ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 7 de marzo de 2019

JACQUES CAZOTTE, UN DESVENTURADO PROFETA


Hoy voy a hablar en este artículo de un personaje difícilmente clasificable. Se dedicó a múltiples actividades, destacando en todas ellas. Aunque, desgraciadamente, hoy en día, casi se puede decir que ha pasado al olvido.
También hay que aclarar que, tradicionalmente, cada época se clasifica de una forma demasiado simplista. Así, podría parecer que durante el siglo XIX sólo existía el Romanticismo o durante el XVIII todo el mundo estaba influido por el espíritu de la Ilustración. Sin embargo, ambas cosas son inexactas.
Es como si pensáramos que, durante el gobierno de Hitler, todos los alemanes eran nazis. Sin embargo, en Alemania, el siguiente partido con mayor número de votantes era el comunista.
Los historiadores de tendencia marxista suelen decir que, en todas las épocas, siempre ha habido y hay dos corrientes: la tesis y la antítesis. Como resultado de estas dos, aparece una síntesis, que puede variar hacia uno u otro lado, según la corriente triunfante en cada momento.
En ese siglo, igual tenemos a personajes tan conocidos como Voltaire o Rousseau y a otros como Swedenborg o William Blake.
Incluso, el propio Isaac Newton, reconocido por todos como el mayor científico de la Historia, también dedicó muchas horas a la Alquimia.
Volviendo a nuestro tema de hoy, Jacques Cazotte, que así era como se llamaba, nació en la ciudad de Dijon, región de la Borgoña, al este de Francia. En una zona cercana a la frontera con Suiza y no muy lejos del nacimiento del famoso río Sena, que baña París.
Nació en 1719, en el seno de una familia muy acomodada. Su padre, Bernard Cazotte, era notario y consejero del rey. El matrimonio tuvo 14 hijos, de los cuales, nuestro protagonista, fue el último de ellos.
Estudió en el colegio de los jesuitas de su ciudad. Curiosamente, parece ser que ocupó el mismo pupitre que, unos años antes, había ocupado el célebre músico francés Rameau.
En 1739 terminó sus estudios de Derecho en la Universidad de Dijon. Dos años después, lo vemos con un trabajo administrativo, como personal civil, dentro de la Armada Francesa.
Posteriormente, fue destinado a un puesto importante en la colonia francesa de Martinica, en el Mar Caribe. La misma isla donde nació la que, más tarde, sería la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón Bonaparte, a la que dediqué otro de mis artículos.
En 1760 consiguió volver a la metrópoli, donde ascendió a comisario general de la Armada. Entonces empezó a escribir pequeños relatos, en forma de cuentos, poemas y canciones un tanto bufas.
No obstante, hoy en día, se le considera el creador de la novela fantástica y hasta de la novela gótica. Es más, algunos lo definen como uno de los precursores del Romanticismo.
Sin embargo, empezó escribiendo cuentos de carácter oriental, que le dieron bastante fama y eso le animó a seguir haciéndolo.
Hay que precisar que, sólo unos años antes, se había traducido el libro de Las Mil y una noches al francés y, por tanto, debía de estar de moda la literatura orientalizante.
En 1772, escribió su relato más conocido. Se trata de “El diablo enamorado”. Por lo visto, dijo haberla escrito cuando se hallaba en trance, después de algunas nochesde insomnio.
En esa obra relata todo un mundo sobrenatural con un lenguaje muy realista. Propio de una persona muy aficionada a los saberes ocultos.
El personaje principal de esa obra es un militar español destinado en Nápoles, muy aficionado al esoterismo, que hace una especie de pacto con el Diablo. Incluso, narra que ese pacto lo había hecho en las cercanas ruinas de Pompeya, que se acababan de descubrir no hacía muchos años.
Parece ser que, en un principio, el Diablo, se le aparece como una especie de cabeza de camello. Lo que parece una visión un poco rebuscada, aunque ya aparece definida esa forma de aparición  en la Cábala.
Posteriormente, esa visión se convierte en un perro, para luego aparecer con la forma de un paje, llamado Biondetto, que pronto se transformará en una joven y sensual mujer llamada Biondetta, que se enamora de él.
Incluso, le enseña una fórmula matemática para recuperar su dinero, tras haberse arruinado jugando a las cartas. Le dice que el mundo no está regido por el azar, sino por una serie de combinaciones matemáticas.
El famoso escritor argentino Jorge Luis Borges seleccionó esta obra como una de las mejores novelas de la Historia e, incluso, escribió el prólogo para una edición de la misma, publicada en 1978.
Por lo visto, la primera edición de esa novela se publicó sin mencionar a su autor e indicando que se trataba de una “novela española”. Supongo que sería, porque, en esa época, se veía a España como a un país muy exótico y muy distinto de lo que se podía ver, habitualmente, en la mayoría de los países de Europa.
Incluso, en la propia novela, se cita un viaje del personaje por Extremadura. Supongo que sería para darle aún más exotismo a la narración.
De hecho, rompe el esquema tradicional de la Literatura propia de la Ilustración, que se definía como tiempo, lugar y acción y pone las bases de la Literatura del Romanticismo, que saldrá a luz en el siguiente siglo.
Como ya he dicho, la novela narra acontecimientos de tipo sobrenatural y huye de la razón para afrontar la trama desde el misterio con el fin de entrar a fondo en la mente humana.
Según su autor, la imprudencia y la curiosidad es lo que hace caer al protagonista en las redes del Demonio. Sin embargo, el arrepentimiento es lo que hace posible que sea rescatado del Mal.
Es curioso, que algunos masones pensaron que él era uno de ellos, porque decían que había mencionado en esa obra algunos de los secretos tratados en sus logias.
En 1775, ingresó dentro de los llamados Illuminati, donde sorprendió a todos por su don profético. Hay que decir que esta sociedad fue fundada por un curioso personaje, llamado Adam Weisshaupt, nacido en Ingolstadt (Baviera). Se trataba de un tipo perteneciente a una familia de judíos conversos, el cual había sido formado en colegios jesuitas.
Esto no debería de sorprendernos, pues, aunque siempre se ha hablado del siglo XVIII como del siglo de la razón, también fue el siglo donde tuvieron su apogeo las logias masónicas y el cultivo del esoterismo.
Más tarde, nuestro personaje, entró dentro del movimiento Martinista, fundado por Claude Saint Martin, una especie de logia masónica derivada de los Illuminati, que se dedicaba, principalmente, a estudiar la Cábala.
Sin embargo, su espíritu conservador hizo que se fuera alejando de un movimiento cada vez más proclive a la Revolución Francesa.
Es posible que, como muchos otros, ingresara en esos movimientos, no por estar interesado en esos asuntos, sino para codearse con personajes de estamentos superiores a los que no tendría nunca acceso alguien que no perteneciera al mismo estamento. Tal y como hizo Mozart, que ingresó en la Masonería tradicional.
Se sabe que, en 1788, se unió a una tertulia de miembros de su movimiento. Parece ser que allí se estaba discutiendo sobre el momento en que tendría lugar la famosa Revolución Francesa, que llegaría un año después.
En una de esas sesiones,celebrada tras una cena en la masión del Príncipe de Beauvau, entró en trance y, después de profetizarles que todos llegarían a verla, les dijo: “Al grito de libertad y fraternidad, las cárceles se llenarán y caerán centenares de cabezas”. Vemos que se quedó
bastante corto en esta predicción. Se calcula que, durante la Revolución Francesa, fueron guillotinadas unas 15.000 personas.

También les dijo: “Ilustres filósofos, vuestros asesinos hablarán de Filosofía”. "...En ese momento, la Razón tendrá sus propios templos y, los únicos templos en Francia, en ese momento, serán los templos de la Razón...".
Según parece, la mayoría de los asistentes a esa reunión se tomaron a broma esa predicción de Cazotte. Es preciso decir que muchos de ellos eran personajes muy importantes de la Corte, incluidos algunos ministros del Gobierno francés.
Sin embargo, consiguió contener las risas de los comensales, cuando les fue pronosticando el fin que iba a tener cada uno de ellos.
Por lo visto, alguna de las damas dijo sentirse aliviada, porque había entendido que nadie se iba a meter con las mujeres. Por el contrario, también fue afectada por otra de las predicciones de nuestro personaje: "Te llevarán al patíbulo, junto con  otras muchas damas, en el carro del verdugo y con las manos atadas a la espalda".
Incluso, Cazotte, llegó a pronosticar su propia muerte en la guillotina, la cual se llevó a cabo a finales de septiembre de 1792.
Lo cierto es que acertó de pleno. Todos ellos murieron. Unos en la guillotina y otros un poco antes, debido a infartos o, incluso, a envenenamientos voluntarios en sus propias celdas.
Parta terminar, Cazotte, fue guillotinado en la Plaza del Carrusel, en París. Antes de morir, pronunció esta frase: “Muero como he vivido. Fiel a Dios y a mi Rey”.
Como alguien me dijo una vez: "Lo malo de los profetas es que suelen tener razón".
Influyó en autores posteriores, como ETA Hoffmnan, Nodier, Gerard de Nerval y T. Gautier. Por si alguien no lo sabe, Hoffmann, fue el autor del cuento “Cascanueces”, donde se inspiró el genial Chaikovski, para escribir el ballet del mismo nombre.
Espero que esta vez no me critiquen los que suelen decirme que escribo unos artículos demasiado largos.

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domingo, 3 de marzo de 2019

EL REY PEDRO II DE ARAGÓN


Hoy me apetece escribir sobre un monarca del que no se suele hablar mucho, pero que, según creo, tuvo una enorme importancia en la Historia.
Pedro II, llamado el Católico, nació en 1177, aunque otros dicen que fue al año siguiente, en la ciudad de Huesca.
Sus padres fueron el rey Alfonso II el Casto, rey de Aragón. No confundirlo con Alfonso II el Casto, rey de Asturias. Mientras que su madre fue Sancha de Castilla, hija de Alfonso VII de Castilla, llamado el Emperador y nieta de Urraca I.
Se crió en Huesca y, tras la muerte de su padre, acaecida cuando él tenía 17 ó 18 años, pasó a ser rey de Aragón, dentro de cuya Corona estaban los condados catalanes, como unos territorios más de la misma.
Sin embargo, dado que, en el testamento de su padre, se decía claramente que Pedro no podría ser rey hasta cumplir los 20 años, durante ese tiempo, la Corona estuvo bajo la regencia de su madre.
Es preciso distinguir entre Reino de Aragón, que era uno de los reinos que formaban la Corona de Aragón. Al igual que luego lo fueron otros como el de Valencia, el de Mallorca, el de Nápoles, etc. Sin embargo, Cataluña, nunca constituyó un núcleo unido, sino que estaba formado por diferentes condados y, por supuesto, jamás fue un reino. Ni, por supuesto, un Estado independiente, como muchos pretenden ahora.
Así que eso que se define ahora como “la Corona catalano-aragonesa” es algo absolutamente falso. Sólo es un invento moderno.
En septiembre de 1197, Pedro, convocó sus primeras Cortes en Daroca y allí juró los fueros y privilegios de Aragón y de sus otros territorios. Tras este acto protocolario, ya pudo empezar su reinado.
Siguiendo los consejos de su madre, continuó apoyando la política de Castilla y de su monarca, Alfonso VIII. Por ello, tuvo que enfrentarse más de una vez, con Alfonso IX de León y con Sancho VII de Navarra.
No obstante, propuso una unión de todos los reinos cristianos peninsulares para atajar el peligro de la invasión almohade, la cual, tenía la vista puesta en las ciudades de Talavera de la Reina y Toledo.
Hay que precisar que estos guerreros musulmanes eran realmente peligrosos e, incluso, consiguieron vencer al propio Alfonso VIII, en 1195, en la batalla de Alarcos. El cual no encontró la muerte en la misma, gracias a que sus nobles le obligaron a huir del campo de batalla.
Como ya he dicho anteriormente, ambos monarcas se enfrentaron a León y a Navarra. Sin embargo, en este último caso, prefirió pactar una tregua, ya que se hallaba acuciado por graves problemas económicos, pues se había erigido en protector de ciertos territorios al otro lado de los Pirineos. Así que aceptó que el rey de Navarra le pagara por no invadir su reino.
No hay que olvidar que una hermana de Pedro se había casado, en 1201, con Ramón VI, conde de Tolosa. Con lo que, teóricamente, se anulaba la tradicional rivalidad, en esa zona, entre las casas de Toulouse y Provenza.

Realmente, en ese momento, la política de la zona de Occitania (actualmente, el sur de Francia) era muy complicada, pues no sólo se daban los enfrentamientos entre los burgueses y los nobles, como en el resto de Europa, sino que también están juego otros intereses comerciales. Como el monopolio del comercio en la Provenza. Algo a lo que aspiraban Montpellier, Niza, Marsella, Toulouse y Barcelona. Todo ello, daba lugar a un cambio continuo de alianzas entre esas ciudades.
Aparte de que esos feudos ultrapirenaicos ya venían ofreciendo su vasallaje desde la época de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, por su matrimonio con Dulce de Provenza, se ampliaron con la llegada de Alfonso I el Batallador, rey de Aragón.
Por eso mismo, en 1204, Pedro II, tuvo que personarse en Provenza para arbitrar en el conflicto entre su hermano Alfonso y otro noble de la zona.
También, en ese mismo año, casó con María, hija del conde Montpellier, con ánimo de quedarse con ese señorío a la muerte de su suegro.
Posteriormente, se embarcó rumbo a Italia, donde pretendía ser coronado por el propio Papa Inocencio III, al que dediqué otro de mis artículos.
Así que a finales de 1204 fue coronado por el Papa, poniendo sus reinos bajo la protección del Pontífice y comprometiéndose a pagar un fuerte tributo anual.
Para afrontar la mala situación económica, a este tributo añadió otro, llamado monedaje, que gravaba los bienes inmuebles. Lógicamente, esto molestó mucho a los nobles, que eran los máximos poseedores de la mayoría de los inmuebles del reino.

Ya sabemos que, en esa época, los nobles estaban casi eximidos de pagar impuestos. Así que se unieron para presionar al rey y que les redujera considerablemente la cantidad a pagar por ese nuevo tributo.
En 1211, Alfonso VIII, envió al arzobispo de Toledo Ximénez de Rada a Roma con la misión de convencer al Papa Inocencio III para que emitiera una bula, proclamando una cruzada contra los almohades.
Lo cierto es que tuvo éxito y volvió con la misma, aunque costó bastante convencer a Sancho VII, rey de navarra, para que se uniera a esta empresa, pues estaba enemistado con el monarca castellano, sin embargo, había mantenido buenas relaciones con los almohades. No obstante, gracias a las amenazas del Papa, se unió a la misma.
En la primavera de 1212, se reunió en Toledo un fuerte contingente compuesto por tropas de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. Así como caballeros de las órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Malta. Aparte de ello, también vinieron caballeros franceses y de otros reinos europeos.
Sin embargo, los reyes de León y de Portugal hicieron caso omiso a la llamada papal. En el primer caso, Alfonso IX, seguía enemistado con Alfonso VIII, a pesar de que era su suegro, y se
 fue a su residencia veraniega de Babia.
Por el camino, hubo fuertes discusiones con los caballeros extranjeros, pues sólo pensaban en saquear y no era eso lo que se les había ordenado. Así que la mayoría de ellos optó por darse la vuelta y volver a sus reinos.
No obstante, el 16 de julio de 1212, el ejército cruzado se enfrentó con las tropas almohades, que les superaban en número, en las Navas de Tolosa. Un lugar cercano al pueblo de Santa Elena (Jaén).
El resultado fue una enorme victoria de las fuerzas cristianas. La fecha de esta batalla es considerada como memorable, ya que, marca un antes y un después. Tras ella, se aceleró considerablemente la Reconquista de la Península Ibérica.
Desde hacía unos 10 años, el Papa, estaba muy preocupado por el crecimiento de la herejía albigense en el territorio del Languedoc, el actual sur de Francia. Aún no se había creado la nefasta Inquisición. Así que la Iglesia sólo podía intentar convencerles para que regresaran a la misma.
De hecho, desde 1183, en que el Papa había firmado con el Imperio la Paz de Constanza, tuvo las manos libres para dedicarse a los cátaros, que estaban creciendo mucho por esa zona.
En 1179, tuvo lugar el Concilio de Letrán, donde se prohibió defender a los herejes y comerciar con ellos, pues se suponía que los mercaderes extendían esa doctrina.
Por supuesto, durante la ceremonia de coronación de Pedro II, el Papa, le recordó su obligación de combatir contra esos herejes.
En 1207, Pedro de Castelnau, legado del Pontífice, se enfrentó con Ramón, conde de Tolosa, para intentar que devolviese los bienes eclesiásticos que éste había incautado para entregarlos a los albigenses. Ante la negativa del conde, el legado procedió a excomulgarlo. Inmediatamente después, un caballero del conde, asesinó al legado papal.
Esto hizo que el Papa reaccionara, convocando una cruzada contra los albigenses, la cual se organizó en 1209, poniendo al mando de la misma a Simón de Montfort.
De esta manera, Pedro II, quedaba en una posición muy desagradable. Por un lado, tenía que defender a sus vasallos del Languedoc. Por otra, no quería enfrentarse a los cruzados, por ser, a la vez, vasallo del Papa.
De hecho, en 1209, envió a unos emisarios para intentar convencer al Papa a fin de que las tropas de Montfort no entraran en el condado de Tolosa, pero no consiguieron nada.
Simón de Montfort, que ya tenía fama de carnicero, se comportó como tal y fue dejando una estela de muerte por donde iba pasando.
Realmente, Simón, no buscaba sólo guerrear contra los albigenses, también llamados cátaros, sino también apropiarse de los territorios de los nobles que hubieran abrazado esa herejía.
Es más, el propio Pedro II, habló con Montfort, llegando a cederle a su hijo Jaime, el cual se comprometió a casarlo con una hija de Simón, a fin de que terminaran las masacres. Pero Simón no respetó el acuerdo, aunque retuvo a Jaime en calidad de rehén.
Así que a Pedro no le quedó otra que combatir contra los cruzados. El 11/09/1213, cercó el castillo de Muret, que había sido ocupado por las tropas de Simón. Éste, al conocer la noticia, movilizó a su ejército, trasladándolo a esa ciudad.
Dado que su contingente era mucho mayor que el de nuestro protagonista, consiguió rodearle y, tras un combate que no duró mucho, el ejército aragonés fue vencido, dejando muchos muertos en el campo de batalla. Entre ellos, el del propio rey. Sus restos fueron trasladados hasta el Monasterio de Sijena, por caballeros de la Orden Hospitalaria.
De esa manera, Aragón, perdió la mayoría de sus dominios al otro lado de los Pirineos, siendo Simón de Montfort el que se hizo con muchos de ellos, tras el acuerdo del Concilio de Montpellier, en 1215.
Pedro II, que era muy mujeriego, se quiso divorciar de su esposa para casarse con otra, pero el Papa Inocencio III se lo impidió.
Se cuenta la anécdota de que, en cierta ocasión, se había encaprichado de una joven. Sin embargo, su propio consejero, Guillermo de Alcalá y su esposa prepararon una estratagema.
Una noche, éste llevó a oscuras al rey hasta un dormitorio donde le dijo que le esperaba esa dama. 
Tras acostarse el rey con ella, a la mañana siguiente, pudo comprobar que había yacido con su propia esposa. Fruto de esa estratagema fue que, en 1307, naciera el príncipe Jaime, el futuro Jaime I el Conquistador. Uno de los mejores reyes de la Historia de España.
Como no quiero que os vayáis con mal sabor de boca, en esto como en las películas, los malos nunca ganan.
Simón de Montfort siguió guerreando y acaparando títulos, como los de Conde de Tolosa, vizconde Béziers y duque de Narbona.
Sin embargo, pronto se enfrentó con Arnaldo Amalric, legado papal y abad cisterciense, que, curiosamente, combatió junto a Pedro II en Las Navas de Tolosa. De hecho, fue enviado por Inocencio III para que convenciera a Sancho VII a fin de que participara en esa batalla.
Parece ser que Montfort pretendía incautar todas las riquezas del ducado de Narbona. Sin embargo, Amalric se opuso a ello. Incluso, pidió que el Papa le quitara el condado de Tolosa.
De esa manera, ante la insistencia de Montfort, Amalric, se vio obligado a excomulgarle. Lo que era un castigo muy duro en esa época. Sin embargo, el rey de Francia aceptó el vasallaje de Montfort y dio validez a sus conquistas realizadas durante esa cruzada.
Incluso, se atribuye a Amalric aquella nefasta frase. Cuando, tras haber conquistado la ciudad de Béziers, uno de los jefes de los cruzados, le preguntó cómo distinguirían a los herejes de los que no lo eran, parece que ser que él le dijo: “Matadlos a todos. ¡Dios reconocerá a los suyos!”. Acabó como abad general de toda la Orden Cisterciense.
Sin embargo, en 1218, cuando Montfort se hallaba sitiando la ciudad de Toulouse, que se había rebelado contra él, fue alcanzado por una roca, lanzada desde una catapulta, manejada por unas mujeres, y ubicada en la muralla de esa ciudad. Esto le aplastó la cabeza, produciéndole la muerte de manera instantánea.

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lunes, 18 de febrero de 2019

LA BATALLA DE DUNKERQUE


A estas alturas, todos deberíamos saber que la II Guerra Mundial empezó el 01/09/1939 con la invasión de Polonia, por parte de los alemanes y, posteriormente, también de los soviéticos.
Por alguna inexplicable razón, los aliados no movieron un dedo para defender a Polonia, a pesar de que habían firmado varios tratados donde se comprometían a defender a ese país de cualquier ataque enemigo.
Por otra parte, también es cierto que, en 1934, Polonia había firmado un tratado de no agresión con Alemania. Incluso, se puso de parte de los alemanes, durante la llamada Crisis de los Sudetes y posterior invasión alemana de Checoslovaquia.
Está claro que los polacos muy pronto se dieron cuenta de que ni los franceses ni los británicos les iban a ayudar, en caso de que les invadieran los alemanes. Hitler también se dio cuenta de las intenciones de los aliados y empezó a dejar de importarle su pacto con Polonia. Sobre ese tema, ya escribí un artículo, dedicado a la vida del general polaco Josef Beck.
Evidentemente, los aliados, se encontraban muy molestos con la postura de Polonia, aunque la seguían considerando como una nación aliada. Es posible que ahí estuviera la razón por la que los aliados no movieron un solo dedo, cuando los alemanes decidieron invadir Polonia. Tal y como ya habían hecho antes con Checoslovaquia y con Austria.
Como consecuencia del pacto de mutua defensa entre Francia y el Reino Unido, éste último envió la llamada Fuerza Expedicionaria Británica a territorio francés. Esta fuerza estaba compuesta por 10 divisiones al mando del general Vereker, vizconde de Gort.
En su zona de despliegue, coincidieron con la totalidad del Ejército belga y los cuerpos 1, 9 y 10 del Ejército francés. Consideradas como las mejores unidades de Francia
No es un secreto que, en Francia, la opinión pública no estaba por meterse en un conflicto de tanta envergadura, como lo fue la I Guerra Mundial. Así que el Estado Mayor francés ideó la llamada Línea Maginot. Se trataba de una línea fortificada a conciencia, que ocupaba toda la frontera entre Francia y Alemania. Sin embargo, no se había construido ni en la frontera con Suiza, ni en la de Bélgica.
Dicen que no lo hicieron para no molestar a esos países, sin embargo, eso fue un fallo garrafal por su parte.
Otro fallo enorme, por parte de los aliados, fue no abrir un segundo frente con Alemania, mientras estos atacaban Polonia. Algo que hubiera contrariado mucho al Estado Mayor alemán, pues siempre han sido reacios a luchar en dos frentes a la vez. Por no disponer ni de tropas, ni de una logística suficiente para ello.
Francia movilizó a todo su Ejército, pero se limitaron a vigilar la frontera. Es lo que en ese país se llamó “la guerre drôle” o guerra tonta, porque nadie sabía qué hacían allí sin pegar un solo tiro.
Sin embargo, el 10/05/1940, Alemania se decidió por atacar a Bélgica con el fin de entrar en Francia a través de ese país, flanqueando la Línea Maginot.
En una decisión muy lamentable, el Gobierno belga, se había opuesto a que las tropas extranjeras de cualquier nación se asentaran en su país.
No se sabe si por un estúpido orgullo nacional o para no molestar a los alemanes. Lo cierto es que, cuando les atacaron, estos hallaron el camino expedito, porque el Ejército belga no podía compararse, ni de lejos con el alemán.
El general von Manstein, uno de los mejores estrategas del Ejército alemán, había ideado un plan para colarse en Francia a través del bosque de las Ardenas, del cual, los generales franceses, habían creído como muy poco apropiado para una invasión militar y mucho menos con vehículos blindados.
Así, cuando los alemanes invadieron Bélgica y Holanda, las tropas británicas y francesas penetraron en Bélgica, bordeando la costa y eludiendo el paso por las Ardenas.
Así que en poco más de una semana, las divisiones acorazadas alemanas, habían recorrido más de 300 km, consiguiendo atravesar el Mosa y llegar hasta la costa atlántica francesa, a la altura de Calais. De esa forma, rodearon a las tropas aliadas, que combatían en ese sector. Nada menos que medio millón de soldados, aparte de miles de vehículos de todo tipo.
Supongo que todo el mundo conocerá que los alemanes pudieron recorrer esa distancia en tan poco tiempo, porque habían sido drogados por sus mandos a fin de que aguantaran más tiempo despiertos y en buena forma, conduciendo sus blindados.
Lo cierto es que el mando aliado no sabía qué hacer. Por una parte, Holanda y Bélgica, se rindieron el 20 de mayo. No había ninguna posibilidad de romper ese cerco, donde seguían siendo hostigados por la Artillería y la Aviación alemanas.
Ciertamente, el almirantazgo británico, había previsto un plan de evacuación de tropas, pero reconocían que, con los medios disponibles, no podrían sacar de allí a más de 50.000 soldados.
Algo ocurre el 23 de mayo, pues, por una parte, el general Gort anuncia que ha dado la orden para evacuar a sus tropas. Esto desconcierta a los generales franceses.
Por otra, el Alto Mando alemán, ordena a sus blindados que no se ceben con esas tropas aliadas y se dirijan hacia el sur de Francia, para tomar toda la costa atlántica. Algo que los generales alemanes hacen a regañadientes.
La verdad es que esta decisión ha dado lugar a muchas conjeturas. Como la de que Hitler sólo querían enfrentarse con Francia y firmar una paz, por separado, con el Reino Unido. No olvidemos que la misma Casa Real británica tenía mucha relación familiar con Alemania. También es preciso decir que Hitler siempre admiró al Imperio Británico.
Lo cierto es que las tropas alemanas consiguieron vencer a los aliados asediados en Boulogne y en Calais, tomando unos 5.000 prisioneros en cada una. Sin embargo, la mayoría de las tropas aliadas fueron conducidas, por sus mandos, hasta Dunkerque, donde existía un buen puerto y la mayor playa de la zona, donde se podía realizar una evacuación más eficiente en el menor tiempo posible.
A partir de aquí, el día 26, comenzó la llamada Operación Dinamo, por la que se pretendía evacuar al mayor número posible de soldados aliados. Ese nombre corresponde al de la sala de operaciones de la Armada, desde dónde se coordinó esta operación, en el castillo de Dover, al mando del vicealmirante Ramsay.
Como esta operación había sido diseñada por el Almirantazgo británico, en un principio, sólo habían pensado evacuar a sus soldados y no a los pertenecientes a los otros aliados.
Evidentemente, esto no les hizo ninguna gracia a los franceses que, además, eran los únicos que se estaban enfrentando con los alemanes.
Ante la imposibilidad de lograrlo con los medios de la Armada, el Gobierno británico, incautó todas las naves cuya eslora superara los 9 metros y se les dio la orden de atravesar el Canal de la Mancha, ir hasta Dunkerque, recoger al mayor número posible de soldados y regresar a los puertos británicos.
Como medida de seguridad, se habilitaron tres rutas diferentes para realizar ese trayecto marítimo. Aparte de que se movilizaron varios destructores y cruceros para proteger con su artillería el reembarque de las tropas.
Esa misma noche, volvieron las primeras naves con soldados a Gran Bretaña. Los siguientes días, consiguieron reembarcar a miles de soldados, sin embargo, ya empezaron a ser atacados por la aviación alemana.
La Armada británica sufre en sus propias carnes la acción de esos bombardeos, pues los alemanes logran hundir varios de sus barcos. Por ello, se da la orden de que los destructores más modernos vuelvan a sus puertos y sólo queden allí los más antiguos, en previsión de que puedan ser hundidos.
El día 29, cuando se ha conseguido salvar a muchos miles de soldados, aparece un barco de guerra francés, que evacúa también a los suyos.
Los vehículos de esas divisiones quedan abandonados en la playa y con los mismos se hacen pasarelas y espigones para facilitar el reembarque de las tropas.
También colaboró la RAF en la defensa de las unidades navales, combatiendo contra los cazas y bombarderos alemanes.
Por fin, el día 30, las autoridades británicas se deciden a permitir el embarque de las tropas francesas. Todos los días se embarcan unos 50.000 soldados.
El día 31 se bate el record con unos 68.000 embarcados. Es también cuando se decide a reembarcar el general Gort.
La operación acaba la madrugada del 4 de junio, cuando se reembarca a los últimos soldados. Lógicamente, han dado prioridad a los británicos, con lo que casi todos ellos han conseguido salvarse. No así los franceses, que muchos, al ver que no los iban a rescatar, se han rendido o han huido del frente.
Así y todo, esa misma mañana, las tropas alemanas, consiguieron conquistar la playa y el puerto de Dunkerque, capturando allí a unos 40.000 soldados franceses.
Como suele ocurrir con los políticos, tras unas elecciones, todos se apuntaron la victoria. Por una parte, Hitler ordenó que sonaran todas las campanas de las iglesias de Alemania.
Por otra, Churchill, llamó a esto “El milagro de Dunkerque”, pues gracias a las miles de naves incautadas, consiguieron evacuar a unos 338.000 soldados. De ellos, 224.000 británicos, el resto se componía de tropas francesas, belgas y holandesas. Unos 98.000 en la playa y otros 240.000 en el puerto. Así y todo, los británicos tuvieron 70.000 bajas en Francia.
También es verdad que el premier británico dijo: "una guerra no se gana con una evacuación".
No obstante, a la Armada británica no le fue tan bien. Sólo en esta operación, perdió 9 destructores, más 89 mercantes y otros 200 barcos civiles.
Sin embargo, entre esta operación y la de Noruega, habían perdido más de la mitad de sus 175 destructores que poseían al inicio de la guerra.
Aparte de ello, las tropas evacuadas, abandonaron todo su material en la playa. El botín fue considerable: unos 1.200 cañones y otros tantos antiaéreos, 100 tanques y hasta unos 63.000 vehículos de todo tipo, más 77 Tm de municiones que quedaron en poder del enemigo.
A esto, que le podríamos calificar de una derrota para el bando aliado, Churchill, llegó a calificarla de “milagro” y le sirvió para reforzar la moral de combate entre sus propios ciudadanos.
Como ya dije, anteriormente, nunca sabremos exactamente por qué Hitler dio la orden de no aniquilar a las tropas embolsadas en Dunkerque. Eso hubiera sido muy fácil para sus tropas, actuando conjuntamente con la Aviación. Sin embargo, no se hizo y esa fue una de las decisiones que le costó perder la guerra a Alemania.

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domingo, 3 de febrero de 2019

LA PIEDRA DEL DESTINO


Todos sabemos que los ingleses son muy dados a conservar sus tradiciones. Así que la monarquía británica no podía ser menos y también tiene la misma costumbre.
Así que, durante la ceremonia de la coronación de un nuevo rey, se pueden ver una serie de elementos, que se utilizan para este rito a fin de hacer ver que es algo sagrado. Otra cosa será que la gente se lo crea o no. Parece que en el Reino Unido todavía hay mucha gente que cree en esas cosas.
Lo cierto es que siempre ha habido dos cosas de este rito que me han llamado la atención. Una de ellas, es el llamado rubí del Príncipe Negro, que está engarzado en el centro de la llamada Corona Imperial del Estado.
Se trata de un enorme rubí que, según parece, fue regalado por Pedro I el cruel, rey de Castilla,
al Príncipe Negro, también Príncipe de Gales, por su ayuda en la guerra contra su hermanastro, el futuro Enrique II de Castilla.
Sin embargo, hoy voy a hablar de otro elemento usado en la coronación real. Me refiero a la llamada Piedra del destino.
Ya sé que a muchos les va a parecer un tanto raro lo que voy a contar, pero es completamente cierto.
El objeto en cuestión es una simple piedra, pero ahora veremos por qué le dan tanta importancia a la misma.
Se trata de un bloque de forma rectangular, cuyas dimensiones son 66 cm x 42,5 cm x 26,5 cm. Pesando casi 152 kgs. Está realizada con una roca del tipo arenisca rojiza.
En la carta anterior, tiene grabada una cruz latina y también tiene dos argollas. Una insertada en la parte de arriba y otra en la parte de abajo de la cruz, cuyo posible fin era facilitar el transporte de la misma.
Lo cierto es que no se conoce el origen de la misma. Hay hasta quien se aventura a decir que fue donde Jacob apoyó su cabeza, según aparece en el Génesis, después de haberse peleado con su hermano Esaú. Parece ser que Jacob se quedó dormido y tuvo la visión de unos ángeles subiendo y bajando del Cielo por medio de una enorme escalera.
También hay quien afirma que se trata de una piedra utilizada para la ceremonia de coronación de los reyes de Escocia y que fue traída desde Irlanda. Sin embargo, los geólogos la han estado estudiando y han llegado a la conclusión de
que se trata de una roca extraída de una cantera cercana a la abadía de Scone, que es donde, tradicionalmente, se custodiaba.
Esta abadía estaba situada a poca distancia de la ciudad escocesa de Perth. Fue construida a principios del siglo XII y, por ello, también es conocido este objeto como “Piedra de Scone”.
Tras una de sus varias campañas contra los escoceses, Eduardo I de Inglaterra, se llevó esta piedra a Londres. Supongo que lo haría para que no pudieran coronar más reyes en Escocia, pero fracasó, porque siguieron haciéndolo.
Hay que decir que éste fue un rey muy curioso. Se empeñó en unificar Gran Bretaña y, durante todo su reinado, mantuvo guerras contra los galeses y luego contra los escoceses.
En el primer caso, tuvo mucho éxito, pues consiguió anexionar Gales a Inglaterra. De hecho, fue el creador del título de Príncipe de Gales.
Por lo visto, los galeses, le dijeron que no podrían obedecer a ningún rey que no hubiera nacido en Gales. Así que llevó a la reina, que estaba embarazada, a que diera a luz en Gales. De ese modo, su hijo, Eduardo II, fue el primer príncipe de Gales, siendo proclamado como tal por su padre en 1301.
No tuvo tanto éxito en sus guerras contra los escoceses. Los derrotó en diversas ocasiones, pero eso no hizo que se sintieran vencidos, sino que sólo consiguió que se reorganizaran continuamente nuevos focos de resistencia contra sus tropas.
También, a causa de sus constantes guerras, exprimió a los financieros judíos. Por lo visto, a cambio, les había dejado practicar la usura contra la población. Sin embargo, llegó un momento en que la presión popular llegó a ser máxima y en
1290, ordenó la expulsión de todos los judíos de su reino. Norma que no fue derogada hasta el siglo XVII. Por lo visto, Eduardo I, aprovechó para quedarse con todos los bienes que les fueron incautados.
Volviendo al tema de hoy, Eduardo I, dejó esta piedra en la famosa Abadía de Westminster y, en 1296, ordenó que se construyera un trono, al que llamaron “Silla de San Eduardo”, donde colocaron la citada piedra en un lugar ubicado bajo el asiento del mismo.
Por otra parte, siempre han existido teorías acerca de que los frailes escoceses no les dieron la piedra auténtica a los soldados ingleses, sino que la escondieron en un río o que la enterraron al borde de una colina. Se basan en que las descripciones de la misma, que figuran en obras medievales, no coinciden con las características actuales de esa piedra.
A pesar de que Inglaterra firmó varios tratados con Escocia, donde se comprometían a devolverles su piedra, lo cierto es que nunca lo hicieron.
Así que, desde entonces, todos los reyes de Inglaterra han sido coronados en ese trono y con la piedra debajo de ellos. También los de Escocia, pero sólo a partir del siglo XVII, cuando se unieron los dos reinos.
Sin embargo, algo ocurrió en 1950. El día de Navidad, cuatro estudiantes escoceses, procedentes de la Universidad de Glasgow, consiguieron entrar en la Abadía de Westminster y llevarse esta piedra. Por lo visto, se trataba de unos chicos que pertenecían a una organización, que proponía restaurar el Parlamento escocés, como germen para ir hacia la independencia de Escocia.
Realmente, trataban de crear un nuevo estado de opinión entre la población de Escocia. A fin de que se empezara a discutir sobre sus posibilidades para lograr la independencia. Para ellos, esa piedra no podía estar ahí, pues era algo que daba a entender que el rey de Inglaterra 
también era el soberano de Escocia.
Desgraciadamente, al intentar sacar la piedra de debajo del trono, ésta se partió en dos trozos, debido a su peso. No obstante, se llevaron los dos y los metieron en un coche que les estaba esperando en la puerta.
Parece ser que ésta era tan pesada, que optaron por enterrarla en un jardín en la zona de Kent, mientras pensaban como llevarla hasta Escocia.
Por lo visto, dos de los ladrones, optaron por llevarse el trozo más pequeño. Para ello, tomaron un tren en dirección a Escocia.
Increíblemente, llegaron a su destino sin ningún problema. A pesar de que, cuando se descubrió el robo, las autoridades cortaron todas las comunicaciones entre Inglaterra y Escocia. Cosa que no se había hecho en varios siglos.
Según parece, los ladrones regresaron unos quince días después. Recuperaron el trozo mayor de la piedra, que había sido enterrado en Kent, y regresaron con él a Glasgow.
Posteriormente, contrataron a un cantero para que uniera los dos trozos de la piedra y la volvieron a esconder.
La policía británica se dedicó a buscar la piedra, pero no tuvo éxito en sus pesquisas. No obstante, en aquella época, se había hecho muy famoso un vidente holandés, conocido como Peter Hurkos, así que, en abril de 1951, lo contrataron para ayudarles.
Por lo visto, los agentes sólo le mostraron la palanca con la que los jóvenes habían removido la piedra. Aunque parezca increíble, con este único dato, fue capaz de describir perfectamente a los autores del delito. Así que, al día siguiente, sus retratos robot fueron publicados en todos los diarios británicos.
Parece ser que eso fue lo que llevó a los jóvenes a que, sólo unos días después, dejaran la piedra en el altar mayor de la Abadía de Arbroath, dedicada a Santo Tomás Becket y, actualmente, en ruinas.
No fue un sitio escogido al azar. Precisamente, allí fue donde se firmó la declaración de independencia de Escocia, en 1320.
Posteriormente, llamaron a la Policía para que fuera a recogerla. Eso fue justo a tiempo, porque el rey Jorge VI, que ya se hallaba muy enfermo, murió en febrero de 1952 y, unos meses más tarde, fue coronada su hija, Isabel II.
Aunque parezca una tontería, si no la hubieran devuelto, hubieran puesto en peligro su coronación.
Otra cosa muy curiosa es que, aunque llegaron a detener e interrogar a todos los implicados en el robo, sin embargo, no quisieron procesarles. Supongo que no lo harían para no enturbiar aún más las relaciones entre Inglaterra y Escocia.
Parece ser que este suceso hizo que, en Escocia, se tratara a estos jóvenes como a unos héroes. Incluso, el Partido Nacionalista Escocés, que se encontraba en sus horas bajas, recibió muchos votos en las siguientes elecciones. Es posible que este fuera el motivo por el que les devolvieron la piedra en 1996.
Dado que ya no existe la Abadía de Scone y, en su lugar, se construyó un palacio en el siglo XIX, la piedra ha sido depositada en el Castillo de Edimburgo, con la condición de que tiene que ser devuelta a Westminster cada vez que se vaya a realizar una nueva coronación real.
El día 30/11/1996, día de San Andrés, la piedra fue llevada en solemne procesión, escoltada por las tropas del Ejército, desde el palacio de Holyrood hasta el castillo de Edimburgo. Este palacio era la residencia habitual de los reyes de Escocia.
Previamente, se hizo una parada en la catedral de Saint Giles, donde el sacerdote oficiante expresó que el regreso de la piedra “fortalecería el orgullo distintivo de la gente de Escocia”.
Posteriormente, el cortejo llegó hasta el castillo de Edimburgo, donde, el príncipe Andrew, en representación de la reina, hizo entrega oficial de la piedra al secretario de Estado de Escocia y ésta fue colocada en el gran salón, sobre una pequeña mesa de roble, situada frente a la chimenea.
Igualmente, se le rindieron los honores reservados a los jefes de Estado, disparando 21 salvas de artillería, tanto desde una batería situada en el castillo, como desde un barco anclado en el puerto.
Por supuesto, se respetaron escrupulosamente todas las formalidades. En aquella ocasión, en lugar de izar la bandera escocesa en la torre más alta, en su lugar, se colocó la bandera del Reino Unido, por hallarse dentro del castillo el hijo de la reina, en representación de su madre.
En la actualidad, para prevenir posibles robos o daños a la piedra, ésta se encuentra dentro de una urna, realizada con un cristal blindado y rodeada por una gran cantidad de dispositivos de alarma.


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