ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

jueves, 26 de febrero de 2026

EL CASO DEL MOLINERO ARNOLD

 

Hoy voy a tratar un tema sobre el que existen dos versiones. Así que cada uno puede quedarse con la que quiera.

En el siglo XVIII, reinaba en Prusia (uno de los Estados que fundaron la actual Alemania) Federico II el grande. Éste era un monarca absoluto. Por ello, pensaba que podía hacer lo que le diera la gana, sin contar con nadie.

Así que, cuando decidió dar la orden para que le construyeran un palacio de verano en Sans-Soucci, junto a Postdam, en la actual Alemania, se fijó en que había un antiguo molino del tipo holandés en un extremo de esa parcela, el cual, según su criterio, hacía mucho ruido y afeaba el paisaje.

Por ello, se puso en contacto con el dueño, un tal Arnold, y le ofreció comprárselo para luego derribarlo.

Para su sorpresa, Arnold se negó a desprenderse de él, porque alegaba que le tenía mucho cariño, ya que lo había heredado de su padre.

El rey montó en cólera y le dijo que, usando su poder, podría incautárselo, sin pagarle nada. A lo que Arnold le respondió tajantemente: “Todavía quedan jueces en Berlín”.

Ambos comparecieron ante la Justicia berlinesa, donde estaba la capital de Prusia, y los jueces fallaron a favor de Arnold. Así que el molino sigue en el mismo sitio en el que estaba. Aunque es verdad que fue reconstruido, tras su destrucción, durante la II Guerra Mundial.

Según esta versión, se demuestra que, en un Estado de Derecho, NADIE está por encima de la Ley, aunque existan organismos y cargos públicos que dependan del Gobierno.

Por eso mismo, Montesquieu, elaboró su teoría para que el poder no esté en manos de una sola persona, sino repartido entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial y funcionen como unos eficaces contrapoderes, para impedir los abusos de los gobernantes.

Por eso mismo, la Justicia ha de ser independiente para impedir que sea dominada por los más poderosos.

Aunque también es cierto, que, en el siglo VI a. de C., Solón de Atenas se hallaba redactando las leyes de la ciudad y su amigo Anacarsis le dijo que la Justicia era como una tela de araña, donde los más débiles quedan atrapados, mientras que los más fuertes consiguen romperla.

Otra de las cosas que caracterizan a un Estado de Derecho es tener unas normas claras, conocidas por todos y que obliguen a todos y que no puedan ser cambiadas “a mitad del partido”. Es lo que se llama la seguridad jurídica.

No es factible que alguien alegue que la voluntad del pueblo o los que dicen ser sus representantes, esté por encima de las leyes vigentes.

Este relato se hizo famoso en 1797, tras la publicación de la obra “El molinero de Sans-Souci”, cuyo autor fue François Andrieux.

Posteriormente, se han escrito más libros sobre este tema e, incluso, se han filmado películas inspiradas en esta narración.

Sin embargo, ahora vamos a ver la otra versión de este asunto, que no se parece mucho a lo anterior.

En la misma época, cuando la Prusia oriental formaba parte del reino de Prusia, en una localidad que hoy pertenece a Polonia, vivía un molinero llamado Arnold.

Un noble de la zona le alquiló su molino. Así que ahora Arnold no era el propietario, sino el arrendatario del molino y le pagaba un alquiler mensual al noble.

Todo marchaba bien, hasta que, a otro noble, que tenía una finca en una zona por donde transcurría el río, que hacía funcionar el molino, se le ocurrió construir una represa para hacer un criadero de carpas.

Evidentemente, a Arnold no le gustó nada esa idea, porque disminuyó tanto el caudal que impedía el funcionamiento normal del molino.


Así que Arnold fue ante la Justicia para pedir que el noble de las carpas le indemnizara por sus pérdidas, pero no consiguió nada.

Por el contrario, el noble, dueño del molino, pidió su desahucio, porque ya no le estaba pagando el alquiler correspondiente.

Por ello, Rosine, la esposa del molinero, apeló al propio rey Federico II para que intercediera ante el tribunal del distrito de Neumark a fin de que el noble de las carpas les indemnizara por las pérdidas que estaban teniendo.

Sin embargo, ese tribunal falló en contra de Arnold. Así que el rey les animó a apelar ante el Tribunal Superior de Berlín, el cual también desestimó esa demanda de Arnold y su esposa, alegando que ese año había habido mucha sequía.

Por tanto, el culpable de que no le llegara el agua no era el noble de las carpas.

Fue cuando Federico II quiso hacer gala de su poder absoluto y encarceló a los miembros del tribunal de Berlín y también a los del tribunal de Neumark. Incluso, también encarceló al noble propietario de las carpas.

Además, obligó a los jueces a pagar de su propio bolsillo las indemnizaciones solicitadas por Arnold.

Esto sólo dio lugar a que se dividiera la opinión pública en Prusia. Por una parte, las capas populares aplaudieron la decisión del rey, como un intento de defender a los débiles.

Sin embargo, la nobleza y los sectores conservadores se mostraron muy críticos con su decisión y la calificaron como un abuso de poder y un atropello contra la Justicia. Porque, aunque nos pueda parecer mentira, los monarcas absolutos también tenían que cumplir las leyes.

A partir de entonces, los jueces no se atrevieron a fallar en cont
ra de la voluntad del rey, para no tener que ser encarcelados.

Tras la muerte de Federico II, su sucesor, Federico Guillermo II, revisó todo el caso. Lo cual dio lugar a la liberación de los jueces y del noble y la devolución de las indemnizaciones que habían tenido que pagar de su propio bolsillo.

Eso nos ayuda a comprender que el poder, aunque sea absoluto, siempre está limitado por la Ley.

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