ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 22 de septiembre de 2016

EL MISTERIO DEL ZAR ALEJANDRO I DE RUSIA



Hoy voy a dedicar este artículo a un zar que siempre fue muy enigmático. Todos sus contemporáneos lo vieron siempre como una persona sin criterio propio. Tan pronto defendía una cosa, como la contraria. Así que otros gobernantes nunca lo vieron como una persona muy fiable.
Nació en 1777, en la antigua capital de Rusia, San Petersburgo. Sus padres
fueron el futuro zar Pablo I y su esposa, una princesa de origen alemán
Tuvo dos personas que le influenciaron mucho. Por un lado, estaba su abuela, la famosa Catalina la grande, y por otro, su padre, como ya he dicho, el futuro zar Pablo I.
Parece ser que su abuela y su padre nunca se llevaron bien. Las discusiones eran continuas, mientras Alejandro intentaba estar a bien con los dos, poniéndole buena cara a cada uno.
Se rumoreaba que Catalina intentaba quitarle los derechos sucesorios a su hijo, para que reinara, directamente, su nieto. Parece ser que era el favorito de su abuela.
Uno de los sueños de Catalina II la grande, fue la restauración del antiguo Imperio Bizantino y pensaba que sus nietos lo podrían lograr.
Incluso, se habla de que el marido de la reina era estéril y no podía ser el padre de Pablo, lo cual pondría en peligro su sucesión a la corona.
Así, al morir la reina, Pablo, destruyó su testamento e instituyó las llamadas Leyes Paulinas, por las que el heredero de un Romanov siempre será su primogénito, sin posibilidad de modificarlo.
A fin de imponer sus gustos, revocó muchas de las leyes aperturistas e ilustradas de su madre. Impuso multas y mandó al exilio a los que vio vestidos al estilo occidental y a los que leyeran libros franceses.
La verdad es que el zar Pablo I no debía de estar muy bien de la cabeza, pues quiso rodearse, exclusivamente, de gente de probada lealtad, con una idea de corte al estilo medieval.
Así que hizo una de mesa limpia y echó de la corte a todos los nobles que no le cayeron en gracia. Aparte de siete mariscales de campo y 333 generales.
Incluso, imbuido por ese espíritu medieval, dio refugio a los Caballeros de la Orden de Malta, cuando Napoleón les invadió y los echó de su isla.
También fue muy dubitativo, por lo que se refiere a sus alianzas militares. En un principio, se apuntó a la Segunda Coalición contra Francia. Para ello, envió tropas a luchar contra los franceses en Suiza. También  envió a su Armada, para luchar al lado del Reino Unido.
Posteriormente, cambió de tercio y declaró una neutralidad armada contra sus antiguos aliados británicos.
Algunos dicen que lo hizo así, porque les cogió estima a los Caballeros de Malta. En primer lugar, los franceses se habían apoderado de Malta y, posteriormente, los británicos, le habían arrebatado la isla a los franceses.
Otra de sus famosas ocurrencias fue enviar unidades de cosacos a la India para luchar contra los británicos.
El zar, Pablo I, sospechaba que, poco a poco,  se iba fraguando un complot contra él. Parece ser que la orden que había dado a los nobles para que mejoraran el trato hacia sus sirvientes, no les gustó nada a los aristócratas.
Incluso, tenía premoniciones sobre su propia muerte y no le faltaba razón. La noche del 11/03/1801, unos conjurados entraron en su dormitorio, en el castillo de San Miguel, y le asesinaron.
Parece ser que el zar les había oído y se escondió tras unas cortinas. Fue descubierto y, como se negó a firmar su abdicación, fue golpeado y estrangulado allí mismo.
Lo triste del asunto es que su hijo tenía alguna noticia del complot, pero no hizo nada para oponerse a él. Incluso, uno de los asesinos de su padre, fue a decirle que era el nuevo zar.
Realmente, no se sabe si su hijo estuvo implicado de algún modo en el asesinato de su padre. Al respecto, hay teorías de todo tipo. Algunos dicen que dio su conformidad, pero, con la condición de que no mataran a su padre. Sin embargo, por lo que se ve, no le hicieron caso.
Evidentemente, sus enemigos, intentaron siempre justificar el asesinato del zar, diciendo que estaba loco y que, si seguía en el trono, podría perjudicar a Rusia.
Alejandro I, con sólo 23 años fue coronado, como el nuevo zar, en el Kremlin. Parece ser que los remordimientos por su conducta hacia su padre le atormentaron toda su vida.
Cambió radicalmente la forma de gobernar de su padre, intentando recuperar el espíritu ilustrado, que siempre tuvo su abuela. Parece ser que quiso transformar el régimen en una especie de monarquía constitucional. Una de sus frases fue que quería gobernar al pueblo ruso “según las leyes y el corazón de mi sabia abuela”.
Incluso, su canciller, Speranski, llegó a fundar un Consejo de ministros y un Consejo de Estado, bajo la dirección del Senado.
Tres años más tarde, se fueron paralizando, poco a poco, sus reformas y comenzó a pensar de otra manera. Fue el período denominado “el de las esperanzas frustradas”.
Para dejar claro que su reinado no iba a ser igual que el de su padre, lo primero que hizo fue firmar la paz con el Reino Unido, reconociendo su dominio sobre Malta.
También intentó europeizar su país, acercándose a otras monarquías, como la de Prusia o el Imperio Austro-Húngaro. A fin de acabar con el tradicional aislamiento de Rusia.
Aunque parezca mentira, se hizo muy amigo de Napoleón e, incluso, intentó establecer un arbitraje en las eternas disputas entre Francia y el Reino Unido, aunque no le diera buen resultado. La verdad es que Napoleón decía de él, que le parecía “un bizantino sospechoso”.
Parece ser que su antiguo tutor, un suizo con ideas republicanas, influyó mucho en su forma de pensar. Él fue el que, en un principio, le aconsejó que estableciera buenas relaciones con Napoleón.
Sin embargo, años después, volvió a visitar Francia y le mandó otro informe al zar, donde le aconsejaba lo contrario.
Parece ser que otra de las cosas que influyeron en su cambio de actitud hacia Napoleón fue la ejecución del duque de Enghien, por parte de los franceses.
Así que, esta vez, se apuntó a la Tercera Coalición contra Francia. A pesar de que, sobre el papel, los ejércitos aliados eran muy superiores a los de Napoleón, sufrieron una terrible derrota en Austerlitz, en 1805.
En esa batalla se perdió hasta la propia Guardia Imperial, formada por soldados muy seleccionados que, a última hora, entraron en combate para intentar cambiar el resultado de la
misma.
No obstante, el zar, no se amilanó y, aunque los austriacos, firmaron la paz por separado con Napoleón, los rusos, siguieron luchando contra los franceses.
Esta vez, dentro de la Cuarta Coalición y con la ayuda de los prusianos, tampoco tuvieron  mucha suerte.
Parece ser que los dos aliados no se entendieron bien. Así que, por una parte, los prusianos, se enfrentaron en solitario a los franceses, siendo derrotados por Napoleón en Jena y Auerstadt.
Más tarde, los franceses, se encontraron a los rusos en Polonia y les derrotaron en Eylau y Friedland, en 1806.
Así que no le quedó más remedio que reunirse con Napoleón en Tilsit y firmar la paz, en 1807. Allí mantuvieron una serie de contactos, de los cuales se derivaría una especie de reparto del mundo. Al estilo de las conferencias de los aliados durante la II Guerra Mundial.
Napoleón consiguió que Rusia respetara el boicot que había establecido contra el Reino Unido y le dejara seguir su lucha en Europa Occidental.
Mientras tanto, el zar, consiguió que se le permitiera expansionar Rusia a costa de otros países vecinos, como Finlandia. También le arrebató Besarabia a los turcos y les impuso que le dieran una autonomía a los serbios.
Siguiendo la tradicional política rusa, que siempre ha tenido como objetivo conseguir una salida fácil al mar, a ser posible, el Mediterráneo, se apoderó de Georgia y Azerbadjan.
Al año siguiente, los dos mandatarios, se volvieron a reunir en Erfurt. Sin embargo, la relación entre ellos había cambiado. Al zar no le gustó nada que Napoleón pensara quedarse con Austria, porque estaría demasiado cerca de la  frontera con Rusia. Tampoco le gustó la idea de restaurar Polonia, que siempre había sido enemiga de Rusia.
De todas formas, el principal escollo era el bloqueo económico que Napoleón había decretado contra el Reino Unido y que había obligado también a Rusia a respetarlo.
Londres siempre había sido el principal mercado para los productos agropecuarios rusos y, como no podían seguir vendiéndoles, pues se estaban arruinando.
Así, la cosa llegó a un punto en que Rusia no pudo o no quiso respetar el boicot y se decidió por seguir comerciando con el Reino Unido.
En 1812, la respuesta francesa fue formar la llamada “Grande Armée”, un impresionante ejército de 600.000 hombres, con los que Napoleón tenía pensado invadir y derrotar a Rusia.
A España le vino muy bien que Napoleón invadiera Rusia, porque, como no tenía suficientes fuerzas, tuvo que trasladar miles de soldados que estaban luchando en nuestro país. De
esa manera, empezó a cambiar de signo nuestra Guerra de la Independencia.
Desde el principio, se vio que Rusia no estaba preparada para enfrentarse a este enorme ejército. Sufrieron una derrota tras otra.
La única batalla que, hasta el final, estuvo muy indecisa, fue la de Borodino. Como siempre, los rusos fueron vencidos y los franceses llegaron hasta Moscú.
A partir de ahí, el zar, jamás quiso tener ninguna relación con Napoleón. Solía decir: “no podemos reinar juntos”.
Como suelen hacer los rusos, esperó a que llegara el invierno. También practicó una estrategia de tierra quemada y consiguió que los campesinos y el ejército se unieran en una lucha a muerte contra los invasores.
La retirada de los soldados napoleónicos fue realmente dramática. Muertos de frío y faltos de todo tipo de suministros, aparte del frecuente acoso de los rusos, fueron cayendo por docenas.
De los 600.000 soldados que penetraron en territorio ruso, sólo volvieron unos 18.000, lo cual da una idea del desastre sufrido.
Espoleado por un odio feroz a Napoleón, dio orden de perseguir a los franceses por toda Europa.
Así y todo, las fuerzas napoleónicas,. Consiguieron vencerle en Lützen y Bautzen. Sin embargo, la Coalición consiguió recuperarse y le derrotaron ampliamente en Leipzig, en 1813.
Tras esta gran victoria, persiguieron a los franceses hasta el mismo París, con los cosacos en la vanguardia, y entraron en esa ciudad en 1814.
El zar, pensó que había llegado el momento de crear una paz estable en toda Europa. A causa de sus ideas conservadoras, se le ocurrió que podría ser una buena idea formar la Santa Alianza. Una nueva sociedad formada por las grandes potencias militares de la época, cuyo objetivo sería impedir que triunfaran las ideas liberales en ningún país de Europa, pues le echaban la culpa de esas guerras al triunfo de las ideas revolucionarias liberales.
Parece ser que estuvo influido por las ideas de Bárbara von Krüdener, conocida mística, la cual decía que su labor era organizar el reino de Cristo en la Tierra.
Este pacto lo firmaron Rusia, Prusia y Austria. O sea, las potencias vencedoras que se reunieron en el Congreso de Viena. Posteriormente, se adhirieron Francia y el Reino Unido. Este último como observador.
En 1815, el zar, aparte de salir reforzado del Congreso, se convirtió oficialmente en rey de Polonia y Gran Duque de Finlandia.
A su regreso a Rusia, cambió radicalmente su forma de gobernar. Eliminó las reformas y convirtió su reinado en una autocracia. Utilizando, habitualmente, la violencia.
Se convirtió en un zar muy impopular. Por una parte, se buscó muchos enemigos entre los ilustrados. Por otra, la mayoría de la nobleza era tan conservadora, que le seguía viendo como a un liberal.
Incluso, se enemistó con la influyente Iglesia Ortodoxa, la cual creyó ver en él que estaba influido por el Papa.
En 1818, durante un encuentro con el famoso canciller austriaco, Metternich, sufrió un intento de secuestro, lo cual le hizo desconfiar aún más de su pueblo.
En 1825, realizó un viaje hacia el sur, para visitar a su Ejército, que estaba situado en la frontera, a punto de iniciar una guerra contra Turquía.
Fue a un lugar llamado Taganrog, junto al mar de Azov, en Crimea. También, lugar de nacimiento del célebre dramaturgo Anton Chejov.
Parece ser que se sintió mal y, en un principio, los médicos le diagnosticaron un simple resfriado.
Sin embargo, la cosa se complicó y se vio que era tifus, muriendo pocos días después de haber llegado. Concretamente, el 01/12/1825.
Su cadáver fue trasladado nada menos que hasta San Petersburgo, al otro extremo del país, donde fue enterrado.
No sé si su cadáver se habría descompuesto, pues tardarían bastante en llevarlo hasta San Petersburgo, lo cierto es que, al llegar allí, muchos de sus familiares no le reconocieron.
Desde ese momento, empezó a correr por el país el bulo de que el zar, realmente, no había muerto, sino que habían metido en su ataúd el cuerpo de un soldado con el que tenía cierto parecido. Se decía que el zar se había disfrazado de monje y se había retirado a meditar a un convento.
Lo cierto es que el zar había dado a conocer a algunos de sus más allegados que pretendía abdicar del trono al cumplir los 50 años de edad y dejárselo a su hermano, por falta de herederos directos.
Incluso, se cuenta que escribió al káiser Guillermo de Prusia, diciéndole que quería dejar el trono e irse a vivir como un simple ermitaño.
Los que lo conocían dijeron que el zar estaba padeciendo una depresión y se dedicaba continuamente a viajar por el país, para olvidar sus recuerdos.
Parece ser que algunos años después, un ermitaño, llamado Fiodor Kuzmich, que acababa de regresar de Tierra Santa, empezó a hacerse famoso.
Alguien dijo que se parecía mucho al zar Alejandro I y que se había convertido en ermitaño para aplacar su mala conciencia, por su complicidad en el asesinato de su padre.
Incluso, algunos dicen que el ermitaño, aparte de sus labores religiosas, llamaba la atención por sus finos modales y el conocimiento de la política y de una serie de datos, que no conocía casi nadie. Como ciertos detalles de la guerra contra Napoleón o anécdotas de la entrada del zar en París.
El ermitaño fue detenido, acusado de ser un impostor y azotado. Se le condenó, siguiendo las leyes contra los vagabundos,  al exilio en Siberia, donde trabajó en una mina de oro, y allí murió en 1864.
Sin embargo, siempre fue muy venerado por la familia imperial rusa y, además, fue canonizado,  en 1984, por la Iglesia Ortodoxa rusa. Según parece, también solía recibir, habitualmente, las visitas de los miembros de la familia imperial, incluido el propio zar, Nicolás I.
Además, en una ocasión, cuando un soldado ruso se cruzó con él, se arrodilló inmediatamente, reconociéndole como el zar. Sin embargo, él le dijo  que se levantara porque “yo sólo soy un vagabundo”.

Para colmo, cuando llegó al trono Alejandro III, en 1881, ordenó que se abriera el ataúd de su antecesor, que se guarda en la cripta de los Romanov, en la catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que estaba vacío.  
Otras fuentes, dicen que  su tumba se volvió a abrir en 1921, cuando ya gobernaban los comunistas y el resultado fue el mismo.
Hasta el mismo León Tolstoi afirmó en su famosa obra “Guerra y Paz”, que ambos eran la misma persona.
Por esa época, también se publicaron, en el extranjero, las memorias del barón Nikolai Wrangel. En ellas, informaba que, en 1864, el mismo año de la muerte de Kuzmich, en la tumba del zar, que estaba vacía, enterraron un ataúd, donde había un anciano con una barba blanca muy larga.

martes, 20 de septiembre de 2016

EL GOLPE DE ESTADO DEL GENERAL MALET



Hoy os voy a contar un suceso ocurrido en Francia en 1812 y seguro que a más de uno le va a sonar a otro golpe de Estado del que se ha realizado una película, no hace muchos años.
Como siempre, para explicar algo sencillamente, creo que lo mejor es empezar por el principio.
Nuestro personaje de hoy fue un militar francés llamado Claude François de Malet. Nació en 1754 en la localidad francesa de Dole, que fue la antigua capital del Franco Condado. Una zona cercana a Suiza.
Al proceder de una familia noble, en su juventud, se alistó como mosquetero del rey. Un regimiento donde todos sus integrantes tenían la consideración de oficiales del Ejército.
Desgraciadamente, para él, Luis XVI, disolvió estas unidades a causa de problemas presupuestarios.
En 1790, tras la Revolución Francesa, a su padre no le gustó nada que la apoyara y, por tanto, le desheredó. No obstante, él fue nombrado comandante de la Guardia Nacional en su ciudad natal.
Al iniciarse las guerras, causadas por las múltiples coaliciones contra la República Francesa, se ofreció para servir en el Ejército como voluntario y fue destinado, con el grado de capitán, a un regimiento de Infantería.
Le licenciaron varias veces, por exceso de oficiales,  y otras tantas se volvió a reenganchar. En 1799, ya figuraba como Jefe del Estado Mayor del Ejército de los Alpes.
Allí su unidad consiguió varias victorias, por lo que varios oficiales fueron condecorados y, él en concreto, fue ascendido a general de brigada.
Posteriormente, luchó varios años en Suiza, hasta que se firmaron los tratados de paz de Luneville y Amiens.
En 1799, se produjo el famoso golpe de Estado llamado del 18 de Brumario, por el que Napoleón logró tomar el poder.
En el referéndum, que se hizo para confirmarle en el cargo, Malet, votó en contra, porque no le gustaban nada los dictadores y también, en 1804, se pronunció en contra de la creación del Imperio.
Napoleón tomó nota y a partir de ahí, su estrella se fue apagando y, desgraciadamente,  su carrera militar cayó en declive.
Por ello, lo fueron enviando a guarniciones dentro de Francia, donde no podría destacar nunca. Incluso, le dieron el cargo de comandante de la Legión de Honor.
Además, como seguía presumiendo de oponerse al emperador, en 1805, le dieron de baja en el Ejército.
Por otra parte, fracasó dos veces en su intento de ser elegido diputado por su región, el Jura.
Más tarde, fue designado gobernador de Pavía. El problema es que chocó con el hijastro de Napoleón, Eugene Beauharnais, que era el virrey de Italia y lo expulsó de ese territorio.
Éste le acusó de varios cargos, como el de  hacer propaganda a favor de los republicanos, por el que le tuvieron encerrado casi un año, hasta mayo de 1808, sin ni siquiera molestarse en llevarle ante los tribunales.
Al siguiente año, pasó de nuevo por la cárcel, por ser sospechoso de pertenecer a una Logia Masónica anti-bonapartista y republicana.
Parece ser que lo consideraron sospechoso de una conspiración republicana que, en 1808, durante la estancia de Napoleón en España, llenaron París con carteles proclamando la caída del régimen. No obstante, salió en libertad sin cargos.
Se comenta que, en 1809, estuvo diseñando otra operación parecida, durante la estancia de Napoleón en Viena.
Posteriormente, estuvo bajo arresto, en el sanatorio psiquiátrico del Dr. Dubuisson,  hasta que se fugó en octubre de 1812. Eso me recuerda a lo que hicieron con muchos opositores en la extinta URSS.
Algunos dicen que le fue posible contactar con conocidos monárquicos, como el abate Lafon, Polignac o Ferdinand Bertier, con los cuales pudo organizar su plan.
El 23/10/1812, puso en marcha un plan, que había ideado en sus largas estancias en la cárcel. Por aquel entonces,  el emperador, se hallaba, con el grueso del Ejército, haciendo la campaña de Rusia. Así que Malet y sus compinches dieron un golpe de Estado.
Aprovechándose de que en aquella época no estaban tan desarrolladas las comunicaciones, publicaron una gran cantidad de panfletos, donde se daba a conocer la muerte de Napoleón, durante su estancia en Rusia. Lógicamente, todo era falso.
De todas formas, los británicos, que eran aliados de los rusos, llevaban mucho tiempo publicando en sus periódicos las cuantiosas pérdidas humanas que estaba costando la campaña de Rusia. Así que no era de extrañar que también hubiera perecido el mismo emperador.
Evidentemente, los implicados en ese complot, trataron de convencer a la población de que había que formar, inmediatamente, un gobierno para que no se produjeran desórdenes en Francia a causa del vacío de poder.
El gobierno propuesto por ellos lo formaban las siguientes personas: el duque de Montmorency-Laval, Alexis de Noailles, el general Moreau, Lazare Carnot, el mariscal Augereau, el político Bigonnet, el conde Frochot, el diputado Florent Guiot, el filósofo Antoine Destutt de Tracy, el mismo general Malet, el vicealmirante Truguet, el senador Volney y el senador Garrat.
Contaron con el apoyo de las fuerzas de la Gendarmería de París y el grupo de la Guardia Nacional destinado en París.
Lo cierto es que esta gente no estaba al tanto de lo ocurrido y sólo pretendía obedecer las órdenes de sus superiores.
De hecho, el coronel Soulier, jefe de la Guardia Nacional en París, que dormía en su cuartel de Popincourt, fue despertado por su ayudante a las 4 de la mañana. Le comunicó que venía a verle un emisario con malas noticias sobre Napoleón.
Este emisario, que decía venir en nombre del Senado,  era nada menos que Malet, el cual se presentó como general Lamotte. Llevaba en su poder una serie de documentos falsos en los que se decía que Napoleón había muerto el 7 de octubre en Rusia, aunque la noticia había llegado a París el día 22.
En ese mensaje se decía que los senadores habían decidido nombrar un gobierno provisional, para que el vacío de poder no diera lugar a una guerra civil, con el fin de disputarse el trono.
Las órdenes para el coronel Soulier eran detener a una serie de personajes: el ministro de la Guerra, el ministro de la Policía, el primer ministro, el gobernador militar de París, el ayudante del mismo y el prefecto de la Policía de París. Del mismo modo,  le informaba que acababa de ser ascendido a general.

También le ordenaban poner en libertad a los generales Lahorie y Guidal para comandar sus tropas y proceder a esos arrestos.
Al mismo tiempo, ordenó que se tomara el Ayuntamiento de París para que se pudiera reunir allí, inmediatamente, el nuevo gobierno.
A pesar de que lograron la movilización de los 1.200 hombres de la Guardia Nacional, los planes no se cumplieron correctamente, porque los generales liberados no hicieron caso a Malet. Se dedicaron a buscar a los de la lista para encerrarlos, pero dejaron libres al primer ministro y al ministro de la Policía. Un gran error que les costaría muy caro.
No obstante, a las 08.30 de la mañana, ya habían encarcelado a los principales jefes de la Policía y Lahorie había tomado el cargo de ministro de la Policía.
Uno de los principales enemigos a batir en este golpe de Estado fue el general Pierre Hulin, gobernador militar de París. Malet fue a su casa para arrestarlo, pero éste le hizo muchas preguntas, que el otro no supo contestar, y se defendió. Hulin recibió un disparo en la cabeza y lo dejaron tirado en el suelo, pensando que estaba a punto de morir.
No obstante, se apoderaron del sello de la I División, para estamparlo en los documentos redactados por los implicados en ese complot.
El momento crucial fue cuando Malet fue a hablar con el coronel Doucet, ayudante de Hulin. Éste desconfió cuando le presentó los documentos, pues conocía a Malet y sabía que había estado encerrado en un manicomio.
Además, había podido leer un documento de Napoleón, fechado en el día posterior al que decían que había muerto. Así que le hizo pasar solo a su despacho.
Cuando se quedaron solos, Doucet, que había llamado a su ayudante Laborde,  derribaron a Malet y aprovecharon para atarlo y amordazarlo.
Acto seguido, Doucet, ordenó a la Guardia nacional que volviera a sus cuarteles y, en su lugar, movilizó los efectivos de la Guardia Imperial, que siempre fueron absolutamente leales al emperador, y con ellos recuperó el orden en la capital.
Se puede decir que a las 9 de la mañana, el golpe, había fracasado. Posteriormente, Doucet, fue a liberar a Savary, ministro de la Policía, y redactó un informe para el ministro de la Guerra.
Como siempre suele ocurrir en muchos casos, Clarke, el ministro de la Guerra, fue a ver a la emperatriz, para contarle lo sucedido, y se atribuyó todo el mérito de haber derrotado a los golpistas.
Luego, hubo una fuerte discusión entre los ministros de la Policía y de la Guerra, pues el segundo había declarado la ley marcial, argumentando que era una sublevación militar
y todo el poder habría de recaer en el gobierno militar.
En cambio, fue Savary, el ministro de la Policía, el que ordenó la detención de los generales Malet, Lahorie y Guidal, el mismo 23/10/1812.
El mismo ministro Clarke, que debería de ser un trepa de mucho cuidado, escribió al mismísimo Napoleón, informándole del golpe. Haciendo gala de su imaginación, le contó que se trataba de una gran confabulación contra el régimen y que, seguramente, la mayoría de los culpables aún no habrían sido capturados. Incluso, dejó traslucir que desconfiaba hasta del ministro de la Policía.
En ausencia de Napoleón, Clarke, hizo lo que le dio la gana e instauró, en la práctica,  un verdadero régimen dictatorial.

Organizó aprisa y corriendo un Consejo de guerra, presidido por su antecesor en el cargo, Dejean. Como fiscal impuso a Pierre Fanchot, uno de los funcionarios a su cargo.
Evidentemente, organizó este Consejo de guerra para obtener una excusa legal para fusilarlos. De hecho, parece ser que cuatro días antes de que empezara el mismo, ya había organizado los pelotones correspondientes.
El mismo día 31 ordenó el fusilamiento de 21 personas, en la llanura de Grenelle. Entre los que se encontraba una víctima del golpe, el coronel Soulier.
A pesar de que Savary había intentado que las responsabilidades recayeran exclusivamente en Malet, Lahorie y Guidal, sólo se salvaron de la pena capital el coronel Rabbe, jefe del regimiento de la Guardia, en París,  y un soldado de la Guardia Nacional.
Aunque un miembro del tribunal protestó por las acusaciones contra las autoridades militares, el
implacable Clarke, dio orden de investigar las actividades de todos los mandos militares asentados en los alrededores de París y arrestar a todos los que pudieran infundir, por su conducta, alguna sospecha.
A Napoleón, que se encontraba en Rusia, le llegaron, casi al mismo tiempo, los informes de Clarke y de Savary.
En cuanto al primero, ya sabemos lo que decía y las “medallas” que se intentaba ponerse a sí mismo. Incluso, que habían tenido que ser los militares los que habían defendido al Estado, porque la Policía no había estado a la altura de las circunstancias.
En cuanto al segundo, le había remitido un texto, donde detallaba muy claramente lo que había pasado y sólo le echaba la culpa a Malet. Incluso, sospechaba, que los generales Lahorie y Guidal habían sido engañados por el mismo Malet.
Napoleón pensó que un golpe tan temerario no podría ser obra de un único hombre. Así que le pareció más verosímil la versión de Clarke.
No obstante, emprendió, enseguida, el camino de vuelta a París, para enterarse de lo ocurrido e intentar que el tema no fuera conocido por la mayoría de la población. Supongo que para que nadie se diera cuenta de la debilidad del régimen y de la facilidad con que se podría derrocarlo. Concretamente, el 05/12, entregó a Murat el mando del Ejército en retirada, cuando ya estaban de regreso en Vilna.
Lo creyera o no, a Napoleón le interesaba decir que el intento había sido obra de un militar loco, para que la gente no pensara que el Ejército estaba lleno de golpistas, cuando ya se acercaban los aliados, para invadir Francia.   
Llegó a París la noche del 18/12. A la mañana siguiente, reunió a su Gobierno. Posteriormente, se reunió durante dos horas a solas con Savary.
Así se dio cuenta de que Clarke era un simple trepa y que era un hombre en quien no se podía confiar.
No obstante, Clarke, permaneció en su puesto, porque a Napoleón no le interesaba montar una crisis ministerial en esos delicados momentos, pero ya nunca más se fio de él.
Parece ser que Clarke siempre fue un tipo muy trabajador y muy buen administrador. Sin embargo, tenía en su contra ser un tipo demasiado ambicioso. Se podría decir que era
el típico cortesano adulador.
Aparte de otros temas, la función principal de Clarke fue alistar soldados para enviar bien hacia España o hacia Rusia.
Hasta se dedicó a recorrer los hospitales para ver si de allí podría sacar a algunos soldados con destino a Rusia. Es más, llegó a formar nuevas unidades de la Guardia Nacional a base de ancianos, enfermos y cojos. En total, le proporcionó a Napoleón unos 450.000 soldados para la campaña de Rusia.
Clarke, solía tener un contacto casi diario con Napoleón. Cuando éste se internó dentro de Rusia, los correos imperiales se espaciaron más y el ministro empezó a gobernar a su antojo.
Como las órdenes de Napoleón ya no llegaban de forma regular, el poder pasó a estar exclusivamente en manos de tres hombres: el primer ministro, Cambaceres; el ministro de la Policía, Savary y el ministro de la Guerra, Clarke.
Cambaceres era un viejo amigo de Napoleón y su principal cometido era ayudar a la emperatriz, para actuar como regente, en ausencia de Napoleón.
Savary era un veterano, que había luchado en Austerlitz, España y Friedland, aparte de un hombre con gran habilidad diplomática. También tuvo el acierto de mantener la excelente red de espías que había creado su antecesor, Fouché.
Clarke quería tener mayor autoridad que Savary y aprovechó la ocasión para intentar que el emperador picase en el anzuelo y  cesara al otro del cargo.

De hecho, Savary, se encontraba en una posición muy incómoda, pues no se había enterado del complot y había sido capturado en su propia casa por unos cuantos amotinados. Algo inapropiado para un ministro de la Policía.
Por otra parte, el emperador,  a su regreso, se dio una vuelta por París, para que la gente dejara de rumorear sobre su muerte en Rusia.   
Menos mal que no tomaron como rehenes ni a la emperatriz, ni al heredero, llamado rey de Roma. Precisamente, el diligente Clarke, había dado las órdenes precisas para que, en caso de emergencia, la Guardia Imperial, trasladase a la emperatriz y al heredero, fuertemente escoltados, hasta Saint Cloud.
Lo único que, en verdad consiguió el golpe de Malet fue dividir al Gobierno y hacer que los ministros se pelearan entre ellos, por ganarse el favor del emperador, olvidándose de ejercer las funciones administrativas que tenían encomendadas.
Después de todo lo que os he contado, ¿No os recuerda este golpe al que pretendió dar contra Hitler, el coronel von Stauffenberg?

domingo, 18 de septiembre de 2016

LA BALSA DE LA MEDUSA



Seguramente, es posible que sólo por el título, no les suene a algunos este episodio de la Historia. Sin embargo, al mirar el cuadro que figura a la derecha a casi todos les resulte conocido.
Hoy en día, se podría decir que es un episodio histórico casi olvidado. Sin embargo, en su época, dio lugar a más de un escándalo.
Durante la investigación judicial, uno de los supervivientes dijo lo siguiente: “Los anales de la navegación no registran ningún naufragio tan terrible como el de la fragata Medusa”.
Esta fragata viajaba dentro de una flotilla francesa de 4 navíos, que había zarpado el 17/06/1816 del puerto de Rochefort, concretamente, de la isla de Aix, para ocupar el puerto de Saint Louis, en Senegal.
La componían el buque de transporte Loire, el bergantín Argus y la corbeta Echo. Aparte de la Medusa.
Este puerto les había sido devuelto por los británicos a los franceses, tras las conocidas guerras napoleónicas y la firma de la Paz de París.
Dentro de la fragata viajaban el gobernador, Julien Schmaltz, su esposa, su hija, varios científicos, soldados y colonos.

Además, un tal Richefort, nombrado capitán del puerto adonde se dirigían, que todavía sabía menos de navegar que el capitán. No obstante, ser permitió darle constantemente consejos y el otro le dejó hacer lo que quiso.

Parece ser que el capitán intentó ganar velocidad y se separó del resto del convoy, acercándose mucho a la costa africana.
Desgraciadamente, el 2 de julio del mismo año, esta fragata embarrancó en aguas poco profundas a unos 100 km de las costas de Mauritania. Nadie quiso acercarse para rescatarlos y además, se habían salido unos 150 km del rumbo previsto.
El capitán de esta fragata era un vizconde llamado Hugues Duroy de Chaumereys, el cual no tenía mucha práctica en navegación y además acababa de regresar de su exilio. De hecho, llevaba más de 20 años sin navegar, sin embargo, había sido elegido para ese puesto por su amistad con el rey y sin haber capitaneado nunca ninguna nave.
Parece ser que, en un principio, había sido elegido para ese puesto el capitán François Ponée, pero luego fue cesado, a causa de su pasado bonapartista.
Algunos afirman que el capitán no fue el único culpable del embarrancamiento del barco, sino que el nuevo gobernador le presionó para llegar cuanto antes a su destino. Sin embargo, a éste nadie le culpó de nada.
Estuvieron tres días intentando liberar el barco. Cuando se vio que era totalmente imposible, se pensó en abandonarlo. El problema es que sólo había 6 botes, los cuales podrían llevar a unas 250 personas, pero no a las 400, que viajaban en la nave.
Se decidió echar al agua los botes y remolcar la balsa, donde, en un principio, viajaban 149 personas. En su mayoría, marineros y soldados.
Realmente, las condiciones de la balsa eran muy precarias. Estaba hecha a base de troncos atados con cuerdas. Medía 20 m de largo por 7 de ancho. Lo cual producía que sus ocupantes viajaran hacinados en ella. Aparte de que navegaba semihundida a causa del enorme peso que soportaba.
Evidentemente, el capitán, decidió que las personas más importantes de la nave, como el nuevo gobernador y su esposa,  viajaran a salvo en los botes, junto con sus lujosas pertenencias.
Aparte de ello, 17 miembros de la tripulación decidieron quedarse dentro de la nave hasta que les rescataran.
Los botes remolcaron a la balsa, pero, al cabo de un rato, vieron que no avanzaban y alguien  cortó las amarras, siguiendo las órdenes del capitán. No se sabe si fue porque retrasaban demasiado la llegada de los botes a la costa o porque tenían muy pocas provisiones y los de la balsa podrían plantearse atacar a los de los botes, que llevaban mejores suministros.
Así que, mientras, los botes, llegaron sin problemas a la costa,  la balsa quedó a merced de las olas, sin gobierno de ningún tipo, porque, como iba a ser remolcada, no la habían provisto de remos, ni de timón.. Al mando de la misma dejaron a un simple guardiamarina.
Dentro de la balsa, la situación cada vez fue más penosa. La falta de víveres, que se agotaron al cuarto día,  causó un gran malestar entre los tripulantes. Sólo les habían dado una bolsa de galletas, unos barriles de agua y de vino. Todo eso duró bien poco, porque, incluso, algunos barriles se perdieron en el mar.
No se sabe si los primeros 20 hombres que murieron se suicidaron o alguien los asesinó. A falta de provisiones, se montó una revuelta dentro de la balsa. A consecuencia de ello, hubo varios muertos y se produjeron casos de canibalismo.
Concretamente, una semana después, sólo quedaban 27 hombres con vida dentro de  la balsa. Alguien decidió echar a los heridos al mar y dejar en la balsa sólo a los que estaban sanos. También hay quien dice que mataron a los más débiles para comérselos. En una especie de selección artificial.
Casualmente, el 17/07/1816, esta balsa fue rescatada por la nave llamada Argus, que se la encontró en medio del mar, pues los franceses ni siquiera habían intentado ir en su busca y la nave sólo tenía órdenes de recuperar un cargamento del oro, que habían dejado en la Medusa.
En el momento del rescate, a los 13 días del naufragio, sólo quedaban 15 hombres. Los demás habían muerto por hambre o habían sido asesinados y arrojados por la borda. Incluso,
hubo varios casos de suicidio a causa de la desesperación.
Incluso, ya durante el viaje de regreso en el Argus, murieron otros 5 hombres a causa de su estado de extrema debilidad.
Dos de los supervivientes, un médico y un armador, escribieron un panfleto, que se difundió por toda Francia.
Parece ser que los antiguos bonapartistas y demás grupos utilizaron este caso para criticar a la nueva monarquía
francesa, que había sido restaurada, el año anterior, tras la derrota de Napoleón. Lo que se llamó la Segunda Restauración.
Sobre todo, se criticaba el favoritismo del nuevo régimen, que, según parece, no existió durante la época bonapartista.
Ya sé que en España eso de que no hubiera favoritismos es una cosa muy difícil de entender.
El capitán Chaumareys fue juzgado ante un Consejo de guerra, celebrado en Rochefort, el 25/02/1817.
Le acusaron de haber embarrancado la Medusa en un banco de arena conocido por todos los marinos, la pérdida del barco y el abandono de la balsa. Por estos cargos se pedía la pena de muerte.
Sin embargo, sólo fue expulsado de la Armada y  desposeído de todas sus condecoraciones, aparte de ser condenado a tres años de cárcel.
Tras su puesta en libertad, se fue a vivir al castillo de su madre, donde se arrepintió de todos sus actos. Debido a sus deudas económicas, se le incautó el castillo y, después,  uno de sus hijos se suicidó. 
El Gobierno francés intentó que todo se olvidara cuanto antes. Sin embargo, un artista llamado Theodore Gericault, se mostró muy indignado al conocer la noticia.
Parece ser que exclamó: “Ni la poesía, ni la pintura podrán jamás hacer justicia al horror y la angustia de los hombres de la balsa”.
El pintor, hasta ese momento, había pintado cuadros más acordes con su formación académica y neoclásica. Sin embargo, aquí se puede apreciar que fue uno de los precursores de la pintura romántica. De hecho, se considera que esta es la primera pintura romántica realizada en Francia.
La obra causó gran impacto en la sociedad de su época, porque el pintor quiso retratar en ella al pueblo, el cual estaba siendo olvidado por el Estado.
Algunos dicen que intentó mostrar que el Estado se estaba separando de las necesidades de un pueblo, al cual debería servir. Algo a lo que estamos muy acostumbrados, hoy en día.
Es posible que utilizara un lienzo de tamaño bastante grande (4,91 x 7,16 m) para que la gente pudiera contemplar esta infamia con todo detalle.
Además, llenó el cuadro de símbolos, como el hacha ensangrentada, que da una idea de que allí se cometieron actos de canibalismo.
Desconozco si este pintor tendría ideas bonapartistas. Lo cierto es que, en un extremo del cuadro, pinta un uniforme francés en el agua. Dando a entender que su país ya no pintaba nada a nivel militar.
La mayoría de los modelos que utiliza son gente desconocida, aunque retrata a dos de los supervivientes al lado del mástil. Sin embargo, se comenta que la imagen del joven fallecido, cuyo cadáver sujeta un anciano con manto rojo es su amigo, el famoso pintor Eugène
Delacroix. El cual, según dicen, se asustó al ver por primera vez el cuadro.
A este anciano, se le ve que ya le da todo igual, pues está desesperado, porque ha visto morir a su hijo.
El pintor se implicó tanto en su obra que construyó una balsa en su estudio a tamaño natural. Unos dicen que la rellenó con figuras de cera y otros que hasta se llevó cadáveres a su estudio, para retratarlos más detalladamente.
Hasta le llevaron una cabeza cortada, procedente de un enfermo muerto en un manicomio y él hizo con ella un estudio de cómo se iba produciendo la putrefacción de un cadáver día a día.
En cambio, algunos afirman que fue a un hospital parisino a ver esos cadáveres, para copiar su rictus facial y sus posturas. Incluso, hizo bocetos de los enfermos que estaban moribundos.
Incluso, se desplazó hasta el puerto de Le Havre, para estudiar el color del cielo y el mar, para reproducirlos en su obra.
Además, en más de una ocasión, cruzó el Canal de la Mancha, en medio de una tormenta, para hacerse una idea del movimiento de una nave en esas condiciones.
Sin embargo, se tomó algunas libertades como no pintar las luengas barbas que tenían los náufragos, cuando les recogieron o las úlceras que les habían salido en la piel a causa del sol, como le informó el cirujano superviviente.
En cambio, no se olvidó de pintar al fondo el rostro de un soldado negro, el cual, siguiendo las órdenes del cirujano, era el encargado de lanzar por la borda, tanto a los muertos, como a los que tenían pocas posibilidades de seguir con vida.
También le costó trabajo decidir el momento que quería representar en el cuadro. Tuvo varias ideas, como la lucha entre los supervivientes o los actos de canibalismo.
Finalmente, se decidió por retratar en la obra el momento en que los náufragos ven un barco en el horizonte y le hacen señas con sus escasas ropas para intentar que les vea y les rescate.
Los supervivientes le habían comentado que eso ocurrió la primera vez que vieron de lejos al Argus, pero éste no les vio y pasó de largo. Tornándose la alegría inicial en desesperación.
La nave reapareció ese mismo día, por la tarde, y entonces ya fueron rescatados los supervivientes de la balsa.
El cuadro fue realizado entre noviembre de 1818 y julio de 1819, aunque el proceso total de la obra duró 18 meses. El pintor se encerró en su estudio y apenas salió en todo ese tiempo. Ni siquiera a comer, porque la comida se la traía un ayudante.
La composición del cuadro no se parece para nada a las obras neoclásicas. El pintor intentó retratar el momento con el mayor dramatismo posible. Intentando dar sensación de movimiento a cada una de las figuras.
Los especialistas dicen  que los escorzos, que hacen retorcerse a los cuerpos, tienen influencia de Miguel Ángel. Mientras que el color del cuadro recuerda a las obras de Caravaggio.
Parece ser que el autor se recrea en el momento dramático, que está ocurriendo en la balsa, y no ha prestado demasiada atención al estudio de los colores del mar y del horizonte, como solía hacerse en su época.
Incluso, llegó a entrevistarse con dos supervivientes del naufragio, un cirujano y un ingeniero, los cuales le contaron sus experiencias psicológicas a bordo de la balsa.
Por lo que se refiere a la gente que decidió quedarse en la nave, de las 17 personas, que, inicialmente, permanecieron en la nave, sólo 3 fueron rescatadas con vida, 52 días después del naufragio, aunque ya se habian vuelto locos.
Theodore Gericault había nacido en Rouen en 1791, en el seno de una familia acomodada. Por tanto, lo suyo era una especie de afición, sin estar presionado por ganarse el sustento diario.
Hasta entonces, sólo había pintado cuadros de tipo militar o ecuestre y había expuesto dos veces en el Salón oficial de pintura. Sus obras más conocidas de esa época son el “Oficial de cazadores a la carga” y el “Coracero herido”.
Esa obsesión que le llevó a hacer miles de preparativos para realizar esta obra le llevó a enfermar.
Curiosamente, el cuadro fue aceptado en el Salón de 1819, pero con el anodino título de “Escena de naufragio”. Nadie se lo tragó, porque, ya por entonces, todo el mundo sabía de qué se trataba.
El cuadro creó un gran conflicto a nivel político, porque los monárquicos se lo tomaron como una especie de insulto al nuevo régimen. Es posible que eso le costara no recibir ningún tipo de encargos oficiales.
Supongo que este pintor le resultaría molesto a las clases dirigentes, por su empeño en retratar las cosas plenamente actuales y  que ellos entendían como desagradables.
Un crítico pronunció esta frase: “Es nuestra sociedad la que se embarca en la balsa de la Medusa”.
La obra no fue bien entendida y produjo más bien rechazo entre el público parisino. Así que el pintor se la llevó a Londres. Allí permaneció un tiempo expuesta en el Egyptian Hall, en Picadilly Circus, donde miles de personas se acercaron a contemplarla. Por el contrario, su obra fue muy elogiada en el Reino Unido.
Un millonario británico ofreció una buena cantidad por la obra. También unos monárquicos franceses ofrecieron otra buena suma. Luego se supo que estos últimos tenían la intención de destruirla.
Increíblemente, fue el rey de Francia, Luis XVIII, el que la compró y la donó al Museo del Louvre, donde sigue expuesta hoy en día.
También, el pintor, se interesó por el tema de la locura. Con la colaboración de su amigo el Dr. Etienne Jean Georget, uno de los pioneros de la Psiquiatría, retrató prodigiosamente a muchos enfermos mentales.
Murió a los 33 años. Según parece, a causa de una tuberculosis, agravada por una caída de un caballo.
Está enterrado en el famoso cementerio de Père Lachaise, en París. Bajo una figura suya, realizada en bronce, se puede ver en un panel en bajorrelieve una imagen de su famoso cuadro “La balsa de la Medusa”.