ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 24 de marzo de 2025

ALEJANDRO GÓMEZ SPENCER, UN PILOTO EXTRAORDINARIO

 

Hoy voy a narrar la historia de otro de esos personajes, que han quedado, injustamente, casi sepultados por la Historia.

Alejandro Gómez Spencer nació en Almería en 1896. Nació en el seno de una familia acomodada. Su padre, Bernabé Gómez Iribarne (en algunos sitios figura como Bernardo) era ingeniero de minas y llegó a ser jefe provincial de minas de Almería.

Su madre fue María Spencer Babell. Curiosamente, su padre, primero contrajo matrimonio con Elena Spencer, hermana mayor de María, y luego con ésta, cuando enviudó de la primera.

Por ello, Bernabé tuvo dos hijos en cada uno de sus dos matrimonios. Como es de suponer, Alejandro fue fruto del segundo matrimonio. Desgraciadamente, su padre murió cuando él sólo tenía 12 años

Quizás alguno se estará preguntando cómo es que tenían este apellido británico. Parece ser que un antepasado suyo, llamado José Duffel Spencer, nacido en 1786 en Leicester (Reino Unido), emigró hacia España y en 1825 fue nombrado cónsul de USA en Almería, la ciudad donde residía.

Parece ser que se asoció con otro empresario, llamado Fernando Roda, para crear la firma Spencer-Roda, dedicados a actividades tan diversas como el almacenaje del cargamento de los barcos y la Banca.

Por lo visto, Alejandro siempre quiso ser militar de Caballería, igual que su hermano mayor Gustavo. Éste no sólo fue un oficial de Caballería, sino que también fue un consumado jinete en los concursos hípicos. Incluso, llegó a participar, durante la guerra de África, en la famosa batalla de Taxdirt, donde obtuvo la corbata de la Orden de San Fernando.

Desgraciadamente, en 1917, cuando participaba en un concurso de saltos en Burgos, su yegua se asustó, al ver una culebra por la pista y lo tiró al suelo, cayendo encima de él. Gustavo murió en el acto.

Alejandro tomó el relevo, ingresando en 1911 en la Academia de Caballería, sita en Valladolid.

Tres años más tarde, fue destinado al regimiento de Dragones de Santiago de guarnición en Barcelona.

A partir de entonces, su vida transcurrió como la de cualquier otro militar de la época, pasando por varios destinos en la península.

En 1917 fue destinado a un regimiento con sede en Larache, con el que participó en varias operaciones de la guerra de África. Posteriormente, fue destinado a la Policía Indígena en Ceuta y luego regresó a la Península para hacer el curso de profesor de hípica.

Sin embargo, su suerte cambió en 1920. Ese año, el general Francisco Echagüe, procedente del arma de Ingenieros, que había sido ayudante de Alfonso XIII, fue nombrado director de la Aeronáutica militar, que entonces dependía del arma de Ingenieros.

No se si sería por su relación tan cercana con el rey, lo cierto es que consiguió que se le diera una mayor importancia a la aviación militar y logró que el Gobierno comprara bastantes aviones y ampliara la plantilla para apoyar a las tropas que luchaban en África

Con el fin de tripular esos aviones convocó nada menos que 100 plazas para realizar el curso de aspirantes a pilotos en la base aérea de Getafe.

Alejandro se apuntó a ese curso y logró una de esas plazas. Parece ser que, aunque tuvo algún accidente, se le dio muy bien. Incluso, llegó a batir la marca nacional de altura, al superar los 7.000 m sobre la base de Getafe. También fue un gran experto en acrobacia aérea. Allí se hizo muy amigo de Hidalgo de Cisneros, que llegó a ser el jefe de la Aviación republicana.

En 1922 fue trasladado a la base murciana de Los Alcázares para realizar el curso de tiro y bombardeo aéreo. También realizó el primer curso que se hizo en España para pilotos de caza. Incluso, fue enviado a Francia y al Reino Unido para conocer las nuevas tendencias en la aviación militar.

En 1923 colaboró con Juan de la Cierva en las pruebas de vuelo del autogiro modelo C4, consiguiendo que esta aeronave fuera homologada internacionalmente. Fue el primer piloto que navegó en una aeronave de ala rotatoria.

En 1924 volvió a la guerra de África. En una de las misiones, su observador fue herido de gravedad y, a pesar de ser evacuado muy rápidamente, falleció poco después de haber aterrizado.

En 1926 ascendió a comandante y fue destinado como jefe de grupo a la base madrileña de Cuatro Vientos.

Recibió varias condecoraciones. Incluso, la medalla de la Legión de Honor, otorgada por la República Francesa, que le sería muy útil en el futuro.

No obstante, en 1928, solicitó pasar a la reserva, porque había sido contratado, como piloto de pruebas, por la firma española CASA. También se dedicó a promocionar la aviación entre el público en general.

Incluso, se presentó voluntario para probar algunos de los aviones con los que se realizaron aquellas famosas gestas, como la de Ramón Franco. En esta labor obtuvo la ayuda de su amigo, el comandante Eduardo González Gallarza.

Parece ser que, en uno de esos vuelos como piloto de pruebas, a los mandos de una avioneta CASA III, que utilizaban para realizar acrobacias, ésta tuvo una avería y empezó a caer en barrena. Así que no le quedó más remedio que saltar en paracaídas, cayendo junto a un campo de fútbol, en Getafe.

Por esa razón,  pronto pasó a formar parte del llamado Caterpillar Club. Un grupo fundado por un fabricante canadiense de paracaídas, el cual entregaba a los pilotos, que hubieran salvado su vida con uno de estos elementos, un pin con forma de gusano de seda y un certificado de pertenencia al club, porque los paracaídas eran de seda.

Tampoco participó en la intentona golpista de 1930, en la que estuvo implicado Ramón Franco. Estos fracasaron y huyeron a Portugal. En 1931, cuando se proclamó la II República, fueron readmitidos en el Ejército.

En aquella época, conoció a una joven italiana, que estudiaba periodismo y pintura en España, cuyo nombre era Emma Barzini Besavento, con la que se casó en Milán en 1931. No tuvieron hijos. Actuaron como testigos del novio los pilotos Julio Ruiz de Alda e Ignacio Ansaldo. Seguro que a todos nos suenan esos nombres.

A finales de 1931 regresó a la vida militar, siendo destinado a un puesto meramente burocrático.

Dos años más tarde, ganó por oposición la plaza de jefe de estudios del Arma de la Aviación y fue destinado como jefe de la Escuela de Observación en la base de Cuatro Vientos.

Allí fue donde le sorprendió el intento de golpe de Estado del 18/07/1936. Así que, obedeciendo las órdenes del Alto Mando, permanecieron varios días acuartelados.

Posteriormente, fue enviado a la base aérea de Alcalá de Henares (Madrid), donde logró que no se sublevara la guarnición. Dado que el jefe de esa base, el comandante Rafael Gómez Jordana, era afecto al bando nacional.

No obstante, Alejandro fue arrestado y enviado a la prisión de San Antón. Parece ser que a los milicianos no se les había pasado por alto que su suegro era Luigi Barzini. Un senador italiano, que también fue director del famoso periódico Il Corriere de la Sera y además muy amigo de Mussolini. Incluso, como tenía mucha experiencia como corresponsal de guerra, fue a seguir ese conflicto desde el bando nacional.

No obstante, como no tenían nada contra Alejandro, y también gracias a las buenas gestiones de su amigo, el coronel Pastor, subsecretario de Aeronáutica, lo pusieron muy pronto en libertad.

Aunque nuestro personaje siempre fue un gran piloto, supongo que se vería afectado por la desconfianza del Gobierno republicano hacia sus militares. Por eso, permaneció casi toda la guerra como profesor en la Escuela de vuelo de La Ribera (Murcia) y no participó en ninguna acción bélica.

No obstante, tanto él como su esposa fueron detenidos otra vez en noviembre de 1937 e ingresados en la cárcel de Murcia. Posteriormente, trasladaron a Alejandro a la cárcel de Barcelona.

No sé si él tendría amistad con Indalecio Prieto, que era el ministro de Defensa. Lo cierto es que éste dio la orden de que los pusieran en libertad.

En enero de 1938 fue nombrado jefe del servicio de combustible para las aeronaves, aunque también hay quien dice que fue nombrado director general de armamento.

Desgraciadamente, tuvo que exiliarse, como tantos otros, cuando se enteró de la caída de Cataluña en manos de las tropas nacionales.

Como todos sabemos, allí no fueron acogidos con los brazos abiertos. Por el contrario, fueron encerrados, como si fueran enemigos, en varios campos de concentración.

Curiosamente, logró salir de allí gracias a que le habían condecorado con la Legión de Honor. Algo que respetan mucho en Francia.

Posteriormente, estuvo ganándose la vida con la cría de aves de corral, hasta el comienzo de la II Guerra Mundial.

Cuando se produjo la invasión de Francia, huyó a Tánger, donde residía su hermana Elena, que era médico, y donde fue detenido por las tropas españolas, cuando invadieron esa ciudad en 1940.

Fue trasladado a la Península, juzgado y condenado a 30 años de cárcel. Pasó por varias cárceles de la zona de Levante, hasta que, en 1944, fue indultado.

Fijó su residencia en Madrid, donde vivió hasta su muerte, acaecida en 1984, en el antiguo Hospital del Aire. Allí estuvo siendo atendido gracias a las gestiones de su amigo, González Gallarza. Hasta 1978 no recuperó su empleo de coronel del Ejército del Aire.

Para terminar, me gustaría mencionar que el Gobierno republicano no quiso aprovechar a uno de los mejores pilotos de España. El cual les podría haber dado muchas victorias aéreas.

También es posible que no le quisieran entregar un avión de combate, porque igual temían que se podría haber pasado con él al bando nacional y entonces sí que habrían tenido un problema muy grave.

 

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