ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 14 de febrero de 2017

EL REINADO DE PEDRO I EL CRUEL



Como parece que a mis lectores les ha gustado bastante el ciclo dedicado a los reyes de Castilla y León, voy a prolongarlo un poco más.
Esta vez, le va a tocar el turno a un rey sobre el que todavía no se han puesto de acuerdo para calificarlo. En su momento, unos le llamaron el cruel, mientras que sus partidarios le apodaron el justiciero. Me estoy refiriendo al rey Pedro I de Castilla y León.
Conviene no confundirlo con el rey Pedro I el Cruel, rey de Portugal y tío del personaje al que voy a dedicar el artículo de hoy.
Por si no os suena mucho, el rey Pedro I de Portugal, fue aquel que se enamoró de Inés de Castro y la nombró su esposa y reina, después de muerta. Un episodio bastante truculento de la Historia de Portugal.
Nuestro personaje fue el único hijo, que llegó a la edad adulta, fruto del matrimonio entre Alfonso XI de Castilla y María de Portugal.
Sin embargo, Alfonso XI, llegó a tener nada menos que 10 hijos de su relación con su amante Leonor de Guzmán. Este dato es muy importante para poder comprender lo que ocurrió después.
Como ya mencioné en el artículo dedicado a ese monarca, prometía mucho, consiguió mantener a raya a los nobles  y se tomó muy en serio la Reconquista. Hasta creó un nuevo impuesto para poder conquistar el último reducto musulmán de la Península Ibérica, el reino de Granada.
Desgraciadamente, alrededor de 1348, llegó a España la famosa epidemia de la Peste Negra, la cual llenó la península de cadáveres. Todavía, hoy en día, se recuerda este episodio en algunos pueblos de la zona de Cataluña.
Una enfermedad que no perdonó a nadie, por muy importante que fuera el difunto. Así que a este rey le pilló en 1350, con sólo 38 años, durante el asedio a la ciudad de Gibraltar, que estaba en poder de los musulmanes.
Parece ser que esta enfermedad se originó en Asia. Más tarde, cuando los mongoles asediaron una colonia genovesa, llamada actualmente Fedosia y situada en la zona de Crimea, contagiaron a los defensores de la misma.
Según dicen, los mongoles, colocaron los cadáveres de sus soldados, que habían muerto a causa de esta enfermedad, dentro de las catapultas y los lanzaron al interior de esa colonia. Dicen que así se produjo el contagio. No obstante, no todos los especialistas tienen claro que fuera así.
Posteriormente, algunos de los sitiados que lograron escapar de esa ciudad por barco, ya venían contagiados, y fueron contagiando a los habitantes de los puertos, donde iban atracando.
La infección se propagó y afectó a toda Europa, muriendo, más o menos, la mitad de sus habitantes. Parece ser que el contagio lo realizaban los piojos.
Es posible que lo que agravara esta enfermedad es que, desde 1315, Europa venía sufriendo una gran hambruna, debida a un cambio climático, de origen desconocido, y agravada en 1347. Lo que trajo malas cosechas y hambre generalizada. Eso hizo que la gente estuviera en un estado de salud más débil de lo normal.
Por alguna razón, el invierno fue realmente duro, mientras que en primavera y verano, arreciaron las lluvias y destrozaron la mayoría de las pocas plantas que habían conseguido brotar.
De esa forma, se generalizó una anarquía total. La cosecha de cereales,  tradicionalmente, se divide en tres partes.
Una de ellas es para la comida. Otra para sembrarla y que de ahí surja la nueva cosecha. Mientras que la última suele servir de comida a los animales domésticos.
Sin embargo, al haber tan poco grano, la gente consumió casi toda la producción de cereal, provocando una gran escasez de semillas para el siguiente año. Aparte del consiguiente alza de los precios.
Curiosamente, un fraile catalán escribió que el verdadero motivo de que se produjeran tantas muertes, desde la llegada de la Peste Negra, fue que, durante la hambruna de 1333, los consejeros catalanes habían especulado mucho con el precio de los alimentos y la gente había pasado mucha hambre.
Lógicamente, aun así, no hubo para todos. De esa forma, se produjeron casos de abandono de niños, como se narra en algunos cuentos infantiles del centro de Europa, incluso de canibalismo.
Además,  se multiplicaron los asaltantes en los caminos. Así que nadie podía viajar, si no era acompañado por una fuerte escolta.
También en esa época se dieron muchos casos de asaltos a los barrios judíos, porque algunos religiosos aprovecharon para echarles la culpa de lo que estaba pasando.
Por ese mismo motivo, descendió mucho la religiosidad de la gente, al ver que sus rezos no estaban sirviendo para nada. También se cree que en ese momento surgieron otros tipos de religiosidad, que la Iglesia Católica llamó herejías.
También esto provocó que mucha gente desoyera las órdenes del rey, pues, en su opinión, estaba administrando su reino de una manera muy deficiente y de esto sacaron tajada algunos nobles, que acapararon el grano y se incrementó su poder frente al monarca.
Así que, por estos motivos, no sólo disminuyó mucho la población, sino que el ritmo de crecimiento de la misma no volvió a esas cifras, prácticamente, hasta el siglo XIX.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, hay que decir que la muerte de su padre cambió por completo la vida de Pedro y de su madre. Hasta entonces, los dos habían vivido casi recluidos en el Alcázar de Sevilla, muy alejados de la corte real. Apenas recibían visitas, pues todos los nobles intuían que la verdadera reina era Leonor de Guzmán.
Lo cierto es que, tras el fallecimiento de su padre, todas las miradas de la corte convergieron en el indiscutible heredero de Alfonso XI, que era su hijo Pedro, nacido de su matrimonio con María de Portugal y que sólo tenía 16 años.
No obstante, como dije en un principio, había muchos candidatos para ese trono. De los 10 hijos que tuvo su padre con su amante, sobrevivieron nada menos que 8, lo cual no está nada mal para esa época.
También estaban al acecho sus primos aragoneses, Fernando y Juan, a los cuales se los había traído su madre, Leonor de Castilla, huyendo del nuevo rey de Aragón, su hijastro, Pedro IV el Ceremonioso.
María se tomó cumplida venganza. Mandó que capturaran a Leonor de Guzmán, a la que detuvieron en Carmona y la fue pasando de una cárcel a otra. Hasta que, en 1351, la envió a un castillo en Talavera de la Reina, donde ordenó que fuera asesinada.
Para colmo, Pedro I, sufrió una grave enfermedad, que muchos temieron que lo podría llevar a la tumba. Así que algunos de esos candidatos se pusieron a hacer planes, para el caso de que les tocara reinar.
Afortunadamente, el rey se curó y, siguiendo los consejos de su madre, nombró a un noble llamado Juan Alfonso de Alburquerque, para gobernar el reino.
Ese gobernante nunca fue muy popular, porque administraba el poder de una forma muy despótica. Eso dio lugar a varias insurrecciones, que el monarca tuvo que ir apagando a sangre y fuego. Sin embargo, otros dicen que fue el que puso orden en el reino, aunque utilizara unos métodos muy expeditivos.
También le consiguió una esposa al rey. La elegida por él y por la reina fue Blanca de Borbón, que tenía unos 15 años y su familia había asegurado que aportaría una buena dote.
Lo cierto es que, por entonces, el rey,  había conocido a una joven llamada María de Padilla y se enamoró locamente de ella. Precisamente, fue Alburquerque el que se la presentó.
La conocía porque había sido educada en la casa de su esposa, Isabel de Meneses. La chica, a pesar de pertenecer a una noble familia, ésta se había visto arruinada a causa de las constantes guerras, que ensangrentaron el territorio de Castilla.
Blanca tardó mucho en llegar. Así que cuando apareció por la corte, María, ya estaba esperando un hijo del rey. Luego vendrían tres más.
La esposa francesa había llegado en el peor momento. Además, ni siquiera le acompañaba la dote prometida. Así que el rey se aburrió pronto de ella. La encerró en el Alcázar de Toledo y, cuando consiguió que se anulara su matrimonio, ordenó que la mataran.
Todo esto, trajo cambios en la corte. Alburquerque se exilió en Portugal, para que no le pillara la ira del rey, porque le traicionó, aliándose con los seguidores de Enrique. Incluso, se cree que murió envenenado por orden del monarca.
Lo cierto es que, en un principio, tanto Enrique como Fadrique, estuvieron al servicio de Pedro I y éste los destinó a cuidar la frontera con Portugal. Cuando se exilió Alburquerque, los atrajo a su bando y, a su muerte, Enrique encabezó la sublevación contra su hermanastro.
Mientras tanto, un grupo de familiares de María, como los Guzmán, ascendieron en la corte. Uno de esos beneficiados fue Juan Fernández de Hinestrosa, tío de María.
Posteriormente, el rey se encaprichó de una joven viuda llamada Juana de Castro, la cual no quiso cuentas con el rey sin pasar antes por el altar. Así que se casaron y, poco después, el rey se cansó de ella y la dejó plantada.
Eso no hizo ninguna gracia a su familia. Así que se unieron a un grupo, cada vez más numeroso, de nobles descontentos con el monarca.
Poco después, se rebelaron contra él y comenzó una guerra civil. Consiguió escapar, pero luego sitió la ciudad de Toro y, tras haberse rendido, mató a la mayoría de sus defensores. En esa época fue cuando empezaron a llamarle “el cruel”.
Al haber anulado su matrimonio con Blanca, hizo que rompiera sus lazos con Francia, para aliarse con Inglaterra. No hay que olvidar que estamos en medio de la famosa Guerra de los Cien Años.
Pedro consiguió atraerse a los burgueses, a los judíos y al pueblo, en general. Mientras que su hermanastro, Enrique, tuvo el apoyo de Aragón y la nobleza castellana.
Siempre había existido mucha rivalidad entre Castilla y Aragón. Ahora, al frente de ambos reinos, había unos monarcas a los que no les importaba dirimir sus diferencias mediante una guerra, aunque murieran miles de personas.
A Pedro IV el Ceremonioso le interesaba que en Castilla reinaran los Trastámara, que eran más afines a él. También cambió su tradicional sistema de alianzas. Como Castilla se había aliado con Inglaterra, Aragón, se alió con su tradicional oponente, que era Francia.
Realmente, todo eso no eran más que simples excusas. Lo que verdaderamente molestaba en Aragón era que la flota castellana les hiciera la competencia en el Mediterráneo y más aún, porque se había aliado con el habitual enemigo de los aragoneses, Génova.
Otra buena noticia para el rey castellano, fue que a la muerte de Alfonso IV de Portugal, le sucedió en el trono su hijo Pedro I de Portugal, que también era tío de nuestro personaje. Así que obtuvo su apoyo.
Los Trastámara y el monarca aragonés también se dedicaron a alborotar a los castellanos en diversos lugares del reino. Por ello, Pedro I, tuvo que dirigirse a Andalucía a fin de sofocar una de estas rebeliones.
Precisamente, cuando se hallaba en Sevilla, mandó llamar a Fadrique de Trastámara, un hermano gemelo del futuro Enrique II de Castilla. Hasta ahora habían tenido buenas relaciones, pues le había rendido vasallaje al monarca. Sin embargo, éste se había enterado de que Fadrique le había traicionado, aliándose con Alburquerque, para organizar un complot contra él.  Así que ordenó que lo mataran. Incluso, algunos autores afirman que el propio rey le dio muerte, dándole varios golpes de maza en la cabeza.
A partir de entonces, se dedicó a exterminar a todos los que, según creía, estaban confabulando contra él. Así, mandó asesinar a Juan, hermano de Fadrique; a Leonor de Castilla, madre de los infantes de Aragón; a la esposa de Tello, otro de los hermanos de Fadrique; a Juan y Pedro, los infantes de Aragón, hijos de Alfonso IV y de Leonor.
También eliminó a casi todos los miembros de la, anteriormente, muy influyente familia de los Lara. Parece ser que no mató a más gente, porque, en varias ocasiones, lo paró María de Padilla.
No sé si también atemorizó al arzobispo de Toledo, lo cierto es que consiguió que éste anulara sus dos matrimonios, aunque  el segundo de ellos le diera un hijo.
No es que este monarca fuera especialmente violento. Esta era la manera habitual, que utilizaban los reyes de esa época, para reprimir estas revueltas.
Más adelante, tuvo lugar la batalla de Nájera, donde las fuerzas de Pedro alcanzaron una importante victoria sobre las de su hermanastro Enrique, aliado de Pedro IV el Ceremonioso.
Así que el rey aragonés, por separado, en 1361, firmó la paz de Terrer con Pedro I, donde se le exigió que no volviera a apoyar a Enrique y sus hermanos.
Desgraciadamente, ese mismo año, falleció María de Padilla, con sólo 28 años. Se desconoce la causa de su fallecimiento. A su muerte, el rey reunió a las Cortes y afirmó que se había casado en secreto con ella y que sus hijos eran legítimos. Así que consiguió que la proclamaran reina y que los descendientes de ambos fueran los legítimos herederos al trono. Por eso, fue enterrada en la Capilla de los Reyes, en la catedral de Sevilla. A ver quién se podía atrever a negarle algo a este hombre. Este episodio me recuerda al de Inés de Castro.
En 1362, la guerra pasó a ser internacional, pues Enrique contrató a unos mercenarios franceses, llamados las Compañías Blancas, al mando de Bertran Du Guesclin. Mientras que Pedro hizo venir a un ejército inglés, al mando de Eduardo de Gales. Llamado el Príncipe Negro, por el color de su armadura.
Además, consiguió que Carlos II el malo, rey de Navarra, se pusiera de su parte y dejara pasar el ejército inglés a través
de su territorio. A cambio, le cedería Álava y Guipúzcoa.
Pedro I no pudo cumplir lo que le había prometido al Príncipe Negro, o sea, el señorío de Vizcaya y una gran cantidad de dinero. Así que el inglés se volvió a su país y lo dejó solo.
Por el contrario, en 1368, Francia, firmó un tratado con Enrique para apoyarle en su lucha contra Pedro. La contrapartida era que Castilla le cediera su flota para luchar contra Inglaterra.
En 1369, las fuerzas de los dos hermanos se enfrentaron en Montiel. Lógicamente, Enrique salió victorioso al tener un ejército muy superior al de Pedro. Así que éste huyó y se escondió tras las murallas del castillo de Montiel.
A los 10 días de haberse iniciado el asedio a esa fortaleza, Pedro, se dio cuenta de que no podrían aguantar. Intentó pactar con Du Guesclin y éste le citó en su tienda de campaña.
Como todos sabemos, dentro de la tienda, se encontró con Enrique, que, según varios autores, entró diciendo: “¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?”
Acto seguido, los dos hermanos se pusieron a luchar y, según parece, el francés, ayudó a Enrique, por lo que éste mató de varias puñaladas a Pedro.
Con la llegada de Enrique II al trono de Castilla también dio comienzo la dinastía de Trastámara. A reino de Aragón llegó tiempo después, con Fernando I de Antequera, al que ya dediqué otro de mis artículos.
La llegada de Enrique también trajo cierto atraso para Castilla, pues estuvo apoyado por los señores feudales de siempre, mientras que a Pedro le apoyó la naciente burguesía urbana. Esto hizo que, durante varios siglos, el nivel de
desarrollo de Castilla, fuera muy por detrás del que había en el resto de Europa.
Está muy claro que una de las razones por las que los nobles se enfrentaron al rey Pedro I fue porque, desde el principio, quiso fomentar el comercio y se llevó bien con los judíos. Ninguna de las dos cosas fueron bien vistas por los nobles y, por ello, casi todos se pasaron al bando de Enrique. Aparte de que, continuamente, repartió honores y dinero entre ellos.
También, desde un principio, muchos de ellos apoyaron a su esposa Blanca de Borbón, para intentar recuperar su influencia en la corte y expulsar de ella a los muchos parientes de María de Padilla, que habían puesto en su lugar.
De lo que no se habla casi nada es de los varios descendientes que tuvo este rey. Lo cierto es que, de manera muy discreta, Enrique II, hizo que la mayoría de ellos pasaran casi toda  su vida encerrados, bien en cárceles o en conventos de clausura. Todos ellos fueron apellidados “de Castilla” y siempre presumieron de ser descendientes del rey Pedro I.
Entre ellos, su nieta, doña Constanza, abadesa del desaparecido Monasterio de Santo Domingo el Real, en Madrid, construyó en ese convento una especie  de panteón para todos ellos.
Otros lugares de enterramiento, para este linaje, fueron los conventos de Santa Clara, de Valladolid y el de Santo Domingo el Real, de Toledo.
Precisamente, la estatua orante de Pedro I, que, actualmente,  podemos contemplar en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid, procede de ese monasterio madrileño, que fue demolido en 1869, y que se encontraba en la actual plaza de Santo Domingo.
Curiosamente, en un principio, fue una estatua yacente. Sin embargo, en el siglo XV, cuando los Reyes Católicos quisieron hacer una especie de reivindicación del papel de este monarca, se le cortaron las piernas a la estatua, para hacer como que estuviera orando arrodillado y poder colocarla bajo un arco, mirando hacia el altar.
No hay que olvidar que los dos monarcas llamados Reyes Católicos pertenecían a la dinastía Trastámara, que fue la que empezó a reinar en Castilla a partir de Enrique II el de las mercedes y en Aragón con Fernando I el de Antequera..

martes, 7 de febrero de 2017

EL TRIBUTO DE LAS TRES VACAS, EL TRATADO DE PAZ MÁS ANTIGUO DE EUROPA



Hoy me apetecía cambiar de tercio y escribir sobre otro asunto. Así que me he encontrado éste por ahí y no me he resistido a contároslo.
Seguro que todos hemos visto esas películas del Oeste de USA, donde se suelen ver a los ganaderos peleando por un terreno con pasto o por un pozo, donde pueda alimentarse o beber su ganado. Algo de eso ocurrió aquí, hace varios siglos.
Lo cierto es que no está muy claro cómo surgieron esas desavenencias entre los ganaderos de lo que hoy son los territorios de Francia y de España.
Las fuentes más utilizadas informan que en 1373 hubo una pelea entre dos ganaderos. Uno de ellos se llamaba Pedro Karrika y pertenecía al valle del Roncal, en el antiguo Reino de Navarra. El otro se llamaba Pierre Sansoler y habitaba uno de los dominios del vizconde de Bearn.
Parece ser que los dos pastores llegaron al mismo lugar con sus ganados y se entabló una discusión entre ellos, por el agua, que cada vez fue a más.
Aquello se convirtió en una pelea en la que el navarro mató a Sansoler. Lógicamente, esta violencia no paró y se fue multiplicando, a medida que pasaba el tiempo.
Se dice que un primo de Pierre, llamado Anginar, acompañado por un grupo de amigos, atravesó la frontera, al objeto de buscar a Karrika. No le encontró, pero sí a su mujer, Antonia Guardia, que estaba embarazada, y fue asesinada por este grupo en Belagua.
Posteriormente, Karrika, le devolvió la “visita”, dirigiéndose, acompañado por unos amigos, a la casa de Anginar, donde éste se hallaba celebrando su anterior “hazaña” con unos cuantos más.
Los navarros no dejaron “títere con cabeza”. Allí mismo los mataron a todos y sólo dejaron con vida a la mujer de Anginar, que tenía un niño en sus brazos.
La violencia seguía “in crescendo”. Así que lo siguiente fue que los seguidores de Sansoler organizaron una emboscada en un desfiladero y allí asesinaron a unos 25 navarros.
Estaba muy claro que a los gobernantes, esta situación se les estaba yendo de las manos y, enseguida, se reunieron para intentar pacificar la zona.
En la localidad de Ansó se citaron las “fuerzas vivas” del momento. Es decir,  el rey de Navarra Carlos II el malo, el vizconde de Bearn, llamado Gastón III o Febus (cuñado del anterior) y los obispos de Jaca, Pamplona, Oloron y Bayona. Sin embargo, no consiguieron apaciguar a los habitantes de ambos lados de la frontera.
En adelante, me referiré a ellos como franceses, aunque, en aquella época, ese territorio no dependía todavía del rey de Francia.
A pesar de esos esfuerzos, la cosa fue a más. Hasta tal punto que, en 1375, llegó a darse una batalla entre ellos que ocasionó nada menos que 53 muertos, por el lado navarro, y unos 200, por el lado francés.
Entiendo que ambos bandos se asustaran y los franceses fueron los primeros que quisieron someterse a un arbitraje.
Las dos partes aceptaron como árbitro al alcalde de la localidad de Ansó, llamado Sancho García, el cual estaría asistido por 5 “buenos hombres” elegidos por él de entre los de su pueblo.
Lo primero que hicieron fue subir al puerto de Arlas, acompañados por 5 hombres de cada bando, para delimitar la frontera exacta entre los dos territorios. De esa manera, decidieron que estaría en la llamada “Piedra de San Martín”, que delimitaría el Valle del Roncal y el de Aramitz, en Baretoun. A partir de ahí, trazaron una línea para delimitar ambos territorios.
También decidieron una serie de días en los que los franceses y los roncaleses podrían llevar su ganado a abrevar en esa fuente. Concretamente, los primeros, desde el 10 de julio y sólo durante 28 días. Mientras que el ganado de los segundos podría abrevar desde el día que acabaran los franceses hasta el  de Navidad.

Para que no se produjeran más represalias, los franceses, se comprometieron a pagar cada año tres vacas a los navarros, las cuales tenían que haber  cumplido  dos años y fueran aceptadas por éstos.
En cuanto a los responsables de las muertes, se les imponía una fuerte multa. En el caso de que no la pudieran pagar, lo tendrían que hacer los vecinos del pueblo donde vivieran.
La verdad es que, para haber sido hecho en la época medieval, me parece un arreglo bastante civilizado.
De todas formas, creo que es muy posible que esta gente estuviera harta de tener que ver morir a la gente de su familia. No olvidemos que la primera epidemia fuerte de peste tuvo lugar en 1348 y mató a una tercera parte del país.
Aparte de ello, estamos en la época de la famosa Guerra de los Cien años, que duró nada menos que 115 y que se llevó por delante a mucha gente, aunque no tuvieran un armamento tan mortífero como el que tenemos ahora.
Tampoco deberíamos olvidar que, durante esta misma época, tuvo lugar la guerra entre Pedro I de Castilla y su hermano, el futuro Enrique II, que también hizo derramar mucha sangre por ambos bandos. Así que no debería de extrañarnos que esta gente estuviera muy interesada en conseguir la paz a cualquier precio.
Como ejemplo de lo contrario, os puedo contar por qué le apodaron el malo a Carlos II de Navarra. Como todo el mundo sabe, los españoles, somos la gente más individualista del mundo. De hecho, lo más normal, cuando alguien compra una casa es aumentar la altura del muro que te separa de la parcela del vecino.
Esto era mucho más radical, en el caso de la Pamplona medieval. Los habitantes de los tres barrios o núcleos de población, que la formaban, se odiaban a muerte. Tanto es así que estos barrios estaban amurallados y con fosos, como si se tratase de ciudades enemigas, y al  más mínimo conflicto, utilizaban nada menos que las catapultas, para arrojarse grandes pedruscos. Aparte de dispararse entre ellos flechas, lanzas  y otros artilugios bélicos.
Por lo visto, era una tradición que, cuando se coronaba a un nuevo rey o en las fiestas de la coronación, se indultaran a todos los que estuvieran presos por este motivo.
En el caso de Carlos II, que llegó al trono con sólo 17 años,  se le informó de esa tradición y se le pidió que cumpliera con ella, ordenando la liberación de todos los que habían sido encarcelados por esa causa.
Sin embargo, este rey adolescente, en lugar de ordenar su liberación, sin cortarse un pelo, mandó que todos esos que debían ser puestos en libertad, fueran ejecutados inmediatamente. Lógicamente, sus soldados cumplieron sus órdenes a rajatabla.
Como habéis comprobado, hubo razones más que suficientes para que le apodaran de esa manera y pasara a la posteridad con ese triste apodo. También hay quien dice que ese apodo se lo pusieron los franceses.
Volviendo a nuestro tema, tras la sentencia arbitral del alcalde de Ansó, que fue firmada, por ambas partes,  el 16 de octubre de 1375, en la iglesia parroquial de esa localidad, se creó un protocolo, que se ha repetido, desde entonces, año tras año. Este tratado de paz es el más antiguo de los que continúan vigentes en Europa.
Así que, desde ese momento, el 13 de julio de cada año, se reúnen los alcaldes de Baretous y los de 4 municipios del Valle del Roncal.
Lo hacen en el mismo sitio en que tuvo lugar la primera de esas reuniones. Se trata del collado de Ernaz en el puerto de Arlás, junto a la mesa de los Tres Reyes, donde, anteriormente, estaba la llamada Piedra de San Martin.
Desde 1858, año en que se efectuó la delimitación exacta de fronteras entre Francia y España, su lugar lo ocupa el mojón 262, de un total de 1.300 que se colocaron para señalizar el límite fronterizo entre los dos países.
El alcalde de Isaba siempre preside el acto. Todas las autoridades, allí reunidas, visten sus mejores galas.
El presidente les pregunta tres veces a los representantes de Baretous si quieren continuar con la paz. Los franceses también le responden afirmativamente tres veces.
Dicho esto, uno de los representantes franceses pone su mano sobre la piedra y lo mismo hacen los demás de los dos países, poniendo unas manos sobre otras.
El presidente es el último que pone su mano derecha sobre las de los demás y pronuncia la frase ritual: “Pax avant, pax avant, pax avant”. Los franceses le responden con las mismas palabras.
Anteriormente, no se ponían las manos sobre una piedra, sino sobre dos lanzas atravesadas en forma de cruz.
Posteriormente, son entregadas las vacas y, una vez reconocidas por el veterinario de Isaba, se procede al reparto de las mismas.
Tras ello, se nombran cuatro guardas para vigilar que se cumpla lo pactado por ambas partes. Se redacta un acta, que es firmada por todos los representantes. Como colofón, se celebra una comida de hermandad para conmemorar el acto.
Como es de suponer, este tratado no fue una especie de fórmula magistral, que acabara con toda la violencia, pero sí le dio una gran estabilidad a la zona.
Deberían de tomar nota muchos gobernantes de lo que hicieron estas gentes para que nunca hubiera más guerras entre ellos.
A lo largo de la Historia, se sabe que ha habido algunos conflictos, como durante la Guerra de los Treinta años, en la que se produjeron varios robos de ganado y captura de pastores de uno y otro lado de la frontera.
Sin embargo, en 1793, durante la llamada Guerra de la Convención,  que fue declarada por España contra Francia, tras la ejecución de Luis XVI, el protocolo se repitió con toda normalidad.
Igual ocurrió durante la Guerra de la Independencia, aunque España fuera invadida y estuviera en guerra contra Francia.
No obstante, en 1895, tras la publicación de un artículo en el diario francés Le Figaro, donde
calificaba a este acto como un humillante y “extravagante ceremonial anti francés”, varios cientos de franceses subieron a ese lugar para boicotearlo.
No me extraña que los franceses estén molestos, pues, si se suma la cantidad de vacas que han entregado a lo largo de la Historia, la cifra se acerca a las 2.000.
En 1944, durante la II Guerra Mundial, Francia, fue ocupada por los alemanes y éstos prohibieron realizar ese intercambio. Así que en la posguerra, los franceses, añadieron una vaca más para compensar las que les debían a los navarros.
También, según lo pactado, de las tres vacas, dos de ellas siempre son para el pueblo de Isaba, que es el municipio más grande del valle,  y la otra le toca cada año, por riguroso turno, a Uztarroz, Urzainki y Garde.
En el mismo documento se dice que las tres vacas han de tener dos años y estar en buen estado de salud. Concretamente, en 1755, una de las vacas fue devuelta, pues los del Roncal vieron que no estaba en muy buenascondiciones. Consecuentemente, los franceses se la cambiaron por otra.
Algunos autores dicen que este tratado les recuerda un tributo impuesto por Carlomagno, tras vencer en la guerra a los sajones. Por ello, estos debían entregarle cada año 12 vacas, en señal de sumisión. En este caso no es así, pues se trata de un pacto entre iguales.
Hasta en el mismo tratado de delimitación de fronteras entre Francia y España, que entró en vigor el 1 de abril de 1859, dedica, por entero, el Anexo III del mismo a este pacto firmado en el siglo XIV.
Desgraciadamente, como ha ocurrido en muchos casos, los documentos originales, donde figuraba este acuerdo, con las firmas de todas las partes, que se custodiaba en la iglesia de Isaba, se destruyeron en el incendio de la misma, que tuvo lugar en 1427. Afortunadamente, seis años más tarde, se hicieron varias copias de los mismos de una que ya existía en otro de los pueblos.
En 2011, el Gobierno Foral de Navarra, declaró a este acto como Bien de Interés Cultural Inmaterial y ahora se realiza una fiesta, donde se procura que se conozcan mejor las gentes que viven a ambos lados de los Pirineos.
Espero que os haya gustado esta curiosa historia y me gustaría veros a todos como seguidores de mi blog. Como sé que lo vais a hacer, ya os doy las gracias por anticipado.

       





domingo, 29 de enero de 2017

LA VIDENTE LUCRECIA DE LEÓN



Esta vez, voy a cambiar de tercio. En principio, tras mirar el título del artículo, se podría pensar que me he pasado del campo de la Historia al de las creencias irracionales. Sin embargo, ya veréis cómo no es así.
Los que han venido leyendo mis artículos, habrán notado que la época de Felipe II fue bastante convulsa. No me refiero solamente a las guerras, las conspiraciones de palacio, el intento de sublevación de su hijo y algunas cosas más.
Sin embargo, hubo otras conspiraciones, que intentaron quitarle en poder en alguno de sus reinos, como, por ejemplo, la del famoso pastelero de Madrigal y alguna otra más.
En esta ocasión, voy a contar otra de esas conspiraciones, cuyos autores la habían disfrazado como si se tratara de otra cosa.
Nuestra protagonista de hoy, Lucrecia de León, nació en Madrid, posiblemente, en 1567 o al año siguiente. Sobre eso, no se ponen de acuerdo los especialistas.
Su familia era muy modesta, siendo su padre un  humilde mercader. Así que su educación fue muy escasa, aunque parece ser que se trataba de una persona muy inteligente.
Muy pronto, la colocaron como sirviente de una familia importante y próxima a la Corte de Felipe II. 
Algunos de sus contemporáneos afirmaban que se parecía a la imagen de Eva en la famosa pintura de Van der Eyck.

Parece ser que muy pronto se hizo famosa a través de sus sueños de los que despertaba dando muchos gritos y despertando a toda su familia.
Más tarde, mientras su padre le decía que no se los contara a nadie, ella lo hacía a cambio de dinero.
Con sólo 12 años tuvo un sueño, donde vio  una procesión mortuoria con los emblemas reales, por las calles de Badajoz. Su padre le preguntó si había visto al rey  muerto y ella le dijo que no. Unos meses más tarde, murió allí la reina y, en principio, fue enterrada en esa misma ciudad.
Tras acertar de lleno, cuando profetizó que, en uno de sus sueños, había visto la derrota de la famosa Armada Invencible, todas las miradas giraron hacia ella.
Es preciso hacer un inciso para decir que, en aquella época, en pleno Renacimiento, todavía existían muchas supersticiones propias de la Edad Media.
De hecho, en muchos lugares de España se utilizaban los curanderos y saludadores. Estos últimos realizaban una actividad muy curiosa. Consistía en recorrer los pueblos al objeto de repartir su salud entre los moradores y animales domésticos, que habitaran en el lugar. No sólo eran hombres, sino que también había mujeres que se dedicaban a ese curioso oficio.
Se cree que no daban abasto cuando circulaba por los pueblos alguna plaga, como la peste o la rabia y los campesinos no sabían cómo salvar su ganado.
Parece ser que decían hablar con el ganado y luego les “convencían” para que se portaran bien con sus dueños. Al final, les santiguaban.
Algunos pensarán que esto es muy antiguo, sin embargo, se sabe que estos personajes, han actuado hasta el siglo XIX en algunos lugares de España.
Otro ejemplo de que el mundo no se había desprendido, por completo, de la cultura medieval es que, en pleno siglo XVI,  se seguían dando clases de Astrología en la propia Universidad de Salamanca.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, lo cierto es que su fama se extendió por todas partes y no pasó desapercibida para un tipo llamado Alonso de Mendoza, procedente de una importante familia noble, canónigo de la catedral de Toledo y abad de un convento de la misma ciudad. Parece ser que se la presentó un amigo suyo, llamado Juan de Tebes, también pariente de la chica.
Casualmente, Alonso,  era también el confesor de la dama para la que trabajaba, como sirvienta,  Lucrecia.
Curiosamente, si  observamos la lista de los clérigos, que, por aquella época, estaban destinados en la catedral de Toledo, podremos ver que hay muchos que se apellidaban Mendoza. Me da que eso no es una mera casualidad, sino que, posiblemente, se hallaban ahí, porque era el mayor centro de poder de la Iglesia católica española y, más o menos, todos ellos representaban a un mismo linaje.
Otro aspecto importante de esta historia es que se acababa de conocer el desgraciado incidente del secretario Antonio Pérez y buena parte de la sociedad estaba dividida entre dar su apoyo al monarca o a su antiguo secretario.
No debemos olvidar que en las monedas emitidas a lo largo de nuestra Historia, solía aparecer en el anverso la efigie del monarca de turno y a su alrededor una leyenda, donde figuraba el nombre del rey y al final se podía leer “por la gracia de Dios”.
Supongo que todo esto viene desde que Constantino el Grande hizo esa especie de pacto con la Iglesia cristiana, que se formalizó con el Edicto de Milán, en el 313 d. de C.
Más o menos, el trato era que el monarca de turno le pagaría absolutamente todo a la Iglesia, incluso, les eximiría de todos los impuestos. La contrapartida era que los eclesiásticos tendrían que convencer al pueblo para que obedeciera ciegamente al rey que estuviera sentado en el trono.
Sin embargo, si alguien demostraba que Dios no estaba de parte del rey, eso podría ser muy peligroso. De hecho, en la antigua Roma, si el pueblo llegaba a creer que un emperador no gozaba del favor de los dioses, era, inmediatamente, depuesto o asesinado por el pueblo.
Así que, si los que tenían que convencer al pueblo de todo esto, no estaban a favor del rey, el monarca, podría tener un serio problema, porque la gente se fiaba de lo que le decían los clérigos, a los que veían todos los días, mientras que al rey no solían verlo nunca. La mayoría de ellos sólo se enteraba de que habían cambiado de rey, cuando se cambiaba la efigie que aparecía en las monedas de la época.
No vayáis a pensar que esto de que Dios está detrás de las decisiones de un gobernante es algo tan antiguo. Por ejemplo, en las hebillas de los soldados alemanes, tanto de la Primera, como de la Segunda Guerra Mundial, se podía leer “Gott ist mit uns” (Dios está con nosotros).
Todo este rollo viene porque el canónigo Alonso de Mendoza, que era partidario de Antonio Pérez, cogió bajo su protección a Lucrecia. Él junto a otro clérigo llamado fray Lucas de Allende, que era el confesor de Lucrecia, se dedicaron a tomar nota de todo lo que decía esta chica y, más tarde, por supuesto, lo interpretaban de la manera que más convenía a sus intereses.
En su afán por fastidiar los últimos años del reinado de Felipe II, se aventuraron a interpretar de una manera cada vez radical sus nuevos sueños.
Dicen que el libro de cabecera de Alonso de Mendoza era “La interpretación de los sueños”, de Artemidoro de Éfeso.
Esta vez dijeron que Lucrecia había soñado que, a causa de la mala política de Felipe II, se llegaría al final de España y de la Iglesia Católica. Esto ya eran palabras mayores, así que el rey pidió la intervención, en este caso,  de su fiel Inquisición.
Llegaron a decir que Felipe II acabaría derrotado como el rey visigodo don Rodrigo. Parece ser que decía haber visto en sus sueños que los protestantes atacarían la península por el norte, mientras que los turcos otomanos lo harían por el sur y los ingleses a través de Portugal.
Al mismo tiempo, habría una rebelión general de los moriscos, que aún residían en la península, para facilitar estas invasiones.
Felipe II, al igual que don Rodrigo, huiría y llegaría hasta la ciudad de Toledo, donde moriría. Sólo se salvarían una serie de elegidos, que vivirían escondidos, durante un tiempo en una especie de refugio llamado la Cueva de Sopeña, que todavía nadie sabe dónde está. Se sospecha que podría estar en el término municipal de Villarrubia de Santiago.
Casualmente, el propietario de la zona donde se hallaba esa cueva era Cristóbal de Allende,
hermano del clérigo citado anteriormente. También era el tesorero de lo recaudado entre los miembros de esa nueva congregación. Era una forma de que todo quedara en casa.
Así que la gente crédula, entre los que se hallaban algunos personajes muy importantes, como el afamado arquitecto Juan de Herrera, fundaron la llamada Sociedad de la Nueva Restauración, que, se supone,  la formarían los elegidos para salvarse en esa cueva. Según se dice, este arquitecto, se encargó de acondicionar esa cueva para que pudiera ser utilizada por los que fueran a refugiarse en ella.

Para buscarse aún más enemigos, los intérpretes de sus sueños, se atrevieron a  decir que un nuevo rey reconquistaría el país. Expulsaría a todos los invasores. Incluso, echaría a los moros de Jerusalén y hasta trasladaría la sede papal de Roma a Toledo. Evidentemente, el nuevo Papa, también sería español.
No obstante, Alonso Franco de León,  padre de Lucrecia y natural de Valdepeñas, parecía cada vez más preocupado por el futuro de su hija, pues, según argumentaba, ya había visto a muchos, que se dedicaron a estos mismos menesteres, y acabaron siendo quemados públicamente por la Inquisición.
Sin embargo, su madre, Ana Ordóñez, estaba muy contenta, porque, gracias a los múltiples regalos que recibía su hija, la situación económica de la familia había mejorado mucho.
Lucrecia también se mostraba muy alarmada por los temores de su padre. Seguramente, por ello, visitó a su antiguo confesor, el cual no la trató nada bien, por haber dejado de serlo.
A pesar de ello,  los intérpretes de los sueños de nuestro personaje, se atrevieron a decir que en los mismos aparecía Felipe II como un monarca codicioso y carente de fe. Supongo que eso ya era demasiado para alguien que siempre se había mostrado como el paladín de la defensa de la fe católica.
Incluso, se atrevieron a calificar a Felipe II como un ser inhumano, al que despreciaban tanto en sus vastos reinos, como en su propia familia.
Así que la cólera de Dios hizo que fuera derrotada la Armada Invencible y esa misma haría que fuera derrotado el monarca y reemplazada su dinastía por otra nueva.
Por supuesto, previamente, había profetizado que don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que había sido designado por el rey como almirante de esa Armada, moriría antes de que se terminara de organizar esa expedición y eso fue lo que pasó.
Supongo que el rey no querría enfrentarse a la Iglesia Católica, así que le encargaría su defensa a su confesor, fray Diego de  Chaves, una persona con mucho poder dentro de la Corte. Hasta el propio rey tenía que consultarle, antes de autorizar el nombramiento de un nuevo obispo.
No obstante, el tema de las videntes no es contrario a la Iglesia Católica. Algunas de ellas, que vivieron durante la Edad Media, fueron, posteriormente, canonizadas. La diferencia está en que aquellas no se dedicaron a criticar la política de su rey y, en cambio, nuestro personaje o sus intérpretes sí lo que hicieron.
También es necesario aclarar que el canónigo Alonso de Mendoza, que, posiblemente, pertenecía a la familia de los duques del Infantado,  estaba apoyado por el Inquisidor general y arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga. Precisamente, este último, fue el que puso en libertad al famoso Fray Luis de León. También es el que aparece en el célebre cuadro del Greco "El entierro del conde de Orgaz".
En este momento, entra un nuevo personaje en nuestra narración. Se trata de un antiguo soldado de origen navarro, llamado Miguel de Piedrola Beamonte.
Según lo que narró a los interrogadores de la Inquisición, fue educado por un clérigo, hasta que se enroló en los Tercios y estuvo luchando en Sicilia.
Dijo haber tenido la mala suerte de haber sido capturado por los turcos y llevado hasta la actual Estambul. En varias ocasiones, intentó huir de allí, hasta que lo consiguió.
También dijo haber escrito algunas profecías, que le envió a Felipe II y éste le premió con una renta y el privilegio de poder investigar en los archivos sobre los antiguos reyes de Navarra, pues afirmaba pertenecer a ese linaje.
Entre sus profecías, podemos citar la muerte del príncipe Carlos, la de don Juan de Austria, el fallecimiento del Papa Gregorio XIII y adivinar quién le sustituiría, Sixto V.
Su fama aumentó de tal modo, que a su casa llegaban todos los días un montón de personas, pidiéndole que les adivinase su futuro. Hasta algunos clérigos hablaban de él como de un nuevo profeta.
Sin embargo, un día se atrevió a pronosticar el hundimiento de la Casa de Austria, interpretando que un cuervo volando con el pico manchado de sangre es la imagen de Felipe II, reprimiendo a los portugueses.
Este nuevo personaje ya tenía relación con Lucrecia, porque, en los sueños de ésta, aparecía como el hombre que iba a salir de esa cueva, con los supervivientes de la invasión, para realizar una nueva reconquista y ser proclamado nuevo rey de España, ya que, según decía, pertenecía a la antigua casa real de Navarra.
Lo curioso es que Piedrola y Lucrecia, antes de conocerse personalmente, ya se habían conocido en sueños. Eso me recuerda a la gente que, hoy en día, tiene muchos amigos por Internet, pero que nunca se han visto personalmente.
En 1587, Piedrola, quiso entrevistarse con el rey, para contarle más sobre sus sueños. No sólo no lo consiguió, sino que fue detenido por la Inquisición. Ese mismo año fue procesado y condenado a cadena perpetua para luego ser encarcelado en una de sus cárceles secretas, situada en el interior del castillo toledano de Guadamur. Por entonces, propiedad del conde de Fuensalida. Nunca más se supo de él.
A primeros de mayo  de 1590, el inquisidor de Toledo, don Lope  de Mendoza, recibió la orden de  confiscar todos los documentos que hallase en el domicilio de Alonso de Mendoza. Parece ser que, al principio, quizás por amistad o parentesco con el acusado, se resistió a hacerlo. Sin embargo, unos días después cumplió esas órdenes a rajatabla.
Posteriormente, Alonso, fue condenado a 6 años de cárcel y luego recluido en el monasterio jerónimo de la Sisla, cercano a Toledo donde murió unos años más tarde.
A finales de mayo de ese mismo año ya habían sido encarcelados todas las personas relacionadas con este caso.
Algunos autores afirman que el hecho que desató la persecución de este grupo fue la repentina huida de Antonio Pérez hacia el Reino de Aragón.
La misma Lucrecia, que acababa de comprometerse con Diego de Vitores Texeda y se hallaba embarazada, también fue detenida y sometida a varios interrogatorios. De hecho, dio a luz en prisión.
En 1595 participó en un auto de fe, que se celebró en el patio del convento de Santo Domingo, en Toledo. Allí la vistieron con un sambenito, una vela y una cuerda alrededor del cuello. De hecho, en ese momento se enteró de que no había sido condenada a muerte. Es posible que eso se debiera a que, hasta 1594, año de la muerte de Gaspar de Quiroga, inquisidor general y arzobispo de Toledo, éste los habría protegido a ella y a Alonso de Mendoza.
Seguramente, por ello, aunque fue acusada nada menos que de blasfemia, sedición, falsedad, sacrilegio y algunas cosas más, sólo fue condenada a cien azotes, destierro de Madrid y reclusión durante dos años en un convento. Ni siquiera la azotaron ese día, porque el verdugo no acudió al auto.
Lo curioso es que no la querían en ningún convento, salvo que pagara el alojamiento para ella y su hija. No fue así, porque su padre tampoco quiso ayudarla.
Al final, fue a parar al hospital de San Lázaro, de Toledo, de donde tuvo que ser evacuada, para no ser contagiada por las graves dolencias de los enfermos allí ingresados. Parece ser que este centro estaba especializado en los afectados por la tiña, la lepra o la sarna.
Posteriormente, la ingresaron en el Hospital de San Juan Bautista. Conocido, actualmente, como Hospital de Tavera.
Poco más se puede decir sobre esta extraña mujer. Tras su ingreso en ese centro no se supo más de ella.
Algunos autores piensan que esta rebelión dentro de la Iglesia contra ese monarca pudo venir porque, una de las consecuencias de las varias bancarrotas que hubo durante su reinado, fue que el Estado se quedara con algunos de los impuestos, que tradicionalmente, cobraban los clérigos a sus feligreses.
Lo que está muy claro es que esto no fue un simple grupo de gente, movida por unos motivos exclusivamente religiosos. Fue toda una conspiración a nivel político, que utilizó la interpretación de los sueños de Lucrecia y de Piedrola para atraerse a la gente hacia su bando e intentar deponer del trono a Felipe II.
Eso lo entendió muy bien este rey, porque se sabe que se interesó, personalmente, para que Piedrola no pudiera salir jamás de su encierro, ni tener contacto con nadie, que no fueran sus guardianes en el castillo de Guadamur. Incluso, dio unas claras instrucciones para que se destruyera toda la correspondencia entre el monarca y Piedrola.
Espero que os haya gustado el artículo, aunque esta vez reconozco que me he extendido mucho.