Es totalmente cierto que los
judíos han sido un pueblo perseguido durante la mayor parte de la Historia
Universal. Eso lo sabe todo el mundo.
Pero,
como ya es sabido que a mí me gusta contar las historias desde todos los puntos
de vista, hoy voy a narrar la peripecia de un barco alemán llamado Saint Louis.
Este
barco cubría habitualmente la ruta entre Hamburgo, Halifax (Escocia), Nueva
Escocia (Canadá) y Nueva York. Incluso, hacía escalas en algunos puertos de las
Antillas.
El
13 de mayo de 1939 este buque zarpó desde Hamburgo hacia Cuba. Su pasaje lo
componían 937 personas de las que 930 eran judíos, que buscaban un refugio,
huyendo de los nazis.
La
idea de la mayoría de ellos era quedarse durante un tiempo en Cuba, para,
posteriormente, ir pasando a los EEUU, beneficiándose del sistema de cuotas por
países, que estaba vigente en ese momento.
Incluso,
según parece, habían presionado al capitán para que el barco fuera más deprisa,
pues se había conocido que le precedían otros dos barcos, también cargados de
refugiados y con el mismo destino.
Al
llegar a Cuba tuvieron problemas, pues su Gobierno no les permitió desembarcar
ni como turistas, ni como refugiados.
Tras
arduas negociaciones, llevadas por Lawrence Berenson, por la parte judía, el Gobierno
aceptó que desembarcaran si pagaban 500$ USA por cabeza. El problema es que la
mayoría de la gente no disponía de esa elevada cantidad. Todo esto jaleo hizo
que los pasajeros se pusieran nerviosos y provocaran un motín y numerosos
intentos de suicidio. Sólo unos pocos pudieron desembarcar en la isla.
Parece
ser que sólo desembarcaron 28 pasajeros, siendo 6 de ellos no judíos y 22 con
documentos de entrada en regla.
Como
el Gobierno cubano no había diferenciado claramente entre turistas y
refugiados, pues sólo a los segundos se les pedía esa cantidad, algunos como el
propio Director de Emigración, se dedicaban a vender permisos de entrada. Dado
el gran volumen de refugiados de ese momento, se dice que Manuel Benítez, el
citado Director, llegó a embolsarse con esta práctica 1.000.000$ USA. Por eso
le obligaron a dimitir.
El
problema es que los judíos ya habían comprado las visas en Alemania, sin
embargo, durante el trayecto del barco, el Gobierno cubano las había anulado,
en un intento de luchar contra ese comercio ilegal. Por eso se les negó la
entrada en Cuba a pesar de tener visas.
Algunos
autores mantienen que la verdadera razón se debió a presiones del Gobierno de
EEUU para no tener tan cerca de su territorio esa gran cantidad de futuros
inmigrantes.
Así,
los rumores de la llegada de este barco a Cuba, provocaron una gran
manifestación de carácter xenófobo por las calles de La Habana.
Aparte
de eso, no olvidemos que en la isla habitaban muchos seguidores del fascismo y
el mismo Franco tenía allí muchos seguidores. Incluso tenían una Falange
exterior, que vino a luchar a nuestra Guerra Civil.
En
busca de una salida a la situación, el barco enfiló hacia Florida, para
intentar que el Gobierno de EEUU dejara al menos entrar a unos cuantos. No obstante,
según parece, las presiones al presidente Roossevelt pudieron más, pues las
elecciones estaban cercanas, y no les otorgaron ningún permiso.
La
Inmigración en EEUU estaba regulada por una Ley de 1924. En 1939, la cuota de
inmigrantes germano-austriacos estaba limitada a sólo 27.370 individuos. Por
tanto, había una lista de espera de varios años para entrar en USA, salvo que
el presidente hubiera querido emitir un decreto con carácter excepcional, cosa
que no hizo.
A
causa de la Gran Depresión, la inmensa mayoría de los USA estaba en contra de
admitir más inmigrantes, pues ya existía una gran cantidad de parados dentro de
sus fronteras. Así allí también se dio algo de antisemitismo y mucho
aislacionismo.
Por
eso mismo, el proyecto de la Ley Wagner-Rogers, que pretendía admitir unos
20.000 niños judíos al margen de las cuotas fue rechazado y el mismo presidente
Roossevelt no quiso pronunciarse al respecto.
Ya
el 5 de junio de ese año se hizo un nuevo intento con el Gobierno de Canadá,
pero también rehusaron admitirlos
La
situación cada vez se ponía peor, porque nadie los quería admitir y las
reservas de alimentos estaban empezando a escasear. Con esta situación, lo más
lógico es que se esperara un motín inminente.
Por
ello, el capitán Gustav Schroeder, tomó la decisión de volver a Europa. Entre
tanto, el comité judío americano negoció con Bélgica, Reino Unido, Francia y
Holanda, los cuales aceptaron repartirse a los pasajeros. Así, al llegar al
puerto de Amberes, el 6 de junio, éstos fueron repartidos entre los países
citados.
Desgraciadamente,
al poco tiempo se inició la II Guerra Mundial y, con ella, el famoso
Holocausto.
Según
parece, de los 930 pasajeros judíos que iban en ese barco, sólo 240 pudieron
sobrevivir al Holocausto.
Como
ejemplos, podemos poner dos de estas familias. Los Seligmann eran una familia
compuesta por el matrimonio y una sola hija y procedían de una localidad cercana
a Hannover. Tras desembarcar en Amberes, se quedaron a vivir en Bruselas hasta que
le tocara el turno para emigrar a USA. No tenían permiso de trabajo, así que
dependieron en todo momento de las ayudas que les enviaban otros miembros de su
familia.
Tras
la invasión de Bélgica, los nazis atraparon al padre y lo enviaron a un campo,
Les Milles, en el sur de Francia. Su mujer y su hija fueron en su búsqueda y no
tardaron en ser capturadas por los gendarmes franceses y enviadas al famoso y
despiadado campo de Gurs.
Las
mujeres fueron enviadas a un campo cercano a Marsella, donde los franceses les permitieron solicitar visados de entrada en USA.
En
noviembre de 1941 la familia pudo por fin reunirse, dejando Francia,
atravesando España y Portugal y llegando al puerto de Lisboa. Desde allí
tomaron un barco hacia Nueva York, adonde llegaron el 3 de diciembre de 1941.
Tenían otra hija que había conseguido llegar desde Holanda y les esperaba allí,
asentándose todos en Washington DC.
Sin
embargo, en el caso de la familia Hermans, sus miembros no tuvieron tanta
suerte.
Julius
era un comerciante textil, que ya había pasado antes de la guerra por Dachau.
En cuanto fue liberado consiguió un pasaje en el Saint Louis, pero no pudo
hacer reservas también para su mujer y su hija.
Cuando
regresaron a Amberes se dirigió a Francia a fin de intentar que se reuniera
allí toda la familia.
Empezó
mal, porque la gendarmería francesa lo consideró extranjero enemigo y lo
mandaron a un campo. En 1940 pudo salir en libertad, pero fue encarcelado de
nuevo, tras la invasión alemana.
Lo
tuvieron dando vueltas por varios campos, entre ellos, el citado Gurs, así que
no pudo conseguir el visado en el consulado de USA en Marsella, como había
hecho la otra familia anterior.
En
1942, los franceses lo enviaron a un campo de tránsito y enseguida, los
alemanes, lo llevaron al conocido campo de Auschwitz, en Polonia, donde murió.
A
finales de 1941, los nazis enviaron a su mujer y a su hija a un ghetto en Riga.
Desde entonces, no se ha sabido más de ellas.
Una
vez más, se está comprobando que los aliados colaboraron de forma pasiva con
los nazis en su labor de exterminar a la población judía.
Los
pormenores de este viaje están narrados en la novela “El viaje de los
malditos”, de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts.
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