Como la familia real no quería
abandonarlo, lo que idearon fue que un hijo de Felipe V reinase allí. Así fue
como el futuro Carlos III de España empezó reinando en Nápoles.
Sin embargo, como fueron muriendo
todos los sucesores de Felipe V, después de llevar unos 25 años reinando en
Nápoles, Carlos, fue nombrado rey de España.
Lógicamente, como él había
reunido allí a una serie de hombres de confianza, se los trajo a España, para
intentar administrar el reino de la manera más eficaz posible.
Uno de los personajes que trajo
Carlos III a Madrid fue Leopoldo de Gregorio y Masnata, más conocido como el
marqués de Esquilache.
Así que, cuando vinieron a
España, lo nombró ministro de Guerra y de Hacienda, que eran las principales
carteras, aparte de la de Estado, o sea, Asuntos Exteriores.
Por tanto, ocurrió algo parecido
a lo que pasó cuando el futuro emperador Carlos V, llegó a España rodeado de
sus hombres de confianza, que eran todos extranjeros, a los que les dio
importantes cargos en su gobierno.
Evidentemente, esto no gustó nada
a los nobles españoles, acostumbrados a estar cerca del rey del turno para
intentar sacarle todo lo que pudieran.
Esos fueron los que sublevaron al
resto de los españoles, alegando ideas nacionalistas, para defendieran los
intereses de la nobleza. También diciéndoles que los extranjeros venían a
saquear España.
En su búsqueda de administradores
competentes, Carlos III llegó a nombrar como ministros y consejeros a personas
de la baja nobleza española, saltándose la costumbre de otorgar esos cargos a
los miembros de la alta nobleza. Eso le granjeó muchas enemistades. Incluso,
también en el alto clero.
De ese modo, a Esquilache le
acusaron de todo. Incluso, de cosas que no había hecho. Todo ello, hizo que
aumentara la tensión sobre este personaje.
Así que, como afortunadamente, no hay muchos nobles, pero sí tienen mucho dinero, fueron convenciendo al pueblo para que se levantara contra las medidas tomadas por el Gobierno.
Como ya sabemos, a Carlos III se le suele denominar “el mejor alcalde de Madrid”. Sin embargo, las medidas para adecentar la capital no surgieron de él, sino de Esquilache. Me refiero a cosas como el adoquinado de las calles, el alcantarillado, el agua corriente, las fuentes, etc.
En aquella época, era muy
habitual verter los orinales desde una ventana a la calle. Eso sí, solían avisar,
antes de lanzar esa carga. Por eso mismo, las calles solían ser malolientes, ya
que lo único que se hacía cada mañana era pasar un tablón pesado, arrastrado
por varias mulas.
El problema es que estas reformas debían de pagarlas el pueblo, vía impuestos. No hay que olvidar que, en aquella época, ni el clero, ni los nobles pagaban impuestos.
También se ordenó poner muchas
farolas, alimentadas con aceite de oliva, cuyo precio comenzó a subir. Esto era
prioritario, pues, cada noche, se producían muchos delitos, debidos a la
ausencia de luz en las calles.
Fue una temeridad intentar subir
los impuestos en una época de crisis económica, debida a las malas cosechas.
Incluso, se atrevieron a liberalizar el mercado de grano. Lo único que consiguieron fue que subiera el precio del pan, que era la principal comida de los pobres.
A partir de las Navidades de 1765, se
produjeron los primeros altercados. Se comenta que el coche de caballos de
Esquilache fue zarandeado por un grupo de gente, que iba embozada con capas
largas y sombreros de ala ancha.
Por ello, a Esquilache no se le
ocurrió otra cosa que convencer al rey para que firmara un real decreto, por el
que se prohibirían usar las capas largas y los sombreros de ala ancha. Sustituyéndolos
por capas cortas y sombreros de tres picos.
Las capas servían tanto para llevar armas escondidas como para calentarse en las propias casas, que solían ser muy frías en invierno.
En ese Real Decreto se ordenaba
que la Policía fuera acompañada por un sastre y, cuando vieran a alguien
vestido con capa larga y sombrero de ala ancha, lo detuvieran, le recortaran
ambas ropas y le impusieran una multa.
Parece ser que alguien envió un
mensaje al rey, pidiéndole que anulara ese Real Decreto, de lo contrario se
amotinarían.
El 23/03/1766, domingo de Ramos,
varios sujetos paseaban por la zona de Antón Martín, vestidos con capa larga y
sombreros de ala ancha.
Parece ser que alguien llamó a
los soldados, que tenían su acuartelamiento en el Paseo del Prado y que también
los utilizaban para el orden público.
Estos, obedeciendo las órdenes
del monarca, detuvieron a los sujetos y empezaron recortarles las capas. Enseguida,
apareció mucha gente, que se dedicaron a insultar a los soldados.
Así comenzó el motín. La multitud subió por la calle de Atocha y fue hasta la Casa de las 7 chimeneas, en la actual plaza del Rey, residencia de Esquilache y su familia. Afortunadamente, no estaban allí, sino en el Palacio Real.
Lo único que hicieron fue darse un festín y robar todos los alimentos, que había en la despensa. También se llevaron un retrato de Esquilache y lo quemaron en la Plaza Mayor.
Dado que se juntaron muchos miles
de manifestantes, los soldados se vieron incapaces de pararlos. No obstante,
los miembros de las guardias valonas se mostraron muy duros con el pueblo.
Por ello, en el escrito remitido
al rey, entre otras cosas, le pidieron la expulsión de Esquilache y la de las
guardias valonas.
Por supuesto, exigieron seguir
llevando las capas largas y el sombrero de ala ancha, que lo veían como algo
tradicional en España, y también que el monarca saliera al balcón del Palacio
Real para dar su conformidad a estas peticiones. Cosa que hizo.
Sin embargo, parece ser que el
rey se asustó tanto que ordenó que él, con toda la familia real y su guardia
personal, se fueran al Palacio de Aranjuez y no regresaran a Madrid, hasta que
se pacificara la ciudad.
Por otro lado, Esquilache
presenta su dimisión al rey y éste la acepta. A continuación, se dirige, con su
familia, a Cartagena, a la espera de tomar un barco, que le devuelva a Italia.
No se irá de vacío, ya que, unos
6 años más tarde, el rey, como premio a su gestión, lo nombra su embajador ante
la República de Venecia.
El sustituto de Esquilache en el
Gobierno de España fue el famoso conde de Aranda. Alguien famoso por su mano
dura.
No obstante, aunque no consiguen
encontrar al organizador, aprovechan estos hechos para detener a unos cuantos
nobles, como el famoso marqués de la Ensenada, que saben que son contrarios a
la forma de gobernar de Carlos III.
También, en 1767, el Gobierno
aprovechó la coyuntura para expulsar a los jesuitas, que era un colectivo, que nunca
le había sido muy agradable al rey. No obstante, hicieron lo mismo que ya
habían hecho con los jesuitas en otros países.
Por ello, el Gobierno dejó en
vigor algunas de las demandas populares como las capas largas y los sombreros
de ala ancha, la expulsión de Esquilache y el control sobre los precios del
trigo.
Por el contrario, las tropas se
quedaron en Madrid, durante muchos años, para vigilar de cerca a la población e
impedir nuevas algaradas populares.
También ejercieron una importante
represión contra las clases populares. Sobre todo, a los que consideraron los
cabecillas del motín de Esquilache.
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