ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL GENERAL DIEGO DE LEÓN

Seguro que más de uno habrá pasado junto al Hospital de la Princesa, situado en la calle Diego de León, dentro del Barrio de Salamanca, en Madrid.
Como yo creo que vosotros sois gente curiosa, igual que yo, seguro 
que os habréis preguntado en alguna ocasión quién sería ese personaje, pues ahora  os lo voy a explicar. No tenéis más que leer este artículo.
Diego Antonio de León y Navarrete, que así era cómo se llamaba nuestro personaje de hoy, nació en Córdoba en 1807, justo un año antes de que comenzara la Guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón.
Nació en el seno de una familia donde había nobles y militares. Su padre, Diego Antonio de León, marqués de las Atalayuelas, también era coronel del Ejército en Andalucía, comendador de la Orden de Calatrava y gentilhombre de Cámara de Fernando VII. Su madre fue María Teresa Navarrete y Valdivia. Precisamente, su padre participó en la batalla de Bailén (Jaén), que fue la primera derrota sufrida por las tropas de Napoleón.
Sin embargo, años después, fue condecorado por Luis XVIII por haber ayudado a las tropas de los Cien Mil Hijos de San Luis, que venían a restaurar el absolutismo en España.
Nuestro personaje pasó sus primeros años  en Montoro (Córdoba), de donde era originaria su familia. Posteriormente, su padre fue destinado a Madrid, donde empezó sus estudios.

Pronto vio que la vocación de su hijo era la carrera militar. Así que, como se solía hacer entonces, lo inscribió como oficial en el regimiento de Granaderos Realistas de Montoro.
Posteriormente, Diego,  tuvo otros destinos en diferentes unidades. En 1827 fue nombrado capitán del Regimiento de Coraceros de la Guardia Real. Sólo tres años más tarde fue ascendido a comandante del Regimiento de Granaderos a caballo de la misma Guardia Real.
En 1833, a la muerte de Fernando VII, comenzó la Primera Guerra Carlista. Siempre se ha dicho que el motivo de la misma fue la proclamación de Isabel II como reina, ya que era la hija mayor del difunto rey, que no tuvo ningún hijo varón.
Esta decisión no fue  aceptada por los partidarios de la Ley Sálica, que no permitía reinar a las mujeres. No obstante, hubo muchos más motivos que desarrollaré en otro artículo posterior.
Lo cierto es que nuestro personaje pidió ir al frente y en 1834 fue destinado al Ejército de Operaciones del Norte. Lógicamente, combatió en el bando isabelino. Por entonces, se llamaba “cristino”, hasta la mayoría de edad de Isabel II.
Allí comandó un regimiento de lanceros de Caballería y gracias a su valentía se le apodó “la mejor lanza del reino”.
En 1836  fue destinado al mando del famoso regimiento de Húsares de la Princesa. Al poco tiempo, el coronel de esta unidad fue asesinado por un prisionero, ascendiendo a Diego de León a coronel de esa unidad.
En junio de 1836 comenzó el periplo del general Gómez, recorriendo casi toda la Península con sus tropas carlistas. A este militar ya le dediqué otro de mis artículos.
Lo cierto es que se encomendó a la división de Espartero la persecución de las tropas del general Gómez.
Como nuestro personaje estaba dentro de esa unidad, tuvo que enfrentarse varias veces con esas tropas carlistas. El combate más importante se dio en la batalla de Villarrobledo (Albacete), cuando con fuerzas muy inferiores en número, supo poner en fuga a varias unidades carlistas.

Esta demostración de coraje le valió la condecoración más preciada del Ejército español, la Cruz Laureada de San Fernando y el ascenso a general de brigada. Aparte de ser nombrado, posteriormente, comandante general de la Caballería del Ejército del Norte.
Posteriormente, consiguió sucesivas victorias en su persecución de esas tropas carlistas por Andalucía y Extremadura, hasta que huyeron hacia su base en el País Vasco.
En 1837, cuando se hallaba en Palencia, descansando junto a sus tropas, le llegó la orden de marcha hacia Barbastro (Huesca), donde se hallaba el cuartel general carlista. Tomó esa ciudad y persiguió a las tropas del pretendiente carlista hasta vencerle en Cataluña. Por esa acción fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica.
Tras varias victorias sobre los carlistas en la provincia de Guadalajara, consiguió que huyeran hacia sus bases en Álava. Por ello fue de nuevo ascendido a mariscal de campo y nombrado jefe de la división que combatía en Navarra.
A finales de 1837, los carlistas habían interceptado las comunicaciones terrestres en la provincia de Navarra, pues tenían en su poder el estratégico puente de Belascoain. Él se lo comunicó a su jefe, el cual no le autorizó a atacarlo por no disponer de suficientes fuerzas para ello.
Así que, bajo su responsabilidad, atacó el puente con la Caballería y tras varias horas de combate, puso en fuga a las tropas carlistas. Esta acción le valió la Gran Cruz Laureada de San Fernando.
Al año siguiente fue nombrado virrey de Navarra. Lo cierto es que se hizo muy popular en toda España, así es que también fue condecorado por las Cortes con la Gran Cruz de Carlos III.
En 1839, los carlistas, volvieron a recuperar el citado puente, pero él consiguió reconquistarlo, por lo que fue recompensado con el título de conde de Belascoain.
En toda su vida militar nunca eludió un combate y se hizo famoso entre sus soldados, porque siempre marchó a la cabeza de sus lanceros de Caballería.
Continuó la guerra hasta el 31  de agosto de 1839, fecha en que tuvo lugar el famoso Abrazo de Vergara, por el que los líderes militares de los dos bandos firmaron la paz.
No obstante, a pesar de haberse firmado la paz, aún quedaban guerrillas carlistas combatiendo, al mando de Cabrera, en la comarca del Maestrazgo (Castellón).
Parece ser que ahí se vieron las grandes diferencias y las rivalidades entre los generales Espartero y Diego de León. Sobre todo, después de que la regente ascendiera a nuestro personaje a teniente general.
Está claro que ya, por entonces, Espartero tenía ambiciones políticas, lo cual desaprobaba León, aparte de otras como ser el jefe de todo el Ejército.
En 1840, estalló una revolución, cuyo objetivo fue quitar a la reina madre María Cristina de su puesto de regente, hasta la mayoría de edad de su hija.  Por supuesto, al frente de la misma se hallaba el general Baldomero Espartero.

Diego de León estaba muy agradecido a la regente, por lo bien que lo había tratado, y se puso a su favor. No obstante, como María Cristina no quiso que eso degenerara en una guerra civil, abdicó de ese puesto y partió hacia su exilio en Francia, donde fue muy bien recibida por su tío, el rey Luis Felipe de Orleans.
La verdad es que María Cristina se casó con su amante, un antiguo miembro de la Guardia Real, con el que tuvo varios hijos,  y se estaban forrando a base de fomentar la corrupción generalizada en todo el reino.
Así que el 8 de mayo de 1841, las Cortes, aprobaron que a partir de entonces, Espartero sería el único regente  de la princesa de Asturias, futura Isabel II, que sólo tenía 10 años, y de su hermana, María Luisa Fernanda, futura esposa del duque de Montpensier, hijo del rey Luis Felipe, la cual tenía 2 años menos que Isabel.
En octubre de 1841 se puso en práctica un plan ideado por los seguidores de la antigua regente María Cristina, encabezados por el general O’Donnell. Dicho plan consistía en que unos militares asaltarían el Palacio Real y secuestrarían al general Espartero, liberando de éste a la princesa y a la infanta, llevándolas hasta el País Vasco, donde su madre volvería a ostentar la regencia.
Curiosamente, querían llevarlas al País Vasco, porque allí es donde O’Donnell sublevaría a las tropas para que se pusieran de parte de la reina regente.
De esa forma se restablecería en su puesto a la regente María Cristina y hasta que ésta llegara a Madrid, se formaría un consejo de regencia compuesto por el general Diego de León y los políticos Javier de Istúriz y Manuel Montes de Oca.
El 07/10/1841 se produjo el levantamiento. Al general Manuel Gutiérrez de la Concha le encargaron asaltar el palacio Real con sus tropas y llevarse a la princesa y a la infanta.
Por si alguno no lo sabe, una estatua de un militar a caballo, situada en el Paseo de la Castellana, en Madrid, y que dice estar dedicada al marqués del Duero, representa a este militar, que también tenía ese título. Curiosamente, nació en el territorio de la actual Argentina, cuando todavía pertenecía a España, y murió en otra de esas guerras carlistas.
Paradójicamente, este general llegó acompañado de unos soldados del Regimiento del Príncipe para llevarse a la Princesa. Lo cierto es que no tuvo mucha suerte. Cuando pretendieron subir por la escalinata principal, les estaban esperando los alabarderos de la Guardia Real. Estos no eran muchos, pero supieron aguantar el asedio entre las 8 de la noche y las 5 de la mañana. Hasta que  llegaron refuerzos de la Milicia Nacional para auxiliar a los sitiados.
Diego de León se presentó a medianoche por la zona del Palacio Real y enseguida se dio cuenta de que la sublevación había fracasado. Así que decidió huir con su caballo.

Curiosamente, le persiguió un escuadrón de los Húsares de la Princesa al mando de un antiguo subordinado suyo. Cuando lo capturaron, cerca de Puerta de Hierro, éste le propuso dejarle huir hacia Portugal, sin embargo, él se negó y le dijo que cumpliera con su deber. Así que lo llevaron arrestado.
Fue encarcelado en el cuartel de la Milicia Nacional y, posteriormente, juzgado por un Consejo de Guerra de generales. El tribunal lo formaban 7 generales.
Parece ser que, al votar la sentencia, 3 se mostraron contrarios a la pena de muerte y otros tres votaron a favor de la misma. El empate lo rompió el presidente votando a favor. Lo cierto es que nadie, ni siquiera nuestro personaje, pensaba que lo condenarían a muerte.
Su defensor fue su gran amigo el general Federico Roncali, que, curiosamente, también tenía mucha amistad con Espartero.
Como suele ocurrir con los consejos de guerra, éste se hizo muy deprisa. El tribunal dictó su  sentencia el día 13. Publicándose la misma al día siguiente.
Tampoco esperaban que se cumpliera esa sentencia, pero, esta vez, Espartero, fue inflexible. De hecho, algunos autores dicen que había presionado a los miembros del tribunal para que también lo fueran. Esto le acarreó la enemistad de muchos generales y la radicalización de posturas entre militares liberales y conservadores. Entonces llamados progresistas y moderados.
Aparte de que se hizo muy impopular de cara a la opinión pública. Lo peor que le puede pasar a un aspirante a político, como él.
Todo el mundo le había pedido clemencia a Espartero. Empezando por su propia esposa, el general Roncali, el famoso y ya anciano general Castaños, vencedor en Bailén,  y hasta el coronel Dulce, que estaba al mando de los alabarderos que habían aguantado el ataque al Palacio Real.
Por cierto, este último militar, que llegó a general, consiguió a lo largo de su carrera nada menos que 4 Cruces Laureadas de San Fernando.
La sentencia se cumplió a mediodía del día 15. La comitiva salió de Madrid por la actual Puerta de Toledo, cuando todavía la ciudad se hallaba amurallada, y lo fusilaron unos metros más allá. Donde se halla, actualmente, la calle Toledo. Sólo tenía 34 años.
Todos los autores nos dicen que lo llevaron en un coche descubierto, como si estuviera paseando
por Madrid con unos amigos. Junto a él iba un capellán y frente a él su defensor y amigo, el general Roncali.
Parece ser que, cuando llegó, le dirigió unas palabras a los soldados que formaban el pelotón de ejecución: “Os habrán dicho que el general León era traidor y cobarde. Ambas cosas son falsas. El general León jamás ha sido cobarde ni traidor”.
Posteriormente, pidió el honor de dar él mismo las órdenes al pelotón y les dedicó estas palabras: “Que la mano no os tiemble. ¡Amigos! ¡Atención a la voz de mando! ¡No tembléis, disparad al corazón!”.
No hará falta decir que para muchos de ellos era un día muy triste, pues habían combatido a sus órdenes, luchando contra los carlistas. Además, siempre fue un militar muy querido por sus soldados. Esta vez, tampoco se olvidó de ellos y les regaló unas monedas de oro a los miembros del pelotón de ejecución.

Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Fuencarral y, posteriormente, en el de San Isidro, donde comparte panteón con otras personalidades.
No fue el único ejecutado por esa sublevación. Fusilaron a varios generales que habían participado en la conjura. También a Montes de Oca, que era uno de los que pretendía formar parte del nuevo consejo de regencia de la princesa. Sin embargo, el general Gutiérrez de la Concha consiguió escapar y se exilió durante un tiempo en Italia.
También consiguió huir fácilmente el general O’Donnell, pues se hallaba en el País Vasco, muy cerca de la frontera con Francia.
Diego de León, tuvo otros dos hermanos que también fueron oficiales de Caballería, igual que él, Rafael y Carlos. Curiosamente, durante su vida militar, los tres fueron condecorados, con la Cruz Laureada de San Fernando. Sin embargo, el mayor de todos, Sebastián, no fue militar, pero heredó de su padre el título de marqués de las Atalayuelas, que le había sido otorgado por Carlos IV.
Nuestro personaje se casó en dos ocasiones. La primera de ellas con la marquesa de la Roca y de ese matrimonio nacieron dos hijos varones.
Más tarde, casó de nuevo con la marquesa de Zambrano, prima de su primera esposa. De este matrimonio sólo nació una hija, pues sólo estuvieron casados durante un año.
Curiosamente, su única hija, Isabel de León y de Ibarrola, heredó el título de marquesa de Guardia Real de una tía suya, casada con el citado Sebastián, hermano de nuestro personaje. Posteriormente, tras la llegada de Amadeo de Saboya, este monarca, convirtió a este título, que era de origen italiano, en título de la nobleza española.
Digo que es curioso, porque nuestro personaje, precisamente, fue vencido por la Guardia Real de Palacio.

Espero haber despejado vuestra curiosidad sobre quién fue este personaje, al que Madrid le tiene dedicada una de sus calles.

domingo, 5 de noviembre de 2017

ANGÉLIQUE DU COUDRAY, UNA MATRONA EJEMPLAR

Seguro que más de uno se habrá preguntado por qué, en la actualidad, se producen muy pocos fallecimientos en los partos. Me refiero, lógicamente,  a los países más o menos avanzados.
Desde luego, los avances de la Medicina y la Farmacia han tenido mucho que ver en ello. Sin embargo, no deberíamos olvidar otros aspectos muy importantes, como son la extrema higiene practicada por el personal sanitario y el aumento de la formación del mismo.

Hoy vamos a referirnos a una mujer que, a través de su ejemplo, consiguió salvar muchas vidas en su país, Francia. Posteriormente, esos conocimientos llegaron a otros países y también beneficiaron a millones de personas.
Angélique Marguerite Le Boursier du Coudray nació en 1712 en la ciudad de Clermont-Ferrand, situada en la región de la Auvernia. Ciudad donde también nació  el gran filósofo y matemático Pascal.
Es posible que a alguno de vosotros le suene más esta ciudad por haberla visto en las imágenes del Tour de Francia, ya que cerca de ella se encuentra el famoso Puy de Domme. Una subida ya clásica en la historia de esa competición.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, es preciso decir que vino al mundo en el seno de una familia donde había varios médicos. Así que ella se dedicó también a la misma rama, pero no a la Medicina, porque en aquel momento no permitían que las mujeres estudiaran esa carrera.
Como ya mencioné en otro de mis anteriores artículos, tradicionalmente, se veía a los médicos y a los cirujanos como dos profesiones diferentes. Así que cada uno de ellos tenía sus centros propios para que los alumnos pudieran estudiar esas dos carreras.
Parece ser que Du Coudray elevó una petición a la Facultad de Medicina de París para que la pudieran formar para ser matrona y lo consiguió.
Sin embargo, poco después, hizo la misma petición a la Escuela de Cirugía y fracasó en el intento. No obstante, consiguió que los médicos dieran esa adecuada formación a las parteras, argumentando que, al no tenerla, podrían poner en peligro las vidas de sus pacientes. Esto le dio una gran popularidad.
En 1759, cuando ya llevaba bastantes años de práctica, publicó un libro sobre los conocimientos de esa especialidad. Increíblemente, el último libro que se había escrito, sobre este tema, antes que el suyo, había sido publicado casi un siglo antes.
Por aquel entonces, el rey Luis XV de Francia, andaba muy preocupado a causa de la gran mortalidad infantil.
En cambio, algunos dicen que lo que más  le preocupaba era la escasez de jóvenes para su Ejército, que, por aquella época,  andaba envuelto en varias guerras.
Lo cierto es que el rey tomó buena nota de los consejos que daba nuestra protagonista en su libro y la encargó que viajara por toda Francia a fin de enseñar esos conocimientos a las parteras y reducir el nivel de mortalidad infantil. Para ello, le proporcionó un diploma real que la autorizaba a dar clases por toda Francia.
Así que Angélique estuvo nada menos que 23 años, entre 1760 y 1783, viajando por todos los rincones de su país y mostrando sus conocimientos a miles de comadronas. Incluso, se permitió enseñar a médicos y cirujanos. Los que no se opusieron a ello, claro está.
Hay muchas discusiones acerca de su muerte, pues se produjo en 1794, justamente, durante el famoso período del Terror, que encabezó Robespierre. No hay que olvidar que ella siempre fue una persona muy cercana a la monarquía y que, indirectamente,  le había dado mucha popularidad a la Corona.
Fue la primera que utilizó una especie de muñecos de tamaño natural, para explicar, en la práctica, el nacimiento de los bebés. Estos solían estar realizados con tela, cuero y un relleno a base de algodón y  esponja.
Solían tener un aspecto muy realista. Se podían apreciar en ellos, claramente, los ojos, la nariz y hasta una boca abierta, donde se podían introducir los dedos, para poder hacer la llamada “Maniobra de Mauriceau”. Popularmente, se conoció a este muñeco como “la Máquina”.
También se hallaban representados los órganos de la madre, como la vagina, la pelvis, el útero, etc. El cuerpo de la madre iba colocado sobre un marco de madera, con las piernas reposando sobre unas piezas de hierro, que las obligaban a estar separadas. Tal y como se coloca a las parturientas, cuando van a dar a luz.
También está dotado de una serie de cuerdas para mostrar la ampliación de la vagina y la dilatación del perineo, cuando el bebé está a punto de nacer.
Para facilitar su estudio, al modelo le cosieron 21 pequeñas etiquetas a fin de que los estudiantes pudieran memorizar el nombre y el lugar donde se encontraban los diferentes órganos femeninos.
En el muñeco que hace de feto se pueden distinguir unas partes más blandas y otras más duras, como la fontanela, la columna, los codos o hasta las extremidades. Estando los dedos de éstas bien diferenciados para que las pudiera distinguir fácilmente la partera al tacto.
También se construyeron unos muñecos para explicar el nacimiento de los gemelos. En aquella época, era algo muy complicado, pues no olvidemos que no se solía utilizar la cesárea, ya que morían casi todas las madres a causa de las infecciones. Estos muñecos ya no están tan detallados, pues sólo fueron diseñados para mostrar la posición de ambos fetos y no para la práctica manual de las parteras.
Parece ser que, en la actualidad,  algunos de estos muñecos fueron vistos a través de rayos X y se dieron cuenta de que, en el interior de la zona donde se representaba el cuerpo de la madre, habían insertado la pelvis real de una mujer joven.
Aparte de este muñeco, también se construyeron otros como uno que representaba al desarrollo de un feto de 7 meses. En cuanto a la matriz, se ve redondeada y en su interior está la placenta. Ésta se representa bordada con hilos rojos y azules, como si fueran las venas que se hallan situadas alrededor del cordón umbilical. Éste está conectado mediante un cable de medio metro de largo, con el ombligo del feto.
Parece ser que Angélique se tomaba muy en serio sus cursos. Estos duraban dos meses, siendo las clases de lunes a sábado en horario de mañana y tarde. De esa forma, todos sus alumnos pudieron practicar una y otra vez con “la máquina”, hasta que ella viera que todos tuvieran la formación adecuada.
Incluso, las formaba para casos más complicados, como tener delante un parto de un sietemesino, unos gemelos, etc.
Por medio de ese método miles de parteras e, incluso, cirujanos de toda Francia aprendieron las técnicas más modernas de la época para aplicarlas en su trabajo y poder salvar así las vidas de muchos bebés.

No solamente formaba a estos profesionales para el parto, sino que también les daba clases sobre los órganos femeninos y el proceso de la reproducción, paso a paso.
Parece ser que también les daba consejos sobre la forma de tratar a la madre durante el parto. Según ella, había que darles a entender que no corrían ningún peligro, evitando hablar a otros al oído por medio de susurros.
Evidentemente, no viajaba sola, sino que la acompañaban un grupo de personas, que se ocupaban de ayudarla en las clases y de vender los maniquíes o los manuales a quien estuviera interesado en ellos.
Publicó un manual sobre este tema, titulado “Compendio del arte del parto”, que fue para
muchas parteras su libro de cabecera, durante todo el siglo XVIII.
Evidentemente, tuvo que luchar contra la mentalidad de algunas parteras, que ejercían su trabajo por medio de supersticiones y de malas prácticas utilizadas durante siglos. No obstante, triunfó al lograr que se redujeran las cifras de muertes entre los bebés y entre sus madres.
Curiosamente, en aquella época, una partera cobraba menos si el bebé que había ayudado a nacer era una niña, que si hubiera sido un niño.
A pesar de que muchos médicos de la época valoraron mucho los nuevos conocimientos de las parteras, hubo otros que siempre las criticaron.
Hubo un caso en que una famosa partera atendió a uno de los partos de la duquesa de Orleans. El bebé nació perfectamente. Sin embargo, la madre, murió a los pocos días víctima de una infección que le causó mucha fiebre.
Los médicos que le realizaron la autopsia realizaron un informe en el que acusaban a la partera de haber dejado parte de la placenta dentro del útero de la difunta. Ella les contestó acusándoles de desconocer cómo era una placenta antes y después del parto.

Volviendo a nuestro personaje, parece ser que se llegaron a realizar cientos de “máquinas” imitando la de ella. Desgraciadamente, en la actualidad sólo se conserva una, que se halla depositada en el Museo Flaubert, en Rouen (Francia).

sábado, 28 de octubre de 2017

EDDIE CHAPMAN, EL PRESO QUE SE CONVIRTIÓ EN ESPÍA

Siempre se ha dicho que las guerras le han cambiado la vida a mucha gente. En muchos casos es así. A continuación,  vamos a ver cómo le cambió la vida a nuestro personaje de hoy.
Edward Arnold Champman, nació en 1914 en un pueblo del condado de Durham, al noreste de Inglaterra.
Parece ser que nunca fue muy amante de la disciplina. En su niñez, solía escapar de la escuela para ir al cine o a la playa.
Como no encontró otra cosa mejor, se metió en el Ejército. Estuvo destinado en la capital, en un regimiento de la Guardia Real, cuya sede estaba ubicada junto a la Torre de Londres.
Parece ser que, durante un permiso, conoció a una chica muy joven y se fugaron juntos. Así que el Ejército le buscó y le arrestó, siendo condenado a pasar una buena temporada en una prisión militar. Lógicamente, al finalizar su condena fue expulsado del Ejército.
Posteriormente, se fue a vivir al barrio del Soho, donde sólo encontró algunos empleos temporales. Lo cierto es que llevaba una vida muy desordenada, aparte de que jugaba y bebía mucho.
Más adelante, formó con otros tipos una banda que se dedicaba a volar y desvalijar cajas fuertes. Durante un tiempo, esa fue su única actividad, hasta que fue arrestado por la Policía en Escocia.
Los agentes le llevaron ante el juez y éste le puso en libertad bajo fianza. Lo cierto es que nuestro personaje huyó al sitio que le pareció más recóndito. Se trataba de la isla de Jersey, una de las Islas del Canal. Hace tiempo escribí un artículo sobre ellas.
Aún así, la Policía detectó su llegada y una noche fueron a atraparlo. Sin embargo, en este caso, Eddie, llegó a realizar una auténtica huida más propia de una película, al lanzarse por una ventana, que se hallaba cerrada, y lograr escapar de los agentes.
Ese mismo día, intentó realizar otro de sus robos. En este caso, la Policía consiguió arrestarlo y el juez le impuso una pena de dos años de cárcel en la isla de Jersey.
Aunque parezca increíble, las Islas del Canal, fueron el único territorio de las Islas Británicas, que fue ocupado por las fuerzas alemanas, durante la II Guerra Mundial. Lo cierto es que los británicos no hicieron ningún intento por defender esas islas.
Cuando llegaron los nazis a la isla de Jersey, en junio de 1940, se encontraron a los presos todavía en sus celdas. Así que los soltaron a todos.
Chapman se había hecho amigo de otro antiguo preso, llamado Faramus, originario de esa isla. A la salida de la cárcel, fundaron una peluquería, donde atendieron tanto a los isleños como a los invasores alemanes.
Parece ser que a los dos se les ocurrió que la mejor manera de salir de esa isla era escribir una carta a las autoridades alemanas de ocupación, exponiendo que ellos deseaban espiar a favor de Alemania.
Así fue cómo les llamaron y les hicieron ir a Francia. Parece ser que solamente les interesó Chapman, al que pusieron como apodo Fritz. Así que durante un tiempo le entrenaron en las técnicas que suelen utilizar los espías (comunicaciones, manejo de explosivos, paracaidismo, etc).
Su primera misión tuvo lugar a mediados de diciembre de 1942. Consistía en volar en un bombardero alemán y lanzarse sobre territorio británico. Allí tendría que volar la fábrica de aviones  Havilland, situada al este de Inglaterra.
Parece ser que tuvo algunas dificultades para lanzarse en paracaídas, pero al final lo consiguió, aunque cayó en un lugar un poco alejado de su objetivo.
En aquella época, el Ejército británico, ya había descifrado las claves alemanas. Así que ya tenían noticias de la venida de este espía y sólo tuvieron que enviar un avión de la RAF, para seguir al de Chapman, y ver dónde se lanzaba en paracaídas. A partir de ahí, sólo tuvieron que alertar a la Policía del lugar y muy pronto fue capturado.
Desde el mismo momento en que comenzó su interrogatorio, declaró que quería ser agente británico. Así que fue trasladado a las oficinas del MI5 (el servicio de contraespionaje) para tomar una decisión sobre Chapman.
Consiguió que lo contrataran, a cambio de un buen sueldo, claro,  y le apodaron “ZigZag”. Parece ser que les convenció cuando les dijo que los alemanes le habían prometido ir a una de las típicas concentraciones nazis, donde ocuparía una de las primeras filas y así podría asesinar al propio Hitler.
Lo cierto es que les gustó la presumible valentía de este hombre, pero le convencieron para que no realizara esa misión suicida. No obstante, algunos autores creen que la idea de matar a Hitler no fue suya, sino de su tutor alemán, von Gröning, que fue el que le buscó ese sitio en el mitin de Hitler.
Es muy llamativo que el MI5 admitiera a este personaje entre los suyos, siendo un conocido delincuente, porque la mayoría de los agentes de ese servicio procedían de la clase alta británica. En el bando británico, su tutor sería el coronel Tommy Robertson.
Al poco tiempo el MI5 concibió un falso ataque sobre esa factoría. La explosión fue vista desde el aire y fotografiada por los aviones de reconocimiento alemanes, que solían sobrevolar el territorio británico.
Parece ser que los británicos encargaron este truco, como otros muchos,  al famoso ilusionista Jasper Maskelyne, al que ya dediqué  otro de mis artículos.
Algo más tarde, el MI5, organizó la vuelta de Chapman a Alemania. Mandó un mensaje para ser evacuado por medio de un barco o un submarino. Sin embargo, los alemanes, le contestaron que volviera a través de Lisboa.
Este comportamiento hizo dudar a los formadores británicos de Chapman, así que lo prepararon para afrontar el interrogatorio a que iba a ser sometido a su llegada a Alemania.
Posteriormente, se enroló en un barco mercante, cuyo destino era el puerto de Lisboa. Allí fue recibido por agentes alemanes. Para demostrar su lealtad, les pidió que le dieran dos bombas para hundir el barco en el que había venido, durante su regreso al Reino Unido. Los alemanes le dieron dos explosivos camuflados en trozos de carbón. Sin embargo, él los entregó al capitán del barco.
Lógicamente, no explotaron, pero al llegar a Inglaterra, se publicó en la prensa que la Policía había encontrado dos bombas camufladas entre el cargamento de carbón, que no habían llegado a explotar. Era una ingeniosa forma para que los alemanes no desconfiaran de Chapman.
Parece ser que los alemanes habían picado el anzuelo y, como premio a su “hazaña” por haber volado la fábrica de aviones, fue condecorado con la Cruz de Hierro, siendo el primer británico que obtuvo ese galardón. Aparte de darle una gran cantidad de dinero y hasta un yate.
Tras el famoso Desembarco de Normandía, que fue una auténtica chapuza y del que hablaré en un próximo artículo, Chapman, fue enviado de nuevo al Reino Unido.
Esta vez, su misión consistía en comprobar dónde iban cayendo las bombas volantes V-1 y transmitirlo a los alemanes, para que fueran corrigiendo el tiro.
Tal y como le habían ordenado en el MI5, les iba diciendo a los alemanes que las bombas estaban cayendo en el centro de Londres, cuando lo cierto era que estaban bombardeando los barrios y la campiña situada al sur de la capital. Sin embargo, los alemanes, nunca se dieron cuenta de que les estaba engañando.
Desgraciadamente, a su vuelta a Londres, Chapman, se dedicó, nuevamente, a la buena vida y a tener relaciones con bandas de delincuentes. Aparte de que no supo ser discreto.
Así que, en noviembre de 1944, el MI5 lo despidió, le dio una buena indemnización. Incluso, le consiguió el indulto de la pena de cárcel, que estaba cumpliendo en la isla de Jersey.
Durante su trabajo como espía, Chapman, había tenido dos amantes. Una en el Reino Unido y otra en Noruega, donde estuvo en una academia alemana de espías.
En una ocasión, le llegó a decir a su amante noruega que él era un espía británico. Afortunadamente, ella pertenecía a la resistencia de ese país y no lo denunció. Sin embargo, tras la guerra, ella fue condenada a una pena de 6 meses de cárcel, por haberse relacionado con un oficial alemán, o sea, Chapman. De hecho, no pudo demostrar que era un error, porque ella creía que él había muerto. Parece ser que volvieron a verse en 1994. Es la que aparece en el centro de la foto.
En la posguerra, se casó con una antigua novia suya, Betty Farmer, que vivía en el Reino Unido y tuvieron una hija. Parece ser que fue la misma chica por la que desertó del Ejército.
Según parece,  Chapman volvió a sus orígenes y se volvió a relacionar con bandas de delincuentes de todo tipo. Fue detenido varias veces, pero siempre se le soltó, porque el MI5 declaró que había realizado grandes servicios a su país durante la guerra.
En los años 50, escribió sus memorias para ganar algo de dinero. Sin embargo, el Gobierno prohibió su publicación y le pusieron una pequeña multa por intentar desvelar secretos oficiales. Algo más tarde, publicó otra biografía suya, pero aligerada de todos los detalles que figuraban en la primera.
Unos años más tarde, escribió otra biografía sobre un soldado británico que desertó para combatir en el bando alemán. Su nombre fue Eric Pleasants. Chapman afirmaba haberlo conocido cuando ambos estuvieron presos en Jersey.
Parece ser que la magnífica película “Triple Cross” (1966) está basada en la vida de nuestro personaje y eso le dio celebridad durante un tiempo. Así que lo contrataron en un diario londinense para escribir relatos sobre crímenes.

En esa película, el personaje de Chapman fue interpretado por el actor Christopher Plummer, que alcanzó gran fama al protagonizar la película “Sonrisas y lágrimas”, en el papel del capitán von Trapp.
Posteriormente, el matrimonio Chapman, compró una granja y un castillo en Irlanda, donde recibieron a algunos de los amigos que habían hecho durante la guerra. Uno de ellos  fue Stephan von Gröning, su tutor, mientras estuvo al servicio de la Inteligencia alemana. Parece ser que este oficial alemán hablaba muy bien inglés, porque su madre era de USA.

Curiosamente, algunos autores dicen que von Gröning era contrario al régimen nazi y pronto se dio cuenta de que Chapman era un espía doble. Incluso, algunos se atreven a decir que lo fomentó, sin que lo supieran sus superiores, claro está.
Otros dicen que von Gröning estaba muy interesado en que Chapman siguiera con ellos, incluso, aumentando la importancia de ese agente, porque se estaba quedando con una buena parte de su sueldo. Cantidad con la que estaba adquiriendo cuadros para su colección.
Lo cierto es que eso nunca se sabrá, porque el propio almirante Canaris, jefe máximo de la Abwehr, también fue siempre anti-nazi y se cree que, durante la guerra, facilitó ciertos secretos a los aliados. Este militar fue ejecutado tras el complot contra Hitler.
Nunca se perdió la amistad entre Chapman y su tutor alemán, aunque tardaron unos años en reunirse, tras la guerra. Parece ser que el alemán utilizó siempre el seudónimo Dr. Graumann y nuestro personaje desconocía cuál era su verdadero nombre. Es más, Gröning y su esposa estuvieron entre los invitados a la boda de la hija de Chapman.
Parece ser que los alemanes le trataron mucho mejor que los británicos. Estos últimos, nunca se fiaron mucho de él a causa de sus antecedentes penales.
Parece ser que la figura de von Gröning no se parecía en nada al personaje que aparecía en la mencionada película, interpretado por el célebre Yul Brynner. Gröning no era un tipo que tuviera una personalidad con un marcado carácter militar prusiano y, salvo error, tampoco estuvo implicado en el complot contra Hitler.
También se dice que los británicos exageraron demasiado la importancia de lo que le había confesado Chapman sobre los secretos alemanes para así poder decir que no sabían nada de ello, hasta que se los contó éste.
Cuando la verdad es que, desde hacía tiempo, sabían mucho más que eso gracias al descifrado del código de las máquinas Enigma. Algo que llegaron a ocultar hasta a sus propios aliados. Así que a Chapman también lo utilizaron para sus intereses.
Al final, el barón Stephan von Gröning, que había nacido en 1898, en Bremen, murió en la misma ciudad en 1982. En la posguerra lo pasó muy mal, pero, gracias a unos amigos, consiguió un modesto empleo en un museo de su ciudad.

Mientras que Eddie Chapman, el cual, a causa de sus actividades delictivas, le fue prohibida la entrada en varios países, como Francia e Italia, murió en 1997, a los 83 años, a causa de un fallo cardiaco.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL ASESINATO DE THOMAS BECKET

Supongo que, como yo, muchos de vosotros habréis  llegado a conocer a este personaje de la Historia a través de la famosa película Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville.
Con respecto a esa película, también habría que decir que, seguramente, buena parte de su fama se deba a la impresionante actuación, que realizaron en la misma,   dos “gigantes” de la pantalla, como fueron Peter O’Toole y Richard Burton.

No sé si en algún momento de la película os ha parecido más una obra de teatro. Realmente, así es. Estaba basada en la obra del famoso escritor francés Jean Anouilh, “Becket o el honor de Dios”. Estrenada en 1959.
Nuestro personaje de hoy se llamaba Thomas Becket y nació en 1118 en Normandía, aunque en otros sitios figura Londres, como su lugar de nacimiento.
Su padre era un comerciante inglés, lo cual le dio a la familia una situación un tanto acomodada. Esto le permitió estudiar en París.
Obtuvo su primera formación con los monjes de la abadía de Merton en Surrey, situada al sur de Inglaterra.
Tras la temprana muerte de su padre, su familia pasó a tener apuros financieros. Así que, más tarde pasó a ser uno de los secretarios de Theobald, arzobispo de Canterbury, el cual le envió a estudiar Derecho en la Universidad de París y a su vuelta, en 1154, le nombró archidiácono de esa misma sede primada de Inglaterra.
Parece ser que se ganó la amistad del anciano arzobispo y juntos realizaron viajes a Francia y a Roma. Incluso, le envió a perfeccionar sus estudios de Derecho a la aún, hoy en día, prestigiosa Universidad de Bolonia.
Al comenzar su vida, Inglaterra, se hallaba en una profunda anarquía. El rey Enrique I, que había perdido a su hijo varón y sucesor en un accidente, nombraba a su hija Matilde como sucesora en el trono. Es preciso decir que todavía no había reinado ninguna reina en Inglaterra, así que los nobles no estuvieron muy de acuerdo con la decisión del monarca.
No obstante, dado que el rey ya tenía prevista la mala acogida de este nombramiento entre sus nobles, casó a su hija Matilde, que acababa de enviudar del emperador Enrique V, con Godofredo V, conde de Anjou y de varios lugares más.
Matilde no tuvo hijos de su primer matrimonio. Sin embargo, en el segundo tuvo tres hijos, aunque su marido también murió joven.
Al morir, Enrique I de Inglaterra, intentó que su sucesora fuera su hija Matilde. Sin embargo, tal y como se temía, los nobles coronaron a Esteban de Blois, como nuevo rey de Inglaterra.
A partir de ahí, hubo guerra civil, que duró unos 20 años, entre los partidarios de uno y otro. Sin embargo, en 1153, poco después de la muerte de Eustaquio, el heredero de Enrique de Blois, éste firmó el Tratado de Wallingford.
Por medio de este documento, se reconocía a Esteban de Blois como rey de Inglaterra hasta su muerte y como su sucesor a Enrique, hijo mayor de Matilde y Godofredo.
Precisamente, uno de los negociadores de este tratado, por parte de la Iglesia de Inglaterra, ante el Papa Eugenio III, fue nuestro personaje de hoy.
Así que, como el rey, Enrique II de Inglaterra, vio que era un gran negociador, y por consejo del arzobispo Theobald, lo nombró canciller del reino. Lo que ahora sería un presidente del Gobierno.
Estuvo en ese puesto  durante 7 años, durante los cuales sirvió muy fielmente a su rey, siendo muchas veces recompensado por ello.

Ese período acabó tras la muerte del arzobispo Theobald. Según parece,  el rey no se había llevado demasiado bien con el clérigo fallecido y necesitaba que ese puesto vacante fuera ocupado por una persona de su confianza. Así que eligió nada menos que a Thomas Becket.
Parece ser que Thomas no estuvo muy de acuerdo y le dijo al rey: “Si me haces obispo te arrepentirás”, pero no le hizo caso.
Efectivamente, Thomas Becket, siempre fue fiel a su señor. Cuando estuvo bajo las órdenes del rey, le fue fiel a éste, en cambio, cuando pasó al estado eclesiástico, le fue fiel a Dios.
Le ordenaron sacerdote un día antes de nombrarlo nuevo arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia de Inglaterra.
Cambió radicalmente su forma de vida. Así que pasó de comportarse como un cortesano, con continuas fiestas, a ser una persona muy religiosa, que cumplía muy bien con los mandatos de la Iglesia. En resumen, se tomó muy en serio su nuevo trabajo.
En aquella época, solía haber en todos los países conflictos originados por las luchas de poder entre los reyes y los miembros de la Iglesia.
Parece ser que en 1163 acusaron a un fraile inglés de asesinato y éste fue llevado ante un tribunal eclesiástico, el cual le absolvió por falta de pruebas. Eso no gustó nada a mucha gente y el rey aprovechó para intentar aumentar su poder a costa de la Iglesia.
Por ello, en 1164, en medio de una asamblea, llegaron a enfrentarse verbalmente el rey y el arzobispo. Así que a Thomas no le quedó otro remedio que el exilio en una abadía en Francia.
Parece ser que Luis VII,  rey de Francia,  medió entre ellos para que se encontraran en territorio francés e hicieran las paces.
Curiosamente, este monarca francés estaba casado con Leonor de Aquitania, la cual casó después con Enrique II de Inglaterra. Entre sus hijos, podemos destacar a Juan sin tierra y a Ricardo Corazón de león.
Así fue y en noviembre 1170, Thomas, regresó a Gran Bretaña. Sin embargo, cuando el rey se enteró de que el arzobispo había excomulgado a todos los obispos ingleses que habían cedido su poder ante el del rey, se lo tomó muy mal.
Parece ser que dijo: “¿No hay nadie que me pueda librar de este sacerdote turbulento?”. Cuando pronunció encolerizado estas palabras se hallaba rodeado de varios de sus nobles, los cuales las tomaron al pie de la letra. Esos hechos tuvieron lugar en Normandía, en la Navidad de 1170.
Cuatro de esos nobles, junto con sus mesnadas,  atravesaron el Canal de la Mancha y el día 29 del mismo mes se presentaron ante la catedral de Canterbury, exigiendo ver a Thomas.
Los sacerdotes le pidieron que se refugiara en el templo, ya que  se hallaba, en ese momento, celebrando el oficio de vísperas, pero él se negó a que la catedral se convirtiera en una fortaleza, y ordenó que no se cerraran las puertas, así que los otros entraron sin dificultad.
Los nobles gritaron “¿Dónde está el traidor? ¿Dónde está el arzobispo?”. Él les respondió, “Aquí estoy”. “No soy un traidor, sino un sacerdote de Dios. Me extraña que con ese atuendo entren en la iglesia de Dios. ¿Qué quieren?”
Uno de los nobles fue a levantar su espada, sin embargo, uno de los sacerdotes presentes le agarró el brazo y no pudo darle una estocada.
Al ver eso, los cuatro nobles le atacaron a la vez, dándole muerte en los peldaños situados delante del altar.
Uno de los sacerdotes dijo que sus últimas palabras fueron: “Muero voluntariamente por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”. Murió a causa de varias estocadas recibidas en la cabeza, que atravesaron su mitra. Por eso se le representa con una espada atravesando su mitra.
En su momento, este crimen provocó todo un escándalo en todo el orbe cristiano y el asesinado fue considerado como un mártir. No hará falta decir que el rey intentó declinar toda responsabilidad, la cual hizo recaer en esos cuatro nobles, que, inmediatamente, cayeron en desgracia.
Sin embargo, este asunto fue tan gordo, que la mentira no coló. Así que, como se ve al comienzo de la citada película, en 1174, el rey tuvo que someterse a una penitencia pública, delante del sepulcro de Becket,  y ordenar la construcción de un monasterio en Somerset.
Concretamente, tuvo que vestirse con un saco y andar descalzo por la calle, mientras nada menos que 80 monjes le azotaban con ramas. Incluso, tuvo que pasar una noche en la cripta, junto a la tumba de su antiguo amigo.
Parece ser que, tras su muerte, se produjeron muchos milagros, adjudicados a nuestro personaje. Así que sólo 2 años después de haber sido asesinado fue canonizado como un nuevo santo por el Papa Alejandro III.
En 1220, sus restos mortales fueron depositados en un relicario y éste colocado en la nueva Capilla Trinity.
Sin embargo, en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, sus restos se perdieron al ordenar éste la destrucción de los monasterios del reino.
No obstante, hay quien afirma que los monjes los salvaron y los enterraron en otra parte, pero no se sabe dónde.
Por otra parte,  el año pasado se celebró una exposición donde se mostraron algunos restos que decían ser de este santo, los cuales están en posesión de los jesuitas ingleses, y otros que se hallan en Hungría.
Ciertamente, el lugar donde descansaban sus restos, fue centro de peregrinación, durante más de tres siglos. Así que ese rey, con el que se inició la Reforma en Inglaterra, ordenó que se destruyera el templo y se quemaran las reliquias que hubiera en él.
Curiosamente, como Leonor, una de las hijas de Enrique II y Leonor de Aquitania, había casado con Alfonso VIII, rey de Castilla, pidió que en una iglesia de Soria, que era feudo suyo, figurara un fresco representando el instante de la muerte del arzobispo, que había sido amigo suyo.
Posteriormente, se construyeron varias iglesias en los reinos de la Península Ibérica bajo la advocación de Santo Tomás de Canterbury, el cual también pasó a ser santo patrón de algunos pueblos de España. Su festividad se celebra cada 29 de diciembre, coincidiendo con la fecha de su asesinato.

Por último, en Hungría, donde como ya he dicho anteriormente,  también se conservan algunos de sus restos, este santo siempre ha sido muy venerado. Sobre todo, en la época comunista, donde se le veía como un ejemplo de una persona que tuvo la valentía de enfrentarse contra un poder despótico, que no respetaba las libertades. Eso es lo mismo que hacía entonces el régimen comunista, que había en ese país.