Joseph Fouché nació en 1759, en
la ciudad portuaria de Nantes. Era hijo de un capitán de la marina mercante,
llamado Julien Fouché. Así que la situación económica de la familia debió de
ser acomodada.
Sin embargo, él no pudo seguir la
actividad de su padre, porque siempre fue una persona con una salud muy frágil,
aunque era muy inteligente.
Por ello, ingresó muy joven en el
seminario de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Parece ser que
fue un buen alumno, ya que, al final de sus estudios, lo contrataron como
profesor de Matemáticas y Física en el mismo centro educativo. Sin embargo, a
pesar de que vestía como sacerdote, nunca hizo los votos y siempre fue un
seglar.
Tampoco se distinguió por ser un buen orador, algo que daba mucha prestancia en aquella época, sino que siempre fue un gran intrigante, que dominaba perfectamente los movimientos entre bambalinas de la política.
Parece ser que en 1788 fue iniciado en la Masonería, cuando estuvo destinado, brevemente, como profesor en Arras.
Ya con 30 años, cuando estalló la
Revolución Francesa, entró como diputado en la Asamblea nacional y se apuntó al
movimiento de los girondinos.
Sin embargo, su fino olfato
político, le advirtió de que estos estaban a punto de caer a manos de los
radicales jacobinos, encabezados por Robespierre, el incorruptible. Así que no
dudó en pasarse a estos.
Posteriormente, le nombraron
miembro del infame Comité de salud pública el cual se dedicaba a señalar los
que debían ser guillotinados. Precisamente, Fouché votó a favor de la ejecución
de Luis XVI.
Se cuenta que utilizar la
guillotina le pareció demasiado lento para eliminar a varios centenares de personas
que habían encarcelado. En su lugar, ataban un grupo de ellos y les disparaban
a corta distancia con cañones cargados de metralla. Los que no morían así, los remataban
con las bayonetas. Se calcula que, de esa manera, asesinaron a unas 2.000 personas
en esa ciudad. Llegó a decir: “La sangre de los criminales fertiliza el terreno
de la libertad y establece el poder sobre bases sólidas”.
Parece ser que, más tarde, él
siempre quiso borrar ese episodio de la memoria colectiva, para intentar
aparecer como un moderado.
Así que, como vio que Robespierre
se estaba cargando a todos los que lo habían rodeado, convenció a los
supervivientes para dar el llamado Golpe de estado de Thermidor, que puso fin a
la dictadura de Robespierre y los llevó a él y a su hermano a la guillotina. Dicen
que, durante varios días, desde la mañana a la noche, se dedicó a visitar a los
implicados en ese golpe y les dijo: “Mañana pereceréis, si él no lo hace antes”.
Por el contrario, no avisó al
Directorio del golpe de Estado, que llevó al poder a Napoleón, que regresaba de
la campaña de Egipto. Por ello, éste le confirmó en el cargo como ministro de
la Policía.
Uno de los departamentos que creó
fue la oficina de censura, la cual actuaba con mayor o menor celo, según lo que
conviniera en cada momento.
Por ejemplo, si dejaba que se
publicaran panfletos monárquicos, todos recurrían a él para que diera prioridad
a la detención de los implicados. Eso lo hacía insustituible.
Parece ser que Napoleón temía a Fouché, porque siempre se mostraba impasible y nunca alababa los logros del emperador. Supongo que temía que Fouché se podría haber deshecho de él, igual que hizo con Robespierre.
En 1802, Napoleón sufrió un atentado,
cuando viajaba en una carroza. Él salió ileso, sin embargo, murieron muchos
viandantes que circulaban por la misma calle.
Napoleón se empeñó en echar la
culpa a los jacobinos, mientras que Fouché apostó por los monárquicos. Al final,
la Policía detuvo a los responsables y Napoleón tuvo que reconocer que se
equivocaba.
Bonaparte nunca tuvo claro si
Fouché era leal a él o no. Así que, en 1802, se le ocurrió cesarlo y eliminar
el Ministerio de la Policía, fusionándolo con el de Justicia.
Para tenerlo callado, le dio un
nombramiento como senador, con un buen sueldo, y una hermosa finca muy
productiva.
No obstante, Fouché, siguió
utilizando a sus espías y colaboró con el gobierno en la detención del duque de
Enghien, aunque no estuvo de acuerdo con la decisión de fusilarlo.
Así que, a mediados de 1804,
recuperó su puesto
En 1809, cuando Napoleón se
hallaba combatiendo en Austria, los británicos desembarcaron en una localidad
cercana a Amberes. Fouché ordenó al prefecto francés de esa región que
movilizara a 60.000 guardias nacionales para combatir contra esas tropas. Algo que
gustó mucho a Napoleón.
Sin embargo, a finales de ese
año, Fouché conoció que Napoleón pensaba negociar la paz con el Reino Unido. Así
que, cuando el emperador comenzó esa tarea, descubrió con estupor que Fouché se
le había adelantado y había iniciado conversaciones con el Gobierno británico.
Por ello, se enfadó mucho y, a
mediados de 1810, lo cesó y lo envió como gobernador de la ciudad de Roma.
No obstante, intentó alejarlo de
la corte, nombrándolo gobernador de las provincias Ilirias. O sea, Croacia y Eslovenia.
Sin embargo, no pudo llegar a su destino por la revuelta del mariscal Murat.
Por ello, regresó a París en
abril de 1814, justo a tiempo de ver cómo los mariscales obligaban a Napoleón a
abdicar.
Fouché siguió intrigando y pidió
al Senado que enviara a una delegación para visitar al conde de Artois, hermano
del futuro Luis XVIII, para intentar restablecer la monarquía en Francia. En tanto
que aconsejó a Napoleón, que entonces se hallaba exiliado en la isla de Elba,
que se fuera a los USA.
Como todos sabemos, Napoleón
consiguió escapar de la isla de Elba. Poco antes de su llegada a París, Luis
XVIII quiso nombrar a Fouché ministro de Policía, pero éste rehusó el
ofrecimiento.
Por el contrario, sí que aceptó
el mismo ofrecimiento, que le hizo el propio Napoleón. No obstante, como era un
tipo con muchos recursos, mantuvo algunos contactos con el canciller austriaco,
von Metternich.
Este monarca nombró como primer ministro a Talleyrand y éste, como no podía ser de otra forma, nombró como ministro de Policía a Fouché.
Fue entonces cuando se desató el
llamado Terror blanco. Unos 70.000 funcionarios fueron cesados. Los altos
mandos del Ejército fueron destituidos. Incluso, el mariscal Ney, al que ya
dediqué otro de mis artículos, el cual había jurado lealtad al rey, pero que
luego se pasó a Napoleón, fue fusilado por traidor. No fue el único general fusilado
en aquel momento.
Hubo linchamientos por todo el
país e, incluso, unas 6.000 personas afines a Napoleón fueron enjuiciadas y
muchas de ellas condenadas.
En las elecciones de 1815 tuvieron mayoría absoluta los ultrarrealistas. Llegando a decir Luis XVIII, que ellos eran más realistas que el propio rey.
A la vista de este panorama tan
radical, el rey disolvió la cámara y convocó unas nuevas elecciones en 1816,
pues temía una guerra civil.
Los monárquicos no podían
aguantar que alguien que votó a favor de la ejecución de Luis XVI, ahora fuera
ministro de su hermano. Así que presionaron para que le nombraran embajador en
Sajonia.
Posteriormente, el nuevo gobierno
de Francia, que ya no estaba presidido por Talleyrand, lo mandó al exilio,
acusándole de regicida.
Empezó residiendo en Praga, luego
en Linz para finalizar en Trieste. No tuvo problemas económicos, porque había
amasado una gran fortuna. Así que se dedicó a disfrutar de su familia. Murió en
1820 en Trieste, pero su cadáver fue trasladado y enterrado en Francia.
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