ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 24 de marzo de 2025

ALEJANDRO GÓMEZ SPENCER, UN PILOTO EXTRAORDINARIO

 

Hoy voy a narrar la historia de otro de esos personajes, que han quedado, injustamente, casi sepultados por la Historia.

Alejandro Gómez Spencer nació en Almería en 1896. Nació en el seno de una familia acomodada. Su padre, Bernabé Gómez Iribarne (en algunos sitios figura como Bernardo) era ingeniero de minas y llegó a ser jefe provincial de minas de Almería.

Su madre fue María Spencer Babell. Curiosamente, su padre, primero contrajo matrimonio con Elena Spencer, hermana mayor de María, y luego con ésta, cuando enviudó de la primera.

Por ello, Bernabé tuvo dos hijos en cada uno de sus dos matrimonios. Como es de suponer, Alejandro fue fruto del segundo matrimonio. Desgraciadamente, su padre murió cuando él sólo tenía 12 años

Quizás alguno se estará preguntando cómo es que tenían este apellido británico. Parece ser que un antepasado suyo, llamado José Duffel Spencer, nacido en 1786 en Leicester (Reino Unido), emigró hacia España y en 1825 fue nombrado cónsul de USA en Almería, la ciudad donde residía.

Parece ser que se asoció con otro empresario, llamado Fernando Roda, para crear la firma Spencer-Roda, dedicados a actividades tan diversas como el almacenaje del cargamento de los barcos y la Banca.

Por lo visto, Alejandro siempre quiso ser militar de Caballería, igual que su hermano mayor Gustavo. Éste no sólo fue un oficial de Caballería, sino que también fue un consumado jinete en los concursos hípicos. Incluso, llegó a participar, durante la guerra de África, en la famosa batalla de Taxdirt, donde obtuvo la corbata de la Orden de San Fernando.

Desgraciadamente, en 1917, cuando participaba en un concurso de saltos en Burgos, su yegua se asustó, al ver una culebra por la pista y lo tiró al suelo, cayendo encima de él. Gustavo murió en el acto.

Alejandro tomó el relevo, ingresando en 1911 en la Academia de Caballería, sita en Valladolid.

Tres años más tarde, fue destinado al regimiento de Dragones de Santiago de guarnición en Barcelona.

A partir de entonces, su vida transcurrió como la de cualquier otro militar de la época, pasando por varios destinos en la península.

En 1917 fue destinado a un regimiento con sede en Larache, con el que participó en varias operaciones de la guerra de África. Posteriormente, fue destinado a la Policía Indígena en Ceuta y luego regresó a la Península para hacer el curso de profesor de hípica.

Sin embargo, su suerte cambió en 1920. Ese año, el general Francisco Echagüe, procedente del arma de Ingenieros, que había sido ayudante de Alfonso XIII, fue nombrado director de la Aeronáutica militar, que entonces dependía del arma de Ingenieros.

No se si sería por su relación tan cercana con el rey, lo cierto es que consiguió que se le diera una mayor importancia a la aviación militar y logró que el Gobierno comprara bastantes aviones y ampliara la plantilla para apoyar a las tropas que luchaban en África

Con el fin de tripular esos aviones convocó nada menos que 100 plazas para realizar el curso de aspirantes a pilotos en la base aérea de Getafe.

Alejandro se apuntó a ese curso y logró una de esas plazas. Parece ser que, aunque tuvo algún accidente, se le dio muy bien. Incluso, llegó a batir la marca nacional de altura, al superar los 7.000 m sobre la base de Getafe. También fue un gran experto en acrobacia aérea. Allí se hizo muy amigo de Hidalgo de Cisneros, que llegó a ser el jefe de la Aviación republicana.

En 1922 fue trasladado a la base murciana de Los Alcázares para realizar el curso de tiro y bombardeo aéreo. También realizó el primer curso que se hizo en España para pilotos de caza. Incluso, fue enviado a Francia y al Reino Unido para conocer las nuevas tendencias en la aviación militar.

En 1923 colaboró con Juan de la Cierva en las pruebas de vuelo del autogiro modelo C4, consiguiendo que esta aeronave fuera homologada internacionalmente. Fue el primer piloto que navegó en una aeronave de ala rotatoria.

En 1924 volvió a la guerra de África. En una de las misiones, su observador fue herido de gravedad y, a pesar de ser evacuado muy rápidamente, falleció poco después de haber aterrizado.

En 1926 ascendió a comandante y fue destinado como jefe de grupo a la base madrileña de Cuatro Vientos.

Recibió varias condecoraciones. Incluso, la medalla de la Legión de Honor, otorgada por la República Francesa, que le sería muy útil en el futuro.

No obstante, en 1928, solicitó pasar a la reserva, porque había sido contratado, como piloto de pruebas, por la firma española CASA. También se dedicó a promocionar la aviación entre el público en general.

Incluso, se presentó voluntario para probar algunos de los aviones con los que se realizaron aquellas famosas gestas, como la de Ramón Franco. En esta labor obtuvo la ayuda de su amigo, el comandante Eduardo González Gallarza.

Parece ser que, en uno de esos vuelos como piloto de pruebas, a los mandos de una avioneta CASA III, que utilizaban para realizar acrobacias, ésta tuvo una avería y empezó a caer en barrena. Así que no le quedó más remedio que saltar en paracaídas, cayendo junto a un campo de fútbol, en Getafe.

Por esa razón,  pronto pasó a formar parte del llamado Caterpillar Club. Un grupo fundado por un fabricante canadiense de paracaídas, el cual entregaba a los pilotos, que hubieran salvado su vida con uno de estos elementos, un pin con forma de gusano de seda y un certificado de pertenencia al club, porque los paracaídas eran de seda.

Tampoco participó en la intentona golpista de 1930, en la que estuvo implicado Ramón Franco. Estos fracasaron y huyeron a Portugal. En 1931, cuando se proclamó la II República, fueron readmitidos en el Ejército.

En aquella época, conoció a una joven italiana, que estudiaba periodismo y pintura en España, cuyo nombre era Emma Barzini Besavento, con la que se casó en Milán en 1931. No tuvieron hijos. Actuaron como testigos del novio los pilotos Julio Ruiz de Alda e Ignacio Ansaldo. Seguro que a todos nos suenan esos nombres.

A finales de 1931 regresó a la vida militar, siendo destinado a un puesto meramente burocrático.

Dos años más tarde, ganó por oposición la plaza de jefe de estudios del Arma de la Aviación y fue destinado como jefe de la Escuela de Observación en la base de Cuatro Vientos.

Allí fue donde le sorprendió el intento de golpe de Estado del 18/07/1936. Así que, obedeciendo las órdenes del Alto Mando, permanecieron varios días acuartelados.

Posteriormente, fue enviado a la base aérea de Alcalá de Henares (Madrid), donde logró que no se sublevara la guarnición. Dado que el jefe de esa base, el comandante Rafael Gómez Jordana, era afecto al bando nacional.

No obstante, Alejandro fue arrestado y enviado a la prisión de San Antón. Parece ser que a los milicianos no se les había pasado por alto que su suegro era Luigi Barzini. Un senador italiano, que también fue director del famoso periódico Il Corriere de la Sera y además muy amigo de Mussolini. Incluso, como tenía mucha experiencia como corresponsal de guerra, fue a seguir ese conflicto desde el bando nacional.

No obstante, como no tenían nada contra Alejandro, y también gracias a las buenas gestiones de su amigo, el coronel Pastor, subsecretario de Aeronáutica, lo pusieron muy pronto en libertad.

Aunque nuestro personaje siempre fue un gran piloto, supongo que se vería afectado por la desconfianza del Gobierno republicano hacia sus militares. Por eso, permaneció casi toda la guerra como profesor en la Escuela de vuelo de La Ribera (Murcia) y no participó en ninguna acción bélica.

No obstante, tanto él como su esposa fueron detenidos otra vez en noviembre de 1937 e ingresados en la cárcel de Murcia. Posteriormente, trasladaron a Alejandro a la cárcel de Barcelona.

No sé si él tendría amistad con Indalecio Prieto, que era el ministro de Defensa. Lo cierto es que éste dio la orden de que los pusieran en libertad.

En enero de 1938 fue nombrado jefe del servicio de combustible para las aeronaves, aunque también hay quien dice que fue nombrado director general de armamento.

Desgraciadamente, tuvo que exiliarse, como tantos otros, cuando se enteró de la caída de Cataluña en manos de las tropas nacionales.

Como todos sabemos, allí no fueron acogidos con los brazos abiertos. Por el contrario, fueron encerrados, como si fueran enemigos, en varios campos de concentración.

Curiosamente, logró salir de allí gracias a que le habían condecorado con la Legión de Honor. Algo que respetan mucho en Francia.

Posteriormente, estuvo ganándose la vida con la cría de aves de corral, hasta el comienzo de la II Guerra Mundial.

Cuando se produjo la invasión de Francia, huyó a Tánger, donde residía su hermana Elena, que era médico, y donde fue detenido por las tropas españolas, cuando invadieron esa ciudad en 1940.

Fue trasladado a la Península, juzgado y condenado a 30 años de cárcel. Pasó por varias cárceles de la zona de Levante, hasta que, en 1944, fue indultado.

Fijó su residencia en Madrid, donde vivió hasta su muerte, acaecida en 1984, en el antiguo Hospital del Aire. Allí estuvo siendo atendido gracias a las gestiones de su amigo, González Gallarza. Hasta 1978 no recuperó su empleo de coronel del Ejército del Aire.

Para terminar, me gustaría mencionar que el Gobierno republicano no quiso aprovechar a uno de los mejores pilotos de España. El cual les podría haber dado muchas victorias aéreas.

También es posible que no le quisieran entregar un avión de combate, porque igual temían que se podría haber pasado con él al bando nacional y entonces sí que habrían tenido un problema muy grave.

 

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domingo, 16 de febrero de 2025

LOS PIRATAS DE HORNACHOS

 

Todos sabemos que los moriscos fueron expulsados de los dominios hispánicos en 1609, por una orden de Felipe III.

Hoy voy a contar la epopeya de un grupo de ellos, que salieron de un pueblo de Badajoz, llamado Hornachos, el cual todavía existe con ese nombre, y que fueron a parar a África.

Esta historia merece ser contada debidamente. Así que me voy a remontar al final de la Reconquista.

Como es sabido, tras la reconquista de Granada, muchos moros se fueron de España, sin embargo, la mayoría se quedaron. Eran los llamados mudéjares y, en principio, les dejaron seguir con su religión y sus costumbres.

Por el contrario, en 1502, todavía durante el final del reinado de Isabel la Católica, se publicó un decreto por el que se les daba a elegir entre ser desterrados o bautizados. Lógicamente, como la mayoría de ellos no tenía a dónde ir, optaron por ser bautizados, aunque siguieron practicando su religión en secreto.

A partir de entonces, estuvieron bajo la vigilancia de los inquisidores, porque ya eran cristianos, pero eran llamados moriscos.

Parece ser que no todos estuvieron conformes con ser bautizados y los que vivían en localidades costeras de Granada, Murcia o Valencia, aprovecharon los frecuentes ataques de los piratas berberiscos para huir en sus barcos hacia el norte de África.

No olvidemos que muchos de ellos funcionaron como una Quinta Columna y se dedicaban a informar a los piratas berberiscos sobre dónde y cuándo debían atacar las costas españolas.

Por algún motivo que desconozco, en Extremadura había varios pueblos con una clara mayoría de moriscos. Estos eran Hornachos, Cañamero y Almoharín. Así que a las autoridades de Castilla no se les ocurrió otra cosa que enviar varias familias cristianas para que se asentaran en esos pueblos y hacer más fácil la integración de los moriscos en la sociedad cristiana. Sencillamente, fue un completo fracaso.

Parece ser que, en 1526, se produjo una pequeña sublevación de los moriscos de Hornachos, los cuales se atrincheraron en el castillo de esa localidad, hasta que pactaron su salida.

Las autoridades castellanas volvieron a enviar familias cristianas, pero sólo eran un 10% del total de habitantes de Hornachos. Así que los moriscos siguieron a su aire, practicando su religión y sus costumbres, sin demasiadas molestias. Hay que decir que, incluso, todos los cargos municipales estaban ocupados por moriscos.

Incluso, construyeron la iglesia parroquial, pero se vio que los moriscos no solían ir a misa. En cambio, solían celebrar el Ramadán.

Todo cambió el 09/12/1609, fecha en la que se publicó un decreto de Felipe III, donde ordenaba la expulsión de todos los moriscos de sus reinos.

Esta vez no tuvieron miramientos. Se expulsó a todos, aunque demostraran su fe cristiana. Expulsaron nada menos que a 300.000 moriscos de todos los reinos españoles.

No obstante, unos días más tarde, se publicó otro decreto en el que se permitía que se quedasen los niños menores de 4 años con sus padres. Los menores de 6 años, hijos de cristiano viejo y morisca. No obstante, si el padre fuera morisco y la madre cristiana vieja, se podría quedar ella, pero no él.

La orden de expulsión de los moriscos de Hornachos estaba fechada el 16/01/1610. Así que la mayoría de ellos se deshizo como pudo de sus tierras y eso les sirvió para poder pagarse el viaje hacia el norte de África.

Unos 3.000 de ellos embarcaron en Sevilla rumbo a Ceuta y de allí a Tetuán. Curiosamente, no fueron muy bien recibidos, aunque esa fuera una ciudad musulmana.

Ciertamente, no todos, pero la mayoría sabía hablar árabe, aunque solían hablar en castellano. Sin embargo, no vestían con chilabas, sino con pantalones. Sus mujeres no llevaban la cara tapada. Incluso, los hombres solían beber vino, lo cual escandalizó a los habitantes de esa zona.

Curiosamente, llegaron a producir la llamada literatura aljamiada. Ésta consistía en escribir documentos en español, pero con la caligrafía árabe.

Se dio una situación muy extraña. Los echaron de España por considerarlos musulmanes, mientras que en África los consideraban cristianos españoles.

Parece ser que algunos de ellos se quejaron de haber sufrido una injusticia, porque dijeron ser cristianos y eso les supuso ser asesinados por los moros de África.

Por lo visto, no fueron bien acogidos en ningún sitio. Así que el sultán les cedió una especie de aldea, llamada Salé, que estaba casi arruinada, la cual poseía un castillo, que había sido construido por los almohades y se hallaba situada a la izquierda de la desembocadura del río Bu Regreg. A la derecha de la misma, se halla la actual Rabat, capital de Marruecos.

Llegados a este punto, supongo que más de uno se estará preguntando cómo fue posible que unos moriscos de una localidad de tierra adentro y que nunca habían visto el mar, se convirtieran en unos afamados piratas.

Parece ser que, en aquella época, merodeaban por esas costas del Atlántico una serie de barcos piratas, tripulados por unos holandeses, que se habían convertido al Islam. Como España se había apoderado de los principales puertos de esa zona, no les quedó más remedio que atracar en el puerto de Salé.

Así que algunos de esos moriscos se fueron enrolando en los barcos piratas y así aprendieron el oficio.

Les fue tan bien que en 1626 se declararon independientes del caíd de la zona y proclamaron la república de Salé, gobernada por un consejo compuesto por 16 personas, elegidas entre todos los moriscos de esa ciudad. Así dejaron de pagar sus impuestos al sultán, que les había cedido esa ciudad.

Los piratas de Hornachos empezaron a ser muy temidos, porque solían atacar las naves españolas y portuguesas, que bordeaban las costas de África y de Canarias.

Incluso, llegaron a ser corsarios. O sea, a atacar las naves enemigas de otros países. Concretamente, practicaron el corso a favor de Francia y de los turcos. Hay que decir que llegaron a poseer nada menos que 40 barcos. Unos habían sido capturados, mientras que otros fueron construidos en sus propios astilleros.

Por otro lado, aumentaron sus ganancias atacando puertos europeos, como los de Irlanda, aunque algunos dicen que llegaron hasta Islandia, donde capturaban prisioneros para venderlos en África como esclavos.

También hacían negocio con el cobro de los rescates. Por lo visto, llegaron a tener miles de prisioneros esperando su rescate. Los cuales solían ser acordados por monjes mercedarios.

Incluso, en 1625, un representante del Gobierno inglés fue a visitarles para proponerles realizar un ataque conjunto al puerto de Cádiz. Los moriscos estuvieron de acuerdo, pero éste no se llevó a cabo por incomparecencia de los ingleses.

Parece ser que uno de esos holandeses fue Jan Janszoon, que, tras convertirse al Islam, pasó a ser llamado Murat Reis el joven. Éste casó con una morisca procedente de Cartagena, con la que tuvo un hijo, llamado Anthony Janszoon van Salee.

Por lo visto, Janszoon se casó o tuvo relaciones con esta morisca, antes de que los expulsaran de España, pues Anthony nació en Cartagena en 1607.

Lo cierto es que esta familia amasó una gran fortuna mediante la piratería. Así que Anthony se trasladó a Ámsterdam, donde, en 1629, se casó con una mujer alemana, llamada Grietse Reyniers.

Unos meses después, ambos se embarcaron hacia las colonias holandesas en América, llegando a Nueva Ámsterdam, lo que ahora se llama Nueva York, pasando a ser colonos de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Allí adquirió una granja en lo que hoy es Manhattan. Parece ser que tuvo algunos problemas con los vecinos y ello le obligó a mudarse a Long Island, aunque luego regresó a Manhattan.

Gracias a la fortuna acumulada por su familia, llegó a ser uno de los mayores terratenientes de esa colonia holandesa y sus 4 hijas emparentaron con familias con algunos apellidos importantes, que, hoy en día, nos siguen siendo muy familiares.

Volviendo a los piratas de Hornachos, hay que decir que se comportaron como una élite muy selecta y rica dentro de Salé y no permitieron que otros participaran en el gobierno de esa pequeña república. Eso dio lugar a algunas revueltas, por parte de los andalusíes, que vivían en esa misma localidad.

Esa tensión social fue aprovechada por algunos de sus enemigos. Por ejemplo, en 1636, la Armada inglesa bombardeó la ciudad y 4 años más tarde, los bereberes la invadieron, aunque les dejaron seguir practicando la piratería.

No obstante, su final llegó en 1668, cuando el sultán de Marruecos invadió la ciudad y la incorporó a su reino.

Incluso, el famoso terremoto de Lisboa, ocurrido en 1755, al que dediqué otro de mis artículos, provocó un cambio en la desembocadura de ese río y modificó la costa.

Curiosamente, se sabe que, en 1631, los piratas de Hornachos escribieron algunas cartas al duque de Medina Sidonia, capitán general de la Armada, para que abogase a su favor ante Felipe IV.

Querían regresar a su pueblo y retornar con algunos familiares que dejaron en él. Incluso, le decían que le entregarían toda su fortuna y sus naves, si les dejaban regresar. Sin embargo, el rey no se fió de ellos y nunca volvieron.

Tras la caída de Salé, muchos se trasladaron a otras ciudades como Fez, Marrakech, etc. Incluso, algunos conservaron sus apellidos y otros los modificaron como Sebatta, en lugar de Zapata, o Bargach, en lugar de Vargas.

Hoy en día, existen muchos marroquíes con esos apellidos, descendientes de aquellos moriscos españoles.

 

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lunes, 10 de febrero de 2025

EL SECRETO ESCONDIDO EN TRENT PARK

 

Hoy voy a narrar una historia en la que se demuestra que se obtienen mejores resultados haciendo las cosas por las buenas que por las malas.

Como es sabido, ambos bandos hicieron muchos prisioneros durante la II Guerra Mundial. Lo normal era encerrarlos en algún sitio para interrogarlos.

En algunos sitios, como London Cage, encerraron a muchos miembros de las temibles SS, acusados de crímenes de guerra.

En este caso, aunque el edificio estaba situado en los jardines del Palacio de Kensington, una zona muy céntrica de Londres, sus interrogadores se emplearon con mucha dureza, por lo que luego tuvieron que comparecer ante la Justicia, por haber utilizado la tortura. Sobre todo, su máximo responsable, un oficial de la Policía, llamado Alexander Scotland.

Por el contrario, el MI6, servicio de espionaje británico, utilizó una curiosa estratagema para hacer cantar a sus prisioneros alemanes, ya que lo normal es que no dijeran nada, amparándose en sus derechos como prisioneros de guerra.

Al norte de Londres existe uno de esos imponentes palacetes, en medio de la verde campiña inglesa, llamado Trent Park, que fue construido en el siglo XVIII, por orden de Jorge III y está rodeado por una gran zona verde.

En 1923, un millonario, llamado Philip Sassoon, compró este palacete y encargó que se rehabilitara de acuerdo con los gustos y las comodidades del siglo XX. Sassoon estaba emparentado con la conocida familia Rothschild.

Parece ser que, durante los trabajos de cimentación, para la construcción de algunos edificios anexos, aparecieron varios restos romanos.

Se sabe que gente tan conocida como Churchill, Lawrence de Arabia o el propio Charles Chaplin visitaron este edificio para asistir a las muchas fiestas que se celebraron allí.

Por ello, dado que era un lugar tan lujoso, al llegar la guerra, coincidiendo con la repentina muerte de Sassoon, fue incautado por el Gobierno británico para poner en práctica una brillante idea.

Se trataba de sacar partido a un lugar de reclusión para generales alemanes. Se nombró, para estar al frente de ese centro, al coronel Thomas Joseph Kendrick, un veterano del MI6.

El coronel Kendrick había nacido en 1881, en Sudáfrica, y estuvo mucho tiempo al mando de la estación del MI6 (servicio de espionaje británico) en la Embajada del Reino Unido en Viena.

Allí, aparentemente, se dedicaba al control de pasaportes. Sin embargo, tras la anexión de Austria por parte de Alemania, la Embajada se llenó de judíos pidiendo visados para huir de allí. Así que, gracias a él, varios miles de judíos consiguieron visados para huir al Reino Unido o al territorio británico de Palestina.

Poco después, fue delatado por un agente doble. Por ello, fue detenido por la Gestapo y, como aún no había comenzado la Segunda Guerra Mundial, fue deportado a su país.

Así que, como los alemanes ya lo habían fichado, el MI6 lo nombró responsable de Trent Park. Supongo que habrían tenido en cuenta que hablaba muy bien alemán y que conocía muy bien a los alemanes, porque había vivido muchos años en ese país.

Por tanto, conforme los generales alemanes prisioneros iban llegando a Trent Park, eran recibidos, muy amablemente, por el coronel Kendrick. Tal y cómo se les puede ver tan sonrientes, en esta foto, procedente del Bundesarchiv de Alemania.

Éste les iba diciendo que era un aristócrata británico, lo cual era falso, y que también era pariente del rey Eduardo VIII, el cual había abdicado y se sabía que era muy amigo de los nazis.

Lo que no sabían estos generales era que, tanto la mansión como los jardines, estaban llenos de micrófonos y sus conversaciones eran escuchadas y grabadas por unos operarios que, en su mayor parte, se trataba de judíos alemanes.

Así que, para que se fueran confiando, les trataban como reyes, alegando que los británicos y los alemanes no tenían por qué ser enemigos. De hecho, la familia real británica es originaria de Alemania.

Gracias a este ambiente tan cordial, poco a poco, los servicios
de Inteligencia británicos se fueron enterando de dónde estaban las bases de las cuales partían los bombarderos alemanes para atacar Gran Bretaña.

También hablaban sobre las debilidades de sus aeronaves y lo que opinaban sobre las aeronaves y los pilotos de la RAF.

Quizás lo mejor de todo fue averiguar cómo era el ambiente dentro del Ejército alemán y saber hasta qué punto apoyaban a los nazis.

No obstante, también fue muy interesante saber cuáles eran las playas británicas elegidas por Hitler para intentar un desembarco en Gran Bretaña. Hasta hablaron sobre los códigos secretos utilizados en sus mensajes por la Armada alemana.

Incluso, grabaron conversaciones en los que los generales alemanes debatieron sobre lo que sabía la Inteligencia alemana acerca de la Inteligencia aliada y los movimientos de resistencia en los países, que habían invadido.

También, gracias a esto, se enteraron de dónde estaban las bases de lanzamiento de las temibles bombas volantes V-1 y V-2. Eso facilitó que las pudieran bombardear.

Estaban tan confiados que el propio Kendrick llegó a ser tratado como a uno más entre aquellos generales alemanes. Incluso, ordenó a los guardianes británicos, que se cuadraran, cuando pasaran esos generales junto a ellos.

No sólo les dieron los mejores manjares, sino que también les dieron una pequeña paga con la que podían comprar algunas cosas en una pequeña tienda, que estaba dentro de ese recinto.

Incluso, disponían de un taller de sastrería para remendar sus uniformes o hacerles trajes nuevos.

También tenían a una persona a la que le encargaban que, una vez por semana, fuera a Londres para comprarles lo que le habían encargado.

Parece ser que Churchill montó en cólera, cuando se enteró que Kendrick había organizado una excursión para algunos de sus “huéspedes”, en la que les llevó a Londres para visitar los almacenes Harrod’s y a comer en el Hotel Ritz.

Supongo que, si los londinenses hubieran sabido cómo estaban tratando a estos enemigos, también se hubieran cabreado mucho, porque las estaban pasando moradas, entre los bombardeos y las cartillas de racionamiento.

Más tarde, destinaron a Trent Park a un tipo con modales aristocráticos, que se hacía llamar lord Aberfeldy, el cual decía ser un primo del rey Jorge VI. Les dijo que el monarca le había encargado que se les tratara como amigos y ellos se lo creyeron.

Realmente, este personaje era un agente británico, llamado Ian Monroe. Parece ser que se ganó enseguida la confianza de estos militares y solía pasear con ellos, aprovechando para discutir cosas de la guerra. No hará falta decir que solía pararse cerca de uno de esos micrófonos, para que la conversación fuera grabada en las llamadas Salas M.

Curiosamente, llegaron a imprimir periódicos falsos, que se los daban a esos generales para ver qué opinaban sobre esas noticias de la guerra.

Se sabe que las copias de esas conversaciones dieron lugar a unos informes de más de 100.000 páginas y también fueron grabadas en discos.

Entre aquellos 59 ilustres prisioneros podemos destacar al general von Arnim, jefe de algunas unidades del Afrika Korps, el general Crüwell, derrotado en la batalla del Alamein (al que podemos ver en esta foto, procedente del Bundesarchiv de Alemania), von Tippelskirch, jefe del 7º Ejército en Francia, capturado tras el desembarco de Normandía, etc.

Hay que decir que éste no fue el único centro de detención con estas mismas características. Hubo un par de ellos más. Sus nombres eran Latimer House y Wilton Park. La diferencia estaba en que en estos sólo había oficiales alemanes e italianos, pero no generales.

Hay algunos expertos que afirman que las informaciones obtenidas en estos tres centros fueron tan valiosas como las conseguidas en Bletchley Park, el lugar donde se descifraron los códigos utilizados por las máquinas Enigma.

Incluso, les grabaron reconociendo que habían asesinado a miles y miles de judíos en la antigua URSS y en los campos de exterminio. Dato que fue muy útil para los fiscales de los juicios de Nuremberg. Esa acusación siempre la habían negado los militares alemanes, pero ahí demostraron haber sido cómplices de esas masacres.

Supongo que esto tuvo que ser muy desagradable para los que escuchaban estas conversaciones, que solían ser judíos huidos de Alemania y que no sabían del destino que habían tenido sus parientes, que se habían quedado allí.

Tras la guerra, Trent Park siguió utilizándose como una academia para formar a los nuevos agentes de la Inteligencia británica.

Curiosamente, todo este tema siguió permaneciendo, durante varias décadas, en el más estricto secreto. Como muchas otras cosas, que, hoy en día, siguen siendo secretos.

Sin embargo, hubo un historiador alemán que se topó con ello, cuando estaba investigando sobre otro tema, en unos archivos de la guerra. Se trataba de Sönke Neitzel, que descubrió esta documentación en el año 2001 y empezó a investigar este tema. A raíz de este descubrimiento, ha publicado varios trabajos académicos en revistas dedicadas a la Historia.

Actualmente, están edificando muchas viviendas por esa zona. Sin embargo, afortunadamente, han respetado el edificio y lo han convertido en un museo.

 

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viernes, 7 de febrero de 2025

EL JOURNAL DES DÉBATS, UN PERIÓDICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

 

Hoy voy a narrar la curiosa historia de un gran periódico francés, que hoy es, prácticamente, desconocido por el público en general.

Ciertamente, tuvo un origen muy curioso. Jean François Gaultier de Biauzat fue un abogado, nacido en 1739, que ejercía su profesión en Clermont-Ferrand.

Por lo visto, siempre estuvo en contra de los privilegios de
los que se beneficiaban algunos terratenientes, procedentes de la época feudal y así lo denunció en algunas de sus obras.

No sé si sería por eso, lo cierto es que, cuando Luis XVI convocó a los Estados Generales, o sea, lo que conocemos por el parlamento, fue nombrado diputado por el Tercer Estado.

No olvidemos que el Primer Estado lo formaban los clérigos y el Segundo, los miles de aristócratas que había en Francia. En el Tercer Estado estaban todos los demás.

Precisamente, una de las razones por las que se produjo la Revolución Francesa fue porque la burguesía, que era la que mantenía aquel régimen a base de impuestos, no quería estar en el Tercer Estado, sino en un puesto preferente, porque se consideraba más importante que los demás.

Volviendo a nuestro primer personaje, hay que decir que fue testigo de todos aquellos hechos. Incluso, fue uno de los que participaron en el famoso juramento del Jeu de Paume, por el que la mayoría de los diputados del Tercer Estado se reunieron en ese edificio y juraron no salir de allí hasta haber redactado una constitución. Lo cual alarmó mucho al rey.

Lo único que pretendió el monarca, al reunir a los Estados Generales, era que le aprobaran la creación de nuevos impuestos, pues las arcas del Estado se hallaban casi vacías.

Como hacía muchos años que el rey no convocaba los Estados Generales, se encontró con la sorpresa de que todos los diputados del Tercer Estado habían redactado una larga lista de quejas y reivindicaciones y se negaron a aprobar ninguna medida hasta que el Gobierno se comprometiera a solucionar los problemas que había en todas las provincias.

Fue lo mismo que ocurrió, un siglo antes, cuando el rey inglés Carlos I convocó la Cámara de los comunes para que aprobasen una serie de nuevos impuestos.


Volviendo a nuestro personaje, parece ser que sus amigos de Clermont-Ferrand se mostraron muy interesados por saber lo que estaba ocurriendo en París. Le escribían muy a menudo y él les iba contando lo ocurrido.

No sé si también le pedirían noticias desde otros lugares, lo cierto es que de ahí le vino la idea de fundar el Journal des débats. Un periódico de aparición semanal, donde contaba todo lo que ocurría en las reuniones de los Estados Generales. Su primer número fue publicado el 30/08/1789.

Parece ser que nuestro personaje era partidario de una monarquía parlamentaria. Por ello, cuando regresó a su ciudad, fue detenido y encarcelado en 1792.

Dos años después, fue liberado y nombrado juez del Tribunal de Casación. Precisamente, fue uno de los magistrados que juzgaron y condenaron a Gracchus Babeuf, al que dediqué otro de mis artículos.

La llegada de Napoleón Bonaparte le obligó a abandonar ese tribunal, aunque fue nombrado magistrado de otro tribunal menor, en el que siguió trabajando hasta su muerte.

Durante la época napoleónica, vendió este periódico a otro político y periodista, llamado Louis-François Bertin.

Éste le dio un nuevo aire a ese periódico, consiguiendo que colaborasen con él algunos autores tan conocidos como Chateaubriand o Charles Nodier. Ambos son considerados como pioneros del romanticismo francés.

Sin embargo, también se le atribuye la creación del llamado folletín. Una especie de suplemento, donde se podían encontrar publicados rumores de todo tipo, modas y hasta críticas literarias y teatrales.

Por lo visto, fue acusado de ser un monárquico y eso le llevó a ser encerrado en el Temple, aunque le dejaron libre al año siguiente, circunstancia que aprovechó para exiliarse, hasta la llegada de Napoleón I.

No obstante, el emperador le obligó a cambiar el nombre del periódico por el de Journal de l’Empire y confiscarle sus ganancias.

En 1814, con la llegada de Luis XVIII, Bertin recuperó su periódico, pero, con el regreso de Napoleón, tuvo que exiliarse en Holanda.

Tras la batalla de Waterloo, pudo regresar a Francia y su periódico pasó a ser una especie de órgano de la oposición liberal y constitucional. Posteriormente, apoyó al rey Luis Felipe I de Orleans. Así consiguió ser el periódico más leído en aquella época.

Durante esos años, también fue dirigido por el famoso autor François-René de Chateaubriand.

A la muerte de Louis-François, ocurrida en 1841, tomó la dirección del periódico su hijo mayor, Armand, nacido en 1801, el cual ya llevaba varios años escribiendo en el periódico.

Aunque siguió apoyando al rey Luis Felipe I, ello no fue óbice para criticar la labor de algunos de sus ministros, asumiendo una ideología liberal moderada. Eso le hizo ganarse amistades entre gentes de todas las tendencias políticas.

De hecho, consiguió sacar adelante el periódico, tras la revolución liberal de 1848, que hizo caer la monarquía de Luis Felipe I y dio lugar a la proclamación de la II República Francesa.

Desgraciadamente, murió en 1854. Por ello, a partir de entonces, se ocupó de la dirección del periódico su hermano, el pintor Edouard Bertin.

La lista de los colaboradores aumentó y, entre los más famosos, seguramente reconoceremos los nombres de Víctor Hugo, Héctor Berlioz, Alejandro Dumas (padre), León Foucault (famoso por su péndulo), Eugenio Sue (autor de Los misterios de París), etc.

Precisamente, Los misterios de París fue una famosa novela publicada por entregas en este periódico, entre los años 1842 y 1843. Éxito que fue seguido por el de la novela El judío errante.

Supongo que esto los animó a seguir publicando otras obras por este mismo procedimiento.

Así que la siguiente fue la archifamosa novela El conde de Montecristo, publicada, en este mismo periódico, en 18 entregas entre los años 1845 y 1846.

Se decía que muchos lectores devolvían los ejemplares, que acababan de comprar, si comprobaban que, por un error, no contenían las entregas de esa novela.

En 1871, a la muerte de Edouard, se hizo cargo de la dirección de este periódico el joyero Jules Bapst, casado con Marie-Luise, hija de Armand Bertin. Para su labor en el periódico, contó con la colaboración del economista León Say, casado con otra hija de Armand, el cual también llegó a ser presidente del Senado.

Supieron llevar muy bien este periódico durante una época muy convulsa, protagonizada por la derrota de Napoleón III en Sedán, su huida al exilio, la proclamación de la Comuna de París y la posterior represión sobre ésta.

Sin embargo, se ve que al joyero Bapst le gustaba más dedicarse a la joyería que al periodismo. Por ello, en 1883, decidió nombrar a su yerno, el político Georges Patinot, nuevo director del periódico.

Por lo visto, continuó con la línea editorial, que había iniciado su predecesor, situada en una posición política republicana de centro-izquierda.

En cambio, le dio más importancia a las noticias de actualidad y menos al mundo de la Literatura. Incluso, creó dos ediciones: una de mañana y otra de tarde. Esta última, impresa en un papel de color rosado. Desde sus páginas apoyó a un nuevo partido, denominado Unión liberal, de tendencia republicana liberal.

Al mismo tiempo, fue partidario de la colonización de África y financió varias expediciones hacia ese continente. Incluso, fue miembro del consejo de administración de la Compañía del Canal de Suez.


A su muerte, ocurrida en 1895, le sucedió Étienne Bandy, conde de Nalèche. Se trataba de un diplomático francés, que se había casado con la heredera del periódico.

Por lo visto, la suegra de Bandy pertenecía a la familia Collas, que fueron los mayores accionistas del periódico. Parece ser que esta familia tenía muchas inversiones en Turquía. Así que no es casual que el periódico tomara partido por ese país.

En 1889 se cumplió el centenario del periódico. Así que le encargaron al pintor francés Jean Béraud que pintara un cuadro, donde apareciera la redacción con los periodistas y colaboradores del diario. Esa obra está expuesta en el Museo de Orsay, en París.

Pero no todo fueron alegrías, también hubo enfrentamientos. Por ejemplo, Fernand de Brinon, primo de Bandy, dirigió la sección política. Así que, durante un tiempo, tras la I Guerra Mundial, pudo escribir a favor de un acercamiento entre Francia y Alemania, porque era contrario a seguir exigiendo el pago de las reparaciones de guerra.

Sin embargo, por esa época, François de Wendel un poderoso industrial del acero, se convirtió en el máximo accionista del periódico. Como era de Lorena y odiaba a los alemanes, no cejó en su empeño hasta conseguir que expulsaran a Brinon del periódico.

Hay que decir que Brinon se fue convirtiendo en un admirador de los nazis y llegó a hacer carrera, tras la invasión y ocupación de Francia. Esto dio lugar a que, en la posguerra, fuera juzgado, condenado y fusilado.

Curiosamente, se había casado con una mujer judía a la que consiguió que le dieran el título de aria honoraria. Gracias a esa especie de salvoconducto, los alemanes nunca la molestaron a pesar de tener origen judío.

Respecto al periódico, tuvieron muchos problemas en los años 30. No sé si no quisieron o no supieron adaptarse a su época. Ni siquiera quisieron instalar teletipos en su redacción.

En un momento tan dramático, en el que la gente reclamaba noticias de primera mano, ellos se dedicaron a contratar columnistas, pero daban pocas noticias. Eso dio lugar a que las tiradas fueran cada día más pequeñas e, incluso, dejaron de publicar los domingos.

Para intentar reducir las pérdidas, en 1936, el periódico se redujo a 4 hojas. Lo que hizo que se vendiera todavía menos.


Étienne siempre fue una persona muy famosa en París. Fue presidente de varias asociaciones y hasta del Sindicato de la Prensa de París.

Sin embargo, eso de seguir ejerciendo, durante la ocupación alemana, como director del Journal des débats y presidente del Sindicato de la Prensa de París, cuando llegó la posguerra, le valió ser acusado de colaboracionismo con los nazis.

El 26/08/1944 entró en vigor en Francia una ordenanza que creaba el delito de indignidad nacional y debía ser aplicado a todos aquellos que hubieran colaborado con los nazis. Unas 55.000 personas fueron condenadas por este delito.

La pena consistía en la llamada degradación nacional y suponía la pérdida de derechos electorales activos y pasivos, la expulsión del funcionariado y de las fuerzas armadas, la expulsión de los directivos de las empresas, así como del periodismo o de la enseñanza.

Incluso, los tribunales podían ordenar que el condenado marchara al exilio y podían confiscar todos sus bienes.

Así que eso supuso que este periódico tuviera que cerrar en 1944 y ya no volvió a publicarse nunca más. Un triste final para un medio de comunicación tan importante en la Historia de Francia. Étienne murió ya muy anciano en 1947.

 

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martes, 28 de enero de 2025

THÉROIGNE DE MÉRICOURT, UNA HEROÍNA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

 

Hoy voy a dedicar este artículo a un personaje histórico, que ha pasado casi desapercibido para todo el mundo. Sin embargo, yo creo que fue muy importante dentro de la Revolución Francesa.

Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt, que era su verdadero nombre, nació en 1762 en la pequeña localidad belga de Marcourt.

Otros dicen que su apellido original era el valón Terwagne, pero lo cambió por Théroigne para que pudiera ser más popular entre los franceses.

Por lo visto, nació en el seno de una familia a la que podríamos calificar como acomodada, porque su padre era un rico labrador y propietario de varias fincas.

Desgraciadamente, su madre murió, tras dar a luz a su tercer hijo y nuestra protagonista, con sólo 5 años, fue enviada a vivir con unas tías, que residían en Lieja.

Allí, la enviaron a estudiar a un colegio de monjas. Sin embargo, no por mucho tiempo, ya que su tía se casó y no la trataba muy bien.

Así que decidió regresar con su padre. Sin embargo, éste también volvió a casarse y su madrastra tampoco la trataba nada bien.

Durante unos años, fue dando tumbos de un sitio a otro, hasta que, cuando tenía 17 años, una dama de la alta sociedad y de origen británico la contrató como dama de compañía y ambas se mudaron a Londres. Ella aprovechó para aprender a leer y escribir correctamente. También a cantar y a tocar un instrumento musical.

Al cabo de 4 años, se mudó a París y allí entabló relaciones amorosas con varios personajes. También recibió clases de canto.

Parece ser que, los días anteriores al estallido de la Revolución Francesa, ella se hallaba en Italia, en compañía de uno de sus hermanos.

Como ya se oían muchos rumores, ella se apresuró a regresar a París y se vistió con un traje de montar de hombre para que la dejasen entrar en todos los sitios donde estaban ocurriendo cosas trascendentales. Parece ser que algunos amigos le habían asegurado que iban a conseguir una serie de libertades para las mujeres.

Ello le llevó a estar tanto en París como en Versalles, que eran las dos ciudades donde estaba teniendo lugar la revolución.

Así que, enseguida, se apresuró a colaborar con los revolucionarios. Primeramente, fundó la Sociedad de amigos de la ley, que buscaba llevar el mensaje de los revolucionarios a todas las provincias de Francia.

Después, llegó a intervenir en la Asamblea Nacional en la que protestó porque no se les estaban dando las mismas oportunidades a las mujeres. Así que propuso la creación de clubes patrióticos de hombres y mujeres. Parece ser que era la única mujer que había en la Asamblea.

A pesar de que siempre se la veía vestida con ropa de montar de color rojo y un sombrero con una pluma negra y nunca despreció ir a los sitios más peligrosos, sin embargo, la prensa de la época comenzó una campaña difamatoria contra ella.

En 1790, regresó a su pueblo y luego fue a Lieja, donde fue detenida y llevada a Austria. No olvidemos que una parte de los actuales Bélgica y los Países Bajos pertenecían al Sacro Imperio.

Por lo visto, se fue de París, porque se había abierto una investigación contra ella y Louise Reine Audu, una de las participantes en la famosa marcha de las mujeres hasta el Palacio de Versalles.

Parece ser que pensaron que se trataba de una espía. Por ello, fue interrogada durante un mes hasta que se dieron cuenta de que era inocente y de que se estaba deteriorando
su salud. Así que la pusieron en libertad, siguiendo las órdenes del emperador Leopoldo II.

En enero de 1792 tuvo lugar su regreso a París. Allí fue recibida como una heroína, pues todos sabían que había sido encarcelada. Por ello, dio algunas charlas en el Club Jacobino.

Organizó uno de aquellos salones, donde conoció a algunos políticos muy importantes, como Pétion, Camille Desmoulins, Saint Just o el abad Sièyes.

También fue muy amiga de Olympe de Gouges, a la que ya dediqué otro de mis artículos, la baronesa de Aelders y el marqués de Condorcet.

Parece ser que fue una mujer muy bella y, por eso, sus admiradores la apodaron “la belle liégeoise”.

Sin embargo, esa buena acogida no duró mucho, porque ella seguía defendiendo los derechos de las mujeres. En cambio, los representantes de la burguesía querían que las mujeres se quedaran en casa.

Concretamente, una de las cosas que defendió fue que ellas tuvieran derecho a llevar armas y también la creación de un batallón femenino.

De hecho, cuando estalló la guerra, se mostró a favor de la misma y hasta intentó crear lo que llamó una falange de amazonas. Incluso, presentó cientos de firmas para que se le autorizara la creación de esa nueva unidad militar femenina.

En cierta ocasión dijo: “Rompamos nuestras cadenas. Finalmente, es hora de que las mujeres salgan de su vergonzosa nulidad, donde la ignorancia, el orgullo y la injusticia de los hombres las han mantenido esclavizadas durante tanto tiempo”.

Por lo visto, iniciaron una nueva campaña contra ella. En agosto de ese mismo año, la acusaron de haber estado implicada en la muerte de unos prisioneros monárquicos. Sin embargo, parece ser que era una acusación falsa.

Esta vez, se unió a los girondinos para intentar conseguir una igualdad de trato para las mujeres. Sin embargo, en mayo de 1793, cuando estaba pronunciando uno de sus discursos en el jardín de las Tullerías, defendiendo a Brissot, fue atacada por un grupo de mujeres jacobinas, las cuales consiguieron desnudarla y le dieron una gran paliza.


Supongo que no estarían de acuerdo con ella, debido a que rechazaba el terror revolucionario y defendía los derechos individuales.

También criticaba la centralización del poder y la falta de democracia en el gobierno de los jacobinos.

Por lo visto, estas mujeres eran las llamadas “tricotosas”. Unas mujeres, que solían asistir a todas las ejecuciones y siempre se las veía cosiendo para entretenerse hasta que empezase el “espectáculo”.

Parece ser que el famoso político Marat, que también era médico, logró rescatarla. Sin embargo, esos golpes le dejaron muchas secuelas, consistentes en fuertes dolores de cabeza y problemas psiquiátricos. Hay también quien afirma que se le pudo agravar la neurosífilis que llevaba padeciendo desde hacía varios años.

No obstante, parece ser que tenía un miedo terrible a ser guillotinada, como lo habían sido Olympe de Gouges y otros amigos suyos.

Curiosamente, ella empezó siendo muy radical. Sin embargo, no le gustó nada la marcha que estaba llevando la Revolución y pretendió que regresara a los ideales que la originaron. Quizás, por ello, pasó de apoyar a los jacobinos a irse con los girondinos y podría ser esa la razón por la que esas mujeres jacobinas le dieron esa paliza.

Tras haber sufrido esos golpes, su comportamiento era cada vez más errático. Así que su hermano pidió que fuera ingresada y en septiembre de 1794 se ordenó su ingreso en un asilo. Eso la libró de ser guillotinada, aunque también hay quien dice que fue una especie de venganza política.

En 1807, se ordenó su traslado al famoso Hospital de la Salpêtrière, donde estuvo ingresada durante 10 años. Parece ser que eso le sirvió para experimentar una cierta mejoría de su salud mental.

En 1808, uno de los ministros de Napoleón ordenó que se investigara si la petición del hermano de nuestro personaje no había tenido como objeto quedarse con todos sus bienes. Algo que no se demostró.

Desgraciadamente, ya nunca se pudo recuperar, falleciendo en junio de 1817, tras haber pasado 23 años ingresada en varios hospitales psiquiátricos.

Su vida ha sido narrada, con mayor o menor fortuna, por algunos autores muy famosos, como Lamartine, Dumas, Michelet, los hermanos Goncourt, etc.

Parece ser que los seguidores de la Revolución nunca le perdonaron las críticas que hizo a los revolucionarios porque nunca reconocieron los derechos de las mujeres.

Sin embargo, Léopold Lacour, un historiador francés, fallecido en 1939 y especializado en el feminismo, le da una gran importancia a Théroigne de Méricourt, junto a Olympe de Gougues y a Rose Lacombe, como las pioneras de los movimientos feministas en Francia.

Nuestro personaje ha inspirado también a muchos artistas. Como a la famosa obra de Eugène Delacroix, “La libertad guiando al pueblo”.

También fue mencionada en el famoso poema de Charles Baudelaire, “Las flores del mal”.

Por otra parte, su vida también ha inspirado varias obras de teatro, óperas y películas para el cine y la televisión.

 

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