Hoy voy a tratar un tema sobre el
que existen dos versiones. Así que cada uno puede quedarse con la que quiera.
En el siglo XVIII, reinaba en
Prusia (uno de los Estados que fundaron la actual Alemania) Federico II el
grande. Éste era un monarca absoluto. Por ello, pensaba que podía hacer lo que
le diera la gana, sin contar con nadie.
Por ello, se puso en contacto con
el dueño, un tal Arnold, y le ofreció comprárselo para luego derribarlo.
Para su sorpresa, Arnold se negó
a desprenderse de él, porque alegaba que le tenía mucho cariño, ya que lo había
heredado de su padre.
El rey montó en cólera y le dijo
que, usando su poder, podría incautárselo, sin pagarle nada. A lo que Arnold le
respondió tajantemente: “Todavía quedan jueces en Berlín”.
Ambos comparecieron ante la Justicia
berlinesa, donde estaba la capital de Prusia, y los jueces fallaron a favor de
Arnold. Así que el molino sigue en el mismo sitio en el que estaba. Aunque es
verdad que fue reconstruido, tras su destrucción, durante la II Guerra Mundial.
Por eso mismo, Montesquieu, elaboró
su teoría para que el poder no esté en manos de una sola persona, sino
repartido entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial y funcionen como
unos eficaces contrapoderes, para impedir los abusos de los gobernantes.
Por eso mismo, la Justicia ha de
ser independiente para impedir que sea dominada por los más poderosos.
Aunque también es cierto, que, en
el siglo VI a. de C., Solón de Atenas se hallaba redactando las leyes de la ciudad
y su amigo Anacarsis le dijo que la Justicia era como una tela de araña, donde
los más débiles quedan atrapados, mientras que los más fuertes consiguen romperla.
Otra de las cosas que
caracterizan a un Estado de Derecho es tener unas normas claras, conocidas por
todos y que obliguen a todos y que no puedan ser cambiadas “a mitad del partido”.
Es lo que se llama la seguridad jurídica.
Este relato se hizo famoso en
1797, tras la publicación de la obra “El molinero de Sans-Souci”, cuyo autor
fue François Andrieux.
Posteriormente, se han escrito
más libros sobre este tema e, incluso, se han filmado películas inspiradas en
esta narración.
En la misma época, cuando la Prusia
oriental formaba parte del reino de Prusia, en una localidad que hoy pertenece
a Polonia, vivía un molinero llamado Arnold.
Un noble de la zona le alquiló su
molino. Así que ahora Arnold no era el propietario, sino el arrendatario del
molino y le pagaba un alquiler mensual al noble.
Todo marchaba bien, hasta que, a otro
noble, que tenía una finca en una zona por donde transcurría el río, que hacía
funcionar el molino, se le ocurrió construir una represa para hacer un criadero
de carpas.
Evidentemente, a Arnold no le gustó nada esa idea, porque disminuyó tanto el caudal que impedía el funcionamiento normal del molino.
Así que Arnold fue ante la Justicia para pedir que el noble de las carpas le indemnizara por sus pérdidas, pero no consiguió nada.
Por el contrario, el noble, dueño
del molino, pidió su desahucio, porque ya no le estaba pagando el alquiler
correspondiente.
Por ello, Rosine, la esposa del
molinero, apeló al propio rey Federico II para que intercediera ante el
tribunal del distrito de Neumark a fin de que el noble de las carpas les
indemnizara por las pérdidas que estaban teniendo.
Sin embargo, ese tribunal falló
en contra de Arnold. Así que el rey les animó a apelar ante el Tribunal Superior
de Berlín, el cual también desestimó esa demanda de Arnold y su esposa, alegando
que ese año había habido mucha sequía.
Fue cuando Federico II quiso
hacer gala de su poder absoluto y encarceló a los miembros del tribunal de
Berlín y también a los del tribunal de Neumark. Incluso, también encarceló al
noble propietario de las carpas.
Además, obligó a los jueces a
pagar de su propio bolsillo las indemnizaciones solicitadas por Arnold.
Esto sólo dio lugar a que se
dividiera la opinión pública en Prusia. Por una parte, las capas populares
aplaudieron la decisión del rey, como un intento de defender a los débiles.
Sin embargo, la nobleza y los
sectores conservadores se mostraron muy críticos con su decisión y la
calificaron como un abuso de poder y un atropello contra la Justicia. Porque,
aunque nos pueda parecer mentira, los monarcas absolutos también tenían que cumplir
las leyes.
ra de la voluntad del rey, para no tener que ser encarcelados.
Tras la muerte de Federico II, su
sucesor, Federico Guillermo II, revisó todo el caso. Lo cual dio lugar a la
liberación de los jueces y del noble y la devolución de las indemnizaciones que
habían tenido que pagar de su propio bolsillo.
Eso nos ayuda a comprender que el
poder, aunque sea absoluto, siempre está limitado por la Ley.
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