ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 30 de abril de 2026

EL MOTÍN DE ESQUILACHE

 


 Hoy voy a narrar un acontecimiento histórico, que me ha venido a la memoria, ahora que está en discusión si la gente puede ir por la calle con el rostro cubierto o no.

Como ya sabemos, cuando terminó la guerra de sucesión española, se firmó el Tratado de Utrecht. Una de las cláusulas de ese tratado obligaba a Felipe V a desprenderse de algunos territorios, como el reino de Nápoles.

Como la familia real no quería abandonarlo, lo que idearon fue que un hijo de Felipe V reinase allí. Así fue como el futuro Carlos III de España empezó reinando en Nápoles.

Sin embargo, como fueron muriendo todos los sucesores de Felipe V, después de llevar unos 25 años reinando en Nápoles, Carlos, fue nombrado rey de España.

Lógicamente, como él había reunido allí a una serie de hombres de confianza, se los trajo a España, para intentar administrar el reino de la manera más eficaz posible.

Uno de los personajes que trajo Carlos III a Madrid fue Leopoldo de Gregorio y Masnata, más conocido como el marqués de Esquilache.

Esquilache no era un simple político, sino que pertenecía a una familia de comerciantes y empezó colaborando con Carlos III como abastecedor de los suministros de su Ejército, mientras fue rey de Nápoles.

Así que, cuando vinieron a España, lo nombró ministro de Guerra y de Hacienda, que eran las principales carteras, aparte de la de Estado, o sea, Asuntos Exteriores.

Por tanto, ocurrió algo parecido a lo que pasó cuando el futuro emperador Carlos V, llegó a España rodeado de sus hombres de confianza, que eran todos extranjeros, a los que les dio importantes cargos en su gobierno.

Evidentemente, esto no gustó nada a los nobles españoles, acostumbrados a estar cerca del rey del turno para intentar sacarle todo lo que pudieran.

Esos fueron los que sublevaron al resto de los españoles, alegando ideas nacionalistas, para defendieran los intereses de la nobleza. También diciéndoles que los extranjeros venían a saquear España.

Esquilache intentó hacer reformas para distribuir mejor la riqueza, pero sin cambiar el llamado Antiguo régimen. O sea, la sociedad estamental. Lo que se llama ser un reformista.

En su búsqueda de administradores competentes, Carlos III llegó a nombrar como ministros y consejeros a personas de la baja nobleza española, saltándose la costumbre de otorgar esos cargos a los miembros de la alta nobleza. Eso le granjeó muchas enemistades. Incluso, también en el alto clero.

De ese modo, a Esquilache le acusaron de todo. Incluso, de cosas que no había hecho. Todo ello, hizo que aumentara la tensión sobre este personaje.

Así que, como afortunadamente, no hay muchos nobles, pero sí tienen mucho dinero, fueron convenciendo al pueblo para que se levantara contra las medidas tomadas por el Gobierno.


Como ya sabemos, a Carlos III se le suele denominar “el mejor alcalde de Madrid”. Sin embargo, las medidas para adecentar la capital no surgieron de él, sino de Esquilache. Me refiero a cosas como el adoquinado de las calles, el alcantarillado, el agua corriente, las fuentes, etc.

En aquella época, era muy habitual verter los orinales desde una ventana a la calle. Eso sí, solían avisar, antes de lanzar esa carga. Por eso mismo, las calles solían ser malolientes, ya que lo único que se hacía cada mañana era pasar un tablón pesado, arrastrado por varias mulas.

El problema es que estas reformas debían de pagarlas el pueblo, vía impuestos. No hay que olvidar que, en aquella época, ni el clero, ni los nobles pagaban impuestos.

También se ordenó poner muchas farolas, alimentadas con aceite de oliva, cuyo precio comenzó a subir. Esto era prioritario, pues, cada noche, se producían muchos delitos, debidos a la ausencia de luz en las calles.

Fue una temeridad intentar subir los impuestos en una época de crisis económica, debida a las malas cosechas.

Incluso, se atrevieron a liberalizar el mercado de grano. Lo único que consiguieron fue que subiera el precio del pan, que era la principal comida de los pobres.

A partir de las Navidades de 1765, se produjeron los primeros altercados. Se comenta que el coche de caballos de Esquilache fue zarandeado por un grupo de gente, que iba embozada con capas largas y sombreros de ala ancha.

Por ello, a Esquilache no se le ocurrió otra cosa que convencer al rey para que firmara un real decreto, por el que se prohibirían usar las capas largas y los sombreros de ala ancha. Sustituyéndolos por capas cortas y sombreros de tres picos.

Las capas servían tanto para llevar armas escondidas como para calentarse en las propias casas, que solían ser muy frías en invierno.

En ese Real Decreto se ordenaba que la Policía fuera acompañada por un sastre y, cuando vieran a alguien vestido con capa larga y sombrero de ala ancha, lo detuvieran, le recortaran ambas ropas y le impusieran una multa.

Parece ser que alguien envió un mensaje al rey, pidiéndole que anulara ese Real Decreto, de lo contrario se amotinarían.

El 23/03/1766, domingo de Ramos, varios sujetos paseaban por la zona de Antón Martín, vestidos con capa larga y sombreros de ala ancha.

Parece ser que alguien llamó a los soldados, que tenían su acuartelamiento en el Paseo del Prado y que también los utilizaban para el orden público.

Estos, obedeciendo las órdenes del monarca, detuvieron a los sujetos y empezaron recortarles las capas. Enseguida, apareció mucha gente, que se dedicaron a insultar a los soldados.

Así comenzó el motín. La multitud subió por la calle de Atocha y fue hasta la Casa de las 7 chimeneas, en la actual plaza del Rey, residencia de Esquilache y su familia. Afortunadamente, no estaban allí, sino en el Palacio Real.


Lo único que hicieron fue darse un festín y robar todos los alimentos, que había en la despensa. También se llevaron un retrato de Esquilache y lo quemaron en la Plaza Mayor.

Dado que se juntaron muchos miles de manifestantes, los soldados se vieron incapaces de pararlos. No obstante, los miembros de las guardias valonas se mostraron muy duros con el pueblo.

Por ello, en el escrito remitido al rey, entre otras cosas, le pidieron la expulsión de Esquilache y la de las guardias valonas.

Por supuesto, exigieron seguir llevando las capas largas y el sombrero de ala ancha, que lo veían como algo tradicional en España, y también que el monarca saliera al balcón del Palacio Real para dar su conformidad a estas peticiones. Cosa que hizo.

Sin embargo, parece ser que el rey se asustó tanto que ordenó que él, con toda la familia real y su guardia personal, se fueran al Palacio de Aranjuez y no regresaran a Madrid, hasta que se pacificara la ciudad.

Eso dio lugar a que se trasladaran a la capital diferentes unidades militares, acuarteladas en zonas cercanas a Madrid.

Por otro lado, Esquilache presenta su dimisión al rey y éste la acepta. A continuación, se dirige, con su familia, a Cartagena, a la espera de tomar un barco, que le devuelva a Italia.

No se irá de vacío, ya que, unos 6 años más tarde, el rey, como premio a su gestión, lo nombra su embajador ante la República de Venecia.

El sustituto de Esquilache en el Gobierno de España fue el famoso conde de Aranda. Alguien famoso por su mano dura.

Incluso, se empeñó en investigar de dónde partió la idea de este motín, porque no creía que el pueblo hubiera sido capaz de organizarlo. Ya sabemos que en España es muy difícil poner de acuerdo a dos españoles.

No obstante, aunque no consiguen encontrar al organizador, aprovechan estos hechos para detener a unos cuantos nobles, como el famoso marqués de la Ensenada, que saben que son contrarios a la forma de gobernar de Carlos III.

También, en 1767, el Gobierno aprovechó la coyuntura para expulsar a los jesuitas, que era un colectivo, que nunca le había sido muy agradable al rey. No obstante, hicieron lo mismo que ya habían hecho con los jesuitas en otros países.

Incluso, el conde de Aranda se atrevió a enviar un documento a los representantes de los estamentos para que lo firmaran. En él, pedían perdón por los disturbios y también la cancelación de todas las medidas que le habían exigido al rey.

Por ello, el Gobierno dejó en vigor algunas de las demandas populares como las capas largas y los sombreros de ala ancha, la expulsión de Esquilache y el control sobre los precios del trigo.

Por el contrario, las tropas se quedaron en Madrid, durante muchos años, para vigilar de cerca a la población e impedir nuevas algaradas populares.

También ejercieron una importante represión contra las clases populares. Sobre todo, a los que consideraron los cabecillas del motín de Esquilache.

 

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