ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 3 de agosto de 2015

ALBERT PIERREPOINT, UN VERDUGO EJEMPLAR



Es posible que, al haber traído a un verdugo al blog,  más de uno haya pensado que igual soy aficionado a los espectáculos morbosos de esos que salen habitualmente en la TV o que soy partidario de la pena de muerte. Pues ni lo uno, ni lo otro.
Simplemente, estuve leyendo el otro día un artículo sobre este personaje y me ha llamado la atención. Así que, por eso, precisamente, se me ha ocurrido hacer un artículo sobre él.
Albert Pierrepoint nació en marzo de 1905 en el seno de una familia que, por tradición, se había dedicado a esta actividad.
Realmente, en el Reino Unido, siempre se ha entendido que esta labor estaba encomendada a los sheriffs de cada condado, pero ellos siempre se han servido de personas dispuestas a hacerlo. O sea, que no es un cargo administrativo, ni se puede entender como una profesión.
Curiosamente, Albert, casi siempre trabajó en su tienda de comestibles, en las afueras de Bradford y sólo ejercía de verdugo, cuando se le necesitaba para esa labor.
Aunque se le consideró  como el verdugo más eficiente, pues siempre se tomó muy en serio su trabajo, cuando se retiró publicó en sus memorias que  creía que esta pena no servía para nada.
Albert fue el continuador de una dinastía, donde ya figuraban su padre, Henry, y su tío, Thomas, que ejercieron durante muchos años el trabajo de verdugos.
Incluso, comentaba en sus memorias, que, cuando pasaba algunos días de verano en casa de su tío, éste le permitía leer su diario, donde describía los detalles de sus ejecuciones.
Como era normal en esa época, ya en 1917, empezó trabajando en unos molinos que había en Marlborough.
En 1920, se dedicó a repartir con un simple carro los encargos que le hacían a un almacenista de su ciudad.
En 1930 ya aprendió a conducir vehículos y se dedicó a hacer esos repartos con un coche y luego con un camión.
En 1931, como estaría muy harto de hacer ese trabajo, se le ocurrió escribir a los comisionados de prisiones, ofreciéndose como ayudante de su tío, para realizar ejecuciones. Lamentablemente, le contestaron que no había vacantes para ese puesto.
A finales de ese mismo año, dimitió uno de los ayudantes del verdugo y le llamaron para hacerle una entrevista en la prisión de Strangeways, en Manchester.
Así,  en 1932, su nombre ya figuraba en la lista de los ayudantes de verdugos del Reino Unido.
Parece ser que sus honorarios, en ese momento, eran de 1,5 guineas, que serían, actualmente, unas 93 libras y otro tanto, dos semanas después, si estimaban que tuvo un comportamiento adecuado en la ejecución.
Por supuesto, se les obligaba, por escrito, a ser muy discretos y a no hacer ninguna declaración a la prensa.
Su primera ejecución, a la que asistió como ayudante de su tío, fue en Dublín, en diciembre de 1932. Se trataba de ejecutar a un granjero irlandés que había asesinado a su hermano.
En diciembre de 1941 tuvo su primera ejecución como verdugo principal. Se trataba de ahorcar a un espía alemán llamado Karel Richter, el cual había sido lanzado en paracaídas en las cercanías de Londres, pero fracasó y fue juzgado y condenado.
Como el reo se resistió, hubo una dura lucha entre él y los funcionarios. Al final, le condujeron al patíbulo de la cárcel y allí pudo realizar su función el verdugo, pero de una manera no muy ortodoxa. En su diario dice que nunca  estuvo satisfecho con su labor en esa ejecución.
En 1943, nuestro verdugo, que ya había puesto su tienda de comestibles, se casó con una chica que tenía una tienda de dulces en la misma calle que la suya y estuvieron viviendo en Manchester.
En la posguerra se le acumuló el trabajo, pues las autoridades aliadas de ocupación estaban enjuiciando a multitud de nazis y condenando a muchos de ellos a la pena capital.
En diciembre de 1945 viajó por primera vez a Alemania para ejecutar a
11 prisioneros nazis y otros dos acusados de asesinar a un piloto de la RAF en Holanda.
En los siguientes años, gracias a su probada eficiencia, fue reclamado unas 25 veces para ir a Alemania y a Austria y ejecutar a unas 200 personas, declaradas criminales de guerra.
Por entonces, la prensa descubrió su verdadera identidad y apareció en muchos periódicos como un héroe que estaba haciendo justicia contra los nazis. No hay que olvidar que, los nazis, además de haber matado a mucha gente en el resto de Europa, también habían asesinado a mucha gente con sus bombardeos sobre el Reino Unido y la ciudadanía no había olvidado esas cosas.
Alguno también me dirá que los aliados mataron a muchos más alemanes, con sus frecuentes bombardeos aéreos, pero ese tema ya lo traté en otro artículo y ya
sabe la gente lo que pienso al respecto. Ya  lo dijo el jefe galo Breno, cuando venció a los romanos: “Vae victis”, que se traduce como “Ay de los vencidos”. O sea, que podía hacer lo que le diera la gana con los vencidos.
Como aumentaron mucho sus ingresos, debido a las continuas ejecuciones, pues dejó el negocio de los comestibles y la pareja puso un pub y luego otro más, cerca de Preston.
En 1956, renunció a su cargo, debido a que él cobraba por hacer ejecuciones y, como al reo que iba a ejecutar, se le perdonó en el último momento, pues no le quisieron pagar lo convenido, a pesar de haber realizado todos los preparativos para la ejecución.
Parece ser que, normalmente, solía cobrar 15 libras, que, al cambio de hoy serían 317. Sin embargo, el encargado de la ejecución sólo le ofreció 1 y eso le molestó mucho.
Según las normas vigentes en ese momento en Inglaterra  se cobraba por ejecución. Sin embargo, en Escocia, le hubieran pagado el total, aunque se hubiera conmutado la sentencia.
Lo cierto es que el sheriff le envió a casa un cheque por 4 libras, porque Albert tuvo que quedarse unos días en esa ciudad, debido al temporal que estaba sufriendo la misma.
Incluso, el propio Ministerio del Interior, se dirigió a él por carta, pidiéndole que reconsiderara su decisión de dimitir del cargo, dado que le consideraban el mejor verdugo que tenían, pero no lo hizo.
No obstante, a pesar de tener algunos verdugos más disponibles, a partir de 1964 ya no les hicieron falta, pues fue el año en que se eliminó del Derecho británico la pena de muerte.
Albert y su esposa, Annie, se retiraron a la ciudad litoral de Southport, donde él murió en julio de 1992.
Nunca quiso dar un número exacto de las ejecuciones que había llevado a cabo. Se piensa que dio muerte a 433 hombres y 17 mujeres, incluidos militares y criminales de guerra.
Un autor, que afirma haber consultado los archivos sobre ejecuciones, da una cifra de 435 ejecuciones realizadas por nuestro personaje de hoy.
En una película USA se le cita como el último verdugo, pero eso no es cierto, pues las ejecuciones tuvieron lugar hasta agosto de 1964 y fueron realizadas por otros de sus colegas.
Realmente, como dije ya en un principio, el encargado legalmente de realizar esas ejecuciones era el sheriff, pero desde hacía muchos años, delegaban su labor en las llamadas “personas competentes”. Ni siquiera se les llamaba verdugos.
Él llamaba a los reos sus “clientes” y los trataba siempre con todo respeto. Según dicen, al término de cada ejecución, solía decirles a sus ayudantes: “Esta persona ha pagado
el precio por sus pecados. Lo que queda de él merece ser tratado con dignidad”.
Parecer ser que tenía una técnica muy depurada, consistente en calcular a ojo el peso y la altura de cada uno de sus “clientes” y así podía manipular la horca a su antojo y conseguir una rápida ejecución. Dicen que su record lo marcó la ejecución de un reo que le duró sólo 7 segundos.
Parecía tener una doble personalidad, pues, en su pub, era una persona muy alegre y hasta cantaba con los clientes. Sin embargo, cuando iba a realizar una de sus ejecuciones, se mostraba excesivamente serio, como si fuera un autómata.
Dedicó su diario a su esposa, porque le acompañó durante muchos años sin hacerle ninguna pregunta.
Entre sus clientes más famosos podríamos destacar algunos guardianes de Auschwitz y de Bergen-Belsen, como Juana Bormann, Irma Grese, Elisabeth Völkenrath, Josef Kramer, Fritz Klein, etc.
Incluso, en el caso de estos criminales de guerra, llegó a ejecutar en un solo día a 11 reos. Bien individualmente o por parejas.
Otros famosos clientes de nuestro personaje fueron Gordon Cummins, John Amery (a quien he dedicado recientemente otro artículo), William Joyce (Lord Haw-Haw), Bruno Tesch (uno de los inventores del gas Zyklon B, usado habitualmente en las cámaras de gas), Neville
Heath (asesino de varias jóvenes), John George Haigh (un famoso asesino que metía a sus víctimas en ácido sulfúrico, para deshacerse de los cadáveres).
El caso de la condena y ejecución de Timothy Evans, sentenciado a muerte por haber dado muerte a su hija y de su esposa, fue muy duro. Parece ser que después de haber sido ejecutado en 1950, se descubrió que el verdadero culpable era un vecino llamado John Reginald Christie, al que  también ejecutó en 1953.
Tras esta injusta ejecución, se inició en el Reino Unido un gran debate acerca de los errores de la Justicia y la irreversibilidad de las condenas a muerte. Así se llegó a suspender y luego abolir esta pena a finales de 1964. Evans recibió un perdón póstumo en 1966.
Incluso, fue contratado en alguna ocasión por la República de Irlanda, para ejercer su trabajo con sus condenados a muerte. Precisamente, Albert, fue el que realizó la última ejecución llevada a cabo en Irlanda, en abril de 1954.
También realizó la última ejecución contra una mujer en el Reino Unido, llevada a cabo en julio de 1955.
Desgraciadamente, también hubo de ejecutar a uno de los clientes de su pub, que, además, había cantado a veces con él, pues asesinó a su novia, en un  ataque de celos.

En sus memorias, Albert, nunca vio la condena a muerte como un elemento de disuasión para la gente. Además, creía que la mayoría de los condenados, ejecutados por él, no mataron a sus víctimas con premeditación, sino en un momento de cólera o algo por el estilo.
También decía que, a pesar de la gran cantidad de ejecuciones realizadas, no creía haber evitado ningún asesinato.
Albert llegó a pedir que su nombre fuera retirado de la lista oficial de los verdugos británicos, por haber renunciado a su cargo.

domingo, 2 de agosto de 2015

JOHN AMERY, UN FASCISTA BRITÁNICO



Siempre se ha dicho que los anglosajones y, concretamente,  los británicos, son gente muy patriota. Por eso, es muy extraño que uno de ellos traicionara a su patria y fuera el primer ajusticiado por ello, nada menos que desde el siglo XVII.
Nuestro personaje de hoy nació en 1912 en el distinguido barrio londinense de Chelsea, una zona donde sólo vive gente de la clase alta.
Su padre, Leo Amery, era miembro del parlamento británico, por el partido
conservador y hasta llegó a ser dos veces ministro.
Cuando se convirtió en el Primer Lord del Almirantazgo, o sea, ministro de Marina, se mudaron, como era costumbre,  a la Casa del Almirantazgo, en White Hall.
Para más señas, su familia bautizó al bebé nada menos que en la cripta de la Cámara de los Comunes.
Incluso, se dice que su familia ofrecía grandes fiestas en su mansión y tampoco era extraño verlos en el palacio del duque de Westminster.
Es curioso que nuestro personaje se metiera en esos líos, cuando, según parece, su padre ya tenía ascendencia judía. Sus abuelos eran unos banqueros originarios de Hungría, que habían emigrado el Reino Unido.
Desde pequeño, siempre actuó como un niño muy rebelde, pasando por multitud de colegios. Incluso, estuvo en el prestigioso colegio Harrow, pero se volvió pronto.
Allí se dice que se escapaba a menudo para visitar clubes de prostitutas, con sólo 14 años. Así que le expulsaron del colegio por su degradación moral y por robar en una tienda.
Tras haber sido reconocido por un psicólogo, éste le diagnosticó que no tenía sentido moral sobre lo que era el bien y el mal.
Incluso, fue enviado por sus padres a un internado en Suiza para chicos ingleses, pero volvió pronto por haber sido contagiado de sífilis.
Aunque pudo haber entrado en Oxford, lo rechazó y luego, tuvo la ocurrencia de dedicarse al cine, concretamente, a las tareas de producción, pero fracasó estrepitosamente. Para esta empresa consiguió que su padre le diera la, por entonces,  enorme cantidad de 100.000 libras.
Los británicos lo calificaban como un perturbado y excéntrico inglés que sólo mostraba interés por los coches veloces y los hoteles de lujo, adonde llevaba  siempre con él a su osito de peluche.
Precisamente, cuando tenía sólo 20 años, ya fue citado por la Justicia, acusado de dejar su coche obstruyendo una calle, mientras estaba bebiendo. Parece ser que entonces se supo que ya había tenido antes otras 73 demandas contra él.
Con 21 años se casó con una antigua prostituta, pero seguía sin tener oficio ni beneficio. Así que dependía de las transferencias de su padre.
Como siempre fue muy anticomunista, dejó el Reino Unido para irse a Francia y allí conoció a algunos líderes fascistas, con los que viajó a otros países para ver los logros del fascismo. También se dice que abandonó su país para huir de sus acreedores.
En una ocasión, les comunicó a sus familiares que estaba combatiendo en el bando nacional, durante la Guerra Civil española, pero luego se demostró que era falso.
Parece ser que sí es cierto que estuvo en España, tras acabar la guerra civil y aquí pudo ver algunas cámaras de tortura de las checas, como le relató en una carta a su padre. Esto le hizo aumentar su sentimiento anticomunista.
La pareja se casó en Atenas, por ser él menor de edad y no contar con el permiso paterno. También en Grecia fue demandado por haber pagado con un cheque sin fondos. En esa ocasión, también le tuvo que ayudar su familia para salir de ese trance. Se decía que siempre llevaba encima un arma de fuego, para espantar a sus numerosos acreedores.
Durante la invasión de Francia se quedó allí y luego intentó trabajar para el Gobierno colaboracionista de Vichy, pero fue rechazado.
Parece ser que el MI6, el servicio de espionaje británico, ya andaba tras de él, pero no le consideró más que un borrachín nada peligroso para sus intereses.
Más tarde, le dejaron ir a Alemania, donde fueron recibidos muy bien, él y su esposa, como los señores Brown. Allí convenció a éstos para organizar una unidad de soldados británicos, para combatir a favor de los nazis.
Para empezar, buscó voluntarios entre los civiles británicos encerrados en campos de concentración, pero no tuvo mucha suerte.
Luego, buscó entre los prisioneros de guerra y ahí encontró algunos voluntarios más, aunque no demasiados.
Las Waffen SS asumieron esa nueva unidad, el Britisches Freikorps,  como propia y destinaron a Amery a las transmisiones de propaganda nazi realizadas por radio hacia el Reino Unido.
Curiosamente, se metían mucho con la alianza bélica entre su país y la URSS y acusaban al Reino Unido de estar “dominado y comprado por los judíos”. Es llamativo que esto lo dijera un descendiente de judíos.
Algunos dicen que tuvo esta actitud para intentar demostrarle al mundo que no quería ser judío. Aunque su misma madre hubiera nacido en un barrio judío de Budapest.
Además, esto también afectó a su padre, pues, aparte de la vergüenza de que todos oyeran a su hijo meterse con su país y su Gobierno, él era por entonces Secretario de Estado para la India. Así que tuvo que ir a hablar urgentemente con el primer ministro, Churchill, que eran amigos desde la infancia, para aclarar esta situación y poner su cargo a disposición del premier.
Incluso, cuando los periodistas fueron a casa de su padre, para preguntarle sobre las actividades de su hijo, él les dijo que pensaba que había sido raptado por la Gestapo y hacía todo esto bajo amenazas.
También se dice que fue a ver al rey Jorge VI, para explicarle todo esto y a continuación se citó con su abogado para desheredar a su hijo, porque, según él, cometió un “delito abominable”.
A finales de 1944 le permitieron residir en Italia, para apoyar la nueva república creada por Mussolini en el norte de Italia, llamada República de Saló.
Antes de ello, pasó por París, donde se casó con otra prostituta, llamada Michelle Thomas. Parece ser que a este hombre le iban las prostitutas. Aparte de que cometió bigamia, porque no se había divorciado de la anterior.
Precisamente, allí fue capturado por un grupo de partisanos italianos y entregado a los británicos.
Lo mandaron primero a un campo de concentración en Terni, donde no hacía más que preguntar por su osito de peluche.
Fue inmediatamente enviado al Reino Unido, donde quedó encerrado en la prisión de Wadsworth, cerca de Londres. Allí llegó vestido con su uniforme fascista.
Precisamente, el oficial encargado de su custodia y traslado de vuelta a su país, fue el capitán Alan Whicker, que se convirtió en la posguerra en un famoso presentador de TV.
Su hermano, Julián, que ya era un importante parlamentario conservador británico, intentó mover los hilos para poder demostrar que John había tomado la nacionalidad española y así no poder ser acusado de alta traición.
Incluso, su madre fue a pedir al rey, Jorge VI, que le conmutara la pena, pero no obtuvo ningún resultado.
Los jueces del juzgado número 1 de Old Bailey no aceptaron este alegato y su abogado, Gerald Osborne,  le aconsejó que se mostrara como un enfermo psiquiátrico. Incluso, su padre le dijo al tribunal que su hijo no estaba en su sano juicio.
Los jueces tampoco consideraron los informes de expertos psiquiatras, aportados por su familia.
Al inicio del juicio, el 28/11/1945, le leyeron a John todas las acusaciones
que había contra él y, para sorpresa de todos, se declaró culpable. Incluso, parecía satisfecho de haberlo hecho.
Hasta el mismo juez, el magistrado Humphreys,  le informó que no debería declararse culpable, pues podría ser castigado con la pena de muerte. Seguro que con un miembro de la clase baja no hubiera tenido tantos miramientos.
No obstante, él volvió a declararse culpable y el juicio se dio por concluido a los 8 minutos de haber comenzado. Se declaró como un anticomunista y no un nazi y nunca le había hecho daño a su patria.
El 19/11/1945 fue colgado en su misma prisión por el famoso verdugo Pierrepoint y enterrado también en la misma. Este verdugo cuenta en sus memorias que le consideraba el hombre más valiente de todos los que ejecutó a lo largo de su carrera.
Incluso, al estar enterrado dentro de un recinto carcelario, a su madre siempre se le negó el acceso para poder poner flores sobre su tumba.
En 1996, su familia consiguió exhumar sus restos, incinerarlos y esparcir sus cenizas por territorio francés.

sábado, 1 de agosto de 2015

JOHN HAWKWOOD, UN EXTRAÑO CONDOTTIERO



Seguramente, todos habréis oído hablar de los famosos condotieros italianos. Unos tipos que pulularon por Italia desde el final de la Edad Media hasta el Renacimiento, aprovechándose de la falta de un Estado, que cohesionara ese territorio y de la inseguridad producida por las continuas guerras.
De hecho, muchos de los apellidos de los nobles italianos de hoy en día proceden de estos mercenarios que, con sus armas, conquistaron una serie de territorios y que, más tarde, se unieron, bien a la Iglesia o al Imperio para validar sus conquistas.
En un principio, los condotieros, eran una especie de corsarios, ligados por un contrato a un Estado más o menos grande. A veces, al verse más fuertes que sus clientes, eran ellos los que les imponían sus condiciones.
Sólo buscaban riqueza y tierras y, en algunos casos, hasta la fama. No les importaba cambiarse de bando, si el otro pagaba más. Así que no podían ser considerados muy fiables.
En un principio, los condotieros fueron casi siempre extranjeros. La mayoría de ellos procedía de lo que hoy es  Alemania, pero después fueron todos ellos italianos.
Eran simples tropas mercenarias. En un principio, ni siquiera se les podría calificar de tropas, pues eran simples bandidos, unidos por una causa común y al mando de un capitán.
Más tarde, se creó la llamada Gran Compañía, que llegó a contar con unos 9.000 hombres bien armados y disciplinados, lo que era difícil para la época, y estuvo al mando de Werner de Urlingen y luego la capitaneó Konrad von Landau.
Hacían lo mismo que la Mafia. O sea, pedir dinero a cambio de protección. Lógicamente, si alguna población se negaba a pagarles, pues la arrasaban. Así obtuvieron muchas ganancias, convenientemente repartidas entre todos.
Como todo tiene su final, esta Compañía fue derrotada por otra, llamada la Compañía Blanca, capitaneada por nuestro personaje de hoy.
John Hawkwood, este condottiero de apellido tan peculiar, nació en 1320, en un pueblo de Inglaterra, en el condado de Essex. Se sabe que su familia poseía un par de fincas por esa zona, así que su niñez se podría decir que fue más o menos confortable.
En 1340, muere su padre y se desmorona todo su mundo, porque no pudo heredar, al no ser el primogénito. Así que se trasladó a Londres para aprender el oficio de sastre.
Se ve que Dios no le había llamado por el camino de la aguja y el hilo. Así que aprovechó que, unos años antes, se había declarado la inacabable Guerra de los Cien Años y se alistó en 1342, como arquero en el ejército inglés.
Debía de ser un tipo robusto y valiente, pues el arco inglés, que se usaba en esa época, medía 2 metros de alto y había que tener una fuerza y una destreza considerables para usarlo. De hecho, en Inglaterra, el rey decretó que todos los varones de cierta corpulencia deberían de ejercitarse en su manejo, al menos los domingos, al salir de misa.
Se cree que nuestro personaje luchó, al menos, en las célebres batallas de Crècy y Poitiers, que casi borraron del mapa a la arrogante caballería francesa. Tras esas victorias, logró el título de caballero, algo muy importante en esa época.
En 1360, tras el Tratado de Brétigny, se desmovilizaron muchas de esas tropas. Así que la mayoría de esta gente, que llevaba mucho tiempo guerreando y no sabía o no quería hacer otra cosa, se buscó otro lugar donde hacer fortuna con los conocimientos adquiridos.
John, se alistó en la llamada Gran Compañía, que se dedicó, desde entonces, a la rapiña en la zona de Champaña y Borgoña, muy rica por entonces. Luego, para colmo, se dirigió hacia Aviñón, donde estaba por entonces la sede papal, y no se le ocurrió otra cosa que cortar las comunicaciones de esa ciudad.
Lógicamente, al Papa de entonces, Inocencio VI, no le hizo ninguna gracia e hizo lo que todos sus colegas, excomulgó a estos mercenarios y pidió una Cruzada contra ellos. Lo que pasa es que no le hicieron ni caso, porque cada potencia estaba a lo suyo. Lo curioso es que este Papa era el que había logrado ese tratado de paz.
Lo cierto es que el Papa consiguió que le dejaran en paz, firmando con los mercenarios un tratado por el que los “colocaba” al servicio de los Estados aliados del Papado.
De esa manera comenzaron las andanzas de nuestro personaje por Italia. A mí, esto de los condotieros, me recuerda una película muy divertida que vi hace mucho tiempo y os la recomiendo. Su nombre es “La Armada Brancaleone” (1966).
El protagonista es el famoso Vittorio Gassman, el cual hace de un condottiero un tanto quijotesco, que se empeña en conquistar ciudades con sólo un puñado de guerreros y que, la mayoría de las veces,  tienen que salir por piernas de muchas de ellas, porque sus ciudadanos se les resisten.
No es el caso de nuestro personaje, pues fue un célebre condottiero, cuya fama ha llegado hasta nosotros.
En un principio, fue contratado, con su Compañía, para defender al
marquesado de Montferrato, acosado por Bernabé Visconti, entonces señor de Milán. Como ya dije antes, seguro que más de uno de estos apellidos os van a sonar.
En 1363, cambió de patrón, pues le llegó el encargo de defender a Pisa de los ataques de la ciudad de Florencia. Ya sabemos, que, por entonces, los italianos preferían las ciudades-Estado, más que la unión en un solo país.
Empezó la campaña muy bien, pero la meteorología estuvo contra él, perdió muchos hombres y, al final, las dos ciudades tuvieron que firmar un tratado para acabar con las hostilidades.
En 1368, le contrató Bernabé Visconti, señor de Milán, pues se había creado una Liga contra él. La formaban el Papa Urbano V, promotor de la misma, el emperador Carlos IV, Luis I de Hungría y las ciudades de Padua, Ferrara y Mantua.
En un principio, le tocó asediar Mantua, pero luego le enviaron a detener el paso de las fuerzas imperiales, para lo cual inundó unos diques en el río Po. Ese que sale tanto en los crucigramas.
Así, Visconti pudo realizar un pacto con el emperador y, tras el oportuno pago, éste se volvió con sus huestes hacia Alemania.
En esta guerra obtuvo varias victorias. Incluso, venció esta vez a los florentinos, cuando se inmiscuyeron en la misma.
Como a Visconti le pareció que la guerra ya estaba ganada, se le ocurrió bajarle el sueldo a nuestro personaje. Así que éste, renunció a apoyarle y le dejó solo frente al Papa y sus aliados.
En 1373, como el Papa había estado observando sus grandes dotes militares, ésta vez le contrató a su servicio y así logró la victoria en varias batallas.
En 1375, acabó la guerra entre Milán y el Papa. De esa forma, muchos de estos soldados se quedaron en el paro y el Papa, que aún residía en Aviñón, los utilizó para arreglar algunas “cosillas” con Florencia, pues esta ciudad se había apropiado, durante la guerra, de algunos territorios papales.
De esta manera, nuestro personaje marchó al frente de sus tropas hacia Florencia, con ánimo de quemar todas sus cosechas, pues estas operaciones se solían realizar, comúnmente, en verano.  En España, se solían llamar aceifas y con ellas no se pretendía llevar a cabo ninguna conquista, sino, únicamente,  hacer pasar hambre al enemigo.
Los florentinos, que tenían fama de ser gente muy inteligente, pues les vieron las intenciones al condottiero y lo sobornaron para que no lo hiciera. Así que, como los mercenarios lo vieron muy fácil, pues hicieron lo mismo con otras ciudades.
Esto colmó la paciencia de varias ciudades e hicieron una coalición contra el Papado, lideradas por Florencia. Para empezar, enviaron agentes a todas las ciudades pontificias, para que se rebelaran contra su señor.
El Papa fue aún más duro, pues excomulgó a todo el gobierno de Florencia, puso en entredicho la ciudad, para que ningún otro país hiciera negocios con ella, prohibió todos los servicios religiosos en la ciudad y hasta autorizó que se esclavizaran todos los súbditos florentinos que se apresaran y la confiscación de todos sus bienes en todos los países de Europa.
La ciudad de Florencia contestó saltándose las normas papales, como los préstamos con usura, obligando a los sacerdotes a cumplir con los ritos, bajo pena de fuertes multas y confiscación de todos los bienes eclesiásticos, etc.
En un principio, John, sólo se dedicó a reprimir ciertas sublevaciones que habían nacido en las ciudades pontificias. Más tarde, abandonó al Papa y se pasó con sus tropas a la coalición liderada por Florencia.
Otros mercenarios contratados por el Papa se dedicaron a masacrar a los ciudadanos de esa alianza y a saquear los palacios y conventos que encontraron a su paso.
Lo curioso del asunto es que, a pesar de estar Florencia en guerra contra el Papa, le pagaron a John para que no les atacara y se dedicara a otros frentes. Cosa que cumplió.
La verdad es que hay que reconocer que estos italianos son unos magos de la diplomacia. No hay más que ver que en las dos guerras mundiales acabaron siempre en el bando vencedor, aunque hubieran empezado en el bando contrario.
Volviendo a lo nuestro. Esta guerra fue más importante de lo que parece, pues obligó al Papa, Gregorio XI, a volver a Roma en 1378. Desde entonces, ya todos los Papas vivieron en Roma.
 Por cierto, no le fue muy bien el viaje, pues hasta tuvo que soportar un naufragio. Es posible que eso empeorara su salud, pues murió sólo 2 meses después.
Se dice que la propia santa Catalina de Siena fue a Aviñón a hablar con el Papa, a fin de interceder por Florencia y sus aliados y lograr la paz, cosa que consiguió. Parece ser que esto fue lo que animó al Papa, Gregorio XI, a acudir a Roma a interesarse directamente sobre lo que estaba ocurriendo.

Desgraciadamente, tras el viaje del Papa a Roma y su repentina muerte, se dio un fenómeno conocido como el Cisma de Occidente, donde, en poco tiempo, se llegaron a dar 2 y hasta 3 Papas, simultáneamente. Ya que hubo Papas en Roma y Aviñón, a la vez.
Tras esta guerra, los pasos de John se dirigen otra vez hacia Milán. Esta vez ya es un guerrero muy conocido y, posiblemente, para asegurarse esta vez la paga, llega a un acuerdo con Bernabé Visconti para casarse con su hija ilegítima, Donnina Visconti.
Ella aportará al matrimonio una serie de villas y la boda se realizó en 1377. De esta unión nacieron 3 hijas y un hijo.
Por otra parte, se sabe que ella ya tenía dos hijos y una hija, habidos en  un matrimonio anterior
Casualmente, al año siguiente, cuando John y Bernabé estaban organizando un ataque contra Verona, se produjo un altercado entre ambos, que dio lugar a que se rompiera su alianza y no volviera a combatir para el milanés.
Parece ser que John trabó amistad con el célebre poeta y diplomático Geoffrey Chaucer, autor de los Cuentos de Canterbury, y eso le valió para realizar algunos encargos diplomáticos a favor de Inglaterra en los estados de la península Itálica. También mantuvo contactos con los famosos Jean Froissart y Petrarca.
Más adelante, pretendió dejar las armas y retirarse a vivir tranquilamente, con su mujer y sus hijos, en sus dominios de la Romaña, pero los acontecimientos no se lo permitieron.
En 1381, tuvo que aceptar una proposición de Florencia, consistente en defender algunos de sus dominios contra ciertas ciudades vecinas.
También, en ese mismo año, Ricardo II de Inglaterra, le nombró su representante ante el Papa. Algo parecido a un embajador actual. También lo nombró Sir.
En 1385, su cuñado, Carlo Visconti, le informó que Bernabé había sido apresado y encerrado en una fortaleza por Gian Galezzo Visconti, su sobrino.
Como Gian Galeazzo no puso sus pies en los dominios de John, éste se negó a intervenir y la situación se resolvió pronto, ya que Bernabé murió en prisión, ese mismo año, y Gian pudo nombrarse primer duque de Milán.
En 1386, entró al servicio de Padua para luchar contra Verona. A pesar de mandar unas tropas muy inferiores, logró un clamoroso éxito, al vencer a las tropas veronesas y apresar a sus dirigentes.
En 1389, comienza una guerra ente Florencia y Siena, que como ocurrió en el caso de la I Guerra Mundial, la política de pactos, implicó a casi todos los Estados de Italia.
Inmediatamente, Siena, se puso bajo el amparo de Milán, que movilizó también a Perugia, Mantua, Ferrara y Rímini. En el bando de Florencia, se situaron Bolonia, Faenza, Luca y Padua.
Esta vez, ninguno de los dos bandos escatimó en gastos y contrataron a los mejores condotieros del momento.
John, lógicamente, optó por el bando florentino y le encomendaron la defensa de Bolonia. Cumplió bien con su cometido y, cuando las tropas enemigas se replegaron, su bando decidió atacar.
No fue posible atacar Milán, pues el resto de las tropas no llegaron a tiempo y tuvieron que replegarse. Logrando pronto un acuerdo de paz.
Así que John, en sus últimos años, vivió en un palacio cercano a Florencia, donde le llegó la muerte en marzo de 1394. También fue conocido por sus contemporáneos italianos como Giovanni Acuto.
La ciudad de Florencia siempre le estuvo muy agradecida por sus servicios, ya que les salvó en varias ocasiones de ser ocupados por los milaneses,  y decidió darle una pensión vitalicia a su viuda y levantar un monumento en su memoria. Desgraciadamente, por falta de presupuesto, no pudo realizarse este monumento.  
Sin embargo, le encargaron al gran maestro del Renacimiento, Paolo Ucello, el pionero de la perspectiva en la pintura, un fresco imitando la estatua que habían pensado erigir en su honor. Aún se puede ver hoy en la catedral de Florencia, junto al sitio donde fue enterrado con todos los honores. Se puede decir que gracias a hombres como él podemos contemplar las obras que surgieron en Florencia durante el Renacimiento.
Otros condotieros famosos fueron Muzio Attendolo Sforza, Giovanni dalle Bande Nere (hijo de Caterina Sforza y padre de Cosme I de Médicis), Francisco II Gonzaga y hasta Andrea Doria.
Los condotieros acabaron sus días a partir de la invasión de Italia, por las fuerzas de Carlos VIII de Francia. Tampoco pudieron vencer a las tropas del emperador  Carlos V, que utilizaban gran número de cañones,  y no les quedó otra que unirse a ellos y desaparecer a partir de 1550.