ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

miércoles, 19 de julio de 2017

LA SOSPECHOSA MUERTE DEL COMANDANTE RAMÓN FRANCO

Nuestro personaje de hoy se llamaba Ramón Franco Bahamonde y, por si hubiera alguna duda, era hermano del general Francisco Franco. La verdad es que no lo parecía, porque cada uno parecía el polo opuesto del otro.
Nació en Ferrol (la Coruña) en 1896 y fue el menor de los hijos del matrimonio formado por Nicolás Franco Salgado-Araujo y su esposa, María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade. Su padre era marino militar, perteneciente al Cuerpo de Intendencia de la Armada, y su madre era ama de casa.
Como suele ocurrir, en el caso de los hijos de militares, todos ellos optaron por la carrera de las armas.
Nicolás, su hermano mayor, ingresó en la Academia Naval, que, por entonces, se hallaba en San Fernando (Cádiz), y luego se hizo ingeniero naval. Francisco, también pretendió ingresar en la Academia Naval y se estuvo preparando para ello. Lamentablemente, no pudo hacerlo, porque en 1906, el vicealmirante Conca, ministro de Marina, cerró esa Academia.
La razón podría estar en que, tras la derrota de la flota española en Cuba, en 1898,  no era necesario aumentar el número de marinos, pues quedaban pocos barcos para navegar.
Así que, para no desperdiciar la formación que ya tenía para ingresar en una Academia militar, Francisco, optó por ingresar en la Academia de Infantería de Toledo y lo consiguió en 1907.
Ramón tomó nota de lo que había hecho su hermano e hizo lo mismo, porque la Escuela Naval Militar no se reabriría hasta 1913. Así que, en 1911, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo.
Todo el mundo podría pensar que Ramón sacó peores notas en la Academia de Toledo, que su hermano Francisco. Al primero, siempre se le ha visto como una persona muy juerguista y al segundo como mucho más serio y estudioso.
Curiosamente, Francisco, sacó un muy discreto número 251 de los 312 oficiales que formaron
su promoción. Sin embargo, Ramón, obtuvo el número 37 de un total de 413 oficiales de su promoción. En esa misma promoción, el futuro general Vicente Rojo sacó el número 2.
De todas formas, hoy en día, nos asombra que su madre se empeñara en que se dedicara al clero, en lugar de optar por la carrera militar, siendo un tipo al que siempre le encantó la juerga. En eso, siempre se pareció mucho a su padre.
Como casi todos los oficiales que salían en aquella época  de las academias militares, fue destinado durante una temporada a Marruecos,  sirviendo en una unidad de regulares.
Enseguida fue muy bien conocido en África. Igual le daba luchar en primera línea, cuerpo a cuerpo, contra los moros, que emborracharse y bailar desnudo en el escenario de un teatro junto a las coristas.
En 1920, por fin, consiguió ser destinado a la Aeronáutica Militar. No olvidemos que el Ejército del Aire no se crearía hasta octubre de 1939. Hasta entonces, era un servicio dentro del Ejército de Tierra o de la Armada.
Tras su formación como piloto, en Getafe,  fue destinado al aeródromo militar de Melilla, desde donde participó en la Guerra de África y fue condecorado por ello con la medalla militar individual.
Contra todo pronóstico, en 1924, este empedernido juerguista, conoció a una joven llamada Carmen Díaz y se enamoraron.
Siguiendo su costumbre, ni siquiera se molestó en pedir permiso para casarse, como era obligatorio entre los militares. Así que se fueron a Hendaya (Francia) y allí tuvo lugar la boda.
En aquella época, se estaba viviendo el nacimiento de la Aviación. Así que se pusieron de moda una serie de hazañas consistentes en realizar largos vuelos trasatlánticos.
Como ya habían existido otros precedentes, obtuvieron el permiso para volar hacia América. No olvidemos que en aquella época gobernaba el general Primo de Rivera.
Emulando a los viajes de Colón, en enero de 1926 partieron desde Palos de la Frontera hacia Buenos Aires. Llegaron un mes después a su destino, habiendo hecho escalas en las Palmas de Gran Canaria, Río de Janeiro, Recife y Montevideo.
Tal y como declaró, Ramón,  al llegar a su destino: “la pericia y la suerte me acompaña siempre en todas mis empresas”.
No fue, exactamente, como él lo contaba. Parece ser que, durante el viaje, se les averió una de las hélices y tuvieron que lanzar al agua todo lo que fuera sobrepeso, incluido el equipaje de los tripulantes.
También es cierto que, utilizando un radiogoniómetro, consiguieron no salirse, en ningún momento,  de la ruta prevista en el plan de vuelo.
Hay que decir que componían  el resto de la tripulación del hidroavión “Plus Ultra”, el capitán Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada.
A su regreso, en 1926, Ramón, pasó a convertirse en uno de los militares favoritos de Alfonso XIII, que le honró con el nombramiento de gentilhombre de cámara. Precisamente, su hermano Francisco, había sido honrado, tres años antes, con el mismo cargo.
Mientras tanto, las relaciones entre Ramón Franco y el dictador Primo de Rivera nunca fueron muy buenas. Hay multitud de anécdotas al respecto, como aquella en que Primo le iba a dar un homenaje en Jerez de la Frontera y Ramón no se presentó, alegando que se le había olvidado.
Tampoco le gustó mucho al general cuando los periodistas mencionaron en sus artículos las medallas con que habían sido premiados los tripulantes del plus Ultra y no mencionaron apenas que, en el mismo acto, le otorgaron a Primo de Rivera la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar, por su exitoso desembarco de Alhucemas.
Parece ser que Ramón acusó de “incompetente” al embajador español en Argentina, pues dejó que el monopolio del correo aéreo argentino se lo llevaran los franceses.
El diplomático pidió que se sancionara a Ramón y Primo lo mandó a una prisión militar. Sin embargo, cuando los periodistas se enteraron de ello, se montó tal escándalo internacional que lo tuvieron que poner, inmediatamente, en libertad.
En 1929, organizaron otro vuelo cuyo destino sería Nueva York. En julio de ese año, volvieron a despegar desde Palos Franco, Ruiz de Alda y González Gallarza.
Parece ser que la compañía CASA había construido un nuevo modelo de Dornier y presionó al Gobierno para que se utilizara este aparato en ese vuelo. Los tripulantes no estaban por la labor. Así que tomaron otro Dornier construido en Alemania, que les parecía mucho más fiable y le cambiaron la matrícula.
Esta vez se perdieron y amerizaron con su hidroavión en el Océano Atlántico. Allí estuvieron flotando durante varios días hasta que los recogió un navío británico.
A su vuelta, fueron homenajeados de nuevo. Sin embargo, el dictador, no le perdonó el cambiazo de matrícula del hidroavión. Así que lo echaron del Ejército y su compañero, Ruiz de Alda, también pidió la baja en el mismo.
Para colmo, lo calumniaron, diciendo que había sido sobornado por los alemanes de la empresa Dornier, para cambiar de aparato. Así que no se le ocurrió otra cosa que escribir un libro donde ponía a parir a las más altas instancias del Estado y del Ejército. Lógicamente, el libro fue censurado.
Su rebeldía se iba radicalizando. Se convirtió en un masón anticlerical. Tras haber sido detenido en una redada, aprovechó para aceptar el ofrecimiento del Gobierno de Uruguay y tomó la nacionalidad uruguaya.
En 1930, cuando ya se vislumbraba la llegada de la II República, parece ser que el mismo General Franco le pidió al general Mola, por entonces, director general de Seguridad, que detuviera a su hermano Ramón, para que no se viera involucrado en actividades revolucionarias y así lo hizo.
No obstante, consiguió fugarse de la cárcel. A mediados de diciembre, se sublevó la guarnición de Jaca, fracasando en el intento. También se sublevaron varios pilotos en la base de Cuatro Vientos. Entre ellos, estaba Ramón.
En principio, no hicieron nada malo, salvo lanzar octavillas desde los aviones sobre Madrid. Más tarde, pensó en bombardear el Palacio Real de Madrid. Enfiló hacia allá con su avión, pero no lo hizo, porque vio a muchos niños jugando en los jardines del palacio.
La conspiración fracasó y los que pudieron, como Ramón, huyeron a Portugal y, posteriormente, a Francia.
En París, llegó a contactar con otros revolucionarios exiliados en Francia, como Julián Gorkin, Durruti, Ascaso, etc.
Tras la proclamación de la II República, nuestro personaje se presentó al día siguiente en Madrid y, como siempre, tuvo un recibimiento apoteósico. Incluso, sustituyó a uno de sus mayores enemigos, el general Kindelán, como jefe de la Aeronáutica Militar. No obstante, sólo duró unos pocos meses en el cargo, tras haber sido acusado de estar detrás de una conjura contra el Gobierno.
Acto seguido, comenzó su carrera política. Curiosamente, se presentó por Barcelona y por Sevilla en las candidaturas de dos partidos distintos. En el primer caso, lo hizo por ERC y en el segundo por el Partido Republicano Revolucionario.
Como buen político, se dedicó a prometer el oro y el moro. Así
que consiguió ser elegido diputado por ambas circunscripciones. Tuvo que optar por una de las dos y se quedó con la de Barcelona.
A partir de ahí, le acusaron de las cosas más peregrinas, como de ser un agente al servicio de Cataluña, que quería fomentar un estado revolucionario en Andalucía.
Ya en las Cortes, se unió a otros diputados, que fueron conocidos como “los jabalíes”, porque sólo habían ido allí a montar escándalo y poco más. Las contadas veces que abrió la boca se pudo comprobar que era un tipo muy audaz, pero que tenía una muy escasa formación.
Tras los sucesos en algunos pueblos del sur, como Casas Viejas, le echaron la culpa de haber alborotado a los campesinos andaluces. Quisieron llevarlo ante los tribunales, pero los diputados no concedieron el suplicatorio, porque la mayoría de ellos eran tan masones como él.
Desde el golpe de Sanjurjo, en 1932, ya no quiso saber nada de la política. Incluso se divorció de su mujer y se casó con su habitual amante, que ya le había dado una hija.
Posteriormente, en 1935, fue enviado como agregado aéreo a la embajada española en Washington. Allí estuvo hasta el 18 de julio, cuando el Gobierno de la II República lo cesó por falta de confianza.
Es posible que uno de los motivos que le llevaron a unirse al bando nacional, fuera el asesinato de su amigo y compañero en el Plus Ultra, Julio Ruiz de Alda, que se hallaba preso en la cárcel Modelo de Madrid.
También se dice que, en un principio, contactó con el Gobierno republicano, para ponerse a sus órdenes y Azaña se opuso a que regresara.
Lo cierto es que Ramón se embarcó con su familia hasta Lisboa y entraron en la España nacional desde Portugal. Parece ser que su hermano Nicolás, embajador del gobierno franquista en Lisboa, les esperó y los introdujo en España dentro de su vehículo diplomático, para no tener que pasar controles en la aduana.
Poco después, su hermano Francisco lo ascendió a teniente coronel y le dio el mando de la base aérea de Pollensa, en la isla de Mallorca. Igual lo hizo para quitárselo de encima.
El general Kindelán había vuelto a ser el jefe de la Aeronáutica Nacional. Así que no le gustó nada tener entre sus filas a nuestro personaje y mucho menos que le hubieran dado el mando de esa base sin contar con él.
Parece ser que, en un principio, no tuvo una buena acogida en la base. Ninguno de los mandos quiso saludarle. Más tarde, fue haciendo amigos gracias a su buen humor y sus dotes para el trato con la gente.
Desgraciadamente, la mayoría de sus amigos, se hallaban luchando en el otro bando. Esto tuvo que marcarle mucho. Incluso, se dice que, por entonces, sufrió una fuerte depresión. Algunos se atreven a aventurar que podría estar pensando en pasarse al otro bando. Algo que no le hubiera hecho ninguna gracia a su hermano Francisco.
De hecho, a Ramón le asignaron una tripulación compuesta por cuatro militares procedentes de Falange y que eran de toda confianza para el Alto Mando nacional. Es posible que le estuvieran vigilando para que no se pasase al enemigo.
A Ramón se le acusó de ser el responsable de los bombardeos a Barcelona y Valencia, que produjeron muchas víctimas. En los barrios de Barcelona, que sufrieron los mayores bombardeos, era dónde vivía la gente que le había votado, para poder llegar a ser diputado en Cortes. Sin embargo, otros dicen que sus hidroaviones sólo se dedicaron a controlar la navegación marítima.
El 28/10/1938 era un día de mucho viento, sin embargo, decidió bombardear, junto con otra aeronave, el puerto de Valencia. Supongo que le llegaría una orden del Estado Mayor para que 
cumpliera esa misión.
Lo curioso es que, cuando se estaban subiendo en sus respectivos hidroaviones, alguien dio la orden de que los pilotos se intercambiaran sus aparatos. Parece ser que los pilotos también se extrañaron y lo comentaron antes de subir a sus respectivos aparatos.
Realmente, parece una orden muy extraña, porque, al menos, teóricamente, el jefe de esa base era él y era quién tendría que decidir cómo se hacían las cosas. Aparte de que los pilotos y el resto de los tripulantes suelen funcionar en equipo y no se suelen cambiar.
Hacia allí se dirigieron los dos hidroaviones. En este caso, se trataba de dos hidroaviones Cant Z-506 fabricados en Italia.
Al poco rato de haber despegado, cuando ya estaban por encima de las nubes, a la altura de Formentor, Rudy Bay, el piloto del otro avión, de pronto, vio que el avión de Ramón viró a la derecha y empezó a caer. Ya no lo vio más. Murieron él y los otros tres tripulantes, que lo acompañaban.
Concretamente, se trataba del teniente de navío Melchor Sangro, el teniente de Aviación Joaquín Domínguez, el sargento Emilio Gómez y el cabo radiotelegrafista José Canaves.
Nunca se ha sabido lo que ocurrió. Todos los cadáveres fueron recuperados a poca distancia de la costa, menos el del cabo, que se hundió con el aparato, y 3 días después fueron enterrados en Palma de Mallorca. Su hermano Francisco ni siquiera fue al entierro. Se limitó a enviar un telegrama. La ceremonia fue presidida por su hermano Nicolás, embajador del bando franquista en Lisboa.
Curiosamente, otro militar, que estuvo en la misión y que rescató los cadáveres del agua, muchos años más tarde, dijo que se veía en la cabeza de nuestro personaje un orificio redondo, que recordaba al producido por una bala. Casualmente, este militar llegó a general y fue, durante unos años, ayudante del general Franco.
Lo cierto es que en el parte médico se indicó que todos los tripulantes habían muerto ahogados. De hecho, los encontraron a todos fuera del aparato, menos al cuerpo del cabo, como ya he mencionado anteriormente. Los cuerpos no pudieron ser recuperados antes a causa del mal estado del mar.
Hay muchas teorías al respecto. También se dice que la artillería antiaérea republicana destacada en Menorca había disparado ese día contra dos hidroaviones y había derribado uno de ellos.
También hay quien afirma que el verdadero destino de los dos hidroaviones no era Valencia, sino Barcelona, porque en ese día se iba a celebrar el desfile de despedida de los miembros de las famosas Brigadas Internacionales.
Incluso, visto el rumbo que tomó el hidroavión de Ramón Franco, algunos piensan que su objetivo no era el de realizar una misión de bombardeo, sino el de huir hacia Francia.
Algunos pilotos han comentado que ese accidente se parece mucho a un sabotaje, pero nunca se ha investigado el tema.
Tampoco se sabe quién podría haber sido. Lo cierto es que tenía enemigos en los dos bandos. Los nacionales nunca le consideraron como uno de ellos y lo normal es que, en caso de haber sido un sabotaje,  alguien de muy arriba diera la orden para cometer ese acto.
Los republicanos tampoco le querían mucho. Aunque tenía entre ellos a muchos de sus amigos, los grandes jerarcas, como Azaña, nunca se llevaron bien con él y, como ya dije antes, no lo quisieron en su bando.
Incluso, algunos han aventurado que podría haber sido una obra de la Masonería, por haber elegido combatir en el bando que estaba fusilando a los masones, a pesar de que él también era masón.
En fin, demasiados interrogantes, que nunca han querido aclararse, porque nunca nadie ha tenido la más mínima voluntad de hacerlo.
Espero que os haya gustado, aunque reconozco que me he alargado un poco, porque pienso que el tema así lo requería.

domingo, 25 de junio de 2017

EL REY ENRIQUE IV DE CASTILLA

Hoy le toca el turno a otro rey con muy mala prensa. Se desconoce si lo que comentaban de él era real o un  invento de sus adversarios políticos.
Este rey nació la víspera de Reyes de 1425 en la ciudad de Valladolid. Sus padres fueron el rey Juan II de Castilla y su primera esposa, María de Aragón.

En sus años de infancia tuvo  como paje a Juan Pacheco, que más adelante, cuando llegara al trono, sería su valido.
En 1440, se casó, también en Valladolid, con Blanca de Trastámara, futura Blanca II de Navarra. Hija de Juan II de Aragón y de Blanca I de Navarra.
Este matrimonio ya se había acordado en 1436, para celebrar la tregua firmada 6 años antes entre Aragón, Navarra y Castilla. Por entonces, Blanca tenía 12 años y Enrique sólo 11.
Desgraciadamente, este matrimonio fue anulado en 1453, alegando, el príncipe, no haberse consumado por impotencia de ambos cónyuges. Así que el arzobispo de Toledo, anuló este matrimonio, siguiendo las instrucciones del Papa Nicolás V.
Parece ser que se sospechaba de la homosexualidad de Enrique. Sin embargo, él presentó a algunas prostitutas, que afirmaron haberse acostado normalmente con el rey. Así que, como todavía estaban en la época medieval, alguien echó la culpa a un maleficio y se disolvió el matrimonio.
La historia de Blanca es bastante triste, porque fue repudiada por su marido y encontró muchas dificultades a su regreso a Navarra.
Su madre había muerto unos años antes. Su padre se había vuelto a casar y su nueva esposa no quería a esta chica. Incluso, sus hermanas tampoco la tenían mucho aprecio.
Sin embargo, su hermano, el príncipe Carlos de Viana, que se hallaba en guerra con su padre, porque éste no había respetado el testamento de su madre, donde designaba como heredero a su hijo, sí se prestó a ayudarla. Incluso, redactó un testamento, donde su última voluntad era que ella le sucediese en el trono de Navarra, tal y como había pretendido la madre de ambos.
Su padre, Juan II, intentó que Blanca se casara con el duque de Berry, para que desapareciera de Navarra, pero ella se negó a ello.
Más tarde, la obligó a irse a vivir con su hermana Leonor y su marido, Gastón IV de Foix. Estos la encerraron en una fortaleza, sita en la actual Francia, donde, al cabo del tiempo, murió de una forma bastante misteriosa. Sin embargo, tuvo tiempo de redactar un testamento, donde nombraba heredero al reino de Navarra a su antiguo marido, nuestro personaje de hoy.
Esto no tuvo ningún efecto. Parece ser que Enrique IV no se enteró de que podría ser el nuevo rey de Navarra. Lo cierto es que Juan II de Aragón, siguió siendo rey de Aragón y de Navarra hasta su muerte.
Posteriormente, heredó ese trono Leonor, la esposa de Gastón IV de Foix, tal y como quería su padre. Precisamente, esta fue la que había encarcelado a Blanca, hasta su muerte. Por si os sirve de consuelo, Leonor, murió a los 15 días de haber sido proclamada reina de Navarra.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, en julio de 1454, fue proclamado como nuevo rey de Castilla y León.
Lo primero que hizo fue asegurarse la paz con los reinos fronterizos de Navarra y Aragón y, posteriormente, también con el de Francia.
Más tarde, retomó la Reconquista, atacando al reino de Granada, al cual, en 1456, ordenó que talaran los árboles frutales de su vega. Más adelante, tomaron algunas ciudades poco importantes y ahí se quedó todo su ardor guerrero.

Al igual que su padre, tampoco se preocupó por las labores de gobierno y le encomendó este trabajo a su gran amigo Juan Pacheco, marqués de Villena.
Parece ser que el rey, aparte de no dar ni golpe, era muy aficionado a las costumbres de los musulmanes. De hecho, su guardia real estaba formada por moros y él mismo solía vestirse con ropajes propios de los musulmanes.
Esto le granjeó mucha impopularidad entre la gente. Así que le convencieron para que se casara de nuevo. Esta vez, la novia sería  Juana, una hermana de Alfonso V de Portugal.
En 1455, se celebró la boda, sin embargo, ocurrió lo mismo que en el anterior matrimonio. Los reyes no fueron capaces de consumar el matrimonio.
No obstante, esta vez surgió un nuevo personaje. Llevaba ya algún tiempo merodeando por la corte un joven apuesto llamado Beltrán de la Cueva. Algunas malas lenguas decían que ambos cónyuges se sintieron atraídos por él.
Alguien escribió que “demostraba tanto amor al rey, que parecía devoción, y tanta devoción a la reina, que parecía amor”.
Lo cierto es que, por alguna extraña razón, al marqués de Villena, le sustituyó como valido Beltrán de la Cueva. Este último llegaría a ser duque de Alburquerque, conde de Ledesma y hasta gran maestre de la famosa Orden de Santiago. O sea, se dedicó a acaparar títulos, como siempre hicieron todos los validos.
Algunos autores dicen que la razón de este cese estuvo en que el monarca se enteró de que los súbditos de Navarra y Cataluña le habrían ofrecido ser su rey y el marqués de Villena se había opuesto a ello, no habiéndoselo  mencionado, en su momento, a Enrique IV.
En pleno siglo XX, el doctor Gregorio Marañón, hizo un estudio completo de la momia de este rey y comprobó que padecía una enfermedad de tipo hormonal. Parece ser que esto se manifiesta en unas manos y piernas más grandes de lo normal.
Sin embargo, no hace tantos años, un grupo de investigadores españoles del Hospital Ramón y Cajal, de Madrid, afirmaron que Enrique IV podría haber sido el verdadero padre de su hija Juana. Para lo cual, los médicos de la corte habían diseñado una especie de tubo de oro, por donde introdujeron el semen del rey para inseminar de esa manera a la reina.
Según comentaban varios cronistas de la época, esa corte, era lo menos parecido a lo que debía ser. Desde el rey hasta el último de ellos se dedicaban a las relaciones homosexuales y el adulterio sin recato de ningún tipo. Así que no sería de extrañar que Juana tuviera como padre a don Beltrán de la Cueva. Se sabe que el mismo monarca tuvo amantes de ambos sexos.
Tras el cese de Villena, éste se dedicó a intrigar contra el monarca. Así que se opuso, junto con sus partidarios a que el rey nombrara como su sucesora a su hija Juana.
Cuando el rey vio que llevaba las de perder, se reunió con Villena. Parece ser que acordaron que el nuevo sucesor sería su joven hermano Alfonso, a condición de que se casara con su hija Juana.
Cuando se enteraron su esposa y su valido le hicieron romper ese pacto y volvió a nombrar a Juana como su sucesora en el trono de Castilla.
Llegados a este punto, los partidarios de Alfonso, empezaron a llamar la Beltraneja a la princesa Juana.
En 1465, hicieron la llamada “farsa de Ávila”. En la plaza de esta ciudad colocaron un muñeco con las vestiduras propias de un rey. Luego se dedicaron a darle golpes hasta que le quitaron la corona y sus vestiduras y luego lo patearon. Posteriormente, auparon a don Alfonso, como si lo proclamaran nuevo rey de Castilla.
Antes esta situación, ambos bandos se prepararon  para una guerra civil en Castilla. Mientras tanto, Enrique IV, dio el permiso correspondiente para que el anciano maestre de Calatrava, se casara con su hermana, la futura Isabel la Católica.
Afortunada o desafortunadamente, este hombre murió durante el viaje hacia el lugar donde residía la infanta Isabel. Algunos dicen que fue envenenado con ciertas hierbas. Algo muy
común en aquella época.
En 1467, ambos ejércitos se enfrentaron en una batalla en Olmedo. Parece ser que la cosa quedó en tablas, como se dice en ajedrez.
Sin embargo, al año siguiente, los seguidores de Alfonso tuvieron un grave revés, pues se les murió su candidato, posiblemente, también envenenado. Dicen que fue tras haber comido una trucha.
Así es que sólo les quedaba la posibilidad de ofrecer la corona a la infanta Isabel. Ella les contestó que no quería rebelarse contra el rey.
Villena fue a decirle al rey que los rebeldes depondrían su actitud, si nombraba como heredera a su hermanastra, la infanta Isabel.
Así que en septiembre de 1468, se reunieron Enrique IV e Isabel en los Toros de Guisando, Ávila, para firmar un tratado. Por medio del mismo, se reconocía a  Isabel como su sucesora en el trono. Además,  el rey tampoco le podría imponer ningún matrimonio. No obstante, ella tampoco se podría casar sin el consentimiento del rey.
Sin embargo, a Isabel, le propusieron una boda con su tío, Alfonso V de Portugal. Ella rechazó este enlace, aduciendo la gran diferencia de edad entre ambos.
Las conversaciones para llevar a cabo la boda entre Isabel y Fernando,  el heredero de Aragón, se llevaron a cabo de una forma absolutamente secreta.
En 1469, Fernando, apareció en Castilla. Venía disfrazado de arriero, acompañando a cuatro caballeros de Aragón. La cita era en Dueñas, Palencia, donde ya le esperaba Isabel.
El único problema que quedaba para que tuviera lugar la boda era el cercano parentesco entre ambos.
Parece ser que Pedro Carrillo, arzobispo de Toledo, mostró una bula papal, donde se permitía ese matrimonio. Posteriormente, se demostró que era falsa. No obstante, más tarde, el Papa Sixto IV, dio el visto bueno a ese enlace. Supongo que sería después de haber cobrado, como solía suceder en estos casos. Así que se casaron.
Evidentemente, esta boda, realizada sin el consentimiento previo de Enrique IV, violaba el tratado de los Toros de Guisando. Así que el rey rompió ese tratado y volvió a nombrar a su hija Juana, como su sucesora en el trono de Castilla .

En 1473, la cosa se estaba radicalizando. Así que Enrique IV se entrevistó en Segovia con Isabel y se comprometió a volver a reconocerla como su sucesora.
Sospechosamente, en muy corto espacio de tiempo murieron el marqués de Villena y el rey Enrique IV.
También es curioso que ambos fueran enterrados en el Monasterio de Guadalupe. En el caso de Villena es porque murió cerca de Trujillo. Posteriormente, el cadáver de  éste último fue trasladado a una sepultura en el Monasterio del Parral, en Segovia.
Los cronistas dicen que es muy posible que ambos fueran envenenados. En el caso del rey, se sabe que se sintió mal, se acostó y empezó a vomitar sangre, quedándose en los huesos.
Cuando alguien quiso que le aclarara quién iba a ser su sucesor, el rey no quiso saber nada y murió sin decidir nada al respecto. Triste final de un rey que pudo tener un reinado tranquilo y que lo desaprovechó, dejándose llevar sólo por el placer.
A la vista del estado en que quedó Castilla, tras la muerte de su rey, lo mejor que le pudo pasar, a este reino como a toda España, fue que Isabel fuera proclamada reina y se casara con el heredero de la Corona de Aragón.

No obstante, hubieron de pasar 7 largos años de guerra civil, entre los partidarios de Juana, apoyada por el rey de Portugal, con el que se casó, y los partidarios de Isabel. Como todos sabemos, al final triunfó esta última y los herederos de la misma consiguieron reinar en toda España.

miércoles, 21 de junio de 2017

LA CONDESA DE LAMOTTE Y EL COLLAR DE LA REINA

Esta vez voy a intentar narrar una parcela muy conocida de la Historia de la forma más amena e inteligible para todos. Bueno, tal y como procuro hacer siempre.
Evidentemente, no tengo el dominio narrativo de Alejandro Dumas (padre), que, en 1849, publicó una novela titulada “El collar de la reina”, la cual sigue gozando de mucha fama en la 
actualidad.
Ciertamente, como yo no me dedico a la novela, sino a la Historia, pues no me voy a apartar de los hechos, como suelen hacer los novelistas a fin de que la narración tenga más interés para el lector.
El personaje principal de esta historia se llamaba Jeanne de Valois-Saint Rémy. Esta mujer había nacido en 1756, en una pequeña población del noreste de Francia, llamada Fontette, en la región de Champaña.
Aunque su padre era un noble llamado Jacques I, barón de Saint Remy y ser descendiente de un hijo ilegítimo del rey Enrique II de Francia, suegro de nuestro Felipe II, lo cierto es que estaban totalmente arruinados, aunque vivieran en un castillo de la familia.
Su madre, Marie Jossel, era la hija de un criado, que siempre había trabajado en ese castillo. Lógicamente, la familia del barón, que tampoco andaba muy boyante, económicamente, nunca aprobó ese matrimonio y siempre se negaron a ayudarle.
Para el que no se acuerde ya de la Historia de Francia, la dinastía Valois reinó en ese país hasta 1589. El último rey de la misma fue Enrique III, el cual no tuvo descendencia. Su sucesor fue su primo, Enrique de Navarra, conocido como Enrique IV, el jefe del bando protestante, que se convirtió al catolicismo, para poder reinar en Francia. Los dos reyes tuvieron un mismo final. Ambos fueron asesinados, en diferentes momentos, por católicos radicales.
Volviendo a la condesa, hay que decir que su niñez no fue muy agradable. En su casa no tenían para comer, así que solían mendigar por las calles, robar cosechas y cuidar el ganado de los vecinos.
En un principio, fueron seis hermanos. Sin embargo, tres de ellos murieron en la niñez y sólo llegaron a la edad adulta Jacques, Marie-Anne y Jeanne.
A partir de 1762, la cosa fue empeorando, si cabe, aún más. Murió su padre y su madre se dedicó, literalmente, a la prostitución.
Posteriormente, la madre, se buscó una nueva pareja y se fueron los dos juntos a otra parte. Así que dejó totalmente desatendidos a sus hijos a los cuales no les quedó más remedio que dedicarse a seguir mendigando.
Parece ser que la niña tuvo un verdadero golpe de suerte. En una ocasión,  cuando se hallaba mendigando por los caminos, topó con un carruaje. Como hacían habitualmente, lo pararon para pedirles dinero.
La niña mencionó que era “de la sangre de los Valois”. Lógicamente, eso no podía pasar desapercibido para una aristócrata, como la marquesa de Boulainvilliers, que viajaba en el carruaje.
Esta le hizo una serie de preguntas a la niña y se la llevó, junto con sus hermanos. La ascendencia de los chicos fue plenamente comprobada en Versalles, por medio de un especialista en Genealogía llamado Cherin.
En aquella Francia, donde todavía existía una monarquía, no se podía permitir que unos descendientes del rey San Luis vagaran por la calle.
Gracias a ello, a Jacques le permitieron ingresar en una Academia militar, además de abonarle una pensión anual de 1.000 libras.
A las dos chicas las ingresaron en un internado de monjas y les dieron, a cada una, una pensión de 900 libras anuales.

Al terminar su educación, les ofrecieron profesar como monjas en el monasterio. Sin embargo, ellas declinaron el ofrecimiento, volviendo a su región de origen.
Parece ser que estuvieron viviendo en casa de unas costureras, donde las hacían trabajar mucho. Así que se fueron de allí cuanto antes.
En 1780, Jeanne, se casó con un sobrino de los dueños de la casa donde vivía. Parece ser que no acertó con su matrimonio, pues el novio a pesar de presumir de su nobleza, afirmando ser conde, también estaba arruinado y sólo vivía de lo que cobraba como oficial de la Gendarmería.
Por lo visto, la novia se casó estando ya al final de su embarazo, pues dio a luz, sólo un mes después de su boda, a un par de gemelos, los cuales murieron a los pocos días.
La última referencia que existe de los hermanos de Jeanne es que Jacques continuó, durante varios años,  su carrera en el Ejército, hasta su muerte en una colonia francesa. Por
lo que respecta a Marie-Anne, profesó como monja y llegó a ser abadesa de un convento.
Volviendo a Jeanne, intentó volver a explotar su descendencia, como miembro de una antigua casa real de Francia. Así que no se le ocurrió otra cosa que viajar hasta Versalles para pedirle una pensión a la propia reina.
Parece ser que la reina estaba advertida sobre las intenciones de nuestro personaje y siempre se negó a recibirla. Así que se quedó sin cobrar esa pensión.
Algunos autores dicen que sí que consiguió otra pequeña pensión que le dio la hermana de Luis XVI, pero eso no está muy claro.
En la corte de Versalles conoció a otro bribón llamado Rétaux de Villette, que también se hacía llamar “conde”, como ella y su marido, pero que se dedicaba a todo tipo de asuntos ilegales.
Parece ser que él la enseñó a vivir en Versalles y le presentó a muchos cortesanos, que debía conocer para ser aceptada en ese lugar.
Según parece, le contó que el cardenal de Rohan, un eclesiástico que, además, era uno de los más importantes nobles de Francia, estaba deseando ser recibido por la reina, pues ambicionaba un puesto de primer ministro, como lo fueron Richelieu o Mazarino.
El problema es que el cardenal estuvo, anteriormente, como embajador de Francia en Viena y allí se ganó muchas enemistades.
Parece ser que su comportamiento libertino era considerado como muy escandaloso en la corte de la emperatriz María Teresa de Austria, madre de María Antonieta.
Además, en una ocasión, escribió al rey informándole del doble juego de la emperatriz con Francia y Prusia. Esta carta fue interceptada por alguien y leída en la corte, durante una comida, por madame du Barry. Parece ser que en ese escrito, el embajador,  insultaba a la emperatriz.
Todo esto fue tenido en cuenta por la reina y lo primero que hizo tras su boda, fue exigirle a su marido que destituyera a su embajador en Viena. Cosa que hizo.
Esa fue la razón por la que la reina María Antonieta siempre despreció al cardenal de Rohan y nunca quiso recibirle.
También, por aquella época, fueron a la corte dos famosos joyeros, llamados Boehmer y Bassange,  para ofrecerle un hermoso collar a la reina.
Parece ser que este collar había sido encargado por el difunto rey Luis XV para su favorita, Madame du Barry. El problema es que ese monarca había fallecido y ellos no sabían qué hacer con el encargo. La joya a la vez que suntuosa también era muy cara. Así que la reina se negó a comprarla, para disgusto de los joyeros.
Se dice que la reina argumentó que no podía comprar esa joya, cuando la gente estaba muriendo de hambre por las calles. Me da que esa no fue la razón, porque a la reina siempre le importó bien poco lo que les pasara a sus súbditos. De hecho, siempre fue muy impopular en Francia. Como austriaca, en francés, se dice “autrichienne”, ellos usaban un juego de palabras para pronunciar “autre chienne”, o sea,  otra perra.
Otros autores dicen que la reina no lo quiso, porque fue un encargo hecho para una de sus mayores enemigas, Madame du Barry.

Así que la pareja de pillos formada por la condesa de Lamotte y Villette idearon un audaz plan para aprovecharse de esta situación.
El matrimonio de la condesa iba muy mal, aunque los cónyuges seguían viviendo juntos. Así que no tuvo ningún problema en acercarse al cardenal y hacerse su amante y confidente.
Había olvidado mencionar a otro personaje, que también participó en este enredo, más propio de una obra teatral del Siglo de Oro español. Se trata de Cagliostro, cuyo verdadero nombre era Joseph Balsamo, que ejercía como adivino a las órdenes del cardenal y que había sido comprado por la pareja formada por Jeanne y Villette, para que convenciera al cardenal. Cosa que logró a plena satisfacción de ambos.
Lo cierto es que estos pillos  convencieron al cardenal de que Jeanne era íntima amiga y confidente de la reina, aunque la verdad es que sólo la había visto de lejos.

Le comentaron al cardenal que, si quería obtener el favor de la reina, tenía que hacer una gestión secreta para ella.
Le dijeron que la reina se había encaprichado de ese lujoso collar, pero que no quería que se notara que se gastaba dos millones de libras en su compra. Incluso, hicieron unos escritos, falsificando la letra de la reina, donde ésta le pedía ese favor al cardenal.
Así que lo que tenía que hace el cardenal era ir en su busca para comprarlo en nombre de la reina y ella les iría pagando a plazos el collar a los joyeros. Por supuesto, a través del cardenal, para que nadie se enterara.
Como era una cantidad enorme y parece ser que el cardenal no se fiaba mucho de ellos, se molestaron en contratar a una prostituta, que se parecía bastante a la reina, para reunirse por la noche en los jardines de Versalles y confirmarle que las cartas eran suyas.
La verdad es que está muy claro que esta operación estaba muy mal diseñada desde el principio. Aunque sospecho que lo hicieron así para que saltara y se enterara todo el mundo.
Me parece que lo suyo hubiera sido que el cardenal les hubiera comprado el collar a los joyeros y se lo hubiera regalado a la reina. En caso de que ésta no lo hubiera querido, pues lo hubiera vendido a otra persona y ya está. Aunque también es verdad que en aquella época se sabía que, aunque el cardenal ingresaba, periódicamente, una enorme cantidad de dinero, gastaba mucho y casi siempre andaba muy justo.
Lo cierto es que parece que en esta operación todos fueron engañados. Desde el primero hasta el último. Alguien la diseñó para quitarse a esta gente de la corte y para poner en entredicho a los reyes. De hecho, fue una de las muchas causas por las que se rebeló el pueblo hasta concluir en la famosa Revolución Francesa.

Volviendo al tema que nos ocupa. Evidentemente, en cuanto hubo que pagar el primer plazo, la reina no lo pagó y los joyeros quisieron entrevistarse con ella para reclamárselo.Ahí fue cuando se enteró de lo que estaba ocurriendo.
Los investigadores, capitaneados por el barón de Breteuil, enemigo acérrimo del cardenal,  fueron tirando del hilo y acabaron atrapando a toda esta pandilla de pícaros.
No obstante, estos no habían perdido el tiempo. El cardenal entregó el collar a Jeanne, supuestamente, para que se lo hiciera seguir a la reina.
Lo que no sabía es que esa banda se dedicó a desmontar las piedras preciosas que formaban el collar y las habían ido a vender a Londres, donde sacaron un buen precio por ellas.
El 14/08/1785, cuando el cardenal iba a celebrar una misa en el Palacio de Versalles, previamente, es llamado a una reunión con los reyes. A la misma, también asisten el barón de Breteuil y el ministro de Justicia.
El cardenal sólo puede declarar que, desde el primer momento, fue engañado por la condesa de Lamotte. Así que la reina se enfada y le pide a su marido que lo encierre,
inmediatamente, en la Bastilla.
El cardenal le suplica no ser arrestado, por respeto a la Iglesia y al honor de su noble familia. Tampoco podía presentar como pruebas a su favor las cartas falsificadas, pues ya habían sido quemadas.
Así que fue encerrado en la Bastilla y tuvo que dar orden de vender todos sus bienes para pagar a los joyeros. Un siglo después, sus herederos seguían pagando esa deuda.
El monarca cometió el error de dejarle elegir al cardenal si quería un juicio privado ante el rey o un juicio ante el Parlamento, que era como se llamaba al Tribunal Supremo. El clérigo eligió la segunda opción, porque pensó que los nobles que formaban el Parlamento se apiadarían de él, por ser uno de los suyos. El problema es que este juicio fue público y así todo el mundo se enteró de lo que había ocurrido. Asistieron al juicio nada menos que 64 jueces.
De esa forma, el cardenal fue absuelto del robo y de haber cometido un delito contra la reina, por haberse dado cita en los jardines de Versalles para conspirar, supuestamente con ella.
La verdad es que la reina estaba completamente indignada con el fallo del tribunal, porque parecía que la habían puesto en entredicho. Así que convenció a su marido para expulsar
 al cardenal de la corte, enviarlo a una abadía y luego a otra un poco más lejos.
Lo cierto es que quedó muy claro, ante la opinión pública, que la reina había tenido algo que ver en el asunto. Así que su imagen y la del rey, se hicieron muy impopulares entre la gente.
En cuanto a lo que se refiere a la banda de pillos, sólo pudieron capturar a la condesa de Lamotte, pero no a su marido que se hallaba en Londres y se quedó allí. Fue
condenado, en ausencia, a una pena de galeras.

A Rétaux de la Villette, el principal cómplice de la condesa, lo pillaron en Suiza. Declaró en contra de la condesa y su marido. Así que lo condenaron al exilio fuera de Francia. Muriendo unos años después en Venecia.
En cuanto a Cagliostro, sólo fue obligado a abandonar, inmediatamente, el territorio de Francia.
Volviendo a la condesa de Lamotte, fue sentenciada a cadena perpetua en la prisión de la Salpetriere. Aparte de recibir unos latigazos y de marcarle la letra “V” de ladrona en los hombros. Parece ser que, cuando iba a ser marcada, se removió tanto que una de ellas se la marcaron a fuego en uno de sus senos.
Curiosamente, se afirmó que la reina mandó a una de sus damas de confianza a hablar con la presa. Lo que hizo sospechar aún más de la soberana.
Poco después, la condesa consiguió escapar de la prisión, disfrazada como si fuera una niña. Parece ser que algún desconocido la ayudó, abriéndole las puertas de la cárcel.
Posteriormente, se fue a Londres y allí escribió su versión sobre todo este asunto, aunque algunos dicen que la reina le había pagado una gran cantidad de dinero para comprar su silencio. En esa obra, sólo reconoció que ella había sido la amante del cardenal y que la propia reina había estado metida, desde el principio, en este tema.
Lo cierto es que, aunque allí estuvo protegida por los franceses opositores al rey,   la alegría no le duró mucho. En junio de 1791, parece ser que fue perseguida por unos desconocidos, dentro de su domicilio. Por alguna extraña razón, cayó por una ventana, produciéndose múltiples lesiones que, dos meses después, la llevaron a la tumba. Está enterrada en un cementerio de Londres.
Alguien dijo que se trataba de agentes monárquicos franceses, mientras que otros pensaron que se trataba de simples acreedores.
Como ya comenté al principio, algunos autores han dicho que esta historia fue una de las muchas excusas en que se basaron los republicanos para iniciar la Revolución Francesa, que estalló sólo 4 años después de este suceso.

La verdad es que en aquella época era muy difícil desacreditar a un monarca ante los ojos de su propio pueblo. Máxime en un país, como Francia, donde, desde la Edad Media, se creía que sus reyes curaban ciertas enfermedades con sólo tocar a los enfermos y eso hacían de vez en cuando. A lo mejor, por eso, tardaron tantos años en conseguirlo.