ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 28 de marzo de 2023

¿QUIÉN FUE LOUISA GOULD?

 

Cuando vemos películas acerca de la II Guerra Mundial, nos hacemos a la idea de que los británicos no movilizados vivían bastante tranquilos en sus islas, pero eso no es del todo cierto. De hecho, sufrieron muchos bombardeos alemanes.

En 2012, le dediqué uno de mis primeros artículos a las islas del
Canal. Un archipiélago formado por una serie de islas. Unas pertenecen al Reino unido y otras a Francia. Seguro que a más de uno le suenan, porque ahora se consideran uno de esos paraísos fiscales, pero no siempre fue así.

Precisamente, estas islas fueron los únicos territorios de las Islas Británicas, que fueron invadidos por los alemanes, durante la II Guerra Mundial. Ya que el alto mando británico renunció a defenderlas. Por eso, se pueden ver algunas fotos, donde aparecen policías británicos hablando con militares alemanes.

Parece ser que, en 1940, tras la invasión de Francia, el Gobierno británico les dio, a los habitantes de esas islas, la opción de ser evacuados a Gran Bretaña. Dándoles prioridad a los niños y a sus maestros.

Sin embargo, mucha gente decidió quedarse, sobre todo, en Jersey, porque confiaron en que serían defendidos por sus tropas, pero no fue así.

Los alemanes empezaron a bombardearlas a mediados de junio de ese año. Afortunadamente, el Gobierno británico hizo gestiones ante el Gobierno USA, cuyo país todavía

no había entrado en guerra, para que convencieran al Gobierno alemán de no bombardearlas, porque allí ya no quedaba ningún soldado británico.

Gracias a ello, dejaron de hacerlo, aunque en esos bombardeos perecieron unas 40 personas. Así que, a finales de junio de 1940, las tropas alemanas invadieron esas islas.

El Ejército británico hizo algún intento por recuperarlas por medio de incursiones de comandos, pero fracasó estrepitosamente. Por tanto, hasta el final de la guerra, permanecieron en manos alemanas.

Las relaciones entre los alemanes y los isleños pasaron por varios períodos, ya que el Gobierno alemán les fue apretando cada vez más las clavijas a estos últimos.

De hecho, se llevaron detenidos a Alemania a todos los judíos y británicos no nacidos en esas islas.

Incluso, como el Gobierno británicos dio la orden de detener a los civiles alemanes residentes en Irán, que entonces era una de sus colonias, Hitler aprobó una serie de represalias. Entre ellas, la detención y el traslado de un buen número de isleños a campos de concentración situados en Ucrania, tras haber invadido la URSS.

También dieron la orden de enviar unos 16.000 prisioneros de guerra adscritos a la Organización Todt, con el fin de construir fortificaciones para defender las islas.

Espero que a nadie le hayan resultado pesadas estas aclaraciones y ahora es cuando voy a dar comienzo al relato.

Nuestro personaje de hoy se llamaba Louisa Gould, aunque su nombre

de soltera fue Louisa Mary Le Druillenec. Ya sabemos que, al casarse, las mujeres británicas, cambian su apellido por el de su marido.

Es posible que a muchos no les suenen estos apellidos como británicos, la razón es que en esas islas siempre se habló una especie de dialecto normando, pero, después de la llegada de muchos inmigrantes ingleses, su idioma se ha ido implantando y ya hay muy poca gente que hable ese dialecto.

Louisa nació en 1891, en la pequeña localidad de Saint Ouen, en la isla de Jersey. Tenía 5 hermanas y 3 hermanos. Su padre fue el marinero Vincent Le Druillenec.

Ella se casó con Edward William Gould y juntos pusieron una tienda de comestibles. El matrimonio tuvo dos hijos: Edward y Ralph.

Desgraciadamente, en 1933, murió su marido y la dejó al frente de la tienda y, a la vez, al cuidado de sus hijos.

Afortunadamente, ambos hijos obtuvieron sendas becas para estudiar en Oxford. Sin embargo, su hijo Edward se alistó como oficial reservista de la Armada británica.

Como ya he mencionado, tras la invasión de Francia, unos 30.000 isleños pidieron ser evacuados a Gran Bretaña. Sin embargo, Louisa fue una de las muchas personas que decidieron quedarse en su isla de Jersey.

Por ello, sus dos hijos fueron movilizados por el Gobierno británico. Mientras tanto, las nuevas autoridades alemanas decretaron unas nuevas normas. Una de ellas fue la incautación de todos los aparatos de radio, que tuvieran los isleños. Sin embargo, Louisa se negó a entregarles el suyo. Aunque estos no sabían que tuviera uno.

A mediados de julio de 1941, Louisa fue informada, a través de la Cruz Roja, de que su hijo Edward había muerto, unos meses antes, en un combate en el mar Mediterráneo.

En octubre de ese mismo año, un piloto soviético, llamado Feodor Buryi, fue derribado por los alemanes. Tras intentar huir de las tropas alemanas, fue capturado y enviado como prisionero para realizar trabajos de fortificación en Jersey.

Parece ser que los alemanes daban un trato muy cruel a los 

prisioneros de guerra y, especialmente, a los soviéticos, porque los consideraban inferiores.

Por ello, Feodor intentó escaparse en dos ocasiones del duro campo de concentración de Lager Immelmann, pero no tuvo éxito. Sin embargo, lo logró en septiembre de 1942.

En un principio, Feodor, quedó, durante varios meses, bajo la protección de uno de los jefes de la Resistencia local, llamado René Le Mottée, hasta que alguien lo denunció.

Así que Louisa decidió proteger a Feodor en su casa. Le puso el apodo de Bill y le enseñó a hablar inglés con el acento francés con el que se habla en esas islas. Así podía hacerse pasar por un isleño más.

Por lo visto, cuando alguien le preguntó, ella respondió que quiso “hacer algo por el hijo de otra madre”.

Parece ser que Bill permaneció casi 20 meses residiendo en casa de Louisa, la cual solía compartir las noticias de su radio con sus clientes.

No obstante, parece ser que alguien la delató ante las autoridades alemanes. Afortunadamente, alguien la avisó con antelación y eso hizo que Bill tuviera tiempo de huir.

Así que la Gestapo sólo encontró su radio y algunos papeles, donde se mencionaba a un tal Bill, que ellos no sabían quién era. También hallaron en la casa un diccionario inglés-ruso.

Por ello, sólo la pudieron acusar de tener una radio, contraviniendo las órdenes del alto mando alemán.

Así que detuvieron a Louisa y, unos días después, a su hermana Ivy y a su hermano Harold. Todos ellos fueron encarcelados en mayo de 1944.

También arrestaron a otros amigos de Louisa, que solían escuchar las noticias en la radio, que tenía ella en su casa.

Parece ser que Bill había huido a casa de Ivy, pero consiguió escapar, antes de que la Gestapo registrase esa casa.

En junio de ese mismo año, Louisa fue juzgada y condenada a 2 años de prisión por posesión de una radio. Su hermano Harold fue enviado al campo de Bergen Belsen, donde logró sobrevivir hasta el final de la guerra.

Por el contrario, a Louisa la encarcelaron en varias prisiones francesas. Posteriormente, la enviaron al campo de Ravensbrück. Parece ser que, en uno de esos traslados por las prisiones francesas, uno de esos recintos sufrió un bombardeo y otra de las detenidas consiguió escapar, pero ella no pudo.

Según dijeron sus compañeras de cautiverio, allí pasó el tiempo dando clases de inglés a otras reclusas. Desgraciadamente, unos meses después, cayó enferma, aunque desconozco qué enfermedad padecía. Algunos dicen que quedó inválida. Por lo visto, las que dieron esas noticias fueron otras dos mujeres, que coincidieron, en ese mismo campo de concentración, con Louisa.

Lo único cierto es que hicieron con ella lo que solían hacer los nazis con los prisioneros que enfermaban. O sea, ordenaron que fuera llevada a la cámara de gas y allí murió asesinada el 13/02/1945.

Por lo que respecta a Bill, hay que decir que nunca fue capturado. Hasta el final de la guerra, vivió con otro isleño, llamado Bob le Sueur.

Gracias a su dominio del inglés, trabajó como traductor, hasta su regreso a la URSS.

Curiosamente, antes de regresar a su país, fue tanteado por los 

servicios de Inteligencia británicos, los cuales le propusieron que trabajara para ellos como espía, pero él declinó el ofrecimiento.

Sin embargo, como les ocurrió a otros soldados, tras su regreso a la URSS, fue vigilado de cerca por la KGB. Concretamente, lo estuvieron vigilando hasta los años 60.

Curiosamente, en 1992, Bob Le Sueur, su último protector en Jersey, fue a visitarlo a la URSS, donde vivía con su esposa.

En 1995, fue inaugurada en Saint Ouen una placa de mármol, 
donde se recordaba a esta heroína. El propio Feodor asistió a ese acto.

En 2010, fue reconocida como Heroína británica del Holocausto.

Por lo visto, en 2008, una cadena británica de tv dio a conocer los nombres de las denunciantes. Parece ser que se trataba de dos hermanas, que vivían en la misma calle que Louisa. Incluso, mostraron un recibo, donde habían firmado por haber cobrado 100 libras como recompensa.

Curiosamente, su hermana Ivy se libró de ser enviada a Alemania, porque un médico local le diagnosticó, falsamente, que padecía tuberculosis. Este certificado le sirvió para cumplir su condena en la cárcel de Jersey.

En la posguerra se dedicó a la política. En 1948, fue la primera mujer elegida para la Asamblea de esa isla, repitiendo en las elecciones de 1951, aunque perdió su escaño en las de 1954. Siguió viviendo en esa isla, hasta su fallecimiento, en 1997.

Esta historia se narra en la película británica Hijo de otra madre, estrenada en 2017.

 

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lunes, 27 de febrero de 2023

CARLOS VI DE FRANCIA Y EL BAILE DE LOS ARDIENTES

 

Hoy quiero narrar un curioso episodio de la Historia de Francia. No obstante, antes de entrar en el tema, para tener una idea de lo que ocurría en aquel momento, me gustaría hablar de uno de los protagonistas de ese episodio. Me refiero al rey Carlos VI de Francia.

Este monarca francés nació en París en 1368. Fue uno de los varios hijos de Carlos V de Francia y de Juana de Borbón.

Desgraciadamente, su padre murió cuando él sólo tenía 11 años. Así que, como ya habían muerto sus dos hermanos mayores, él heredó la corona de Francia.

Curiosamente, como su padre lo había nombrado señor del Delfinado a partir de entonces todos los herederos a la corona de Francia tuvieron ese título y fueron llamados delfines.

Lógicamente, dado que todavía era un niño, hasta 1388, el reino fue gobernado por un consejo de regencia, formado por sus tíos, Felipe II, duque de Borgoña y Jean de Berry.

Ciertamente, la situación de Francia no era muy buena, pues se hallaba en mitad de la famosa guerra de los Cien Años. A pesar de ello, su padre había conseguido reconquistar buena parte de sus territorios, que habían tomado los ingleses.

Parece ser que la población no estaba muy contenta con los regentes, pues se estaban enriqueciendo a base de multiplicar los impuestos. No entendían que hubiera tantos impuestos, si se había parado la guerra. Así que hubo una serie de revueltas, donde la gente mató a unos recaudadores de impuestos y los regentes ejercieron una dura represión.

En 1388, Carlos VI, decidió asumir las labores de gobierno, asesorado por varios consejeros, entre los que no estaban los regentes. Parece que no lo estaba haciendo nada mal. Sin embargo, sólo 4 años más tarde, sucedió algo inesperado.

Su amigo y consejero Olivier de Clisson sufrió un atentado del que consiguió recuperarse de sus heridas. Sin embargo, esto encolerizó al rey, el cual decidió invadir el territorio de Bretaña, porque Juan IV, duque de Bretaña, había concedido asilo al autor de ese atentado.

Cuando se hallaba en camino, al frente de sus tropas, se encontró con un hombre, que le previno de que querían matarle. No obstante, siguieron adelante.

Sin embargo, parece ser que a un paje se le cayó una lanza que portaba y fue a golpear el casco de un guerrero, que cabalgaba junto al rey.

Así que éste encolerizó, dio media vuelta y, pensando que eran unos traidores y que habían querido matarle, atacó a sus propios hombres, matando a varios de ellos. Afortunadamente, pudieron sujetarlo hasta que se le pasó ese ataque. Fue el primero de una serie de ataques de locura, que padeció a lo largo de su vida, aunque solía tener muchos momentos de lucidez.

Sólo tenía 25 años y muchos expertos actuales creen que padecía esquizofrenia, aunque hay muchas discusiones sobre ello. Así que su tío Felipe retomó la regencia, en compañía de Luis de Orleans, hermano del soberano.

El monarca se había casado con Isabel de Baviera Ingolstadt, la cual le dio varios hijos. Curiosamente, en algunos de sus ataques de locura no recordaba ni que era el rey y no conocía ni a su mujer, ni a sus hijos. Parece ser que ya existían antecedentes de problemas psiquiátricos en sus familiares por línea materna. 

Evidentemente, el estado mental del rey hizo que aquella corte fuera un lugar donde sus familiares lucharan por ampliar sus poderes.

Eso dio lugar a que, a la muerte de su tío, Felipe de Borgoña, su hijo, Juan sin miedo, se enemistara con Luis de Orleans, hermano del rey y, en 1407, lo matase. Eso provocó una cruenta guerra civil entre los partidarios de los Armagnacs y los Borgoñones. Le llamaban el bando de los Armagnacs, porque Carlos, el hijo y sucesor de Luis de Orleans había quedado bajo la protección del conde de Armagnac.

Esta guerra fue aprovechada por Enrique V de Inglaterra para reclamar su derecho al trono de Francia y eso dio lugar a una reactivación de la guerra de los Cien Años.

Volviendo atrás, iremos al tema del baile de los ardientes. Parece ser que, en 1393, la reina organizó un baile de máscaras, con motivo del matrimonio de una amiga suya, que sirviera para animar al rey.

Por lo visto, Carlos VI y 5 personajes de su corte decidieron disfrazarse de igual modo. Su disfraz consistía en un traje de lino al que empaparon con resina a fin de pegar unos trozos de linaza o estopa para dar la sensación de ser unos salvajes. Incluso, en alguna crónica se afirma que iban encadenados unos a otros.

Obviamente, se prohibió que se metieran antorchas en esa sala, pues ese disfraz estaba hecho con sustancias muy combustibles.

Sin embargo, cuando los disfrazados estaban saltando y aullando como unos salvajes, entraron en la sala Luis de Orleans, hermano del rey, y su amigo Philipe, ambos borrachos y portando unas antorchas.

Parece ser que quisieron averiguar la identidad de uno de los disfrazados, para ello, acercaron una de las antorchas y, de pronto, éste empezó a arder. Eso hizo que fueron ardiendo, uno tras otro. La reina se desmayó de la impresión.

Afortunadamente, el rey se había acercado a hablar con la joven esposa de uno de sus tíos. Ésta, al ver lo que ocurría, protegió al rey, echándole por encima la larga falda de su vestido. Eso le salvó la vida.

Sin embargo, cuatro de los disfrazados de salvajes murieron. Uno ese mismo día y los otros tres en días posteriores. Sólo se salvaron el rey y otro personaje de la corte, que tuvo la ocurrencia de meterse en un tonel de vino. Curiosamente, uno de los fallecidos fue el que ideó esa mascarada.

La noticia de este hecho indignó al pueblo y puso en entredicho la capacidad de sus gobernantes.

Así que el monarca y su hermano tuvieron que hacer un acto de penitencia para congraciarse con sus súbditos.

Parece ser que Carlos VI nunca fue un rey muy belicista. Así que, en cierta ocasión, firmó un pacto con Inglaterra, por lo que acordó la boda de su hija Isabel con el futuro Ricardo II de Inglaterra.

Sin embargo, eso no surtió efecto, porque Enrique V de Inglaterra aprovechó el estado mental del rey francés y la guerra civil entre borgoñones y armañacs para invadir Francia.

Se alió con los borgoñones y venció a los franceses en la célebre batalla de Azincourt (1415), donde los arqueros ingleses destrozaron a los presumidos caballeros franceses.

En 1420, Carlos VI, que se hallaba gravemente enfermo, firmó un tratado por el que reconocía al rey inglés Enrique V como su sucesor en el trono de Francia, declarando a su hijo Carlos como bastardo. Parece ser que estaba tan enfermo que quien lo firmó fue su esposa Isabel.

Una de sus cláusulas preveía el matrimonio entre Enrique V de Inglaterra y Catalina de Valois, una de las hijas de Carlos VI. Algunos autores dicen que fue ella la que transmitió la locura a su hijo, el futuro Enrique VI de Inglaterra.

Evidentemente, ese tratado nunca fue aceptado por los franceses. De todas formas, siempre hubo dudas sobre la paternidad de su hijo, el futuro Carlos VII.

Incluso, existió el rumor de que Carlos VII y Juana de Arco pudieran haber sido hijos de Isabel y de Luis de Orleans, hermano del monarca.

Ciertamente, aunque la reina tuvo 12 hijos siempre hubo rumores de que no todos podían haber sido hijos del rey, porque se decía que la reina había tenido muchos amantes.

No obstante, la reina también formó parte del consejo de regencia y fue declarada tutora de sus hijos, con lo que llegó a presidir ese consejo.

Por el contrario, hay quien dice que esos fueron unos rumores propagados por Felipe de Borgoña, ya que no le dejaban acceder al tesoro real, al que sólo tenían acceso la reina y Luis de Orleans.

Juan sin miedo, hijo y sucesor de Felipe de Borgoña, fue aún más expeditivo. Requirió que le pagase una gran cantidad de dinero por sus servicios y, como se negaron, entró con sus tropas en París.

La reina y el duque de Orleans huyeron de la capital. Sin embargo, el convoy que transportaba a los hijos de la reina fue interceptado por las tropas de Juan y el delfín fue raptado. Aunque lo liberaría muy pronto.

En noviembre de 1407, Juan ordenó a sus sicarios que asesinasen a Luis de Orleans. Por eso, lo fueron a esperar al lugar, donde solía reunirse con la reina y lo asesinaron.

Posteriormente, la reina se alió con Juan sin miedo, duque de Borgoña. Esto no gustó nada a su hijo, el delfín y futuro Carlos VII. Así que, en 1419, se citaron en una ciudad y los secuaces del delfín asesinaron al duque.

Esto no gustó nada ni a la reina, ni al rey y lo desheredaron, impidiéndole seguir siendo el heredero a la corona de Francia.

Esto fue lo que dio lugar, en 1420, a la firma del Tratado de Troyes, por el que se designó a Enrique V de Inglaterra como sucesor a la corona de Francia. De hecho, los ingleses ya habían ocupado casi todo el norte y el suroeste de Francia.

Sin embargo, los partidarios de su hijo argumentaron que el rey pertenece a la corona y no al revés. Por ello, no puede quitarle los derechos a su hijo, ya que debe de respetar las leyes.

Curiosamente, tanto Carlos VI como Enrique V murieron en 1422. El primero en octubre y el segundo en agosto. Así que el rey inglés no pudo acceder al trono de Francia.

En cuanto a la reina Isabel de Baviera, hay que decir que nunca fue muy popular en Francia. Más o menos, igual que le ocurrió a María Antonieta. A las dos las vieron como a unas extranjeras.

Incluso, se escucharon unas profecías que decían que “Francia se perdería por una mujer y luego será restaurada por una virgen”. A la primera la identificaban como a la reina, mientras que de la segunda pensaban que era la famosa Juana de Arco.

Para terminar, al enviudar, Isabel de Baviera, se trasladó a vivir a un palacio de la capital, acompañada de una de sus cuñadas y de unas damas de compañía.

En 1429, gracias a los servicios de Juana de Arco, su hijo fue coronado, como Carlos VII en la catedral de Reims, donde, tradicionalmente, habían sido coronados todos los reyes de Francia.

Sin embargo, en 1431, Isabel recibió la visita de su nieto Enrique VI de Inglaterra, que iba a ser coronado como rey de Francia en la famosa catedral de Notre Dame, de París.

En 1435 recibió con lágrimas en los ojos, la noticia de la firma del Tratado de Arras, por el que se reconciliaban Carlos VII y Felipe III de Borgoña.

Desgraciadamente, moriría sólo 3 días después de la firma de ese pacto. Su féretro no fue llevado en un lujoso carruaje, como solía hacerse con los miembros de la casa real, hasta la Basílica de Saint Denis.

Por el contrario, fue transportado de noche, con gran sigilo, en una barca, navegando a través del Sena hasta llegar a la citada basílica, donde está en panteón de los reyes de Francia.

Supongo que lo harían de ese modo para ahorrarse alborotos, pues, como he dicho, nunca fue muy popular en Francia.

 

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martes, 31 de enero de 2023

LA CONJURA DE LOS PAZZI

 

Hoy voy a narrar un episodio histórico sobre el que han corrido ríos de tinta, aunque me parece que nunca ha sido muy bien explicado.

Para empezar, hay que explicar quiénes fueron los Médicis. Se trataba de una familia, cuyos orígenes habían sido modestos, pero que se enriquecieron gracias a la Banca y también al monopolio de un mineral llamado alumbre y que, si lo buscan, verán que sirve para múltiples cosas.

Así, poco a poco, fue adquiriendo poder político en la ciudad de Florencia, que era donde residían. Empezaron por el cargo de gonfaloniero, que era una especie de abanderado y luego crearon una especie de dictadura muy populista, aunque, teóricamente, aquello era una república. Lo cual les granjeó muchas simpatías entre la clase popular y muchas antipatías entre la antigua nobleza florentina.

No voy a mencionar detalladamente todo el linaje de los Médicis, porque eso alargaría demasiado este artículo.

La familia Médicis siempre se mostró más cercana a la incipiente burguesía florentina, que se dedicaba a la manufactura y el comercio de la lana, que a las familias nobiliarias, que siempre habían gobernado esa ciudad.

Ahora ya paso a hablar de Lorenzo el Magnífico. Parece ser que era un hombre con unas ideas muy claras. Teóricamente, siempre respetó las instituciones de gobierno de Florencia. Sin embargo, se dedicó a colocar a sus amigos en esos consejos, para que nadie se pudiera oponer a su política.

Lorenzo tenía, literalmente, comprada la voluntad de la mayoría de sus conciudadanos, gracias a los regalos que solía darles. De hecho, muchos gritaban “Palle e pane”. “Palle” era el nombre de las bolas que figuraban en el escudo de los Médicis y con “pane” se referían a la prosperidad que les habían dado los Médicis. Eso hacía que nadie discutiera las decisiones tomadas por Lorenzo.

Curiosamente, Lorenzo era un tipo muy cercano a sus conciudadanos. Solía pasear por la calle vestido como un florentino cualquiera y la gente se acercaba a hablar con él y a contarle sus problemas.

Sin embargo, como era inmensamente rico, en su palacio solía dar grandes fiestas y también, como mecenas, supo atraerse a los mejores artistas del Renacimiento.

Incluso, se decía que solía bajarse de la acera para cederle el paso a todo el mundo. Cosa que nunca hacían los nobles. Hay que decir que, en aquella época, salvo las aceras, las calles solían estar llenas de barro, pero a él no le importaba mancharse sus botas.

Parece ser que otras de sus cualidades es que sabía escuchar a todo el mundo y tampoco fue un amante de la guerra. Algo muy raro entre los gobernantes de aquella época.

Evidentemente, tenía mentalidad de comerciante y una de las cosas que más les asusta a estos es el estallido de una guerra, que suele provocar la ruptura de los intercambios comerciales.

En su faceta como mecenas, fundó una escuela de escultura, que fue donde empezó a dar sus primeros pasos el gran Miguel Ángel. Allí tuvo como maestros al famosoGhirlandaio y a un menos conocido Bertoldo di Giovanni, un discípulo del gran Donatello.

Parece ser que los nobles florentinos odiaban a los Médicis desde que, en 1378, uno de los miembros de esa familia encabezase una rebelión contra varios nobles partidarios del Papa.

Aparte de ello, Lorenzo nunca se fio mucho de la familia Pazzi, que también eran banqueros y, según parece, más ricos que él. Así que les dictó una serie de prohibiciones, como la de prestar dinero al Papa. De vez en cuando, les enviaba inspectores, algo que no gustaba nada a los presumidos Pazzi.

Así que esta familia ideó una forma de eliminar a los Médicis para quedarse con el poder en Florencia. Para ello, contaron con el apoyo del Papa Sixto IV y con el rey Fernando I de Nápoles.

Para completar el círculo, el Papa nombró a Francisco Salviati nuevo arzobispo de Pisa. Ésta era una ciudad que estaba bajo el protectorado de Florencia y Lorenzo no podía permitir que se produjera un nombramiento sin su beneplácito. Así que no le dejó entrar en Pisa.

Lógicamente, el Papa se enfadó mucho y envió a los conspiradores uno de esos condotieros, que todavía quedaban en Italia. Se trataba de Giovanbatista de Monteseco, el cual organizó las tropas papales y las distribuyó alrededor de las fronteras de la República de Florencia.

Los Pazzi habían contratado a unas 1.300 personas para hacerse con el poder en Florencia. Consiguieron colarlos en la ciudad entre el numeroso séquito que llevó el cardenal Riario, sobrino del Papa, que efectuaba una visita por esa zona.

Curiosamente, Lorenzo solía compartir el poder con su hermano Giuliano. Así que, para derrocarlos, había que eliminar a los dos, pero era muy raro que estuvieran juntos.

Así que eligieron un día en que ambos asistieron a una misa en la catedral de Florencia. Ese día fue el 26/04/1478. El momento elegido para el ataque fue la consagración, porque el ruido de las campanas sería el aviso para que los conspiradores, que esperaban fuera, entrasen en el templo.

Fueron 4 los conspiradores que se ofrecieron voluntarios para eliminar a los dos Médicis y sus guardaespaldas. Uno fue el joven Francesco Pazzi, otro su amigo Bernardo Bandini además de los sacerdotes Antonio da Volterra y Stefano.

Así que, cuando iba a empezar la ceremonia de la comunión, Bernardo Bandini, que estaba arrodillado, se dio la vuelta y apuñaló a Giuliano, éste intentó escapar a pesar de que ya estaba herido de muerte. Por ello, Francesco se echó sobre él y le dio 20 puñaladas. Hasta llegó a herirse él mismo.

Por otro lado, los dos sacerdotes se echaron encima de Lorenzo, pero un amigo de éste quiso separarlos y fue el que se llevó las cuchilladas. Aunque Lorenzo fue herido en el cuello, consiguió escapar hacia la sacristía y desde allí volver a su casa, donde curaron su herida.

Los mercenarios que se habían colado en Florencia, se dirigieron hacia el Palacio Vecchio, al mando del arzobispo Salviati. Intentaron que el gonfaloniero Cesare Petrucci se pasase a su bando. Sin embargo, éste los arrestó.

Parece ser que Petrucci ni siquiera se molestó en consultar con Lorenzo y, ayudado por su guardia, consiguió arrestar a 26 sublevados y, acto seguido, ordenó que los matasen allí mismo.

Los sublevados se llevaron la sorpresa de que los florentinos no quisieron apoyar su causa, pero sí la de Lorenzo.

Como ya he dicho, Francesco Pazzi, se había herido, al coser a puñaladas a Giuliano de Médici. Como vio que estaban fracasando, intentó salir de Florencia para avisar a las tropas papales a fin de que fueran a apoyarles. Sin embargo, no pudo hacerlo. Francesco había perdido mucha sangre y tuvo que ser atendido por un médico.

Lorenzo, ayudado por muchos de sus fieles, consiguió romper el asedio del palacio de la Señoría y desde allí, se dirigió al pueblo. La gente le escuchó y, desde ese momento, comenzó una cacería contra todos los miembros de la familia Pazzi y sus allegados.

La mansión de los Pazzi fue invadida e incendiada. A Francesco lo encontraron tendido en una cama. Se lo llevaron a rastras hasta el palacio Vecchio y lo ahorcaron en una ventana.

Los dos sacerdotes, que quisieron asesinar a Lorenzo fueron detenidos y les cortaron sus narices y orejas para luego matarlos. Algo parecido le hicieron a Monteseco.

La represión llegó a tal punto que los nombres de los Pazzi fueron eliminados de todos los registros, al igual que sus escudos. Los pocos supervivientes tuvieron que exiliarse.

Se calcula que esta sublevación y su posterior represión les costó la vida a unas 80 personas.

Incluso, en el caso de Bandini, que había escapado a Constantinopla, Lorenzo consiguió su extradición y, todavía vestido con ropas turcas, fue colgado de una ventana del Palacio del Bargello. Precisamente, Leonardo da Vinci realizó un dibujo del natural.

Aunque parezca mentira, Lorenzo no fue partidario de estos asesinatos, sino de juzgarlos y condenarlos legalmente. Peo sólo consiguió proteger al cardenal Riario y a varios familiares de los Pazzi.

Curiosamente, su hermana Bianca, estaba casada con uno de los Pazzi y con ellos sí que consiguió que se pudieran exiliar sin sufrir ningún daño.

Como anécdota, cuando los cadáveres ahorcados empezaron a pudrirse fueron retirados de las fachadas de los edificios donde habían permanecido colgados. Sin embargo, para que nadie olvidase esa horrible visión, le encargaron al pintor Andrea del Castagno, que pintase sus figuras en las fachadas. Para esa labor, le ayudó uno de sus discípulos, que luego sería muy famoso, Sandro Botticelli.

Evidentemente, esto no gustó nada al Papa Sixto IV, el cual excomulgó a todos los Médicis y firmó una alianza con Fernando I, rey de Nápoles para derrocarlos.

Sin embargo, en 1480, tuvo que retirar esa orden, pues los turcos amenazaban con invadir toda Italia y se aprestaron a su defensa.

No obstante, al año siguiente, el Papa planeó otra conspiración para derrocar a Lorenzo, liderada por el cardenal Riario, pero fue descubierta a tiempo y detenidos los implicados en ella.

A partir de entonces, aumentó el poder de Lorenzo y fue un personaje con mucha influencia en todos los estados vecinos.

Incluso, consiguió que el Papa Inocencio VIII, con el que se llevaba mejor que con el anterior, crease como cardenal a su hijo Juan, que entonces sólo tenía 14 años y que, más adelante, llegaría a ser el Papa León X.

A partir de esta conjura fracasada se fortaleció el poder de los Médicis. Su Banca llegó a ser la más importante de Europa.

León X fue el primero de una serie de cuatro Papas Médicis: Clemente VII, Pío IV y León XI. En esta familia también hubo dos reinas de Francia: Catalina y María de Médici.

Fueron mecenas de muchos artistas del Renacimiento, como Donatello, Fra Angélico, Botticelli, Verrocchio, Ghirlandaio, Leonardo, Miguel Ángel, etc. Incluso, de insignes humanistas, como Marsilio Ficino o Pico della Mirandola.

 

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jueves, 26 de enero de 2023

EL ASESINATO DE JUAN DE ESCOBEDO

 

Hoy voy a narrar uno de los hechos más escalofriantes que tuvieron lugar durante el reinado de Felipe II.

El personaje de hoy se llamaba Juan de Escobedo. Esa es una de las pocas cosas que tenemos ciertas de su biografía. Para el resto existen muchas dudas.

Parece ser que nació en 1530 en la localidad cántabra de Colindres, aunque los expertos no se ponen de acuerdo sobre ello.

Por lo visto, su padre era un hidalgo, que trabajaba como letrado en el Ayuntamiento de Santander. Es de suponer que allí fue donde nuestro personaje realizó sus primeros estudios.

Se discute si realizó su carrera universitaria en Salamanca o en Alcalá de Henares. Las dos grandes universidades españolas de aquella época.

Incluso, algunos afirman que fue entonces cuando se hizo amigo de Antonio Pérez, lo cual es un poco extraño, porque Escobedo era 10 años mayor que él.

Hay quien dice que Escobedo fue introducido en la corte, porque el príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva era pariente suyo, pero no indican qué tipo de parentesco.

Sin embargo, Antonio Pérez fue, casualmente, formado en las mejores universidades europeas, a expensas del mismo príncipe, ya que había nacido en sus territorios y hasta se rumoreaba que podría ser hijo natural suyo.

Así que no sé si Escobedo fue introducido en la Corte por ser, presumiblemente, pariente del príncipe de Éboli o por ser amigo de Antonio Pérez.

Parece ser que nuestro personaje, aparte de ir escalando puestos dentro del funcionariado de la Corte, también fue aumentando su prestigio. Sólo hay que ver que realizó su primera boda con una mujer cántabra, como él. Mientras que la segunda la hizo con otra mujer procedente del prestigioso linaje de los Mendoza. Curiosamente, el mismo al que pertenecía la princesa de Éboli.

La carrera de Escobedo empezó con un modesto puesto dentro del Consejo de Hacienda para pasar, posteriormente, a ser secretario del mismo Organismo.

Supongo que sería ahí donde llamó la atención de Felipe II y de su secretario, Antonio Pérez, que, como ya he dicho, tenía cierta amistad con Escobedo.

Parece ser que a don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, que estaba destinado como gobernador de Flandes, le detectaron en la Corte que tenía grandes ambiciones políticas.

Por lo visto, había hecho una gran labor diplomática y, además, había conseguido derrotar al Ejército del príncipe de Orange, el cual tuvo que huir para no ser apresado.

Así que ahora estaba muy animado y pidió a su hermanastro los recursos suficientes para invadir Inglaterra. Evidentemente, esto iba en contra de la política que estaba realizando el monarca en ese momento.

Así que, en 1576, al rey, asesorado por Pérez, no se le ocurrió otra cosa que enviar a Escobedo a Flandes para realizar las funciones de secretario privado de don Juan de Austria. Lógicamente, la idea era que nuestro personaje informase a la Corte de todo lo que estaba tramando don Juan de Austria en Flandes.

Sin embargo, como se suele decir, les salió el tiro por la culata, porque Escobedo se hizo muy amigo y confidente de su jefe y no quiso informar de lo que tramaba.

También se dijo que don Juan de Austria le pidió al monarca que trasladase a Alejandro Farnesio a Flandes. Algunos dijeron que lo que pretendía era dejar a Farnesio a cargo de ese territorio y volverse él a Madrid, porque no le gustaba vivir en Flandes. Aunque no tuviera el permiso del rey para ello.

Antonio Pérez conocía muy bien a su monarca y su manía
de sospechar de todo el mundo. Así que, como Escobedo le estaba empezando a hacer sombra, no le costó mucho trabajo convencerle de que don Juan de Austria quería volver a España para arrebatarle el trono.

Incluso, que se proponía casarse con María Estuardo, reina de Escocia, a la que muchos consideraban legítima reina de Inglaterra. Así, si conseguía fondos y tropas para invadir Inglaterra, podría poner en el trono a María Estuardo y ser también rey de Inglaterra.

La llegada de Escobedo a Madrid, enviado por don Juan de Austria con el objetivo oficial de recabar fondos para esa campaña, aunque sospechaban que se dedicaría a otros asuntos, no fue del agrado de Pérez y mucho menos del monarca.

También creo que, como Escobedo conocía de sobra los asuntos de corrupción en los que estaba metido Pérez, pues, seguramente, a éste no le gustaría que se los fuera a contar al soberano. No obstante, supongo que también se los podría contar por medio de una carta. Incluso, se habló de que Pérez podría haber estado ayudando a los rebeldes flamencos.

Parece ser que Pérez y la princesa de Éboli, entre otras cosas, se dedicaban

a vender secretos de Estado a los banqueros genoveses.

Así que, en un principio, Pérez, dio la orden de envenenar a Escobedo en varias ocasiones. Lo cierto es que no lo consiguió. En una de ellas, se le echó la culpa a una joven morisca, la cual fue condenada y ejecutada por ello.

Cualquiera que hubiera estado en la casa de Pérez sabía que le gustaba vivir muy bien y que llevaba una vida muy por encima de sus posibilidades. Incluso, poseía una de las mejores colecciones de pinturas de toda España. Algo que no podría haber comprado sólo con su sueldo.

Tenía una especie de palacete, al que llamaba la Casilla, situado en las afueras de Madrid, donde vivía con gran lujo. Parte de ese edificio está ahora dentro del Monasterio de Santa Isabel. En la madrileña calle del mismo nombre y cerca del Museo Reina Sofía.

Tampoco sé si Escobedo le querría hacer algún tipo de chantaje, ya que Pérez le prometió un título nobiliario, el ingreso en alguna orden militar o una encomienda, si se iba a Flandes. Sin embargo, no había cumplido, porque no había conseguido convencer al rey de ello.

También hay quien dice que querían matar a Escobedo para que no le dijese al rey que Pérez tenía una relación amorosa con la princesa de Éboli, que ya se hallaba viuda. Según parece, ella también había sido amante del rey.

Por lo visto, Pérez abusó de su amistad con Escobedo para hacerle creer que estaba de parte de don Juan de Austria y así hacer que le contase por carta lo que hacía el gobernador. Teóricamente, no le iba a enseñar esas cartas a Felipe II, pero sí lo hizo.

Incluso, Pérez se permitió dar una serie de órdenes a Escobedo para que, presuntamente, don Juan no siguiera las instrucciones dadas por el monarca. Es posible que Pérez temiera que Escobedo llevase esas cartas al monarca.

Así que Pérez consiguió convencer a Felipe II de la traición de Escobedo y de que sería conveniente matarlo. Algo que aprobó verbalmente el soberano.

Por ello, Pérez les encargó a dos de sus criados más fieles que buscaran a algunos que fueran capaces de cometer ese crimen.

Una vez que los encontraron, el rey aprobó que les ayudasen a huir y les pagaran los fondos suficientes para vivir holgadamente en otros de sus reinos.

En la noche del 31 de marzo de 1578, lunes de Pascua, Escobedo salió de la casa de la princesa de Éboli, después de haber estado varias horas reunido con ella.

Recorrió la pequeña calle de la Almudena a lomos de su caballo y acompañado por 3 sirvientes, que le precedían con antorchas encendidas. Ya sabemos que, en aquella época, no había alumbrado público.

Ésta es una calle perpendicular a la calle Mayor y que bordea el muro izquierdo del Palacio de Abrantes, donde se halla el Instituto Italiano de Cultura. Debía su nombre a que allí se hallaba la antigua iglesia de Santa María de la Almudena, la cual fue demolida en 1869.

También, tal y como indica una de las placas colocadas en esa calle, allí se hallaba el palacete donde vivió la princesa de Éboli, antes de ser arrestada por orden del rey y encerrada en su palacio de Pastrana (Guadalajara).

Precisamente, frente a ese centro cultural está el edificio de la antigua Capitanía general y el Consejo de Estado. En ese mismo edificio era donde se hallaban entonces los diferentes consejos de la monarquía española.

También está muy cerca del actual Palacio Real, que se halla donde entonces estaba el Alcázar de los Austrias, sede de la corte española.

No muy lejos de allí, se halla el Palacio del Cordón, que está situado en el lugar donde estuvo la casa de Antonio Pérez.

Lo único cierto es que 6 tipos les salieron al paso. Uno de ellos consiguió asestarle una estocada, que le hizo caer del caballo, muriendo pocos minutos más tarde a causa de la pérdida de sangre.

Curiosamente, aunque los asesinos huyeron tan precipitadamente que perdieron un arcabuz, un puñal y hasta dos capas, lograron no ser detenidos.

Lógicamente, cuando le comunicaron la noticia al rey, dio a entender que le había sorprendido mucho. Sin embargo, parece ser que se alegró de haber eliminado al “verdinegro”, que era cómo le llamaba, porque solía vestir ropas con esos colores.

Curiosamente, en 1589, cuando el rey ordenó procesar a Antonio Pérez a causa de su corrupción, también dio la orden de que le preguntasen por qué se había empeñado en que Escobedo debía morir y si eran fundadas las acusaciones por las que consiguió que el rey aprobase ese asesinato.

Como ya he dicho, en aquella confesión, obtenida bajo tortura, Pérez acusó a don Juan y a Escobedo de mantener conversaciones diplomáticas con el Papa y el duque de Guisa a fin de que, tras la invasión de Inglaterra, fuera reconocido como monarca de ese reino y luego de España.

Parece ser que la detención de Antonio Pérez y la princesa de Éboli vino tras la muerte de don Juan de Austria, acaecida unos meses después de ese asesinato, pero esta vez a causa del tifus.

Por lo visto, en su despacho encontraron varios documentos que incriminaban, tanto a Antonio Pérez como a la princesa de Éboli.

Así que, tanto la familia de Escobedo como el sacerdote Mateo Vázquez, consejero del rey, le pidieron al monarca que investigase el asesinato y que detuviese a esos dos personajes.


Para terminar, ya sabemos que la princesa de Éboli acabó sus días en su palacio de Pastrana. Sin embargo, Antonio Pérez, a pesar de haber sido detenido en dos ocasiones, al final, logró huir y se exilió primero en Francia y luego en Inglaterra, país en el que falleció.

Una anécdota que no se suele contar es que, unos años antes, la princesa de Éboli se encaprichó con ingresar en un convento. No obstante, se llevó a todos sus criadas para que estuviera tan bien atendida como en su palacio.

Por lo visto, esto no le hizo ninguna gracia a Santa Teresa de Jesús y la echó del convento, que era de su misma orden.

Así que la princesa enfureció y no se le ocurrió otra cosa que denunciarla ante la temida Inquisición. Afortunadamente, los inquisidores archivaron esa denuncia. De lo contrario, le podría haber costado un buen disgusto a la santa.




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lunes, 2 de enero de 2023

EL MISTERIO DE LA CARABELA SAN LESMES

 

Antes de nada, he de decir que pensaba publicar este artículo a final de año, pero se me ha echado el tiempo encima y no ha podido ser. Así que me parece que también es adecuado hacerlo a principios de 2023, como si fuera el tradicional mensaje de esperanza, que suelo publicar al final de cada año.

En julio de 1525, partió del puerto de La Coruña una flota de 7 navíos con el objetivo de llegar hasta las famosas islas de las especias y conquistar las Molucas. Estas, teóricamente, pertenecían a España, según el Tratado de Tordesillas.

La razón de partir desde ese puerto era que, desde que regresó Elcano de su viaje alrededor de la Tierra, muchos comerciantes se dieron cuenta de la importancia y la rentabilidad del comercio de las especias. Hay que tener en cuenta que, en aquella época, varias de estas especias tenían un precio similar al del oro.

Así que, en 1520, con motivo de una visita de Carlos V a Galicia, lo convencieron de la posibilidad de instalar en La Coruña la Casa de la Especiería, porque esa ciudad se hallaba más cerca de los mercados que demandaban esos productos en el centro de Europa.

Esta expedición se suele llamar Loaysa-Elcano, porque la comandaban García Jofre de Loaisa y Juan Sebastián Elcano. También viajaba en ella el célebre Andrés de Urdaneta, el cual, en un posterior viaje, descubrió la forma de realizar el viaje de vuelta entre Filipinas y América. El llamado tornaviaje.

Ese descubrimiento fue muy importante, porque luego posibilitó la navegación del famoso galeón de Manila, que venía cargado con todo tipo de productos orientales desde China y Filipinas hasta lo que hoy es México. Luego atravesaban ese territorio por tierra, entre Acapulco y Veracruz, para volver a embarcar esos productos rumbo a la Península Ibérica. Ese viaje se realizó por última vez en 1815.

Parece ser que, los componentes de esta flota, tuvieron muchos problemas con los temporales, que suelen darse en la zona sur de América. Así que las naves se separaron, como solían hacer en estos casos, para no chocar unas con otras.

El San Lesmes era una carabela, que formaba parte de esta expedición. Desplazaba unas 80 Tm y tenía una tripulación de 50 marineros. Siendo la mayoría de ellos gallegos, aunque también los había vascos y otros venidos de Flandes. Al mando de la misma estaba el cordobés Francisco de Hoces.

Curiosamente, esta carabela llegó a navegar tan al sur de América, que descubrió el paso que hay entre ese continente y la Antártida. Así que, desde entonces, se le ha llamado Mar de Hoces. Aunque las cartografías actuales le llamen paso de Drake a pesar de que no se tienen noticias de que ese pirata inglés hubiera navegado por allí.

Milagrosamente, la San Lesmes consiguió salir airosa de esos temporales. Volvió atrás y atravesó el Estrecho de Magallanes. Incluso, recogió a algunos de los náufragos de la carabela Santi Espíritu, que había chocado con otra de las naves. Por eso, se cree que, al final de su viaje, llevaba unos 60 tripulantes.

De esos 7 barcos, que partieron de Galicia, con unos 450 tripulantes, sólo hubo 4 que llegaron al Pacífico y, de esos, sólo hubo una nave que llegase a su objetivo, las islas Molucas.

Curiosamente, los tripulantes de la nave Santa María de la Victoria, que fue la única que llegó a las Molucas, tuvieron que enfrentarse a los portugueses, que habían llegado antes a esas islas. Sin embargo, desconocían que, en el transcurso de su viaje, se había firmado un tratado por el que el emperador Carlos V había vendido esas islas a los portugueses, pero ellos no se habían enterado. Así que estuvieron exponiendo sus vidas en balde.

Desgraciadamente, antes de llegar a las Molucas, habían muerto tanto Loaisa como Elcano. Posiblemente, a causa del escorbuto, que mató a decenas de esos tripulantes.

Como suele decirse que hay gallegos por todas partes, pues les ocurrió una cosa muy curiosa. Al llegar a una de esas islas, fueron unos indígenas hacia ellos con una canoa.

Uno de ellos les llamó la atención, pues les hablo en español. Se trataba de un gallego llamado Gonzalo de Vigo, superviviente de la primera circunnavegación de Elcano, que había naufragado y se había quedado a residir en esas islas.

Volviendo a la carabela San Lesmes, el temporal hizo que se desviara del resto de la expedición y todos la dieron por perdida. La última vez que la vieron los componentes de esa flota fue el 02/06/1526.

Sin embargo, a los miembros de las expediciones llevadas a cabo por los británicos a partir del siglo XVIII, les llamaron la atención una serie de detalles.

Por ejemplo, muchos de los miembros de esas tribus no tenían la piel oscura, como era lo natural entre esos indígenas. Tenían una religión parecida a la cristiana. Las viviendas y las herramientas eran parecidas a las europeas, etc.

En 1929, hubo más suerte, pues se encontraron 4 cañones en el arrecife de coral del atolón de Amanu.

En 1969, cuando los franceses estuvieron haciendo ensayos con bombas atómicas en el atolón de Mururoa, encontraron otros 2 cañones. Se demostró que eran de fabricación española y habían sido construidos en el siglo XVI.

El investigador australiano Robert A. Langdon llegó a la conclusión de que esos cañones sólo podían ser del San Lesmes. Es posible que encallaran en ese atolón y se deshicieran de varios cañones y lastre para poder reflotar el barco a fin de proseguir su navegación.

Este experto propuso, en un libro publicado en los años 70, que los tripulantes de esta nave la habían ido abandonando, al pasar por varias de estas islas y los últimos se quedaron en Nueva Zelanda, ya que hay tradiciones que afirman que algunos de los habitantes de esas islas son descendientes de unos náufragos.

Esa podría ser la razón por la que, unos siglos más tarde, cuando llegaron a esas islas el navegante portugués Pedro Fernández de Quirós o el inglés James Cook, se encontraron a algunos indígenas que tenían el pelo rubio o pelirrojo y los ojos azules. Incluso, vieron algunas casas con unas formas muy parecidas a los famosos hórreos.

Robert A. Langdon era un periodista australiano, que cubrió la noticia del hallazgo de esos cañones. Le interesó tanto el tema, que dedicó muchos años a investigar lo que le ocurrió a la San Lesmes.

De hecho, publicó dos libros sobre esa nave. Uno en 1975, con el título, en inglés, La carabela perdida y otro en 1988, llamado la carabela reexplorada, donde actualizaba los datos de esas investigaciones. Parece ser que esos libros no han sido traducidos al español.

En cambio, Roger Hervé, conservador de la sección de mapas de la Biblioteca Nacional de Francia, publicó otro libro en 1982, titulado Descubrimiento fortuito de Australia y nueva Zelanda por los navegantes portugueses y españoles entre 1521 y 1528. Tampoco ha sido traducido al español.

En esa obra, sostuvo la tesis de que el San Lesmes siguió navegando hacia Nueva Zelanda y Tasmania, para luego ascender por la costa oriental de Australia. Con lo cual, llegaron a Australia antes que el famoso capitán británico James Cook, que lo hizo en 1769.

Parece ser que basó su teoría en unos mapas de la escuela francesa de Dieppe, donde figuran las costas de Australia con topónimos, claramente, portugueses y españoles. Así que cree que los portugueses capturaron a los pocos tripulantes que remontaron la costa oriental de Australia y, tras sacarles toda esa información, posiblemente, los mataron, para que no les arrebataran los derechos de haber descubierto esos territorios.

Así que es muy posible que los indígenas de piel blanca, que encontraron, posteriormente, los exploradores británicos, fueran descendientes de los tripulantes del San Lesmes, que se fueron repartiendo por esas islas.

Eso también se aprecia en las técnicas de construcción de naves y en el uso de la vela latina. Algo anormal en la mayoría de las islas de Oceanía. Incluso, utilizaban grandes catamaranes. Como los que se utilizan ahora en las travesías deportivas oceánicas.

Las tradiciones de los propios maoríes afirman que muchos de ellos son descendientes de unos hombres de piel blanca, que llegaron a bordo de un barco. Incluso, hoy en día, utilizan algunas palabras muy parecidas a las españolas.

Curiosamente, en 1772, otra expedición española, enviada por el virrey de Nueva España, al mando de Domingo de Bonechea, llegó a Tahití y allí encontraron una gran cruz con un texto grabado en ella, donde se decía que la habían instalado unos españoles.

Por ello, el marino e historiador Martín Fernández de Navarrete, al que ya dediqué otro de mis artículos, publicó en 1825, una obra donde afirmaba que hasta allí podrían haber llegado los tripulantes de la desaparecida San Lesmes.

Francisco de Hoces se cree que ya habría muerto, antes de que llegasen a esas islas, así que el nuevo capitán de esta carabela sería Diego Alonso de Solís.

Hay que decir que en la expedición de 1772 figuraba un soldado español, llamado Máximo Rodríguez. Parece ser que, unos años antes, había ido en otra expedición a la isla de Pascua y había llegado a aprender el idioma polinesio. Así que no le fue muy difícil hacerse entender con los tahitianos. Incluso, llegó a elaborar un diccionario español-tahitiano.

Así que, con este artículo, que debía de haberlo publicado a finales de 2022, os mando un mensaje de esperanza para 2023 y, de nuevo os deseo

¡UN FELIZ AÑO 2023!

 

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