ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

sábado, 22 de agosto de 2026

FOUCHÉ, EL HOMBRE QUE SIEMPRE CAÍA DE PIE

 


 He titulado así este artículo, porque es la pura verdad y ya lo iréis viendo a lo largo de este artículo.

La vida de este personaje es increíble, pero cierta. De hecho, Stefan Zweig, que fue uno de sus biógrafos, lo calificó como “el personaje más singular de la política mundial”.

Joseph Fouché nació en 1759, en la ciudad portuaria de Nantes. Era hijo de un capitán de la marina mercante, llamado Julien Fouché. Así que la situación económica de la familia debió de ser acomodada.

Sin embargo, él no pudo seguir la actividad de su padre, porque siempre fue una persona con una salud muy frágil, aunque era muy inteligente.

Por ello, ingresó muy joven en el seminario de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Parece ser que fue un buen alumno, ya que, al final de sus estudios, lo contrataron como profesor de Matemáticas y Física en el mismo centro educativo. Sin embargo, a pesar de que vestía como sacerdote, nunca hizo los votos y siempre fue un seglar.

Tampoco se distinguió por ser un buen orador, algo que daba mucha prestancia en aquella época, sino que siempre fue un gran intrigante, que dominaba perfectamente los movimientos entre bambalinas de la política.


Parece ser que en 1788 fue iniciado en la Masonería, cuando estuvo destinado, brevemente, como profesor en Arras.

Ya con 30 años, cuando estalló la Revolución Francesa, entró como diputado en la Asamblea nacional y se apuntó al movimiento de los girondinos.

Sin embargo, su fino olfato político, le advirtió de que estos estaban a punto de caer a manos de los radicales jacobinos, encabezados por Robespierre, el incorruptible. Así que no dudó en pasarse a estos.

Posteriormente, le nombraron miembro del infame Comité de salud pública el cual se dedicaba a señalar los que debían ser guillotinados. Precisamente, Fouché votó a favor de la ejecución de Luis XVI.

Como miembro de ese comité, fue enviado a Lyon para ejercer una feroz represión en esa ciudad. Desde luego hizo muchos méritos para que nadie dudara de su adhesión a la revolución. Incluso, demostró ser un anticlerical muy radical.

Se cuenta que utilizar la guillotina le pareció demasiado lento para eliminar a varios centenares de personas que habían encarcelado. En su lugar, ataban un grupo de ellos y les disparaban a corta distancia con cañones cargados de metralla. Los que no morían así, los remataban con las bayonetas. Se calcula que, de esa manera, asesinaron a unas 2.000 personas en esa ciudad. Llegó a decir: “La sangre de los criminales fertiliza el terreno de la libertad y establece el poder sobre bases sólidas”.

Parece ser que, más tarde, él siempre quiso borrar ese episodio de la memoria colectiva, para intentar aparecer como un moderado.

Curiosamente, al principio, fue muy amigo de Robespierre. Incluso, fue novio de la hermana de éste. Sin embargo, no sé por qué motivo, llegaron a enfrentarse. Hay quien dice que Robespierre nunca le perdonó a Fouché que hubiera dejado a su hermana para casarse con otra mujer, que tenía una mejor posición social.

Así que, como vio que Robespierre se estaba cargando a todos los que lo habían rodeado, convenció a los supervivientes para dar el llamado Golpe de estado de Thermidor, que puso fin a la dictadura de Robespierre y los llevó a él y a su hermano a la guillotina. Dicen que, durante varios días, desde la mañana a la noche, se dedicó a visitar a los implicados en ese golpe y les dijo: “Mañana pereceréis, si él no lo hace antes”.

Con la llegada del Directorio fue perseguido por haber colaborado con el Terror de Robespierre. No obstante, se ganó la confianza y el perdón de Barras, cuando le ayudó a desmantelar una conspiración contra el Directorio. Eso dio lugar a que lo nombraran para un cargo que le vino como anillo al dedo, el de ministro de la Policía.

Por el contrario, no avisó al Directorio del golpe de Estado, que llevó al poder a Napoleón, que regresaba de la campaña de Egipto. Por ello, éste le confirmó en el cargo como ministro de la Policía.

Uno de los departamentos que creó fue la oficina de censura, la cual actuaba con mayor o menor celo, según lo que conviniera en cada momento.

Por ejemplo, si dejaba que se publicaran panfletos monárquicos, todos recurrían a él para que diera prioridad a la detención de los implicados. Eso lo hacía insustituible.

Parece ser que Napoleón temía a Fouché, porque siempre se mostraba impasible y nunca alababa los logros del emperador. Supongo que temía que Fouché se podría haber deshecho de él, igual que hizo con Robespierre.

En 1802, Napoleón sufrió un atentado, cuando viajaba en una carroza. Él salió ileso, sin embargo, murieron muchos viandantes que circulaban por la misma calle.

Napoleón se empeñó en echar la culpa a los jacobinos, mientras que Fouché apostó por los monárquicos. Al final, la Policía detuvo a los responsables y Napoleón tuvo que reconocer que se equivocaba.

Bonaparte nunca tuvo claro si Fouché era leal a él o no. Así que, en 1802, se le ocurrió cesarlo y eliminar el Ministerio de la Policía, fusionándolo con el de Justicia.

Para tenerlo callado, le dio un nombramiento como senador, con un buen sueldo, y una hermosa finca muy productiva.

No obstante, Fouché, siguió utilizando a sus espías y colaboró con el gobierno en la detención del duque de Enghien, aunque no estuvo de acuerdo con la decisión de fusilarlo.

Así que, a mediados de 1804, recuperó su puesto como ministro de la Policía, multiplicando el número de sus agentes y espías.

No obstante, Napoleón seguía desconfiando de Fouché y aún más, cuando le informaron de que solía reunirse con Talleyrand. Algo muy extraño, pues siempre habían sido rivales. Así que creó el ducado de Otranto y le dio ese título a Fouché, para intentar que siguiera siendo leal a su persona.

En 1809, cuando Napoleón se hallaba combatiendo en Austria, los británicos desembarcaron en una localidad cercana a Amberes. Fouché ordenó al prefecto francés de esa región que movilizara a 60.000 guardias nacionales para combatir contra esas tropas. Algo que gustó mucho a Napoleón.

Sin embargo, a finales de ese año, Fouché conoció que Napoleón pensaba negociar la paz con el Reino Unido. Así que, cuando el emperador comenzó esa tarea, descubrió con estupor que Fouché se le había adelantado y había iniciado conversaciones con el Gobierno británico.

Por ello, se enfadó mucho y, a mediados de 1810, lo cesó y lo envió como gobernador de la ciudad de Roma.

En 1812 intentó convencer a Napoleón del error de intentar invadir Rusia, pero no le hizo caso. Sin embargo, cuando Napoleón regresó con las pocas tropas que le quedaban, sospechó que Fouché podría estar implicado en el intento de golpe de Estado del general Malet. Al que ya dediqué otro de mis artículos.

No obstante, intentó alejarlo de la corte, nombrándolo gobernador de las provincias Ilirias. O sea, Croacia y Eslovenia. Sin embargo, no pudo llegar a su destino por la revuelta del mariscal Murat.

Por ello, regresó a París en abril de 1814, justo a tiempo de ver cómo los mariscales obligaban a Napoleón a abdicar.

Fouché siguió intrigando y pidió al Senado que enviara a una delegación para visitar al conde de Artois, hermano del futuro Luis XVIII, para intentar restablecer la monarquía en Francia. En tanto que aconsejó a Napoleón, que entonces se hallaba exiliado en la isla de Elba, que se fuera a los USA.

Posteriormente, también escribió al nuevo rey, Luis XVIII, para que reinara de una forma moderada. Intentando contentar a todos los franceses.

Como todos sabemos, Napoleón consiguió escapar de la isla de Elba. Poco antes de su llegada a París, Luis XVIII quiso nombrar a Fouché ministro de Policía, pero éste rehusó el ofrecimiento.

Por el contrario, sí que aceptó el mismo ofrecimiento, que le hizo el propio Napoleón. No obstante, como era un tipo con muchos recursos, mantuvo algunos contactos con el canciller austriaco, von Metternich.

Cuando se dio cuenta de que Napoleón no tenía mucho futuro, empezó a tener contactos con la diplomacia de los aliados. Incluso, después de la derrota de Waterloo, llegó a presidir un gobierno, hasta el regreso de Luis XVIII.
Este monarca nombró como primer ministro a Talleyrand y éste, como no podía ser de otra forma, nombró como ministro de Policía a Fouché.

Fue entonces cuando se desató el llamado Terror blanco. Unos 70.000 funcionarios fueron cesados. Los altos mandos del Ejército fueron destituidos. Incluso, el mariscal Ney, al que ya dediqué otro de mis artículos, el cual había jurado lealtad al rey, pero que luego se pasó a Napoleón, fue fusilado por traidor. No fue el único general fusilado en aquel momento.

Hubo linchamientos por todo el país e, incluso, unas 6.000 personas afines a Napoleón fueron enjuiciadas y muchas de ellas condenadas.

En las elecciones de 1815 tuvieron mayoría absoluta los ultrarrealistas. Llegando a decir Luis XVIII, que ellos eran más realistas que el propio rey.

A la vista de este panorama tan radical, el rey disolvió la cámara y convocó unas nuevas elecciones en 1816, pues temía una guerra civil.

Los monárquicos no podían aguantar que alguien que votó a favor de la ejecución de Luis XVI, ahora fuera ministro de su hermano. Así que presionaron para que le nombraran embajador en Sajonia.

Posteriormente, el nuevo gobierno de Francia, que ya no estaba presidido por Talleyrand, lo mandó al exilio, acusándole de regicida.

Empezó residiendo en Praga, luego en Linz para finalizar en Trieste. No tuvo problemas económicos, porque había amasado una gran fortuna. Así que se dedicó a disfrutar de su familia. Murió en 1820 en Trieste, pero su cadáver fue trasladado y enterrado en Francia.

 

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martes, 18 de agosto de 2026

UN ESPÍA LLAMADO HUGH POLLARD

 


Seguro que, a estas alturas, todo el mundo sabrá que Franco viajó de Canarias al antiguo Marruecos español a bordo de un modelo de avión llamado Dragón Rapide.

Me parece lógico que todo el mundo conozca este dato, porque lo han repetido hasta la saciedad. Sin embargo, han ocultado que, al final de la guerra, Pasionaria, Alberti, María Teresa León y otros dirigentes comunistas, huyeron a la antigua Argelia francesa en dos aviones de ese mismo modelo.

Precisamente, dicen que, cuando estos sobrevolaban una sierra valenciana, le preguntaron al piloto cómo se llamaba esa sierra. Éste les respondió que era la Sierra de Aitana. Así que, como María Teresa estaba embarazada, decidió, junto a su marido, ponerle el nombre de Aitana a su futura hija.

Nuestro personaje de hoy se llamaba Hugh Bertie Campbell Pollard, pero siempre fue conocido por Hugh Pollard.

Nació en Londres en 1888. Supongo que su familia sería acomodada, ya que su padre era médico.

Parece ser que le gustaba mucho ir a la finca que poseía su abuelo. Allí aprendió el manejo de las armas de fuego y se aficionó a la caza.

Por lo visto, nunca fue un buen estudiante. Así que pronto se puso a trabajar y a vivir múltiples aventuras.

En 1908, fue testigo de una sublevación en Marruecos, en la que el sultán fue depuesto y sustituido por su hermano.

En 1911, viajó a México, donde aprendió a hablar español y donde aprovechó para cazar todo tipo de animales salvajes.

Por lo visto, escribió un libro sobre sus aventuras en México y tuvo cierto éxito. Así que ya decidió dedicarse a escribir y fue fichado como corresponsal del Daily Express.

Al comienzo de la I Guerra Mundial, fue movilizado y destinado en calidad de oficial de mensajería del Estado Mayor. Eso dio lugar a que participase en las dos batallas de Ypres.

Desgraciadamente, cuando conducía su motocicleta, llevando mensajes por el frente, fue herido de gravedad a causa de los gases y la metralla que le afectó una pierna.

Eso supuso su repatriación y un permiso de 5 meses para poder recuperarse de sus heridas. Él aprovechó una parte de ese permiso para trabajar para su suegro en la administración de su fábrica de granadas de mano. También escribió la historia de la batalla de Ypres, que fue todo un éxito y todavía se sigue publicando.

Posteriormente, fue trasladado al MI7, un servicio de Inteligencia dedicado a la propaganda y la censura de guerra. Su sede se llamaba Wellington House.

Allí inventó historias como la de un supuesto ejército ruso, que había llegado a Gran Bretaña para incorporarse al frente occidental.

Otra de sus invenciones fue publicar un folleto en el que aseguraba que, como los alemanes eran deficitarios en grasas, aprovechaban los cadáveres de sus soldados para quitárselas e introducirlas en productos alimenticios.

Siempre fue un gran especialista en armas de fuego. Por ello, escribió varios libros dedicados a estos temas y parece que tuvo mucho éxito.

Posteriormente, fue destinado a Irlanda, durante la guerra de la independencia de ese país.

Su trabajo consistió en labores de desinformación, como la falsificación de boletines de los independentistas con datos falsos o la información de batallas que nunca se produjeron.

A principios de julio de 1936, se reunieron para comer en un restaurante Douglas Jerrold, editor de un periódico católico británico, con Luis Bolín, corresponsal del diario español ABC en Londres.

Allí decidieron que habría que transportar al general Franco desde Canarias hasta el Marruecos español para que tomase el mando de las tropas españolas en África.

Habría que alquilar un avión, que no fuera español. Dentro iría, aparte del piloto, alguien al mando y dos chicas rubias con aspecto de turistas británicas.

Jerrold, que aparte de ser periodista, había trabajado en los servicios de Inteligencia, enseguida pensó en su amigo Pollard, que era otro ferviente católico. Así que aprovechó para llamarle desde el restaurante. Éste no puso ninguna objeción y decidieron que el vuelo se realizaría al día siguiente.

Siempre me ha llamado la atención que contratasen un avión, como el Dragón Rapide, que tenía una autonomía inferior a los 800 km. Lo suyo es que hubieran elegido un avión con una autonomía mayor para no tener que hacer escalas, donde los pudieran estar vigilando.

Este avión y todos los gastos del vuelo fueron pagados por el millonario español Juan March.

La tripulación estaba compuesta por el piloto Cecil Bebb y el mecánico Walter Shepherd. Mientras que los pasajeros fueron Hugh Pollard, la hija de éste, Diana, y una amiga de ella, llamada Dorothy Watson. Luis Bolín embarcó en la escala que hicieron en Burdeos.

El avión despegó la mañana del 11/07/1936 desde el aeródromo londinense de Croydon. La primera escala fue Burdeos. Posteriormente, hicieron otra escala cerca de Oporto para luego viajar a Sintra, donde se reunieron con otros implicados en la trama.

El 14/07/1936 hicieron escala en Casablanca para repostar y luego ya fueron al aeropuerto de Gando, en Las Palmas de Gran Canaria. Allí bajaron las dos mujeres, pero Pollard se quedó esperando ¿Acaso sabía lo que iba a ocurrir?

El 16/07 tiene lugar la muerte del general Balmes en Gran Canaria. Nunca se ha sabido si fue una negligencia o un asesinato.

Lo cierto es que Franco, que estaba en Tenerife, el día 17/07, viajó en un cañonero de la Armada española para asistir al entierro de Balmes. Parece ser que esto le sirvió para eludir la vigilancia que había ordenado el Gobierno republicano sobre él.

El día 18/07, Franco, vestido de civil, embarca en el Dragon Rapide, junto a su primo y ayudante militar, al que llamaban Pacón, porque era muy alto, Luis Bolín y Martínez Fuset, que era su asesor jurídico.

Hacen una escala en Casablanca y el día 19/07 por la mañana llegan a Tetuán, donde Franco se pone al frente del Ejército de África.

Mientras tanto, Hugh, su hija y Dorothy estuvieron unos días visitando Canarias. No olvidemos que, aunque ya había empezado la guerra, allí no hubo combates de ningún tipo.

Estuvieron de turismo hasta que el 24/07 embarcaron en el crucero británico RMS Highland Brigade, que hacía la ruta entre Brasil y Argentina hasta el Reino Unido, haciendo escala en Las Palmas de Gran Canaria. Llegaron a Londres el 30/07.

Por otro lado, Franco no se fue a la guerra sin antes haber organizado la huida de su esposa y su hija, por si fallaba el golpe, que dio lugar a la guerra civil.

En principio, navegaron en un guardacostas de la Armada, acompañadas de Martínez Fuset, hasta el crucero alemán Waldi, que permanecía anclado fuera del puerto.

Teóricamente, ellas iban a ir hasta el puerto francés de Le Havre, donde les esperarían unos amigos. Sin embargo, se lo pensaron mejor y abandonaron el barco, cuando hizo escala en Lisboa.

No sé si calcularon que serían mejor recibidas en Portugal, donde gobernaba un partido con una ideología parecida a los del bando nacional. Sin embargo, en Francia gobernaba el Frente Popular. Así que podrían tener problemas con las autoridades francesas.

Ya en la posguerra española, Franco condecoró a Pollard, su hija, la amiga y el piloto del Dragon Rapide.

Como podemos adivinar, no se estuvo quieto, cuando estalló la II Guerra Mundial. Trabajó en España para el MI6, dentro de un departamento dedicado a realizar sabotajes y otras operaciones especiales.

En una de sus andanzas, fue a Portugal y logró interceptar un envío de ametralladoras Vickers, con destino al Ejército republicano. Las cuales mandó de vuelta al Reino Unido.

Incluso, participó en una especie de complot, cuyo fin era restablecer a Alfonso XIII en el trono de España, para reducir la influencia alemana sobre el Gobierno español.

Posteriormente, fue destinado a una unidad, que acompañaba a las tropas aliadas por Europa. Se dedicaban a incautar y estudiar las armas que iban encontrando.

Tras la guerra mundial, se retiró para llevar una vida tranquila en su finca situada en una localidad de West Sussex.

Le gustaba mucho disparar con todo tipo de pistolas. Dicen que un día le preguntó un amigo si había matado alguna vez a alguien. Él respondió: “nunca por accidente”.

Falleció en 1966 y siguió definiéndose como anticomunista hasta su muerte. Se cree que tuvo un papel más importante durante la II Guerra Mundial, sin embargo, todos esos documentos siguen estando clasificados como secretos.

 

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jueves, 30 de julio de 2026

RESTIF DE LA BRETONNE, UN PERIODISTA EN LA REVOLUCIÓN FRANCESA

 

 

Hoy traigo al blog un personaje casi desconocido. Supongo que a la mayoría ni siquiera os sonará.

Sin embargo, es muy posible que algunos recuerden una serie estrenada en 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa. Se titulaba “Las noches revolucionarias” y fue emitida por TVE.

La verdad es que, cuando la vi, me pareció un personaje muy rebuscado, habiendo tantos protagonistas de ese período. Sin embargo, luego me fui dando cuenta de que se trataba de un personaje muy importante, ya que nos mostraba lo que ocurría en las calles, los barrios, las tabernas, etc. Algo muy diferente de los grandes discursos y las grandes batallas.

Nicolás Restif o Retif de la Bretonne, que así era como se llamaba nuestro personaje de hoy, nació en 1734 en un pequeño pueblo de la Borgoña.

Nació en el seno de una familia de campesinos, más o menos, acomodados. Eso le permitió adquirir cierta educación.

Parece ser que fue educado en un centro religioso jansenista. Sin embargo, éste fue clausurado, cuando el Papa los declaró herejes y los expulsaron de Francia.

Así que luego se fue a vivir con su hermano mayor, que era sacerdote, ya que su padre aspiraba a que él también llegara a serlo.

Sin embargo, pronto se vio que nuestro personaje era muy mujeriego y eso hizo que lo echaran de allí.

Posteriormente, se trasladó a Auxerre, donde comenzó su formación como tipógrafo, un oficio que continuó practicando durante toda su vida.

En 1760, se trasladó a París, donde trabajó en la Imprenta Real y se casó con Agnes Lebègue. También en esa época se hizo protestante.

Más tarde, montó su propio taller de imprenta y se dedicó a escribir. De hecho, publicó unas 200 obras. Así que le daba igual si se las querían editar o no, porque las imprimía él mismo.

Todos sabemos que la Revolución Francesa se dio cuando se produjeron varios acontecimientos. Uno de ellos fue la erupción de varios volcanes en Islandia, lo cual dio lugar a que hubiera malas cosechas y eso se traducía en hambre.


Por otro lado, Francia y el Reino Unido se habían enfrentado en la guerra de los 7 años. Un conflicto que algunos llaman “la primera guerra mundial”, porque se luchó en varios continentes.

Evidentemente, esto provocó la ruina de ambos países. Precisamente, en el Reino Unido quisieron restaurar la Hacienda, obligando a los colonos americanos a pagar impuestos, pero sin darles representación en la Cámara de los comunes. Como todos sabemos, esto dio lugar a la guerra de la independencia USA, cuyo 250 aniversario se está conmemorando en estos días.

Por el contrario, en Francia, Luis XVI y sus ministros decidieron convocar al parlamento, lo que allí se llamaba los Estados generales. Debo decir que llevaban más de 150 años sin convocarlo, pero esta vez lo hicieron, porque necesitaban dinero urgentemente.

Más o menos, lo mismo que le había ocurrido, el anterior siglo, a Carlos I de Inglaterra.

Así que se encontraron con que los delegados de todas las provincias se presentaron con unas largas listas de reivindicaciones a las que no hicieron el menor caso.

También pensaron que la monarquía siempre iba a ganar, porque ese parlamento estaba dividido en tres estamentos: el clero, la nobleza y los demás, al que llamaban el Tercer Estado.

Así que, cuando votaban cualquier proyecto siempre se aliaban el clero y la nobleza y ganaban, porque se votaba por estamentos.

Por ello, en Versalles, se encendieron todas las alarmas, cuando los miembros del Tercer Estado se retiraron de esas deliberaciones y se reunieron en un lugar apartado, donde declararon que se convertían en Asamblea nacional y no cejarían hasta aprobar una Constitución.

Para escribir este artículo, me he basado en datos, que figuran en su obra Las noches revolucionarias.

Restif comienza esta obra como si fuera un parisino, que regresa a su ciudad, después de haber estado un tiempo fuera y se encuentra una ciudad muy cambiada. Cuenta que él vivió en la ciudad más libre del mundo, donde no se metían contigo si eras honrado, ni publicabas panfletos contra los ministros.

Ahora todo el mundo tenía miedo y la violencia se desataba en cualquier momento. Por ejemplo, cuenta que el coronel de Caballería Lambesq, que también era un noble, fue alcanzado por una piedra, que le golpeó en el casco. Así que no se le ocurrió otra cosa que dar la orden de entrar al galope en un parque, en persecución del que le había tirado la piedra, sin importarle que estuviera lleno de niños y madres. Eso también hizo que la burguesía se empezara a poner en contra del Gobierno.

Describe el ambiente de anarquía que se veía en las calles de París, con gente armada por todas partes y dispuestas a matar a cualquiera. Así que los burgueses tuvieron que crear patrullas para vigilar la ciudad e impedir que se cometieran actos violentos.

Ahí es cuando Restif empieza a pasear por las noches por las calles de París y nos describe lo que ve con todo lujo de detalles. Siempre vestido con una capa azul, similar a las que solían llevar los policías en esa época. Por eso, algunos lo confundían con un policía y otros pensaban que era sólo un loco. Esa fue la razón por la que fue conocido como “el búho”.

Lógicamente, como se acostaba tarde, también se levantaba tarde. Por esa razón, nos cuenta que el 14/07/1789, después de realizar su trabajo como tipógrafo, se fue a pasear sobre las 15.30 y se encontró con la gente que acababa de asaltar la Bastilla. Vio cómo llevaban las cabezas de los guardias de la prisión clavadas en unas picas para que las viera todo el mundo. Luego ahorcaron a los que habían resultado heridos en el asedio. Ciertamente, quedó espantado al ver lo que estaba ocurriendo. Incluso, lo detuvieron en uno de sus paseos nocturnos y estuvo a punto de ser ahorcado, sospechando que podría ser un espía del rey.

En la obra mencionada va dando ejemplos de la ira popular hacia los ricos o los que han tenido algún cargo en el Gobierno. Los que fueron detenidos acabaron siendo colgados de las farolas, para ser luego decapitados y sus cuerpos arrastrados por las calles.

También en esa publicación, menciona la marcha de las mujeres parisinas hacia Versalles para mostrar sus reivindicaciones al rey. Otros temas que cita son la sublevación de Toulon y el fracasado complot del conde de Maillebois.

Curiosamente, Restif se muestra partidario de la incautación de los muchos bienes que posee la Iglesia francesa a fin de mejorar el estado de las finanzas.

Por otra parte, en la obra mencionada, se puede ver que Restif era un gran amante de la monarquía. No es de extrañar que hubiera muchos franceses monárquicos, porque consideraban a los reyes como elegidos por Dios. De hecho, muchos acudían a que el rey los tocara, porque estaban convencidos de que les sanaría de sus enfermedades.

Así que el ideal de Restif era que Francia siguiera gobernada por el rey, rodeado de unos ministros honrados, no necesariamente procedentes de la nobleza.

Sin embargo, los monárquicos no sabrían dónde esconderse, cuando, en septiembre de 1792, se descubrió un armario de hierro, que estaba escondido en el Palacio de las Tullerías. Éste contenía una serie de documentos secretos del rey en los que se demostraba que había comprado a varios diputados y también estaba en contacto con algunos nobles exiliados para que reclutasen tropas en el extranjero, a fin de derrotar a los revolucionarios.

Evidentemente, eso fue lo que le llevó a ser condenado a muerte. Igual que le ocurrió a Carlos I de Inglaterra por intentar hacer lo mismo.

Entonces es cuando Restif afirma que, si Luis XVI hubiera conseguido su propósito a base de estar apoyado por militares extranjeros, se hubiera convertido en una especie de esclavo de ellos y no hubiera vuelto a ser el gobernante de Francia.

Por otra parte, Restif no muestra, como hacen otros autores, los salones del París de la Ilustración, sino una ciudad oscura, con calles llenas de barro, donde no suele haber alcantarillado y, por tanto, malolientes.

Restif solía mirar a través de las ventanas, escuchar las discusiones de los vecinos, entrar a ver lo que se decía en las tabernas y los prostíbulos y eso es lo que nos cuenta en sus obras.

La gente tenía miedo, porque cualquiera podría ser denunciado por un vecino e ir, directamente a la guillotina. Incluso, él mismo fue denunciado por uno de sus yernos, acusado de ser un confidente de la Policía. Afortunadamente, también tenía muchos amigos entre los revolucionarios y lo soltaron pronto.

También nos muestra las colas, que había en las panaderías y otras tiendas de comestibles, causadas por la escasez de las cosechas y la mala administración.


En cuanto a sus ideas morales y políticas hay que decir que creía en una especie de comunismo, que aboliera la propiedad privada, donde todos trabajaran y la riqueza estuviera repartida equitativamente, aunque él pensaba que esa sociedad debería estar gobernada por un rey.

En aquella época, no fue el único “comunista”. Ya dediqué otro de mis artículos a Babeuf, al que pronto guillotinaron, porque aquella iba a ser una revolución burguesa y no admitían otras ideas que les hicieran la competencia.

De hecho, Restif dejó de apoyar a los revolucionarios, cuando se dio cuenta de que no pretendían cambiar la sociedad, sino, simplemente, sustituir a la clase dirigente por otros que hicieran lo mismo.

En cuanto a sus ideas morales, pretendía que se regularizase la prostitución y que se la dotase de unas normas muy rígidas, en cuanto a horarios, sanidad, salarios, etc.

Incluso, decía ser partidario de establecer normas para los matrimonios, la educación de los hijos y hasta las costumbres de los ciudadanos.

Precisamente, tuvo una fuerte enemistad con el famoso Sade. Parece ser que su odio venía porque era un noble y Restif los odiaba a todos, y porque pretendía destruir la moral burguesa. Algo inconcebible para un burgués.

Restif también escribió libros sobre erotismo e, incluso, publicó una obra titulada “Anti-Justine” en la que rechazaba las teorías de Sade en su obra “Justine”.

Sade llegó a apodarle “el novelista de las fregonas” o “el impresor de las alcantarillas”, mientras que Restif le calificó como un monstruo.

Por lo visto, su matrimonio fue, desde el principio, un completo fracaso. Así que, en 1794, ambos cónyuges aprovecharon la nueva ley de divorcio y se divorciaron.

Sin embargo, esto no terminó con los problemas conyugales de Restif, ya que le obligaron a pasarle una pensión a su exesposa. Esto cada vez se le hizo más cuesta arriba, porque Francia sufría una gran inflación y la llegada de una nueva moneda, llamada los asignados, le dejó a Restif en la ruina. Tanto que tuvo que pedir una ayuda al Gobierno y tuvo la suerte de que se la dieron por ser escritor.

También menciona el ambiente callejero, que había cuando la familia real intentó huir del país y, sin embargo, fue detenida en Varennes. A partir de entonces ya nadie creyó en la monarquía y se fueron destruyendo todos los símbolos de la misma.

Casualmente, entre las sombras, escucha una conversación entre dos nobles en la que afirman que la salvación de la nobleza francesa está en la muerte de Luis XVI.


Sólo así se decidirían el resto de los monarcas europeos a intervenir en Francia. Parece ser que no se equivocaban.

Al día siguiente, narra la llegada de la familia real, que había sido detenida en Varennes. París está ocupado por las tropas y, según dice, todos los hombres menores de 40 años han sido movilizados y armados.

No obstante, sigue criticando que, como muchas familias han caído en la pobreza más absoluta, han entregado a sus hijos e hijas a la prostitución, aunque todavía estuvieran en la niñez. A menudo, esas violaciones les llevan a la muerte.

Los días siguen pasando y nuestro personaje nos describe el ambiente que había en París. Las calles estaban llenas de patrullas armadas, que detenían a mucha gente. Buscaban, especialmente, armas en las casas y clérigos, que no aceptaban la Revolución y pretendían escapar.


También nos cuenta cómo empiezan a matar a los presos en las numerosas cárceles. Les hacen un simulacro de juicio y los ejecutan. Todavía no han utilizado la guillotina. No obstante, se ven matanzas callejeras.

Curiosamente, Restif, que suele pasear por todo París, suele esconderse para observar y escuchar las conversaciones de la gente y nos muestra la inseguridad en la que vivían las gentes de aquella época.

En octubre de 1792 trasladan a varios prisioneros, entre ellos, a la familia real, a la torre del Temple. Allí puede el rey dedicarse a la lectura y a educar a sus hijos.

Unos días más tarde, el rey fue citado para declarar ante la Convención y Restif nos dice que estuvo allí presente como espectador. Por lo visto, estuvo muy atento a los discursos de sus dos abogados y comprendió que este caso les venía demasiado grande.

Como era de esperar, Luis XVI fue condenado a muerte. A partir de entonces, se produjeron varios sucesos, como el asesinato de Lepelletier, uno de los diputados, que había votado a favor de esa condena.

También se rumoreó que los monárquicos iban a ayudar a escapar al rey. Sin embargo, se comentaba que él dijo que no quería que matasen a nadie para que pudiera escapar. Por eso no le ayudaron.

Curiosamente, tanto los revolucionarios como muchos monárquicos estaban a favor de que el rey fuera ejecutado. Estos últimos veían esa ejecución como un argumento muy poderoso para obtener la ayuda de otras potencias para derribar ese régimen.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana, despiertan al rey y le comunican la sentencia. Le dejan despedirse de su familia y confesar con un cura.

Posteriormente, le conducen en la carroza del alcalde hasta el cadalso. Han distribuido miles de soldados de la Guardia Nacional a lo largo del recorrido.

Parece que Luis quiere dirigir unas palabras a la multitud. Sin embargo, los militares hacen resonar sus tambores y apenas se escucha nada. Tras la ejecución, es cuando se oyen murmullos, diciendo que era sólo un hombre. Algo muy llamativo en un país, donde el rey era un personaje casi sagrado y donde iba mucha gente a que les tocara con la creencia de que podría sanarles.

También nos cuenta Restif las escenas de asaltos a las tiendas, porque escasean los víveres. Incluso, algunos dicen que los británicos han contratado gente para que fomenten la anarquía en las ciudades.

Por otra parte, nos va narrando la situación anterior a la Revolución. La inmoralidad y el mal ejemplo que daba la corte y la nobleza. La crueldad y avaricia de los ministros y los gobernadores. La corrupción galopante entre los funcionarios y magistrados. Los impuestos excesivos. En fin, parece que el mundo no ha cambiado mucho desde entonces.

Así que Restif se declara complacido con el Nuevo Régimen, porque el Antiguo sólo podría restaurarse a base de violencia y represión y eso daría lugar a un levantamiento general y al exterminio de toda la clase dirigente. La gente estaba muy descontenta con la situación en Francia y no iban a permitir regresar al Antiguo Régimen despótico.

También nos comenta, en abril de 1793, las noticias llegadas de los diversos frentes de batalla, donde los franceses van perdiendo cada vez más terreno. Incluso, algunos generales, como Dumouriez, se pasan al enemigo.

Por lo visto, cuando llegaron unos delegados de la Convención para investigar su conducta, los arrestó y los entregó al enemigo. Posteriormente, pretendió convencer a sus tropas para marchar sobre París a fin de expulsar al Gobierno revolucionario.


Algo por el estilo a lo que hizo Julio César, al atravesar el Rubicón.  Sin embargo, Dumouriez no fue capaz de convencer a sus soldados. Eso dio lugar a que huyera, acompañado del duque de Chartres, que luego sería Luis Felipe I, hacia el campo del enemigo.

También nos habla del proceso contra Marat y de la expulsión de muchos miembros de la Convención. Muchos de los cuales acabarán guillotinados.

Parece ser que la guillotina tenía tanto trabajo que no les daba tiempo a limpiar la sangre de la calle y los vecinos se empezaron a quejar de que olía mal y había miles de moscas.

También menciona la reacción de la Convención ante la rebelión de la Vendée a la que ya dediqué otro de mis artículos.

Por otro lado, relata lo ocurrido al sanguinario Marat. Éste era un médico, que estuvo mucho tiempo escondido en las catacumbas de París. Por lo visto, allí se pilló una enfermedad en la piel, que le obligaba a estar mucho tiempo metido en una bañera. Así fue cómo lo encontró Charlotte Corday. Se presentó ante él con una falsa lista de traidores para guillotinar. Parece ser que eso le gustó mucho a Marat, que pidió que les dejaran solos. En ese momento, ella aprovechó para clavarle un puña
l en el pecho por haber sido el que había llevado a miles de personas a la guillotina. Corday también fue guillotinada 4 días después del asesinato.

No se salva casi nadie de la guillotina. El general Custine, jefe del Ejército del norte, es llamado a París. Tras presentarse a declarar ante la Convención, es arrestado, juzgado, condenado y guillotinado. Ni siquiera confiaban en sus militares.

Tampoco se salvan medio centenar de miembros de la Convención, acusados de ser traidores y encarcelados. Después serían ejecutados.

Poco más tarde, es citada María Antonieta ante el tribunal de la Convención. Su juicio dura 3 días, al final de este se la condena a muerte y es guillotinada al día siguiente.

También menciona la sublevación de la ciudad costera de Toulon, la cual se sublevó contra el gobierno revolucionario. Esta ciudad aguantó el asedio de las tropas republicanas mientras contó con el apoyo de las armadas del Reino Unido y de España. En este asedio participó el mismo Napoleón, como oficial de artillería.

En fin, leer a Restif de la Bretone es lo más parecido a leer un artículo de un reportero de esos que envían a lugares donde hay una guerra o algo parecido.

No sé si era un convencido republicano o, simplemente, lo hizo para eludir la censura y salvar su cuello de la guillotina. Lo cierto es que al final de esta obra da vivas a la República y a la Montaña. Murió de viejo, lo cual es toda una proeza en aquella Francia revolucionaria, donde no valía nada la vida humana.

 

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domingo, 14 de junio de 2026

LA COLECCIÓN DEL MARISCAL SOULT

 


Hoy voy a narrar la historia de un militar francés, que se comportó en España como un simple ladrón. Así que os invito a leer este artículo y supongo que luego me daréis la razón, por haber utilizado ese calificativo.

Jean de Dieu Soult nació en 1769 en una pequeña localidad francesa, situada no muy lejos de la frontera con España. Curiosamente, sus vecinos estarán tan orgullosos de él, que le cambiaron el nombre y ahora se llama Saint Amans Soult.

Nació en una familia burguesa y algo acomodada, ya que su padre era notario. Sin embargo, eso cambió muy pronto, ya que su padre murió cuando nuestro personaje sólo tenía 10 años. Eso dio lugar a que su madre, procedente de una familia de fabricantes de vidrio, se quedara viuda con varios hijos a su cargo.

Supongo que, por esa razón, Soult decidió ingresar, con sólo 16 años, como soldado en el Ejército. No podía hacerlo como oficial por no descender de una familia noble.

Cuando llegó la Revolución Francesa, una buena parte de los oficiales, que eran todos nobles, fueron guillotinados y otros huyeron. Así que al Gobierno republicano no le quedó otra que ascender a los sargentos más veteranos. Uno de ellos era Soult, que ya llevaba 6 años de servicio.

Su bautismo de fuego lo obtuvo durante las guerras, que mantuvo el Gobierno republicano con casi todos los países vecinos.

Antes de ello, ya había combatido contra la sublevación de la Vendée, a la que ya dediqué otro de mis artículos, y la feroz represión posterior.

Parece ser que se caracterizaba por ser un tipo muy frío e impasible, que, según decían sus compañeros, no parecía ser del sur de Francia.

En junio de 1794 tuvo lugar la famosa batalla de Fleurus, entre los revolucionarios franceses y el Ejército austriaco. Soult era un oficial de Estado Mayor.

Cuando vio que las unidades francesas retrocedían ante el avance de los austriacos, se puso al mando de las tropas y, tras varios contraataques, consiguió repeler la embestida enemiga. Lo cual dio lugar a la victoria francesa.

Como fue la primera victoria de las fuerzas republicanas, eso le valió ser ascendido a general de brigada con sólo 25 años.

Posteriormente, luchó contra austriacos y rusos en la campaña de Suiza, aguantando las duras condiciones invernales. Eso dio lugar a que Napoleón se fijara en él para incluirlo en la lista de sus hombres de confianza.

Entre 1803 y 1805, Soult se dedicó a entrenar al IV Cuerpo de Ejército, cuya misión sería desembarcar en Gran Bretaña para conquistar todo el Reino Unido. Parece ser que les sometía a un entrenamiento muy duro, por lo que las quejas llegaron hasta Napoleón. Éste se puso en contacto con Soult, a lo que nuestro personaje le respondió: “Se quejan hoy, Sire, pero mañana en el campo de batalla, me lo agradecerán”.


En 1805, Soult participó en la famosa batalla de Austerlitz, donde los franceses derrotaron a los austriacos y a los rusos.

En 1806, siempre al mando del IV Cuerpo de Ejército, participó en la victoria francesa en Jena. Allí fue donde Napoleón le nombró duque de Dalmacia.

En un principio, Napoleón no lo envió a España, porque lo consideraba un frente secundario y fácil de dominar.

Sin embargo, tras la derrota francesa en Bailén, Napoleón vino personalmente a España y trajo consigo a sus mejores militares, entre los que estaba Soult.

Cuando Napoleón se enteró de que tropas británicas, al mando del general John Moore, estaban desembarcando en Galicia, ordenó a Soult que los persiguiera y los obligara a reembarcar. Cosa que consiguió. Incluso, durante la batalla de Elviña, mataron al propio general Moore. Esa fue la razón por la que fue sustituido por Wellington.

A partir de entonces, Soult se trasladó con sus tropas hacia el sur. Sin embargo, tuvo la sorpresa de tener que luchar de una forma desconocida para él. O sea, contra las guerrillas, que había por toda la Península.

Instaló su cuartel general en Sevilla, donde observó que había muchas riquezas y nadie podría impedirle que las robara.

Por lo visto, Soult era un tipo muy organizado. Así que, en lugar de ir dando palos de ciego, hizo venir a unos cuantos marchantes de arte franceses y visitar con ellos iglesias, conventos y palacios de Andalucía para ir seleccionando las obras más interesantes.

Parece ser que, aparte de los cuadros de Zurbarán, Alonso Cano y Ribera, tenía una predilección especial por los de Murillo. Curiosamente, Murillo era casi un desconocido en el centro de Europa. Sin embargo, se hizo muy famoso con la llegada de sus cuadros a Francia.

Se calcula que se llevó unas 180 obras pictóricas de Sevilla, las cuales iba almacenado en los Reales Alcázares, hasta que las enviaba, periódicamente, a Francia. Evidentemente, no siempre aceptaron los clérigos que se llevase esas obras, así que los amenazaba con fusilarles en el acto. Instaló su cuartel general en el Palacio Arzobispal de Sevilla.

Parece ser que, en total, se llevó unas 300 obras a Francia. Fue más listo que los demás, porque se las fue llevando poco a poco. Incluso, decía que su destino era el futuro Museo Napoleón. Sin embargo, se quedó con unas 180.


Al final de la guerra, llegaron a París el general español Álava, acompañado del pintor Francisco Lacoma y exigieron la devolución de las obras, que iban destinadas al Museo Napoleón y así consiguieron la devolución de unas cuantas, pero no las de Soult, que las había escondido.

Nuestro personaje fue de los pocos generales, que, tras la caída de Napoleón, sirvieron a la monarquía francesa. Incluso, llegó a ser nombrado 3 veces presidente del Gobierno de Francia.

En 1851, año en el que falleció, sus herederos vendieron esas obras en pública subasta. Por supuesto, no se les ocurrió devolver ninguna a España. La mayoría de ellas fue adquirida por el Louvre, aunque también otras fueron a Londres, Rusia, Hungría y otras terminaron en USA.

En 1941, ocurrió un suceso excepcional. Los gobiernos de Franco y Pétain llegaron a un acuerdo para entregar, mutuamente, obras de arte. Así fue cómo devolvieron la Dama de Elche. Pues en ese mismo lote vino la llamada Inmaculada de Soult, de Murillo, que ahora está expuesta en el Museo del Prado.

La rapiña de Soult no sólo tuvo lugar en Andalucía, sino también en Extremadura. Ahí no se llevaron cuadros, sino que robaron todo lo que encontraron de oro y plata en lugares como el Monasterio de Guadalupe para luego fundirlos y pagar a sus tropas.

En Plasencia y Trujillo se llevaron muchos mapas y códices medievales de incalculable valor. Soult era muy aficionado a la cartografía.

También fue el responsable del asesinato del obispo de Coria, cuando se hallaba de vacaciones en la localidad cacereña de Hoyos.

En Badajoz robaron todo lo que encontraron de oro y plata también para fundirlos a fin de pagar a sus soldados.

Aparte de ello, como la Intendencia francesa siempre fue muy deficiente, solían hacer lo siguiente.

Tras entrar su Ejército en Extremadura por Monesterio, exigían a los pueblos por donde iban pasando grandes cantidades de productos agrícolas y también se llevaban el ganado. Si alguien se negaba, solían secuestrar a las autoridades municipales, los curas o los ricos, a los cuales solían fusilar más adelante.

Seguramente, dedicaré otro de mis artículos a la extraña rendición de Badajoz a las tropas de Soult. Una ciudad muy bien defendida, con armas, municiones y suministros suficientes para haber aguantado un asedio muy prolongado.

Como era de esperar, Soult, que se había ido enriqueciendo en España, se compró un palacio en el barrio parisino de Saint Germain des Prés y allí expuso su gran colección de pintura, robada a punta de pistola.

Por allí pasaron muchos diplomáticos y expertos en arte para admirar su colección. Hoy en día, es un edificio perteneciente a la Asamblea Nacional de Francia.

Soult se casó con una noble alemana y de ese matrimonio nacieron 3 hijos: un varón y dos hembras. Esos fueron sus herederos.

En mayo de 1852, organizaron una subasta en su propio palacio. Parece ser que fueron los responsables del Museo del Louvre los que más pujaron para que la mayoría de los cuadros no abandonaran Francia. Luego, todo ese dinero procedente de la subasta, se lo repartieron sus herederos.

Como ya he dicho anteriormente, las mejores piezas de su colección fueron al Louvre y también a la National Gallery en Londres y en Washington.

En cuanto a los mapas y códices antiguos, no fueron subastados, sino que los depositaron en un castillo, que Soult había comprado en su lugar de nacimiento.

A mediados del siglo XX fueron comprados por el Servicio Histórico del Ejército francés y por la Biblioteca Nacional de Francia. También otros códices extremeños fueron adquiridos por la British Library, de Londres.

Desgraciadamente, esos códices y mapas no suelen estar expuestos al público.

 

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