ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 17 de mayo de 2026

LAS TROPAS DEL MARQUÉS DE LA ROMANA EN DINAMARCA

 

 

Hoy voy a narrar un acontecimiento del que muchos habrán oído hablar. Sin embargo, creo que hay muchas cosas que no se han explicado y eso es lo que voy a intentar hacer hoy.

Como muchos sabrán, en 1796, se firmó el Tratado de San Ildefonso por el que España se aliaba con Francia.

Algunos dicen que, con ello, Godoy dejó a España rendida ante Napoleón. Sin embargo, parece ser que no fue del todo así. Quizás lo que pretendía era ganar tiempo para armarse y poder hacer frente a un Ejército potente y en pie de guerra, como era el francés.

Parece ser que Godoy se reunió con los embajadores de Prusia y Rusia para intentar formar una especie de frente común contra Napoleón. Sin embargo, parece ser que el embajador de Prusia le traicionó y le hizo saber esto al propio Napoleón.


Así que el gobernante francés, que era un tipo muy astuto, es posible que entonces fuera cuando se le ocurriera invadir España para que no se aliara con el Reino Unido.

Por tanto, lo primero que hizo fue exigir tropas y dinero para ayudarle en sus conquistas por Europa. También exigió que algunas unidades militares españolas se trasladaran a nuestras provincias de Ultramar.

Ya en 1805, Napoleón, exigió que enviaran tropas españolas al centro de Europa. Sin embargo, el Gobierno español sólo le envió dinero para acallarle.

No obstante, en 1807, Napoleón exigió que España enviara tropas, urgentemente, para asentarse en la zona de Dinamarca a fin de impedir cualquier desembarco británico en esa área.

Esto provocó una fuerte discusión entre Godoy y Carlos IV. El primero se mostró reacio a obedecer al francés, mientras que el monarca aceptó la imposición y se ordenó el envío de tropas.

Parece ser que Napoleón tampoco estaba muy contento con la reina de Etruria, hija de Carlos IV, la cual gobernaba como regente de su hijo, menor de edad, ya que era muy amiga de los británicos.

El año anterior, ella había pedido tropas para defender su reino y su padre se las envió. Supongo que, por ello, los franceses también exigieron que les cedieran esas tropas.

En un principio, se pensó en enviar como jefe de esas unidades al general O’Farrill, pero no se le nombró porque no se llevaba bien con Godoy. También se pensó en el general Castaños, que entonces era el jefe de la zona del Estrecho.

No sé por qué motivo se nombró para ese puesto al marqués de la Romana, pero así fue.

Pedro Caro y Sureda, que era su verdadero nombre, nació en 1761 en Mallorca. Realmente, no era un general procedente del Ejército de Tierra, sino de la Armada. Dentro de ella participó en muchos combates.

Parece ser que era una persona con una gran facilidad para aprender idiomas. Eso hizo que lo enviaran a hacer cursillos en diversos países.

A partir de 1793, comienza la guerra del Rosellón y se pasa al Ejército de Tierra, combatiendo en diversos frentes. Esa decisión la tomaron después muchos oficiales de la Armada, porque, tras la derrota de Trafalgar, casi nos habíamos quedado sin barcos.

En 1795, es ascendido a teniente general y nombrado capitán general de Cataluña. Un puesto con mucho poder sobre la población civil y militar de esa región.

Fue entonces cuando le nombraron jefe de la División del Norte, que fue el nombre que les dieron a las tropas que iban a ir destinadas a Dinamarca.

En abril de 1807 comenzó la marcha de esas unidades hacia el centro de Europa. Los primeros 8.700 de un total de 14.800 hombres, lo hicieron en 5 columnas, que atravesaron la frontera francesa a través de Irún y de Perpiñán. La mayor parte de esas unidades eran de Infantería y Artillería.

A finales de abril, comenzó el traslado de las unidades destinadas en Etruria hacia Dinamarca. Todas las tropas convergieron en Hanover, a mediados de julio de ese año.

Posteriormente, se les unieron unidades de Caballería e Ingenieros, en septiembre de ese mismo año.

Esa cifra de 14.800 soldados no era nada desdeñable. Eran nuestras
mejores tropas y más del 10% de todo el Ejército español. Incluso, en muchos dibujos se les ve acompañados por sus propias familias.

Así que ya podemos empezar a pensar que Napoleón ya había decidido invadir España y había empezado por eliminar todos los obstáculos posibles para su empeño.

Las tropas pasaron varios meses descansando en Hanover y Hamburgo para luego ser distribuidas a lo largo de la costa de Dinamarca.

Es entonces cuando comienzan a recibir las noticias de los sucesos ocurridos el dos de mayo de 1808 en Madrid y los militares empiezan a ver a los franceses como enemigos y no como aliados.

No obstante, les llega una orden del secretario de Estado, el afrancesado Mariano Luis de Urquijo y otros generales de la misma ideología, exigiéndoles que prestasen juramento de obediencia a Napoleón.

Eso dio lugar a que varias unidades se negaran a hacerlo y el mariscal Bernadotte, general en jefe de todas esas tropas, dio la orden de desarmarles y tratarles como prisioneros de guerra.

El marqués de la Romana se ve en un callejón sin salida. Sin embargo, los británicos, que ya habían puesto los ojos en estos militares españoles, enviaron a un curioso fraile católico, llamado James Robertson, para convencer a este general.

Curiosamente, el fraile, que hablaba varios idiomas, no conocía el español. Sin embargo, el marqués sí conocía el latín y ambos se entendieron en esa lengua.

Como, en un principio, el marqués, como es de suponer, desconfió del fraile británico, éste le mencionó varios versos del Cantar del Mío Cid. Una obra muy estimada por el general.

Otro de los personajes enviados para convencer a la Romana fue el teniente de navío Rafael Lobo, ayudante del almirante Ruiz de Apodaca, el cual ya había acordado con los británicos que enviaran varios navíos a fin de embarcar, secretamente, las tropas españolas desplazadas a Dinamarca.

Sin embargo, no todos los mandos españoles eran contrarios a Napoleón. También hubo algunos, como el general Juan Kindelán O’Reagan, que convenció a los soldados bajo su mando para que se opusieran a ser evacuados, alegando que no se podían fiar de las intenciones de los británicos.

De esa forma, unos 5.000 hombres juraron lealtad a Napoleón y combatieron en todos los frentes, menos en España. Incluso, los llevaron a combatir en Rusia, donde murieron la mayoría de ellos. El general Kindelán ya nunca pudo regresar a España y murió en Francia.

Con esos 5.000 hombres, que habían jurado lealtad a Napoleón, se formó el regimiento José Napoleón.

Por lo visto, cuando los llevaron a luchar en Rusia, aproximadamente,
unos 2.000 se pasaron al otro bando. Lucharon en el bando ruso con el nombre de regimiento imperial Alejandro, como el nombre del zar.

Por tanto, hubo españoles luchando en Rusia en los dos bandos. De los 3.200 que lucharon en el bando francés, sólo sobrevivieron unos 160, que fueron regresando a España a cuentagotas.

Sin embargo, sobrevivieron más los que habían luchado en el bando ruso. Así que, cuando terminó la guerra, regresaron a España y fueron muy bien recibidos. Incorporándose de nuevo al Ejército.

Por otro lado, varios nobles españoles, enviados por la Junta Suprema y encabezados por el conde de Toreno, viajaron al Reino Unido a fin de conseguir la ayuda británica para expulsar a los franceses de España.

El convoy con los militares españoles evacuados de Dinamarca fue primero a Suecia y, desde allí, en septiembre, fue llevado hacia Santander a donde llegarían a mediados de octubre.

Esas tropas formarían el núcleo central del llamado Ejército de la izquierda, al mando del cual nombraron al propio marqués de la Romana.

El problema es que llegaron en un mal momento. Justamente, cuando acababa de llegar el propio Napoleón con sus mejores tropas para apoyar a su hermano José, tras la derrota de Bailén.

Así que estas tropas españolas sufrieron una derrota tras otra, teniendo que replegarse al interior de Galicia para cubrir la retirada de las tropas del general británico John Moore, el cual también murió en combate.

A partir de entonces abandonaron las batallas campales y se
dedicaron a hostigar a los franceses a base de guerra de guerrillas. De esa manera consiguieron expulsarlos de Galicia.

A finales de 1810, el marqués recibió la orden de Wellington de trasladar sus tropas a Portugal a fin de formar una línea para defender Lisboa. Así consiguieron parar el avance de las tropas del general Massena.

En enero de 1811, cuando al marqués le ordenaron marchar hacia Badajoz a fin de levantar el sitio, al que estaban sometiendo los franceses a esa ciudad, ocurrió algo inesperado. El marqués apareció muerto y parece ser que fue debido a un aneurisma de la aorta.

Su sucesor fue el general Gabriel de Mendizábal. Ahí salieron perdiendo nuestros soldados, porque se trataba de un militar con poca experiencia en combates contra los franceses.

Así que, a primeros de febrero, se le ocurrió la idea de acampar junto al río Gévora, suponiendo que allí los franceses no se atreverían a atacarle.

Pues se equivocó, porque consiguieron vadear el río con unidades de Caballería e Infantería y los pillaron desprevenidos.

Aunque formaron cuadros apresuradamente para aguantar las embestidas de la caballería, no pudieron con los franceses.

Por ello, los 12.000 hombres de Mendizábal tuvieron 1.000 bajas. Otros 5.000 fueron hechos prisioneros. Unos 2.000 consiguieron llegar a Badajoz y el resto se fue a Portugal.

Sin embargo, a mediados de marzo, cuando los franceses lograron matar al general Menacho, que era el que defendía Badajoz, su sucesor, el general José Imaz, rindió la ciudad y cayeron prisioneros de los franceses.

La decisión de Imaz cayó como un jarro de agua fría tanto entre los defensores de la ciudad como en la Junta Central, la cual pidió que fuera detenido y llevado ante un consejo de guerra.

Fue una decisión inaudita, ya que la ciudad tenía unos 8.000 soldados, mientras que los franceses no llegaban a 9.000. Además, tenían suficientes provisiones y municiones para poder aguantar durante mucho tiempo.

De hecho, los mismos franceses reconocieron que estaban levantando el campamento para irse, cuando les llegó la noticia de la rendición de la ciudad.

A partir de ahí, el mariscal Soult ordenó que los prisioneros fueran llevados a Francia. La travesía de la Península duró varios meses. Eso hizo que muchos, que ya estaban muy debilitados, murieran por el camino o los mataran los franceses para no entorpecer la marcha.

Incluso, los llevaron a unos campos de prisioneros situados al norte de Francia, para que no pudieran regresar para combatir en España.

No obstante, algunos consiguieron huir hacia Suiza o Alemania. Sin embargo, la mayoría de ellos tuvo que aceptar que los alistaran en el regimiento José Napoleón, que era la única forma de salir del infierno de esos campos de concentración.

Así y todo, muchos consiguieron regresar, una vez terminada la guerra. Aquí se encontraron un país devastado por el conflicto bélico y sin poder reintegrarse a sus unidades, porque ya no existían.

Por lo que respecta al general José Imaz Altolaguirre, que no fue
llevado a Francia, sin embargo, fue detenido por unos guerrilleros, por orden del Consejo de Regencia.

Pasó dos años encarcelado en Cádiz, mientras se instruía su consejo de guerra. En él participaron unos 50 testigos.

Supongo que, aparte de tener un buen abogado defensor, el rey y los militares absolutistas presionarían para no dividir al Ejército con una posible condena a muerte. Así que, increíblemente, Imaz fue absuelto de todos los cargos, admitiendo su alegato de que los franceses habían abierto una brecha en la muralla y era imposible defenderla. Algo que era falso.

Parece ser que le debía mucho a Fernando VII, ya que, cuando se reintegró al servicio activo, fue uno de los mayores defensores del monarca. Incluso, fue el encargado de detener el pronunciamiento liberal del general Díaz Porlier, ocurrido en Galicia en 1815. Este general fue juzgado, expulsado del Ejército, condenado a muerte y ahorcado.

Imaz murió en Valladolid en 1828. Curiosamente, fue tío del famoso general carlista, Tomás Zumalacárregui, y también de su hermano Miguel, que combatió en el bando liberal.

Para terminar, más de uno se habrá preguntado cómo era tan efectivo el Ejército de Napoleón. Yo creo que había una razón muy importante. Mientras en casi todos los países de Europa exigían ser nobles para ingresar en las academias militares, en Francia no era necesario. De hecho, Napoleón despreciaba a la nobleza.

Por eso, cualquier soldado francés podía llegar a ser general. Todo dependía de su eficacia en el combate.

Precisamente, los famosos mariscales Soult, Ney, Massena y Murat, procedían de familias muy modestas y habían comenzado su carrera militar como soldados.

 

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domingo, 10 de mayo de 2026

EL PALACIO Y EL CUARTEL DE MONTELEÓN

 

 

Hoy voy a complacer a algunos de mis lectores, que me han pedido más datos sobre este edificio y los hechos que ocurrieron en él.

En 1690, cuando se empieza a construir el palacio, ya había allí una especie de casa de campo, pues estaba a las afueras de Madrid, propiedad de los marqueses de Tejada. Justo al lado se hallaba el Convento de las Maravillas.

Así que, en ese año, los marqueses de Tejada vendieron ese edificio, junto con un terreno de labor, que luego fue ampliado, a los duques de Monteleón.

Monteleón puede parecer un nombre español. Sin embargo, era un título, otorgado por el emperador Carlos V, en el reino de Nápoles. También tiene el mismo origen el ducado de Terranova. No tiene nada que ver con ese territorio americano.

Desde comienzos del siglo XVII se van entroncando varios miembros de la familia de Hernán Cortés, comenzando por su sobrina Estefanía, con los de la familia italiana Pignatelli.


Los primeros tenían, entre otros títulos el marquesado del Valle de Oaxaca y los segundos eran duques de Monteleón y de Terranova. Eso hizo que se unieran dos grandes fortunas.

También los Cortés estaban emparentados con el Gran Capitán, por lo que, igualmente, ostentaban el título de marqueses de Montalbán.

Por eso mismo, cuando los Monteleón compraron ese edificio con su inmenso solar anexo, lo primero que hicieron fue demolerlo para construir algo más lujoso y, para ello, utilizaron los fondos de sus inmensas propiedades en México.

Así fue construido un lujoso palacio de estilo churrigueresco, por donde pasaron importantes personajes de la historia de España. Se calcula que el palacio y los jardines ocupaban una extensión de 54.000 m2.

Si se quiere comparar, el terreno de un campo de fútbol sólo ocupa una extensión de 5.000 m2.

Como siempre fueron unos nobles muy cercanos a la Casa Real, cuando comenzó el reinado de Fernando VI, Isabel de Farnesio, viuda de Felipe V, estuvo viviendo varios años en ese palacio, mientras acababan de construirle el suyo en Riofrío.

Los que pudieron contemplar el lujo de ese palacio nos informaron que los techos estaban cubiertos con frescos. Había muchos tapices, alfombras, los braseros eran de plata y había gran cantidad de objetos de cristal de roca, porcelana, etc.

Aparte de las estatuas colocadas en el jardín, tenía una escalera, que algunos comparaban con la del Escorial. Nos podemos hacer una idea de cómo era su fachada, gracias a este dibujo de Valentín Carderera.

También podemos ver la extensión de esta propiedad en la maqueta de León Gil de Palacio, si miramos en la parte de arriba de la foto. Esta maqueta está expuesta en el Museo de Historia de Madrid.

Desgraciadamente, parte de ese lujo se perdió durante un incendio ocurrido en 1723, cuando había sido alquilado para instalar allí la Embajada del Reino Unido en España.

En 1803, parece ser que los duques de Monteleón decidieron regresar a Italia y Godoy decidió comprar ese edificio.

Como era tan grande, una parte del mismo lo dedicaron a Museo militar, el cual fue abierto al público en 1805.

 En la otra parte, instalaron un parque de Artillería y un arsenal para las unidades militares, que había en Madrid.

Ahí es donde, en 1808, encontramos al capitán Luis Daoiz. Siempre me ha llamado la atención que un militar con 40 años sólo fuera capitán. En alguna parte, he leído que había tenido algunos roces con sus superiores y, por ello, es posible que lo hubieran destinado a una unidad tan secundaria como esa.

No obstante, no hay que olvidar que la mayoría de los oficiales de Artillería solían ascender más lentamente que los demás, porque, cuando salían de la Academia, juraban no aceptar ningún ascenso por mérito de guerra.

Lo cierto es que en ese parque de Artillería sólo había una guarnición de 17 militares, incluyendo oficiales y suboficiales. No obstante, como los franceses no se fiaban de nadie, destinaron allí una tropa de 80 soldados.

Yo también soy de los que piensan que el 2 de mayo de 1808 fue un intento de sublevación, que fracasó debido a que los generales, que eran estómagos agradecidos, no quisieron enfrentarse a los franceses y acataron las órdenes de la Junta Suprema y el Consejo de Castilla, impidiendo la salida de sus tropas a la calle.

No obstante, hasta allí acudieron otros militares no destinados en ese parque, como el teniente de Infantería Jacinto Ruiz o los capitanes de Artillería Vicente Goicoechea, Pedro Velarde y Rafael Arango. Incluso, también un fue un marino: Juan van Halen y un capitán de la Guardia Real, Rafael de Ezeta.

Jacinto Ruiz, a pesar de estar enfermo, se presentó en su cuartel y logró convencer a su coronel para que le permitiese salir con una compañía de Voluntarios del Estado (los de la casaca blanca) para “imponer el orden”. Sin embargo, lo primero que hizo fue apresar a esos 80 franceses y meterlos dentro del cuartel.

Luego vino aquella masa de gente, que venía pidiendo armas para defenderse ante el mejor Ejército de aquella época.

Aunque se sabe que Daoiz y Velarde, que ya se conocían por haber estado en otros motines a favor de Fernando VII, y haberse reunido antes de esta fecha para organizarlo todo, parece ser que discutieron sobre la posibilidad de hacer frente a los franceses.

Ciertamente, Daoiz, que era mayor y más prudente, no lo veía nada claro, pero fue Velarde el que le animó a resistir, repartiendo armas al pueblo.

Sólo tenían media docena de cañones y pocos artilleros. El cuartel era una ratonera, porque, aunque tenía unos altos y gruesos muros, no disponía de adarves para poder disparar desde arriba.

Sin embargo, ya había algunos edificios altos cerca del cuartel y, tras sufrir los franceses sus primeras bajas, lo que hicieron fue subirse a los balcones y azoteas para disparar sobre los defensores.

Parece que los franceses se tomaron muy en serio la toma del parque de Artillería y, para ello, destinaron nada menos que a 1.500 soldados de los más veteranos. En cambio, dentro del cuartel sólo había unos 400 defensores, entre civiles y militares.

Todo esto lo contó Rafael Arango en su informe, escrito pocos años después de estos hechos. Precisamente, fue el que más insistió en que se erigiera, en ese lugar, un monumento a Daoiz y Velarde. Arango estaba destinado en ese parque de Artillería.

Curiosamente, el conde de Toreno se basó en su informe para narrar los hechos ocurridos aquel lunes 2 de mayo de 1808.

Tanto Arango como Ezeta o Hezeta fueron militares nacidos en Cuba.

Según cuenta Arango, muchos civiles no quisieron utilizar los fusiles, porque no sabían usarlos. Por el contrario, prefirieron las espadas y colocaron las bayonetas en palos.

En un principio, colocaron 4 piezas de Artillería en la puerta de entrada y luego pusieron dos más apuntando hacia los lados.

Por lo visto, el teniente Ruiz fue alcanzado por una bala en el hombro izquierdo y otra en la espalda. Aún así, siguió combatiendo hasta que cayó desmayado, debido a que se estaba desangrando.

En cambio, los franceses optaron por colocar sus piezas de Artillería enfrente de la iglesia de Montserrat, para disparar sin ser localizados con facilidad.

Parece ser que, cuando un capitán español fue con una bandera blanca a parlamentar con los franceses, un artillero, también español, que no había oído la orden de alto el fuego, disparó su cañón, causando muchas bajas entre los franceses.

Por lo visto, se trataba del capitán Melchor Álvarez, el cual portaba una bandera blanca y venía de parte del capitán general. Les dijo a los defensores que el general Negrete estaba muy enfadado con ellos y que se rindieran. Eso no gustó nada a los defensores.

Según cuenta Arango, ya sólo quedaban unos 30 españoles ilesos dentro del cuartel, así que decidieron retroceder hacia el interior. Ahí fue cuando Velarde fue alcanzado por una bala en el pecho, que le ocasionó la muerte inmediatamente.

Dicen que el general francés le gritó a Daoiz, que iba a tener el mismo fin que su amigo. Eso enfureció a este capitán, que, a pesar de estar herido en una pierna, desenvainó su sable y echó a correr hacia el general. No lo alcanzó, porque se interpusieron unos soldados franceses, que le clavaron sus bayonetas en el pecho.

Precisamente, hace pocos años, cuando se sacó su uniforme de la caja donde lo habían depositado, se pudo ver la marca de las dos heridas. No llegaron a matarlo en ese momento, pero moriría poco después.

Los combates terminaron cuando Daoiz cayó al suelo herido de muerte. Lo atendió un médico militar francés y luego lo llevaron a su casa, donde murió.

Poco después, apareció por allí un general ya retirado. Se trataba del general Claude de Rouvroy y de Pineau, marqués de Saint Simón, de origen francés, pero que había luchado en el Ejército español. Él y el capitán Cónsul negociaron las condiciones para la rendición del parque.

A Arango le dijeron los franceses que se quedara a controlar la situación del cuartel. No obstante, dejaron allí a unos 500 soldados franceses.

Como Arango no tenía muy claro lo que iban a hacer con él, cuando llegó la tarde, pidió permiso para ir a comer algo a su casa, prometiendo regresar. Se lo dieron y así aprovechó para escapar fuera de Madrid. Luego participó en varias batallas de la guerra.

No hay que olvidar que estos militares estaban entre dos fuegos. Uno era el de los franceses, que estaban deseando tomar represalias, aunque muchos de ellos alabaron el valor de los combatientes españoles. No hay que olvidar que les causaron unas 400 bajas. Por otro lado, el Consejo de Castilla había presionado para que los sometieran a unos consejos de guerra, que les podrían haber llevado al fusilamiento. Como les ocurrió a algunos militares.

Esa misma tarde, Murat publicó un bando en el que ordenaba que
se fusilara a todos los que hubieran intervenido en esa sublevación. Sin distinción entre hombres, mujeres o niños. Militares o civiles.

Esto cambió la cuestión. Hasta entonces, los militares españoles, que siempre habían sido utilizados para luchar contra los motines, vieron que los franceses les estaban haciendo su trabajo. Sin embargo, nunca se había fusilado a los participantes en un motín, a pesar de que los militares solían disparar contra los amotinados. No obstante, las autoridades preferían la represión de los amotinados a que se produjera aquí otra Revolución Francesa.

Por ello, unas horas más tarde, los soldados franceses se presentaron en los sitios, que estaban sirviendo como hospitales, como el convento de las Maravillas o el de Montserrat, y se llevaron a rastras a los heridos para fusilarlos. Quizás eso fue lo que dio lugar a que los militares empezaran a tomar cartas en este asunto.

Conclusión. Creo que los fernandinos quisieron montar una sublevación, contando con que todos los militares españoles la iban a secundar, pero se equivocaron y, como siempre, quien más perdió fue el pueblo. De hecho, los franceses respetaron las vidas de muchos militares prisioneros, pero no las de los civiles.

Curiosamente, se ha erigido en el islote de la Cabrera un monumento a los soldados franceses prisioneros, que murieron allí, los cuales habían participado en la batalla de Bailén. Sin embargo, yo no he visto ninguno dedicado a los héroes civiles del dos de mayo.

Hoy en día, los militares españoles celebran con desfiles aquel acontecimiento del dos de mayo, que marcó el comienzo de la guerra de la Independencia. Sin embargo, no recuerdo que, desde entonces, los militares españoles se hubieran disculpado por no hacer nada por defender a su pueblo, ante un Ejército enemigo.

Curiosamente, están homenajeando a unos militares que no quisieron acatar las órdenes de sus mandos y además armaron al pueblo.

A la vista de esto, se me ocurre pensar ¿qué ocurriría si Marruecos invadiera militarmente Ceuta y Melilla, los civiles se rebelaran y a los militares españoles les dieran la orden de no hacer nada?

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sábado, 2 de mayo de 2026

EL 2 DE MAYO DE 1808, HISTORIA DE UNA TRAICIÓN

 


Como hoy se conmemora el famoso 2 de mayo de 1808, he querido hacer un homenaje a aquellos españoles que, sin apenas medios, combatieron contra el Ejército más potente del momento.

Parece ser que el actual Gobierno de España ha dado la orden de que no desfilen militares en este acto. Me parece correcto, porque el Ejército no tiene nada que festejar en este


día, salvo honrosas excepciones, como los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, más las tropas y los civiles que estuvieron bajo su mando en el cuartel de Monteleón.

Sin embargo, los altos mandos, encabezados por el ministro, general O’Farrill, y el capitán general de Castilla la Nueva, general Francisco Javier Negrete y Adorno, conde de campo Alange y grande de España, mostraron una postura conciliadora hacia los invasores franceses.

En aquel momento, Madrid era una ciudad de 176.000 habitantes con una guarnición de unos 8.000 militares españoles a los que se habían añadido los 10.000 soldados, que había traído el mariscal Murat.

Estos soldados franceses siempre mostraron cierta agresividad hacia los españoles, considerándolos como seres inferiores y habitantes de un país ocupado y no aliado de Francia.

Así que esto hizo que se fuera generando odio hacia los franceses. También, los clérigos, predicaban contra ellos, pues no hay que olvidar que en Francia habían asesinado a miles de clérigos y muchos, que habían huido a España contaron lo que estaba ocurriendo en ese país.

Ese día había mucha afluencia de forasteros, porque se celebraba una importante feria de ganado y acudían gentes de muchas provincias.

No se sabe por qué motivo se concentró mucha gente delante del Palacio Real. Hay algún autor, que afirma que se trataba de una sublevación que había sido ya organizada con antelación.

Lo único cierto es que la multitud vio que la reina de Etruria, hija de Carlos IV, subía a un carruaje, acompañada de sus hijos, con destino a Francia.

Más tarde, cuando quisieron también introducir en un carruaje al infante Francisco de Paula, que era un niño de corta edad, éste empezó a llorar y eso encrespó a la multitud.

En ese momento, un cerrajero llamado José Blas de Molina y Soriano, de 37 años, que debía mucho a Fernando VII y ya había participado en otros motines anteriores, gritó: “¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y quieren llevarse a toda la familia real!”.

Eso hizo que la multitud se aproximase al Palacio Real y Molina gritase: “¡Matadlos, matadlos…que no entre en palacio ningún francés!”. Así que cortaron las bridas de los caballos.

Esto fue lo que dio lugar a lo que podemos ver en el famoso cuadro La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya. Posteriormente, Murat, que había establecido su cuartel general en el edificio del Almirantazgo, situado junto al Senado, ordenó que emplazasen cañones y disparasen a los congregados junto al Palacio Real.

A todo esto, el general Negrete, insistió en ordenar que todas las tropas permanecieran desarmadas en sus respectivos cuarteles.

Así que Molina y un grupo de gente se dirigieron hacia el antiguo cuartel de Monteleón, en el barrio de Maravillas, donde supongo que les habrían dicho que les iban a entregar armas. No sé si llegarían a ese acuartelamiento, porque Murat ya se había enterado de que se estaban resistiendo y dio la orden de atacarlo.

Los combates se fueron sucediendo por todo el centro de Madrid, mientras la mayoría de los militares siguieron sin hacer nada por defender a quienes habían jurado hacerlo.

Ahora entra en escena el general Grouchy, un tipo tan leal como un perro y que me perdonen los perros. Mis lectores habituales habrán reconocido este apellido. Ciertamente, fue aquel general que, cuando tuvo lugar la batalla de Waterloo, Napoleón le ordenó que persiguiera a las tropas del general prusiano von Blücher. Como no encontró a esas tropas, siguió dando vueltas, pero sin intervenir en la batalla. Eso hizo que Napoleón fuera derrotado en Waterloo.

Grouchy ordenó a las tropas acuarteladas en el antiguo Palacio del Buen Retiro, que fueran hacia la Puerta del Sol. Allí se produjeron escenas de pánico en las que las tropas francesas masacraron a la población civil.


También ordenó que tropas de Caballería acantonadas en Carabanchel, acudieran a Madrid. Eso dio lugar a un duro enfrentamiento contra los civiles, que se habían atrincherado en la Puerta de Toledo. Incluso, a los voluntarios se añadieron una gran cantidad de presos de la cárcel de Corte.

Los militares españoles ni están, ni se les espera. Aunque supongo que muchos confiarían en que aparecieran en algún momento.

El general Negrete argumentó que dio esa orden debido a que sólo tenía 8.000 soldados, mientras que los franceses eran 10.000. Si le hubiera dado armas al pueblo, seguro que los franceses hubieran huido con el rabo entre las patas, pero eso no ocurrió.

Los defensores del cuartel de Monteleón aguantaron la embestida de numerosas fuerzas francesas durante todo el día. Sin embargo, llegó un momento en el que apenas les quedaban municiones y fue aprovechado por las tropas francesas.

Daoiz murió fue asesinado junto a un cañón, como se puede ver en algún cuadro de la época. Velarde fue evacuado y murió después. Mientras que Jacinto Ruiz, que también fue evacuado hacia Extremadura, murió cuando estaba llegando a Trujillo.

Otro de los personajes, que estuvieron en Monteleón fue Clara del Rey. Ella, que tenía unos 45 años, cuando se enteró de que su marido y sus hijos estaban en Monteleón, fue para allá y estuvo combatiendo hasta que le alcanzó un proyectil.

Manuela Malasaña era una aprendiz de costurera de 17 años, hija de un panadero de origen francés. Se sabe que estuvo luchando en Monteleón, pero no sabemos si la mataron allí o fue fusilada posteriormente. Parece ser que todos los que no pudieron escapar de Monteleón fueron fusilados. El más joven tenía 11 años.


Como siguen las escaramuzas por toda la ciudad, las autoridades deciden publicar un bando para que cesen los combates.

No sólo eso, sino que se organiza una especie de cortejo en el que van Azanza, presidente del Consejo de Castilla, los generales O’Farrill y Negrete y el gobernador civil de Madrid, fuertemente escoltados por efectivos de la Guardia de Corps y la Guardia imperial francesa.

Sobre las 15.30 consideran dar por acabada esa sublevación en Madrid, aunque Monteleón se rendiría más tarde. A la gente se les promete que no habrá represalias para que dejen las armas.

Parece ser que el capitán Daoiz, que era el jefe del parque de Artillería de Monteleón, no estaba muy convencido para no acatar las órdenes del general Negrete. Sin embargo, al ver la cantidad de gente, que llegó a las puertas del cuartel pidiendo armas, el capitán Velarde, le dijo que no participar en los combates sería deshonrar su uniforme y una traición a la Patria.

Sin embargo, Murat no está contento y ordena que esto no quede sin un duro castigo. Así que le ordena al general Grouchy, que ya sabemos que es muy obediente, que instale un tribunal en la Casa de Correos (actual presidencia de la Comunidad de Madrid), donde hagan simulacros de juicios a los prisioneros y luego los fusilen.

Parece ser que una comisión se dirigió al general Negrete, aunque otros dicen que hablaron con un general italiano del Ejército español, llamado Alessandro Sesti, con la petición de que liberase a los presos. Sin embargo, les dijeron que ya se los habían entregado a los franceses, sabiendo que los iban a fusilar.

A partir de entonces, empezaron los fusilamientos en diversos lugares de la ciudad. Los primeros fueron en el patio de la antigua iglesia del Buen Suceso, junto a la Puerta del Sol. También en plena Puerta de Alcalá y en el Paseo del Prado.

Otros fueron fusilados en las caballerizas del antiguo Palacio del Buen Retiro, en la actual Plaza de la Lealtad.

Los que estaban presos en el antiguo cuartel de San Gil, situado junto a la Plaza de España, fueron fusilados en la montaña del Príncipe Pío. Más o menos, donde está el Templo de Debod.

Como los franceses no permitieron enterrar a los muertos hasta pasados 3 días de haber sido fusilados, Goya aprovechó para ir a la montaña de Príncipe Pío para tomar apuntes de las posiciones de los cadáveres. Parece ser que hizo muchos bocetos, pero no pintó el famoso cuadro de los fusilamientos, que está expuesto en el Museo del Prado, hasta 1814.

En el cementerio de la Florida se encuentran sepultados los cuerpos de 43 civiles fusilados por los franceses. Desgraciadamente, 14 de ellos no han sido identificados.

Gracias a que uno de ellos, el asturiano Juan Suárez, consiguió escapar, nos enteramos de lo sucedido. Según contó, aquel grupo había sido encerrado en el antiguo cuartel de San Gil y en el Palacio Grimaldi, sede del Almirantazgo, situado junto al Senado.

Por lo visto, los llevaron a un lugar donde había un horno de tejas y allí los fusilaron. Posteriormente, se descubrió ese horno de tejas, cuando construyeron la estación del teleférico.

Se calcula que, durante los combates murieron 300 franceses y 409 españoles. Sin embargo, según algunos autores, la posterior represión hizo que la cifra de muertos españoles llegase casi a los 2.000.

Juan Pérez Villamil, letrado de los Consejos, fue el encargado de llevar el bando a los alcaldes de Móstoles. Ellos lo firmaron y ahí empezó la guerra de la Independencia. En pocos días, ese bando llegó a todos los rincones de España y entonces fue cuando los militares se unieron a los civiles para incorporarse a la guerra.

Las noticias de la sublevación de Madrid corrieron como la pólvora por todas las cortes europeas. Muchos militares extranjeros quedaron convencidos de que la única forma de vencer al poderoso ejército napoleónico era a base de la guerra de guerrillas y así les derrotaron en Rusia.

De hecho, el propio Napoleón, en sus últimos años, confesó que la guerra de España había sido como si tuviera una úlcera. Napoleón creyó que eran lo mismo el Gobierno de España y los españoles y pudo comprobar que se había equivocado. Esa equivocación dio lugar a unos 240.000 franceses muertos en batalla y unos 180.000 muertos en las escaramuzas con los guerrilleros.


En el bando español hubo casi 500.000 muertos, incluidos los civiles. También luego murió más gente a causa del hambre.

Lógicamente, al terminar la guerra, muchos de aquellos que habían apoyado a los franceses, tuvieron que exiliarse, como le ocurrió al general Negrete, que murió en Francia. Murat fue fusilado en 1815 en Calabria.

Otro de aquellos exiliados fue Cipriano Portocarrero, padre de Eugenia de Montijo. Éste fue un oficial de Artillería, que no se contentó con ser afrancesado, sino que combatió en el bando francés, durante la guerra de la Independencia. Todos ellos pudieron regresar gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, en 1833, poco antes de su muerte.

 

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jueves, 30 de abril de 2026

EL MOTÍN DE ESQUILACHE

 


 Hoy voy a narrar un acontecimiento histórico, que me ha venido a la memoria, ahora que está en discusión si la gente puede ir por la calle con el rostro cubierto o no.

Como ya sabemos, cuando terminó la guerra de sucesión española, se firmó el Tratado de Utrecht. Una de las cláusulas de ese tratado obligaba a Felipe V a desprenderse de algunos territorios, como el reino de Nápoles.

Como la familia real no quería abandonarlo, lo que idearon fue que un hijo de Felipe V reinase allí. Así fue como el futuro Carlos III de España empezó reinando en Nápoles.

Sin embargo, como fueron muriendo todos los sucesores de Felipe V, después de llevar unos 25 años reinando en Nápoles, Carlos, fue nombrado rey de España.

Lógicamente, como él había reunido allí a una serie de hombres de confianza, se los trajo a España, para intentar administrar el reino de la manera más eficaz posible.

Uno de los personajes que trajo Carlos III a Madrid fue Leopoldo de Gregorio y Masnata, más conocido como el marqués de Esquilache.

Esquilache no era un simple político, sino que pertenecía a una familia de comerciantes y empezó colaborando con Carlos III como abastecedor de los suministros de su Ejército, mientras fue rey de Nápoles.

Así que, cuando vinieron a España, lo nombró ministro de Guerra y de Hacienda, que eran las principales carteras, aparte de la de Estado, o sea, Asuntos Exteriores.

Por tanto, ocurrió algo parecido a lo que pasó cuando el futuro emperador Carlos V, llegó a España rodeado de sus hombres de confianza, que eran todos extranjeros, a los que les dio importantes cargos en su gobierno.

Evidentemente, esto no gustó nada a los nobles españoles, acostumbrados a estar cerca del rey del turno para intentar sacarle todo lo que pudieran.

Esos fueron los que sublevaron al resto de los españoles, alegando ideas nacionalistas, para defendieran los intereses de la nobleza. También diciéndoles que los extranjeros venían a saquear España.

Esquilache intentó hacer reformas para distribuir mejor la riqueza, pero sin cambiar el llamado Antiguo régimen. O sea, la sociedad estamental. Lo que se llama ser un reformista.

En su búsqueda de administradores competentes, Carlos III llegó a nombrar como ministros y consejeros a personas de la baja nobleza española, saltándose la costumbre de otorgar esos cargos a los miembros de la alta nobleza. Eso le granjeó muchas enemistades. Incluso, también en el alto clero.

De ese modo, a Esquilache le acusaron de todo. Incluso, de cosas que no había hecho. Todo ello, hizo que aumentara la tensión sobre este personaje.

Así que, como afortunadamente, no hay muchos nobles, pero sí tienen mucho dinero, fueron convenciendo al pueblo para que se levantara contra las medidas tomadas por el Gobierno.


Como ya sabemos, a Carlos III se le suele denominar “el mejor alcalde de Madrid”. Sin embargo, las medidas para adecentar la capital no surgieron de él, sino de Esquilache. Me refiero a cosas como el adoquinado de las calles, el alcantarillado, el agua corriente, las fuentes, etc.

En aquella época, era muy habitual verter los orinales desde una ventana a la calle. Eso sí, solían avisar, antes de lanzar esa carga. Por eso mismo, las calles solían ser malolientes, ya que lo único que se hacía cada mañana era pasar un tablón pesado, arrastrado por varias mulas.

El problema es que estas reformas debían de pagarlas el pueblo, vía impuestos. No hay que olvidar que, en aquella época, ni el clero, ni los nobles pagaban impuestos.

También se ordenó poner muchas farolas, alimentadas con aceite de oliva, cuyo precio comenzó a subir. Esto era prioritario, pues, cada noche, se producían muchos delitos, debidos a la ausencia de luz en las calles.

Fue una temeridad intentar subir los impuestos en una época de crisis económica, debida a las malas cosechas.

Incluso, se atrevieron a liberalizar el mercado de grano. Lo único que consiguieron fue que subiera el precio del pan, que era la principal comida de los pobres.

A partir de las Navidades de 1765, se produjeron los primeros altercados. Se comenta que el coche de caballos de Esquilache fue zarandeado por un grupo de gente, que iba embozada con capas largas y sombreros de ala ancha.

Por ello, a Esquilache no se le ocurrió otra cosa que convencer al rey para que firmara un real decreto, por el que se prohibirían usar las capas largas y los sombreros de ala ancha. Sustituyéndolos por capas cortas y sombreros de tres picos.

Las capas servían tanto para llevar armas escondidas como para calentarse en las propias casas, que solían ser muy frías en invierno.

En ese Real Decreto se ordenaba que la Policía fuera acompañada por un sastre y, cuando vieran a alguien vestido con capa larga y sombrero de ala ancha, lo detuvieran, le recortaran ambas ropas y le impusieran una multa.

Parece ser que alguien envió un mensaje al rey, pidiéndole que anulara ese Real Decreto, de lo contrario se amotinarían.

El 23/03/1766, domingo de Ramos, varios sujetos paseaban por la zona de Antón Martín, vestidos con capa larga y sombreros de ala ancha.

Parece ser que alguien llamó a los soldados, que tenían su acuartelamiento en el Paseo del Prado y que también los utilizaban para el orden público.

Estos, obedeciendo las órdenes del monarca, detuvieron a los sujetos y empezaron recortarles las capas. Enseguida, apareció mucha gente, que se dedicaron a insultar a los soldados.

Así comenzó el motín. La multitud subió por la calle de Atocha y fue hasta la Casa de las 7 chimeneas, en la actual plaza del Rey, residencia de Esquilache y su familia. Afortunadamente, no estaban allí, sino en el Palacio Real.


Lo único que hicieron fue darse un festín y robar todos los alimentos, que había en la despensa. También se llevaron un retrato de Esquilache y lo quemaron en la Plaza Mayor.

Dado que se juntaron muchos miles de manifestantes, los soldados se vieron incapaces de pararlos. No obstante, los miembros de las guardias valonas se mostraron muy duros con el pueblo.

Por ello, en el escrito remitido al rey, entre otras cosas, le pidieron la expulsión de Esquilache y la de las guardias valonas.

Por supuesto, exigieron seguir llevando las capas largas y el sombrero de ala ancha, que lo veían como algo tradicional en España, y también que el monarca saliera al balcón del Palacio Real para dar su conformidad a estas peticiones. Cosa que hizo.

Sin embargo, parece ser que el rey se asustó tanto que ordenó que él, con toda la familia real y su guardia personal, se fueran al Palacio de Aranjuez y no regresaran a Madrid, hasta que se pacificara la ciudad.

Eso dio lugar a que se trasladaran a la capital diferentes unidades militares, acuarteladas en zonas cercanas a Madrid.

Por otro lado, Esquilache presenta su dimisión al rey y éste la acepta. A continuación, se dirige, con su familia, a Cartagena, a la espera de tomar un barco, que le devuelva a Italia.

No se irá de vacío, ya que, unos 6 años más tarde, el rey, como premio a su gestión, lo nombra su embajador ante la República de Venecia.

El sustituto de Esquilache en el Gobierno de España fue el famoso conde de Aranda. Alguien famoso por su mano dura.

Incluso, se empeñó en investigar de dónde partió la idea de este motín, porque no creía que el pueblo hubiera sido capaz de organizarlo. Ya sabemos que en España es muy difícil poner de acuerdo a dos españoles.

No obstante, aunque no consiguen encontrar al organizador, aprovechan estos hechos para detener a unos cuantos nobles, como el famoso marqués de la Ensenada, que saben que son contrarios a la forma de gobernar de Carlos III.

También, en 1767, el Gobierno aprovechó la coyuntura para expulsar a los jesuitas, que era un colectivo, que nunca le había sido muy agradable al rey. No obstante, hicieron lo mismo que ya habían hecho con los jesuitas en otros países.

Incluso, el conde de Aranda se atrevió a enviar un documento a los representantes de los estamentos para que lo firmaran. En él, pedían perdón por los disturbios y también la cancelación de todas las medidas que le habían exigido al rey.

Por ello, el Gobierno dejó en vigor algunas de las demandas populares como las capas largas y los sombreros de ala ancha, la expulsión de Esquilache y el control sobre los precios del trigo.

Por el contrario, las tropas se quedaron en Madrid, durante muchos años, para vigilar de cerca a la población e impedir nuevas algaradas populares.

También ejercieron una importante represión contra las clases populares. Sobre todo, a los que consideraron los cabecillas del motín de Esquilache.

 

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