ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 10 de mayo de 2026

EL PALACIO Y EL CUARTEL DE MONTELEÓN

 

 

Hoy voy a complacer a algunos de mis lectores, que me han pedido más datos sobre este edificio y los hechos que ocurrieron en él.

En 1690, cuando se empieza a construir el palacio, ya había allí una especie de casa de campo, pues estaba a las afueras de Madrid, propiedad de los marqueses de Tejada. Justo al lado se hallaba el Convento de las Maravillas.

Así que, en ese año, los marqueses de Tejada vendieron ese edificio, junto con un terreno de labor, que luego fue ampliado, a los duques de Monteleón.

Monteleón puede parecer un nombre español. Sin embargo, era un título, otorgado por el emperador Carlos V, en el reino de Nápoles. También tiene el mismo origen el ducado de Terranova. No tiene nada que ver con ese territorio americano.

Desde comienzos del siglo XVII se van entroncando varios miembros de la familia de Hernán Cortés, comenzando por su sobrina Estefanía, con los de la familia italiana Pignatelli.


Los primeros tenían, entre otros títulos el marquesado del Valle de Oaxaca y los segundos eran duques de Monteleón y de Terranova. Eso hizo que se unieran dos grandes fortunas.

También los Cortés estaban emparentados con el Gran Capitán, por lo que, igualmente, ostentaban el título de marqueses de Montalbán.

Por eso mismo, cuando los Monteleón compraron ese edificio con su inmenso solar anexo, lo primero que hicieron fue demolerlo para construir algo más lujoso y, para ello, utilizaron los fondos de sus inmensas propiedades en México.

Así fue construido un lujoso palacio de estilo churrigueresco, por donde pasaron importantes personajes de la historia de España. Se calcula que el palacio y los jardines ocupaban una extensión de 54.000 m2.

Si se quiere comparar, el terreno de un campo de fútbol sólo ocupa una extensión de 5.000 m2.

Como siempre fueron unos nobles muy cercanos a la Casa Real, cuando comenzó el reinado de Fernando VI, Isabel de Farnesio, viuda de Felipe V, estuvo viviendo varios años en ese palacio, mientras acababan de construirle el suyo en Riofrío.

Los que pudieron contemplar el lujo de ese palacio nos informaron que los techos estaban cubiertos con frescos. Había muchos tapices, alfombras, los braseros eran de plata y había gran cantidad de objetos de cristal de roca, porcelana, etc.

Aparte de las estatuas colocadas en el jardín, tenía una escalera, que algunos comparaban con la del Escorial. Nos podemos hacer una idea de cómo era su fachada, gracias a este dibujo de Valentín Carderera.

También podemos ver la extensión de esta propiedad en la maqueta de León Gil de Palacio, si miramos en la parte de arriba de la foto. Esta maqueta está expuesta en el Museo de Historia de Madrid.

Desgraciadamente, parte de ese lujo se perdió durante un incendio ocurrido en 1723, cuando había sido alquilado para instalar allí la Embajada del Reino Unido en España.

En 1803, parece ser que los duques de Monteleón decidieron regresar a Italia y Godoy decidió comprar ese edificio.

Como era tan grande, una parte del mismo lo dedicaron a Museo militar, el cual fue abierto al público en 1805.

 En la otra parte, instalaron un parque de Artillería y un arsenal para las unidades militares, que había en Madrid.

Ahí es donde, en 1808, encontramos al capitán Luis Daoiz. Siempre me ha llamado la atención que un militar con 40 años sólo fuera capitán. En alguna parte, he leído que había tenido algunos roces con sus superiores y, por ello, es posible que lo hubieran destinado a una unidad tan secundaria como esa.

No obstante, no hay que olvidar que la mayoría de los oficiales de Artillería solían ascender más lentamente que los demás, porque, cuando salían de la Academia, juraban no aceptar ningún ascenso por mérito de guerra.

Lo cierto es que en ese parque de Artillería sólo había una guarnición de 17 militares, incluyendo oficiales y suboficiales. No obstante, como los franceses no se fiaban de nadie, destinaron allí una tropa de 80 soldados.

Yo también soy de los que piensan que el 2 de mayo de 1808 fue un intento de sublevación, que fracasó debido a que los generales, que eran estómagos agradecidos, no quisieron enfrentarse a los franceses y acataron las órdenes de la Junta Suprema y el Consejo de Castilla, impidiendo la salida de sus tropas a la calle.

No obstante, hasta allí acudieron otros militares no destinados en ese parque, como el teniente de Infantería Jacinto Ruiz o los capitanes de Artillería Vicente Goicoechea, Pedro Velarde y Rafael Arango. Incluso, también un fue un marino: Juan van Halen y un capitán de la Guardia Real, Rafael de Ezeta.

Jacinto Ruiz, a pesar de estar enfermo, se presentó en su cuartel y logró convencer a su coronel para que le permitiese salir con una compañía de Voluntarios del Estado (los de la casaca blanca) para “imponer el orden”. Sin embargo, lo primero que hizo fue apresar a esos 80 franceses y meterlos dentro del cuartel.

Luego vino aquella masa de gente, que venía pidiendo armas para defenderse ante el mejor Ejército de aquella época.

Aunque se sabe que Daoiz y Velarde, que ya se conocían por haber estado en otros motines a favor de Fernando VII, y haberse reunido antes de esta fecha para organizarlo todo, parece ser que discutieron sobre la posibilidad de hacer frente a los franceses.

Ciertamente, Daoiz, que era mayor y más prudente, no lo veía nada claro, pero fue Velarde el que le animó a resistir, repartiendo armas al pueblo.

Sólo tenían media docena de cañones y pocos artilleros. El cuartel era una ratonera, porque, aunque tenía unos altos y gruesos muros, no disponía de adarves para poder disparar desde arriba.

Sin embargo, ya había algunos edificios altos cerca del cuartel y, tras sufrir los franceses sus primeras bajas, lo que hicieron fue subirse a los balcones y azoteas para disparar sobre los defensores.

Parece que los franceses se tomaron muy en serio la toma del parque de Artillería y, para ello, destinaron nada menos que a 1.500 soldados de los más veteranos. En cambio, dentro del cuartel sólo había unos 400 defensores, entre civiles y militares.

Todo esto lo contó Rafael Arango en su informe, escrito pocos años después de estos hechos. Precisamente, fue el que más insistió en que se erigiera, en ese lugar, un monumento a Daoiz y Velarde. Arango estaba destinado en ese parque de Artillería.

Curiosamente, el conde de Toreno se basó en su informe para narrar los hechos ocurridos aquel lunes 2 de mayo de 1808.

Tanto Arango como Ezeta o Hezeta fueron militares nacidos en Cuba.

Según cuenta Arango, muchos civiles no quisieron utilizar los fusiles, porque no sabían usarlos. Por el contrario, prefirieron las espadas y colocaron las bayonetas en palos.

En un principio, colocaron 4 piezas de Artillería en la puerta de entrada y luego pusieron dos más apuntando hacia los lados.

Por lo visto, el teniente Ruiz fue alcanzado por una bala en el hombro izquierdo y otra en la espalda. Aún así, siguió combatiendo hasta que cayó desmayado, debido a que se estaba desangrando.

En cambio, los franceses optaron por colocar sus piezas de Artillería enfrente de la iglesia de Montserrat, para disparar sin ser localizados con facilidad.

Parece ser que, cuando un capitán español fue con una bandera blanca a parlamentar con los franceses, un artillero, también español, que no había oído la orden de alto el fuego, disparó su cañón, causando muchas bajas entre los franceses.

Por lo visto, se trataba del capitán Melchor Álvarez, el cual portaba una bandera blanca y venía de parte del capitán general. Les dijo a los defensores que el general Negrete estaba muy enfadado con ellos y que se rindieran. Eso no gustó nada a los defensores.

Según cuenta Arango, ya sólo quedaban unos 30 españoles ilesos dentro del cuartel, así que decidieron retroceder hacia el interior. Ahí fue cuando Velarde fue alcanzado por una bala en el pecho, que le ocasionó la muerte inmediatamente.

Dicen que el general francés le gritó a Daoiz, que iba a tener el mismo fin que su amigo. Eso enfureció a este capitán, que, a pesar de estar herido en una pierna, desenvainó su sable y echó a correr hacia el general. No lo alcanzó, porque se interpusieron unos soldados franceses, que le clavaron sus bayonetas en el pecho.

Precisamente, hace pocos años, cuando se sacó su uniforme de la caja donde lo habían depositado, se pudo ver la marca de las dos heridas. No llegaron a matarlo en ese momento, pero moriría poco después.

Los combates terminaron cuando Daoiz cayó al suelo herido de muerte. Lo atendió un médico militar francés y luego lo llevaron a su casa, donde murió.

Poco después, apareció por allí un general ya retirado. Se trataba del general Claude de Rouvroy y de Pineau, marqués de Saint Simón, de origen francés, pero que había luchado en el Ejército español. Él y el capitán Cónsul negociaron las condiciones para la rendición del parque.

A Arango le dijeron los franceses que se quedara a controlar la situación del cuartel. No obstante, dejaron allí a unos 500 soldados franceses.

Como Arango no tenía muy claro lo que iban a hacer con él, cuando llegó la tarde, pidió permiso para ir a comer algo a su casa, prometiendo regresar. Se lo dieron y así aprovechó para escapar fuera de Madrid. Luego participó en varias batallas de la guerra.

No hay que olvidar que estos militares estaban entre dos fuegos. Uno era el de los franceses, que estaban deseando tomar represalias, aunque muchos de ellos alabaron el valor de los combatientes españoles. No hay que olvidar que les causaron unas 400 bajas. Por otro lado, el Consejo de Castilla había presionado para que los sometieran a unos consejos de guerra, que les podrían haber llevado al fusilamiento. Como les ocurrió a algunos militares.

Esa misma tarde, Murat publicó un bando en el que ordenaba que
se fusilara a todos los que hubieran intervenido en esa sublevación. Sin distinción entre hombres, mujeres o niños. Militares o civiles.

Esto cambió la cuestión. Hasta entonces, los militares españoles, que siempre habían sido utilizados para luchar contra los motines, vieron que los franceses les estaban haciendo su trabajo. Sin embargo, nunca se había fusilado a los participantes en un motín, a pesar de que los militares solían disparar contra los amotinados. No obstante, las autoridades preferían la represión de los amotinados a que se produjera aquí otra Revolución Francesa.

Por ello, unas horas más tarde, los soldados franceses se presentaron en los sitios, que estaban sirviendo como hospitales, como el convento de las Maravillas o el de Montserrat, y se llevaron a rastras a los heridos para fusilarlos. Quizás eso fue lo que dio lugar a que los militares empezaran a tomar cartas en este asunto.

Conclusión. Creo que los fernandinos quisieron montar una sublevación, contando con que todos los militares españoles la iban a secundar, pero se equivocaron y, como siempre, quien más perdió fue el pueblo. De hecho, los franceses respetaron las vidas de muchos militares prisioneros, pero no las de los civiles.

Curiosamente, se ha erigido en el islote de la Cabrera un monumento a los soldados franceses prisioneros, que murieron allí, los cuales habían participado en la batalla de Bailén. Sin embargo, yo no he visto ninguno dedicado a los héroes civiles del dos de mayo.

Hoy en día, los militares españoles celebran con desfiles aquel acontecimiento del dos de mayo, que marcó el comienzo de la guerra de la Independencia. Sin embargo, no recuerdo que, desde entonces, los militares españoles se hubieran disculpado por no hacer nada por defender a su pueblo, ante un Ejército enemigo.

Curiosamente, están homenajeando a unos militares que no quisieron acatar las órdenes de sus mandos y además armaron al pueblo.

A la vista de esto, se me ocurre pensar ¿qué ocurriría si Marruecos invadiera militarmente Ceuta y Melilla, los civiles se rebelaran y a los militares españoles les dieran la orden de no hacer nada?

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sábado, 2 de mayo de 2026

EL 2 DE MAYO DE 1808, HISTORIA DE UNA TRAICIÓN

 


Como hoy se conmemora el famoso 2 de mayo de 1808, he querido hacer un homenaje a aquellos españoles que, sin apenas medios, combatieron contra el Ejército más potente del momento.

Parece ser que el actual Gobierno de España ha dado la orden de que no desfilen militares en este acto. Me parece correcto, porque el Ejército no tiene nada que festejar en este


día, salvo honrosas excepciones, como los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, más las tropas y los civiles que estuvieron bajo su mando en el cuartel de Monteleón.

Sin embargo, los altos mandos, encabezados por el ministro, general O’Farrill, y el capitán general de Castilla la Nueva, general Francisco Javier Negrete y Adorno, conde de campo Alange y grande de España, mostraron una postura conciliadora hacia los invasores franceses.

En aquel momento, Madrid era una ciudad de 176.000 habitantes con una guarnición de unos 8.000 militares españoles a los que se habían añadido los 10.000 soldados, que había traído el mariscal Murat.

Estos soldados franceses siempre mostraron cierta agresividad hacia los españoles, considerándolos como seres inferiores y habitantes de un país ocupado y no aliado de Francia.

Así que esto hizo que se fuera generando odio hacia los franceses. También, los clérigos, predicaban contra ellos, pues no hay que olvidar que en Francia habían asesinado a miles de clérigos y muchos, que habían huido a España contaron lo que estaba ocurriendo en ese país.

Ese día había mucha afluencia de forasteros, porque se celebraba una importante feria de ganado y acudían gentes de muchas provincias.

No se sabe por qué motivo se concentró mucha gente delante del Palacio Real. Hay algún autor, que afirma que se trataba de una sublevación que había sido ya organizada con antelación.

Lo único cierto es que la multitud vio que la reina de Etruria, hija de Carlos IV, subía a un carruaje, acompañada de sus hijos, con destino a Francia.

Más tarde, cuando quisieron también introducir en un carruaje al infante Francisco de Paula, que era un niño de corta edad, éste empezó a llorar y eso encrespó a la multitud.

En ese momento, un cerrajero llamado José Blas de Molina y Soriano, de 37 años, que debía mucho a Fernando VII y ya había participado en otros motines anteriores, gritó: “¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y quieren llevarse a toda la familia real!”.

Eso hizo que la multitud se aproximase al Palacio Real y Molina gritase: “¡Matadlos, matadlos…que no entre en palacio ningún francés!”. Así que cortaron las bridas de los caballos.

Esto fue lo que dio lugar a lo que podemos ver en el famoso cuadro La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya. Posteriormente, Murat, que había establecido su cuartel general en el edificio del Almirantazgo, situado junto al Senado, ordenó que emplazasen cañones y disparasen a los congregados junto al Palacio Real.

A todo esto, el general Negrete, insistió en ordenar que todas las tropas permanecieran desarmadas en sus respectivos cuarteles.

Así que Molina y un grupo de gente se dirigieron hacia el antiguo cuartel de Monteleón, en el barrio de Maravillas, donde supongo que les habrían dicho que les iban a entregar armas. No sé si llegarían a ese acuartelamiento, porque Murat ya se había enterado de que se estaban resistiendo y dio la orden de atacarlo.

Los combates se fueron sucediendo por todo el centro de Madrid, mientras la mayoría de los militares siguieron sin hacer nada por defender a quienes habían jurado hacerlo.

Ahora entra en escena el general Grouchy, un tipo tan leal como un perro y que me perdonen los perros. Mis lectores habituales habrán reconocido este apellido. Ciertamente, fue aquel general que, cuando tuvo lugar la batalla de Waterloo, Napoleón le ordenó que persiguiera a las tropas del general prusiano von Blücher. Como no encontró a esas tropas, siguió dando vueltas, pero sin intervenir en la batalla. Eso hizo que Napoleón fuera derrotado en Waterloo.

Grouchy ordenó a las tropas acuarteladas en el antiguo Palacio del Buen Retiro, que fueran hacia la Puerta del Sol. Allí se produjeron escenas de pánico en las que las tropas francesas masacraron a la población civil.


También ordenó que tropas de Caballería acantonadas en Carabanchel, acudieran a Madrid. Eso dio lugar a un duro enfrentamiento contra los civiles, que se habían atrincherado en la Puerta de Toledo. Incluso, a los voluntarios se añadieron una gran cantidad de presos de la cárcel de Corte.

Los militares españoles ni están, ni se les espera. Aunque supongo que muchos confiarían en que aparecieran en algún momento.

El general Negrete argumentó que dio esa orden debido a que sólo tenía 8.000 soldados, mientras que los franceses eran 10.000. Si le hubiera dado armas al pueblo, seguro que los franceses hubieran huido con el rabo entre las patas, pero eso no ocurrió.

Los defensores del cuartel de Monteleón aguantaron la embestida de numerosas fuerzas francesas durante todo el día. Sin embargo, llegó un momento en el que apenas les quedaban municiones y fue aprovechado por las tropas francesas.

Daoiz murió fue asesinado junto a un cañón, como se puede ver en algún cuadro de la época. Velarde fue evacuado y murió después. Mientras que Jacinto Ruiz, que también fue evacuado hacia Extremadura, murió cuando estaba llegando a Trujillo.

Otro de los personajes, que estuvieron en Monteleón fue Clara del Rey. Ella, que tenía unos 45 años, cuando se enteró de que su marido y sus hijos estaban en Monteleón, fue para allá y estuvo combatiendo hasta que le alcanzó un proyectil.

Manuela Malasaña era una aprendiz de costurera de 17 años, hija de un panadero de origen francés. Se sabe que estuvo luchando en Monteleón, pero no sabemos si la mataron allí o fue fusilada posteriormente. Parece ser que todos los que no pudieron escapar de Monteleón fueron fusilados. El más joven tenía 11 años.


Como siguen las escaramuzas por toda la ciudad, las autoridades deciden publicar un bando para que cesen los combates.

No sólo eso, sino que se organiza una especie de cortejo en el que van Azanza, presidente del Consejo de Castilla, los generales O’Farrill y Negrete y el gobernador civil de Madrid, fuertemente escoltados por efectivos de la Guardia de Corps y la Guardia imperial francesa.

Sobre las 15.30 consideran dar por acabada esa sublevación en Madrid, aunque Monteleón se rendiría más tarde. A la gente se les promete que no habrá represalias para que dejen las armas.

Parece ser que el capitán Daoiz, que era el jefe del parque de Artillería de Monteleón, no estaba muy convencido para no acatar las órdenes del general Negrete. Sin embargo, al ver la cantidad de gente, que llegó a las puertas del cuartel pidiendo armas, el capitán Velarde, le dijo que no participar en los combates sería deshonrar su uniforme y una traición a la Patria.

Sin embargo, Murat no está contento y ordena que esto no quede sin un duro castigo. Así que le ordena al general Grouchy, que ya sabemos que es muy obediente, que instale un tribunal en la Casa de Correos (actual presidencia de la Comunidad de Madrid), donde hagan simulacros de juicios a los prisioneros y luego los fusilen.

Parece ser que una comisión se dirigió al general Negrete, aunque otros dicen que hablaron con un general italiano del Ejército español, llamado Alessandro Sesti, con la petición de que liberase a los presos. Sin embargo, les dijeron que ya se los habían entregado a los franceses, sabiendo que los iban a fusilar.

A partir de entonces, empezaron los fusilamientos en diversos lugares de la ciudad. Los primeros fueron en el patio de la antigua iglesia del Buen Suceso, junto a la Puerta del Sol. También en plena Puerta de Alcalá y en el Paseo del Prado.

Otros fueron fusilados en las caballerizas del antiguo Palacio del Buen Retiro, en la actual Plaza de la Lealtad.

Los que estaban presos en el antiguo cuartel de San Gil, situado junto a la Plaza de España, fueron fusilados en la montaña del Príncipe Pío. Más o menos, donde está el Templo de Debod.

Como los franceses no permitieron enterrar a los muertos hasta pasados 3 días de haber sido fusilados, Goya aprovechó para ir a la montaña de Príncipe Pío para tomar apuntes de las posiciones de los cadáveres. Parece ser que hizo muchos bocetos, pero no pintó el famoso cuadro de los fusilamientos, que está expuesto en el Museo del Prado, hasta 1814.

En el cementerio de la Florida se encuentran sepultados los cuerpos de 43 civiles fusilados por los franceses. Desgraciadamente, 14 de ellos no han sido identificados.

Gracias a que uno de ellos, el asturiano Juan Suárez, consiguió escapar, nos enteramos de lo sucedido. Según contó, aquel grupo había sido encerrado en el antiguo cuartel de San Gil y en el Palacio Grimaldi, sede del Almirantazgo, situado junto al Senado.

Por lo visto, los llevaron a un lugar donde había un horno de tejas y allí los fusilaron. Posteriormente, se descubrió ese horno de tejas, cuando construyeron la estación del teleférico.

Se calcula que, durante los combates murieron 300 franceses y 409 españoles. Sin embargo, según algunos autores, la posterior represión hizo que la cifra de muertos españoles llegase casi a los 2.000.

Juan Pérez Villamil, letrado de los Consejos, fue el encargado de llevar el bando a los alcaldes de Móstoles. Ellos lo firmaron y ahí empezó la guerra de la Independencia. En pocos días, ese bando llegó a todos los rincones de España y entonces fue cuando los militares se unieron a los civiles para incorporarse a la guerra.

Las noticias de la sublevación de Madrid corrieron como la pólvora por todas las cortes europeas. Muchos militares extranjeros quedaron convencidos de que la única forma de vencer al poderoso ejército napoleónico era a base de la guerra de guerrillas y así les derrotaron en Rusia.

De hecho, el propio Napoleón, en sus últimos años, confesó que la guerra de España había sido como si tuviera una úlcera. Napoleón creyó que eran lo mismo el Gobierno de España y los españoles y pudo comprobar que se había equivocado. Esa equivocación dio lugar a unos 240.000 franceses muertos en batalla y unos 180.000 muertos en las escaramuzas con los guerrilleros.


En el bando español hubo casi 500.000 muertos, incluidos los civiles. También luego murió más gente a causa del hambre.

Lógicamente, al terminar la guerra, muchos de aquellos que habían apoyado a los franceses, tuvieron que exiliarse, como le ocurrió al general Negrete, que murió en Francia. Murat fue fusilado en 1815 en Calabria.

Otro de aquellos exiliados fue Cipriano Portocarrero, padre de Eugenia de Montijo. Éste fue un oficial de Artillería, que no se contentó con ser afrancesado, sino que combatió en el bando francés, durante la guerra de la Independencia. Todos ellos pudieron regresar gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, en 1833, poco antes de su muerte.

 

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jueves, 30 de abril de 2026

EL MOTÍN DE ESQUILACHE

 


 Hoy voy a narrar un acontecimiento histórico, que me ha venido a la memoria, ahora que está en discusión si la gente puede ir por la calle con el rostro cubierto o no.

Como ya sabemos, cuando terminó la guerra de sucesión española, se firmó el Tratado de Utrecht. Una de las cláusulas de ese tratado obligaba a Felipe V a desprenderse de algunos territorios, como el reino de Nápoles.

Como la familia real no quería abandonarlo, lo que idearon fue que un hijo de Felipe V reinase allí. Así fue como el futuro Carlos III de España empezó reinando en Nápoles.

Sin embargo, como fueron muriendo todos los sucesores de Felipe V, después de llevar unos 25 años reinando en Nápoles, Carlos, fue nombrado rey de España.

Lógicamente, como él había reunido allí a una serie de hombres de confianza, se los trajo a España, para intentar administrar el reino de la manera más eficaz posible.

Uno de los personajes que trajo Carlos III a Madrid fue Leopoldo de Gregorio y Masnata, más conocido como el marqués de Esquilache.

Esquilache no era un simple político, sino que pertenecía a una familia de comerciantes y empezó colaborando con Carlos III como abastecedor de los suministros de su Ejército, mientras fue rey de Nápoles.

Así que, cuando vinieron a España, lo nombró ministro de Guerra y de Hacienda, que eran las principales carteras, aparte de la de Estado, o sea, Asuntos Exteriores.

Por tanto, ocurrió algo parecido a lo que pasó cuando el futuro emperador Carlos V, llegó a España rodeado de sus hombres de confianza, que eran todos extranjeros, a los que les dio importantes cargos en su gobierno.

Evidentemente, esto no gustó nada a los nobles españoles, acostumbrados a estar cerca del rey del turno para intentar sacarle todo lo que pudieran.

Esos fueron los que sublevaron al resto de los españoles, alegando ideas nacionalistas, para defendieran los intereses de la nobleza. También diciéndoles que los extranjeros venían a saquear España.

Esquilache intentó hacer reformas para distribuir mejor la riqueza, pero sin cambiar el llamado Antiguo régimen. O sea, la sociedad estamental. Lo que se llama ser un reformista.

En su búsqueda de administradores competentes, Carlos III llegó a nombrar como ministros y consejeros a personas de la baja nobleza española, saltándose la costumbre de otorgar esos cargos a los miembros de la alta nobleza. Eso le granjeó muchas enemistades. Incluso, también en el alto clero.

De ese modo, a Esquilache le acusaron de todo. Incluso, de cosas que no había hecho. Todo ello, hizo que aumentara la tensión sobre este personaje.

Así que, como afortunadamente, no hay muchos nobles, pero sí tienen mucho dinero, fueron convenciendo al pueblo para que se levantara contra las medidas tomadas por el Gobierno.


Como ya sabemos, a Carlos III se le suele denominar “el mejor alcalde de Madrid”. Sin embargo, las medidas para adecentar la capital no surgieron de él, sino de Esquilache. Me refiero a cosas como el adoquinado de las calles, el alcantarillado, el agua corriente, las fuentes, etc.

En aquella época, era muy habitual verter los orinales desde una ventana a la calle. Eso sí, solían avisar, antes de lanzar esa carga. Por eso mismo, las calles solían ser malolientes, ya que lo único que se hacía cada mañana era pasar un tablón pesado, arrastrado por varias mulas.

El problema es que estas reformas debían de pagarlas el pueblo, vía impuestos. No hay que olvidar que, en aquella época, ni el clero, ni los nobles pagaban impuestos.

También se ordenó poner muchas farolas, alimentadas con aceite de oliva, cuyo precio comenzó a subir. Esto era prioritario, pues, cada noche, se producían muchos delitos, debidos a la ausencia de luz en las calles.

Fue una temeridad intentar subir los impuestos en una época de crisis económica, debida a las malas cosechas.

Incluso, se atrevieron a liberalizar el mercado de grano. Lo único que consiguieron fue que subiera el precio del pan, que era la principal comida de los pobres.

A partir de las Navidades de 1765, se produjeron los primeros altercados. Se comenta que el coche de caballos de Esquilache fue zarandeado por un grupo de gente, que iba embozada con capas largas y sombreros de ala ancha.

Por ello, a Esquilache no se le ocurrió otra cosa que convencer al rey para que firmara un real decreto, por el que se prohibirían usar las capas largas y los sombreros de ala ancha. Sustituyéndolos por capas cortas y sombreros de tres picos.

Las capas servían tanto para llevar armas escondidas como para calentarse en las propias casas, que solían ser muy frías en invierno.

En ese Real Decreto se ordenaba que la Policía fuera acompañada por un sastre y, cuando vieran a alguien vestido con capa larga y sombrero de ala ancha, lo detuvieran, le recortaran ambas ropas y le impusieran una multa.

Parece ser que alguien envió un mensaje al rey, pidiéndole que anulara ese Real Decreto, de lo contrario se amotinarían.

El 23/03/1766, domingo de Ramos, varios sujetos paseaban por la zona de Antón Martín, vestidos con capa larga y sombreros de ala ancha.

Parece ser que alguien llamó a los soldados, que tenían su acuartelamiento en el Paseo del Prado y que también los utilizaban para el orden público.

Estos, obedeciendo las órdenes del monarca, detuvieron a los sujetos y empezaron recortarles las capas. Enseguida, apareció mucha gente, que se dedicaron a insultar a los soldados.

Así comenzó el motín. La multitud subió por la calle de Atocha y fue hasta la Casa de las 7 chimeneas, en la actual plaza del Rey, residencia de Esquilache y su familia. Afortunadamente, no estaban allí, sino en el Palacio Real.


Lo único que hicieron fue darse un festín y robar todos los alimentos, que había en la despensa. También se llevaron un retrato de Esquilache y lo quemaron en la Plaza Mayor.

Dado que se juntaron muchos miles de manifestantes, los soldados se vieron incapaces de pararlos. No obstante, los miembros de las guardias valonas se mostraron muy duros con el pueblo.

Por ello, en el escrito remitido al rey, entre otras cosas, le pidieron la expulsión de Esquilache y la de las guardias valonas.

Por supuesto, exigieron seguir llevando las capas largas y el sombrero de ala ancha, que lo veían como algo tradicional en España, y también que el monarca saliera al balcón del Palacio Real para dar su conformidad a estas peticiones. Cosa que hizo.

Sin embargo, parece ser que el rey se asustó tanto que ordenó que él, con toda la familia real y su guardia personal, se fueran al Palacio de Aranjuez y no regresaran a Madrid, hasta que se pacificara la ciudad.

Eso dio lugar a que se trasladaran a la capital diferentes unidades militares, acuarteladas en zonas cercanas a Madrid.

Por otro lado, Esquilache presenta su dimisión al rey y éste la acepta. A continuación, se dirige, con su familia, a Cartagena, a la espera de tomar un barco, que le devuelva a Italia.

No se irá de vacío, ya que, unos 6 años más tarde, el rey, como premio a su gestión, lo nombra su embajador ante la República de Venecia.

El sustituto de Esquilache en el Gobierno de España fue el famoso conde de Aranda. Alguien famoso por su mano dura.

Incluso, se empeñó en investigar de dónde partió la idea de este motín, porque no creía que el pueblo hubiera sido capaz de organizarlo. Ya sabemos que en España es muy difícil poner de acuerdo a dos españoles.

No obstante, aunque no consiguen encontrar al organizador, aprovechan estos hechos para detener a unos cuantos nobles, como el famoso marqués de la Ensenada, que saben que son contrarios a la forma de gobernar de Carlos III.

También, en 1767, el Gobierno aprovechó la coyuntura para expulsar a los jesuitas, que era un colectivo, que nunca le había sido muy agradable al rey. No obstante, hicieron lo mismo que ya habían hecho con los jesuitas en otros países.

Incluso, el conde de Aranda se atrevió a enviar un documento a los representantes de los estamentos para que lo firmaran. En él, pedían perdón por los disturbios y también la cancelación de todas las medidas que le habían exigido al rey.

Por ello, el Gobierno dejó en vigor algunas de las demandas populares como las capas largas y los sombreros de ala ancha, la expulsión de Esquilache y el control sobre los precios del trigo.

Por el contrario, las tropas se quedaron en Madrid, durante muchos años, para vigilar de cerca a la población e impedir nuevas algaradas populares.

También ejercieron una importante represión contra las clases populares. Sobre todo, a los que consideraron los cabecillas del motín de Esquilache.

 

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miércoles, 22 de abril de 2026

FRANCISCO CIUTAT, UN DESCONOCIDO MILITAR

 


Hay quien cree que ya se ha escrito todo sobre la guerra civil española. Sin embargo, de vez en cuando, aparecen una serie de personajes, que se forjaron en esa guerra, lo cual fue muy importante para su futuro profesional.

Hoy voy a narrar la biografía de Francisco Ciutat de Miguel. A pesar de su apellido de origen catalán, nació en 1909 en Madrid.

En cambio, su padre sí era catalán. Francisco Ciutat y Martín llegó a ser teniente coronel de la Guardia Civil. No obstante, murió cuando estaba destinado en Zamora y nuestro personaje sólo tenía 12 años.

Por ello, su madre, que era de origen canario, quedó al cuidado de Francisco y de otros dos hijos menores.

Así que, al ser huérfano de un militar, tuvo acceso directo para ingresar en la Academia de Infantería.

En 1927, obtuvo su despacho como oficial y fue destinado a un regimiento en Bilbao. También realizó varios cursos de formación.

En 1936, cuando empezó la guerra civil, acababa de terminar el primer curso de Estado Mayor. Ese curso lo estaba haciendo en la Escuela Superior de Guerra, en Madrid.

Por entonces, ese centro estaba ubicado en la calle Santa Cruz de Marcenado, detrás del Palacio de Liria y muy cerca del domicilio familiar, en la calle Princesa.

Con el transcurso de la guerra, ese centro del bando republicano se mudó, primeramente, a Valencia y luego a Barcelona. Mientras que el del bando nacional estuvo en la Academia de Caballería, en Valladolid.

Ya sabemos que el Gobierno republicano nunca confió en la mayoría de sus militares. Sin embargo, éste podría ser una excepción, porque, cuando estuvo destinado en Bilbao se afilió a la Masonería y eso es de suponer que eso le abrió muchas puertas.

Como permaneció fiel al Gobierno republicano, aunque era un simple teniente de Infantería, muy pronto fue destinado a la plana mayor de la Inspección de milicias.

Como se suele decir: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Lo digo porque el propio José Giral, por entonces, 

presidente del Gobierno, le encargó nada menos que la formación de un Ejército en el norte de España. En calidad de jefe del Estado Mayor del mismo. Algo que le provocó frecuentes discusiones con el lehendakari Aguirre, porque ya se sabe que a los políticos les gusta meter su hocico en todas partes.

Posteriormente, estuvo bajo el mando del general Llano de la Encomienda, el cual también tuvo muchas discusiones con el lehendakari, porque no se ponían de acuerdo sobre quien mandaba en las tropas vascas.

Parece ser que el propio presidente del Gobierno, Largo Caballero, estaba a favor de un Ejército del norte bajo el mando del lehendakari.

Así que, cuando el general Mola inició su ofensiva sobre Vizcaya, las posiciones republicanas fueron cayendo como un castillo de naipes.

Posteriormente, Ciutat, fue evacuado y nombrado teniente coronel y jefe de operaciones del Ejército de Levante, participando en varias batallas.

No sé si sería por convencimiento o, como hicieron otros muchos, por salvar el pellejo, lo cierto es que se afilió al PCE. Tener el carnet de ese partido era un seguro de vida en la zona republicana.

Durante la guerra en el norte aprendió que una línea de combate estática era ineficaz y podría ser bombardeada con facilidad por la aviación.

Sin embargo, en Levante, fue uno de los diseñadores de la famosa línea XYZ, con posiciones escalonadas, aprovechando el relieve del terreno, donde los pilotos no podían ver dónde estaban las tropas atrincheradas. Así que tampoco podían ser un

blanco fácil para la artillería. Ese fue el motivo por el que Valencia no se rindió hasta el final de la guerra.

Estuvo en Levante hasta el final de la guerra. Por eso mismo, fue uno de los pocos afortunados, que consiguieron huir en un barco hacia el exilio. Concretamente, él lo hizo desde el puerto de Gandía.

En la antigua URSS fue admitido en la prestigiosa Academia Voroshilov, donde se forman los oficiales del Estado Mayor. Según dicen algunos autores, al terminar sus estudios, fue nombrado profesor de esta academia militar.

En Moscú se casó con una ciudadana soviética, llamada Sofía Kokuina.

Durante la II Guerra Mundial, prestó servicios en el Ejército soviético. Concretamente, estuvo en la GRU. O sea, la Inteligencia militar.

Al final del conflicto, prestó sus servicios en la División de Inteligencia Smersh, que fue la que llevó a cabo las investigaciones sobre Hitler y demás jerarcas nazis.

Supongo que, como sus superiores no sabrían qué hacer con él, y ya con el rango de general, fue enviado como asesor militar a varios países, como Indonesia, México, etc.

También estuvo en el Estado Mayor de Vietnam del norte, durante su lucha y victoria contra las tropas francesas. Allí empezó a utilizar otros nombres, como el de Pavel Stepanov.

Posteriormente, fue enviado a Egipto, aliado de la URSS en su lucha contra Israel.

En 1960, el Gobierno de la URSS, decidió enviarlo a Cuba, como asesor de las tropas revolucionarias de Fidel Castro. Allí se reencontró con otros militares republicanos españoles, junto a los que había combatido en la guerra civil.

 Fundó la Academia de Estado Mayor del Ejército cubano y participó en los combates de la famosa bahía de Cochinos. Incluso, organizó la distribución de las piezas de artillería, para que fueran más efectivas. Allí cambió su nombre por el de Ángel Martínez Riosola, aunque se le conocía como “comandante Angelito”.

Fue ascendido a teniente general del Ejército soviético y, nuevamente, fue enviado a Vietnam hasta el final de la guerra.

También fue asesor del Ejército argelino, en la guerra que mantuvieron con Marruecos.

En 1975, fue enviado a Angola para organizar el despliegue de las tropas cubanas, que fueron enviadas a luchar en ese país.

En 1977, regresó a una España, que le resultó desconocida. Aquí vivió con su mujer varios años, pero pareció no estar muy a gusto. Nunca le quisieron reconocer el empleo de teniente coronel, que era el que tenía al final de la guerra civil. Aunque es cierto que le dieron una pensión.

En 1985, enfermó gravemente y, como era algo incurable, expresó su deseo de ser enterrado en Cuba. Allí fue muy bien acogido por Fidel Castro. Incluso, le impuso una condecoración por su defensa en la Bahía de Cochinos. También llamada Playa Girón.

Desgraciadamente, falleció a finales de noviembre de 1986 y fue enterrado en un panteón del Ejército cubano.

Fue una persona muy respetada en Cuba por haber modernizado su Ejército y por haber combatido contra las guerrillas anticomunistas, que luchaban en las montañas. Precisamente, fue herido en un pie en uno de esos combates.

Se cuenta una anécdota sobre la confianza que le tenía Fidel. En cierta ocasión, un militar cubano se fue a quejar a Fidel, porque “Angelito” le había dicho que estaba haciendo las cosas mal. Fidel le respondió que, si eso lo decía “Angelito”, seguro que estaba en lo cierto. De hecho, muchos de los manuales militares cubanos fueron escritos por nuestro personaje.

Dicen que siempre fue un convencido comunista, pero nunca olvidó los modales de un oficial del Ejército español.

Parece ser que, durante estancia como asesor del general vietnamita Giap, fue el que organizó y perfeccionó la logística a través de la famosa Ruta Ho Chi Minh, logrando que nunca se parase el paso de los suministros, a pesar de los continuos bombardeos USA. Allí utilizó su experiencia con la línea XYZ.

Algunos autores afirman que fue el planificador de la famosa Ofensiva del Tet, que logró introducirse muchos kilómetros en el territorio enemigo.

No tenemos muchos datos sobre sus actividades, porque todavía están clasificadas en archivos rusos, cubanos y vietnamitas.

Durante su estancia como asesor en Argelia, logró convertir un Ejército especializado en la guerra de guerrillas en otro más moderno. Les enseñó a manejar y luchar con carros de combate y artillería.

 

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domingo, 29 de marzo de 2026

EL ENIGMA DE HANS KAMMLER

 

Hoy traigo al blog la biografía de un tipo bastante siniestro. De hecho, fue uno de los responsables técnicos del terror nazi.

Hans Kammler nació en 1901 en una localidad alemana, que, actualmente, se llama Szczecin y pertenece a Polonia.

Luchó en el Ejército alemán al final de la I Guerra Mundial. Posteriormente, se unió a esos grupos de matones, llamados Freikorps, que iniciaron una especie de guerra civil contra los comunistas alemanes.

Después estuvo estudiando ingeniería civil, terminando la carrera en 1923 y trabajando varios años en diversos tipos de construcciones.

En 1931 se afilió al partido Nazi y luego ocupó diversos cargos públicos, tras la llegada al poder de este partido en 1933. Empezó siendo el jefe de construcción de aeronaves en el Ministerio de la Aviación.

A partir de 1933 se afilió a las temibles SS. Era un tipo muy fanático y el mismo ministro Albert Speer llegó a temerle.

Posteriormente, fue destinado a un departamento en el que se le encargó la responsabilidad de construir los campos de exterminio. Incluidos, los hornos crematorios. Se dice que era un tipo muy competente a la vez que muy fanático.

También fue el encargado de destruir Varsovia, después de la sublevación de su gueto judío.

Tras el bombardeo de la base de los cohetes V-1 y V-2 en Peenemünde, decidieron construir una gran fábrica de armamento en un túnel subterráneo, en Turingia y lo pusieron al frente de la misma. Estuvo a cargo de miles de prisioneros procedentes de los campos de concentración cercanos.

Esos miles de presos fueron los que construyeron tanto los cohetes V-2 como los aviones a reacción Me-262.

Parece ser que las condiciones de trabajo eran muy malas. Tanto que, de los 60.000 presos enviados a esas fábricas, se calcula que murieron unos 10.000. Algo a lo que Kammler no le dio la menor importancia.

Murieron más construyendo las V-2, que las víctimas provocadas por haberlas lanzado sobre Londres.

De hecho, estaban tan satisfechos con su trabajo que, en abril de 1944, lo pusieron al mando de la construcción de todos los aviones a reacción.

Mientras tanto, su amigo Himmler convenció a Hitler para que pusiera toda la responsabilidad de la construcción de las V-2 en manos de las SS y nombraron a Kammler como jefe de ese proyecto.


Éste consiguió ponerlo en marcha y llegó a disparar muchos V-2 desde una base holandesa hacia Londres.

Llegó a tener tal prestigio, que el propio Hitler cesó a Göring en el puesto de responsable de la fabricación de aviones y lo sustituyó por Kammler.

En marzo de 1945, el coche de Kammler tuvo que parar, ya que coincidió con miles de prisioneros, que bloqueaban la carretera. Él mandó que los mataran a todos.

Al final de la guerra, empezaron dándole órdenes a la desesperada.


Así que él también dio sus propias órdenes. Una de ellas fue la evacuación de unos 500 técnicos de misiles hacia una fortaleza alpina. Un reducto donde también pensaban esconderse muchos líderes nazis.

A pesar de tener una gran rivalidad con von Braun, que era un subordinado suyo, parece ser que contactó con él, ya que había sido informado de que éste había mantenido contacto con los aliados.

Fue huyendo hasta Austria, junto con su personal de confianza. Sin embargo, parece ser que fue detenido en Linz, a primeros de mayo de 1945, por fuerzas USA. Sin embargo, no sabemos si fue puesto en libertad, porque algunos afirman haberse reunido con él en esa misma zona.

Por el contrario, a finales de 1945, el general jefe de los servicios de inteligencia USA en Europa, dijo que lo había estado interrogando. O sea, que estaría a disposición de las tropas USA.

Sin embargo, hay varios testigos que dicen que se fue hacia Praga y allí fue donde murió a principios de mayo de 1945. Unos dicen que fue durante un enfrentamiento con la resistencia checa y otros que se suicidó con una cápsula de cianuro.

Sin embargo, la Inteligencia USA dijo que, en esa misma fecha, había detenido a Kammler y a otro, pero lograron escapar rumbo a Austria o a Italia.

Por el contrario, un agente de la antigua OSS (hoy CIA), dijo que le habían encargado llevar a Kammler a USA y supervisarle. No sé si se negaría a cooperar por lo que, según dijo este agente, lo encerraron en una celda, donde estaba solo, hasta que  encontraron ahorcado a este general de las SS. Sin embargo, nunca se encontró su cuerpo.

Como todos sabemos, existió la Operación Paperclip, por la que cientos de técnicos y científicos alemanes fueron trasladados a América a fin de enseñar a sus colegas USA sus descubrimientos en el área de los cohetes y de las bombas atómicas.

Así que llevarse a Kammler era el plato fuerte, porque era el jefe de todos ellos y estaba al corriente de todos los secretos nazis. De hecho, se dice que quiso negociar con las tropas USA.

También he mencionado que mantenía cierta rivalidad con Werner von Braun. Parece ser que a éste le oyeron decir que su prioridad era lograr viajar a la Luna, en lugar de enfocarse en construir nuevo armamento. Por ello, fue arrestado en 1944 por la Gestapo, pero pronto fue puesto en libertad.

Como ya he dicho, al final de la guerra, Kammler, ordenó la evacuación de unos 500 científicos y técnicos, que estaban bajo su mando, hacia una fortaleza en los Alpes. No se sabe si sus intenciones era la de asesinarlos para que no difundieran sus conocimientos o negociar su rendición a cambio de la entrega de estos evacuados.

También estuvo involucrado en las investigaciones para obtener una bomba atómica.

Parece ser que hubo dos grupos que se dedicaron a ello. El más conocido fue el del físico Werner Heisenberg. Un científico con fama mundial.

Sin embargo, hubo otro, liderado por Kurt Diebner, bajo control de la SS, que se dedicaron a investigar lo que ahora se llaman “bombas sucias”.

En marzo de 1945 tuvo lugar una extraña explosión cerca de una localidad de Turingia. Se sabe que cientos de prisioneros de los campos murieron o sufrieron unas heridas muy similares a las producidas por la radiación nuclear.

Los aliados llegaron a encontrar el reactor nuclear experimental de Heisenberg, el cual estaba escondido en una cueva, situada debajo de una iglesia.

Cuando los aliados detuvieron a Heisenberg, Hahn, Diebner y otros los encerraron en un palacete británico lleno de micrófonos. Allí pudieron oír lo que dijeron sobre sus experimentos y sobre el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Japón.

Por lo visto, hablaban de Kammler como el ingeniero que siempre conseguía hacer que se construyera lo imposible, aunque tuviera que sacrificar miles de vidas para lograrlo.

Los planos y archivos de Kammler nunca aparecieron. Los aliados estuvieron siempre muy interesados en hallarlos, porque ahí era donde se explicaba cómo podrían introducir ojivas nucleares en los cohetes.

La operación Alsos fue una carrera entre los USA y los soviéticos para ver quién se hacía antes con esos archivos y quien se llevaba a la mayor cantidad de técnicos.

Para terminar, hay que decir que Hans Kammler nunca fue juzgado por sus crímenes, como sí lo fueron algunos de sus colegas en Nuremberg. Como ya he dicho, sus archivos nunca aparecieron, ni tampoco su cadáver.

 

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