ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 30 de julio de 2026

RESTIF DE LA BRETONNE, UN PERIODISTA EN LA REVOLUCIÓN FRANCESA

 

 

Hoy traigo al blog un personaje casi desconocido. Supongo que a la mayoría ni siquiera os sonará.

Sin embargo, es muy posible que algunos recuerden una serie estrenada en 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa. Se titulaba “Las noches revolucionarias” y fue emitida por TVE.

La verdad es que, cuando la vi, me pareció un personaje muy rebuscado, habiendo tantos protagonistas de ese período. Sin embargo, luego me fui dando cuenta de que se trataba de un personaje muy importante, ya que nos mostraba lo que ocurría en las calles, los barrios, las tabernas, etc. Algo muy diferente de los grandes discursos y las grandes batallas.

Nicolás Restif o Retif de la Bretonne, que así era como se llamaba nuestro personaje de hoy, nació en 1734 en un pequeño pueblo de la Borgoña.

Nació en el seno de una familia de campesinos, más o menos, acomodados. Eso le permitió adquirir cierta educación.

Parece ser que fue educado en un centro religioso jansenista. Sin embargo, éste fue clausurado, cuando el Papa los declaró herejes y los expulsaron de Francia.

Así que luego se fue a vivir con su hermano mayor, que era sacerdote, ya que su padre aspiraba a que él también llegara a serlo.

Sin embargo, pronto se vio que nuestro personaje era muy mujeriego y eso hizo que lo echaran de allí.

Posteriormente, se trasladó a Auxerre, donde comenzó su formación como tipógrafo, un oficio que continuó practicando durante toda su vida.

En 1760, se trasladó a París, donde trabajó en la Imprenta Real y se casó con Agnes Lebègue. También en esa época se hizo protestante.

Más tarde, montó su propio taller de imprenta y se dedicó a escribir. De hecho, publicó unas 200 obras. Así que le daba igual si se las querían editar o no, porque las imprimía él mismo.

Todos sabemos que la Revolución Francesa se dio cuando se produjeron varios acontecimientos. Uno de ellos fue la erupción de varios volcanes en Islandia, lo cual dio lugar a que hubiera malas cosechas y eso se traducía en hambre.


Por otro lado, Francia y el Reino Unido se habían enfrentado en la guerra de los 7 años. Un conflicto que algunos llaman “la primera guerra mundial”, porque se luchó en varios continentes.

Evidentemente, esto provocó la ruina de ambos países. Precisamente, en el Reino Unido quisieron restaurar la Hacienda, obligando a los colonos americanos a pagar impuestos, pero sin darles representación en la Cámara de los comunes. Como todos sabemos, esto dio lugar a la guerra de la independencia USA, cuyo 250 aniversario se está conmemorando en estos días.

Por el contrario, en Francia, Luis XVI y sus ministros decidieron convocar al parlamento, lo que allí se llamaba los Estados generales. Debo decir que llevaban más de 150 años sin convocarlo, pero esta vez lo hicieron, porque necesitaban dinero urgentemente.

Más o menos, lo mismo que le había ocurrido, el anterior siglo, a Carlos I de Inglaterra.

Así que se encontraron con que los delegados de todas las provincias se presentaron con unas largas listas de reivindicaciones a las que no hicieron el menor caso.

También pensaron que la monarquía siempre iba a ganar, porque ese parlamento estaba dividido en tres estamentos: el clero, la nobleza y los demás, al que llamaban el Tercer Estado.

Así que, cuando votaban cualquier proyecto siempre se aliaban el clero y la nobleza y ganaban, porque se votaba por estamentos.

Por ello, en Versalles, se encendieron todas las alarmas, cuando los miembros del Tercer Estado se retiraron de esas deliberaciones y se reunieron en un lugar apartado, donde declararon que se convertían en Asamblea nacional y no cejarían hasta aprobar una Constitución.

Para escribir este artículo, me he basado en datos, que figuran en su obra Las noches revolucionarias.

Restif comienza esta obra como si fuera un parisino, que regresa a su ciudad, después de haber estado un tiempo fuera y se encuentra una ciudad muy cambiada. Cuenta que él vivió en la ciudad más libre del mundo, donde no se metían contigo si eras honrado, ni publicabas panfletos contra los ministros.

Ahora todo el mundo tenía miedo y la violencia se desataba en cualquier momento. Por ejemplo, cuenta que el coronel de Caballería Lambesq, que también era un noble, fue alcanzado por una piedra, que le golpeó en el casco. Así que no se le ocurrió otra cosa que dar la orden de entrar al galope en un parque, en persecución del que le había tirado la piedra, sin importarle que estuviera lleno de niños y madres. Eso también hizo que la burguesía se empezara a poner en contra del Gobierno.

Describe el ambiente de anarquía que se veía en las calles de París, con gente armada por todas partes y dispuestas a matar a cualquiera. Así que los burgueses tuvieron que crear patrullas para vigilar la ciudad e impedir que se cometieran actos violentos.

Ahí es cuando Restif empieza a pasear por las noches por las calles de París y nos describe lo que ve con todo lujo de detalles. Siempre vestido con una capa azul, similar a las que solían llevar los policías en esa época. Por eso, algunos lo confundían con un policía y otros pensaban que era sólo un loco. Esa fue la razón por la que fue conocido como “el búho”.

Lógicamente, como se acostaba tarde, también se levantaba tarde. Por esa razón, nos cuenta que el 14/07/1789, después de realizar su trabajo como tipógrafo, se fue a pasear sobre las 15.30 y se encontró con la gente que acababa de asaltar la Bastilla. Vio cómo llevaban las cabezas de los guardias de la prisión clavadas en unas picas para que las viera todo el mundo. Luego ahorcaron a los que habían resultado heridos en el asedio. Ciertamente, quedó espantado al ver lo que estaba ocurriendo. Incluso, lo detuvieron en uno de sus paseos nocturnos y estuvo a punto de ser ahorcado, sospechando que podría ser un espía del rey.

En la obra mencionada va dando ejemplos de la ira popular hacia los ricos o los que han tenido algún cargo en el Gobierno. Los que fueron detenidos acabaron siendo colgados de las farolas, para ser luego decapitados y sus cuerpos arrastrados por las calles.

También en esa publicación, menciona la marcha de las mujeres parisinas hacia Versalles para mostrar sus reivindicaciones al rey. Otros temas que cita son la sublevación de Toulon y el fracasado complot del conde de Maillebois.

Curiosamente, Restif se muestra partidario de la incautación de los muchos bienes que posee la Iglesia francesa a fin de mejorar el estado de las finanzas.

Por otra parte, en la obra mencionada, se puede ver que Restif era un gran amante de la monarquía. No es de extrañar que hubiera muchos franceses monárquicos, porque consideraban a los reyes como elegidos por Dios. De hecho, muchos acudían a que el rey los tocara, porque estaban convencidos de que les sanaría de sus enfermedades.

Así que el ideal de Restif era que Francia siguiera gobernada por el rey, rodeado de unos ministros honrados, no necesariamente procedentes de la nobleza.

Sin embargo, los monárquicos no sabrían dónde esconderse, cuando, en septiembre de 1792, se descubrió un armario de hierro, que estaba escondido en el Palacio de las Tullerías. Éste contenía una serie de documentos secretos del rey en los que se demostraba que había comprado a varios diputados y también estaba en contacto con algunos nobles exiliados para que reclutasen tropas en el extranjero, a fin de derrotar a los revolucionarios.

Evidentemente, eso fue lo que le llevó a ser condenado a muerte. Igual que le ocurrió a Carlos I de Inglaterra por intentar hacer lo mismo.

Entonces es cuando Restif afirma que, si Luis XVI hubiera conseguido su propósito a base de estar apoyado por militares extranjeros, se hubiera convertido en una especie de esclavo de ellos y no hubiera vuelto a ser el gobernante de Francia.

Por otra parte, Restif no muestra, como hacen otros autores, los salones del París de la Ilustración, sino una ciudad oscura, con calles llenas de barro, donde no suele haber alcantarillado y, por tanto, malolientes.

Restif solía mirar a través de las ventanas, escuchar las discusiones de los vecinos, entrar a ver lo que se decía en las tabernas y los prostíbulos y eso es lo que nos cuenta en sus obras.

La gente tenía miedo, porque cualquiera podría ser denunciado por un vecino e ir, directamente a la guillotina. Incluso, él mismo fue denunciado por uno de sus yernos, acusado de ser un confidente de la Policía. Afortunadamente, también tenía muchos amigos entre los revolucionarios y lo soltaron pronto.

También nos muestra las colas, que había en las panaderías y otras tiendas de comestibles, causadas por la escasez de las cosechas y la mala administración.


En cuanto a sus ideas morales y políticas hay que decir que creía en una especie de comunismo, que aboliera la propiedad privada, donde todos trabajaran y la riqueza estuviera repartida equitativamente, aunque él pensaba que esa sociedad debería estar gobernada por un rey.

En aquella época, no fue el único “comunista”. Ya dediqué otro de mis artículos a Babeuf, al que pronto guillotinaron, porque aquella iba a ser una revolución burguesa y no admitían otras ideas que les hicieran la competencia.

De hecho, Restif dejó de apoyar a los revolucionarios, cuando se dio cuenta de que no pretendían cambiar la sociedad, sino, simplemente, sustituir a la clase dirigente por otros que hicieran lo mismo.

En cuanto a sus ideas morales, pretendía que se regularizase la prostitución y que se la dotase de unas normas muy rígidas, en cuanto a horarios, sanidad, salarios, etc.

Incluso, decía ser partidario de establecer normas para los matrimonios, la educación de los hijos y hasta las costumbres de los ciudadanos.

Precisamente, tuvo una fuerte enemistad con el famoso Sade. Parece ser que su odio venía porque era un noble y Restif los odiaba a todos, y porque pretendía destruir la moral burguesa. Algo inconcebible para un burgués.

Restif también escribió libros sobre erotismo e, incluso, publicó una obra titulada “Anti-Justine” en la que rechazaba las teorías de Sade en su obra “Justine”.

Sade llegó a apodarle “el novelista de las fregonas” o “el impresor de las alcantarillas”, mientras que Restif le calificó como un monstruo.

Por lo visto, su matrimonio fue, desde el principio, un completo fracaso. Así que, en 1794, ambos cónyuges aprovecharon la nueva ley de divorcio y se divorciaron.

Sin embargo, esto no terminó con los problemas conyugales de Restif, ya que le obligaron a pasarle una pensión a su exesposa. Esto cada vez se le hizo más cuesta arriba, porque Francia sufría una gran inflación y la llegada de una nueva moneda, llamada los asignados, le dejó a Restif en la ruina. Tanto que tuvo que pedir una ayuda al Gobierno y tuvo la suerte de que se la dieron por ser escritor.

También menciona el ambiente callejero, que había cuando la familia real intentó huir del país y, sin embargo, fue detenida en Varennes. A partir de entonces ya nadie creyó en la monarquía y se fueron destruyendo todos los símbolos de la misma.

Casualmente, entre las sombras, escucha una conversación entre dos nobles en la que afirman que la salvación de la nobleza francesa está en la muerte de Luis XVI.


Sólo así se decidirían el resto de los monarcas europeos a intervenir en Francia. Parece ser que no se equivocaban.

Al día siguiente, narra la llegada de la familia real, que había sido detenida en Varennes. París está ocupado por las tropas y, según dice, todos los hombres menores de 40 años han sido movilizados y armados.

No obstante, sigue criticando que, como muchas familias han caído en la pobreza más absoluta, han entregado a sus hijos e hijas a la prostitución, aunque todavía estuvieran en la niñez. A menudo, esas violaciones les llevan a la muerte.

Los días siguen pasando y nuestro personaje nos describe el ambiente que había en París. Las calles estaban llenas de patrullas armadas, que detenían a mucha gente. Buscaban, especialmente, armas en las casas y clérigos, que no aceptaban la Revolución y pretendían escapar.


También nos cuenta cómo empiezan a matar a los presos en las numerosas cárceles. Les hacen un simulacro de juicio y los ejecutan. Todavía no han utilizado la guillotina. No obstante, se ven matanzas callejeras.

Curiosamente, Restif, que suele pasear por todo París, suele esconderse para observar y escuchar las conversaciones de la gente y nos muestra la inseguridad en la que vivían las gentes de aquella época.

En octubre de 1792 trasladan a varios prisioneros, entre ellos, a la familia real, a la torre del Temple. Allí puede el rey dedicarse a la lectura y a educar a sus hijos.

Unos días más tarde, el rey fue citado para declarar ante la Convención y Restif nos dice que estuvo allí presente como espectador. Por lo visto, estuvo muy atento a los discursos de sus dos abogados y comprendió que este caso les venía demasiado grande.

Como era de esperar, Luis XVI fue condenado a muerte. A partir de entonces, se produjeron varios sucesos, como el asesinato de Lepelletier, uno de los diputados, que había votado a favor de esa condena.

También se rumoreó que los monárquicos iban a ayudar a escapar al rey. Sin embargo, se comentaba que él dijo que no quería que matasen a nadie para que pudiera escapar. Por eso no le ayudaron.

Curiosamente, tanto los revolucionarios como muchos monárquicos estaban a favor de que el rey fuera ejecutado. Estos últimos veían esa ejecución como un argumento muy poderoso para obtener la ayuda de otras potencias para derribar ese régimen.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana, despiertan al rey y le comunican la sentencia. Le dejan despedirse de su familia y confesar con un cura.

Posteriormente, le conducen en la carroza del alcalde hasta el cadalso. Han distribuido miles de soldados de la Guardia Nacional a lo largo del recorrido.

Parece que Luis quiere dirigir unas palabras a la multitud. Sin embargo, los militares hacen resonar sus tambores y apenas se escucha nada. Tras la ejecución, es cuando se oyen murmullos, diciendo que era sólo un hombre. Algo muy llamativo en un país, donde el rey era un personaje casi sagrado y donde iba mucha gente a que les tocara con la creencia de que podría sanarles.

También nos cuenta Restif las escenas de asaltos a las tiendas, porque escasean los víveres. Incluso, algunos dicen que los británicos han contratado gente para que fomenten la anarquía en las ciudades.

Por otra parte, nos va narrando la situación anterior a la Revolución. La inmoralidad y el mal ejemplo que daba la corte y la nobleza. La crueldad y avaricia de los ministros y los gobernadores. La corrupción galopante entre los funcionarios y magistrados. Los impuestos excesivos. En fin, parece que el mundo no ha cambiado mucho desde entonces.

Así que Restif se declara complacido con el Nuevo Régimen, porque el Antiguo sólo podría restaurarse a base de violencia y represión y eso daría lugar a un levantamiento general y al exterminio de toda la clase dirigente. La gente estaba muy descontenta con la situación en Francia y no iban a permitir regresar al Antiguo Régimen despótico.

También nos comenta, en abril de 1793, las noticias llegadas de los diversos frentes de batalla, donde los franceses van perdiendo cada vez más terreno. Incluso, algunos generales, como Dumouriez, se pasan al enemigo.

Por lo visto, cuando llegaron unos delegados de la Convención para investigar su conducta, los arrestó y los entregó al enemigo. Posteriormente, pretendió convencer a sus tropas para marchar sobre París a fin de expulsar al Gobierno revolucionario.


Algo por el estilo a lo que hizo Julio César, al atravesar el Rubicón.  Sin embargo, Dumouriez no fue capaz de convencer a sus soldados. Eso dio lugar a que huyera, acompañado del duque de Chartres, que luego sería Luis Felipe I, hacia el campo del enemigo.

También nos habla del proceso contra Marat y de la expulsión de muchos miembros de la Convención. Muchos de los cuales acabarán guillotinados.

Parece ser que la guillotina tenía tanto trabajo que no les daba tiempo a limpiar la sangre de la calle y los vecinos se empezaron a quejar de que olía mal y había miles de moscas.

También menciona la reacción de la Convención ante la rebelión de la Vendée a la que ya dediqué otro de mis artículos.

Por otro lado, relata lo ocurrido al sanguinario Marat. Éste era un médico, que estuvo mucho tiempo escondido en las catacumbas de París. Por lo visto, allí se pilló una enfermedad en la piel, que le obligaba a estar mucho tiempo metido en una bañera. Así fue cómo lo encontró Charlotte Corday. Se presentó ante él con una falsa lista de traidores para guillotinar. Parece ser que eso le gustó mucho a Marat, que pidió que les dejaran solos. En ese momento, ella aprovechó para clavarle un puña
l en el pecho por haber sido el que había llevado a miles de personas a la guillotina. Corday también fue guillotinada 4 días después del asesinato.

No se salva casi nadie de la guillotina. El general Custine, jefe del Ejército del norte, es llamado a París. Tras presentarse a declarar ante la Convención, es arrestado, juzgado, condenado y guillotinado. Ni siquiera confiaban en sus militares.

Tampoco se salvan medio centenar de miembros de la Convención, acusados de ser traidores y encarcelados. Después serían ejecutados.

Poco más tarde, es citada María Antonieta ante el tribunal de la Convención. Su juicio dura 3 días, al final de este se la condena a muerte y es guillotinada al día siguiente.

También menciona la sublevación de la ciudad costera de Toulon, la cual se sublevó contra el gobierno revolucionario. Esta ciudad aguantó el asedio de las tropas republicanas mientras contó con el apoyo de las armadas del Reino Unido y de España. En este asedio participó el mismo Napoleón, como oficial de artillería.

En fin, leer a Restif de la Bretone es lo más parecido a leer un artículo de un reportero de esos que envían a lugares donde hay una guerra o algo parecido.

No sé si era un convencido republicano o, simplemente, lo hizo para eludir la censura y salvar su cuello de la guillotina. Lo cierto es que al final de esta obra da vivas a la República y a la Montaña. Murió de viejo, lo cual es toda una proeza en aquella Francia revolucionaria, donde no valía nada la vida humana.

 

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domingo, 14 de junio de 2026

LA COLECCIÓN DEL MARISCAL SOULT

 


Hoy voy a narrar la historia de un militar francés, que se comportó en España como un simple ladrón. Así que os invito a leer este artículo y supongo que luego me daréis la razón, por haber utilizado ese calificativo.

Jean de Dieu Soult nació en 1769 en una pequeña localidad francesa, situada no muy lejos de la frontera con España. Curiosamente, sus vecinos estarán tan orgullosos de él, que le cambiaron el nombre y ahora se llama Saint Amans Soult.

Nació en una familia burguesa y algo acomodada, ya que su padre era notario. Sin embargo, eso cambió muy pronto, ya que su padre murió cuando nuestro personaje sólo tenía 10 años. Eso dio lugar a que su madre, procedente de una familia de fabricantes de vidrio, se quedara viuda con varios hijos a su cargo.

Supongo que, por esa razón, Soult decidió ingresar, con sólo 16 años, como soldado en el Ejército. No podía hacerlo como oficial por no descender de una familia noble.

Cuando llegó la Revolución Francesa, una buena parte de los oficiales, que eran todos nobles, fueron guillotinados y otros huyeron. Así que al Gobierno republicano no le quedó otra que ascender a los sargentos más veteranos. Uno de ellos era Soult, que ya llevaba 6 años de servicio.

Su bautismo de fuego lo obtuvo durante las guerras, que mantuvo el Gobierno republicano con casi todos los países vecinos.

Antes de ello, ya había combatido contra la sublevación de la Vendée, a la que ya dediqué otro de mis artículos, y la feroz represión posterior.

Parece ser que se caracterizaba por ser un tipo muy frío e impasible, que, según decían sus compañeros, no parecía ser del sur de Francia.

En junio de 1794 tuvo lugar la famosa batalla de Fleurus, entre los revolucionarios franceses y el Ejército austriaco. Soult era un oficial de Estado Mayor.

Cuando vio que las unidades francesas retrocedían ante el avance de los austriacos, se puso al mando de las tropas y, tras varios contraataques, consiguió repeler la embestida enemiga. Lo cual dio lugar a la victoria francesa.

Como fue la primera victoria de las fuerzas republicanas, eso le valió ser ascendido a general de brigada con sólo 25 años.

Posteriormente, luchó contra austriacos y rusos en la campaña de Suiza, aguantando las duras condiciones invernales. Eso dio lugar a que Napoleón se fijara en él para incluirlo en la lista de sus hombres de confianza.

Entre 1803 y 1805, Soult se dedicó a entrenar al IV Cuerpo de Ejército, cuya misión sería desembarcar en Gran Bretaña para conquistar todo el Reino Unido. Parece ser que les sometía a un entrenamiento muy duro, por lo que las quejas llegaron hasta Napoleón. Éste se puso en contacto con Soult, a lo que nuestro personaje le respondió: “Se quejan hoy, Sire, pero mañana en el campo de batalla, me lo agradecerán”.


En 1805, Soult participó en la famosa batalla de Austerlitz, donde los franceses derrotaron a los austriacos y a los rusos.

En 1806, siempre al mando del IV Cuerpo de Ejército, participó en la victoria francesa en Jena. Allí fue donde Napoleón le nombró duque de Dalmacia.

En un principio, Napoleón no lo envió a España, porque lo consideraba un frente secundario y fácil de dominar.

Sin embargo, tras la derrota francesa en Bailén, Napoleón vino personalmente a España y trajo consigo a sus mejores militares, entre los que estaba Soult.

Cuando Napoleón se enteró de que tropas británicas, al mando del general John Moore, estaban desembarcando en Galicia, ordenó a Soult que los persiguiera y los obligara a reembarcar. Cosa que consiguió. Incluso, durante la batalla de Elviña, mataron al propio general Moore. Esa fue la razón por la que fue sustituido por Wellington.

A partir de entonces, Soult se trasladó con sus tropas hacia el sur. Sin embargo, tuvo la sorpresa de tener que luchar de una forma desconocida para él. O sea, contra las guerrillas, que había por toda la Península.

Instaló su cuartel general en Sevilla, donde observó que había muchas riquezas y nadie podría impedirle que las robara.

Por lo visto, Soult era un tipo muy organizado. Así que, en lugar de ir dando palos de ciego, hizo venir a unos cuantos marchantes de arte franceses y visitar con ellos iglesias, conventos y palacios de Andalucía para ir seleccionando las obras más interesantes.

Parece ser que, aparte de los cuadros de Zurbarán, Alonso Cano y Ribera, tenía una predilección especial por los de Murillo. Curiosamente, Murillo era casi un desconocido en el centro de Europa. Sin embargo, se hizo muy famoso con la llegada de sus cuadros a Francia.

Se calcula que se llevó unas 180 obras pictóricas de Sevilla, las cuales iba almacenado en los Reales Alcázares, hasta que las enviaba, periódicamente, a Francia. Evidentemente, no siempre aceptaron los clérigos que se llevase esas obras, así que los amenazaba con fusilarles en el acto. Instaló su cuartel general en el Palacio Arzobispal de Sevilla.

Parece ser que, en total, se llevó unas 300 obras a Francia. Fue más listo que los demás, porque se las fue llevando poco a poco. Incluso, decía que su destino era el futuro Museo Napoleón. Sin embargo, se quedó con unas 180.


Al final de la guerra, llegaron a París el general español Álava, acompañado del pintor Francisco Lacoma y exigieron la devolución de las obras, que iban destinadas al Museo Napoleón y así consiguieron la devolución de unas cuantas, pero no las de Soult, que las había escondido.

Nuestro personaje fue de los pocos generales, que, tras la caída de Napoleón, sirvieron a la monarquía francesa. Incluso, llegó a ser nombrado 3 veces presidente del Gobierno de Francia.

En 1851, año en el que falleció, sus herederos vendieron esas obras en pública subasta. Por supuesto, no se les ocurrió devolver ninguna a España. La mayoría de ellas fue adquirida por el Louvre, aunque también otras fueron a Londres, Rusia, Hungría y otras terminaron en USA.

En 1941, ocurrió un suceso excepcional. Los gobiernos de Franco y Pétain llegaron a un acuerdo para entregar, mutuamente, obras de arte. Así fue cómo devolvieron la Dama de Elche. Pues en ese mismo lote vino la llamada Inmaculada de Soult, de Murillo, que ahora está expuesta en el Museo del Prado.

La rapiña de Soult no sólo tuvo lugar en Andalucía, sino también en Extremadura. Ahí no se llevaron cuadros, sino que robaron todo lo que encontraron de oro y plata en lugares como el Monasterio de Guadalupe para luego fundirlos y pagar a sus tropas.

En Plasencia y Trujillo se llevaron muchos mapas y códices medievales de incalculable valor. Soult era muy aficionado a la cartografía.

También fue el responsable del asesinato del obispo de Coria, cuando se hallaba de vacaciones en la localidad cacereña de Hoyos.

En Badajoz robaron todo lo que encontraron de oro y plata también para fundirlos a fin de pagar a sus soldados.

Aparte de ello, como la Intendencia francesa siempre fue muy deficiente, solían hacer lo siguiente.

Tras entrar su Ejército en Extremadura por Monesterio, exigían a los pueblos por donde iban pasando grandes cantidades de productos agrícolas y también se llevaban el ganado. Si alguien se negaba, solían secuestrar a las autoridades municipales, los curas o los ricos, a los cuales solían fusilar más adelante.

Seguramente, dedicaré otro de mis artículos a la extraña rendición de Badajoz a las tropas de Soult. Una ciudad muy bien defendida, con armas, municiones y suministros suficientes para haber aguantado un asedio muy prolongado.

Como era de esperar, Soult, que se había ido enriqueciendo en España, se compró un palacio en el barrio parisino de Saint Germain des Prés y allí expuso su gran colección de pintura, robada a punta de pistola.

Por allí pasaron muchos diplomáticos y expertos en arte para admirar su colección. Hoy en día, es un edificio perteneciente a la Asamblea Nacional de Francia.

Soult se casó con una noble alemana y de ese matrimonio nacieron 3 hijos: un varón y dos hembras. Esos fueron sus herederos.

En mayo de 1852, organizaron una subasta en su propio palacio. Parece ser que fueron los responsables del Museo del Louvre los que más pujaron para que la mayoría de los cuadros no abandonaran Francia. Luego, todo ese dinero procedente de la subasta, se lo repartieron sus herederos.

Como ya he dicho anteriormente, las mejores piezas de su colección fueron al Louvre y también a la National Gallery en Londres y en Washington.

En cuanto a los mapas y códices antiguos, no fueron subastados, sino que los depositaron en un castillo, que Soult había comprado en su lugar de nacimiento.

A mediados del siglo XX fueron comprados por el Servicio Histórico del Ejército francés y por la Biblioteca Nacional de Francia. También otros códices extremeños fueron adquiridos por la British Library, de Londres.

Desgraciadamente, esos códices y mapas no suelen estar expuestos al público.

 

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martes, 9 de junio de 2026

LA CURIOSA VIDA DE JOSÉ I BONAPARTE

 


Hoy voy a publicar un artículo que no pensaba escribir. Sin embargo, lo voy a hacer, porque ya ha habido varios que me han preguntado qué pasó después del 2 de mayo de 1808.

Empezaré por mencionar a la familia Bonaparte. Hoy en día, muchos piensan que Napoleón y su familia fueron la quinta esencia de lo francés, pero ya verán que fue lo contrario.

La familia Bonaparte vivía en Ajaccio, la capital de Córcega. Los padres eran Carlo Bonaparte y Leticia Ramolino. Él era un abogado muy conocido en la isla, mientras que ella era ama de casa. Tuvieron 13 hijos, pero sólo 8 de ellos sobrevivieron a la edad infantil.

Los supervivientes fueron José (nacido en 1768), Napoleón (en 1769), Luciano (en 1775), Elisa, casada con el príncipe de Luca (1777), Luis (1778), rey de Holanda, casado con la hija de la emperatriz Josefina. Ambos fueron los padres de Napoleón III. Paulina (1780), casada con el general Leclerc. María Anunciada (1782), casada con el mariscal Murat. Jerónimo (1784), rey de Westfalia.

Durante el siglo XVIII se produjeron diversos incidentes, que comprometieron a varias potencias de la época en la situación de Córcega.

Francia envió una guarnición para impedir los asaltos de otras potencias. Sin embargo, en 1752, devolvió esta isla a la República de Génova.

No obstante, los corsos siempre se habían sentido como unos italianos más y no querían estar bajo el dominio de nadie. Por ello, montaron una sublevación en la que mataron al gobernador genovés y proclamaron la República Corsa.

A partir de ahí, todo fue mejor hasta que Génova vendió Córcega a Francia en 1768.

Al año siguiente, Francia envió sus tropas a ocupar Córcega. El Gobierno de esta isla nombró general en jefe al político Pasquale Paoli. El ayudante de éste fue Carlo Bonaparte.

Desgraciadamente, el Ejército corso fue derrotado en 1769 en la batalla de Ponte Novu, donde luchó Carlo y donde dicen que también ayudó la propia Leticia, que entonces estaba embarazada de Napoleón.

A Paoli y a otros muchos nacionalistas corsos no les quedó más remedio que exiliarse en Londres.

Sin embargo, Carlo fue más listo. Como siempre fue un abogado con pocos ingresos, pero muchos contactos, empezó por moverse para que le reconocieran su condición de hidalgo.

Se hizo amigo del gobernador francés y eso, junto a su condición de noble, le valió para poder enviar a sus hijos a estudiar con becas a Francia.

En principio, Carlo quería que José se convirtiera en clérigo y Napoleón en militar. Este último, fue enviado, con sólo 9 años, a estudiar en una academia militar. Curiosamente, todavía no sabía hablar francés. Sólo italiano y corso.

Eso hizo que tuviera que aguantar muchas bromas de sus compañeros y, por ello, odiaba a los franceses. También eso hizo que se encerrara en los estudios y le permitió sacar muy buenas notas.

En 1785, falleció Carlo. Lo que permitió que José dejara la carrera eclesiástica y se dedicara a estudiar Derecho, que era lo que quería, pero su padre no le dejaba.

En 1790, tras el estallido de la Revolución Francesa, Paoli regresó a la isla, acompañado de tropas británicas, que se hicieron con el control de la misma.

Aunque parezca mentira, Napoleón obtuvo permiso para regresar a Córcega, donde luchó contra las tropas francesas de Luis XVI.

Como Paoli acusó a la familia Bonaparte de ser unos traidores, y eso dio lugar a que incendiaran su casa, a estos no les quedó otra que huir a Francia.

En 1796, Córcega fue, de nuevo, invadida por tropas francesas y Paoli volvió a huir a Londres, donde permaneció hasta su muerte.

Tras la llegada al poder de Napoleón en Francia, fue colocando a sus hermanos y parientes en distintos puestos.

José era un simple abogado, sin embargo, se había casado con Julie Clary,
la hija de un rico comerciante y eso le dio una buena posición social. La hermana de Julie, Desireé, fue novia de Napoleón, pero luego se casó con el general Bernadotte, el cual llegó a ser rey de Suecia.

Posteriormente, José, ayudó a Napoleón a llegar al poder y firmó tratados con algunas potencias extranjeras.

En 1806, fue nombrado rey de Nápoles. Curiosamente, allí fue muy querido, porque realizó unas profundas reformas, como la supresión de los derechos feudales y la introducción de un Código Civil.

En marzo de 1808 tuvo lugar el Motín de Aranjuez, por el que Carlos IV fue obligado a abdicar en la persona de su hijo, Fernando VII.

Sin embargo, luego se arrepintió y escribió a Napoleón para que le ayudase a recuperar el trono. Por supuesto, Bonaparte, les engañó. Hizo que toda la familia real española fuera a Francia, mientras que él impuso a su hermano José como rey de España.

José llegó a España el 08/07/1808, tras la victoria francesa en Rioseco. No obstante, intentó ser agradable con todos los españoles que se fue encontrando, pero sin éxito.

El día 20 de ese mes llegó a Madrid. Lejos de encontrarse un buen recibimiento, encontró calles desiertas y ventanas cerradas a pesar del calor del verano.

Escogieron el día 25 para su proclamación, pero encontraron la misma falta de apoyo popular.

Ese día llegaron las noticias de la victoria española en Bailén, algo que dio mucha alegría y llenó de esperanza a los españoles. Era la primera vez que caía derrotado un ejército napoleónico. Precisamente, Napoleón se enfadó tanto con el general Dupont, que, cuando éste regresó a Francia, lo encerró en un castillo hasta el final de la guerra.

Ya dediqué otro de mis artículos a los prisioneros franceses deportados al islote de Cabrera, que lo pasaron mucho peor que Dupont.

Por ello, el general Savary, le recomendó al rey que se trasladase con su corte a una zona más allá del Ebro, para estar más cerca de Francia.

No hará falta decir que, tanto el monarca como sus militares y cortesanos robaron todo lo que pudieron, que para eso habían venido, y no les importó hacerlo en el Palacio Real, los de los nobles, las iglesias, conventos y monasterios.

Parece ser que los españoles calificaron al rey de tahúr y de borracho, porque unos días antes había decretado la venta libre de naipes y la rebaja de impuestos a licores y aguardientes.

Mientras esa comitiva no paró hasta llegar a Vitoria, en Madrid tomó el poder una Junta Suprema, compuesta por Jovellanos, Floridablanca y Palafox.

A partir de entonces, los ejércitos de ambos bandos se fueron reagrupando, pero sin moverse de sus posiciones.

Por ello, Napoleón se impacientó y vino a España en noviembre de 1808, junto con sus mejores tropas, unos 300.000 soldados. Los españoles intentaron hacerles frente en la batalla de Somosierra, pero sucumbieron ante el empuje de la caballería polaca.

De esa forma, Napoleón, llegó a Madrid el 1 de diciembre, donde la ciudad se rindió en cuanto que recibieron los primeros cañonazos.

Aquí dictó los llamados Decretos de Chamartín, por medio de los cuales abolió el Consejo de Castilla, los derechos feudales y la Inquisición. Redujo el número de órdenes religiosas y abolió las aduanas interiores.


Napoleón estuvo poco tiempo en España, sólo unos días para aceptar las condiciones de rendición de Madrid y se dio un paseo por la ciudad. Después, regresó a Francia. No obstante, dejó aquí a la mitad de los soldados que había traído con él.

José I creó la condecoración de la Orden real de España, consistente en una estrella roja con una cinta carmesí a la que pronto apodaron “la berenjena”. Teóricamente, estaba pensionada, aunque nunca se pagó nada a los afortunados que la recibieron.

Posteriormente, le apodaron el “rey de las plazuelas”, por su tendencia a derribar muchos edificios, incluidos iglesias y conventos, para construir plazas. Como la actual Plaza de Oriente o la de Santa Ana.

El odio hacia los franceses estaba tan metido en las clases populares, que, en cierta ocasión, ocurrió un suceso muy curioso.

Un afrancesado fue a visitar a José I y llevó con él a su hijo, vestido con el uniforme de la Caballería napoleónica. Cuando el rey le preguntó para qué llevaba ese sable, el chico, que tenía unos 10 años, le respondió que era para matar franceses.


Igual que se cantaba entonces: “Virgen de Atocha/ dame un trabuco/ para matar franceses/ y mamelucos”.

No todo fueron amarguras para el rey, como su esposa no pudo venir, debido a que estaba enferma, él aprovechó para tener amoríos con varias mujeres nobles españolas.

Él intentó que su mujer viniera a España. Sin embargo, cuando ella se enteró del odio que había hacia los franceses, se negó rotundamente a venir. Hubo quien dijo que la reina prefería ser: "una burguesa viva en París que una reina muerta en España".

Precisamente, uno de los hombres de confianza de José, que ya había estado con él en Nápoles, fue el general Leopoldo Hugo, padre del genial escritor Víctor Hugo. Víctor y su hermano estuvieron en España con su padre entre 1811 y 1812. Vivieron en uno de los palacios, que fueron derribados para construir la Gran Vía.

José siempre se portó como un rey ilustrado y parecía tener buenas intenciones hacia el futuro de España. Sin embargo, se encontró con que Napoleón siempre le negó todo lo que le fue pidiendo y tampoco le permitió tener el mando de las tropas, cuyos generales sólo respondían ante el emperador. Éste sólo veía a España como a una colonia.

Evidentemente, Napoleón también colocó a sus espías en lugares estratégicos para que le fueran informando puntualmente de lo que estaba haciendo José en España.

Entre las malas cosechas y los robos de las tropas francesas, los españoles y sus aliados fueron ganando batallas.

Además, como en junio de 1812 comenzó la invasión de Rusia por Napoleón, éste se llevó a sus mejores tropas destinadas en España. Eso hizo que cada vez hubiera menos franceses para enfrentarse a los españoles y sus aliados.

En junio de 1813, los asesores de José I le aconsejaron que saliera de Madrid hacia Francia. Parece ser que llevaba un convoy de unas 100 carretas repletas de todo lo que habían ido robando en España. Parte de ese convoy fue interceptado por las tropas de los aliados, tras la batalla de Vitoria.

No obstante, aunque las tropas francesas fueron derrotadas en Vitoria, José y su comitiva, compuesta por sus cortesanos y muchos afrancesados, consiguieron llegar a Francia.

Una de las iniciativas de José I fue fundar el llamado Museo Josefino, un centro al estilo del Louvre y cuya sede no estaba decidida, pero pensaron ubicarla en el actual Cuartel General del Ejército de Tierra, junto a Cibeles.

Decidieron nombrar al propio Goya y a Salvador Maella para escoger las obras, que iban a ser expuestas en sus salas. Estos seleccionaron unas 50 obras, procedentes de palacios, iglesias y conventos. Los autores de las mismas eran nada menos que Tiziano, Rubens, Velázquez, Murillo, etc. Ésta fue la razón por la que Goya se tuvo que exiliar en Francia.


Las obras fueron almacenadas en los sótanos del Palacio Real. Así que, como José y otros generales como Soult, las tuvieron muy a mano, partieron en ese y otros convoyes con destino a Francia.

José no sólo se llevó pinturas, sino también muchas joyas y vajillas de plata. Entre las primeras habría que destacar la llamada el Estanque, un diamante azul de 100 quilates, comprado en Amberes por Felipe II.

Otra joya importante fue la Peregrina. Se trataba de una perla muy grande, encontrada en el siglo XVI en Panamá. Esta perla pasó por varias manos, como la de Napoleón III y terminó siendo comprada, en 1969, por el actor Richard Burton para regalársela a su esposa, Elizabeth Taylor. A la muerte de ésta, fue subastada y se cree que la compró un coleccionista asiático.

Como ya he dicho, una parte de lo que llevaban en ese convoy fue interceptado por las tropas aliadas. El general Wellington se hizo cargo de ello y se puso en contacto con Fernando VII. Contra todo pronóstico, éste le dijo que eran antiguallas y que se las quedara. Por eso mismo, Wellington se las llevó y hoy están expuestas en su residencia en el Reino Unido.

No obstante, José consiguió que algunas de esas obras llegaran con él a Francia.

Posteriormente, se exilió en USA, donde vivió con el nombre de conde de Survilliers. Construyó una elegante mansión, llamada Point Breeze, en Bordertown (Nueva Jersey), donde vivió con todo tipo de lujos a expensas de lo robado en España.

Los que fueron invitados a su mansión pudieron contemplar unos 150 cuadros de Mengs, Tiziano, Ribera, Velázquez, Murillo, etc.

Incluso, llegó a tener una biblioteca más grande, que la que tenía entonces el Congreso USA.

También ayudó económicamente a muchos exiliados franceses, que habían llegado a USA. Incluso, hay una leyenda que dice que ayudó al mariscal Ney.

Como la esposa de José se negó a ir con él a USA, éste decidió, en 1832, regresar a Francia, pero no le dejaron pasar y tuvo que quedarse a vivir en Londres. Volvió a USA en 1835 para vender todas sus posesiones.

En 1839, tras haber sufrido una especie de ictus, decidió regresar a Europa, pero no pudo volver a Francia, donde estaban vetados los Bonaparte. Así que se fue a Florencia, donde se reencontró con su mujer y sus hijas. Allí fue donde murió en 1844.

En 1847, su nieto, José Lucien Bonaparte, decidió sacar todos esos bienes a subasta y lo hicieron por lotes. Buena parte de esa colección de cuadros fue adquirida por varios museos de Filadelfia. Los demás, acabaron en muchos museos y colecciones privadas.

Su biblioteca de unos 8.000 libros fue vendida en lotes. Muchos de ellos fueron adquiridos por las grandes universidades de USA.

En cuanto a la mansión, Point Breeze fue demolida en 1850, por orden de su nuevo dueño. Parece ser que se trataba de un británico que odiaba todo lo francés y ordenó construir, en ese mismo lugar, una mansión victoriana.

 

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viernes, 29 de mayo de 2026

RESUMEN FINAL DEL 2 DE MAYO DE 1808

 


Con este artículo voy a dar por terminado el ciclo de artículos sobre el comienzo de la guerra de la Independencia.

En primer lugar, hay que decir que Madrid nunca había tenido unas murallas como tales. Salvo las pocas que construyeron los moros en la Edad Media. Todavía se pueden observar un lienzo de estas, junto a la catedral de la Almudena.

Lo que sí había alrededor de Madrid era un muro no demasiado alto, construido a base de ladrillos y adobe, con el único fin de cobrar impuestos a todos los que vinieran de fuera a vender sus productos en la capital.

Para ello, debían de entrar por cualquiera de sus 5 puertas principales o sus 12 portillos. Algunas de esas puertas todavía existen.

Madrid tenía unos 160.000 habitantes, que solían ser gente pacífica, aunque a veces se organizaban motines. Como ocurre ahora con las muchas manifestaciones, que se realizan en esta ciudad.

Carlos IV llegó al trono cuando ya había cumplido los 40 años. Se supone que era un hombre muy maduro, en una España, donde la esperanza de vida era de unos 30 años.

Parece ser que Carlos IV nunca se preocupó por las tareas de gobierno. Algo que lamentó mucho su padre, Carlos III. Sin embargo, siempre fue amante del ejercicio físico y, sobre todo, de la caza. La verdad es que llegó al trono en muy mal momento. Al año siguiente se produjo la Revolución Francesa.

Casó con su prima María Luisa de Parma, cuando él tenía 17 años y ella sólo 14. Quedó embarazada en 24 ocasiones. Sin embargo, sólo sobrevivieron 7 de sus hijos.

Curiosamente, hace varios años, escribí un artículo sobre un confesor de esta reina, llamado fray Juan de Almaraz. Parece ser que ella le dijo, antes de morir, que ninguno de sus hijos era de Carlos IV y le dio permiso para que lo dijera después de su muerte.

Como Fernando VII tenía la obligación de enviar dinero a sus padres, en su exilio en la Toscana, y también a los que le acompañaban, ocurrió que dejó de enviarle el dinero al fraile y, cuando ya llevaba unos 2 años sin cobrar, no se le ocurrió peor idea que amenazar al rey con contar todo esto a los diplomáticos extranjeros. Así que el rey envió a unos cuantos esbirros a Italia, raptaron al fraile y lo encerraron casi de por vida en Peñíscola. Obligando al alcaide de esa prisión a que este preso estuviera completamente aislado. Algo que recuerda al Conde de Montecristo.


No sé si este fraile, cuyo nombre real era Juan Francisco Thomas León, sería amigo de Godoy, ya que ambos habían nacido en Badajoz.

Parece ser que la reina se encaprichó con Godoy, que empezó siendo un miembro de los guardias de corps. O sea, la Guardia Real.

Los reyes le fueron dando toda clase de honores y, por fin, le dieron el título de príncipe de la Paz. Algo totalmente ilegal, porque en España sólo puede haber un príncipe o princesa, que es el de Asturias. Incluso, llegaron a darle el tratamiento de alteza real.

Así que los seguidores del futuro Fernando VII empezaron a pensar que su padre estaba pensando en desheredarlo y cederle la corona a Godoy. Un político que había triplicado la deuda de España.

En marzo de 1808 se produjo el famoso Motín de Aranjuez, por el que al rey no le quedó más remedio que cesar a Godoy y abdicar en nombre de su hijo.

Godoy había firmado un pacto de alianza militar con Napoleón. Éste había decretado el embargo económico sobre el Reino Unido. Así que todos los países europeos dejaron de comerciar con los británicos, salvo Portugal y Rusia. Ese fue el motivo por el que los invadió.

Supongo que Napoleón se dio cuenta de que Godoy era una persona muy ambiciosa. Así que pactó con él que, si dejaba que sus tropas atravesaran la Península Ibérica, para invadir Portugal, le cedería el Algarve, para que fuera su reino.

En un principio, las tropas francesas atravesaron pacíficamente el territorio español e invadieron Portugal, conjuntamente con tropas españolas.

Sin embargo, continuó enviando más tropas, que se fueron haciendo con las principales fortalezas del país.

El mariscal Murat fue enviado a Madrid. Tenía bajo su mando a unos 10.000 soldados en la capital y unos 20.000 más en los alrededores.

Murat también ambicionaba el trono de España. Así que, por orden de Napoleón, fue enviando a toda la familia real a Francia.

Como tantas tropas no cabían en los cuarteles de la capital, exigieron que los nobles acogieran a los altos mandos, mientras que el resto del pueblo tuviera que mantener en sus casas a los soldados. Incluso, habilitaron conventos como cuarteles.

Lógicamente, esto provocó muchas molestias que se tradujeron en enfrentamientos a causa de los malos modales de algunos de estos soldados, que quisieron abusar de las mujeres de las casas donde habían sido acogidos. Esto provocó unas cuantas bajas entre los franceses, antes del 2 de mayo. No olvidemos que, en aquella época, casi todo el mundo portaba una navaja de grandes dimensiones, porque las calles eran inseguras y peligrosas.

Murat instaló su cuartel general en el Palacio Grimaldi, que había sido la residencia de Godoy, ya que ambos eran muy amigos del lujo. Este edificio está situado al lado del Senado.

Hay quien dice que Murat había recibido la orden de Napoleón de cabrear todo lo posible a los madrileños para luego reprimirlos duramente a fin de acallarlos para siempre. Algo que le había dado resultado en otros sitios.

Por lo visto, el 01/05/1808 ya se produjeron algunos incidentes, cuando la gente salió de una misa, en una iglesia de la calle de Alcalá, y se encontró con los franceses, que desfilaban por esa calle hacia el antiguo Palacio del Buen Retiro.

Yo soy de los que creen que lo que ocurrió al día siguiente fue algo que se les escapó de las manos a los organizadores de esos hechos.

El domingo 01/05/1808 se fueron repartiendo panfletos y entonando canciones contra los franceses.

Así que la Junta de Gobierno, presidida por un hermano de Carlos IV, al saber que, al día siguiente, los franceses se iban a llevar al resto de la familia real, impartieron una serie de órdenes para acallar al pueblo.

Sin embargo, parece ser que los organizadores del motín también tenían conocimiento de ese traslado. Eso fue lo que dio lugar a que consiguieran convocar a tanta gente ante la puerta principal del Palacio Real.

Sobre las 8 de la mañana, se colocaron dos carruajes en la puerta que da a la calle Bailén. Media hora más tarde, bajó María Luisa, reina de Etruria e hija de Carlos IV, acompañada de sus hijos y unos criados. El año anterior había sido expulsada de su reino por las tropas francesas. Esa era la razón por la que vivía en Madrid con sus padres, ya que era viuda. Ese coche de caballos partió con destino a Francia.

El segundo coche de caballos estaba destinado al infante Francisco de Paula. Éste era un joven de unos 14 años y se hallaba enfermo. Así que, cuando le dijeron que tenía que irse, se puso a llorar. Algo que oyeron los que estaban en la calle.

Un cerrajero del bando fernandino, llamado José Blas Molina y Soriano, de unos 35 años, se puso a gritar: “¡Traición, traición! ¡Se han llevado al rey y se quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran los franceses!”.

Incluso, un militar se asomó a un balcón, gritando que se iban a llevar al infante. Eso enardeció a aquella masa e hizo que algunos cortaran las riendas a los caballos.

Curiosamente, un hijo de este infante fue Francisco de Asís, el marido de Isabel II.

Murat envió a algunos de sus generales a comprobar la situación. Posteriormente, envió soldados y cañones, que se pusieron a disparar sobre los allí congregados. Algo que no había ocurrido nunca en los motines habidos en España. Incluso, mataron a varios funcionarios del Palacio Real.

El mencionado cerrajero fue el que condujo a la gente allí congregada hacia el Parque de Artillería de Monteleón, donde sabía que se custodiaba abundante armamento y munición.  Supongo que también sabría que allí estaba destinado el capitán Daoiz, que también era del partido fernandino.

Mientras tanto, Murat dio la orden de que entrasen en Madrid varias unidades acuarteladas en los alrededores. Esto dio lugar a que muchos civiles se enfrentasen con ellos sin apenas armas. Bloqueando las entradas de los cuarteles de los franceses. Incluso bloquearon la entrada por la Puerta de Toledo, lanzándose con grandes navajas hacia los caballos de los coraceros.

Mientras tanto, en Madrid había unos 8.000 militares. Sin embargo, la inmensa mayoría no hizo nada por defender al pueblo, siguiendo las instrucciones del capitán general Negrete.

Hubo quien lanzó, desde ventanas y balcones, todo tipo de objetos sobre los soldados franceses. Así que el inútil del general Grouchy, que hizo perder a Napoleón en Waterloo, se dedicó a enviar a sus soldados a esas casas y pasar a cuchillo a sus moradores.


Incluso, Murat, publicó un bando en el que advertía que podría incendiar las casas desde las que les lanzaran cosas a sus soldados.

Mesonero Romanos en su obra “Memorias de un setentón”, comenta que a uno de sus vecinos se le ocurrió disparar una vez desde su ventana contra los franceses. Estos le respondieron de la misma forma y luego marcaron, con sus bayonetas, la puerta principal del edificio con una X.

Por ello, los padres de Mesonero decidieron trasladarse a la casa de unos amigos hasta que pasaran estos tumultos. Por si se les ocurría incendiarles la casa. Cosa que no ocurrió.

Curiosamente, los presos que había en la cárcel de la corte, hoy Ministerio de Asuntos Exteriores, le pidieron al alcaide que los dejara salir para participar en los combates, con la promesa de regresar. Respetaron lo prometido y sólo escapó uno.

En la Puerta del Sol se desarrolló un combate feroz, donde intervinieron fuerzas de Artillería y la Caballería de los mamelucos. Estos últimos sufrieron muchas bajas.

A primera hora de la mañana, el teniente de Artillería Rafael Arango llegó a su destino en el Parque de Monteleón. A mediodía llegó el capitán Daoiz y, un poco más tarde, el capitán Velarde.

Muy cerca de allí, en San Bernardo, estaba el cuartel de los Voluntarios del Estado. El coronel de ese regimiento, Esteban Giraldez Sanz y Merino, que era un afrancesado, no quiso enviar tropas a Monteleón. Sin embargo, parece que le convencieron, diciéndole que era para proteger al cuartel de la llegada de la gente.

De esa forma, aceptó la salida de una compañía, al mando del capitán Goicoechea y con el famoso teniente Jacinto Ruiz. Lo primero que hicieron fue desarmar a los 60 franceses, que guarnecían el parque.

No voy a dar los detalles del asalto al Parque de Monteleón, porque ya los he dado en otro artículo anterior.

Tras la rendición, los Voluntarios se retiraron, dejando 8 muertos y llevándose 9 heridos.


Incluso, antes de la rendición, los franceses intentaron engañar a los artilleros, cuando un oficial francés se presentó ante ellos, diciéndoles que ellos eran compañeros de armas y la misión de ambos era combatir contra los civiles.

Como el Parque no se podía defender desde sus muros, decidieron apostar a los civiles que sabían disparar en los balcones de las casas cercanas al cuartel. Luego, los franceses los echaron y dispararon desde allí hacia el cuartel.

Los heridos de ambos bandos fueron atendidos en el cercano convento de las Maravillas.

Murat quiso terminar pronto con ese foco de resistencia y ordenó un ataque con unos 2.000 hombres contra sólo unos 150, que todavía defendían Monteleón.

Hacia las 16.00, cuando el capitán general Saint Simón (un francés en el Ejército español) pidió que cesaran los combates, Daoiz estaba herido gravemente en una pierna y se apoyaba en un cañón, mientras que Velarde había muerto a causa de una bala que le alcanzó el pecho.


El general Lagrange se acercó a Daoiz para insultarle, en ese momento, éste se incorporó para atacarle con su sable, pero unos soldados franceses le atravesaron con sus bayonetas. Al cabo de muchos años, cuando se encontró la guerrera de Daoiz, se podían apreciar los agujeros de las bayonetas. No murió en el acto, sino unas horas más tarde, después de haber sido trasladado a su casa.

Daoiz y Velarde fueron enterrados, secretamente, en la iglesia de San Martín. Posteriormente, sus cadáveres fueron llevados a la Colegiata de San Isidro y, actualmente, sus cenizas reposan en la madrileña Plaza de la Lealtad.

Murat no se contentó con derrotar a los defensores del Parque, sino que dio la orden de fusilar a todos ellos. Incluso, sacaron a muchos heridos de sus camas para fusilarles. Por eso, muchos de ellos, como el teniente Ruiz, huyeron hacia diversos lugares de España.


Entre los defensores del Parque no sólo hubo hombres, sino también algunas mujeres, como Clara del Rey, con su marido y sus 3 hijos, y la joven Manuela Malasaña. Las dos murieron ese día. Sin embargo, dos de los hijos de Clara se salvaron. Ambas vivían muy cerca del Parque.

También hubo otras más, cuyos nombres no son tan famosos. Por ejemplo, María Beano, viuda de un oficial de Artillería, que decían que era la novia de Velarde. También la mataron.

A los franceses tampoco les tembló la mano a la hora de matar a los niños que les atacaron a pedradas. Igual que mataron a los que se asomaban a los balcones a mirar lo que pasaba. Todos tenían entre 8 y 12 años.

Sigo pensando que esta sublevación popular fue un acto organizado por el partido fernandino. De hecho, el propio Napoleón escribió a Murat, advirtiéndole de que había una sublevación en marcha, encabezada por el infante don Antonio, desde la Junta económica de Artillería, donde estaba destinado Velarde.

Esa misma tarde, varias autoridades españolas y francesas, recorrieron las principales calles de Madrid para pedir que cesaran los combates. La gente obedeció y se fue, confiadamente, a sus casas.

Sin embargo, Murat exigió la lista de los domicilios de los defensores del Parque. Luego dio la orden de detener a todos los que portaran armas blancas. En aquella época, era muy común llevar encima una navaja.

Los detenidos fueron llevados al actual edificio de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol, donde se les hacía un simulacro de juicio y luego, el general Grouchy, los mandaba fusilar.

Los franceses solían saquear las casas marcadas con una X en su puerta, antes de incendiarlas. Incluso, se llevaron a los criados de los nobles, propietarios de esas casas, para fusilarlos.

Los franceses fusilaron a sus víctimas, muchas de ellas inocentes, en diferentes lugares. Los principales fueron el Paseo del Prado, el patio de la iglesia del Buen Suceso (en la Puerta del Sol), en la Casa de Campo, en los alrededores de la actual Plaza de España, en la montaña del Príncipe Pío, en los muros de los Jerónimos, etc. Varios de los fusilados tenían menos de 18 años.

En la montaña de Príncipe Pío fueron fusilados 43 personas, cuyos cadáveres están depositados en el Cementerio de la Florida. Juan Suárez consiguió escapar y, gracias a él, conocemos lo ocurrido.

Como los franceses no autorizaron la retirada de los cadáveres hasta el día 12 de mayo, lo más práctico fue enterrarlos en una fosa común para evitar epidemias.

Afortunadamente, el Consejo de Castilla hizo varias gestiones a fin de que cesaran los fusilamientos y consiguieron convencer a Murat para pararlos.

La tarde del 2 de mayo, llegó el teniente Ruiz a Móstoles, donde se entrevistó con Juan Pérez Villamil, fiscal del Consejo Supremo de Guerra y secretario del Almirantazgo, que tenía una casa en ese pueblo. Fueron a hablar con Andrés Torrejón, alcalde de los nobles de Móstoles. En aquella época había un alcalde para los nobles y otro para los demás.

Le convencieron para que firmara un documento, donde, a falta de alguien de mayor autoridad, declarase la guerra a Francia. Ese documento fue llevado desde esa misma tarde a todas las localidades por donde pasa la actual autovía de Extremadura, para que hicieran copias y se difundiera por toda España.

Nunca se han conocido las cifras exactas de las bajas producidas en ambos bandos, durante los sucesos del 2 de mayo.

En el verano de ese año, se hizo un recuento de bajas españolas: 89 muertos y 52 heridos. Aunque se cree que fueron muchos más. Supongo que no incluirían los muchos fusilados a partir de ese día. Posteriormente, se dijo que fueron 400 muertos.

En cuanto a las bajas francesas, algún autor habla de 80 oficiales y 1.500 soldados muertos. Me parece una cantidad exagerada, porque los españoles apenas tenían armas de fuego.

Está muy claro que esto se les fue de las manos a ambos bandos. Supongo que iba a ser otro motín más de los que ya había habido antes en Madrid. Sin embargo, terminó con los terribles fusilamientos ordenados por Murat. Hay quien dice que los ordenó, siguiendo las instrucciones de Napoleón.

Hoy en día, el 2 de mayo es el día festivo de la Comunidad de Madrid. Sin embargo, en su origen, fue decretado como día de luto nacional a perpetuidad.

En fin, reconozco que me ha quedado este artículo un poco largo, pero creo que el tema se lo merecía, porque esa gente dio su vida para que ahora podamos vivir en libertad.

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