No sé si vosotros os habréis
hecho alguna vez la pregunta de cómo fue posible que una sociedad tan cerrada y
tan atrasada, como era la de la etapa Medieval, de pronto, empezara a funcionar
de otra manera y diera lugar a lo que se ha llamado el Renacimiento.
Hay muchas teorías al respecto,
sin embargo, me gustaría transmitiros una serie de ideas que tengo sobre este
tema. Varias de ellas, tomadas de otros autores, por supuesto.
Me parece que el Renacimiento era
muy probable que se diera, por vez primera, en Italia, por una razón muy
sencilla. Desde el siglo XII existían en esa península sangrientas disputas
entre los güelfos y los gibelinos. O sea, los partidarios de los Papas y los de
los emperadores.
A mi modo de ver, eso fue
trascendental para crear un Humanismo, donde se defendiera que todo tenía que
ser hecho a la medida del hombre, en contra del pensamiento escolástico tradicional.
De esa manera, ya comenzaron a separarse la Iglesia y el Estado.
De todas formas, ya en el siglo
XI, encontramos la figura del filósofo Abelardo, el famoso amante de Eloísa,
que propugnaba un tipo de filosofía precursora del Humanismo.
Por otro lado, a partir del siglo XV,
hubo una época llamada la Pequeña Edad del Hielo, que duró hasta 1850. Por cierto, no sé si sabréis que entre los siglos X y XIV hizo más calor que en el siglo XX.
Se sabe, por las crónicas de esa
época, que, durante el siglo XV y parte del XVI, se llegaron a congelar varios
ríos y hasta el puerto de Valencia.
Es posible que estos hielos
dieran lugar al final de la famosa epidemia de peste, que llegó a Europa en
1348 y que, según se cree, se llevó por
delante al 60% de los europeos. O sea, unos cincuenta de los 80.000.000 de
personas que habitaban en Europa. Seguramente, el frío mató a los bichos que
transmitían esa enfermedad tan
mortífera.
También se dice que esto provocó
muchos desplazamientos de personas, huyendo de la peste, y que, los
supervivientes, al haber escasez de mano de obra, empezaron a cobrar mucho más
por su trabajo.
De esa manera, algunas familias
formaron sus grandes capitales, como el caso de los famosos Médicis, en
Florencia.
Estas familias, a pesar de que
estaban todavía en la Edad Media, empezaron a tener gustos refinados y, viendo
el lujo que derrochaban las construcciones romanas, es muy posible que
fomentaran el gusto por lo clásico. O igual, fue al revés.
Desgraciadamente, muchos de estos
edificios romanos se encontraban ya en ruinas. Bien, a causa de las invasiones
bárbaras, las guerras medievales o, simplemente, porque sus piedras se habían utilizado
para otras construcciones. Como ocurrió en el caso del Coliseo de Roma.
Por si no lo sabíais, la Iglesia,
no solía utilizar los antiguos templos romanos, porque solían ser muy pequeños
para realizar las misas. Ya que esos templos eran sólo la casa de sus dioses y los antiguos
romanos no celebraban las ceremonias dentro del recinto, sino en la puerta. Así que
la mayoría de esos templos no fueron aprovechados para el culto cristiano,
salvo el caso de los grandes. Como ocurrió con el Partenón de Atenas.
Lo cierto es que, durante la Edad
Media, siempre se había tenido constancia
de que había existido una civilización, como fue la greco-romana con unos conocimientos
técnicos y artísticos muy por encima de los que tenían ellos y creían haberlos
perdido.
Por eso, estos mecenas de los
artistas y humanistas, les pagaron generosamente para que investigaran y pudieran
encontrar estos saberes casi perdidos.
En aquella época, disponer en una
de esas cortes a un Leonardo, un Miguel Ángel o cualquier otro artista era todo
un lujo y, a veces, como parte de las relaciones entre esos Estados de la
actual Italia, se cedían temporalmente sus respectivos artistas, para que
trabajaran en otra corte. Era una forma de dar prestigio a su Estado.
Así que ahora os voy a narrar la
historia de un Concilio, que se suele pasar por alto, pero que a mí me parece
que también influyó en el origen del Renacimiento.
Para explicarlo correctamente, lo
suyo es que os comente que, en 1414, se produjo el Concilio de Constanza, donde
los monarcas cristianos pusieron todo su empeño en unificar toda la
Cristiandad, bajo el báculo de un único Papa. Desgraciadamente, las luchas
políticas habían dado lugar a tres Papas diferentes.
Eso se consiguió en 1417, cuando,
durante este concilio, se nombró nuevo Papa a Martín V, el cual consiguió
terminar con esta situación a la que se llamó el Cisma de Occidente.
No obstante, dentro de la Iglesia
seguía habiendo dos corrientes de opinión. Por una parte, unos pensaban que el
Papa debía comportarse como un monarca absoluto, sin tener que depender de
nadie.
Por otra, estaban los que
pensaban que las resoluciones de los concilios debían estar por encima de las
del Papa. Esto se llamó el conciliarismo. Evidentemente, Martín V, no estaba de
acuerdo, pero sí aceptó realizar concilios más a menudo y lo cumplió.
En 1422 tuvo lugar un concilio en
Siena, pero no se llegaron a decidir
grandes acuerdos para reformar la Iglesia.
El siguiente concilio fue
convocado en 1431 en Basilea. A éste no pudo asistir Martín V, pues murió unos
meses antes de que comenzara. Lo inauguró su sucesor, Eugenio IV.
Para empezar, el nuevo Papa se
encontró con el problema del conciliarismo y con un ambiente hostil.
Así que disolvió ese concilio y lo mandó a Ferrara. Algunos de los reunidos en Basilea
no se dieron por aludidos y siguieron allí. Mientras que la mayoría de ellos se
trasladaron a la nueva sede.
A Eugenio IV se le ocurrió que
podría intentar también acabar con el Cisma de la Iglesia Ortodoxa, que estaba
separada de la Occidental desde el siglo XI, así que invitaron a las
autoridades ortodoxas a asistir al Concilio.
Es posible que, como estas cosas
tardan mucho en debatirse, las ciudades
donde se celebró este evento, fueran enviando a los participantes a otra, ya
que generarían muchos gastos.
El concilio se había iniciado en
1431, en Basilea. En 1438, se trasladó a Ferrara. Al año siguiente, le tocó el
turno a Florencia, pues se había declarado un brote de peste en la anterior
sede. En 1443, se fueron a Roma, ya hasta el final, que fue dos años más tarde.
Los representantes de las
Iglesias ortodoxas de Oriente, presididas por el emperador bizantino, Juan VIII
Paleólogo, acudieron a la sede de Ferrara.
Este fue todo un acontecimiento
en el Mundo occidental, pues estas
gentes venidas del Imperio Bizantino, heredero
del antiguo Imperio Romano de Oriente, aportaron una serie de conocimientos
absolutamente olvidados en Occidente.
En esa reunión se consiguieron
verdaderos avances en aras de una posible reunificación de las dos Iglesias. Algo
realmente inaudito, pocos años antes.
Increíblemente, los
representantes de las dos iglesias aceptaron el origen del Espíritu Santo, un
tema que siempre había causado fricción entre las dos partes.
Aparte de ello, se dejó que cada
Iglesia siguiera sus tradiciones a la hora de la Comunión. Se aceptó el hecho
del Purgatorio y, lo más importante, el poder del Papa sobre toda la Iglesia.
Ya en Ferrara, en 1439, se firmaron
los acuerdos con la Iglesia Griega y la Armenia. En 1443, con los jacobitas y
en 1445, con los nestorianos.
Más adelante, en Florencia, Eugenio
IV, fue proclamado Pontífice único de las dos Iglesias, lo cual fue una gran
victoria. El concilio fue clausurado en la misma Roma.
No obstante, las malas lenguas,
que son muchas, dicen que los ortodoxos vinieron a firmar todo lo que se les
pusiera por delante, para que Occidente les ayudara en su lucha contra los
turcos. Los cuales estaban ya demasiado cerca de Bizancio.
No hay que olvidar que Bizancio
fue conquistada, por éstos, pocos años
después. Seguramente, por ese mismo motivo, y por la casi nula ayuda de Occidente
a Bizancio, la separación entre las dos Iglesias se volvió a producir a partir
de 1472. Aparte de que la mayoría del clero ortodoxo se opuso, desde un principio,
a su unión con el de Occidente.
Sin embargo, lo que yo os quería
decir es que, junto a los grandes personajes de la Iglesia Ortodoxa, viajaron a
Ferrara y luego a Florencia, un grupo muy selecto de intelectuales, los cuales
poseían grandes conocimientos de la antigua cultura greco-romana, que se habían
perdido en Occidente.
Uno de ellos fue el patriarca
latino en Constantinopla, Basilio Besarión, que fue uno de los personajes más
importantes de ese gran evento. De hecho, fue uno de los redactores, junto al gran
humanista Ambrosio Traversario, del
Decreto por el que se reconocía el final del Cisma de Oriente.
En Venecia, todavía se recuerda a
Bessarion, por la donación de buena parte de su espléndida colección de libros
antiguos a la Biblioteca Marciana de esa ciudad.
También tradujo varias obras de
Aristóteles y de Platón, sintiendo predilección por la filosofía de este último
y dándola a conocer en Occidente, pues aquí se le daba más importancia al
primero.
Otro de los visitantes famosos
fue Georgios Gemistos, llamado Pletón. Éste sólo vino como asesor. Por tanto,
gozó de mucho tiempo libre, el cual aprovechó para enseñar la filosofía platónica
en Florencia.
Incluso, se permitió afirmar que
muchos gobernantes podrían organizar mejor sus Estados si siguieran los
consejos que escribió Platón en su obra “La República”.
Fundó la Academia Platónica
Florentina, bajo el mecenazgo de Cosme de Médicis, que no se perdía una clase
de este filósofo.
Allí convergieron personajes muy
importantes, pero no voy a extenderme para no hacer demasiado largo este
artículo. Lo dejo para otro posterior.
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