ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 17 de octubre de 2016

LOS PERSONAJES QUE DIJERON SER LUIS XVII DE FRANCIA



Ya se sabe que, en el caso de las herencias, cuando hay pasta de por medio, la gente pierde completamente la cabeza y es capaz de hacer cualquier barbaridad con tal de llevársela.
Es lo mismo que ocurre, habitualmente, con las victorias, a las que siempre les salen muchos padres, mientras que las derrotas suelen ser huérfanas.
Vamos a entrar en faena. El 27/07/1794, se puede decir que terminó el llamado Terror revolucionario, pues, en esa fecha, fue guillotinado Robespierre, el mayor de los carniceros de la Revolución.
Dicen que, ese mismo día, Paul Barras, otro de los líderes revolucionarios y opositor a Robespierre, fue a la prisión del Temple, para inspeccionar el estado en que se encontraban dos de sus más importantes presos, los hijos de Luis XVI. Al ver el estado en que se encontraban, le exigió al alcaide que les dieran un trato mucho mejor, que el que habían recibido hasta el momento.
A principios de 1795, la Convención votó a favor de mandar al niño al exilio. Desgraciadamente, fueron informados que la mala salud del niño ya no le permitiría viajar a ninguna parte.
Efectivamente, el 28/06/1795, la Convención, fue informada que el niño había muerto a causa de un tipo de tuberculosis, que afecta al sistema linfático.
En ese período, tras la muerte del niño llamado Luis XVII y sus tíos Luis XVIII y Carlos X, aparecieron unos cuarenta  pretendientes, que afirmaron ser el hijo de Luis XVI, encerrado en el Temple.
De hecho, siempre hubo muchos rumores sobre si el niño habría podido escapar de la cárcel o habría sido sustituido por otro chico, más o menos, de su edad.
En 1814, un historiador, que, seguramente, era afecto a los intereses de los monárquicos, afirmó que el niño había escapado y vivía aún, pero no quiso o no pudo dar más datos para su localización. Posiblemente, se trataba de una campaña para que los franceses volvieran a aceptar a los Borbones en el trono.
En 1846, se abrió la fosa común, donde, presuntamente, se encontraban los restos del niño. Sólo se pudo localizar el cuerpo de un chico, que había muerto de la misma enfermedad que él, sin embargo, se observó que era unos años mayor que el que estaban buscando.
Evidentemente, todo este misterio dio pábulo a que se presentaran muchos pretendientes para ocupar el lugar del niño desaparecido.
Entre ellos, se puede citar a un naturalista y pintor USA, llamado John James Audubon, el cual afirmaba que tenía muchas lagunas en sus recuerdos infantiles. Lo que estaba claro es que tenía cierto parecido con los retratos conservados del niño.
Parece ser que Audubon nació en la actual Haití. Era  hijo ilegítimo de un marino francés. Tras la muerte de su madre, su padre se lo llevó a Francia, donde fue educado por su esposa. Posteriormente, su padre, que no debía de ser muy bonapartista, le dio un pasaporte falso, con el que logró escapar a USA y así no tuvo que combatir en el Ejército de Napoleón.
Ciertamente, hubo pretendientes de todo tipo. Uno muy curioso fue Eleazer Williams. Se trataba de un clérigo y misionero canadiense, descendiente de un británico y una india iroquesa. Realizó las primeras traducciones de manuales religiosos a esa lengua de los nativos.
En 1839, empezó a decir que él era el niño perdido. Incluso, afirmó que el príncipe de Joinville, hijo del rey Luis Felipe, se había reunido con él, para que le firmase un documento, donde renunciaba a todos sus derechos al trono a cambio de cierta cantidad de dinero. A lo que Williams, según decía, se había negado. Esta historia parece ser falsa.
Otro de los pretendientes fue el barón de Richemont. Decía ser el niño desaparecido, el cual había sido sustituido por otro dentro de un caballo de cartón y la complicidad de la mujer de Antoine Simon.
También mencionaba haber estado en el Ejército bonapartista con un nombre falso y bajo la protección de los generales Kleber y, posteriormente, Desaix, ambos ya muertos.
Siguiendo sus declaraciones, posteriormente, había sido enviado a América por el ministro Fouché y allí vivió durante varios años.
A su regreso a Francia, en 1818, había sido detenido por orden de Luis XVIII y enviado a una prisión de la Italia, para que la gente no conociera la identidad del preso.
Posteriormente, tras su puesta en libertad, fue de nuevo detenido en Milán, por policías austriacos, tras haberse identificado como el niño perdido. Parece ser que este episodio es cierto, porque así lo afirmaron unos poetas nacionalistas italianos, que coincidieron en la misma cárcel con él.
Incluso, comenta que el asesinato del fiscal Fualdes, en 1817, se había llevado a cabo, porque sabía demasiado acerca de la fuga del niño del Temple y eso no le venía muy bien a su tío, que entonces ocupaba el trono de Francia.
Parece ser que su verdadero nombre era Henri Hébert y había trabajado en Ruan como comerciante y dueño de un taller para fabricar vidrio. De esa ciudad huyó, en 1829, tras haberse declarado su negocio en quiebra.
En París, poco a poco, se fue buscando el apoyo de gente importante, para su reconocimiento como heredero al trono.
No obstante, en 1833, fue detenido por el cargo de insulto a la persona del rey. Esto provocó la publicación de numerosos pasquines a favor y en contra de sus pretensiones.
Su juicio tuvo lugar a finales de 1834. En él, se pudieron escuchar interesantes declaraciones, como las de Etienne Lasne, último carcelero del Delfín, que dijo que el niño había muerto en sus brazos. Aparte de otros detalles de la vida en la cárcel. Sin embargo, al confesar que las últimas palabras del chico fueron “Tengo algo que decirte…”, sin poder acabar esa frase, hicieron correr la fantasía de más de uno.
También testificó un médico, que había atendido, durante sus últimos años, en un hospital, a la mujer de Antoine Simon. Comentó que el chico se podría haber escapado en el cesto de la ropa sucia, que tenía un doble fondo. No obstante, ya no era muy buena la salud mental de la difunta. Aparte de que su marido dejó de ser el tutor del niño en enero de 1794. Sin embargo, Hebert dijo haberse fugado del Temple en junio de ese mismo año.
Hebert, el autodenominado barón de Richemont, fue condenado a 12 años de cárcel por conspiración contra la seguridad del Estado más una serie de delitos recogidos en la legislación relativa a la prensa.
Consiguió escapar de la cárcel a mediados de 1835 y se fue al extranjero. En 1838, regresó a Francia, coincidiendo con una amnistía decretada por el Gobierno.
Intentó, en diversas ocasiones, ser recibido por la duquesa de Angulema, la otra hija de Luis XVI, pero no lo consiguió nunca.
La muerte de Naundorff, que era su más serio competidor para el reconocimiento como Luis XVII, aceleró sus intentos para ser reconocido como el niño perdido.
Durante la revolución de 1848 intentó ser reconocido por los sublevados y hasta se presentó a unas elecciones celebradas ese año.
Incluso, más tarde, dijo haber sido recibido por el Papa para intentar que mediara a fin de  que lo reconociera la duquesa de Angulema y así poder tener derecho a una supuesta herencia de Luis XVI.
En 1853, cuando se hallaba en el castillo de la condesa de Apchier, murió a causa de una apoplejía. No obstante, el médico indicó en su acta de defunción que se trataba de Luis Carlos de Francia.
Lo mismo pusieron en su lápida, hasta que, en 1859, las autoridades francesas, obligaron a retirar el epitafio, donde se decía que era el hijo de Luis XVI.
A su muerte, parece ser que sus seguidores habituales lo abandonaron. No obstante, aún hoy en día, existe algún historiador que sigue afirmando que se trataba de Luis XVII.
Otros pretendientes conocidos fueron Jean Marie Hervagault y Mathurin Bruneau, los cuales, según parece, habían leído, durante sus estancias en la cárcel, el libro “El cementerio de la Madeleine”, de Jean Joseph Regnault Warin, de donde habían sacado todos los datos con los que rellenaron la encuesta de la duquesa de Angulema.
Creo que he dejado este artículo al gusto de todo el mundo, porque luego algunos me dicen que son demasiado largos.
En otro artículo hablaré sobre la figura del pretendiente más famoso, Karl Wilhelm Naundorff.

viernes, 14 de octubre de 2016

EL BARÓN DE BATZ, RETRATO DE UN CONSPIRADOR



Todos sabemos que, desgraciadamente,  ahora está muy de moda, al menos, en España, el tema de la corrupción. Hoy voy a tratar sobre la vida de un hombre que utilizó la corrupción, no para beneficiarse él mismo, sino para que lo hicieran los demás. Ya veréis qué historia más curiosa.
Seguro que más de uno habrá leído o visto las famosas películas de Pimpinela
Escarlata, cuya autora fue la baronesa húngara Emma Orczy. Evidentemente, ese es un personaje de ficción. Sin embargo, nuestro personaje de hoy fue absolutamente real. Algunos dicen que esa autora se inspiró en su vida para escribir sus novelas de aventuras.
La verdad es que su vida, en parte, me recuerda  la novela El conde de Montecristo. También hay algunos que dicen que inspiró al autor del célebre personaje de El Zorro.
El barón Jean Pierre de Batz nació en 1754 en un pueblecito de la región de las Landas, al suroeste de Francia. Lo que también se llama Gascuña. La misma región donde nació el célebre mosquetero d’Artagnan. Incluso, también se apellidaba Batz.
Sus padres pertenecían a la pequeña nobleza y eran los señores de un pequeño territorio situado en esa zona.
Parece ser que ingresó a los 14 años en el Ejército, pero, en lugar de dedicarse a las armas, como la mayoría de los jóvenes de la época, su formación se encaminó, más bien, hacia el mundo del comercio y los negocios.
No obstante, en 1776, Luis XVI le reconoció el título de barón y le admitió dentro del Regimiento real de Infantería, donde, por lo que se ve, no se le vio mucho el pelo.
Poco a poco, fue ingresando en los cerrados círculos nobiliarios. Entabló amistad con el marqués de Brancas y también administró la fortuna del barón de Breteuil.
Más tarde,  estuvo metido en negocios con el abad de Espagnac y la Compañía de las Indias Orientales. Esta inversión dejó a mucha gente en la ruina.
Sin embargo, él supo salir a tiempo y se hizo con un buen capital, reinvirtiéndolo en la compra de edificios en el centro de París y también creó, junto con un amigo suizo, la Real Compañía de Seguros de Vida.
Con esos nuevos beneficios, compró varios terrenos, en su región de origen y se edificó un castillo.
Incluso, en 1788, poco antes de la apertura del parlamento, llamado en Francia los Estados Generales, fue nombrado diputado por el estamento de la nobleza, representando a los departamentos de Nérac y Albret.
Una vez formada la Asamblea Constituyente, pasó a formar parte de una comisión de liquidación, que se dedicó a  estudiar las deudas que decía tener la Corona y el pago a cada uno de los acreedores. Incluso, llegó a acusar a algunos administradores, como el encargado de las aguas de París, de estafar al tesoro real.
Parece ser que, desde ese puesto, realizó algunos informes, como el de la reforma de la contabilidad nacional,  para intentar solucionar los problemas financieros del Estado. Sin embargo, dejó de hacerlo cuando vio que lo que se buscaba, realmente, era derribar la Monarquía.
Más tarde, fue uno de los consejeros de Luis XVI y se dedicó a organizar una política oculta y paralela, al objeto de defender la institución monárquica.
Parece ser que se dedicó a buscar gente que aportara dinero para financiar la causa monárquica. Él mismo, aportó un buen capital a este fondo. Al abrir, los revolucionarios,  la caja fuerte del rey en las Tullerías, se encontraron algunos documentos, que explicaban sus relaciones con el monarca.
La idea consistía en realizar una política en el exterior distinta a la que hacía el Gobierno. Comprar a los periodistas y escritores para influenciar a la sociedad. Por último, comprar el voto de ciertos parlamentarios para atraerlos a su causa.
El mejor aliado de Batz fue el ministro de Finanzas, por medio del cual realizaba muchos viajes al extranjero, camuflado como misiones de su ministerio.
En 1793, regresó e intentó salvar de la guillotina a Luis XVI. Parece ser que fue un intento bastante torpe. Consistió en reunir un grupo de jóvenes nobles a sus órdenes, los cuales atacaron a la comitiva, donde llevaban a los condenados, en la calle Bonne Nouvelle. Lo cierto es que había mucha gente metida en este intento, pero se echaron para atrás, en el último momento.
Pensaron que la gente del pueblo iba a estar de su parte y gritaron “A mí los que son leales al Rey”. Sin embargo, el miedo había hecho mella en el pueblo y nadie les apoyó.
Así que fracasaron y tuvieron que huir, siendo perseguidos por la Guardia Nacional y sufriendo varias bajas en la refriega.
Se puede decir que, más tarde, fue aprendiendo y utilizó el arma que mejor conocía, el dinero. Así, se dedicó a comprar las voluntades de muchos líderes revolucionarios. Evidentemente, todo lo hacía empleando intermediarios, para que nadie supiera quién estaba detrás de la conjura.
El mayor éxito del barón fue corromper a la mayoría de los líderes revolucionarios y sembrar la cizaña, para que desconfiaran entre sí y se mataran unos a otros.
También consiguió que a muchos cabecillas revolucionarios les acusaran de la quiebra de la Compañía de las Indias Orientales. Algo que costó mucho dinero al Estado.
Incluso, pagó para que guillotinaran a algunos diputados que habían votado a favor de la muerte del rey.
Concretamente, pagó a un viejo soldado para que buscara al marqués le Peletier, que había votado a favor de la condena del monarca, al cual encontró cenando tranquilamente en un restaurante de París y le voló de un tiro la tapa de los sesos.
También se aseguró la caída en desgracia del diputado Hebert y sus seguidores, que le habían hecho la vida imposible a la familia real, durante su encierro en el Temple.
Posteriormente,  convenció a varios diputados para que aprobaran la Ley de Precios Máximos, por la que se fijaban los precios máximos de muchos productos y también se impedía subir o bajar el importe de los salarios.
Dado que los costes de producción llegaron a ser superiores a los precios admitidos, como ocurre siempre en estos casos, el mercado quedó desabastecido y se formó un pujante mercado negro, con unos precios muy superiores a los oficiales.
Las ciudades fracasaron estrepitosamente a la hora de imponer los racionamientos y unos sistemas para premiar las delaciones de la gente que se dedicara al mercado negro.
No obstante, la participación dentro del mercado negro, a más de uno le costó la cabeza. Sin embargo, estas ejecuciones no fueron bien vistas por el pueblo, ya que no los veían como delincuentes.
Lo cierto es que, a causa de esta nefasta política, aprobada por la Convención, muchos franceses pasaron hambre y frío y esto hizo muy impopular a Robespierre.
Realmente, fue un plan diabólico con el que, nuestro personaje,  hundió las finanzas de la República Francesa y que, un poco más tarde, también le costó la cabeza al mismo Robespierre.
Está claro que el barón de Batz actuaba como una especie de topo infiltrado entre las filas de los revolucionarios, precisamente, para acabar con la Revolución.
Posteriormente, mediante un decreto de la Convención, se desbloquearon de golpe los precios y los salarios. El problema es que no dio tiempo a que se reajustaran y eso provocó una gran subida de precios y una caída de la divisa nacional.
Más tarde, en uno de sus intentos para salvar a la reina y sus hijos, logró atraerse a dos carceleros llamados Cortey y Michonis.
Estos eran los jefes de la guardia del Temple y consiguieron que la mayoría de los guardias estuvieran de su parte.
El problema fue que la noche en la que iban a intentar la evasión de la familia real, apareció por allí Simon, el cuidador del futuro Luis XVII, considerado espía de Robespierre,  y, temiendo que los delatara a todos, tuvieron que parar toda la operación.
Realmente, el mayor problema fueron siempre las delaciones. Se sabe que el 14/06/1794, se leyó en el Comité de Salud pública un informe, donde se decía que existía un complot, en el que participaba gente de todos los puntos de Francia. El objetivo del mismo era liberar a María Antonieta, la disolución de la Convención y la restauración de la monarquía. Evidentemente, tras este plan se hallaba nuestro personaje.
A veces, contribuyó a la redacción de informes falsos, donde se culpaba a algunos jacobinos de estar metidos en conspiraciones contra la República. Era una forma de asegurarse que iban a perder, literalmente, la cabeza.
En octubre de 1795, el barón de Batz, fue arrestado por la policía. Sin embargo, logró escapar antes de que lo enviaran a la guillotina. Parece ser que era un tipo muy inteligente y sabía esconderse muy bien de la Policía.
Se cree que también participó en el intento de huida del Temple, por parte de María Antonieta y sus hijos, organizado por el general conde de Jarjayes.
Parece ser que uno de los carceleros, llamado Toulan, se compadece de la reina. Ésta le da un papel, para que se lo lleve a Jarjayes, donde dice que es persona de
su confianza.
Es curioso, porque este hombre fue uno de los primeros en asaltar las Tullerías y lucía, con orgullo,  en su  pecho, la medalla que le dieron por ese heroico acto.
Jarjayes no se fio mucho de esa nota y exigió ver personalmente a la reina en su celda del Temple. Así que sobornaron a unos cuantos carceleros para que le dejaran entrar a hablar con la reina. Incluso, sobornaron al farolero, el cual les dejó sus ropas y así pudo Jarjayes entrar a ver a la reina, sin levantar sospechas.
De esa forma, organizaron un plan por el que María Antonieta y su cuñada, Madame Elisabeth, se vestirían con las ropas de los comisarios, los cuales solían realizar, frecuentemente,  visitas de inspección.
En cuanto a los niños, los vestirían como a los hijos del farolero, los cuales acompañaban a su padre para ver cómo trabajaba en el Temple.
Frente a la cárcel, colocarían tres coches de caballos y en ellos se distribuirían los presos liberados y sus libertadores.
El problema era que el complot se iba aplazando por falta de fondos, porque, en un principio, no habían contactado aún con Batz.
El otro implicado en el complot, el carcelero Lepitre, se empieza a poner nervioso y ahora se niega a participar en el complot.
Además, en la prisión se sabe que hay una presa llamada Tison, que es una espía de la Convención y los vigila muy de cerca.
No sabemos si la Convención sospecharía algo, lo cierto es que se rumorea que van a registrar a fondo todos los coches que entren o salgan de París.
En resumen,  los conjurados piensan que no podrán sacar a toda la familia real, pero creen que sí podrían liberar a la reina. Así que se lo cuentan y ella se niega, rotundamente, porque dice que no quiere ir a ninguna parte sin sus hijos.
Parece ser que, afortunadamente, Jarjayes, pudo escapar. En cambio, Toulan tuvo menos suerte. Fue detenido y ejecutado.
La Historia nos indica que hubo otros intentos, como la llamada Conspiración de los claveles, porque le enviaron un mensaje a la reina dentro de un ramo de estas flores.
Esto se produjo, tras el traslado de María Antonieta a la prisión de la Conciergerie, donde ahora está el Ayuntamiento de París. Allí permaneció encerrada durante dos meses.
Desgraciadamente, esta operación fue descubierta y la Convención tomó mayores medidas de seguridad para que no se les escapara su prisionera.
Parece ser que este intento lo organizó un militar llamado Alessandre Gonsse de Rougeville, el cual fue el modelo en que se inspiró Alejandro Dumas para escribir su novela “El caballero de la mansión roja”. En ella se indica que los conspiradores pensaban sustituir a la reina por otra mujer, para que los revolucionarios no se percataran de que había huido y le diera tiempo para escapar.
Tras varios meses encerrada, se va deteriorando la salud de la reina. No obstante, continúan los intentos de los monárquicos por rescatarla.
Uno de los intentos más curiosos es el llamado Complot de los peluqueros, por el que Batz consigue que los peluqueros de la reina colaboren con él. Estos son Jean Baptiste Basset, Guillaume Lemille y su esposa Elizabeth. Desgraciadamente, la operación fracasa, porque la reina
está ya muy mal y apenas puede moverse.
Aun así, como a Robespierre le interesa que se juzgue a la reina, hace todo lo posible por mantenerla con vida. Por este motivo, ordena su traslado al Hospital de la Archidiócesis. Allí, Batz, consigue que colaboren con él tanto el Dr. Giraud, que atiende a la reina, como la jefa de las enfermeras. No obstante, este intento también fracasa.
Batz, al igual que otros exiliados, pudo regresar a Francia, al cabo de unos años,  durante el período del gobierno consular. Parece ser que el ministro Fouché le prometió que estaría seguro si no se metía más en cuestiones políticas. Así que se limitó a vivir de sus rentas.
Tras la llegada de la Restauración monárquica, el régimen le nombró mariscal de campo y caballero de la Orden de San Luis.
Lógicamente, siempre vivió con la amargura de no haber podido rescatar a ningún miembro de la familia real, aunque no sé si intervendría en el canje y la puesta en libertad de Madame Royal.
Posteriormente, se retiró a su castillo en Chadieu, donde murió en 1822 a causa de una apoplejía.

miércoles, 12 de octubre de 2016

EL MISTERIO DE MADAME ROYAL, LA HERMANA DE LUIS XVII



Esta vez voy a hablar de la única persona de la familia real francesa, que, a pesar de haber sido detenida por los revolucionarios, consiguió salir con vida de Francia.
Nuestro personaje de hoy se llamaba María Teresa Carlota de Borbón y Habsburgo-Lorena y fue la hija mayor de los habidos en el matrimonio entre Luis XVI y María Antonieta. Sus
padres la solían llamar cariñosamente Mousseline.
Nació en el Palacio de Versalles, a mediados de diciembre de 1778. No hará falta decir que vivió en el seno de una familia demasiado acomodada. Desde su nacimiento, como era costumbre, se le llamó Madame Royal, y se le asignaron unos sirvientes exclusivamente para ella.
Tuvo varias personas dedicadas a su cuidado. Creo que la más importante fue Yolande de Polastron, condesa de Polignac. Una persona muy amiga de María Antonieta.
Desgraciadamente, llegó al mundo en un contexto de una profunda crisis económica, que dio lugar a otra de tipo político. Como casi siempre suele suceder.
En el país, la gente pasaba todo tipo de calamidades, mientras en la corte cada vez se gastaba más y más. Esas cortes tan lujosas son muy caras de mantener.
Muchos revolucionarios encontraron en la persona de María Antonieta el perfecto chivo expiatorio, dado que era extranjera y que no se relacionaba mucho con su pueblo.
Al producirse la toma de la Bastilla, el 14/07/1789, varios miembros de la familia real no se quedaron a mirar qué había pasado, sino que emprendieron, inmediatamente, el camino del exilio. Hasta la misma condesa de Polignac, partió raudamente hacia Suiza.
En octubre, una manifestación de mujeres llegó hasta Versalles y obligaron a la familia real a regresar a París. Nuestro personaje, aún no había cumplido los 11 años.
Fueron puestos bajo arresto domiciliario en el palacio de las Tullerías. Sin embargo, como vieron que lo mejor que podrían hacer era exiliarse, como habían hecho muchos otros, intentaron huir hacia Austria.
Desgraciadamente, cuando les faltaba muy poco para alcanzar la frontera, su carroza, tuvo que detenerse en un control.
Como ya conté en mi anterior artículo, uno de los revolucionarios logró reconocer al rey gracias a que su efigie aparecía en todas las monedas. Así que los detuvieron y los hicieron volver a París.
Para que no lo volvieran a intentar, los revolucionarios, los encarcelaron en la Torre del Temple, donde también fue encarcelado, en el siglo XIV, el último maestre de la Orden Templaria, antes de ser ejecutado.
Ese mismo año, 1792, se decreta la supresión de la monarquía y se proclama la I República Francesa.
En enero de 1793, se produjo el juicio y la condena a muerte del rey Luis XVI, lo que influyó mucho en el carácter de la niña, porque siempre estuvo muy unida a su padre.
En julio del mismo año, separaron a su hermano Luis, posteriormente Luis XVII, y lo llevaron a otra celda, donde estaría completamente en soledad.
Poco a poco, María Teresa, se iba quedando también sola. En octubre, juzgaron a María Antonieta y, poco después, la guillotinaron.
A su tía, Madame Isabel, hermana de su padre, que se encargaba de cuidarla, la juzgaron  en mayo de 1794 y también la guillotinaron.
Finalmente, a mediados de 1795, cuando iba a cumplir 17 años, fue liberada y enviada al exilio, tras la derrota del régimen del Terror. Realmente, fue canjeada por otros prisioneros franceses encarcelados en Austria.
Unas tres semanas después de haber sido liberada, consiguió llegar a Viena, donde reinaba un primo de su madre, el emperador Francisco II, que, más tarde, se convirtió en Francisco I, cuando se creó el Imperio Austro-Húngaro.
Parece ser que no fue muy bien acogida. Así que de allí se trasladó a Letonia, donde vivía su tío, el conde de Provenza, futuro Luis XVIII, en un lugar que le había cedido el zar Pablo I de Rusia.
Allí le propuso casarse con su sobrino, el duque de Angulema, hijo del conde de Artois y primo hermano suyo. Lo que ella aceptó casi de inmediato.
Posteriormente, Luis XVIII, junto con su séquito, se trasladaron a Inglaterra, mientras que el conde de Artois, se trasladaba a Escocia.
Allí vivieron hasta que en 1814 se produjo la restauración borbónica. A su regreso, aparecieron bastantes personas que decían ser el desaparecido Luis XVII. Algo que la inquietaba mucho.
Parece ser que ella no se encontraba demasiado a gusto en Francia, pues sabía que millones de franceses habían apoyado a Napoleón y no parecía que apoyaran ahora tanto a la monarquía borbónica como antes.
En enero de 1815, consiguió que se trasladaran los restos de sus padres, que habían sido enterrados en el cementerio de la Madeleine, hasta la Basílica de Saint Denis, tradicional lugar de enterramiento de los monarcas franceses.
En marzo de 1815, se produjo el regreso de Napoleón y los llamados “Cien días”, que culminaron en la derrota de Waterloo.
Luis XVIII salió huyendo apresuradamente, mientras que nuestro personaje, que estaba en Burdeos, decidió quedarse y hacerle frente, mediante las milicias locales. Con eso, se ganó la admiración del célebre militar francés.
En 1820, se produjo el asesinato del duque de Berry, hijo menor del conde de Artois, por parte de un bonapartista. Afortunadamente, su esposa, estaba embarazada y unos
meses después dio a luz un niño, que, en el futuro, sería un pretendiente al trono de Francia, con el título de conde de Chambord.
En 1824, murió Luis XVIII y, a falta de herederos, le sucedió su hermano, con el título de Carlos X. Así que el marido de nuestro personaje quedó como heredero al trono.
Lamentablemente, Carlos X, se decantó por una política más radical, por lo que se refiere al régimen monárquico. Eso no gustó ni a la nueva clase media, ni a las masas obreras.
Así que, en 1830, tuvo lugar una revolución que derrocó a Carlos X. Éste quiso abdicar en su hijo, sin embargo, este último, abdicó unos 20 minutos después,  en su joven sobrino.
En agosto de ese mismo año, nuestro personaje, junto con toda la familia real, se fueron otra vez al exilio. Esta vez, vivieron durante unos años en Edimburgo.
Unos años después, Carlos X, con los demás, se trasladaron a Praga, por invitación de su pariente Francisco I y, posteriormente, a una zona al norte de Italia. Allí murieron, Carlos X, en 1836,  y su marido, en 1844.

Posteriormente, ella, acompañada por el conde de Chambord y su hermana, se trasladaron a un palacio en las afueras de Viena.
En 1848, tuvo lugar el final del reinado de Luis Felipe de Orleans, a causa de otra revolución, que trajo la II República Francesa.
Desgraciadamente, en 1851, nuestro personaje murió a causa de una neumonía y fue enterrada en la cripta de un monasterio franciscano, que se halla en la actual Eslovenia.
En su lápida se indica que fue reina viuda de Francia, ya que su marido fue rey durante 20 minutos, hasta que abdicó en la persona de su sobrino. Los monárquicos le llamaron Luis XIX.
Como reconozco que este artículo me está quedando un poco soso, vamos a aderezarle un poco.
Siempre hubo cotilleos sobre si la chica que estuvo encerrada en el Temple era María Teresa o una doble suya.
Se sabe que existió una chica llamada Ernestine Lambriquet, la cual era hija de una sirvienta de palacio y guardaba un gran parecido con nuestro personaje. Más de un cortesano pensó, en alguna ocasión, que podría ser hija ilegítima del rey. Lo cierto es que los reyes la eligieron para que hiciera compañía a su hija en Versalles y, de hecho, dormían en la misma habitación.
Más tarde, cuando murió su madre, los reyes la adoptaron, al igual que hicieron, más adelante, con otros tres niños más.
Ella acompañó a la familia real en Versalles, en las Tullerías y a la vuelta de su retorno de Varennes. Más adelante, la reina, encargó a una persona de palacio que se hiciera cargo de ella y vivió con su familia.
Posteriormente, en 1810, se casó con un viudo residente en París y murió en 1813, sin hijos,  a la edad de 35 años.
Más adelante, alguien se sacó de la manga la hipótesis de que las dos chicas se hubieran intercambiado en la prisión del Temple.
Incluso, se hablaba de que María Teresa había desaparecido, tras haber sido violada por sus carceleros y querer llevar una vida apartada de la sociedad.
Así, surgió la teoría de la llamada “condesa oscura o tenebrosa”. Se trataba de una persona que vivía en un pueblo de Alemania, concretamente, en la zona de Turingia.
Apenas salía de casa y, cuando lo hacía, siempre llevaba un velo negro, para que no se le pudiera ver el rostro, y un vestido del mismo color.
Vivía con un individuo llamado Leonardus Cornelio Van der Valck, que había trabajado como diplomático holandés en París y se hacía llamar conde Vavel de Versay. Entre ellos, sólo hablaban en francés y él le mostraba un gran respeto protocolario.
Como sirvientes sólo tenían un cochero, llamado Scharre, y una cocinera, a la que se le prohibía salir de la cocina, para que no viera el rostro de la condesa.
Parece ser que la extraña dama tenía bordadas flores de lis tanto en el vestido como en el velo, ambos de color negro.
Aparte de ello, se sabe que gozaban de la protección de los gobernantes de ese Estado, el duque Federico I de Sajonia y su esposa Charlotte. Éstos, incluso, contactaron con los nobles de la zona para conseguir un alojamiento digno para esta pareja.
Es más, cuando se reorganizaron los ducados de Sajonia y esta zona pasó a ser gobernada por otro duque, siguieron beneficiándose de las mismas medidas de protección que con los anteriores duques.
Se comenta que, en 1873, cuando se produjo la demolición del castillo de Eishausen, donde vivía esta pareja, se pudo ver que existía un pasadizo subterráneo, que comunicaba con otro palacio próximo, donde residían los soberanos de ese territorio. Es posible que a través de este pasadizo se comunicaran ambas familias sin ser vistas por los lugareños.
Parece ser que la pareja había vivido anteriormente en una zona de Holanda, cercana a la frontera francesa. Sin embargo, tras el secuestro del duque de Enghien, se trasladaron a esta zona situada en el interior de Alemania.
La mujer murió a finales de 1837, sin que su cuerpo fuera visto por ningún médico o sacerdote. Así que se desconoce la causa de su fallecimiento. Sin embargo, hubo algunos invitados a su funeral, los cuales pudieron ver su rostro y testimoniar, posteriormente, su gran parecido con la reina María Antonieta.
Fue enterrada en esa misma zona. Su compañero murió en 1845 y fue enterrado en otro cementerio.
Posteriormente, se descubrió que el conde Vavel de Versay estaba emparentado con los Hohenlohe-Bartenstein, una dinastía que gobernaba un principado en la antigua Alemania, dentro del cual estaba el ducado donde residían ellos.
También se comprobó que, a pesar de ser holandés, había luchado en el Ejército francés, siendo hecho prisionero por los británicos.
Luego, heredó una buena fortuna, que le dejó su abuela y con ella se fue, con pasaporte francés,  a Alemania. Parece ser que este hombre tenía amistades a muy alto nivel en Francia.
La sorpresa vino en 1891, cuando se dio la orden de abrir la tumba de la condesa. El médico que intervino dijo que se trataba del cuerpo de una mujer que, al morir, tendría unos 60 años y que su rostro se parecía enormemente al de la reina María Antonieta.
Tras la muerte del conde, se realizó una investigación entre sus documentos personales. Encontraron unos papeles en los que se podía leer que el nombre de ella era Sophie Botta, de 58 años y originaria de Westfalia. Sin embargo, tras muchas indagaciones, no se encontró ni rastro de ese nombre en toda Westfalia.
Curiosamente, la hermana menor de María Teresa, que murió con sólo un año de vida, también se llamaba Sophie.
Parece ser que la pareja ducal de Sajonia conocía la verdadera identidad de esas personas y la importancia de que permanecieran escondidas, por algún motivo todavía desconocido.
Durante un siglo, muchos especialistas en el tema, sospecharon que esta mujer podría ser la verdadera María Teresa.
Parece ser que las características físicas de esta mujer se asemejaban mucho a las de la reina María Antonieta. Sin embargo,  María Teresa, se parecía más a su padre, Luis XVI.
Sin embargo, muchos grafólogos estudiaron las cartas escritas por María Teresa, en la época en que estuvo encerrada en el Temple, y las de la posterior duquesa de Angulema y creen que están escritas por la misma persona, aunque hay diferencias en algunos caracteres, que se han achacado a la evolución de la personalidad.
Se ha comprobado que esta condesa oscura se escribía con miembros de las diferentes casas reinantes en Europa y todos estaban convencidos de que ella era hija legítima de Luis XVI.
Concretamente, parece ser que solía comunicarse por carta con la esposa del duque de Enghien. La cual, tras el secuestro y fusilamiento de su esposo, por las tropas de Napoleón, se mudó a una zona más cercana al lugar de residencia de esta condesa desconocida.
Según parece, muchos de estos documentos fueron cuidadosamente destruidos. Esto es, claramente, un signo de que esa correspondencia podría comprometer a algunas de esas familias. Parece ser que, al recibir la herencia, el heredero del conde, le dieron un cofre, donde había abundante documentación.
Una de las cláusulas de la herencia ordenaba que, después de que hubiera leído esa documentación, se procedería a la quema de esos papeles ante Notario y fue lo que hicieron.

Desde luego, esta leyenda, sobre Madame Royal, fue durante muchos años, un rumor insistente entre los miembros de la nobleza europea.
Otro detalle que dio mucho qué pensar es que María Teresa siempre despreció todo lo relativo a la corte francesa. Tampoco rindió homenaje a su madre, ni siquiera quiso llevar un medallón con su imagen, y no quiso saber nada sobre los nobles que solían ser habituales en Versalles.
Algunos dicen que la suplantación se efectuó cuando María Teresa fue liberada del Temple y se intercambió con esta condesa, en el camino entre Basilea y Viena. De esa forma, la verdadera pasó a ser la condesa oscura y la impostora partió hacia Viena y luego casó con el duque de Angulema. La impostora podría ser Ernestine Lambriquet.
Algunos afirman que este dato fue conocido tanto por Luis XVIII como por su sucesor, su hermano, Carlos X.
Se dice que María Teresa había salido de la prisión con sus facultades mentales alteradas, debido al trato que le dieron en la cárcel y a sus años de soledad.
Incluso, se sabe que a María Teresa, para poder viajar desde el Temple hasta Viena, le dieron un pasaporte falso a nombre de Sophie Méchain, que era el apellido del policía que la acompañaba, para hacerse pasar por un padre que viajaba con su hija.
En cambio, varias personas, que trabajaron en el palacio de Versalles, confirmaron que la chica que llegaba a Viena era la verdadera María Teresa. Incluso, sus modales la delataban como los de una persona que había recibido esa educación tan especial. Lo que desconocemos es qué tipo de educación recibiría Ernestine, que vivía con ella y luego fue adoptada por los reyes, como una hija más.
Por otra parte, algunos hablaban de que Luis XVI, tras su matrimonio, había sido operado de  fimosis y que algún médico le habría dicho que probara si había quedado bien, teniendo relaciones con una sirvienta de palacio. Lo cierto es que, por este motivo, los reyes habían estado 7
años sin tener hijos.
Una dama de compañía de la reina María de Hannover, nieta de Federico I de Sajonia y casada con Jorge V de Hannover, primo de la reina Victoria, dijo que su reina pensaba que esta condesa pertenecía a una rama menor de los Borbón, llamada Condé.
También se comenta que podría ser una hija ilegítima del emperador austriaco José II, hermano de la reina María Antonieta, y de la cual decían algunos que se parecía muchísimo a su tía. Parece ser que su madre podría ser la condesa Wilhelmina von Botta y, si se confirmaba que era hija de José II, podría poner en duda los derechos al trono del emperador Francisco II, hermano de José II.
En 2004, la emisora de radio alemana MDR, montó una campaña para intentar resolver este enigma. Sin embargo, las autoridades de esa zona no estaban muy convencidas de su conveniencia, quizás porque este tema atrae mucho turismo. No obstante, se llegó a un acuerdo en 2012.
Al año siguiente, comenzaron las investigaciones, excavando la tumba de esa misteriosa condesa y, posteriormente, tomando muestras del cadáver de María Teresa, enterrado en un monasterio de Eslovenia.
El resultado de estas investigaciones fue publicado en julio de 2014. Conforme al cual, el ADN de la condesa no estaba emparentado con el de la familia real francesa. También, en esa fecha, fueron trasladados los restos mortales del conde Vavel, para que reposaran en la misma tumba que los de la condesa.
No obstante, parece ser que su secuencia de ADN no es muy común. Así que, según creen, podrían intentar buscar el origen familiar de esta condesa. Sin embargo, no ha habido ningún otro comunicado hasta la fecha.
Incluso, una especialista en reconstrucción anatómica ha propuesto un rostro de la fallecida y no se le ve parecido con María Teresa.
En fin, me ha quedado un poco largo, pero creo que habréis comprobado que, en muchas ocasiones, la Historia es tan interesante o más que muchas novelas de ficción. Espero que os haya gustado y agradecería que alguien hiciera algún comentario.