Aquellos que me siguen en este
blog, que, todo hay que decirlo, nunca han sido muchos, saben que mis primeros
artículos los dediqué a ciertos personajes que hoy voy a rememorar.
En primer lugar, voy a mencionar a
Maximiliano de Habsburgo, que fue emperador de México.
Maximiliano nació en 1832 en
Viena y fue un hermano menor del emperador Francisco José. Muy famoso por estar
casado con Sissi.
Parece ser que a Maximiliano le
atrajo la vida en la Armada. En uno de aquellos viajes, recaló en Lisboa y allí
conoció a la princesa María Amelia de Braganza, hija de Pedro I de Brasil. Se
conocieron y se prometieron. Sin embargo, no pudieron casarse, porque la
princesa murió a causa de la tuberculosis.
Posteriormente, visitó París,
donde se hizo amigo del emperador Napoleón III de Francia.
Más tarde, fue a Bélgica, donde
conoció a Carlota, hija única del rey Leopoldo I, que tenía fama de ser muy
rico a base de explotar, despiadadamente, a sus colonias.
En 1857, tras la boda con
Carlota, Maximiliano fue nombrado por su hermano virrey de Lombardía-Véneto.
Parece ser que allí chocó con las
ideas de su hermano. Él tenía una mentalidad muy liberal y logró muchos
progresos para la población, mientras que Francisco José sólo creía posible el
aumento de la represión contra los independentistas de la zona. Por ello, en
1859, fue cesado por su hermano.
Así que, como él había ordenado
construir el Castillo de Miramar, en la costa adriática, cerca de Trieste, se
mudaron a ese lugar, donde vivieron muy tranquilos.
Sin embargo, en octubre de 1863,
recibieron la visita de una comisión de notables mexicanos, los cuales le
ofrecieron ser emperador de México.
Como Napoleón III había invadido
México, parece ser que se acordó de él para proponerlo a esos monárquicos
mexicanos y, por eso, lo visitaron en Miramar.
Tanto Napoleón III como Leopoldo
I de Bélgica le animaron a que aceptara la corona de México. Incluso, se
comprometieron a enviar miles de soldados para apoyarle.
Sin embargo, cuando visitó Viena,
su hermano, Francisco José, le obligó a firmar un documento por el que
Maximiliano renunciaba a todos sus derechos a la corona austriaca y a todos sus
bienes. Algo que, como es lógico, le dolió mucho.
Maximiliano y su esposa llegaron
en mayo de 1864 a Veracruz (México) y en junio a la capital.
Volvió a hacer una política
liberal. Incluso, adoptó algunas ideas de los partidarios de Juárez. Todo ello,
le restó los apoyos de los sectores conservadores que le habían ofrecido la
corona.
Como no tuvieron hijos,
Maximiliano adoptó a los dos nietos de Agustín de Itúrbide, anterior emperador
de México.
Para abreviar un poco, al
terminar la guerra civil USA, ese gobierno presionó a Napoleón III para que
retirara sus fuerzas de México. Cosa que fue haciendo, también debido a la
inminente guerra contra Prusia.
Así que Maximiliano se fue
quedando solo. Ya sólo tenía de su parte unos miles de soldados mexicanos y
unos cuantos soldados belgas y austriacos.
Por otro lado, Maximiliano estuvo
tentado a abdicar y huir de México. Sin embargo, sus partidarios conservadores
le convencieron para que se quedara allí.
Decidieron irse hasta Querétaro,
porque era una ciudad que les era favorable. Allí fueron rodeados por los
republicanos y tuvieron que rendirse, después de 70 días de asedio.
Maximiliano, junto con sus
generales Miramón y Mejía, fueron juzgados y condenados a muerte. La ejecución
se llevó a cabo en junio de 1867.
Poco antes de ser ejecutados,
Maximiliano, entregó una moneda de oro a cada uno de los soldados del pelotón y
a su capitán. Les pidió que apuntaran bien y no disparasen a la cabeza.
Hay que decir que los soldados de
ese pelotón habían venido desde una zona lejana y no conocían ni al emperador,
ni a los otros dos generales, que fusilaron junto a él.
En cuanto a su cadáver, hubo que
hacer muchas gestiones ante Benito Juárez para que dejase que se lo llevaran a
Viena. Lo consiguieron, tras varios meses.
Ahora hay dos versiones. Una dice
que Francisco José ordenó sellar el ataúd de plomo para que su madre no viera
el cadáver de su hermano y otra que su madre no reconoció su cadáver al verlo.
En su momento, también se
especuló con que Maximiliano podía ser un hijo de Napoleón II, ya que su madre
había estado muy unida al joven Bonaparte y éste murió unos días después del
nacimiento de nuestro personaje.
El segundo protagonista de este
artículo fue un hombre llamado Justo Armas. Parece ser que llegó a la ciudad de
San Salvador en 1870-71 y allí fue muy bien recibido.
No se sabía quién era, ni de
dónde procedía. Sin embargo, todo el mundo le trataba siempre con mucho respeto.
Iba siempre muy bien vestido. Sin
embargo, también iba descalzo. Decía que era debido a una promesa, que le hizo
a la Virgen del Carmen, por haber salido con vida de un momento de peligro.
Era un hombre que hablaba varios idiomas
y poseía una gran cultura. Montó en esa capital un negocio de asesoramiento de
protocolo y lo que ahora se conoce como catering. No debemos olvidar que, en
aquella época, había varias familias en Hispanoamérica que se habían
enriquecido en poco tiempo, pero no habían tenido la formación propia de la
gente de la clase alta.
Así que él organizaba los
banquetes y también cedía su vajilla de gala. Curiosamente, esa vajilla era la
misma o similar a la utilizada en la corte vienesa y también había otra con
escudos de la corte mexicana.
Siempre he pensado que el detalle
de ir siempre descalzo no es propio de alguien que desea pasar desapercibido,
sino que es algo que llama mucho la atención.
Dicen que, durante la I Guerra Mundial,
lo visitó una delegación del Imperio austro-húngaro. Hay quien afirma que hasta
le ofrecieron la corona por haber fallecido el emperador Francisco José, pero él
se negó a regresar a Viena.
Así que allí estuvo viviendo hasta
su muerte, ocurrida en 1936. Algunos afirman que ese nombre venía de que Benito
Juárez, el que ordenó su ejecución había dicho que “Maximiliano había sido
hecho justo por las armas”. Son los mismos que afirman que Maximiliano no fue
ejecutado, porque Juárez y él eran masones y no se hacen daño entre ellos. Así
que la Masonería fue la que le facilitó la huida de México.
Tras su muerte, varios
investigadores, intentaron averiguar quién era. Quizás, el más importante fue Rolando Déneke. Éste llegó a conseguir que le autorizasen la apertura de la sepultura.
Sin embargo, está enterrado en el sepulcro de la familia Arbizú, que
lo acogió durante sus últimos años, y los restos no estaban en buen estado para
obtener el ADN.
Otro personaje importante fue
Carlota de Bélgica, esposa de Maximiliano. Parece ser que era una persona con
mucho carácter. Al contrario que su marido.
Así que, cuando vio que lo
dejaban solo, se le ocurrió recorrer varias cortes europeas en busca de ayuda. Parece
ser que, en unas le dieron vagas promesas y en otras no quisieron recibirla.
Incluso, cuando fue a ver al Papa
Pío IX, se dio cuenta de que no la
iba a ayudar, porque no se le había olvidado
que Maximiliano había dado su conformidad a la desamortización de los bienes eclesiásticos,
llevada a cabo, anteriormente, por Benito Juárez.
Así que, cuando vio que ni el
Papa la iba a ayudar, empezó a volverse loca. La ingresaron en una clínica y luego llamaron a su hermano, el rey de Bélgica, para que se la llevara a su país. Estuvo ingresada en un manicomio hasta su muerte, ocurrida en 1927
Otro protagonista de este artículo
es el general Weygand, que seguro que a muchos les sonará, porque fue el que
firmó el acta de rendición del Ejército de Francia, ante los enviados de
Hitler.
Maxime Weygand nació en 1867 en
Bruselas y siempre se ha rumoreado que podría haber sido hijo de la emperatriz
Carlota de Bélgica. Él nunca desmintió esos rumores. Algunos afirman que el padre podría ser el coronel belga van der Missen, jefe de las tropas belgas en México.
Parece ser que lo crió una
familia de Marsella. Luego ingresó en la Academia militar de Saint Cyr, como
alumno extranjero, graduándose en 1887 y obteniendo la ciudadanía francesa.
Luchó en la I Guerra Mundial.
Luego fue inspector general del Ejército y, al final de esa guerra, fue el
encargado de leer las condiciones en que debería rendirse el Ejército alemán.
Tras la invasión de las tropas
alemanas en Francia, fue el que aconsejó a su Gobierno pedir un armisticio con
Alemania.
Posteriormente, fue enviado como gobernador
general de la Argelia francesa. Sin embargo, a los alemanes les pareció
sospechoso de ser partidario de los aliados y lo devolvieron a Francia. Posteriormente,
fue encerrado en un castillo en Alemania.
Cuando lo liberaron, lo
procesaron en Francia, acusado de colaboracionismo, por haber firmado la
rendición francesa. Así estuvo hasta que lo absolvieron en 1948.
Más tarde, se dedicó a escribir
biografías y novelas, muriendo en 1965.
Seguro que muchos habréis visto
esa gran película llamada “Esa mente maravillosa”, dedicada a la vida de John
Nash.
Nash estuvo casado con otra científica,
llamada Alicia Lardé. Ella era hija de Jorge Lardé y Arthés y de Elena
López-Harrison y Arbizú.
Elena era nieta de Aniceto Arbizú,
un terrateniente que se había hecho rico con el cultivo y la exportación del café.
También dicen que fue el que recibió a Justo Armas y le presentó a la alta
sociedad de San Salvador, porque también dicen que era masón. Por eso mismo, la
familia Arbizú fue la que acogió en su casa, durante sus últimos años, a Justo
Armas y esa es la misma razón por la que ahora está enterrado en su panteón familiar.
De hecho, el padre y la tía de Alicia
fueron los primeros que escribieron sobre Justo Armas. Incluso, al morir, Justo
dejó todos sus bienes a esa familia y todavía los poseen.
Por tanto, Alicia Lardé, la
esposa de John Nash, con el que murió en un extraño accidente automovilístico, conocía
muchos secretos de Justo Armas.
Se podría pensar que ella pensaba
contar todo lo que sabía y a algunos no les haría mucha gracia, porque todavía
hay varios grupos no interesados en que se sepa toda la verdad.
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