz de Haro, para deponer a Fernando IV y colocar en el trono a su hermano Pedro. Afortunadamente, fracasaron en el intento.
Así y todo, los nobles importantes del reino, encabezados por el infante Juan, le hicieron una especie de plante, obligándole a que los admitiera en su consejo privado. Cosa que tuvo que hacer el rey.
A finales de 1311, se volvieron a reunir en Calatayud los reyes de Castilla y Aragón. Entre otras cosas, acordaron volver a guerrear contra Granada, pero, esta vez,  cada uno por su cuenta.
Posteriormente, Fernando, reunió unas Cortes en Valladolid, las cuales aprobaron una serie de impuestos para financiar esa nueva guerra.
No obstante, el soberano, aprovechó para que se aprobasen también una serie de medidas con objeto de reorganizar toda la Administración y asegurarse de que su poder estaría por encima del de los nobles del reino.
En el verano de 1312, se produjo el episodio por el que es más conocido este rey. Parece ser que Juan de Benavides, uno de los secretarios del monarca, fue asesinado en Palencia y de este delito fueron acusados los hermanos Pedro y Juan Carvajal. Siendo ambos caballeros de la Orden de Calatrava. Esta familia era originaria de Valencia de don Juan, en León. También los Benavides procedían de esa zona de España.
Parece ser que, desde el principio, las sospechas fueron hacia ellos por este crimen, porque todo el mundo sabía que los Benavides y los Carvajal siempre se habían llevado muy mal. Incluso, algunos miembros de estas dos familias, en el pasado, habían dirimido sus diferencias mediante duelos a muerte. Curiosamente, durante la Reconquista, ambas familias se asentaron en la zona de Baeza (Jaén).
Posteriormente, en agosto y estando el rey en el pueblo de Martos, estos dos hermanos fueron capturados. Allí, el rey los juzgó y los condenó a muerte, sin haberles dejado defenderse. Según parece, la ejecución se llevó a cabo, ante la presencia del monarca, y de una manera horrenda.
Se encerró a ambos en una jaula de hierro, con puntas muy afiladas en su interior y se la echó a rodar desde lo alto de una colina situada en esa ciudad.
Parece ser que los condenados defendieron su inocencia hasta el último minuto y luego le emplazaron al rey a que muriera en un plazo de 30 días, para responder ante Dios por este hecho.
Efectivamente, el rey murió justo un mes después en el castillo de Jaén. Curiosamente, nadie le vio morir, porque el monarca se fue a dormir la siesta y, cuando fueron a despertarle, lo encontraron ya muerto en su cama.
Así que esta vez, el reino, se quedaba sin monarca y con un heredero que sólo tenía un año de edad. O sea, más difícil todavía.
Inicialmente, el monarca fue enterrado en la Mezquita y Catedral de Córdoba. Varios siglos después, sería trasladado a otra iglesia de la misma ciudad.
Los cadáveres de los hermanos Carvajal fueron enterrados en la iglesia de Santa Marta de la ciudad de Martos, en Jaén. En esa ciudad existe un monumento en forma de pilar con una cruz, llamado la Cruz del Lloro, donde, según la tradición, fue el lugar donde paró de rodar la jaula con los dos cadáveres dentro.
Algunos autores afirman que, desde entonces, el escudo de los Carvajal, compuesto por una banda negra, que lo atraviesa desde la parte superior izquierda a la inferior derecha, sobre un fondo amarillo, anteriormente era roja, pero se cambió de color, en señal de luto perpetuo por este desgraciado hecho.
Curiosamente, en el caso de los famosos jefes del Temple, que fueron quemados en París, también emplazaron a los que les habían llevado a la hoguera a comparecer en el plazo de un año ante Dios y eso fue lo que ocurrió.

domingo, 1 de enero de 2017

SANCHO IV EL BRAVO



Siguiendo con el ciclo dedicado a los reyes castellanos, que comencé con la figura de Alfonso X el Sabio, hoy me voy a ocupar de otro de ellos.
En este caso, se puede aplicar ese dicho de que detrás de un hombre importante siempre hay una gran mujer. Eso es así, porque, como veréis, casi nadie se acuerda de este rey y, sin embargo, a todos nos suena el nombre de su esposa. Posiblemente, más adelante, le dedicaré un artículo exclusivamente a ella.
Nuestro personaje de hoy, Sancho IV el Bravo, nació en 1258 en Valladolid.
Sus padres fueron Alfonso X y su esposa, la reina Violante, la cual era hija del gran rey Jaime I el Conquistador. Hay que reconocer que Sancho perteneció a una gran estirpe.
En un principio, Sancho, no iba a heredar el trono, pues para eso estaba su hermano mayor, Fernando, llamado el de la Cerda.
En 1275, cuando su hermano Fernando se dirigía, con sus huestes, a enfrentarse contra los musulmanes, hizo una parada en la actual Ciudad Real.
Ese lugar era el punto de cita, donde habían acordado reunirse todas las fuerzas castellanas y leonesas para, posteriormente, encaminarse hacia el territorio dominado por el enemigo.
De repente, Fernando, se sintió mal y por alguna enfermedad, que sigue siendo desconocida al día de hoy, murió súbitamente, con sólo 19 años y sin que los médicos pudieran hacer nada por él.
Así que Sancho, que sólo tenía 17 años,  tomó el mando de esa expedición y les propinó una contundente derrota a los musulmanes. Esto le dio una enorme popularidad. Sobre todo, de cara a los nobles.
En esta misma operación, también utilizó a la flota castellana y se dice que los convoyes musulmanes, que estaban navegando por el Estrecho para traer refuerzos, al verla, se dieron, inmediatamente,  la vuelta hacia los puertos de donde habían partido.
Aunque, a primera vista, se podría pensar que esta victoria llenaría de júbilo a Alfonso X, la cosa no fue así. Este acontecimiento fue el comienzo de las malas relaciones entre el rey y su hijo. Todo ello se basaba en una diferente interpretación de la Ley.
Por una parte, el Derecho que siempre había estado vigente en Castilla, indicaba que, a la muerte del heredero, los derechos pasarían al siguiente hijo varón.
Sin embargo, en el nuevo Código de las Siete Partidas, que acababa de promulgar Alfonso X y que se basaba en el Derecho Romano, la sucesión debería recaer en el primogénito de los dos hijos de  Fernando.

Así, Alfonso X, se encontró atacado a la vez por dos “frentes”. Por una parte, vería que Sancho podría ser un buen heredero y se lo había ganado a pulso en sus luchas contra los musulmanes.
Por otro lado, Fernando había estado casado con Blanca, hija de San Luis IX, rey de Francia. Su sucesor, el rey francés Felipe III, que era tío de esos dos jóvenes, le presionó para que nombrara sucesor al mayor de ellos.
De todas formas, parece ser que las relaciones entre Fernando y Sancho no deberían de ser muy buenas, pues, cuando fue elegido heredero, nombró caballeros a sus otros hermanos, menos a Sancho, que se negó a ser nombrado por Fernando.
Me da la impresión de que su padre veía justo que le sucediera Sancho. Sin embargo, para aplacar estas presiones, intentó crear un reino en Jaén, al objeto de cedérselo al hijo mayor de Fernando. Evidentemente, esto no fue del agrado de Sancho y ahí comenzó el enfrentamiento entre ambos.
La mayoría de los nobles a los que nunca les había gustado la forma de reinar de Alfonso, como ya mencioné en otro de mis artículos, se alinearon en el bando de Sancho. Así que al rey sólo le quedaron tres ciudades: Murcia, Badajoz y Sevilla. En esta última murió en 1284.
A la muerte de Alfonso X, su hijo, Sancho, que se hallaba en Ávila, fue a Toledo, para ser proclamado nuevo rey.
Tras este acto, se dio por concluida  la guerra civil. No obstante, todavía le quedaban algunos que se le opusieron. Uno de ellos fue su propio hermano Juan, que solicitaba que se cumpliera la voluntad de su padre, el cual le dejaba, en su testamento, las ciudades de Sevilla y Badajoz. Obviamente, Sancho no hizo ningún caso a esta petición.
También tuvo la oposición de los infantes de la Cerda, ahora protegidos por el rey Alfonso III de Aragón, el cual, en 1288, nada menos que proclamó, en Jaca, a Fernando, el mayor de los infantes, como nuevo rey de Castilla y León.
Se puede decir que la forma de gobierno de Sancho siempre fue muy expeditiva. Incluso, algunos de sus biógrafos dicen que no estaba en su sano juicio.
Por una parte, detuvo a su hermano Juan, que se había aliado con Lope Díaz III de Haro. Al primero lo encarceló, mientras que al segundo lo mandó ejecutar.
Aparte de ello, ordenó una gran represión en las ciudades que habían apoyado a su padre. Esto produjo varios millares de muertos.
De todas formas, creo que debo parar un momento, para aclarar lo ocurrido con Lope Díaz III de Haro. Este noble estaba casado con una hermana de María de Molina. Así que el rey lo nombró para ejercer la privanza en la Corte. Una especie de valido.
Parece ser que Lope acumuló un poder inmenso, pues era una persona con una gran ambición. Incluso, intentó enemistar a los reyes para que Sancho IV se divorciara y se casara con una de sus sobrinas.
Para mayor escándalo, arrendó el cobro de los impuestos del reino a un tipo que era judío y catalán. Incluso, le permitió acuñar monedas de oro y eso no le gustó a nadie.
También las relaciones con Francia fueron objeto de muchas discusiones entre el rey, el infante Juan y Lope. Parece ser que ellos no querían firmar un tratado con Francia, porque así volverían los miembros de la importante familia Lara y les quitarían su puesto en la Corte.
No obstante, el rey, siguiendo el consejo de su esposa, se dispuso a firmar un tratado con Francia. Eso no les gustó nada a los otros dos y empezaron a montar una revuelta contra el monarca.
Por fin, el rey, les citó a ambos en una ciudad para discutir este importante tema. Allí, les expuso sus razones y, ante la enérgica oposición de los otros dos, mandó que los prendieran.
En ese momento, Lope, sacó su puñal y se lanzó contra Sancho. Uno de los guardias reales lo vio y con un golpe de su espada, le cortó de un tajo la mano donde portaba el puñal. Inmediatamente, fue apresado y el propio monarca, que estaba encolerizado,  lo atravesó con su espada, muriendo instantáneamente.
Luego, se volvió hacia uno de los caballeros que acompañaban a Lope y le acusó de haber asolado un territorio real. A éste también lo mató con su espada.
No llegó a matar a su hermano Juan, porque, en ese momento, entró María y le contuvo en su furia. Algo bastante complicado, porque el monarca medía unos 2 metros. Este dato se comprobó al abrir su sepultura.
Unos años antes de haber sido proclamado  rey, nuestro personaje, se había casado con una mujer que ha pasado a la Historia con el nombre de María de Molina.
Entre ellos existía un claro parentesco, pues su padre era hermano de Fernando III el Santo, o sea, que también era tío abuelo de Sancho. Por ello,  concretamente, María, era tía de Sancho.
Este hecho, encendió las alarmas en Roma y, por ello, el Papa, negó continuamente la validez de ese matrimonio a pesar de los ruegos de ambos contrayentes. Hasta el mismo Alfonso X se opuso al mismo. También era urgente que fuera legitimado este matrimonio, porque, en 1285, tuvieron a su primer hijo varón, Fernando.
Posteriormente, en 1301, María llegaría a verlo reconocido, previo pago de una bula pontificia, a pesar de que Sancho había muerto varios años antes.
En 1291, la muerte de Alfonso III de Aragón hizo que su sucesor, Jaime II, cambiara totalmente la política de su reino hacia Castilla. Por ese motivo, ambos monarcas firmaron el tratado de Monteagudo. Mediante el cual, Aragón, apoyaría con su Armada a Castilla en la conquista de Tarifa y, además, Jaime II se casaría con una hija de Sancho IV.
Este acuerdo también dio lugar a que Aragón dejara de proteger, como había hecho hasta entonces,  a los infantes de la Cerda.
Desgraciadamente, esa boda entre el rey de Aragón e Isabel, hija de Sancho IV, nunca fue aprobada por el Papa Nicolás IV. Así que, como nunca fue consumada, porque, en esa fecha, la novia sólo tenía 8 años, tras la muerte de Sancho IV, esa boda fue anulada y la niña volvió con sus padres a Castilla. Posteriormente, se casó con Juan III duque de Bretaña.
Sancho quiso ser magnánimo con su hermano Juan y lo puso en libertad. Sin embargo, éste hizo un trato con los moros, por el que los benimerines volvieron a invadir algunos territorios castellanos. Parece ser que también les había llamado el rey moro de Granada.
No hay que olvidar que Juan estaba casado con una hija de Lope Díaz de Haro, antiguo privado y luego enemigo de Sancho.
Así, en 1294, se dio el célebre episodio de Guzmán el Bueno, que impidió la rendición de Tarifa. Lo narraré brevemente, para el que no conozca este hecho. En su avance,  los moros habían capturado al hijo de Guzmán, señor feudal de esa ciudad,  y le dijeron que, si no
rendía la fortaleza, matarían a su hijo. Él no aceptó el chantaje y, negándose a rendir esa plaza, lanzó, desde las almenas, su propio cuchillo a los moros, para que dieran muerte a su hijo y, según parece, eso fue lo que hicieron.
De esa manera, fracasaron, porque Guzmán pudo aguantar el asedio hasta que llegó la escuadra castellana, y tuvieron que volver a sus bases en el norte de África. Previamente, tuvieron que firmar el acuerdo de Peñacerrada, por el que tuvieron que pagar indemnizaciones por los daños cometidos en la península.
A partir de ahí, los reyes cristianos tuvieron muy bien vigilado el Estrecho, pues era el camino idóneo por el  que los musulmanes recibían rápidamente refuerzos, procedentes del norte de África.
En su obsesión porque el Papa reconociera su matrimonio, envió al abad Gómez García a hablar con el rey de Francia a fin de influir sobre el Pontífice, que tenía buenas relaciones con el monarca francés, porque eran de la misma nacionalidad,  y también para que dejara de apoyar a los infantes de la Cerda.
Parece ser que el famoso rey francés Felipe IV el Hermoso no atendió a esa solicitud, sino que le hizo una contrapropuesta al abad. Esta consistía en que Sancho debería divorciarse de María y casarse con una de las hermanas de ese monarca. Así que el abad no consiguió nada positivo y se volvió a Castilla. Sin embargo, no quiso comentarle la contrapropuesta del rey francés a Sancho.
Se cuenta que Sancho se enteró por otra persona de la respuesta del rey francés. Así que montó en cólera, como era habitual en él,  y ordenó al arzobispo de Toledo que prendiera al abad, lo juzgara, por malversación de caudales públicos, y lo encerrara de por vida.
Parece ser que también se mosqueó, cuando se enteró de que el rey francés le había insinuado al abad, que, si conseguía que Sancho se casara con una de sus hermanas, él influiría en el Papa para que fuera nombrado arzobispo de Santiago de Compostela. Evidentemente, esto tampoco se lo había contado el abad al rey Sancho.
Una de las ilusiones del monarca hubiera sido llegar a dominar la difícil plaza de Algeciras. Sin embargo, la tuberculosis que llevaba tiempo padeciendo, lo estaba matando poco a poco y nunca pudo conseguir ese objetivo.
Así que, como ya se encontraba muy enfermo, se hizo llevar, tumbado en una camilla desde Alcalá de Henares hasta Toledo.
Antes de morir, dictó testamento. En él, encomendaba la regencia del reino a su esposa, María de Molina, y hacía jurar a Juan Núñez de Lara que se haría cargo del heredero, Fernando, que por entonces sólo tenía 9 años, “hasta que le saliera barba”.
En abril de 1295, murió este monarca, con sólo 37 años. Siendo enterrado en la catedral de Toledo.