ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 16 de marzo de 2015

LA LEYENDA DE UGOLINO Y SUS HIJOS



Ya sé que me vais a decir que cada día traigo más gente rara al blog, pero yo creo que esta historia no os va a defraudar. Además, de los personajes más corrientes ya habla todo el mundo. Así que no tiene mucho mérito.
El conde Ugolino della Gherardesca fue un noble de Pisa. No sería  correcto decir de Italia, porque este país no existía, por entonces.
Nació hacia 1220 en esa ciudad, en el seno de una familia noble y perteneciente  al partido de los gibelinos, también llamado el partido del emperador. Como contrapartida, estaba el de los güelfos, también llamado partido de la Iglesia.
Durante los siglos XII y XIII, en lo que hoy llamamos Italia, hubo muchas luchas, pues el territorio se dividió entre esos dos partidos. En esa época, hubo muchas luchas para poder dirimir quién debería mandar sobre la Cristiandad.
En realidad, estos nombres procedían de Alemania, donde unos apoyaban a los duques de Baviera, a los que llamaban Welf, y otros a la familia Hohenstaufen, a los que llamaban Waiblingen, que degeneró en gibelino, al llegar a Italia.
Se cree que estos partidos nacieron en Italia, cuando el emperador Federico Barbarroja se anexionó varias zonas de esa península.
La liga Lombarda defendió sus derechos y los de las comunas, ante los intentos de apropiación de los mismos, por parte del emperador. Estos fueron llamados güelfos y apoyaron el poder del Papa para contrarrestar el del emperador.
Este partido solía estar formado por las familias enriquecidas por el comercio. Mientras que los gibelinos, que apoyaban el poder del emperador, solían ser propietarios agrícolas y ganaderos.
La cosa llegó a tal extremo que el propio emperador, Federico Barbarroja, fue vencido en 1176, en la batalla de Legnano y tuvo que reconocer la autonomía de las ciudades pertenecientes a la Liga Lombarda.
Estas rivalidades llegaron a provocar que una ciudad se proclamara, en su totalidad, partidaria de una causa u otra y presentara batalla contra la rival. Esto ocurrió en varias ocasiones, como la batalla de Montaperti, que tuvo lugar en 1260. Este enfrentamiento duró hasta el siglo XV.
Hubo ciudades, como Florencia, donde se alternó durante un tiempo el control por uno u otro partido. Incluso, como anécdota, se puede decir que algunos vistieron de cierta manera, para indicar a qué partido pertenecían. Otros llevaban una pluma en un lugar determinado del
sombrero, etc.
Los gibelinos optaron por una bandera con una cruz blanca sobre un fondo rojo, que era la bandera del Sacro Imperio. Por el contrario, los güelfos, optaron por una bandera parecida, pero con los colores a la inversa. O sea, una cruz roja sobre un fondo blanco.

Todavía, hoy en día, podemos saber si una ciudad fue de un partido u otro observando su escudo. Esto ocurre con las antiguas ciudades gibelinas de Pavía, Novara, Treviso, Módena, Pisa, etc.
Lo mismo ocurre en los casos de antiguas ciudades güelfas como
Milán, Padua, Bolonia, Cremona, Florencia, etc.
Una vez aclarado este tema, tengo que decir que Pisa, la ciudad de nuestro personaje, se decantó por los gibelinos, mientras que sus vecinas de alrededor se fueron al bando contrario.
Esto hizo que en Pisa se viviera constantemente en una situación de emergencia y, por ello, se le dio a su gobernante el título de podestá, para que tuviera unos poderes casi dictatoriales.
Ugolini era uno de los jefes de la facción gibelina. Su familia siempre tuvo muy buenas relaciones con los emperadores de la dinastía Hohenstaufen, lo cual hizo que ésta destacara sobre las demás.
En 1252 fue nombrado gobernador de Cerdeña, por el emperador Federico II, permaneciendo en ese puesto hasta que las tropas de Génova conquistaron esa isla, en 1259.
Precisamente, unos años antes, había casado a su hijo, Güelfo, con una hija del rey Enzo de Cerdeña.
Después, fue nombrado Podestá de Pisa, tomando una serie de medidas que no gustaron a muchos de sus conciudadanos.
En 1271 aprobó el matrimonio de su hermana con Giovanni Visconti, aliándose con esta familia, que eran los líderes del partido contrario. Esto levantó muchas sospechas entre sus compañeros de partido.
En 1274, ambos fueron encerrados, acusados de realizar un complot para destruir el gobierno de Pisa, para unirse con otras ciudades.
Una vez puestos en libertad, tuvieron que exiliarse. No perdió el tiempo, pues consiguió reunir muchos partidarios güelfos en Florencia y Lucca y, junto con la ayuda prestada por el rey francés, Carlos I, consiguió atacar Pisa y hacerse de nuevo con el poder.
Los partidarios de Ugolino, capitaneados por sus hijos, Güelfo y Lotto, vencieron en 1275 a las tropas de Pisa en la batalla de Bolgheri.
Así que, al año siguiente, los pisanos tuvieron que aceptar que volvieran todos los exiliados y devolverles los bienes que les habían confiscado.
En 1282 hubo una nueva guerra entre Pisa y Génova. Esta vez, las fuerzas pisanas iban capitaneadas por Ugolino.
No hay mucho acuerdo en lo que pasó en la batalla de Meloria, en 1284, lo cierto es que las naves de Ugolino se retiraron antes de tiempo y su hijo, Lotto, cayó prisionero del enemigo.
Ese mismo año, se reanudó el conflicto contra Pisa. El problema es que esta vez se habían aliado contra ella nada menos que Génova, Florencia y Lucca.
Los pisanos recurrieron a Ugolino y le nombraron podestá. Éste, recurriendo a ese dominio de la diplomacia, que les es tan querido a los italianos, consiguió firmar unos tratados, por separado, con Florencia y Lucca. Así que Génova tuvo que seguir haciendo la guerra por su cuenta contra Pisa.
En 1286, asoció a su puesto a su sobrino Ugolino Visconti, también llamado Nino. Cuando el pueblo de Pisa pretendió que hiciera un tratado con Génova, para que volvieran los prisioneros a la ciudad, se opuso vivamente, aduciendo que eso iba en contra de los intereses de Pisa en Cerdeña.
Tal vez, eligió esa postura, porque él aún tenía intereses personales en esa isla o también para que no volvieran, al menos, de momento, gentes que le podían haber descabalgado del poder en Pisa.
La familia Ubaldini organizó un complot para derrocarle, comenzando por un levantamiento popular.
El 01/07/1288, el arzobispo Ruggieri degli Ubaldini lanzó las masas populares contra los partidarios de Ugolino. Hubo luchas por toda la ciudad, hasta que consiguieron vencer a nuestro personaje y capturarle.
Fue encerrado por orden del arzobispo en la torre Gualandi, también llamada Mida. No obstante, siguiendo las costumbres del lugar, sus familiares intentaron pagar su rescate. Algo que no fue aceptado por el clérigo.
Junto con él, fueron encerrados en esa torre, sus hijos Gaddo y Uguccione y dos nietos, Nino y Anselmuccio. El arzobispo les condenó a todos a morir de hambre, prohibiendo que se les socorriera, ni siquiera les permitió la tradicional asistencia religiosa a los moribundos. Incluso, tiró al río las llaves de la torre.
En marzo de 1289, cuando ya no se escuchaba ningún ruido en la torre, se procedió a abrir la celda y se les encontró a todos muertos. Sus restos fueron enterrados en la iglesia de San Francesco.
Una leyenda decía que Ugolino había muerto el último, por lo que la única explicación es que se hubiese ido comiendo a los que iban muriendo.
Por eso, los muchos artistas que han retratado a ese grupo, lo representan como un caníbal, mordiéndose sus propios dedos.
No obstante, estudios más recientes ponen en duda esa versión, pues no han encontrado ninguna evidencia de antropofagia en los cadáveres.
Este suceso se hizo famoso por aparecer en la obra “La Divina Comedia”, dentro  de “El Infierno”, de Dante, donde se le cita, devorando el cuerpo de su enemigo el arzobispo. Incluso, sus hijos le invitan, en la obra, a que devore sus propias carnes, "pues a él se las debían".

  








jueves, 12 de marzo de 2015

LA REBELIÓN DE MASANIELLO



A lo mejor, este título, así, de pronto, no os dice nada, pero ya veréis cómo la Historia se repite una y otra vez y así comprobaremos que no somos tan diferentes de nuestros antepasados, como podría parecer a primera vista.
Tommasio Aniello d’Amalfi, que así es como se llamaba realmente nuestro personaje de hoy, nació en 1620, en una villa cercana a Nápoles, aunque hay mucha discusión sobre ese particular. Luego, vivió toda su vida en el barrio del Mercado, en Nápoles.
Su familia era modesta, pero no demasiado pobre, gracias a que su padre era pescador y también  comerciante. Tenía otros dos hermanos y una hermana. Todos menores que él.
Hay que destacar que, por entonces, la ciudad de Nápoles era una de las más pobladas de Europa, con más de 250.000 habitantes y pertenecía a la Corona española, desde su conquista, en 1504, por el reino de Aragón.
En aquellos años, del siglo XVII, España se enfrentaba en varios conflictos a la vez a sus enemigos tradicionales, por lo que, como es lógico, pero no ético,  tuvo que aumentar mucho los impuestos.
Masaniello siempre fue un pescador más y se vestía como tal. O sea, con una camisa y un pantalón de algodón, una gorra e iba siempre descalzo.
Su aspecto, habitual era el de un hombre curtido por el sol, de estatura normal, piel morena y pelo y bigote de color castaño. El pelo solía sujetarlo con una coleta, como era habitual entre las personas dedicadas a ese oficio.
En algunas ocasiones, se dedicó al contrabando, para sortear los altos impuestos que había en ese virreinato y fue encarcelado varias veces por ello.
Parece ser que uno de los motivos que le enfrentaron al Gobierno fue que su mujer fue detenida y le impusieron una fuerte multa para que lograra salir de la cárcel. Así que tuvo que endeudarse mucho para poder sacarla.
Según dicen, Masaniello, conoció en la cárcel a varios personajes que cambiarían su vida. Uno de ellos fue el abogado Marco Vitale, que le puso en contacto con otros miembros de la emergente y descontenta burguesía napolitana, y también el sacerdote y abogado Giulio Genoino, que fue quién le influyó en mayor medida y, además, fue el ideólogo de su futura insurrección.
Como lo que ocurrió más adelante en Francia, en Nápoles, los individuos del Tercer Estado, concretamente, la burguesía, pugnaban, por entonces, por tener un papel
más significativo en el Gobierno de su territorio. Sobre todo, porque, al ser los que tenían una mayor fortuna, eran los que pagaban los mayores impuestos.
Tras el intento de Genoino, en 1620, de ser escuchado por el duque de Osuna, entonces, virrey de Nápoles,  fracasó y fue encarcelado.
En 1639 fue puesto en libertad, volviendo a su ciudad para fomentar la rebelión contra el poder del virrey. Se formó una camarilla a su alrededor, compuesta por Francesco Antonio Arpaja, Fray Savino Boccardo, Marcos Vitale y algunos más.
Si una pequeña guerra genera grandes gastos, podremos imaginarnos lo que costó la famosa Guerra de los 30 años, que duró entre 1618-1648.
Evidentemente, los gobernantes no tuvieron ningún problema para presionar más a sus súbditos, subiendo los impuestos de una forma desmedida, para seguir con su fastuoso tren de vida. Sin importarles para nada, que se pudieran morir de hambre.
Este descontento fue aprovechado por los revolucionarios habituales para sublevar a un pueblo muy descontento con sus gobernantes.
La rebelión comenzó en Palermo (Sicilia) en 1647 y luego se propagó al cercano virreinato de Nápoles. La causa esgrimida fue la creación de un fuerte impuesto sobre la fruta, que era lo poco que les dejaban comer a los pobres.
El 07/07/1647, se registró el primer enfrentamiento a las puertas de la ciudad de Nápoles, entre los vendedores de frutas y los aduaneros del virrey. Ante la violencia ejercida por los fruteros, los aduaneros tuvieron que salir huyendo, mientras que el puesto de aduanas fue quemado por los manifestantes.
Posteriormente, marcharon sobre la ciudad y llegaron al palacio del virrey, entonces el duque de Arcos, el cual tuvo que huir a varios sitios, perseguido de cerca por la multitud.
Por lo que se ve, Masaniello tomó el mando para calmar los ánimos e impartir Justicia. Algunos revolucionarios que sólo acudieron a la ciudad para montar más jaleo, fueron condenados y ejecutados por los rebeldes. Éstos nombraron a Masianello capitán general de sus fuerzas.
Incluso, a estas alturas, como la voz se había corrido por las ciudades vecinas, éstas también se rebelaron contra la autoridad del virrey.
Realmente, la intención de Masianello no era derribar al virrey, sino trabajar con él para rebajar el poder de la nobleza en la ciudad. Seguramente, esto se lo había enseñado su maestro, Genoino, pues era lo que quería la burguesía.
Llegaron a asaltar todos los arsenales y pusieron en libertad a todos los presos. No obstante, nuestro personaje, llegó a negociar con el virrey, el cual les dio todo lo que le pedían.
Una semana después, con la mediación del arzobispo de Nápoles, el virrey y Masianello firmaron un convenio por el que todos  los rebeldes fueron indultados, los nuevos impuestos fueron cancelados y todo eso quedó pendiente de la aprobación por parte del rey, Felipe III de España.
Parecer ser que el virrey quiso atraerse a Masianello a base de darle grandes honores y condecoraciones. Algunos dicen, incluso, que fue envenenado por el virrey, porque le cambió rápidamente su personalidad. Igual sólo fue que se le subieron los honores a la cabeza.
Los nobles de la ciudad se negaron a perder su poder e intentaron asesinar a
nuestro personaje. No obstante, el virrey, en una ceremonia donde todo el mundo vistió sus mejores galas, nombró a Masianello capitán general de la ciudad, sentado en una silla dorada y en el interior de la catedral.
Aunque la mayoría de la gente seguía estando a sus órdenes, sus amigos le fueron abandonando poco a poco, al verse traicionados por él.
Masianello, al fin comprendió, a finales de 1647,  que se había alejado de la gente y se fue a la iglesia del Carmen, donde el arzobispo estaba celebrando una misa.
Aprovechando el gentío, se decidió por dar una arenga a la multitud, insultando a algunos de los ciudadanos. Fue arrestado, por ello, y, más tarde, asesinado por un grupo de comerciantes de granos.
Su cabeza fue llevada a presencia del virrey, por si quería darles alguna recompensa, y su cuerpo fue enterrado fuera de la ciudad, como se hacía habitualmente con los delincuentes que habían sido ejecutados por la Justicia.
Poco después, al ver la gente que se volvía a las habituales trampas virreinales, exhumó el cadáver de Masianello, y lo enterró con un gran ceremonial, reivindicando su memoria. En un acto donde acudió hasta el mismo virrey a rendirle honores.
La situación revolucionaria no se apagó con este entierro. El virrey tuvo que negociar con Genoino, pero éste tampoco pudo apaciguar a la gente y tuvo que exiliarse.
No hay que olvidar que el rey, en lugar de apaciguar a la gente, tomó una medida habitual en esa época, como fue la de mandar una flota al mando de Juan José de Austria, para bombardear, desde el mar, los barrios donde aún se asentaban los revolucionarios.
Bajo el liderazgo del artesano armero Gennaro Annese, se proclamó una república napolitana, que contaba con la protección de Francia (¡qué casualidad!), bajo el mando de Enrique de Lorena, duque de Guisa, el cual tenía ciertos derechos sucesorios sobre la corona del antiguo Reino de Nápoles.
La nueva república nació con poco futuro, pues las fuerzas virreinales la rodeaban, sin posibilidad de que le llegaran suministros por ningún sitio.
Además, el virrey, supo atraerse a los nobles napolitanos y quizás también a la burguesía, para que actuaran a su favor como espías o saboteadores. Ahora la rebelión  se había convertido en popular y, seguramente, ya no les servía adecuadamente a sus intereses.
A mediados de abril de 1648 se produjo la salida de Enrique y la reconquista por parte de las tropas virreinales.
La flota francesa llegó algo más tarde y ya no consiguió volver a reconquistar la ciudad. Tuvo que enfrentarse a una eficaz flota española, que le derrotó en varias ocasiones.
El líder, Genanro Annese, que había sido encarcelado por el virrey, fue juzgado y condenado a muerte,  para ser, más tarde, decapitado en la plaza del Mercado de Nápoles. Precisamente, el mismo barrio donde vivió Masianello.  A lo mejor, lo hicieron, precisamente, por eso.

viernes, 6 de marzo de 2015

FRANCISCO Y TERESA CABARRÚS




Hoy pensaba hablar sólo de Teresa Cabarrús, pero lo voy a hacer también de su padre, el cual, a mi parecer, también tuvo una vida digna de aparecer en este mismo artículo.
 Francisco Cabarrús nació en 1752 en Bayona (Francia), hijo de un comerciante de ese país, que tenía su establecimiento en la citada ciudad.
Con 18 años, su padre, lo envió a  España para que se formara en ese gremio, lo cual parece un poco extraño, salvo que su padre tuviera muchas relaciones comerciales con nuestro país.
Vivió en varias ciudades, como Zaragoza y Valencia, y, en esta última ciudad, se enamoró de la hija del dueño de la casa en la que estaba residiendo y se casaron.
Parece ser que esto le acarreó problemas legales en Francia y no pudo ejercer el comercio en su país. Así que se quedó en España.
La familia residió durante un tiempo en lo que, por entonces, era la villa de Carabanchel Alto. Ahora, un barrio más de Madrid.
Su dominio del comercio y las finanzas atrajo la atención de muchos y pronto conoció a personajes muy importantes, como Jovellanos, Campomanes y Floridablanca.
Fue asesor de todos esos ministros y les dio buenos consejos, como el de emitir vales reales para financiar los gastos que nos estaba reportando nuestra intervención en la guerra de la independencia de los futuros USA. Algo que nunca nos han agradecido, al contrario del buen trato que le ha dado siempre USA a Francia.
En 1782 ideó la creación del Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España, para emitir, por primera vez en España, papel moneda.
En 1789, el rey Carlos IV, agradecido por sus intervenciones le otorgó el título de conde de Cabarrús.
También creó la Real Compañía de Filipinas e inició lo que luego sería el Canal de Isabel II. Al mismo tiempo, planeó una vía navegable desde el centro de España hacia el
Atlántico. Un viejo proyecto que se ha ido desempolvando a través de los siglos, desde la época de Felipe II.
Como siempre ocurre en España, tuvo que soportar la envidia de otros. Así, fue denunciado por sus ideas liberales y por una especie de fraude.
En 1790, fue encarcelado por ello, pasando 2 años entre rejas. No obstante, nada más salir, volvió a ocupar altos cargos, durante los reinados de Carlos IV y José Bonaparte.
No sé si se le podría calificar de “afrancesado”, porque él ya era francés. Lo cierto es que tuvo muy buenas relaciones con José I, el cual le otorgó varias condecoraciones.
Murió en 1810, siendo ministro de Finanzas de José I. Como ya sabéis que en España no dejan en paz ni a los muertos, en 1814, una vez acabada la guerra de la Independencia, se extrajeron los restos de su sepultura, depositados  en una capilla de la catedral de Sevilla, y se enterraron en una fosa común, donde solían enterrar los cadáveres de los ejecutados.
Tuvo dos hijos: Teresa, de la que hablaré más adelante, y Domingo, que siguió los pasos de su padre en el Gobierno, pero tuvo que exiliarse, por ser afrancesado, aunque luego regresó.
Un nieto de nuestro personaje casó con una tía de la futura emperatriz Eugenia de Montijo y de la duquesa de Alba.
Ahora le toca el turno a nuestro otro personaje de hoy. Teresa Cabarrús nació en la casa familiar, sita en Carabanchel Alto, en 1773.
En 1785, su padre, decidió que la chica debía formarse en Francia y allí la envió, junto con su madre y hermanos.
A su madre no le gustó nada de aquello, pues en París ya se respiraba una situación prerrevolucionaria. Así que regresó, dejándola al cuidado de unos amigos de la familia.
Como, según parece, siempre fue una mujer muy guapa, con el pelo moreno, a juego con sus grandes ojos negros, en contraste con una piel muy blanca, pues enseguida le surgieron los pretendientes.
Ya con 14 años se enamoró del hijo del marqués de Laborde, pero al  padre del chico, que era de la vieja escuela, le pareció mal que su hijo tuviera relaciones con una simple burguesa.
Después apareció el marqués de Fontenay, consejero del Parlamento y se casaron en 1788. No es que él fuera muy mayor, pues tenía 26 años, pero es que ella sólo tenía 14 años.
A continuación, abrió uno de los famosos salones, que menudeaban por todo París, donde se reunía la gente bien para hablar y, sobre todo, para conocerse. Así llegó a triunfar en la sociedad parisina, gracias a su belleza y a su simpatía.
En el revolucionario año de 1789, Teresa tuvo su primer hijo. La situación iba cada vez peor. Incluso, había afectado a las relaciones entre ella y su marido.
A Luis XVI no se le ocurrió otra cosa que reunir a los Estados Generales, que era el verdadero parlamento francés. No se reunían desde 1614.
Lógicamente, lo hizo para pedirles pasta, que es para lo que lo hacían, habitualmente,  los monarcas absolutos. Igual que le había ocurrido antes el monarca inglés, Carlos I.
Incluso, los salones, tan de moda anteriormente, se habían convertido en una especie de clubs políticos.
La situación coincidió con la prisión de su padre en España. Así que ella estaba aterrada y convenció a su marido para huir de Francia.
En 1793, los revolucionarios llevaron a Luis XVI ante un tribunal, acusado de traicionar a su patria por  pedir ayuda a los países vecinos para que le reinstauraran en el trono. Los magistrados le juzgaron y le sentenciaron a muerte. Ejecutándole unos días después.
Esto le llenó de amargura, pues no se ponía de acuerdo con su marido, con respecto al lugar hacia dónde tendrían de huir. Fueron a Burdeos y allí se metieron en un buen lío.
Resulta que esta ciudad era más bien monárquica y la Convención envió allí a dos hombres, para hacerles volver al redil. Uno de ellos fue el famoso Tallien.
Teresa estaba en el punto de mira de los revolucionarios, por varios motivos. Uno de ellos, era haber huido de París; otro, el haberse instalado en la rebelde Burdeos y otra por ser la antigua marquesa de Fontenay, aunque ya se había divorciado.
Así que los revolucionarios se basaron en esos motivos, y algunos más, para encarcelarla inmediatamente. Como ya conocía  a Tallien, enseguida fue puesta en libertad.
Desde ese momento, comenzó su romance con este político. Incluso, como ella era conocida por mucha gente de la nobleza, que lo estaba pasando muy mal, recibió, durante su estancia en Burdeos, múltiples peticiones para intentar salvar la vida de más de un condenado a muerte. Hay que decir que, en muchos casos, consiguió lo que se proponía.
En París, los revolucionarios se alarmaron por esta falta de ejecuciones en Burdeos y hacia la capital fue Tallien, para justificar que había pacificado esa ciudad, sin apenas verter sangre francesa.
Parece que logró convencerles, así que le nombraron presidente de la Convención. Con lo cual, él se quedó ya en París y ella se quedó sola en Burdeos.
Eso no le hizo a ella ninguna gracia, pues, como la situación cada día se radicalizaba más y más, se veía en peligro. Huyó primero a su finca en un pueblo apartado y luego a Versalles, donde fue detenida y encarcelada.
Desde allí, le envió una compungida carta a su amado, donde le llamó “cobarde”, por no atreverse a eliminar al gran Robespierre.
Al recibir esa misiva, como Tallien ya tenía organizado un complot contra Robespierre, se apresuró a adelantar la fecha del mismo, logrando detener a los dos hermanos Robespierre y a Saint Just, para ejecutarlos inmediatamente, claro está.
De esta manera tan epistolar, Teresa, consiguió salvar su vida y la de otros muchos ciudadanos que estaban esperando su ejecución. Por ello, algunos la llamaron Nuestra Señora de Termidor.
Tras su liberación, se reunió con su pareja, se casaron en 1794 y se fueron a
vivir a una casa en París, junto a los Campos Elíseos, donde volvió a abrir otro salón, como el que tuvo en su momento.
Unos años más tarde, le llovió a Tallien una de las acusaciones más graves que se podían hacer en ese momento, o sea, llamarle monárquico. Parece ser que le acusaron de haber apoyado una expedición de exiliados franceses, que pretendieron invadir Francia, para reinstaurar la monarquía.  Ahí se acabó su carrera política.
Con la llegada del Directorio, tuvo que conformarse con ser un simple diputado del Consejo de los 500.
A lo mejor, para recuperar su prestigio perdido, se enroló en la expedición de Bonaparte a Egipto, pero no tuvo mucho éxito y le mandaron de regreso a Francia.
Incluso, en el viaje de vuelta, su nave fue interceptada por los británicos, que lo enviaron a Londres, donde hizo algunas amistades.
Mientras tanto, Teresa ya se había buscado otro amante y no quiso saber nada más de él. Así que, tras su vuelta, vivió en la pobreza e, increíblemente, murió en Francia a causa de la  lepra, nada menos que en 1820.
Teresa, como ya he dicho antes, se había buscado una nueva compañía. Esta vez se trataba de otro personaje conocido, Paul Barras.
Ella seguía siendo la gran anfitriona de fiestas y salones de todo tipo. Parece ser que no estuvo muy acertada, cuando rechazó una proposición matrimonial de un joven general llamado Napoleón Bonaparte, el cual, luego, se casó con una amiga de ella, Josefina.
Como Teresa cada vez tenía gustos más caros, dejó a Barras y encontró una nueva pareja en la persona del banquero Ouvrard, con el que tuvo varios hijos.
Tras el apresamiento de Barras, ordenado por el Directorio, intentó acercarse al despechado Napoleón, pero éste ya no le hizo ningún caso.
Al final, consiguió que el gran militar se entrevistara con ella, pero le dijo, simplemente, que su momento ya había pasado y que la veía como alguien de otra época.
En 1805 casó de nuevo. Esta vez el afortunado sería el conde José de Caramán, el cual, más tarde, gozaría también del título de príncipe de Chimay, adquirido mediante herencia.
Con la llegada de la nueva monarquía en la persona de Luis XVIII, Teresa, fue acusada de bigamia, pues se derogó el divorcio y se anularon todos los otorgados hasta esa fecha. Menos mal que su antiguo marido Fontenay murió al poco tiempo y su boda con Tallien únicamente fue realizada a la manera civil.
Parece ser que, a esas alturas, andaba muy harta de la sociedad
parisina. Así que se retiró al castillo de su marido, situado en Bélgica, pero muy cerca de la frontera francesa. Allí también recibió a algunos destacados artistas.
En 1830 hizo un viaje a París, pero la encontró muy cambiada y no le gustó nada. Así que se volvió a su castillo- palacio, donde vivió hasta el final de sus días, falleciendo en 1835.
Teresa perteneció a un grupo de mujeres llamadas las “maravillosas”. A él pertenecieron Madame Recamier, la futura emperatriz Josefina y ella misma. Fueron las más bellas y elegantes de esa época y atrajeron con sus encantos a los personajes más importantes de Francia. Gozando, por ello, de mucha influencia en la sociedad parisina.

domingo, 1 de marzo de 2015

LA GUERRA ENTRE ESPAÑA Y LOS PIRATAS JAPONESES



Al leer este título, supongo que más de uno se habrá quedado asombrado, pues Japón pilla muy lejos de la Península Ibérica.
Evidentemente, esa es la visión de España que tiene un español del siglo XXI, pero no la que tenían los españoles de los siglos anteriores, cuando España tenía dominios en todas las partes del globo terráqueo.
Por ello, si dejo caer que, por entonces, las Filipinas eran unas islas españolas, pues a lo mejor cambia nuestra forma de pensar y nos vamos acercando a Japón. La verdad es que nunca he entendido para qué queríamos esas islas, porque me parece que no eran tan rentables como para mantener allí unas guarniciones tan alejadas del suelo patrio y sin posibilidad de comunicaciones, ni de poder enviarles refuerzos en un tiempo prudencial.
En 1573, durante el reinado de Felipe II, los japoneses comenzaron a realizar intercambios comerciales con los nativos de la isla de Luzón. Incluso, alguno de ellos se permitió exigirles fidelidad, como los antiguos señores feudales. También por esa época, merodeaban por allí los famosos piratas chinos.
En 1582, el gobernador general de Filipinas, Gonzalo de Ronquillo,  ya escribió a Felipe II, advirtiéndole de este peligro, pues ya tenían bien catalogados a los japoneses, como luchadores feroces y bien pertrechados de armamento por parte de los portugueses, nuestros rivales tradicionales, junto con los británicos y los holandeses.
Como uno de los deberes de nuestras tropas era proteger los intereses de la Corona y de sus súbditos, el marino Juan Pablo Carrión, que ya tenía 69 años, al mando de su nave, pilló a uno de esos buques japoneses extorsionando a los filipinos y le “obsequió” con una andanada, que casi lo hunde y los piratas no tuvieron más remedio que huir.
Enterado el cabecilla pirata, Tay Fusa, se encolerizó tanto que envió 10 de sus navíos para vengar la afrenta.
Parece ser que el capitán Carrión estaba al tanto de sus manejos y logró reunir a tiempo 7 navíos, aunque no eran gran cosa.
Al pasar por el cabo Bogueador, los españoles se encontraron con un espectáculo dantesco. Un navío japonés acababa de arrasar un pueblo pesquero, matando a todos los filipinos que encontraron a su paso.
Los españoles no se lo pensaron, acercaron la nave capitana, a pesar de ser inferiores en número y les lanzaron una andanada, con la que destrozaron el casco de la nave japonesa. Luego, como si tal cosa, procedieron a abordar la otra nave, con una tripulación muy superior a la suya.
En aquella ocasión, se enfrentaron dos escuelas bélicas diferentes. Por una parte, los famosos samuráis japoneses, con sus curiosas corazas y sus katanas. Aparte de eso, también tenían mosquetes y arcabuces que les habían vendido gustosamente nuestros vecinos portugueses.
En el otro bando, estaban los infantes de marina españoles, la infantería de Marina más antigua del mundo, que reprodujeron en su nave las tácticas de batalla de los famosos e invencibles Tercios, o sea, con una formación de piqueros y arcabuceros. Hay que aclarar que estas unidades pertenecían a los Tercios de la Mar Océana.
Cuando el combate se estaba decantando hacia el lado japonés, debido a su mayor número de efectivos, llegó el navío español “San Yusepe” y disparó una andanada de artillería contra los defensores japoneses, la cual les provocó muchas bajas. Ante eso, la mayoría de los piratas no tuvieron otra que huir lanzándose al agua, lo cual es una temeridad en un mar infestado de tiburones como es ese.
Posteriormente, la flota española remontó el río Grande de Cagayán, encontrándose con una flota pirata compuesta por 18 champanes. Estos barcos ya no eran unos enemigos tan peligrosos para unas naves militares. Así que se los quitaron pronto del medio a base de disparos  con arcabuces y culebrinas, una especie de artillería ligera de la época.
Los piratas japoneses huyeron hacia la costa, perseguidos por los marinos españoles. Al final, los nipones se avinieron a parlamentar y los españoles les exigieron que se fueran de la isla de Luzón y no volvieran por allí nunca más.
Los nipones tuvieron la desfachatez de exigir una indemnización por las pérdidas sufridas a lo que los españoles, supongo que, tras hartarse reír, se negaron rotundamente a ello.
No quedó la cosa ahí, pues los japoneses decidieron atacarles y los españoles se atrincheraron. Como nuestros compatriotas eran muchos menos lo tuvieron bastante difícil, porque, además, se les estaba acabando la pólvora.
No obstante, consiguieron resistir, en parte por su mejor armamento y por sus armaduras de mejor calidad. En cambio, los japoneses pudieron huir más rápidamente, gracias a que sus armaduras eran menos pesadas.
Los españoles se hicieron con un importante botín de armas abandonadas por el enemigo. Esta vez, se demostró que nuestras espadas toledanas eran infinitamente superiores a las
katanas japonesas. Se puede decir que nuestra industria nacional se impuso sobre la japonesa.
Posteriormente, como los japoneses son especialistas en copiarlo todo, pues perfeccionaron sus armaduras, colocándoles petos metálicos, para resistir los tajos de las espadas de sus enemigos.
Una vez pacificada la región, Carrión fundó la ciudad de Nueva Segovia, aunque siempre quedó en la zona una pequeña actividad de piratería, pero ya se puede decir que era insignificante.
Algunos autores discuten que los piratas fueran samuráis, porque utilizaban armas de fuego, algo  permitido en el código por el que se regían estos caballeros.
También es verdad que los samuráis eran una especie de hidalgos, que no podían hacer otro servicio que el de las armas, ya que su condición no les permitía trabajar en otra cosa. Así que podían haberse metido, perfectamente, a piratas o corsarios. Más o menos, lo mismo que hacían  los hidalgos españoles, aunque no me suena que ninguno se metiera a pirata.