domingo, 17 de mayo de 2026

LAS TROPAS DEL MARQUÉS DE LA ROMANA EN DINAMARCA

 

 

Hoy voy a narrar un acontecimiento del que muchos habrán oído hablar. Sin embargo, creo que hay muchas cosas que no se han explicado y eso es lo que voy a intentar hacer hoy.

Como muchos sabrán, en 1796, se firmó el Tratado de San Ildefonso por el que España se aliaba con Francia.

Algunos dicen que, con ello, Godoy dejó a España rendida ante Napoleón. Sin embargo, parece ser que no fue del todo así. Quizás lo que pretendía era ganar tiempo para armarse y poder hacer frente a un Ejército potente y en pie de guerra, como era el francés.

Parece ser que Godoy se reunió con los embajadores de Prusia y Rusia para intentar formar una especie de frente común contra Napoleón. Sin embargo, parece ser que el embajador de Prusia le traicionó y le hizo saber esto al propio Napoleón.


Así que el gobernante francés, que era un tipo muy astuto, es posible que entonces fuera cuando se le ocurriera invadir España para que no se aliara con el Reino Unido.

Por tanto, lo primero que hizo fue exigir tropas y dinero para ayudarle en sus conquistas por Europa. También exigió que algunas unidades militares españolas se trasladaran a nuestras provincias de Ultramar.

Ya en 1805, Napoleón, exigió que enviaran tropas españolas al centro de Europa. Sin embargo, el Gobierno español sólo le envió dinero para acallarle.

No obstante, en 1807, Napoleón exigió que España enviara tropas, urgentemente, para asentarse en la zona de Dinamarca a fin de impedir cualquier desembarco británico en esa área.

Esto provocó una fuerte discusión entre Godoy y Carlos IV. El primero se mostró reacio a obedecer al francés, mientras que el monarca aceptó la imposición y se ordenó el envío de tropas.

Parece ser que Napoleón tampoco estaba muy contento con la reina de Etruria, hija de Carlos IV, la cual gobernaba como regente de su hijo, menor de edad, ya que era muy amiga de los británicos.

El año anterior, ella había pedido tropas para defender su reino y su padre se las envió. Supongo que, por ello, los franceses también exigieron que les cedieran esas tropas.

En un principio, se pensó en enviar como jefe de esas unidades al general O’Farrill, pero no se le nombró porque no se llevaba bien con Godoy. También se pensó en el general Castaños, que entonces era el jefe de la zona del Estrecho.

No sé por qué motivo se nombró para ese puesto al marqués de la Romana, pero así fue.

Pedro Caro y Sureda, que era su verdadero nombre, nació en 1761 en Mallorca. Realmente, no era un general procedente del Ejército de Tierra, sino de la Armada. Dentro de ella participó en muchos combates.

Parece ser que era una persona con una gran facilidad para aprender idiomas. Eso hizo que lo enviaran a hacer cursillos en diversos países.

A partir de 1793, comienza la guerra del Rosellón y se pasa al Ejército de Tierra, combatiendo en diversos frentes. Esa decisión la tomaron después muchos oficiales de la Armada, porque, tras la derrota de Trafalgar, casi nos habíamos quedado sin barcos.

En 1795, es ascendido a teniente general y nombrado capitán general de Cataluña. Un puesto con mucho poder sobre la población civil y militar de esa región.

Fue entonces cuando le nombraron jefe de la División del Norte, que fue el nombre que les dieron a las tropas que iban a ir destinadas a Dinamarca.

En abril de 1807 comenzó la marcha de esas unidades hacia el centro de Europa. Los primeros 8.700 de un total de 14.800 hombres, lo hicieron en 5 columnas, que atravesaron la frontera francesa a través de Irún y de Perpiñán. La mayor parte de esas unidades eran de Infantería y Artillería.

A finales de abril, comenzó el traslado de las unidades destinadas en Etruria hacia Dinamarca. Todas las tropas convergieron en Hanover, a mediados de julio de ese año.

Posteriormente, se les unieron unidades de Caballería e Ingenieros, en septiembre de ese mismo año.

Esa cifra de 14.800 soldados no era nada desdeñable. Eran nuestras
mejores tropas y más del 10% de todo el Ejército español. Incluso, en muchos dibujos se les ve acompañados por sus propias familias.

Así que ya podemos empezar a pensar que Napoleón ya había decidido invadir España y había empezado por eliminar todos los obstáculos posibles para su empeño.

Las tropas pasaron varios meses descansando en Hanover y Hamburgo para luego ser distribuidas a lo largo de la costa de Dinamarca.

Es entonces cuando comienzan a recibir las noticias de los sucesos ocurridos el dos de mayo de 1808 en Madrid y los militares empiezan a ver a los franceses como enemigos y no como aliados.

No obstante, les llega una orden del secretario de Estado, el afrancesado Mariano Luis de Urquijo y otros generales de la misma ideología, exigiéndoles que prestasen juramento de obediencia a Napoleón.

Eso dio lugar a que varias unidades se negaran a hacerlo y el mariscal Bernadotte, general en jefe de todas esas tropas, dio la orden de desarmarles y tratarles como prisioneros de guerra.

El marqués de la Romana se ve en un callejón sin salida. Sin embargo, los británicos, que ya habían puesto los ojos en estos militares españoles, enviaron a un curioso fraile católico, llamado James Robertson, para convencer a este general.

Curiosamente, el fraile, que hablaba varios idiomas, no conocía el español. Sin embargo, el marqués sí conocía el latín y ambos se entendieron en esa lengua.

Como, en un principio, el marqués, como es de suponer, desconfió del fraile británico, éste le mencionó varios versos del Cantar del Mío Cid. Una obra muy estimada por el general.

Otro de los personajes enviados para convencer a la Romana fue el teniente de navío Rafael Lobo, ayudante del almirante Ruiz de Apodaca, el cual ya había acordado con los británicos que enviaran varios navíos a fin de embarcar, secretamente, las tropas españolas desplazadas a Dinamarca.

Sin embargo, no todos los mandos españoles eran contrarios a Napoleón. También hubo algunos, como el general Juan Kindelán O’Reagan, que convenció a los soldados bajo su mando para que se opusieran a ser evacuados, alegando que no se podían fiar de las intenciones de los británicos.

De esa forma, unos 5.000 hombres juraron lealtad a Napoleón y combatieron en todos los frentes, menos en España. Incluso, los llevaron a combatir en Rusia, donde murieron la mayoría de ellos. El general Kindelán ya nunca pudo regresar a España y murió en Francia.

Con esos 5.000 hombres, que habían jurado lealtad a Napoleón, se formó el regimiento José Napoleón.

Por lo visto, cuando los llevaron a luchar en Rusia, aproximadamente,
unos 2.000 se pasaron al otro bando. Lucharon en el bando ruso con el nombre de regimiento imperial Alejandro, como el nombre del zar.

Por tanto, hubo españoles luchando en Rusia en los dos bandos. De los 3.200 que lucharon en el bando francés, sólo sobrevivieron unos 160, que fueron regresando a España a cuentagotas.

Sin embargo, sobrevivieron más los que habían luchado en el bando ruso. Así que, cuando terminó la guerra, regresaron a España y fueron muy bien recibidos. Incorporándose de nuevo al Ejército.

Por otro lado, varios nobles españoles, enviados por la Junta Suprema y encabezados por el conde de Toreno, viajaron al Reino Unido a fin de conseguir la ayuda británica para expulsar a los franceses de España.

El convoy con los militares españoles evacuados de Dinamarca fue primero a Suecia y, desde allí, en septiembre, fue llevado hacia Santander a donde llegarían a mediados de octubre.

Esas tropas formarían el núcleo central del llamado Ejército de la izquierda, al mando del cual nombraron al propio marqués de la Romana.

El problema es que llegaron en un mal momento. Justamente, cuando acababa de llegar el propio Napoleón con sus mejores tropas para apoyar a su hermano José, tras la derrota de Bailén.

Así que estas tropas españolas sufrieron una derrota tras otra, teniendo que replegarse al interior de Galicia para cubrir la retirada de las tropas del general británico John Moore, el cual también murió en combate.

A partir de entonces abandonaron las batallas campales y se
dedicaron a hostigar a los franceses a base de guerra de guerrillas. De esa manera consiguieron expulsarlos de Galicia.

A finales de 1810, el marqués recibió la orden de Wellington de trasladar sus tropas a Portugal a fin de formar una línea para defender Lisboa. Así consiguieron parar el avance de las tropas del general Massena.

En enero de 1811, cuando al marqués le ordenaron marchar hacia Badajoz a fin de levantar el sitio, al que estaban sometiendo los franceses a esa ciudad, ocurrió algo inesperado. El marqués apareció muerto y parece ser que fue debido a un aneurisma de la aorta.

Su sucesor fue el general Gabriel de Mendizábal. Ahí salieron perdiendo nuestros soldados, porque se trataba de un militar con poca experiencia en combates contra los franceses.

Así que, a primeros de febrero, se le ocurrió la idea de acampar junto al río Gévora, suponiendo que allí los franceses no se atreverían a atacarle.

Pues se equivocó, porque consiguieron vadear el río con unidades de Caballería e Infantería y los pillaron desprevenidos.

Aunque formaron cuadros apresuradamente para aguantar las embestidas de la caballería, no pudieron con los franceses.

Por ello, los 12.000 hombres de Mendizábal tuvieron 1.000 bajas. Otros 5.000 fueron hechos prisioneros. Unos 2.000 consiguieron llegar a Badajoz y el resto se fue a Portugal.

Sin embargo, a mediados de marzo, cuando los franceses lograron matar al general Menacho, que era el que defendía Badajoz, su sucesor, el general José Imaz, rindió la ciudad y cayeron prisioneros de los franceses.

La decisión de Imaz cayó como un jarro de agua fría tanto entre los defensores de la ciudad como en la Junta Central, la cual pidió que fuera detenido y llevado ante un consejo de guerra.

Fue una decisión inaudita, ya que la ciudad tenía unos 8.000 soldados, mientras que los franceses no llegaban a 9.000. Además, tenían suficientes provisiones y municiones para poder aguantar durante mucho tiempo.

De hecho, los mismos franceses reconocieron que estaban levantando el campamento para irse, cuando les llegó la noticia de la rendición de la ciudad.

A partir de ahí, el mariscal Soult ordenó que los prisioneros fueran llevados a Francia. La travesía de la Península duró varios meses. Eso hizo que muchos, que ya estaban muy debilitados, murieran por el camino o los mataran los franceses para no entorpecer la marcha.

Incluso, los llevaron a unos campos de prisioneros situados al norte de Francia, para que no pudieran regresar para combatir en España.

No obstante, algunos consiguieron huir hacia Suiza o Alemania. Sin embargo, la mayoría de ellos tuvo que aceptar que los alistaran en el regimiento José Napoleón, que era la única forma de salir del infierno de esos campos de concentración.

Así y todo, muchos consiguieron regresar, una vez terminada la guerra. Aquí se encontraron un país devastado por el conflicto bélico y sin poder reintegrarse a sus unidades, porque ya no existían.

Por lo que respecta al general José Imaz Altolaguirre, que no fue
llevado a Francia, sin embargo, fue detenido por unos guerrilleros, por orden del Consejo de Regencia.

Pasó dos años encarcelado en Cádiz, mientras se instruía su consejo de guerra. En él participaron unos 50 testigos.

Supongo que, aparte de tener un buen abogado defensor, el rey y los militares absolutistas presionarían para no dividir al Ejército con una posible condena a muerte. Así que, increíblemente, Imaz fue absuelto de todos los cargos, admitiendo su alegato de que los franceses habían abierto una brecha en la muralla y era imposible defenderla. Algo que era falso.

Parece ser que le debía mucho a Fernando VII, ya que, cuando se reintegró al servicio activo, fue uno de los mayores defensores del monarca. Incluso, fue el encargado de detener el pronunciamiento liberal del general Díaz Porlier, ocurrido en Galicia en 1815. Este general fue juzgado, expulsado del Ejército, condenado a muerte y ahorcado.

Imaz murió en Valladolid en 1828. Curiosamente, fue tío del famoso general carlista, Tomás Zumalacárregui, y también de su hermano Miguel, que combatió en el bando liberal.

Para terminar, más de uno se habrá preguntado cómo era tan efectivo el Ejército de Napoleón. Yo creo que había una razón muy importante. Mientras en casi todos los países de Europa exigían ser nobles para ingresar en las academias militares, en Francia no era necesario. De hecho, Napoleón despreciaba a la nobleza.

Por eso, cualquier soldado francés podía llegar a ser general. Todo dependía de su eficacia en el combate.

Precisamente, los famosos mariscales Soult, Ney, Massena y Murat, procedían de familias muy modestas y habían comenzado su carrera militar como soldados.

 

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