ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 24 de enero de 2017

LA REINA MARÍA DE MOLINA



Para terminar el ciclo sobre este grupo de reyes, yo creo que es de justicia dedicarle un artículo a esa gran mujer que fue María de Molina.
Realmente, nunca se llamó así. Su verdadero nombre fue María Alfonso de Meneses, pero todo el mundo la conoció por el de María de Molina.
Hay discusión sobre su fecha de nacimiento. Unos autores afirman que fue en 1264, mientras que otros opinan que fue al año siguiente.
Todavía hay más dudas, en cuanto al lugar de nacimiento. No obstante, he leído en algunos sitios que fue en Molina de Aragón. Un pueblo famoso por las bajas temperaturas que tienen que sufrir sus habitantes.
Sus padres fueron el infante Alfonso, hijo de Alfonso IX de León y, por tanto, hermano menor de Fernando III el Santo. Mientras que su madre fue Mayor Alfonso de Meneses, procedente de una importante familia de la zona de Valladolid.
Para el padre era su tercer matrimonio, mientras que para su madre, era el segundo. El infante Alfonso casó, por vez primera, con Mafalda González de Lara, heredera del señorío de Molina.
Es posible que esa boda hubiera sido organizada por su hermano, Fernando III, ya que la familia de Mafalda se había rebelado contra ese monarca, apoyando una nueva separación entre León y Castilla. De hecho, el monarca, ordenó que ella fuera la nueva heredera de ese señorío y no su hermano, aunque esa decisión fuera en contra de la Ley.
A la muerte de Mafalda, su esposo, fue el nuevo señor de Molina, según las capitulaciones matrimoniales firmadas por ambos cónyuges.
Más tarde, heredaría ese señorío Blanca, hermana mayor de María. Sin embargo, al morir sin descendencia, Sancho IV, le otorgó ese título a su esposa.
Lo cierto es que María nunca había pensado ser reina. Casó con Sancho, que era el segundo hijo de Alfonso X.
Antes de eso, hay que aclarar que el padre de Sancho, ya había acordado su boda, contra la voluntad de éste,   con Guillerma de Montcada, una de las hijas de Gastón VII, vizconde de Bearne, entre otros títulos.
Así que los casaron por poderes, pero nunca se consumó el matrimonio, por ser demasiado jóvenes los contrayentes.  Sin embargo, esa boda, que tuvo lugar en abril de 1270, aún no se había anulado, cuando Sancho se casó con María.

Lógicamente, esta nueva boda, celebrada en 1281, no gustó nada ni al Papa, ni a Alfonso X y mucho menos a su antiguo suegro, Gastón VII.
Aparte de los motivos políticos, que también los hubo, la boda entre Sancho IV y María era ilegítima, porque, como ya he dicho antes, no se habían molestado en anular el anterior matrimonio, ni tampoco habían pedido, previamente, una dispensa papal, a causa de su parentesco tan cercano.
La verdad es que, tras la boda, lo intentaron por todos los modos posibles. Incluso, se sabe que, en 1293, procesaron en Roma a un fraile, por haber falsificado una bula pontificia, donde se legalizaba el citado matrimonio.
Aunque parezca mentira, este matrimonio ilícito fue un arma muy apreciada por los habituales enemigos de la monarquía castellana para intentar llevar  a ese reino al caos.
De hecho, influyó para un mayor acercamiento entre Castilla y Francia, ya que los Papas de esa época se puede decir que estaban a las órdenes del rey de ese país. Aparte de que, de esa manera, contrarrestaban la presión ejercida desde Aragón, tradicionales enemigos de Francia.
Tampoco hay que olvidar que el rey de Francia era abuelo de los infantes de la Cerda, pretendientes al trono de Castilla.
Por otra parte, tras la huida de la esposa de Alfonso X y sus nietos, los infantes de la Cerda, al reino de Aragón, de donde era originaria, el monarca de ese reino no los dejó volver a Castilla y los retuvo para presionar a  Sancho IV a fin de que no se hiciera aliado de Francia.

También hay que mencionar que ese matrimonio provocó  la caída de los dos hombres de confianza de Sancho, don Gómez García y, sobre todo, don Lope de Haro, que era tío de Guillerma.
Quizás, nos podríamos preguntar el por qué Alfonso X se decidió por celebrar un matrimonio entre su hijo Sancho y alguien de un lugar tan lejano como Gascuña. No olvidemos que, en esa época, cualquier viaje se hacía mucho más largo que ahora.
Parece ser que formaba parte de su estrategia para tomar posesión del territorio de Gascuña, que había sido aportado como dote a la boda entre Alfonso VIII y Leonor, una de las hijas de Enrique II de Inglaterra y la famosa Leonor de Aquitania. Concretamente, Gastón VII pactó con Alfonso X que podría tomar posesión de la Gascuña, si le ayudaba en su lucha contra los ingleses.
Posteriormente, Alfonso X, cambió de opinión, cuando Enrique III de Inglaterra le pidió la paz y en prueba de ello, se realizó, en Burgos,  el matrimonio entre su heredero, Eduardo, y Leonor, hija del monarca castellano.
Aunque parezca mentira, Gastón VII, era uno de los hombres más ricos de la Corona de Aragón. Tenía amplios territorios a ambos lados de los Pirineos, los cuales eran codiciados por Aragón, Francia e Inglaterra. Incluso, había conseguido territorios en Mallorca, pues había ayudado a Jaime I en la conquista de esta isla. Su único problema es que tenía 4 hijas y quería casarlas con novios emparentados con las dinastías más importantes de Europa.
Precisamente, don Lope de Haro, estuvo muy interesado en que Alfonso X reconociera a Sancho como heredero al trono, porque era cuñado de Gastón VII. También era una forma de aumentar la influencia de la Casa de Haro sobre el nuevo rey y disminuir la tradicional de los Lara, que apoyaban a los Infantes de la Cerda.
La decisión de Sancho, en lo que se refiere a no aceptar su matrimonio con Guillerma, tuvo tanta trascendencia que, a pesar de que Alfonso X, en un principio, lo había presentado ante las Cortes como su heredero, tuvo que dar marcha atrás, agobiado por la presión ejercida conjuntamente por el rey de Francia, Gastón VII y la Casa de Haro.
Ahí es cuando Alfonso X intentó dejar el reino de Jaén a los infantes de la Cerda. Mientras que eso pareció ser del agrado el rey francés, a Sancho no le gustó absolutamente nada.
Ciertamente, Sancho IV, tampoco había perdido el tiempo. Antes de casarse con María de Molina, había tenido como amante a una prima de ella, llamada María Alfonso Téllez de Meneses y de esa relación nacieron dos hijas.
Hoy en día, nos podría parecer una tontería, sin embargo, este enlace trajo muchos problemas. Otro de ellos fue que, cuando Sancho IV fue proclamado rey en Toledo, nombró a su hija primogénita, Isabel, como heredera al trono. Eso provocó que
fuera excomulgado de nuevo. Es preciso decir que aún no había nacido el futuro rey Fernando IV.
La verdad es que este enlace trajo muchos problemas a Alfonso X y fue lo que más distanció al padre del hijo.
La mayoría de los nobles del reino se decantaron por el hijo. No obstante, el padre, tenía en sus manos una “carta” muy poderosa. El Papa estaba a su favor y fue amenazando a los nobles para que se pasaran al bando del monarca. Cosa que hicieron varios de ellos.
Sin embargo, Alfonso X, que estaba muy enfermo,  murió en Sevilla en 1284. Poniendo punto y final a la guerra civil en el reino.
Sancho IV supo poner a la mayoría de los nobles en su sitio, ya que tenía un carácter iracundo y se dedicó a atemorizarlos a todos.
Desgraciadamente, Sancho, sólo pudo reinar unos cuantos años. Su dedicación a la guerra hizo que su salud se resintiera. Enfermó de tuberculosis y murió joven, dejando sola a María y a sus hijos.
Curiosamente, aunque parece ser que esta mujer tenía una apariencia frágil y enfermiza, tuvo 7 hijos con Sancho IV y supo defender muy bien los derechos de su hijo y su nieto al trono de Castilla. Parece ser que su mejor virtud fue hallar siempre un punto de acuerdo entre las partes en disputa. Algo muy necesario en una Edad Media, donde lo normal era matarse unos a otros, por cosas que hoy calificaríamos como tonterías.
Esa forma de ser, tan pacífica, contrastaba con la de su marido, que, como ya he mencionado, siempre fue muy iracundo y belicoso. De hecho, en un par de ocasiones, el infante don Juan, salvó la vida, porque apareció ella, justo cuando Sancho y, en la segunda ocasión, Fernando, se disponían a matarlo.
Así que ella se pasó la vida pacificando el país, para así poder asegurar la llegada al trono de su hijo y, más tarde, también su nieto.
Tampoco quiso contraer un nuevo matrimonio, pese a las presiones del infante don Juan, para que lo hiciera con un candidato al que pudiera manejar éste.
Sin embargo, su hijo, Fernando, fue un monarca al que los nobles supieron manejar muy bien. Incluso, hasta llegó a pedir cuentas a su madre, a causa de unos rumores extendidos por la nobleza. En 1302, estos nobles la acusaron en público en las Cortes de Medina del Campo, por eso su hijo encargó una investigación sobre el tema y se demostró que la acusación era completamente falsa.
Ella tuvo que luchar contra una serie de  habituales conspiradores, como fueron el infante don Enrique, el infante don Juan, don Juan Núñez de Lara y don Juan Manuel.
Su mayor apoyo lo obtuvo siempre de las hermandades generales de los distintos concejos del reino. Ese apoyo siempre fue muy decisivo en las Cortes, que, además, en
esa época, se reunieron muy a menudo.
También a base de promesas y de pagar buenas cantidades de dinero, consiguió que esos nobles sublevados volvieran al bando de Fernando IV.
Los cronistas destacan entre sus mejores virtudes las de la prudencia, la inteligencia y la capacidad de dar buenos consejos.
Incluso, el famoso dramaturgo español, Tirso de Molina, escribió su obra “La prudencia en la mujer”, para ensalzar el papel de esta reina en la Historia de España.
Sus contemporáneos decían  que siempre fue muy trabajadora y que le dedicaba muchas horas a la labor de despacho, tomando decisiones que solían ser del agrado de todos.
Aparte de eso, se dice que, cuando tomaba una decisión, se mantenía muy firme en sus convicciones. Para ser que su norma de conducta fue “guardar al Rey de peligro e la tierra de guerra e de daño”, según la Crónica de Fernando IV.
Fue una infatigable negociadora. Sus objetivos siempre fueron buscar la paz, los intereses generales y el servicio a la Corona.
Aunque, en algunas ocasiones, tuvo que ordenar el asedio de alguna fortaleza, donde se había refugiado uno de esos nobles sublevados.
En su época, fue una reina muy popular. Además, siempre elegía personalmente a los representantes de cada concejo en las Cortes, a fin de que acudieran los que eran más favorables al rey.
Fuera de Castilla consiguió parar las ansias expansionistas tanto de Dionis I de Portugal, como de Jaime II de Aragón.
Al primero lo paró fácilmente, al recordarle que podría romper el compromiso matrimonial entre los hijos de ambos. Así que firmaron la paz de Alcañices, en 1296.
Con el de Aragón llegó a un rápido entendimiento en cuanto se repartieron el territorio del reino de Murcia.
En 1300, María, consiguió que las Cortes le pagaran el importe necesario para persuadir al Papa Bonifacio VIII. Así que, al año siguiente, este mismo Pontífice, firmó una bula para que fuera válido su matrimonio y el de su hijo, Fernando IV. Como siempre, todo se reduce al dinero.
Parece que los siguientes años fueron transcurriendo sin mayores sobresaltos. Sin embargo, en 1312, murió prematuramente, su hijo, Fernando IV. Así que se formó un consejo de regencia, pues el heredero sólo tenía 1 año.
Desafortunadamente, en 1313, también murió la madre del futuro Alfonso XI. Así que a María, que ya era una anciana, no le quedó otra que asumir, durante unos años, la tutela de su nieto.
Lamentablemente, en 1320, los dos miembros más señalados del consejo de regencia, los infantes don Juan y don Pedro, murieron guerreando contra el Reino de Granada. Así que tuvieron que ser sustituidos por otros. Ese acontecimiento dio paso a otra guerra civil entre los bandos de los señores feudales de ese momento. Sobre todo, el de don Juan Manuel contra el del infante don Felipe.
Desgraciadamente, en 1321, cuando María se disponía a acudir a unas Cortes en Palencia, que había convocado ella misma, enfermó gravemente y  no pudo acudir a la reunión.
Así que se retiró al convento de los franciscanos en Valladolid. Allí redactó su testamento y encargó a “los hombres buenos” de esa ciudad, que velaran por sus nietos Alfonso y Leonor.
Posteriormente, fue enterrada en el convento de las Huelgas Reales, en Valladolid, donde todavía se halla su sepulcro.
Posiblemente,  en España nos hubiera ido mejor, si hubiéramos tenido muchas más personalidades políticas, que hubieran administrado el país de una manera tan eficaz como lo hizo ella.

2 comentarios:

  1. Buen ciclo como tu dices, mas alla de algunas divergencias, el resultado es muy positivo ya que permitiste recordar una parte muy importante de la historia de España, en particular a mi, que si bien conocia detalles aislados, con este ciclo ya ordene toda esta información. Un abarazo Juan

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    1. Me alegra que te hayan gustado estos artículos. Lo que pretendo es que la gente conozca la Historia de la forma más entretenida posible.
      Muchas gracias y saludos.

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